«Alta política» es la última parte de Nunma. Podría llamarse también «Exopolítica», pero añadiría poco y, quizá, desviaría la atención hacia una lejanía invalidante. Alta política es lo que hacemos con el arma más poderosa que tenemos para proteger nuestra libertad… o para regalarla y que otro u otros la utilicen para su interés, para aumentar su libertad a costa nuestra. Es el último capítulo y, precisamente por eso mismo, el primero. Verás que esto no es un simple juego de palabras… cuando, como dice el Shuk-Ul, cada días, abras los ojos, busques tu alma y vivas desde ella.
ALTA POLÍTICA
Regreso al pasado
Nuestros hijos son nuestros padres, pero no nuestros progenitores. Ese es el sueño de todo padre.
Durante mi visita a la exposición itinerante de los tesoros de la tumba de Tutankamón, llamé la atención de mi mujer y mis hijas sobre unos amuletos que protegían al faraón en la otra vida. Su forma, vista con los prejuicios de superstición, ignorancia o divinización con los que interpretamos todo lo referente a los antiguos, no nos dice nada. Pero observados con los referentes “realistas” de nuestra cultura tecnológica no dejan lugar a dudas: se trata de cohetes despegando. Las tres los reconocieron al instante, pero fue la pequeña, de siete años, la que con gran alborozo y ninguna duda aceptó que se trataba de una clara representación de la más alta tecnología de nuestro tiempo… sólo que 3.300 años atrás. Es cierto, podría ser cualquier otra cosa, pero el mejor parecido con algo real de nuestros días es un cohete despegando, con sus llamaradas impulsoras y su forma fálica.
En Abydos tenemos un ejemplo aún más claro, definitivo, si no fuera por el divinismo que impregna nuestra visión de la antigüedad. La divinización es, contrariamente a lo que suponemos, el aspecto menos frecuente, más novedoso y excéntrico de la cultura antigua que, como la actual, se caracterizaba por un realismo extremo, aunque este realismo no se expresara en los términos tecnológico-científicos de nuestros días (cohetes, aviones, inseminación artificial…), sino en los de aquélla época (cerámica, agricultura, escritura…).
Cuando un egipcio quería pintar un avión o un helicóptero, los dibujaba con su forma original, tal como lo había visto, pero “estilizada” según los cánones artísticos de la época, aunque los llamara, y en muchos casos los asemejara gráficamente, con los referentes tecnológicos que más similitudes tuviesen con la forma que veía. Así, el avión o helicóptero en el que viajaba Osiris, no se llamaba avión o helicóptero, sino barca celeste. Resulta extremadamente significativo que aquellos antiguos, pretendidamente divinizadores, utilizaran para asunto tan extraño no un símil sobrenatural (divinizado) sino lo más parecido y avanzado de su tecnología: un barco, solo que volador en lugar de navegador.
Si pensamos que son simples casualidades estaremos en el buen camino puntual para descubrir la verdad. Al menos, la verdad con sentido holístico y evocador. Y por ese camino seguiremos buscando el rango unidimensional que esas puntas de iceberg, las casualidades, nos señalan.
Dibujaban cohetes, helicópteros, aviones, bombillas, torres de alta tensión… Y, sin embargo, no dibujan platillos volantes1. Y resulta curioso que nosotros tengamos un nombre aún más absurdo que el de “barco celeste” para llamar a las naves voladoras de los extraterrestres de la mitología paracientífica, los neteru o vigilantes egipcios y los din-gir o nobles señores sumerios: platillo volante2.
El pilar Dyed que porta Ptah, tiene forma de torre de alta tensión, con sus brazos separadores sobre los que se cuelgan los cables que transportan la electricidad. El símbolo de la vida es una cruz, el anj egipcio, y es el símbolo de Dios, del cielo, de la estrella, del supremo dios del cielo sumerio, An. Pero, ¿por qué no pintaban naves interestelares? ¿O, tal vez, esos barcos celestes se refieren a lo que nosotros llamamos OVNIS o platillos voladores?
Los dioses de los sumerioacadios y los egipcios, como los de todas las demás mitologías antiguas derivadas de las de estas dos grandes civilizaciones se dividían en tres categorías: Los dioses superiores y ancestrales, los dioses menores y los hijos de los dioses o héroes.
En sus mitos creacionales podemos encontrar el rastro de teorías y planteamientos cosmológicos, astronómicos, biológicos y políticos extraordinariamente parecidos a los nuestros. No son teorías extrañas y muy evolucionadas las que los sumerios y los egipcios mezclan, traducen a sus referentes culturales y trasladan a sus relatos.
Del mismo modo, los procedimientos científicos que nos describen según sus patrones culturales más realistas y avanzados tecnológicamente, como la creación del género humano, presentan un nivel de desarrollo científico como el de nuestra época.
Pero es que las historias de los dioses están plagadas de similitudes con nuestra época. Desde el aspecto físico de los dioses, como humanos de elevada estatura, muchos de ellos barbados, con piel blanca y pelo rubio, hasta el modo en el que aparecen de repente como civilizadores: normalmente surgen del fondo del mar, a veces con una figura de pez bajo la que se esconde una apariencia humana, como buzos que llegan a la playa nadando desde sus submarinos.
Los dioses sumerios y egipcios, al menos los dioses menores y los héroes, tienen, asombrosamente, una tecnología del mismo nivel y forma que la nuestra. Son perfectamente reconocibles para nuestra cultura y no hay ni el más mínimo atisbo de algo extraño, extraterrestre, muy distinto o mucho más avanzado. Para clonar utilizan nuestros mismos procedimientos y artefactos. Para gestar a los clones utilizan vientres de alquiler: las diosas del nacimiento. Para volar al cielo no usan sofisticadas naves extraterrestres sino cohetes como los nuestros con sus torres de lanzamiento. Viajan en aviones, barcos, submarinos y helicópteros con formas extraordinariamente parecidas a los de los nuestros (ahí están los jeroglíficos de Abydos, pero no sólo estos). Se esconden en búnkeres subterráneos protegidos por guardias y claves de seguridad (las palabras mágicas que se deben recitar para acceder a los recintos sagrados). Los grupos a los que perteneces vienen identificados por colores y símbolos terrestres que bien podrían ser los de nuestras actuales naciones y bloques político-militares: el azul, el rojo, el amarillo, las estrellas, los soles las serpientes (o sus equivalentes, las barras), los dragones, las águilas, los leones… Tienen conflictos laborales como el que llevó a la creación del trabajador primitivo, el Lu-lus, la humanidad transgénica, los esclavos híbridos confinados en las plantaciones y en las minas de los dioses para trabajar por ellos. Sus armas, al menos las de gran poder, se describen exactamente como las armas prohibidas de antaño, que estaban guardadas convenientemente en un lugar secreto y que unos dioses guerreros deciden en un momento usar, tras lo cual, el viento maligno, que corrompe las aguas y las plantas y mata a animales y hombres se extiende en la dirección de los vientos dominantes. Cualquiera puede concluir, a poca imaginación que se tenga, que están describiendo los efectos de un ataque nuclear.
Pero ¿Qué clase de dioses o extraterrestres capaces de llegar hasta la Tierra usan semejante tecnología? ¿Acaso no disponían de nada mejor ni más avanzado? ¿Acaso los patrones culturales de esta parte del universo son, por alguna razón que se nos escapa, prácticamente idénticos? ¿Todo era tan parecido en la Antigüedad, o es que lo vemos parecido a nuestra época porque no somos capaces, como los antiguos, de ver nada distinto a nuestra época?
Si, como aseguran los sumerios y los egipcios parecen confirmar cuando mantienen que los dioses llegaron desde el Este, es decir, desde la región del Golfo Pérsico, los dioses eligieron la desembocadura de los ríos Eufrates y Tigris para erigir la primera ciudad, Eridú, alguna razón debían de tener. Y la mejor que podemos encontrar es que en esa parte del mundo existía una energía fundamental para su tecnología y, además, muy asequible, al encontrarse allí de forma abundante y prácticamente a flor de suelo o a muy poca profundidad: el petróleo.
Todos los vehículos de nuestra época, desde los más elementales a los más sofisticados, funcionan con derivados del petróleo. Y sólo así podemos entender la obsesión de los dioses por controlar aquella región, Mesopotamia y las costas del Golfo Pérsico. De otro modo, ¿por qué no en el Caribe, en el valle del indo o en las calidas costas del Mar Mediterráneo?
Ese misterioso concepto del Abzu, que posee entre sus aspectos el de “subterráneo”, del cuál era dueño el Dios Ea, el que más arriba llamamos grupo enki, adquiere sentido si pensamos en la, para lo humanos de aquél lugar y época, extraña obsesión de los dioses por el subsuelo y lo que en él se encontraba. El abzu es, además de algo subterráneo, líquido. Es un agua especial, con la que se asocian numerosos y extraños poderes. Una esencia que sirve para casi todo.
¿Eran estos dioses los supervivientes de una cultura muy avanzada que había sido demolida por alguna catástrofe natural? Resulta difícil de creer por tres motivos fundamentales.
El primero es el extraño parecido de su cultura y su tecnología con la nuestra. Bien está que, suponiendo que alcanzaron al menos un desarrollo parejo al nuestro, los procedimientos científicos, la tecnología de transporte, médica, militar e, incluso, espacial, fuera semejante porque, sencillamente, para navegar lo mejor es un barco y para salir de la atmósfera terrestre, con una tecnología del siglo XX o XXI lo mejor son los cohetes. Pero ¿Hacían los helicópteros, las torres de alta tensión, los matraces y materiales de laboratorio con la misma forma que los nuestros? Es demasiada coincidencia.
El segundo motivo para rechazar la hipótesis de una cultura superior que desapareció súbitamente es que habría resultado difícil que los supervivientes, sí lograron salvar los elementos de esa cultura y reproducirla después (los aviones, los cohetes espaciales, las técnicas de clonación), no la desarrollasen a gran escala, expandiéndose por toda la Tierra, sino que se limitaran a vivir discretamente a orillas del Nilo, del Golfo Pérsico o de los ríos de Mesopotamia, en las tierras andinas y las selvas mayas o en la cuenca del Río Amarillo para disfrutar de la vida, civilizar a los primitivos pobladores de aquellos lugares y, luego, sin más, desaparecer.
Una cultura que sufre un atroz cataclismo y cuyos pocos supervivientes se ven forzada a escapar a otros lugares llevando con ellos toda su tecnología, habrían colonizado la Tierra entera. De hecho, eso es lo que hemos hecho nosotros y lo que, con toda seguridad haríamos si nos encontráramos en su misma situación.
El tercer motivo de rechazo engarza con el anterior. Una civilización tan avanzada, a no ser que tenga valores culturales y políticos muy superiores a los nuestros, que no es el caso a juzgar por las disputas en las que los mitos antiguos nos dibujan a sus dioses, se habría extendido, mucho antes del supuesto cataclismo, por toda la Tierra y habría dejado tal rastro arqueológico que sería imposible no toparse con él sin apenas necesidad de buscarlo.
Pero, si no se trata de una civilización netamente terrestre, que desapareció de forma misteriosa, ¿quiénes eran esos dioses?
Para tratar de responder a esta pregunta, propondremos tres hipótesis.
- Adán y Eva fueron neandertales.
La primera tiene como protagonistas a los neandertales. Los dioses sumerios eran altos rubios, de tez blanca y barbados. Su aspecto era humano, aunque sus rasgos los diferenciaban claramente de los humanos “normales”. Los egipcios, así como otros pueblos entre los que se cuentan los mesoamericanos, identificaban el cráneo dolicocéfalo con la divinidad. Los dioses tenían un cráneo apepinado, con una protuberante zona parietooccipital.
Todas estas características las encontramos en los neandertales. Son fuertes, de tez clara y pelo rubio (o pelirrojo), ojos claros y cráneo alargado, con una prominente zona occipital y, con una alimentación adecuada, podrían alcanzar una elevada estatura. Si los extraterrestres hubieran utilizados a neandertales para clonar híbridos con su propia especie, el aspecto y complexión física de tales híbridos no habría requerido la dominancia de los rasgos extraterrestres (piel clara, pelo rubio o blanco, gran estatura y robusta complexión), porque esas características ya se encontraban en la raza humana objeto de transformación genética. Los híbridos neandertales habrían sido los protagonistas de nuestra mitología (la que hemos heredado de la Antigüedad). Ellos fueron Adán y Eva, los expulsaron del Edén, se mezclaron con las hijas del hombre degenerando la raza de los elegidos, ellos mismos o sus hijos fueron los patriarcas y los héroes de la antigüedad y, también, los que tras su expulsión del Edén, crearon una cultura propia basada, cómo no, en el petróleo. Ellos eran los dioses menores, mientras que los extraterrestres eran los dioses antiguos, superiores o celestes.
Los neandertales se encontraban en la zona donde, más tarde, daría originen el neolítico y surgirían las primeras civilizaciones: oriente medio, Irán y Anatolia. Se mezclaron con homo sapiens, como parece haber confirmado la ciencia y, seguidamente, esa civilización creada súbitamente por un pequeño grupo de neandertales híbridos expulsados del Edén, que contaban con los conocimientos tecnológicos necesarios para servir de ayudantes a los extraterrestres (a los dioses superiores), fue destruida por esos mismos extraterrestres antes de que tuvieran tiempo de expandirse por todo el globo.
Los neandertales híbridos fueron obligados a dejar la Tierra para evitar una catástrofe ecológica y para cumplir con los acuerdos alcanzados entre las dos facciones extraterrestres para poner fin a un conflicto bélico al que la mayoría de las culturas antiguas hacen referencia. Un éxodo a otros planetas que culminaría el largo proceso de deportaciones masivas de los neandertales no transgénicos (sus atrasados y primitivos hermanos), a los que se localizaba y se les transportaba como animales hasta otra reserva, en este caso, un planeta diferente.
¿Por qué harían esto los extraterrestres con los neandertales primitivos no transgénicos? Pues, posiblemente, porque eran los que más se les parecían. Porque sus híbridos neandertal-extraterrestre se lo pedían. O, sencillamente, para evitar la extinción de los mismos ante el avance de los homo sapiens. Y ese sería factor definitivo de la desaparición de los neandertales. Iban perdiendo en su competencia con los sapiens y, además, su número se reducía debido a las deportaciones masivas a otra reserva planetaria. O, quizá por todos esos motivos y alguno más que se nos escapa. Pero lo cierto es que la hipótesis neandertal podría explicar dos cuestiones importantes.
Una, la misteriosa y vertiginosa (en tiempo antropológico) desaparición de los neandertales que, como bien es sabido, no tenían absolutamente ninguna desventaja grave con relación a los sapiens. Más bien al contrario. En la época en que desaparecieron, Eurasia se encontraba en uno de los momentos más crudos de la glaciación de Würm. Y cabe recordar que los neandertales estaban física y, debemos suponer, culturalmente, mejor adaptados al frío que los sapiens llegados de la cálida África o aclimatados en el no menos cálido Oriente Medio.
Otra cuestión importante que encontraría una respuesta en la hipótesis neandertal es porqué la civilización de los dioses no ha dejado el rastro que, incluso aunque hubiera estado reducida a un pequeño espacio y limitada a unos pocos individuos, debería haber dejado. Más aún si tenemos en cuenta que la zona en la que presumiblemente vivieron, Mesopotamia, el valle del Nilo y la franja de Siria, Líbano y Palestina es de las más estudiadas arqueológicamente, si no la que más.
Si los neandertales, por lo motivos que fuesen, eran el pueblo o la raza elegida, ese pequeño grupo de híbridos, ocupados como ayudantes de los dioses, entre otras razones, porque obviamente estaban mejor adaptados biológicamente a las condiciones de la Tierra, al adquirir plenos derechos ciudadanos extraterrestres (posiblemente tener capacidad de reproducirse) fueron expulsados de las reservas (mejor cabría decir, liberados) y pudieron crear su propia cultura. Al comprobar los extraterrestre que este pequeño grupo había desarrollado esa pequeña pero avanzada civilización y que estaban utilizando (y enseñando o civilizando) a los sapiens, detener este proceso que implicaba graves consecuencias ecológicas y políticas.
El abandono de la Tierra estuvo acompañado de una minuciosa limpieza de todos los restos de aquella pequeña civilización compuesta por apenas mil neandertales bien formados en los distintos órdenes del saber científico y tecnológico que, con la ayuda de la mano de obra especializada y abundante de los sapiens, que, luego, serían el germen de las clases dirigentes (reyes y sacerdotes) de las civilizaciones neolíticas, crearon una microcivilización capaz de construir cohetes espaciales y rampas de lanzamiento, silos subterráneos, redes de distribución de electricidad y antenas de comunicación, etc.
- Adán y Eva fueron sapiens.
La segunda hipótesis es parecida a la primera, sólo que más convencional. En lugar de utilizar a los neandertales para clonar híbridos, los dioses superiores, los extraterrestres, habrían utilizado a nuestra especie, el homo sapiens. Todo el desarrollo del proceso sería similar al descrito en el caso de los neandertales, pero sin que necesariamente debiera producirse la evacuación de los individuos transgénicos, aunque sí la destrucción de su cultura y la eliminación de los restos materiales de esta. Otra diferencia estriba en que, si los transgénicos sapiens no fueron evacuados de la Tierra, o al menos no todos, los que quedaran en nuestro planeta debieron sufrir un proceso de involución que les impidió reconstruir su civilización.
Pero, incluso suponiendo que la humanidad transgénica hubiera tomado como base a los sapiens, resulta mucho más lógico pensar que se produjo la evacuación de los transgénicos y que el proceso de bloqueo de su avanzada civilización se produjo sobre los ayudantes de estos transgénicos, probablemente individuos fruto del mestizaje entre sapiens transgénicos y nativos. Una vez completado el proceso de destrucción de la cultura mediante fenómenos naturales provocados y manipulados por los dioses superiores (catástrofes medioambientales como el diluvio, conflictos políticos y culturales descritos posteriormente como “confusión de lenguas”, epidemias selectivas que afectases a la población con un determinado marcador genético que sólo poseían los mestizos…) los restos físicos de esa civilización Madre, creada por los hijos de los hijos de los dioses, que convivieron y fueron formados por sus padres en una época de oro a la que aluden la mayoría de las leyendas y mitos de todo el mundo, fueron, como en el caso de los neandertales, minuciosamente eliminados a fin de no dejar ningún vestigio que pudiera contaminar el planeta y, algo más importante aún, para que no influyeran de forma decisiva en su historia. Porque ¿se imaginan que de repente comenzasen a brotar restos de aviones, ordenadores, bases de lanzamiento de misiles o cohetes, hospitales, silos subterráneos… etc. en unos estratos de, por ejemplo, hace diez, seis o cuatro mil años?
Y en este punto precisamente vamos a engarzar con la tercera hipótesis.
- Los dioses vinieron del futuro.
Podemos, con nuestros referentes tecnológicos, científicos, políticos, ecológicos y éticos, comprender los motivos para no alterar un medio natural, como era el caso de un planeta al que había llegado, unos diez mil años antes (sobre el año 16.000 AC) un cuerpo expedicionario de extraterrestres compuesto por militares y científicos. Imaginemos lo que haríamos en ese caso, tomando como base lo mejor de nosotros mismos y de nuestra cultura. El desarrollo de colonias, los edenes, donde vivirían los colonos y exploradores protegidos y cómodos, rodeados de todos los adelantos tecnológicos y, al mismo tiempo, limitando el impacto medioambiental y cultural de su presencia en dicho planeta. Todo eso podemos comprenderlo. Pero hay algo que resulta difícil de explicar: el tremendo esfuerzo de eliminar exhaustivamente todos los restos de una cultura superior, muy limitada en extensión y, por tanto, con una bajísima incidencia material, y en una época donde el desarrollo de los nativos permitía asegurar que durante muchos miles de años no serían capaces de valorar y guardar aquellos objetos en cantidad y condiciones suficientes como para que sus descendientes, tecnológicamente más avanzados, pudieran reconocerlos.
¿Qué graves consecuencias tendría que esos descendientes, nosotros, descubrieran que existió miles de años antes una cultura tan avanzada o más que la suya? Al contrario, para cuando ese momento llegara, nuestro ahora, el descubrimiento de restos tecnológicos serviría para ir preparándonos gradualmente y de forma natural y no traumática (lo vamos descubriendo poco a poco a medida que estamos preparados para aceptarlos) para el momento del contacto físico directo que, nuestro avance tecnológico y cultural, habría hecho no sólo permisible sino recomendable.
¿Por qué, sin embargo, ese afán por no alterar en absoluto la historia?
O bien se trata de un exceso de celo ecológico característico de la cultura extraterrestre que nos colonizó, y que también explica sus esfuerzos para no dejarse ver hasta el punto de confirmar una evidencia científica de su existencia. O bien, literalmente no pueden dejar ni un solo rastro notorio en el pasado para no alterar el futuro. Y, si esto último es lo que sucedió, entonces, sólo puede explicarse por el hecho de que nuestros colonizadores provienen de ese futuro que es su presente. Tanto los dioses superiores, celestes, que nosotros llamamos extraterrestres y los sumerios llamaban anunnaki (los que vienen del cielo a la tierra), como también sus hijos, los humanos transgénicos, los dioses menores altos rubios de piel clara3 vienen del futuro, que para nosotros es el tiempo y el lugar donde viven los que han muerto en nuestro pasado y en nuestro presente.
Amenti
Los egipcios identificaban un mundo al que iban los muertos, la Duat o Amenti, regido por Horus, el hijo de Osiris, el dios que resucitó y, también, el dios que democratizó la vida eterna4.
La Duat o Amenti no aparece nunca representado bajo tierra, ni siquiera cuando en épocas tardías se refieren a él como un mundo subterráneo. Se trata más bien de un mundo interior, una naturaleza distinta a la de la existencia en la que incluso el Sol, cuando entra en sus dominios, pierde su forma para adquirir un nuevo ser. Es muy parecido a un mundo ortogonal, o más aún (y la coincidencia resulta estremecedora) al Intermundo, ese plano que no es lugar y a través del cual llegan los vivos y se marchan los muertos. Pero no es por la Duat por donde regresan y se van los muertos, sino de él y a él. Pues la Duat se encuentra rodeada por el cuerpo de Osiris que flota en las aguas del Nun.
Amenti es subterráneo porque se encuentra por debajo de la línea del horizonte, donde se sumerge el sol aparentemente bajo la tierra para surgir por encima de ella, sobre la línea del horizonte, al amanecer. En el Oeste, en occidente, se encuentra la Duat, el mundo de los muertos, el final del camino. En el este, en oriente, se encuentra el reino de los vivos, el inicio del camino, la Creación.
Es otro modo de representar el Mundo Nada, en el Este, nuestro Mundo Puntual, la superficie terrestre, y el Mundo Denso, MSE, en el Oeste. De nuevo, como en la representación de la figura humana, los antiguos egipcios nos describen una realidad utilizando distintos aspectos descoordinados de forma armónica para crear una imagen holística que evoque la unidimensionalidad. Y también aquí, en esta mezcla sin sentido lineal, incorporan el movimiento al concepto que tratan de trasmitir, pues se trata de la realidad de un mundo en constante movimiento, inestable y desfasado al que, linealmente, siempre “legamos tarde”. La Creación sucede en el Este y sobre la superficie. El ocaso, el Mundo Denso, se encuentra al final de nuestro mundo (de nuestro viaje), en el Oeste y bajo línea de nuestro mundo puntual. Se describe una línea y, a la vez, un círculo. Se establecen elementos dinámicos, evolutivos y, al mismo tiempo, claras separaciones insalvables que, no obstante, ese medio original, incognoscible, de las aguas del Nun en las que flotan todos estos mundos que se pueden percibir como fases gracias a que ese mismo Nun, el Intermundo, son superadas.
Pero en todo esto hay algo que no cuadra, bien sea en nuestra lógica lineal o en la imagen puntual que tratan de presentarnos los antiguos egipcios. ¿Por qué los hombres no nacen por el Este, el lugar de la Creación, el Mundo Nada, sino que vienen del Oeste? Las almas de los muertos retornan para reencarnarse por la puerta de salida, no por la de entrada, como hace el propio Sol en cada amanecer.
Y esta incoherencia nos llama la atención sobre algo que constituye el eje de nuestra tercera hipótesis sobre los antiguos dioses.
- Los muertos regresan como vivos desde el lugar al que se marcharon, que no está en el pasado sino en el futuro.
Literalmente, vienen de delante hacia atrás. No regresan desde el Mundo Denso al Mundo Nada para ser creados de nuevo como sucesos en nuestro Mundo Puntual. Sólo Dios, el Sol, renace eternamente desde la Creación, convirtiéndola en algo constante, en un remedo de ese primer suceso del inicio de la Creación. Y es Dios, representado en el Sol, quien sostiene esa eterna creación gracias ha que hay un camino de regreso al inicio, al Mundo Nada. Y ese camino es el Intermundo, Nun, Dios.
Los muertos regresan desde la Duat como recién nacidos, renacen de la muerte por el Oeste, y no de la vida, por el Este. Pero los que regresan no son los muertos, sino los que murieron. Hay una diferencia sustancial. Los que murieron regresan mediante la reencarnación. Los muertos regresan como tales muertos, con la misma forma y naturaleza en la que se encuentran en Amenti. Los que renacen, los que murieron, no pueden viajar de regreso su antiguo mundo. Sólo los muertos vivientes pueden viajar desde Amenti a la Tierra conservando la forma y naturaleza que allí tenían. Los muertos vivientes y los dioses.
Tal vez la democratización osiríaca hace eferencia a un hecho real producido en el Mundo Denso. Los humanos, los sígula dus, como nos llaman los inhiek, logran el acceso a la más alta tecnología: la de los agujeros de gusano que permiten viajar al pasado y regresar de nuevo al presente. Pero ese proceso democratizador no bastaría para explicar que simples humanos terrestres tuvieran el muy costoso privilegio de viajar al pasado. Si lo hicieron, debía ser por un motivo más importante y pragmático que la simple generosidad de los grandes dioses dueños de la tecnología de viajes en el tiempo. Y esa razón es bien sencilla: ¿quién mejor que un terrestre para llevar a cabo una misión en la Tierra?
Junto a Horus viajaban y luchaban los Semsu Hor. Esos podrían haber sido los muertos que regresaron junto al dios hasta el pasado, al planeta en el que una vez vivieron.
El rastro de los muertos
Podemos entender que algunos de los símbolos que utilizamos en la actualidad provengan de la antigüedad, aunque hayan perdido parte de su original significado. Nombres, idiomas, costumbres, leyendas y mitos perviven en nuestros días, aunque hayamos olvidado su origen. Pero, si hombres como nosotros, posiblemente nuestros mismos hijos o nietos, son los que regresaron tras la muerte, como ayudantes de los dioses superiores, convertidos de seres del Mundo Denso en sucesos de nuestro Mundo Puntual, entonces, algunos de esos nombres, símbolos, costumbres e historias podrían haber realizado un viaje desde el futuro hasta nuestro pasado transportadas, paradójicamente, por sus hijos.
La primera ciudad que construyeron los dioses, concretamente el dios Ea o Enki, fue Eridú. Con ese nombre denominaban genéricamente a nuestro planeta y de él o de otra fuente común proviene, por ejemplo, la palabra “Earth” con la que se denomina al planeta Tierra en inglés. Resulta curioso que los dioses llamaran a todo el planeta por el nombre de una ciudad. Pero imaginemos cómo llamarían al lugar en el que se asentaran por primera vez unos viajeros del tiempo de habla inglesa. ¿Dónde dirían que estaban?: En “Earth”. ¿Y qué escucharían los nativos? Algo parecido a “Eridú”.
Por supuesto, los sumerios no llamaban al mundo, ni tan siquiera a su país, con el nombre que los dioses habían dado a su primer asentamiento. Les resultaba algo absurdo. Pero no lo era para los dioses. Porque esos dioses no estaban poniendo nombre a una ciudad, la fundacional, sino que repetían el nombre que en su lengua se daba al planeta: Earth.
Entre los objetos más misteriosos del mundo mitológico sumerio se encuentran lo que denominaban “Me”. Estos enigmáticos objetos eran una espacie de tablillas (recordemos que los sumerios escribían en tablillas de barro) en las que estaban escritos los destinos de todas las cosas. Unos destinos que debemos entender como los procedimientos, procesos y normas de funcionamiento de los fenómenos naturales, de los actos individuales (las misiones que cada uno debía realizar y el informe de las mismas), de los protocolos para ascender al cielo, para construir templos o para curar enfermos. El funcionamiento de todas las cosas estaba escrito en esas tablillas con las que se podía conocer y controlar todo cuanto sucedía.
Los Me eran controladas por un dios, Enki, que representa al que hemos llamado grupo enki (los henke). Y ni el significado del nombre ni la naturaleza, supuestamente mágica, de estos objetos ha podido ser desentrañado. Surgen en el universo cultural sumerio como una extravagancia supersticiosa, una especie de fábula intraducible de forma realista con los referentes de aquella apoca y, mucho menos, de la nuestra. Sólo podemos describirlas como un amuleto mágico con el que los dioses anotaban y controlaban los destinos del mundo y de los hombres. Algo parecido a… Y aquí surge una sorprendente casualidad5.
Recordemos a nuestros viajeros en el tiempo de habla inglesa. ¿Cómo llamarían a unos recipientes de información, parecidos a las tablillas en las que los sumerios escribían información, y en las que se puede almacenar mapas, pautas de lanzamiento de cohetes, instrucciones y órdenes concretas a individuos, cálculos de posiciones astronómicas, historiales médicos, antecedentes penales…? El nombre lo tenemos todos los días delante de nuestras narices. A esa especie de tablillas no de barro sino de un material desconocido (el plástico), los dioses las llamarían, si es que hablaran inglés o provinieran de un tiempo en el que el inglés dominaba el ámbito tecnológico, “Memory Stik”. Abreviado “Me”.
Todo el misterio del nombre, de la naturaleza y la función de esos extraños objetos que contienen el destino de todas las cosas, los “Me”, queda perfectamente esclarecido entendiéndolos como “simples” tarjetas de memoria.
Los símbolos y las palabras nos descubren nuevas casualidades aún más sorprendentes. Si nuestros descendientes viajaron desde el futuro, tras la muerte, junto a los extraterrestres que también viven en ese futuro, es posible que las alianzas políticas y culturales no se correspondan exactamente con las que existen en la actualidad. Algo de eso parece mostrarnos la historia interpretada según la hipótesis de los “occidentales”, los muertos que regresaron como dioses desde Amenti.
Si el sumerio posee términos extraños, aparentemente desconectado de su propia lógica lingüística, como “Me” o aparentemente conectados con el inglés, como “Eridú-Earth”, el grueso de su vocabulario está sorprendentemente ligado al chino. La explicación lineal es que en algún momento, quizá como consecuencia de la catástrofe ocurrida en torno al año 2000 AC un grupo de refugiados, munnabtutu como se denomina en sumerio6, huyó hacia el Este y atravesó Irán, Afganistán y la provincia china de Xinjiang hasta alcanzar el valle del Huáng Hé o río Amarillo.
La lengua china utiliza una escritura silábica, como el sumerio y un buen número de sus palabras guardan una notoria similitud, incluyendo el nombre de personajes mitológicos7.
¿Es posible que nuestros descendientes, en un futuro no muy lejano, establezcan una fuerte alianza entre el mundo occidental, liderado por EEUU y, al menos, una parte significativa del mundo oriental liderado por China?
Al Dios creador del hombre, identificado con los egipcios Ptah y Hor-Osiris, que aglutina a una “familia” de dioses (o naciones aliadas), lo llamaban “Enki” los sumerios y Ea (que también una palabra sumeria) los acadios. Una nueva casualidad nos lleva a establecer una relación entre Yanki, el nombre con el que se referirían muchos de sus aliados a los estadounidenses, y Ea-Enki. Algo tan sencillo como esto pudiera haber sido estar en la base de que se escogiera este nombre para designar al dios y no algún otro que sería más lógico como, por ejemplo, EN-A o “Señor del Agua”8.
Pero hay otras muchas coincidencias. Si el grupo Enki estaba formado por una alianza entre estadounidenses y chinos, los símbolos de este dios deberían reflejar dicha alianza.
Enki se ha identificado comúnmente con las serpientes, tanto en sumeria, como en Egipto (Ptah), así como en las posteriores civilizaciones mesopotámicas (Acadia y babilónica fundamentalmente). Pero existe una fuerte relación entre el símbolo de la serpiente y el del águila (o el halcón, en el caso Egipcio). Así, el dragón (la serpiente alada, la serpiente emplumada mesoamericana y de tantas otras culturas y épocas) es uno de los símbolos más antiguos, generalizados y, también, ambivalentes9. Recordemos que los dragones chinos, símbolo fundamental de esa cultura, son voladoras pero carecen de alas, aunque, significativamente, tienen garras de águila. Junto a los dioses de la antigüedad representados por serpientes, aladas o no, aparecen otros representados por águilas o halcones. Incluso los símbolos solares aparecen diferenciados por el hecho de tener o no alas.
Parte de las naciones orientales de nuestro futuro inmediato, representadas por el sol, se encuentran encuadradas en el grupo Enki y, por tal motivo, su símbolo es un sol alado (o un sol adornado con una serpiente, o una serpiente dibujando un círculo solar), mientras que otras, representadas por un sol sin alas, pertenecen al grupo Enlil.
Las naciones europeas tienen como símbolo águilas, dragones o, incluso, gallos. Las orientales, soles o dragones. Pero hay otros símbolos que nos hablan con claridad de cómo estaban constituidos los dos grandes bloques de dioses de la antigüedad.
La alianza liderada por chinos y estadounidenses, es decir, por occidentales y por orientales osirianos o enkiítas10, asumen como símbolo común la cruz o estrella de cuatro puntas11. En sumerio, cielo y estrella se escriben igual: una cruz. En nuestro caso, no sólo la bandera americana y la de la unión Europea, sino la religión dominante, la cristiana, y, lo que resulta más significativo, la alianza militar, la OTAN, tienen como símbolo la estrella12. ¿Pero y China? ¿Por qué la estrella? El elemento común entre ambos mundos, un elemento que en ninguno de ellos implica alguna connotación negativa (como sucede con la serpiente en el mundo cristiano) es el cielo, representado por la estrella. China es el Imperio Celeste13.
¿Y el otro bloque, el de Enlil?
Enlil es el dios del viento, pero está directamente relacionado con la realeza. La “enlildad” era la cualidad o legitimidad que se otorgaba al rey. Enlil está relacionado con el principio aristocrático de autoridad, como Enki lo está con el más genérico de Humanidad14. Es por tanto, este principio, del que ya hemos hablado, el que sirve de eje al mundo oriental, al camino de Ra: la realeza, la aristocracia y los regímenes autoritarios y fuertemente jerarquizados. El orden monolítico basado en el rigor de la ley y de las costumbres. La autoridad y los símbolos con ella asociados, podrían ser, como la estrella, la cruz y el cielo en el caso del Enki, el emblema común del grupo de Enlil. Pero sus hijos, o naciones aliadas, tienen símbolos mucho más claros para nosotros.
El más significativo es el dios Sin, el primogénito de Enlil. Este dios tenía su ciudad principal de culto en Ur, de dónde salió Abraham, por orden de su Señor, para dirigirse a Harán, donde también se practicaba un culto preeminente a este dios. El símbolo de Sin es la Luna. Concretamente el creciente lunar.
Y una última coincidencia. Si el enfrentamiento entre nuestros inmediatos descendientes que, tras la muerte, regresan desde el Mundo Denso para alterar el pasado a su favor (y a favor de sus aliados superiores), se da entre una alianza aglutinada en torno al Islam y otra agrupada en torno a los valores “occidentales” (aunque geográficamente se encuentren en el oriente), el símbolo neutral más respetado debería de tener rasgos comunes a ambos grupos. En toda guerra moderna se han respetado los hospitales. Y el símbolo que identifica a los hospitales es la media luna roja en el mundo islámico y la cruz roja en el resto del mundo. Ambas son un símbolo de sanación y vida, más aún en contraste con la muerte que le rodea durante los conflictos armados. Pues bien, ¿qué es el anj, el símbolo egipcio de la vida, sino una conjunción de la cruz roja y de la media luna roja estilizada de manera que permite seguir viendo una cruz?
Puede que el motivo por el que una parte de los refugiados sumerios, los munnabtutu, huyeran de la catástrofe o conflicto del año 2000 (del que también escapó Abraham y su familia) hacia el Este, hacia china, otros hacia el Oeste, Europa, y otros hacia la lejana América, fuera porque eran las tierras originales de sus respectivos dioses personales. Unos dioses que venían desde el Más Allá, desde la Amenti, y que en su vida mortal aquí en la Tierra hubiesen sido americanos, chinos, rusos o japoneses. O puede que, sencillamente, esos dioses como los de tantos otros lugares de la Antigüedad, descritos con aspecto, motivaciones y defectos humanos pero con el poder de una tecnología muy superior, hubieran llegado desde otros planetas de nuestro mundo y no desde el venidero Mundo Denso.
Las casualidades pueden ser simplemente eso, coincidencias sin ninguna relación entre ellas. No tenemos ninguna forma directa, ni objetiva ni subjetiva, de comprobar que esas casualidades, incluso aunque puedan describirse dentro de una hipótesis razonable, muestren un trasfondo oculto completamente distinto a lo que pensábamos hasta ahora con relación a la Antigüedad. Pero hay otras casualidades que sí pueden tener confrontación, aunque sea subjetiva o, como mínimo (que ya es mucho), llamar nuestra atención sobre una trama de coincidencias tan improbable, compleja y coherente que resulte imposible negar la posibilidad de que obedece a algo real. Aunque su realismo no se ajuste al de la red lineal y no resista el análisis de la causalidad lineal, sinonímicamente racional.
La vida casual
La superficie del mar parece profunda porque miramos al vacío cielo. Mira debajo de ti.
La fantasía y la casualidad suelen venir extrañamente emparejadas. De hecho, la casualidad es la forma más común para encontrar un orden “causal” a la imaginación. Lo que se nos ocurre de repente, en la vigilia, en el ensimismamiento, en la ensoñación o en el sueño, desde la “nada”, sin ninguna base que lo sustente, proviene de los vericuetos del cerebro, de sus secreciones químicas o eléctricas simple, o del alma. Cuando las fantasías coinciden casualmente con los hechos, provienen del alma. A no ser que supongamos al cerebro unas, hasta ahora, desconocidas propiedades de precognición, telepatía o telequinesia.
El problema es que la casual relación entre fantasía, intuición o inspiración por un lado, y la realidad lineal por otro, suele presentar un aspecto de simple coincidencia sin relación real. Algo debido al azar. Nuestra concepción lineal de la causalidad no es capaz de detectar la relación entre sucesos casuales, porque esta relación pertenece al ámbito puntual y no pueden ser recogidas dichas relaciones de máxima variabilidad e irregularidad mediante la red lineal basada en los espacios oscuros, en los sucesos más invariables y regulares.
- Las casualidades forman la espina dorsal del espaciotiempo unidimensional del mundo de los sucesos.
Y, por tanto, el cuerpo fenomenológico de su naturaleza desfasada, casual y holística.
Si tras desear que alguien nos llame por teléfono, se produce esa llamada a los pocos minutos, en ningún caso estableceremos una relación de causa-efecto desde nuestro deseo hasta esa llamada. Nuestro deseo no es causa lineal de la llamada. Pero sí es su causa “casual”. Y esa causalidad “casual” pone de manifiesto un mundo que subyace a nuestro delirio lineal, racional.
Las pequeñas casualidades nos pasan desapercibidas. Y las grandes casualidades que no podemos ignorar son despachadas por nuestra racionalidad lineal como simples aunque espectaculares coincidencias y no como potentes evidencias de una realidad que escapa a nuestro modelo virtual de mundo.
Pero, si, una vez educada la mente en detectar las casualidades, prestamos atención a todas las que, grandes o pequeñas, rutinarias o excepcionales, nos rodean, descubrimos una vida cotidiana con un tejido casual muy complejo, imposible de atribuir al simple azar.
Hay una enorme vida casual que nos pasa desapercibida. Vivimos el sueño de la razón lineal y sólo despertando de él podemos descubrir un mundo distinto, el de la vigilia, que es en el que realmente vivimos. Un mundo en el que las casualidades que veíamos desde nuestro sueño racional no eran simples coincidencias debidas al azar, sino la manifestación de una causalidad distinta que gobierna nuestra vida sin que demos cuenta.
- Nuestro delirio lineal es un sueño que nos impide ver la inmensa riqueza de la vida real.
La vida casual es tan rica o más (y, desde luego, mucho más apasionante) que la vida reglamentada, lineal, lógica y delirante que percibe, elabora y registra el sujeto.
Tenemos una vida, la real, la que vivimos como simples sucesos en un mundo unidimensional, ambiguo, desfasado pero holístico y armónico a la vez, que se manifiesta en las casualidades. Esos pequeños destellos mágicos o extraños que centellean en nuestra existencia cotidiana son sucesos del mundo puntual en el que realmente vivimos que rompen la membrana protectora del delirio lineal y alcanzan la conciencia-subjetividad del sujeto.
Desde el sujeto no podemos ver ese mundo causal más que como unas pocas coincidencias y fenómenos curiosos sin relación causal entre ellos, pues esa aparente relación se debe exclusivamente al azar. Desde el sujeto vemos curiosidades, pero no indicios o evidencias de un mundo diferente.
Posando la vista sobre la superficie del mar sólo vemos pequeñas montañas blancas independientes las unas de las otras. Pero si movemos la cabeza hacia abajo, los ojos del sujeto se convierten en los del alma y, entonces, se abre ante nosotros un mundo inmenso en la profundidad del océano, donde esas pequeñas montañas son la punta de enormes iceberg que se encuentran relacionados entre sí por fuerzas que pertenecen a una dimensión hasta entonces insospechada: la profundidad, que en nuestro ejemplo marino se correspondería con la unidimensionalidad del Mundo Puntual que es en el que sucedemos (en el lineal sólo virtualizamos, hablamos o pensamos).
Si recomponemos el día con las casualidades, pequeñas o grandes, importantes o anecdóticas, evidentes o dudosas, y no con los hechos oficiales (los lineales), se abre ante nosotros un mundo nuevo en el que no sólo los acontecimientos son distintos, sino que el juicio que hacemos de esa vida es también muy diferente. Los demás adquieren otra imagen, aparecen como desconocidos y nuestros planes, nuestra autoestima y nuestra actitud ante la vida cambian sutil pero drásticamente. “Somos otros”. Somos, también, unos desconocidos.
La vida casual es el medio más fácil y directo para descubrir nuestra alma y el mundo puntual en el que vivimos. Pero esa vida casual produce miedo por dos motivos.
Primero, porque nos descubrimos como simples sucesos, evanescentes, livianos, inconsistentes, en un mundo que no podemos delimitar de forma definida mediante las líneas de la percepción-conceptualización a las que estamos acostumbrados. Un mundo en el que nos vemos obligados a pensar y sentir sin palabras. Las ideas dejan de ser esas constelaciones de sinónimos y se convierten en un conjunto evocador compuesto de silencio, vacío, imágenes, fantasía, emociones, o palabras que sólo adquieren significado (distinto al convencional) cuando les encontramos un sentido inexpresable. Unas evocaciones que, luego, podemos traducir a lenguaje lineal, con frases precisas y coherentes, pero que ya no responden a lo evocado.
- Perdemos las palabras, y las palabras pierden su significado. El lenguaje se reduce a una figura que evoca pero no define un sentido preciso.
Si, cuando estamos pensando en ir de viaje, nos llaman para ofrecernos un descuento en un hotel de una lejana ciudad, podemos sencillamente concluir que se trata de una casualidad debida al azar. No teníamos pensado ir a esa ciudad. Pero la casualidad nos la ofrece. Nuestra idea original la habíamos creado “dentro” de nosotros, en el ámbito de nuestro yo que creemos controlar. Pero hay otra idea creada “fuera” en ese otro ámbito que no consideramos nuestro porque ocurre más allá de donde creemos controlar las decisiones. Desde fuera, hemos pensado otra cosa, una ciudad distinta. Lo que nos ocurre, nuestros 22pp, forma parte también de nosotros. Se trata del movimiento entorno, que pone de manifiesto que lo que nos arrastra “desde fuera” es tan propio como lo que nos empuja “desde dentro”. Descubrir que nuestro yo real, puntual, va más allá de los límites del sujeto, produce miedo.
La voluntad del alma no se reduce a la voluntad–subjetividad del sujeto, a eso que definimos como controlable: nuestros pensamientos y nuestro cuerpo, hasta donde podemos dar órdenes que son inmediatamente obedecidas. La voluntad del alma también se manifiesta en el “afuera” o “ajeno” lineal del sujeto, en ese ámbito que formalmente no controlamos. Por eso nos resistimos a pensar que esa conciencia-voluntad del alma, de nuestro suceso, alcanza también a lo que nos sucede, a lo exterior y ajeno, a lo que aparentemente no tiene nada que ver con nuestra voluntad.
Nos llaman para ofrecernos un descuento de hotel en una ciudad distinta a la que pensábamos, porque nuestra conciencia-voluntad del alma, que baraja más alternativas (incluso linealmente incompatibles) así lo ha decidido y, por tanto, ha actuado en consecuencia.
- La casualidad nos señala el efecto mariposa, eferente o aferente, desde nosotros o hacia nosotros, producido por nuestra alma.
Hay un punto de máxima incidencia que, si damos con él, logra que un soplido provoque un incremento en el viento hasta convertirlo en huracán. Pero, sin necesidad de llegar a provocar huracanes, la vida cotidiana está llena de pequeñas y grandes casualidades, milagros, fenómenos parapsicológicos o efectos mariposa. Da igual cómo los llamemos. Y esos efectos mariposa, si logramos verlos como tales, nos muestran que ni todo lo que hay dentro, sea o no controlable por la subjetividad, forma parte de nuestro suceso, ni todo lo que está fuera es incontrolable por la conciencia-voluntad de nuestro suceso, el alma.
El otro motivo por el que nos produce miedo percibir ese mundo casual es por la propaganda lineal. Curiosamente, el delirio lineal, una enajenación en sí mismo, nos sensibiliza ante la locura. Somos, como buenos locos adaptados, especialmente susceptibles a todo aquello que puede hacernos parecer locos… por miedo a que eso nos vuelva locos de verdad, es decir, de forma desadaptada, inútil, fracasada biológicamente (social, económica, familiar y personal).
El delirio lineal, como toda locura, crea defensas frente a su contrario, para protegerse de sí mismo, de su propia toxicidad. Por tanto, un delirio de locura como el lineal se defiende mediante el miedo a la locura. La sensatez, la cordura, la racionalidad sinonímica y la capacidad para encontrar sombras de invariación y regularidad en un mundo esencialmente variable, irregular e imprevisible, forman parte de la misma constelación sinonímica que nos lleva a ignorar las peligrosas casualidades y, por tanto, a ignorar el grueso de la vida real que esas casualidades, como puntas de iceberg, evidencian.
- Hay una vida oscura que supone, por analogía con la materia oscura del universo, la mayor proporción de nuestra “masa existencial”.
Una vida oscura que, incluso superados los miedos para tratar de buscarla, resulta muy difícil de desvelar15.
Cuando decidimos prestar atención a las casualidades de nuestra vida buscamos casualidades evidentes, que son las que presentan una contigüidad lineal, bien sea por vecindad temporal, es decir, porque media poco tiempo entre el efecto y la (presumible) causa, o bien porque podemos insertar un efecto de forma sólida y coherente en la secuencia lineal en la que lo esperábamos. Por ejemplo, los descubrimientos científicos desencadenados por una casualidad.
Casualidades con este tipo de evidencia hay pocas. Muy rara vez, a no ser que tengamos un tremendo control de nuestra capacidad de provocar el efecto mariposa, las casualidades se producen de forma contigua, espectacularmente evidente desde el punto de vista de la causalidad lineal. Y muy rara vez disponemos de un discurso lineal o un ambiente evocador con los que descubrir casualidades no contiguas. Lo normal es que el tiempo y el espacio de las casualidades se exprese de forma puntual y determinados sucesos se encuentren unidos de forma casual a una distancia de tiempo y espacio que, normalmente, no consideramos causal. La relación entre algo pensado hoy para hoy y que ocurre pasados tres días no la consideramos casuales.
Así pues, la vida cotidiana se encuentra llena de casualidades. Pero no son evidentes. Y no lo son porque estamos acostumbrados a percibir, pensar y registrar en la memoria sucesos linealizados, que se siguen unos de otros a través de una cadena lógica secuencial, aunque estén separados por enormes distancias temporales y espaciales16.
La capacidad para encontrar evidencia puntual y no simple evidencia lineal, de contigüidad lógica, debemos desarrollarla, como todas las capacidades, mediante el ejercicio. Y el ejercicio para desarrollar la evidencia puntual es muy sencillo. Basta con no temer realizarlo y con prestar atención (y memoria) a todo lo llamativo que encontremos. Pero, ¿qué es lo llamativo?
Lo llamativo no es una espectacular constelación sinonímica que podemos describir precisa y nítidamente, sino algo indecible que, sin embargo, sabemos que es llamativo pero no podemos decir por qué. Cuando se produce algo llamativo, raro, curioso… etc. nos damos cuenta, pero, como no podemos incrustarlo en un mapa lineal cognitivo, lo olvidamos sobre la marcha o dejamos de prestarle atención. Lo llamativo puede ser minúsculo y, aparentemente, de poca importancia pero, cuando sucede, es inconfundible. Como lo son las ganas de orinar y, sin embargo, no podemos describirlas verbal ni lógicamente.
- Lo casualmente llamativo pasa desapercibido para el sujeto.
Un día, mientras conducía, que es una de esas ocasiones en que mejor conecto con la realidad puntual, me vino inesperadamente una idea que no guardaba ninguna relación con lo que estaba pensando. Y, sin más (otra casualidad), le dije a mi mujer: “¿Sabes cómo nos llaman los extraterrestres?” Ella arqueó las cejas, acostumbrada a mis repentinas salidas de mundo. “Sígula dus”. Dije sin prestar tampoco mucha atención a su falta de atención.
Normalmente muchas de estas ocurrencias se me olvidan al poco tiempo de tenerlas. Pero esta vez no fue así. O eso pensaba. Porque no volví a recordar el asunto hasta que, pasado el fin de semana, regresamos a casa y entré en Internet para curiosear17. Casualmente, encontré una página en la que había una frase muy parecida esta: “Según los sumerios, los dioses nos llamaban Lu-Lus”.
Inmediatamente me vino a la memoria aquél nombre que “inventé” y con el que nos denominaban los extraterrestres. “¡Qué casualidad!”. Me dije. “El nombre que he inventado casi coincide con el que se inventaron los sumerios: Dus y Lus”.
A partir de ese momento comencé a leer sobre los dioses sumerios, y a inventarme nombres y fechas con relación a los extraterrestres. Pero esa casualidad había desencadenado un tercer suceso que me pasó desapercibido durante mucho tiempo: comencé a prestar atención a las casualidades evidentes y a descubrir muchas de las no evidentes. Y así, poco a poco, un mundo desconocido, perfectamente cuerdo, que no me impedía, sino todo lo contrario, centrarme con realismo y sensatez en los problemas de la vida cotidiana, se fue desvelando ante mí. Las casualidades se multiplicaban, pero iban encontrando su lugar y alcanzando su significado en una cosmovisión nueva, compleja y holística que implicaba muchas más facetas de mi vida que la simple racionalidad verbal y sinonímica y que poseía un sentido elástico, multiforme, evocador que, como las ganas de orinar, conocía perfectamente pero me era imposible describir de forma precisa y linealmente racional. Una cosmovisión en la que iban encajando no sólo las nuevas casualidades, sino todas aquellas ideas aparentemente desconectadas y caóticas que había inventado a lo largo de mi vida. Desde los nombres y símbolos de unos dioses de mi adolescencia, que coincidía casi exactamente con los descritos por los sumerios y con lo que esta cosmovisión inexpresa, evocadora, pero coherente, predecía como si hubiera guardado el hueco en el que encajaran perfectamente aquellas fantasías de juventud junto a las fantasías mitológicas de hace cinco o seis mil años, hasta las rigurosas ideas lineales de una escalofriantemente compleja metafísica que inventé un poco después de la adolescencia. Todas esas invenciones creadas a lo largo de los años encontraban su coherente acomodo en esta nueva cosmovisión: la de los inhiek. El Shuk-Ul.
Pero las casualidades no quedaban ahí. Los mismos inhiek, su cultura y su historia, inventada por mí antes de conocer la cultura y la historia de las civilizaciones antiguas, presentaban coincidencias casi exactas o, en algún caso, completamente exactas con esas civilizaciones.
El mundo de los inhiek encontró un referente no sólo fonético en el dios Enki. “inhiek” no sólo se parecía a “Enki” sino que, además, la personalidad, los símbolos y los principios de este dios eran extraordinariamente semejantes a los que había creado para los inhiek. A partir de esa coincidencia, imaginé por analogía con su hermano adversario, Enlil, el nombre de los adversarios de los inhiek. Se llamarían, “inilei”. Los inhiek eran producto de mi imaginación. Los inilei eran una adaptación de mi imaginación a la evidencia de una casualidad.
Pero aún quedaba por llegar una nueva y más sorprendente casualidad.
De la misma espontánea manera en que me vino a la mente el nombre con el que nos llaman los extraterrestres, así un día comencé a escribir la cronología de los inhiek en nuestro planeta. No conocía ningún calendario antiguo, ni fechas históricas, legendarias o geológicas que me sirvieran de referencia. Tan sólo escribí lo que me venía a la mente, a pesar de que yo mismo sentía una fuerte sensación de ridículo, de estar inventando absurdas fantasías que debía mantener en secreto para salvaguardar mi imagen de persona sensata, razonable y pragmática. Esa cronología y el vocabulario inhiek que simultáneamente estaba inventando, los tomé como un juego secreto, una especie de retorno a mis años infantiles y juveniles en los que con tanto exceso cultivé la fantasía.
Inventé también un calendario para Ozye, el planeta original de los inhiek y los inilei en el que la expectativa de vida de sus habitantes era de unos 360 años Ozye, lo que establecía el equivalente a nuestro siglo que, multiplicado por diez, daba un milenio Ozye o “cestar”, como ellos lo llaman, de 3600 años. Pero, ¿a cuántos años terrestres equivalía un año Ozye? Después de unos segundos con la mente en blanco, los números de una cifra fueron colocándose como bloques de piedras en hilera. Era tan exacta aquella cifra que sentí una sacudida de vergüenza por llevar el juego de la fantasía más lejos de lo que yo mismo era capaz de resistir. Pero tecleé casi sin darme cuenta de que lo hacía y quedó escrita antes de que pudiera olvidarme de ella: “Un año Ozye dura 1,423 veces más que el año terrestre”. Mi mente lineal, el sujeto fuertemente educado en la racionalidad más estricta, me pedía que no perdiese más el tiempo con aquellas fantasías inútiles. Había asuntos más graves de los que ocuparse. Incluso, la misma historia de los inhiek, en su simple interés literario o de entretenimiento, era una ocupación más respetable y provechosa. Pero estaba hechizado por aquella cifra que resaltaba entre todos los signos de la pantalla con una cautivadora y extraña belleza.
Construí una tabla en la que relacionaba las fechas del calendario terrestre y del inhiek de los acontecimientos más importantes tanto en Ozye como en la Tierra, y dejé aquella tabla, junto al tamaño de Ozye con relación al de la Tierra, la duración de su órbita alrededor de su estrella, Dayres, y el periodo de rotación del mismo.
Como un simple juego, acudía a esas tablas para encajar los sucesos y las historias sobre los inhiek que tanto me gustaba inventar. Y, así, poco a poco, esa cronología y sus tiempos de medida se fueron incorporando a mi modo de ver el mundo, de manera que, cuando alguien hablaba del fin de los tiempos, de las calamidades milenaristas, yo les ponía fecha y sencilla explicación.
Aproximadamente al año después descubrí que según los mayas cada 5.125 años surge un rayo del centro de la galaxia que sincroniza al sol y todos los planetas iniciando entonces lo que ellos llamaban un nuevo Sol. Ni el periodo de Sol maya tenía acomodo en nuestro simétrico milenio, ni la fantasiosa y poética idea de un rayo sincronizando nuestro Sol con el centro de la galaxia podía traducirse al lenguaje de nuestro realismo científico (mágico). Más aún, los mayas siempre me habían parecido una cultura de segunda fila en el panorama de la Antigüedad. Sin mucho entusiasmo, decidí comprobar cuántos años Ozye duraba un Sol maya. Dividí 5.125 entre 1,423 y en la diminuta pantalla de la calculadora apareció un número mágico: 3.601,54. ¡Casi exactamente un cestar o milenio inhiek! Ajusté el factor de corrección para obtener un cestar (3600 años Ozye) de 5125 años terrestres: 1,4236. Había un desviación del 0,04 por ciento entre la cifra “inventada” por mí y la de los mayas.
Como es natural, quedé profundamente impresionado. No podía tratarse de una simple casualidad de azar. Los mayas tenían el calendario más preciso de la antigüedad. Era una de las pocas cosas en las que superaban todo lo conocido de otras civilizaciones más antiguas y avanzadas tecnológica y “filosóficamente”. Había tanta desproporción a favor de su capacidad para medir el tiempo con relación a todos los otros elementos de su cultura, que, o se habían dedicado al calendario de obsesiva, o esa exactitud la habían aprendido de alguien y anotado con la precisión que otras civilizaciones no lo habían hecho. Y, pues, coincidía con mi inventado factor de conversión, la casualidad evidenciaba que debían ser los mismos inhiek los que les enseñaron a contar el tiempo terrestre con medidas de Ozye.
Al igual que todas las demás culturas realistas de la Antigüedad, los mayas afirmaban que fueron sus dioses los que les enseñaron los elementos fundamentales de la civilización, incluido el calendario. Pero yo no había visto ni escuchado a un dios o a un extraterrestre en mi vida. No podía ser el realismo, expresado según los términos de mi perspectiva particular, lo que se encontraba detrás de mi calendario inhiek y el calendario maya. ¿O, tal vez sí?
Otro notable ejemplo de evidencia casual tiene por escenario al propio debate científico de la Física Teórica. Cuando decidí comentar algo sobre la concepción espaciotemporal que posibilita, entre otros fenómenos, la superación de la velocidad de la luz y cuantos aspectos prácticos hay relacionados con dicho fenómeno, escribí unas notas sobre el “túnel de asimetría de sentido” del que más adelante se hablará. Apenas dos días después descubrí que en la mecánica cuántica se habla de un “efecto túnel”. Reproduzco esa nota porque en ella misma se presenta no sólo un ejemplo de vida casual sino de interpretación shukultiana de esa vida casual.
10-11-10. Acabo de descubrir por pura casualidad que hay un “efecto túnel” en la mecánica cuántica que, en algunos aspectos es muy parecida al túnel de asimetría de sentido. Aunque presenta diferencias fundamentales de planteamiento y alcance, entre otras, que la asimetría de sentido permite abarcar tanto niveles subatómicos como cosmológicos y engarza fenómenos cuánticos con, por ejemplo, la teoría gravitacional, tanto en su diseño newtoniano como relativista.
Y sigue así, ahora valorando esa casualidad desde una perspectiva shukultiana:
Gracias a Dios no he descubierto antes esto porque habría contaminado mi idea de “túnel” y, de ese modo, habría censurado las diferencias que presenta con el modelo académico cuántico y reinterpretado la idea shukultiana según ese modelo académico. Otra casualidad más que me indica que lo que voy pensando no son simples disparates (que podrían serlo y aún, así, aprovechables) y, pues no pueden salir de mis conocimientos lineales (de mi formación académica) deben provenir de otros “sitios” de este mundo o de Nunma, probablemente de mí mismo, pues conozco los fundamentos de las cuestiones físicas pero no sus pormenores, lo que indica que allí tampoco seré un simple aficionado ni, mucho menos, un experto en física.
El siguiente caso es muy personal y, por tanto sirve perfectamente para ejemplificar dos aspectos sobre la vida casual (la materia oscura de la vida) a los que nos hemos referido. Los avatares de la vida cotidiana están plagados de problemas que, a veces, pueden ser muy serios. Esos problemas, unidos a la férrea formación científica y racional que, lo quiera o no, vigila muy de cerca todo lo que hago, me llevaron un día, era domingo, a caer en una profunda melancolía. De alguna manera, incluso como simple cuestión psicológica, el mundo de los inhiek me proporciona una gran fortaleza de espíritu. Y fue por ese motivo que cogí el coche para ir a un paraje natural en el que rebosa el agua. Se trata de una cueva, un santuario y el nacimiento de un río, todo en un paraje maravilloso. Y me llevé conmigo a mis hijas.
Bajamos a la Cueva del Agua y allí, mientras ellas jugaban y reían, yo lancé una súplica desesperada. “Dadme una prueba de que todo esto no son idioteces o locuras”. Terminamos nuestra visita a la cueva sin que nada ocurriera, lo que me confirmó que todas esas fantasías eran simples mecanismos de protección frente a una realidad que no controlaba y que tanto sufrimiento me producía. Mi formación psicológica, ese humanismo morboso que tanto había denostado, regresó para vengarse.
No sé si subimos al santuario. Posiblemente sí. Pero yo no estaba en nada, sino atenazado por una angustia que apenas me permitía corresponder con sonrisas a la desbordante alegría de mis hijas. Parecía que lo hiciera el demonio. Cuando más angustiado y triste estaba yo, más felices, inusualmente felices, se mostraban ellas.
Insistieron en parar en el nacimiento del río, donde también hay una fuente célebre en la comarca por su agua abundante y fresca. Aparqué el coche y nos dirigimos al nacimiento, a unos escasos cien metros de allí. En el camino, a pesar de sentir un profundo desprecio por mi debilidad, volví a pedir una señal, algo que me dijera que todo eso era verdad. Y así llegamos al nacimiento, donde, a la vista del agua que fluía de la tierra, pedí de nuevo una señal, un clavo en el que apuntalar mi superstición, según lo que la otra voz interior replicaba al unísono de las súplicas. Casi al instante desistí y fue entonces, mientras volvíamos sobre nuestros pasos, cuando mis dos hijas comenzaron a cantar. Al principio no me le di importancia, pero después de unos pocos metros en los que ellas continuaron con la machacona y absurda canción les grité irritado: “¿Pero qué cantáis?”. “nada –dijo la mayor, que entonces contaba once años, sin que dejaran de reír-. Una canción”.
El grito me liberó de mis negros pensamientos y pude escuchar, atónito, la letra de la canción: “Ama henke. Ama henke. Ama henke…” Continuaron cantando hasta que llegamos al coche y, allí, les pegunté que dónde la habían oído. La mayor respondió que de la pequeña y, la pequeña, que contaba cinco años, no supo decir más que se la había inventado.
Pensé que, tal vez, aquella frase decía en inglés “Yo soy henke” (I’m a henke). Había pedido una prueba y allí la tenía. No sólo respondían por boca de mis hijas que eran ciertas mis fantasías sobre extraterrestres, sino que el nombre que les había dado no era el correcto. En lugar de “inhiek” eran “henke”. Las casualidades suelen traer escondidas en sí mismas confirmaciones de su autenticidad. Y esta tenía dos certificaciones. Una era que respondían exactamente a mi súplica-pregunta. Contestaban casi en el momento, lo cual no era poca cosa. La otra, que esa respuesta contenía la prueba de que no se trataban de un simple caso telepatía (que ya sería mucho) por el que mi hija pequeña había recogido mis pensamientos y daba la respuesta que también había recogido de mi mente, pues, siendo así, habría dicho “Ama inhiek”.
Pero aquella frase contenía un tercer certificado de autenticidad. Algo no encajaba. Así que dediqué la tarde a revisar una por una todas las posibles explicaciones. Tal vez se trataba de simple azar, por muy remota que resultase dicha probabilidad. O puede que “henke” fuera una palabra mal escuchada de una canción en inglés. Me consolé pensando que, aunque fuera así, de alguna manera se trataba de una respuesta a mis súplicas, escondida en forma de casualidad. La política de mínima intervención impediría a los extraterrestres una comunicación demasiado directa y, por ese motivo, tenían que camuflarla como algo terrestremente “normal”. Si despejaban demasiado claramente mis dudas, estarían infringiendo esa mínima intervención. Y, casi cuando estaba a punto de tirar la toalla, recordé algo.
El vocabulario inhiek que había inventado más o menos al unísono de su calendario tenía una extraña característica que descubrí también por casualidad. En una de las historias inhiek que solía escribir y no terminar, un militar respondía a su superior “ama inhiek” queriendo decir que era inhiek. Según mi vocabulario, “Yo soy” se dice simplemente “hie”, “yo”. No hace falta decir “soy” porque cuando no se pronuncia ningún verbo se entiende que se dice “soy”. “Hie inhiek” significa “yo (soy) inhiek”. Pero, cuando escribí “ama inhiek” pensé que lo decía así para enfatizar la frase. Ama inhiek significa “primero inhiek, es decir, “(primero) antes que nada soy inhiek”.
Era imposible que mi hija conociera esa peculiaridad que yo mismo había inventado y olvidado. Comprobé que en mi vocabulario, “primero” se dice “ama”. Y comprobé también que el verbo “ser”, el más importante en cualquier idioma, no aparecía en ese vocabulario. Sin embargo, sí se encontraba el verbo “estar”: “ah”.
Si se trataba de un proceso telepático, la verdad es que mi inconsciente había trabajado con una finura extraordinaria. Pero esa posibilidad resultaba tan improbable para razón lineal como la de que había recibido una respuesta con, al menos, tres certificados de autenticidad, que, para mí, eran suficientes.
A partir de ese día, llamé a todos los inhiek “inhiek”, a los que antes eran inhiek los llamé por su nombre, por el que había escuchado en el nacimiento del río, “henke” y, de nuevo por analogía, a los inilei los llamé “henle”. Pero lo más importante de aquel suceso, más incluso que lo que significó para mis creencias, fue descubrir que el criterio de evidencia de una casualidad no consiste en que, de forma inmediata, se cumplan los deseos, ni en que una cifra de cuatro números coincida con un factor de conversión común a un calendario inventado por mí y a otro inventado o aprendido por los mayas. Lo evidente para el alma es más complejo, mágico e indecible que la simple constelación sinonímica de “evidencia” y que la simple casualidad de probabilidad imposible.
Ya no volvía someter a las casualidades al riguroso análisis lineal que, sin embargo, no aplicamos a las explicaciones convencionales. Sencillamente, les busco un sentido y una utilidad. Lo que, por añadidura, me ha servido para comprender y aceptar muchas cosas sobre mí mismo, el mundo y quienes me rodean que antes no entendía y, desde luego, no aceptaba. Y eso sólo ya merece la pena.
La Gran Guerra
No sabían que su aldea había caído a un lado de la frontera entre dos naciones y que la aldea vecina estaba dentro de la otra nación. No veían ese muro invisible que modelaba sus vidas. No sabían que había más mundo que sus dos aldeas. Y que ese mundo estaba en guerra. Y que la guerra los arrasaría.
La hipótesis más razonable y realista para explicar las mitologías antiguas no es la de que hemos recibido y, probablemente aún seguimos recibiendo, la visita de seres de otro mundo, sino la de unos extraterrestres que viven en nuestro mismo mundo, que descubren la Tierra y viajan hasta ella.
Negar esta posibilidad como fantasiosa o, si quiera, como poco probable, significa negar nuestro futuro. No hace falta adentrase en las turbias aguas de la ciencia ficción para aceptar la posibilidad de que se pueda viajar por el espacio hasta algún planeta con vida, incluso poblado por criaturas más o menos inteligentes y más o menos parecidas a nosotros.
Tampoco hace falta soñar para predecir que esas criaturas inteligentes o, incluso otras sin ninguna inteligencia, pueden ser clonadas con el objetivo de crear seres lo más parecidos a nosotros y bien adaptados a las condiciones de dicho planeta. Dentro de no mucho tiempo, la ciencia y la tecnología serán perfectamente capaces de crear un humano transgénico a partir de otra especie inferior.
No tenemos tampoco que inventar ninguna fantasía para suponer que el descubrimiento del nuevo planeta habitable desataría todas las tensiones de nuestro mundo, reproduciendo los conflictos entre los distintos bloques terrestres, con sus distintos planteamientos éticos, políticos, ecológicos y hasta religiosos.
La cuestión del nuevo planeta sería objeto de fuertes debates y, antes o después, surgirían conflictos armados entre las fuerzas expedicionarias allí destacadas por los diferentes países y bloques estratégicos.
Antes existía la duda de si efectivamente la frecuencia de planetas con probabilidad de albergar vida era tan alta como la simple matemática de contar con los dedos (de un ordenador) parecía sugerir. En el ámbito de nuestra galaxia, recinto al cual la previsible tecnología de los próximos cientos de años podría abarcar, se calcula que hay entre 200.000 y 400.000 millones de estrellas. Una cifra tan apabullante que, a poco generosos que seamos, debemos asignarle una inmensa cantidad de planetas. Suponiendo que sólo una de cada diez estrellas los tenga, obtenemos una cifra de, como mínimo, 20.000 millones de planetas. Si de estos suponemos que sólo un 1 por ciento son habitables, obtenemos 200 millones de planetas. Si un 1 por ciento tienen vida inteligente, obtenemos 2 millones. Si, de estos, sólo un diez por ciento tienen un nivel evolutivo y, por tanto, presumiblemente tecnológico superior al nuestro, resulta que hay unas 200.000 culturas en nuestra galaxia con mayor capacidad que la nuestra. Alguna de estas culturas sería la de nuestros extraterrestres visitadores. Los equivalentes de nuestros descendientes dentro de diez o veinte generaciones, que, si fueran capaces de alcanzar sólo la cuarta parte más cercana de nuestra galaxia, tendrían a su disposición unos 50 millones de planetas habitables, de los que 500.000 tendrían vida inteligente18.
Espaciotiempo puntual
El único problema serio para aceptar nuestro futuro como colonizadores de otros planetas y, por tanto, la posibilidad real de que civilizaciones extraterrestres nos hayan visitado en el pasado o aún lo hagan en el presente, es nuestra mitología científica. En concreto uno de sus principios fundamentales: La imposibilidad de superar la velocidad de la luz.
Desde el punto de vista de la física contemporánea la velocidad es una constante sobre la que pivota toda la cosmología científica o, al menos, la más extensamente aceptada por el mundo académico. Sin embargo, esta expresión del misterio naumori sobre el que orbita la ciencia, es rechazada de principio por la cosmovisión shukultiana19.
En el mundo unidimensional no existen las constantes ni la invariabilidad. Se trata de un espaciotiempo esencialmente desfasado, variable y móvil. De otro modo sería impensable que en una sola dimensión pudieran establecerse diferenciaciones.
La velocidad es el eje determinante de la cosmología científica contemporánea, y es también, anchamente entendida, el aspecto fundamental del espaciotiempo de una sola dimensión.
- El espaciotiempo puntual no es continuo, sino que está constituido por alfas que son porciones indivisibles o cuantos espaciotemporales.
Estos cuantos o alfas espaciotemporales pueden tener una cifra mayor o menor y, por tanto, para una misma distancia lineal, haber más o menos alfas que serán más o menos “grandes” linealmente medidos. Puede haber, por tanto, más o menos espaciotiempo definido como“esfuerzo” o “trabajo” entre dos puntos situados a la misma distancia lineal dependiendo del número de alfas que exista entre ellos e independientemente del tamaño lineal de los mismos. Ese esfuerzo o trabajo es el aspecto fundamental del espaciotiempo puntual que viene medido en términos de velocidad.
- La métrica puntual viene expresada en valores de velocidad que traducen la resultante del trabajo espaciotemporal.
Para conseguir la misma velocidad entre dos puntos separados por 2 o por 20 alfas se debe realizar 10 veces más esfuerzo, lo cual quiere decir que hay diez veces más espaciotiempo. La cantidad de espaciotiempo puntual (la distancia-duración unidimensional) aparece en términos lineales de trabajo. El espaciotiempo unidimensional debe ser dinámico y activo en contraste con el espaciotiempo lineal, que es estático y en el que la movilidad se describe con referentes dimensionales (alto, ancho y largo). En la unidimensionalidad no hay referentes “cartesianos” y, por tanto, la extensión-duración debe fundamentarse en una movilidad dependiente, no de distintas posiciones fijas, sino del trabajo. Esto quiere decir que en una cuesta hacia arriba (contra la fuerza de gravedad) hay más alfas que en esa misma cuesta pero hacia abajo y, por tanto, mayor distancia-duración puntual (real) en un sentido que en el otro.
- La distancia unidimensional entre dos puntos viene determinada por el trabajo desarrollado para recorrerla a una determinada velocidad.
Pero ni siquiera existen distancias-duraciones fijas en el espaciotiempo unidimensional. Por tanto un mismo recorrido no siempre requerirá el mismo trabajo (o esfuerzo espaciotemporal) para todos los objetos ni en todos los momentos. Aunque siempre podemos establecer un valor de referencia para cada recorrido.
Esta referencia la expresamos mediante el concepto de “densidad teórica”, que explica el espaciotiempo unidimensional o trabajo puntual en función de la cantidad de alfas que hay en un determinado campo lineal (en un alfa teórico fijo): por ejemplo, en un centímetro. Pero la densidad teórica sólo sirve para realizar medidas comparativas estándar. Porque, en una misma densidad teórica, podemos obtener diferentes trabajos dependiendo del objeto que se mueva por ella. Y esto es así porque cada objeto puntual crea su propio espaciotiempo20. Aquí es donde la velocidad sirve como criterio métrico, porque relaciona la densidad teórica con el esfuerzo o espaciotiempo intrínseco de los objetos que se mueven por dicho campo. Se puede recorrer menos camino haciendo más esfuerzo, es decir, gastando espaciotiempo intrínseco en disminuir la densidad teórica del campo. Esto es, reduciendo el número de alfas que hay que recorrer.
- Los objetos se mueven por túneles de asimetría.
Un objeto crea un túnel de asimetría en función del diferencial de densidades teóricas que le rodean. Su trabajo, para una misma velocidad en ese túnel, será proporcional a su masa, es decir, a su densidad teórica como túnel espaciotemporal. Así, como podemos ver en la Tabla 1, para un mismo diferencial (entre las densidades teóricas de uno y otro sentido) de 5 hará falta el doble de trabajo para mover a la misma velocidad un objeto con el doble de masa que otro. De igual modo, en el caso de que el diferencial sea muy superior (5000, en lugar de 5) para una misma masa hará falta mucho menos trabajo (200 frente a 0,2) para conseguir una misma velocidad.
Desde una perspectiva lineal podríamos pensar que el objeto “absorbe” alfas del campo por el que se mueve. Pero no es así por la sencilla razón de que ese objeto no se mueve por un campo definido por una densidad teórica, sino por un túnel de asimetría de sentido. El objeto o móvil no absorbe alfas, sino que los desplaza en el sentido contrario a la marcha del túnel por el que se mueve (eso es el movimiento), es decir, quita alfas delante de él y los desplaza detrás21.
Si el espaciotiempo fuera independiente de lo que le rodea y no afectara a lo que contiene, sería lineal y, entonces, no podría explicarse la variabilidad que expresamos como “fuerzas”.
- Los objetos se mueven por campos de asimetría de sentido y, a su vez, son campos de asimetría de sentido.
Esto quiere decir que la masa no es nada más que la densidad teórica de un túnel. Esta densidad teórica no es independiente de la densidad del túnel por el que, a su vez, se mueve. Pero lo más interesante de esta idea es que nos ofrece una perspectiva diferente de la gravedad.
- La gravedad no es más que la expresión lineal del túnel de asimetría de sentido intrínseco de un objeto o campo.
La masa expresa el diferencial de densidades teóricas de un objeto, el cual crea un túnel de asimetría que, a su vez, se expresa no según la referencia lineal de “delante-detrás” sino mediante la de “dentro-fuera”.
Cuando un objeto se mueve a lo largo de un túnel de asimetría definido linealmente por la trayectoria de su movimiento, se desplazan alfas “hacia atrás”, creando una presión o diferencial de densidades teóricas. Del mismo modo, el túnel de asimetría intrínseco de un objeto (representado linealmente como masa) desplaza alfas “hacia dentro” creando de ese modo una presión o diferencial de densidades teóricas que define un túnel de asimetría extrínseco por donde los objetos próximos encuentran menos alfas en dirección al objeto masivo que en dirección opuesta. Como el objeto atraído tiene también masa y, por tanto desplaza alfas hacia su interior, ese efecto se suma al del “atrayente”, por el que la fuerza de gravedad es mayor cuanto mayor el la masa de los objetos relacionados.
- Cualquier objeto en reposo situado en un túnel de asimetría se moverá en la dirección y sentido de la menor distancia-duración puntal, es decir, hacia donde la densidad teórica es menor.
Los fotones, medidos linealmente, tienen masa cero. Pero su túnel intrínseco no es nulo, sino que tiene un valor negativo. Este valor negativo lo sufren todas las cosas que no superan un punto crítico de túnel intrínseco. Las cosas que no superan dicho punto crítico arrojan siempre la misma velocidad lineal, que se corresponde con la de la luz. Sin embargo, la velocidad puntual real no es siempre la misma. Dichas variaciones de velocidad puntual se manifiestan no mediante las medidas convencionales de velocidad lineal sino mediante otros aspectos como la frecuencia y la energía.
Como la luz tiene un valor de masa puntual negativo, no afecta linealmente al túnel de asimetría por el que se mueve, por lo que medimos linealmente una invarianza representada por la correspondencia de ese túnel consigo mismo. La densidad teórica es imposible de determinar en el túnel por el que mueve la luz debido a que los alfas reales se corresponden con el alfa teórico. Ese alfa teórico no puede fijarse y, por tanto, siempre se adapta a los alfas reales del túnel. Pero esto no quiere decir que el objeto (en este caso, un fotón) se mueve por un túnel de asimetría de sentido de un solo alfa (hacia delante).
- La máxima velocidad puntual es la “instantánea”, se produce en un túnel de asimetría de sentido de un solo alfa (hacia delante).
Lo que vemos cuando decimos que la velocidad de la luz es máxima es esa invarianza derivada de la incapacidad para determinar un alfa independiente de los alfas reales. Pero esto no quiere decir que no se pueda viajar a mayor velocidad que la luz, sino que, cuando viajamos a mayor velocidad lineal que la luz, no podemos realizar medidas lineales de esa velocidad sino que obtendremos una apreciación de velocidad instantánea, que, por su propia naturaleza, no entendemos como movimiento ni, consecuentemente, velocidad lineal22.
Aunque en sus postulados sean muy sencillos, La física shukultiana es mucho más compleja en sus planteamientos de lo que aquí podemos describir. Sirva esta simplificada exposición para dejar constancia de que la velocidad constante e insuperable de la luz es, desde el punto de vista puntual, un artefacto producido por nuestra dificultad para medir con finura lineal algo que apenas muestra variación. Pero ni es constante, ni es la máxima velocidad a la que se puede viajar. Una nave capaz de crear un túnel de asimetría de sentido con un diferencial de densidad teórica muy alto (sin necesidad de alcanzar la simultaneidad de un solo alfa) necesitaría muchos menos años que los establecidas por nuestra física teórica como techo insuperable entre estrellas muy distantes.
Apocalipsis
El año 28.738 AC, los inhiek, que por entonces no estaban divididos en los dos grupos étnicos y culturales henke y henle, derrotaron al Imperio de Naumor, conquistando su capital y llevando a cabo un genocidio contra los naumori que los redujo casi al exterminio. Ese año comienza el calendario Ozye. Y a partir de él se establecen milenios “cestar” de 3600 años Ozye que se corresponden con 5125 años Tierra.
Desde el año 15.496 AC los dos bloques tradicionales, los henle y los henke, se disputaron nuestro planeta hasta que un conflicto de proporciones galácticas provocó un realineamiento entre el llamado bloque nunita (de Nun) y el urita (de Uria).
Sobre el año 2000 AC las consecuencias de ese reagrupamiento que dividió a los antiguos bloques, hizo que naciones henke se pasaran al bando urita y, naciones henle, al nunita. Las grandes confusiones que aparecen en la mitología, así como los cambios de predominio de unos dioses sobre otros en las diferentes culturas de la Antigüedad, se deben a esta recolocación estratégica en la que quienes se encontraban al principio en un bando, el henle o el henke, luego terminaran en el nunita o el urita. Todo cambió. Y ese cambio vino acompañado de una guerra en la que los pequeños ejércitos expedicionarios destacados en la Tierra usaron todo lo que tenían a mano para ganarla, incluido el armamento nuclear.
El armisticio entre los bloques nunita y urita, acordado en diversos sectores de la galaxia, se aplicó también en la Tierra cuando los uritas, después de una fulgurante victoria inicial, fueron derrotados por los nunitas. Un tratado de no intervención directa, llamado Dustisit 2, se firmó por un periodo que concluiría con el fin del milenio Ozye en curso.
El actual quinto cestar o milenio inhiek comenzó el año 3113 AC. Y terminará el año 2012 de nuestra coincidiendo con el fin del quinto sol maya23.
Las profecías apocalípticas, en este caso concreto, no albergan ningún misterio. Se basan en el conocimiento y reinterpretación según sus referentes culturales, tecnológicos, políticos y religiosos por parte de los profetas (conocidos o anónimos) del fin del armisticio tras el que la guerra fría dará paso a la intervención directa de potencias extraterrestres en la Tierra. Los occidentales de Osiris contra los orientales de Ra, reorganizados en dos nuevos bandos: los nunitas y los uritas24.
No obstante, fueron mayoritariamente henle los que se pasaron al bando urita, mientras los henke, en su gran mayoría, se mantuvieron fieles a su alineación con el bando nunita. Así pues, los viejos símbolos de la antigua y ahora ya superada división entre los henke, representados por el agua, y los henle representados por el aire y, más concretamente, por el viento, cobran nueva vigencia25.
El rayo que sincroniza nuestro sol con el centro de la galaxia hace referencia al factor de corrección del tiempo terrestre que nos marca cuándo este se sincroniza con el de Ozye, con el fin de un cestar y el comienzo de otro.
Los mil años de los que habla el Apocalipsis, o el milenarismo medieval tiene una base real. Los ciclos y las eras en los que dividen la historia de la Tierra nuestros antepasados se basa en los milenios Ozye. La obsesión por estudiar el firmamento y ajustar a él el calendario (incluso el mismo zodíaco) guarda estrecha relación con el tiempo de los dioses.
El año 2012 termina un milenio Ozye. Nuestro tiempo se sincroniza con el de nuestros creadores para asumir un destino común. Su guerra es nuestra guerra y sus bandos se reproducen en la Tierra representados por los mismos símbolos, ideas y creencias que antaño. Desde hace cuatro mil años, nunitas y uritas terrestres luchan por dominar la mayor proporción del planeta para que, cuando lleguen sus protectores del espacio, tengan más fácil la victoria final. Y conforme llega ese día, esos símbolos que antes parecían agruparse de forma caprichosa, cambiando de bando al ritmo de la Historia, se alían nítida y ferozmente para que el verdadero fin del milenio, que no era tiempo de hombres, les alcance con ventaja sobre sus enemigos.
Los mayas, como otras culturas de la Antigüedad, conocían el Tratado, sus causas, sus términos y sus consecuencias. Pero interpretaban todo eso según los referentes culturales de los que disponían. Ahora podemos pensar que la terminología que utilizamos “tratado”, “no intervención directa”, “guerra fría” o “ecologismo” responden fielmente a la realidad rescatada de la divinización a la que se sometió a los superhombres, seres superiores o extraterrestres que nos colonizaron, crearon, y civilizaron. Pero no es cierto. Lo que llamamos tratado es un acuerdo entre partes en conflicto para mantener un armisticio y, también, una dificultad o imposibilidad física para poder enfrentarse militar y directamente por el control de nuestro planeta.
La división original de los inhiek en henle y henke, representados genéricamente por el aire (el viento) y el agua dio lugar tras el conflicto galáctico que alcanzó al mundo inhiek a otra división entre nunitas y uritas que en el que los emblemas se sustituyeron por las dos cruces que representaban a los dos grandes dioses; Nun y Uria. Una de las estrellas se identifico prominentemente con el Sol. La otra mantuvo su simbolismo original como tal estrella.
El rico simbolismo de la Antigüedad, que tan misteriosamente persiste hasta nuestros días conservando intactos sus significados, se encuentra desde hace cuatro mil años repartido entre estas dos alianzas de manera que a través de esos símbolos podemos encuadrar con una precisión sorprendente a las ideologías y naciones de la Tierra en uno de esos dos bandos. El del Sol y el de la Estrella.
Una parte de los henle, tradicionalmente naumoris, se alinearon con el bando nunita junto a la mayoría de los henke. Así mismo, una porción de los henke, tradicionalmente shukultianos, tomó partido por el bando urita. Ese era el caso de los representados por el dios sumerio Erra o Jergal. Los dioses solares presentan dos aspectos fundamentales: Por un lado el de la justicia entendida como la aplicación imparcial de un código de leyes, el orden en un sentido amplio y la disciplina y sumisión a ese orden, y por el otro, la violencia, la guerra, la dominación.
Enlil, padre y máxima autoridad del bando henle, dios del aire y el viento, es un dios severo e implacable. Condena a la humanidad transgénica primero a abandonar la protección de las colonias inhiek y, luego, a ser diezmados por el diluvio (precedido de plagas y epidemias selectivas) y reducidos a la barbarie tras la destrucción de su incipiente cultura, representada por la Torre de Babel y por la Atlántida. Cuando se produce la guerra del año 2000 AC, entre los dos nuevos bloques de nunitas y uritas, Enlil abandona la Tierra y deja el mando de su grupo a dos dioses: Sin, su primogénito, y Erra, un poderoso y violento grupo henke convertido en nunita. La Luna, concretamente el cuarto creciente, es el emblema de Sin, el dios protector y regente de Ur, de donde salió su fiel siervo Abraham huyendo de las consecuencias terrestres de la derrota del bando urita, es Elohim y Alá. Erra, cuyos emblemas, como ya hemos visto, son la maza con dos cabezas de león y el puñal falciforme, es el dios solar por excelencia, cuya contraparte henle es el dios sumerio del Sol, Utu, dios de la justicia. Pero Erra es también el dios que se impone en Egipto en los prolegómenos de la guerra, Ra. Y es el terrible dios de Moisés, Yahvé, bajo cuya batuta implacable el errante pueblo hebreo conquista en una guerra de terror y exterminio la tierra prometida de Canaán.
Erra es un dios henke y, por tanto, está identificado con los emblemas genéricos de este grupo: la serpiente y el dragón. De ahí provienen muchas de las confusiones y ambivalencias que han llegado hasta nuestros días, pues las referencias al dragón como una bestia infernal se refieren a este dios, consorte de la diosa Ereshkigal, señora del inframundo. Este es el dios Marte romano, el Ares griego, el Huitzilopochtli azteca, dios de la guerra y del Sol, o el Rudra védico26.
La alianza de henle y henke uritas se aglutina en torno a estos dos dioses. Y esa alianza se ha repetido en el tiempo hasta nuestros días.
Si repasamos la historia del siglo XX hasta nuestros días podemos ver esos dos ejes representados en los grandes conflictos bélicos, políticos y religiosos. La Segunda Guerra Mundial es un buen ejemplo de lo que decimos.
Las potencias del eje y los movimientos fascistas tienen todos símbolos solares. Desde el saludo hasta la letra del himno falangista, pasando por el sol naciente de la bandera japonesa, con sus rayos al estilo del dios Atón, la bandera nazi roja (color de Erra) con un círculo solar de color blanco en el centro dentro del cual se incrusta la svástica (la “otra” estrella). O tienen los emblemas propios de Erra. El fascio littorio, símbolo del fascismo italiano, es una maza y una hacha, guadaña o puñal falciforme en la que puede verse una cabeza de león, como la maza del dios Erra estaba coronada por dos cabezas de león. Los mismos símbolos del comunismo soviético: la hoz y el martillo, que es una representación moderna de la maza de Erra quien, además de su violencia, se caracterizaba por defender a los débiles y los humildes frente al avasallamiento de los poderosos. El rojo y el negro son los colores de Erra, como dios de la guerra, del fuego (solar) y de las tinieblas del inframundo. Roja es, como hemos dicho, la bandera nazi, roja la comunista, roja y verde la italiana fascista (que sentía predilección por el negro) roja y negra la falangista, un sol rojo sobre fondo blanco la japonesa, etc.
Entre los herederos del dios Erra y los del dios Sin, el Islam, se ha mantenido en la época moderna una afinidad transversal a la ideología oficial de unos y otros. El Islam une a su fuerte impregnación naumori, con los rasgos de orden, sumisión, justicia e imposición violenta, las tradiciones semitas que más se alejan de la cosmovisión shukultiana, caracterizada por la libertad individual, la igualdad entre sexos y la tolerancia política, religiosa y cultural de la disidencia. Resulta, por tanto, extremadamente chocante que el nazismo, fuertemente racista, que se hace objeto específico de su odio al pueblo judío (como, en menor medida, el resto de movimientos fascistas), tenga en muy buena consideración al semita pueblo árabe y, en general, al mundo islámico27.
Pero cuando los seguidores de Erra, las potencias del eje y el comunismo, han sido derrotados por los de los dioses nunitas, son los seguidores de Sin quienes parecen retomar la lucha en estos momentos finales del quinto milenio inhiek, a las puertas del fin del Tratado Dustisit II. No es casualidad que el sistema elegido por vanguardia urita, apoyada en silencio por la inmensa mayoría de musulmanes, sea la Yihad o guerra santa para expandir el Islam e imponerlo a todo el Globo que, en perfecta sintonía con el carácter de Erra, utiliza el terror como estrategia militar28.
No es extraño que las pocas naciones genuinamente herederas del mundo erráino comunista se alíen con las más radicales naciones musulmanas. Pero lo que sí resulta desconcertante y, a la vez esclarecedor, es que los actuales movimientos progresistas, que defienden postulados igualitarios y antirreligiosos, coincidan en una, hasta para ellos mismos, incomprensible estrategia de apoyo mutuo con el Islam. Una estrategia que sólo es comprensible desde esta perspectiva histórica de alineamiento en dos bandos superterrestres que, con tanta frecuencia, se introducen en “terreno enemigo” para promover un cambio de ideológico.
Y un caso también aparentemente contradictorio, pero que resulta plenamente coherente con su milenaria historia: China. Habiendo sido su sistema político de los menos crueles y sanguinarios del mundo comunista, y debiendo la mayoría de sus catástrofes humanitarias o persecuciones políticas a desastrosos errores de sus dirigentes o a la lucha por el poder de un determinado grupo de ellos, China ha llevado a cabo una de las mayores revoluciones liberales de la Historia en términos relativos, es decir, teniendo en cuanta de dónde partía y a dónde ha llegado. No es, en absoluto, aliada estratégica del bando urita, que bien podría serlo por su potencia económica y militar, sino que todos sus pasos la llevan a integrarse en el mundo pacífico y abierto del occidente y el oriente nunita, concertando con los países erráinos alianzas nostálgicas (Corea del Norte o Cuba) o con estos y con los islámicos acuerdos de estrategia económica para asegurarse la provisión de hidrocarburos (Venezuela, Irán…).
El fin de los tiempos los tiempo verá un enfrentamiento militar muy sofisticado en el que a las armas de guerra se sumará (ya lo están haciendo) la propaganda y las nuevas tecnologías que nosotros llamaríamos espirituales, mágicas o de casualidad. Unas tecnologías en las que la relación asimétrica entre distintos mundos de Universo Ortogonal juega un papel fundamental. Por eso, la teología tal y como nosotros la entendemos es, para los inhiek, teleología, es decir, el conocimiento del acto divino. Y lo que nosotros entendemos por teología es para ellos una ciencia muy real y pragmática: la de, a través del Intermundo, conectar con otros mundos para gobernar el nuestro.
Los dioses no llegaron desde el pasado, pero ahora sí puede que lo estén haciendo. En espíritu, es decir, como una distorsión y, probablemente, también como un suceso normal. Los que sin duda se encuentran desde hace mucho tiempo en el escenario bélico, el sistema solar, son los inhiek de uno y otro lado, acompañados o asistidos por sus más poderosos aliados, sus extraterrestres superiores. Los dioses superiores de antaño.
Nunma
Que se ponga una escalera hacia la Duat en el lugar donde está Orión, que el toro del cielo tome tu mano, que comas el alimento de los dioses. (Libro de los Muertos)
Los egipcios pensaban que Osiris, el dios de la Duat, del Más Allá, vivía en Orión29. Los sumerios llamaban “Nunki” a una brillante estrella que se encuentra justo donde la punta de la flecha de Sagitario toca la cola de Escorpio. No se conoce el significado preciso de ese nombre, pero para un inhiek no tiene secreto: Nun es dios y taki (ki en sumerio) tierra (en el sentido de patria o lugar en el que se vive). Nunki es la “Tierra donde vive Dios”. Los antiguos naumori pensaban algo semejante: que la encarnación o representación del Dios Perfecto en nuestro mundo imperfecto era Usla, una especie de ser orgánico, mecánico y espiritual a la vez (lo que nosotros denominaríamos como un súper ordenador biónico), que posee toda la información que le llega “telepáticamente” de nosotros con la que, tras la muerte, reconstruirnos átomo a átomo y célula a célula, con todos nuestros recuerdos y, lo más importante, con nuestra conciencia. Esa era para ellos la mecánica de la reencarnación, al igual que lo era para los inhiek hasta los tiempos en que se escribió el Shuk-Ul. Usla da una nueva vida a quien lo merece. O a quien necesita nuevas vidas para poder alcanzar la muerte verdadera, la que nos lleva de regreso a la perfección y unidad de Dios. Dios era y vivía en el mismo pegamento del universo ortogonal.
A partir del Shuk-Ul y su teoría del universo ortogonal, los henke primero y, luego, los henle que aceptaron las ideas shukultianas, pensaban que el lugar donde vivía Dios, el mítico Nunma, no se encontraba en este mundo de simples sucesos, en Nunki o en Orión, sino en el Intermundo. Dios era lo que consigue relacionar a los mundos irrelacionables y que, por tanto, crea al Universo (pero no a los mundos).
Pero los inhiek siguieron llamando al Mundo Denso “Nunma”, el Hogar de Dios, el Mundo de Dios, el Más Allá. Un lugar donde nos encarnaríamos tras la muerte como verdaderos seres para vivir una existencia eterna más o menos feliz o desgraciada dependiendo de los méritos que hubiéramos alcanzado en esta vida. Un mundo que cobijaba no al Ser Absoluto afectado por la perfección, sino a un Ser Supremo cuya libertad se armonizaba perfectamente con la de Dios y sólo le separaba de la libertad absoluta, es decir, de ser Dios mismo, que residía en un mundo, condicionado por su mundanidad, y no en el Intermundo.
Allí, en Nunma, vive el dios vivo, el ser más perfecto del Universo. Que no es Dios, porque Dios no es un ser, ni habita mundo alguno.
Entre mundos
¿Conoces el instante en que te duermes? Pero duermes.
Puede que nuestros descendientes nunca hayan viajado hasta la Antigüedad. Pero, si la cosmovisión shukultiana está en lo cierto, el futuro se puede relacionar con nosotros, con su pasado.
La tesis fundamental de la cosmología shukultiana es la de un universo en el que se relacionan ortogonalmente mundos completamente distintos, incompatibles, regidos por naturalezas que son por sí mismas intraducibles las unas a las otras. Unos mundos que, sin ese Intermundo en el que se relacionan, pasarían completamente desapercibidos los unos de los otros.
Pero el Intermundo no es una naturaleza común capaz de compatibilizar las naturalezas particulares de cada mundo. No hay un supermundo de mundos. El Universo está relacionado de forma ortogonal, es decir, sin que haya un orden de relación de mundos, sino que esa relación descansa en algo ignoto, en un estado de la “materia universal” distinto al de cualquier mundo conocido. Un estado que no es estado sino acto.
La relación entre mundos no es posible porque exista alguna particularidad presente en cada uno de esos mundos. No hay una línea de transición o evolución de unos a otros que nace en ellos mismos, sino que están unidos por la conciencia-voluntad-acto absolutamente libre de Dios y, por tanto, completamente imprevisible.
Así, cuando hablamos de cómo se relacionan los mundos, estamos haciendo conjeturas sobre Dios, sobre lo ignoto que, no obstante, conocemos en el sentido de que sabemos de él (tenemos noticia y noticias de él) y no porque hayamos averiguado el mecanismo interno de ese Dios, su programa fijo, su orden, las leyes (perfectas o no) por las que se gobierna.
- Las noticias que nos llegan de la conciencia-voluntad-acto de Dios son provisionales y enigmáticas.
Son una simple comunicación de sus deseos-actos y no de un plan predefinido que orienta o gobierna los actos divinos. La ignota noticia de Dios no es algo definitivo. Los mundos se relacionan así mientras Dios quiera que lo hagan, y que lo hagan así. Pero, además, ese modo de relación que nosotros describimos con cierta permanencia, como un fenómeno, duradero en la medida de la escala del breve tiempo humano, es una simple imagen de algo ignoto. No podemos establecer ninguna relación lógica (sea esta del tipo que sea) entre la imagen que proponemos de cómo se relacionan los mundos y la ignota noticia que nos llega de Dios acerca de cómo se relacionan los mundos.
Debemos interpretar la noticia, los consejos, la manifestación de Dios, porque, en caso contrario, si viniera definida de forma unilateral y definitiva, afectaría a nuestra libertad. Dios se muestra en el cada mundo como una distorsión, es decir, como una peculiaridad cuya naturaleza es absolutamente mundana y regida por el orden o sin orden de ese mundo.
- Dios se manifiesta en nosotros como una asimetría absoluta: desde nosotros hacia él.
A esto nos referimos cuando hablamos de que debemos inventar lo que nos dice. Y en esto se basa el punto de encuentro entre ateos y creyentes.
Dios nos constituye como uno de los ceros de de nuestra (in)composición o 11pp y, por tanto, su manifestación es absolutamente asimétrica, de nosotros hacia él. De otro modo, no nos estaría regalando la máxima libertad que un suceso puede alcanzar: nuestra alma.
Así pues, el conocimiento de Dios requiere de nuestra acción para constituirse. Debemos, más que interpretar, inventar lo que Dios nos “dice” desde su silencio. Y esa invención no significa que “inventemos un relato verbal coherente” sobre la voluntad de Dios (eso es lo que hacen los representantes mundanos del dios naumori), sino que el sustento de lo que decimos acerca de esa voluntad es incógnito. Proviene de Dios pero nace de nosotros.
Haciendo una parodia de “no digo lo que deseo, pero sé lo que deseo”, podríamos afirmar que “no sé porqué lo digo, pero digo lo que sé”.
La relación entre el Mundo Nada y el Mundo Puntual la hemos denominado “Creación”. Desde la perspectiva shukultiana, la creación no comienza con el primer acontecimiento, sino con el origen del Mundo Nada desde la nada ausencia absoluta. Sin embargo, la creación constante implica que esa relación del Mundo Nada, desde donde surgen los sucesos del Mundo Puntual, un mundo de sucesos sin seres, una singularidad (dicho al modo mitológico científico), con ese mundo implica el sostenimiento del propio Mundo Nada, que dejaría de ser como tal si cesara la creación.
Los mundos, pues, no pueden subsistir sin el Universo Ortogonal, es decir, sin los otros mundos, a pesar de ser completamente incompatibles entre sí y, por tanto, en sí mismos innecesarios los unos de los otros. Tampoco Nunma, el Mundo Denso, podría hacerlo. Ni siquiera Dios sin los mundos sería como es, un verdadero Dios, una conciencia-voluntad-acto absolutamente libre y no un Orden Divino Perfecto, personificado o no.
Así pues, la extraña relación entre nuestro mundo y el venidero al que, si las cosas son como pensamos, iremos tras la muerte (quien lo consiga), la describiremos mediante la épica aventura de reconstruir imágenes en muchos casos completamente distintas a nuestro sentido común y a las constelaciones sinonímicas (los conceptos) sobre las que se fundamenta nuestro delirio racional. Y todo ello, con la permanente sensación de estar hablando de algo poco sólido (“no sé porqué lo digo”) y, a la vez, apasionante (“pero digo lo que sé). Diremos aquellas noticias que nos llegan desde lo ignoto como si supiéramos decir con propiedad lo que incógnitamente sabemos.
- Cuando hablo de Dios, hablo de lo que no sé. Sólo así estoy seguro de estar hablando de Dios.
Para tratar de comprender cómo se relacionan el Mundo Puntual y el Denso resulta muy conveniente utilizar uno de los aspectos más delicados de la ortogonalidad del universo: la idea de evolución.
Si ya resulta complicado evocar una imagen aceptable de la ortogonalidad, al estar íntimamente ligada a lo ignoto, más aún lo es si para describirla usamos el aspecto de evolución no lineal. Pero, sin añadir esta dificultad a la dificultad, será prácticamente imposible entender la relación entre dos mundos aparentemente tan semejantes pero, en el fondo, tan distintos como el Puntual y el Denso.
Aun basándose en una caricatura, el delirio lineal supone el mejor acercamiento a la teoría del ser. Aplicando la secuencia evolutiva lineal, deberíamos crear un modelo en el que al Mundo Nada le sigue el Puntual y, a este el Denso. Uno evoluciona “desde el otro”, convirtiéndose en fases sólo gracias a un proceso ortogonal que reside en el Intermundo. Pero esa descripción lineal de la imagen de universo ortogonal falla esencialmente en el entrecomillado. Los mundos no son fases evolutivas que, aunque siendo absolutamente distintas las unas de las otras, regidas por leyes diferentes y constituidas como espaciotiempos irreferenciables, evolucionan las unas “desde” las otras.
- Es el capricho divino lo que permite la relación extrañamente evolutiva de los mundos.
El solo Mundo Nada no llevaría al Mundo Puntual, el de la existencia de sucesos sin ser, pues, como hemos visto, devendría en Ser Absoluto. El universo, la existencia que no emana de su propio ser, sería un instante imperceptible (milenios para nosotros) en el que el mal y la imperfección se disipan para dar paso a la Perfección. No habría Mundo Puntual, ni Mundo Nada.
Igualmente, del Mundo Puntual no se sigue necesariamente el Mundo Denso.
Sin el Intermundo, la singularidad en la que vivimos involucionaría hasta la nada como ausencia absoluta. Nuestro mundo sería esa breve disipación de la imperfección por la que la nada se convierte en nada “a lo largo” del devenir del Ser Absoluto como espaciotiempo mutable: el Mundo30. El Universo sería un efecto colateral de la Creación, una involución que, tanto en la hipótesis de la expansión del universo como en la de su implosión, termina en un final sin nuevo principio, pues esta expansión no es más que el gas “existencia” en que se esfuma la imperfección de lo que pudo ser el Ser de la Nada31.
La idea de que los mundos no pueden subsistir sin el Universo Ortogonal es un aspecto de lo que sea la idea de evolución desde el punto de vista no lineal. Otro aspecto es que el Intermundo, como hemos visto, no es un ámbito común en el que se dan y relacionan los ámbitos particulares de los mundos. Los mundos no se relacionan en el seno del Intermundo, sino gracias al Intermundo. Por eso la evolución ortogonal conlleva una asimetría de relación.
- El camino desde el Mundo Puntual al denso no es el mismo que el del Mundo Denso al Puntual.
Podemos pensar que, de forma muy parecida a nuestro concepto convencional de evolución, el tránsito del Mundo Puntual al Denso consiste en una secuencia de tiempo lineal donde las cosas puntuales se transforman al final de su recorrido, a lo largo de este mundo, en un ser del mundo “venidero” denso. Tras la muerte está el Mundo Denso. No hace falta ningún esfuerzo suplementario, más que el simple devenir, para terminar infaliblemente en el “siguiente” mundo. Mientras que, para regresar, hace falta un esfuerzo, un truco, un atajo, pues no hay un camino natural de vuelta. Sin embargo, esto no es exactamente así. Las palabras “tras”, “siguiente” o “vuelta” forman parte de una concepción de tiempo lineal. Y el Intermundo, que es por donde “pasamos” de uno a otro mundo, no es una posición intermedia en una secuencia de posiciones.
El espaciotiempo puntual es unidimensional. Podemos representarlo mediante un punto, el cual expresaría la simple notación, la existencia, el “ahí hay algo”. No es ni grande ni pequeño, ni alto ni bajo, ni espeso ni ligero. El punto no es tampoco una posición de una secuencia de posiciones o puntos que dibujan una línea. El punto ni siquiera es una “partícula” o un ente del Mundo Denso.
- El Mundo Denso es una evolución del Mundo Puntual pero no “desde” el Mundo Puntual.
Estamos en el pasado de aquél, pero ese mundo no está en nuestro futuro porque no tenemos futuro. La esfera mediante la que representaríamos al Mundo Denso no cabe en ningún lugar del punto, porque el punto sólo tiene un lugar (una dimensión): él mismo. Por tanto, el punto puede o no estar “dentro” del globo, de esa esfera del Mundo Denso.
Si ya es difícil representar la relación entre estos espaciotiempos o mundos, la introducción del término “puede”, lo complica aún más. Pero, si aplicamos la concepción shukultiana, esa complicación desaparece de inmediato.
“Puede” no expresa aquí una potencialidad, un campo de posibilidad de valores, sino una incógnita, la de Dios. Depende de Dios que la relación entre estos dos mundos sea que el puntual forme parte del denso. Una decisión que puede cambiar a cada instante.
- Alguien o algo en el Mundo Denso puede “encontrar” el diminuto punto de nuestro mundo.
Y quien encuentra el pasado, podrá influir en él. Quien no lo encuentre, sólo podrá sufrirlo. Quien desde el Mundo Denso encuentre esa puerta al pasado, se hallará delante de un agujero de gusano unidireccional por el que es posible influir en el pasado. Pero ese pasado no puede comunicarse simultáneamente con el futuro, porque todavía no existe.
Sin embargo, que este agujero de gusano sea unidireccional no presenta ningún problema, pues, aunque para nosotros debe pasar y toda una vida para poder comunicarnos con ese otro mundo, para el Mundo Denso los “cambios” en el pasado son inmediatamente conocidos, porque están ahí, en los recuerdos.
Nos comunicamos con el futuro a través del “normal puente evolutivo”, el que nos lleva hasta Numa tras la muerte. Podemos oír el eco del futuro, de nuestro propio yo futuro, pero lo confundiremos con los simples productos de nuestra fantasía o nos negaremos a aceptarlos porque no encajan en lo que tenemos pensado hacer.
- La dimensionalidad no es un aspecto del espaciotiempo denso.
La densidad no es ese supuesto espaciotiempo que se puede proyectar a partir de nuestra idea de tridimensionalidad, sino algo radicalmente distinto a la propia dimensionalidad. La dimensión distinta a 1 y a 0 no existe. Carece completamente de sentido hablar de dos, tres o infinitas dimensiones. La densidad es un espaciotiempo con “dimensión” distinta a 0 y 1. Eso es todo lo que podemos decir. No es tampoco propiamente una adimensionalidad como la dimensión Nada, sino que, sencillamente, la dimensionalidad no forma parte del espaciotiempo denso32.
- Sólo podemos hacer descripciones metafísicas y místicas del espaciotiempo denso, o pensar que la tridimensionalidad realmente representa la ausencia de dimensión.
Es cierto que esa idea de densidad que estamos dibujando evoca algo muy parecido a lo que tratamos de representar con la imagen mitológica de la singularidad primigenia del Big Bang. Una densidad distinta. Algo, pues, completa y paradójicamente diferente a “densidad”, que fue lo que dio origen al nuestro universo con densidad tridimensional33.
La adimensionalidad del espaciotiempo denso implica no que no haya dimensiones tal y como nosotros las entendemos, sino que estas dimensiones no están cerradas en unos valores límite que funcionan como referentes. Así, la unidimensión puntual se puede representar mediante un punto, pero también mediante la tridimensionalidad del espaciotiempo lineal. Virtuales o reales, son dimensiones porque tienen una referencia finita. Sin embargo, la dimensionalidad del mundo denso no está cerrada en unos valores límite y, en ese sentido, podemos decir que es infinita (aunque el Mundo denso no lo sea). Y esa infinitud de la no dimensionalidad, que se nos muestra como un aspecto distorsionado en nuestro propio mundo, la representamos como un espaciotiempo de infinitas dimensiones.
La “sin dimensión” densa se parece más a una nada “llena” (y no vacía) donde no terminamos de encontrar esos valores limite referenciales (los ejes de coordenadas, o la notación unidimensional expresada digitalmente o de cualquier otra forma).
Otro aspecto enigmático del espaciotiempo denso es que nuestro mundo, precisamente porque sí es una dimensión, forma parte de Nunma como pasado.
- Nunma no contiene a nuestro mundo, pero nuestro mundo forma parte de Nunma.
La relación de “formar parte sin contener” es una relación ortogonal entre un mundo dimensional y otro no dimensional. Y esa relación es posible gracias a Dios que, al ser voluntad, relaciona a los mundos mediante una evolución sin continuidad por la que el mundo dimensional 1 se “transforma” en el único mundo posible cuyo espaciotiempo no es dimensional. Como no es dimensional no puede contener al Mundo Puntual. Pero el Mundo Puntual forma parte del Mundo denso por encontrarse en su pasado. Forma parte del Mundo Denso como pasado, pero, como el Mundo denso no tiene dimensionalidad (ni siquiera con valor cero), no está contenido en él. Si fuera parte y, a la vez estuviera contenido en él, el Mundo Puntual no sería un mundo independiente ni entre ambos mundos existiría una relación ortogonal sino continua.
La noción de “formar parte sin contener” parece una idea enrevesada, pero en absoluto lo es si pensamos en un sencillo ejemplo. Los recuerdos forman parte de nosotros, pero no los contenemos ni los tenemos: ya pasaron. Son sucesos de otro instante (si es que hubiera realmente más de un instante), pero esos recuerdos, si son exactamente fieles, hacen que los sucesos recordados formen parte (como “pasado”) de nosotros, de nuestro instante. Son el pasado como componente del presente.
- En el Mundo Denso, el espaciotiempo es más parecido a un presente continuo que a un esquema secuencial del tipo pasado-presente-futuro.
La idea de evolución ortogonal, como vemos, no se ajusta en absoluto a la constelación sinonímica de “evolución” basada en la secuencia lineal de atrás a delante. El Mundo Denso no tiene una estructura lineal. Por tanto, el pasado no forma una categoría diferenciada sino que es parte del presente continuo del mundo denso. Un presente que ya no es instante sino un espaciotiempo en el que hay cosas pasadas, cosas actuales y cosas por venir. Pero todas ellas se encuentran en ese presente continuo.
La relación entre ser y existencia en Nunma lleva a identificar claramente qué son las cosas actuales. Son los seres. Las cosas pasadas y por venir son sucesos. Y en la actualidad sólo existe el escueto suceder del ser. Pero ese suceder no es soporte para ninguna relación excepto con el Intermundo. No hay, tampoco, una relación entre sujetos en la actualidad del espaciotiempo denso porque esa actualidad son los mismos sujetos. La relación, tal cual la entendemos, y los sucesos, se encuentran fuera de la actualidad, pues, en caso contrario, serían seres y no sucesos o relaciones entre sucesos.
- La actualidad densa está compuesta sólo por seres.
Así, la conciencia del ser existente se proyecta hacia el pasado de su presente (la actualidad), mientras que la voluntad se proyecta al futuro. Conciencia y voluntad se han distinguido en el ser34, al igual que el tiempo y el espacio se distinguen en el espaciotiempo denso, que ya es “espacio y tiempo”.
Entre la conciencia y la voluntad se encuentra lo ignoto, atrapado en el Mundo Denso. El acto no es propiamente la acción de la voluntad. Eso es suceso, como lo es la afección de la conciencia por el pasado. El acto es el “vacío” ignoto que distingue a la conciencia de la voluntad. El propio actuar del ser lo identifica como “ser”. Pero ese actuar del ser, desde nuestro mundo puntual, sólo podemos representarlo como un “cero”, el mismo cero que representa la incógnita de Dios.
Sin embargo, en este esquema hay algo que extraña a nuestra mentalidad lineal. Del pasado no vienen cosas a la conciencia, sino que algo se dirige desde ella hasta ese pasado. Si lo que le sucede a los seres es lo que proviene del pasado y lo que ellos suceden, se dirige al futuro ¿por qué la flecha de la conciencia se dirige al pasado?
- El ser del Mundo denso está constituido por existencia inmutable.
El ser del Mundo Denso es sinónimo de existencia inmutable. El Ser Absoluto tiene una naturaleza “éntica” inmutable por ser perfecta y una existencia mutablemente perfecta porque es sinónimo no de existencia sino de devenir del ser. En Numa no se da el devenir del ser, sino la existencia inmutable construida con la existencia mutable del Mundo Puntual, trasladada a Nunma por Dios en forma de información que cristaliza como ser existente. No es un ser que deviene, sino que existe en un mundo que lo trasciende35.
- Los seres de Nunma están fabricados con “existencia cristalizada” proveniente del Mundo Puntual.
Nada puede modificar al ser, y lo único que puede afectarlo es su propio actuar, que viene representado por la flecha bipolar que describe sobre sí un vacío entre la conciencia y la voluntad. La existencia del ser no puede modificar al ser. Por tanto, si la flecha del pasado se dirigiera a la conciencia, estaría modificando al ser. Pero el pasado de otro mundo, el nuestro, el que conforma existencia que, luego, cristaliza como ser en el Mundo denso, obviamente sí puede modificar al ser. Nuestro mundo es un punto que forma parte del pasado del Mundo denso pero que no está contenido en él. Por eso es posible que, si modificamos ese pasado, modifiquemos el ser fabricado con existencia de ese mundo pasado.
Los seres de Nunma provienen (por evolución) del mundo puntual. La muerte no es más que eso: el tránsito evolutivo de nuestro diminuto ser hasta Nunma. Y ese diminuto ser viene completamente configurado por los “actos” y sucesos de nuestra vida. Los sucesos (lo que hacemos y lo que nos sucede) esculpen al ser, al “cromosoma” del que surgirá nuestro ser en Nunma.
La evolución intermundos, al contrario que la evolución biológica del mundo puntual, es lamarckiana. Nuestros “actos” y los sucesos que nos acontecen configuran los genes de nuestro futuro ser. Y ese es el sentido de juicio divino tras la muerte, de la moral intermundos que determinará nuestra salvación o condenación en el mundo venidero, y la “calidad de vida” que llevemos allí.
Tras el velo de la muerte
Vivo más allá de la muerte. Yo soy el que tú serás.
Para la cosmovisión naumori, la muerte representa el regreso de nuestra porción de perfección, el alma, atraída hasta quedar disuelta en la unidad de Dios. No hay propiamente ningún tránsito, ningún nuevo mundo al que acceder. El juicio divino como tal consiste sólo en una mayor o menor temporalidad. Nuestros actos hacen que tengamos más o menos magnetismo divino (mayor o menor proporción de perfección) y que, por tanto, seamos más intensamente y más rápidamente atraídos hasta Dios, donde quedamos disueltos en él y, así, liberados del sufrimiento de la existencia en soledad. En la medida en que obramos el mal, incorporamos residuo de imperfección que flota a nuestro alrededor y nuestra individualidad se hace más pesada. De este modo, el castigo consiste en no poder llegar a Dios porque el peso de nuestra imperfección, el pecado, nos aleja de la liviana antigravedad con la que Dios atrae los restos de perfección que quedaron desparramados en el mundo. Los pecadores, lastrados por el exceso de mal, sufren nuevas reencarnaciones al no poder disolverse en Dios36. O, si la carga de su imperfección es demasiado grande, su individualidad queda aislada en una pesadilla de vacío, como una conciencia impotente sin ni siquiera un mundo temporal y, así, hasta el fin de los tiempos, cuando el mundo desaparece y esos pocos restos de imperfección, diseminados en almas errantes condenadas al infierno de su absoluta y aislada individualidad, terminan finalmente por disolverse en Dios después de una eternidad de sufrimiento37.
A cualquier mente educada en la tradición naumori, y más si lo ha sido en la versión parmenidiana europea, esta descripción de la vida y la muerte le parecerá bellísima, a pesar o precisamente por la frialdad de la disolución final. Tras la muerte, nuestra existencia individual desaparece, lo cual encaja perfectamente en la opción naturalista o divinizada atea, pues decir que desaparecemos y que todo desaparece es lo mismo; y encaja en la opción divinizada teísta, pues que desaparezca nuestra existencia individual disuelta en la existencia inmanente de Dios no implica, misteriosamente, que también lo haga nuestra identidad.
En la concepción shukultiana, tras la muerte vamos a otro mundo absolutamente distinto a este, al que sólo se puede acceder gracias a Dios, y donde vivimos una vida desde un “ser” construido con nuestra existencia en este mundo, cristalizada, congelada en identidad ahora permanente e inmutable.
El juicio divino depende, pues, de nosotros mismos, de lo que hacemos y de lo que nos sucede (que, en este mundo, forma parte también de “nosotros mismos”). Esta existencia es, sencillamente, el material, el código genético con el que se construye nuestro ser en el Más Allá.
Aquí no hay, como en la concepción naumori, nada que purificar, ninguna culpa que expiar y ninguna perfección a la que ajustar nuestros actos para aliviar así el peso de la existencia (individual) y poder levitar hasta la unión con Dios.
La individualidad no es la cárcel de dolor en la que quedamos atrapados lejos de Dios, sino el recipiente de la salvación.
Nuestras sofisticadas concepciones religiosas, fruto de las ideas divinizadas de la Antigüedad, tamizadas a su vez por la abstracta filosofía parmenidiana europea, no son más que el producto de esa olvidada confusión de niveles que conforma la estructura de las mitologías realistas de la antiguas. La idea judeocristiana de lo que ocurre tras la muerte es muy parecida a la concepción egipcia. Pero una está sustentada en el misterio y la otra, la egipcia, en un realismo salpicado con ideas provenientes de las sofisticadas cosmovisiones inhiek: la naumori y la shukultiana.
Tras la muerte vamos a un mundo inmaterial, que es lo más material, mundano y familiar con lo que podemos comparar la disolución de nuestro ser individual en el Ser Absoluto de Dios sin que, misteriosamente, perdamos la identidad de una conciencia propia. Un mundo inmaterial que se corresponde con el devenir del Ser Absoluto. ¿Y qué hacemos allí, una vez liberados del sufrimiento de nuestra individualidad? Contemplar eternamente a Dios38.
La concepción shukultiana no acepta que pueda pervivir ningún tipo de identidad sin individualidad. No es posible identificar nada donde no se puede distinguir (separar) nada. Por tanto, nuestra individualidad persiste en otro mundo, en un Más Allá “material” donde, en estricto sentido, no continuamos nuestra existencia, pues ese transito es ortogonal, pero sí continuamos “siendo” nosotros. Nuestra identidad se traduce a formas de ese nuevo mundo en el que vivimos de manera completamente distinta, pero con la misma “esencia vital”. Hay una continuidad ortogonal tras la muerte.
Al morir, el cero-Nada alimenta a la anticausa como no existencia y el cero-Dios recoge la información de los 22pp de nuestro suceder (lo que hemos hecho y lo que nos ha sucedido). Con la información de nuestra existencia se conforma un ser en Nunma, constituido no como suceso sino como “existencia inmutable”.
Lo que aporta a la información de nuestros 22pp carácter de inmutabilidad es el mínimo ser de la existencia del cero-Nada, que no “cabe” en Nada. Ese mínimo ser de nuestro suceder de une a la información de nuestra existencia y la “cristaliza” convirtiéndola en la “existencia-inmutable” que constituye a nuestro ser en Nunma.
Nuestra existencia cristalizada por el mínimo se r de nuestro suceder es trasladada por Dios hasta Nunma y, allí, separa la conciencia de la voluntad en nuestro suceso de nacimiento como ser existente.
A continuación ese suceso se conciencia (la conciencia lo conciencia).
La conciencia genera un deseo (una voluntad): el acto, ese vacío ignoto que distingue la conciencia de la voluntad.
Y el ser proyecta un suceder hacia el futuro, inscribiéndose, así, en el presente continuo.
Los simples sucesos del Mundo Denso no están inscritos en el presente continuo, sino en el pasado o el futuro. No hay, pues, instante. No hay lugar donde encontrar un instante a no ser en la forma de ese vacío, esa sombra que proyecta la existencia cristalizada para separar (Y relacionar) la conciencia de la voluntad.
- El cuerpo siempre muere después que nosotros.
El cuerpo, que no es nuestro suceso, permanece tras la muerte en este mundo y muere después que nosotros. Nuestro suceso es el alma, que desaparece de este mundo (eso es la muerte, el fin de un suceso) y evoluciona hasta Nunma donde se convierte en ser. O regresa a la Nada si Dios así lo decide. El suceso “cuerpo” no desaparece al unísono de nuestro suceso, precisamente porque son sucesos distintos (aunque casi perfectamente unidos). El cuerpo-mente mantiene una regularidad casi perfecta con nuestro suceso y, por ese motivo, el sujeto construye nuestro ser lineal mediante el yo, que es una sombra de invariabilidad y regularidad entre los dos sucesos: nosotros (el alma) y el cuerpo.
El yo es nuestro ficticio ser lineal, que consideramos independiente de la conciencia subjetiva. Por esa razón pensamos que lo inconsciente también forma parte de nuestro ser y suceder. Sin embargo, nuestro suceso puntual, el alma, se corresponde con la conciencia individual. No podemos suceder sin conciencia. Pero esa conciencia no es la sujetiva. Cuando la conciencia del sujeto está apagada, aún sigue encendida la conciencia del alma. Lo inconsciente no forma parte de nuestro suceso, porque nuestro suceso es el alma, no el cuerpo-mente y su alma virtual, el sujeto, con su conciencia-subjetividad virtual.
- Estamos cincelando nuestro ser.
Durante una de las muchas ocasiones en las que la vida me mostró su rostro amargo, el ocio forzoso al que me había condenado el desempleo lo ocupé en un entretenimiento por el que nunca había sentido inclinación. Apareció como una súbita manía, absurda desde la perspectiva lineal, pero profundamente significativa desde la perspectiva de la vida casual. Esos impulsos repentinos, que no guardan relación con nuestra forma de ser, son erupciones que brotan desde esa vida casual y holística, que el sujeto mantiene oculta tras la oscuridad de sus nítidas y delirantes sombras. Y esa fue una de aquellas ocasiones, aunque no lo descubrí hasta mucho tiempo después.
Un buen día, mi mujer me encontró en el garaje cincelando un trozo de madera. Acostumbrada como estaba a lo que ella llamaba mis “ventoleras”, no le dio más importancia. Pero yo sí se la daba. ¿Pero por qué absurda razón me dedicaba a algo que nunca me había gustado y, además, dándole una importancia desproporcionada? ¡Estaba tallando mi busto! No por vanidad, sino por un impulso supersticioso, pues pensaba que a cada golpe esculpía mi alma de forma imperecedera. En el fondo estaba desconcertado, porque era consciente de que se trataba de una “neurosis” provocada por mi situación laboral. El producto de la angustia era una talla de madera con la que creía estar cincelando mi alma para siempre. Absurdo y patético. Con el paso del tiempo olvidé el asunto. Pero cuando algunos años después comencé a escribir sobre la vida tras la muerte en Nunma como seres constituidos por nuestra existencia en este mundo cristalizada de forma inmutable, aquella repentina obsesión cobró sentido. Si no me hubiera empeñado en analizarla bajo la lupa del sujeto lineal, racional y sinonímico, quizá habría descubierto mucho antes la versión shukultiana de la muerte. Porque me lo estaban diciendo con una claridad que no era capaz si quiera de aceptar como luz, sino como la oscura respuesta de la mente ante el miedo y el sufrimiento.
- La salvación depende de Dios. Pero la calidad de nuestra nueva nueva vida depende de nosotros.
Nuestro suceso es (0+0)=alfa. La muerte elimina el resultado “=” y, entonces, los 11pp (0+0) se disuelven, quedando sólo “0”, es decir, Nada. Pero, si Dios trasmite hasta Nunma la información de nuestro suceso individual recogida a través de su “cero” (el 0-incógnita), nuestra individualidad, con su conciencia y sus recuerdos, puede pervivir transformada en ser.
En esta vida estamos conformando los rasgos inmutables de lo que seremos en el Más Allá. Y esa inmutabilidad constituye el aspecto fundamental de la eternidad del Mundo Denso. Seremos “así” para siempre, sin ningún cambio. Seremos el mismo ser con cinco que con cincuenta años.
- Inmutabilidad, eternidad e identidad se corresponden en Nunma.
La identidad establecerá un ámbito de posibilidad no sólo con relación a lo que podremos hacer en Nunma, sino con relación a lo que nos pueda suceder.
Al contrario que en nuestro mundo, en el que nos puede suceder cualquier cosa, en Nunma sólo puede sucedernos lo que permiten las características de nuestro ser. Por ese motivo, nuestra vida allí será mejor o peor y no por el simple hecho de que nuestro ser sea mejor o peor. Nuestro ser inmutable pone límites y forma a lo que podemos hacer y a lo que nos sucede.
La vida que llevemos en Nunma viene condicionada por nuestro ser, lo que significa que, de alguna manera, estaremos viviendo en un concreto y personal mundo de sucesos. Nuestro ser en Nunma acotará una posibilidad de sucesos y, por tanto, establecerá un filtro con el Mundo Denso que sólo permitirá entrar y salir a determinados sucesos y actos.
Eso que llamamos “nuestra vida”, que en el Mundo Puntual se reduce a nuestro propio suceso (el alma), será ese mundo particular de posibilidades, aquellos sucesos que logran traspasar el filtro éntico y aquellos actos que logran salir de ese filtro. No formarán parte de nuestra vida aquellos acontecimientos que no sean permeables al filtro éntico, lo cual es razonable. Pero tampoco formarán parte de nuestra vida aquellos actos que no logren salir de ese filtro y alcanzar el Mundo Denso.
- Cada ser crea su mundo puntual en Nunma.
En Nunma, un Mundo sin dimensionalidad, cada ser establece su particular mundo puntual, de manera que, por ejemplo, podemos estar impedidos de relacionarnos con determinadas personas o estar sólo posibilitadas ciertas relaciones con cada una de las personas pero no otras, por la sencilla razón de que esas personas, relaciones o acontecimientos, caen fuera del ámbito de posibilidad de nuestro ser. Fuera, por tanto, de nuestro mundo funcional o de sucesos.
El mundo funcional de cada ser en Nunma no constituye una limitación absoluta a su libertad, sino una definición de esa libertad39. Si las posibilidades del ser fueran infinitas, entonces, su existencia sería inmanente, es decir, directamente emanada de su ser, por lo que se convertiría en un Ser Absoluto, pues sólo un único ser puede tener infinitas posibilidades, ya que la mera presencia de otro ser limitaría esas posibilidades.
Cuanto más libre sea una ser (o un suceso), más cerca estará de Dios. Cuanto más cercano a Dios, más perfecto será, no por seguir un orden perfecto, sino por armonizarse con la voluntad divina, absolutamente libre. Cuanto más perfecto, más feliz será. Cuanto más feliz, más probabilidades tendrá de sobrevivir en otros mundos, porque la felicidad es el mínimo común denominador de todos los criterios de supervivencia y tránsito entre mundos. Por eso la felicidad es el concepto más difícil de definir linealmente, siendo tan cercano y, desde la inefable conciencia del alma, tan sencillo de conocer.
- La felicidad es a los seres (y a los sucesos individuales) lo que el amor es a Dios.
Y es la felicidad en Nunma la que nos estamos jugando en esta vida, porque en ella estamos poniendo los límites inalterables de nuestra libertad.
En esta vida estamos labrando nuestro destino eterno. Bien sea porque regresamos a la Nada, o bien porque Dios decide “salvarnos” como seres (inmutables y, en ese sentido, eternos) en Nunma. Pero la salvación tiene un factor de riesgo incógnito para nuestra existencia Hay algo que no “controlamos”: la libertad de Dios.
El juicio divino en el que Dios pesa el valor de nuestra alma, con esa mínima medida de alfa, representada como una pluma por los antiguos egipcios, consiste en transformarnos en ser, es decir, relacionarnos con el mundo Denso, o disolvernos en nada, relacionarnos con el Mundo Nada. Por qué decide una u otra cosa es una incógnita. Nadie puede preconocer la voluntad divina y establecer un código al que ajustarse para sobrevivir: “si haces esto y esto y esto otro, te salvarás”. Sólo Dios sabe, y sólo en el mismo momento de decidirlo, qué salva y qué condena a cada individuo.
Dios no manifiesta, excepto en el mismo momento de la muerte, cuáles son las claves para saber qué decidirá y, por tanto, comportarnos de forma adecuada a su decisión. Pero Dios sí nos aconseja sobre cómo fabricar un buen ser y tener una buena vida eterna. No nos dice qué va a decidir (ni él mismo lo sabe) pero sí qué haría ahora y aquí si estuviera en nuestro pellejo.
- Lo más parecido a lo que llamamos conciencia moral es el consejo que ignotamente recibimos de Dios.
No nos propone unas leyes, porque el cumplimiento de leyes no afecta a la esencia de la conciencia-voluntad del alma, que es la que debemos forjar como patrón del ser futuro. A cada uno le susurra lo más conveniente, porque cada caso es distinto. Pues la vida es individual y concreta y, por tanto, una función de los sucesos y circunstancias que de hecho se dan, debemos forjar nuestra alma, patrón de ser, mediante el uso en libertad (toda la que permite el Mundo Puntual) de nuestra conciencia-voluntad.
- La vida es una aventura, no una prueba.
La salvación es un trabajo individual, indelegable e implacable. La salvación depende de la decisión de Dios y de las decisiones que tomemos a lo largo de nuestra vida. Pero también de lo que nos suceda. La ética “sobrenatural”, la que interesa a la salvación del alma, no depende sólo de nuestra conciencia-voluntad, sino también de lo que nos sucede, aunque no dependa de nosotros. Puede parecer injusto, pero es que la vida no es una prueba regida por unas reglas preestablecidas. La vida es libertad individual y libertad de mundo. Con las cartas que nos den debemos jugar. Y a nadie le dan las mismas cartas que a otro. Ese juego de cartas es la aventura de la vida. Las leyes morales no son éticas sino épicas40
- El amor empieza por uno mismo.
No sólo basta con amar libremente, sin ninguna obligación o coacción para hacerlo, procurando el bien para los demás, sino que debemos amarnos a nosotros para procurar nuestro bien. Debemos actuar “bien”, cuidando a los demás y cuidándonos a nosotros mismos para procurarnos “buenos” acontecimientos. Porque nuestro ser futuro no se conforma sólo con los productos de nuestra voluntad. No es la intención lo que cuenta. Esa intención es moralmente determinante sólo cuando se trata es de obedecer unas leyes morales. Si ponemos todo de nuestra parte para obedecerlas, ya estamos obrando el bien. Pero cuando se trata de conformar nuestro ser, es la libertad (la individualidad) lo que cuenta y, en esa medida, son los resultados, independientemente de nuestra buena o mala intención, lo moralmente determinante.
Debemos cuidarnos para evitar que nos suceda el mal, porque ese mal que nos sucede, aunque no lo merezcamos desde un punto de vista naumori (porque no tenemos culpa), afecta de hecho a nuestro venidero ser. Las cicatrices y las minusvalías son las mismas no importa si quisimos hacérnoslas o no, si tuvimos culpa o fuimos víctimas inocentes de la desgracia.
- La culpa es indiferente en la moral shukultiana. Pero no la responsabilidad.
Ya que sólo podemos hacer lo que está en nuestra mano, al menos, debemos hacer eso lo mejor posible. Como sólo está en nuestra mano actuar bien, concienciar-desear, tenemos la responsabilidad moral de hacerlo de manera que en todo momento tengamos la mejor alma posible. Porque en cualquier momento podemos morir y será con el alma que hay en ese instante de la muerte con la que se forjará nuestro ser. Pero esa responsabilidad moral no implica que Dios nos pida cuentas en el juicio de tras la muerte, sino que sufriremos las consecuencias del alma que tengamos y, por tanto, responderemos eternamente ante nosotros mismos como seres en Nunma. ¿Por qué no te cuidaste? ¿Por qué no cuidaste a los demás? ¿Por qué me hiciste así? Ese es el sentido moral de la responsabilidad shukultiana. Responderemos durante toda la eternidad ante nosotros mismos.
- Vivimos en soledad, pero no estamos solos.
El abismo entre nuestra alma, el suceso de nuestra individualidad, el único que experimentamos directamente, y los demás sucesos, incluidas las personas, hace que vivamos en soledad. La soledad no es una consecuencia directa e inevitable de la existencia individual. Existir como individuos no conlleva vivir en soledad. Es verdad que hay un abismo entre nosotros y los demás. Un abismo que se corresponde con el perspectivismo absoluto, derivado del hecho de ser una parte y no el Todo. Pero ese abismo, que también se abre hacia el Intermundo, no es insalvable.
El perspectivismo particular establece murallas de vacío que nos impiden ver el mundo de diferente manera que la permitida por nuestra perspectiva, por nuestra cosmovisión. Pero, cambiando de perspectiva y configurando con esa diversidad de puntos de vista (de aspectos) una imagen, podemos superar la limitación del perspectivismo particular y acceder, mediante lo que hemos llamado “evocación”, a realidades que estaban fuera de nuestro alcance.
Así, no solo Dios, que forma parte de nuestro suceso como ese “cero-incógnita” (0+0), sino las almas (o sucesos individuales) de los demás pobladores de este Mundo Puntual y los seres de Nunma pueden relacionarse con nuestro suceso, con nuestra alma y conciencia de manera que, aunque no evitan nuestra individualidad (seguimos viviendo en soledad), “curan” nuestra soledad (dejamos de estar solos) y, de alguna ignota manera, franquean el abismo de nuestro perspectivismo fundamental. No quedamos condenados a lo que nuestra aislada individualidad puede dar de sí. Podemos real y tangiblemente recibir ayuda.
- El amor de Dios se muestra, también de forma ignota, como ayuda.
Para superar las dificultades de la aventura de la vida contemplada no desde este mundo de sucesos, sino en al ámbito del Universo y a través de su evolución ortogonal, contamos con los consejos de Dios. Para el arte de vivir en este mundo, con criterios y objetivos exclusivamente mundanos, no disponemos de la ayuda de Dios. Pero para vivir en este mundo de manera que podamos crear el mejor ser en Nunma, es decir, para orientar nuestros “actos” según criterios evolutivos ortogonales de supervivencia entre mundos, sí contamos con el consejo-ayuda de Dios.
Dios nos susurra desde el abismo de lo ignoto su conciencia-voluntad-acto: “yo, en tu caso, haría esto”. Pero ese consejo no está dando en función de criterios de éxito mundano, pensando que no hay más vida ni más mundo que el nuestro. El éxito mundano no tiene que ser incompatible con el éxito ortogonal, ético-religioso. Pero no siempre coinciden en todos los individuos ni en todos los momentos de cada individuo.
Hoy, para ti, puede ser bueno aprobar las oposiciones y conseguir un trabajo estable de por vida. Pero para otra persona o para ti en distinto momento, puede que no lo sea, aunque lo desees con todas tus fuerzas. El deseo nunca está equivocado (ni acertado) según criterios mundanos. Pero puede estar equivocado desde el punto de vista evolutivo ortogonal. Puede que aprobar esas oposiciones sea bueno para tu vida en el Mundo Puntual. Pero, tal vez, sea desastroso para tu salvación, para conseguir evolucionar-sobrevivir hasta Nunma, y disfrutar allí, eternamente (inmutablemente) de un buen ser.
- Cuando los dioses quieren destruir a un humano (para toda la eternidad) simplemente le conceden sus deseos.
Este es el sentido de la idea shukultiana de que la suerte es la Providencia del Demonio. Nada que no provenga de la libertad individual, de nuestra conciencia-voluntad, tiene trascendencia ética y, por tanto, no la tiene para poder sobrevivir tras la muerte y evolucionar en otros mundos y otras vidas. Esta es la religiosidad shukultiana, la aventura de la evolución ortogonal, que otorga sentido “religioso” a nuestra existencia. La mística teleológica shukultiana significa precisamente actuar con “sabiduría” para superar las pruebas de esta aventura religiosa de la evolución ortogonal, alcanzando la máxima cercanía a Dios y beneficiándonos de su consejo-ayuda.
- No hay mal que por bien no venga.
Los fracasos de nuestra existencia no suponen necesariamente un error por nuestra parte o por la del mundo, sino que pueden ser un “milagro” por el que nuestra alma escucha los consejos de Dios (o de otras almas y seres) y, sin que el sujeto se entere de nada, sabotea sus planes, sus objetivos y sus impulsos convertidos en deseos virtuales. Nuestra conciencia subjetiva ve un fracaso donde nuestra alma ve un proyecto equivocado y desastroso para nuestra supervivencia entre mundos. Por eso, en bastantes más ocasiones de las que suponemos, somos nuestros más eficaces y benefactores enemigos. Nuestra alma corrige la ceguera ortogonal de nuestro sujeto. El arte de vivir en esta mundo debemos armonizarlo con la ciencia de sobrevivir (y vivir con arte) en otros mundos. Y esa ciencia es la mística shukultiana, que pretende que vivamos desde el alma y seamos conscientes desde ella (también desde la conciencia lineal del sujeto) de cuándo nuestros planes se tuercen para desviarnos de un mal camino trascendente. Un desvío (una desgracia, un fracaso) que, con el paso del tiempo, descubrimos que fue también lo más acertado para vivir mejor en este mundo, incluso aunque no hubiera otros mundos y otras vidas.
Pero, ¿qué sucede cuando los acontecimientos son adversos también para nuestra supervivencia entre mundos? ¿No es eso algo injusto y, además, éticamente absurdo?
Ya lo hemos visto antes. La dimensión ética shukultiana, precisamente por basarse en la libertad individual, no tiene en cuanta la intención (la culpa), sino el resultado (la responsabilidad).
Si creemos que es injusto que los acontecimientos sobre los que no tenemos control ni, por tanto, culpa (de ética reglamentada) afecten a nuestra vida futura, pensemos si es justo que los acontecimientos de la vida biológica pongan más difícil a unos que a otros el poder ser bueno desde una perspectiva naumori. ¿Por qué no afecta a la justicia sobrenatural la mala suerte de la vida natural y, sin embargo, la mala suerte sobrenatural (lo que nos sucede y deja máculas y cicatrices en el alma) deba ser injusta? ¿Es justo que algunos nazcan con un sistema nervioso que genera electroquímicamente más impulsos de violencia o insensibilidad ante el sufrimiento de los demás que otros? Es fácil ser santo naumori con un cerebro propenso a la santidad, o con circunstancias y sucesos favorecedores de la santidad. Pero estas diferencias ajenas a la voluntad de las personas son sólo injustas si hubiera una regla ética, un orden prefigurado. En ese caso, el Dios Perfecto, debería dar a todos las mismas condiciones iniciales para poder juzgarlos con las mismas reglas o leyes. Pero la vida no es un juicio. Es vida. Es aventura en libertad.
¿No es el código genético de cada individuo inmutable? ¿Y no es ajeno a los meritos individuales de cada uno? ¿Y no sería ese código genético, que representa los “pecados de nuestros padres”, tremendamente injusto si hubiera unas reglas predefinidas para sobrevivir (y vivir agradablemente) establecidas por Dios de forma independiente de las circunstancias y condiciones biológicas? ¿Es acaso justo que tengan más probabilidad es de sobrevivir aquellos con mayor tamaño corporal, o con más inteligencia, o los más sociables? Pero la supervivencia, como la vida, es una función, no una variable.
- Las reglas son las mismas condiciones que, de hecho, sufre cada uno de los individuos. Esas son sus reglas, sus condiciones y su oportunidad.
El alma podemos entenderla como el “código genético” (o espiritual) de nuestro futuro ser. Pero este modelo, tan útil a la hora de evocar lo que sea el tránsito al Mundo Denso tras la muerte, supone una confusión de niveles que los venideros historiadores deberían desbrozar. Lo más cercano a la forma de supervivencia sobrenatural y a la selección de rasgos de ser es nuestro modelo de evolución y selección basado en la herencia genética, al igual que los sumerios utilizaban la alfarería (la tecnología del barro) como su mejor modelo para entender la clonación de individuos transgénicos. Ahora vemos que mediaba un mundo entre el modelo cerámico y el biológico Pero entonces les servía para evocar una imagen asequible de lo que fuese “crear a la humanidad” con la misma eficacia que a nosotros nos sirve hoy en día el paralelismo entre la herencia genética y lo que sea el tránsito a la otra vida, a Nunma, o a la extinción, a Nada.
Aunque sabemos de forma ignota en cada momento qué es lo mejor que podemos hacer entre las opciones de que disponemos porque Dios nos lo aconseja, no podemos saber lo bien o mal que lo estamos haciendo de forma absoluta porque no hay unas reglas prefijadas con las que comparar nuestro suceso individual, lo que hacemos y lo que nos sucede.
- Nuestro propio suceso es la única referencia para saber si lo bien o mal que sucedemos de cara a la supervivrencia ortogonal.
Sólo podemos tener ese conocimiento “objetivo” mediante la comparación con nuestro propio suceso como modelo. ¿Y dónde se produce esa comparación? ¿Qué podemos establecer como modelo de nuestro suceso? Nuestro ser. Ese será el resultado. Sólo a la vista de nuestro ser podremos medir nuestra satisfacción con ese ser. Y ese es el juicio, que tiene como condena o premio (nosotros mismos juzgaremos si es una u otra cosa) la inmutabilidad del ser y, por tanto, su eternidad.
- Hay un juicio de Dios y un juicio del hombre.
El juicio divino consiste en permitir o no el acceso a Nunma, la supervivencia de nuestra identidad y no la simple supervivencia de la materia informe de nuestra existencia, ese mínimo ser del suceder que poseen todas las cosas del Mundo Puntual.
El juicio del Hombre lo realiza el ser consciente cuando llega a Nunma tras la muerte41.
El Juicio de Dios
El juicio de Dios determina si nuestra identidad sobrevive en forma de ser en Nunma o si, por el contrario, esa identidad se pierde y sólo llega a Nunma el ser de nuestro suceder como existencia inmutable sin conciencia o, para denominarla con mayor propiedad, como un suceso inmutable.
Si Dios “recoge” mediante el cero-incógnita de nuestros 11pp la información de nuestro alfa (22pp) y la añade al mínimo ser del suceder que proviene del cero-ausencia, esa información queda cristalizada como existencia inmutable sobre la que se puede construir un ser con conciencia. Si no, ese mínimo ser del suceder se incorpora a Nunma como el ser de un suceso sin conciencia.
Sin la información de alfa, nuestro mínimo ser del suceder se convierte en simple materia de entidad. Los muertos que no son salvados por Dios dejan un rastro en Nunma en forma de simples objetos o animales sin conciencia, que, tal vez, pueden ser reconocidos como recuerdos o reliquias por sus conocidos, amigos o familiares. Es la materia del “cuerpo espiritual”, del propio suceder individualizado pero no del espíritu. Sólo si Dios a través del cero-incógnita de (0+0) recoge la información de alfa (de nuestros 22pp), convertida en identidad, el ser que llega a Nunma tiene cristalizada la existencia individual, la identidad, el alma del difunto.
El juicio de Dios consiste en salvar o no nuestra alma incrustándola en ese mínimo ser del suceder que, tras la muerte, como no puede integrarse en Nada, despojado de su existencia que alimenta como no existencia a la anticausa, llega a Nunma.
¿Pero, cuál es la información que Dios incrusta en el mínimo ser de nuestro suceder? Si el alma en vida es la existencia individual en forma de conciencia-voluntad y no la simple existencia individualizada de un suceso con percepción-cognición-impulso, ¿qué es el alma tras la muerte? ¿Es toda la vida, todos los recuerdos, un resumen, o un instante seleccionado por Dios?
- Dios define nuestra identidad trascendente de forma ignota.
Los esquemas de relación entre mundos que vimos en los distintos gráficos hablan de Dios, que no es un medio inerte, neutral, cuya naturaleza establece patrones fijos de relación. Los mundos se relacionan a grandes rasgos como proponemos en esos modelos, pero Dios es quien decide qué información pasa a qué mundo y cómo pasa, aunque su contenido permanezca inalterable. Los grandes rasgos de relación que hemos descrito son propuestas evolutivas. Los concretos términos de relación no son siquiera susceptibles de propuesta porque ignoramos la forma concreta de relación ortogonal que Dios decide en cada momento para la totalidad del Universo.
El juicio divino es ignoto. No podemos saber qué decide (decidirá) Dios acerca de la información que selecciona de nuestra existencia individual para insertarla en el mínimo ser del suceder que viaja a Nunma. No podemos saber lo que Dios tiene en cuenta y lo que no. Pero, debemos suponer (tautológicamente) que aquello que Dios elija de nuestra vida será su definición de lo que es nuestra alma: nuestra identidad trascendente.
No podemos saber qué cosas son importantes para nuestra salvación. No hay un manual al que podamos remitirnos para conocer cuál será la voluntad de Dios. No hay un libro de leyes y normas para la salvación. Sin embargo, algo tendrá que ver en todo eso los consejos que Dios nos ha ido dando a lo largo de nuestra vida. Y ese historial de consejos es nuestro programa personalizado de lo que “mejor podríamos haber hecho y lo que mejor que nos podría haber sucedido”.
No hay una receta común a todos los hombres que diga lo que hay que hacer para salvarse, sino que la vida individual de cada hombre va escribiendo los términos de su salvación: si se salvará y cómo se salvará (cómo será su ser). No es necesario creer que lo éticamente bueno nos salvará, sino que es bueno éticamente lo que nos lleve a la (mejor) salvación. Nada que no sea éticamente bueno puede llevarnos a la salvación, porque ética y salvación son la misma tarea.
Si se imponemos referencias éticas, pistas, claves o señales inequívocas, entonces, en esa misma medida, se reduce nuestra libertad y, con ella la “potencia” de ser, la capacidad de crear ser.
Tendrán un pequeño ser en Nunma quienes reducen su individualidad porque, con ello, están, reduciendo su libertad y, por tanto, su potencia de ser. Los que luchan por alinear su individualidad, para mitigar su soledad con doctrinas, renuncias de sí mismo, colectivizaciones o enajenaciones (por drogas o locuras), los buenos seguidores del Dios Naumori, tendrán un ser pequeño en Nunma.
- El amor de Dios se manifiesta, también, como olvido.
Cuando iniciamos el tránsito por el Intermundo, Dios decide qué información conformará nuestro ser en Nunma. Y esa decisión podemos entenderla como una especie de perdón. Dios puede ignorar lo malo de nuestras vidas, no trasmitiendo ciertos defectos, cicatrices, pecados que deformarían nuestro futuro ser y nos condenarían a una existencia dolorosa en Nunma. Pero, si Dios no recoge toda nuestra existencia, entonces, se presentan dos problemas. Por un lado, Dios está algún modo modificando la información en la medida en que “olvida” una parte de ella y, por otro lado, sin esa información, nuestro ser en Nunma no puede aconsejarnos precisamente en aquellos sucesos que sería más necesario modificar.
Pero esos dos problemas encuentran una misma y sencilla solución. Primero, Dios no altera la información porque no la restringe, sino que decide cómo llega esa información a Nunma.
El ser se constituye con una esencia de la existencia (de lo que hicimos y nos sucedió). Dios decide la información constituyente del ser, pero la información de nuestra existencia en esta vida que no sirve para constituir a nuestro ser en Nunma no se pierde, sino que se encuentra presente en forma de recuerdos. Los recuerdos de la existencia que Dios decidió que no iba a constituir a nuestro ser, forman parte de nuestra vida futura en Nunma, es decir, se encuentran en ese mundo puntual particular como meros “objetos” que concienciamos en el pasado de nuestro presente continuo. Todo nuestra vida estará ahí, bien conformando la existencia inmutable de nuestro ser, o bien como recuerdos. Pero, en ese caso, aún nos queda otro problema por resolver. Si esa información de lo que hicimos o lo que nos sucedió en nuestra existencia anterior no ha conformado a nuestro ser en Nunma ¿para qué preocuparse en modificarlo?
Si hicimos mal o sufrimos mal pero no ha tenido consecuencias éticas para nuestra supervivencia ortogonal, es decir, no ha afectado negativamente a nuestro ser en Nunma, no tenemos ninguna necesidad de perder el tiempo tratando de modificar eso. Pero, sin embargo, quizá sería mejor intentar modificarlo. ¿Por qué? Por dos motivos.
Primero, porque puede ocurrir que, si decidimos modificar eso que Dios nos perdonó, entonces, él decida no perdonarnos. Podríamos encontrarnos con que Dios, que no está condicionado por un espaciotiempo lineal y, por tanto, “conoce” nuestra decisión en Nunma, decida que esa información negativa forme parte constituyente de nuestro ser. ¿Por qué? Pues porque esa decisión en Nunma tiene una gran potencia ética, debido a que, al no haber “necesidad” la libertad es mayor.
Pero hay otra razón más simple para nuestro modo lineal de plantear las cosas. Puede que no haya necesidad de cambiar algo malo que no forma parte de nosotros, pero tal vez fuera mejor cambiar eso para añadir algo bueno a nuestro ser, porque, así, quizá no sea mejor, pero sí será más “grande”. No eliminaremos algo malo de nuestro ser, pero podemos añadirle algo bueno.
- Dios nos da un último consejo antes de partir.
Sólo de Dios depende lo que se mueve entre mundos, aunque no lo que sucede exclusivamente en cada uno de los mundos. Y ese camino entre mundos, aun cuando sea asimétrico, puede ser de ida y, también, de vuelta. El amor divino, en forma de perdón absolutamente respetuoso con nuestra libertad y nuestra responsabilidad, es decir, con las “reglas” de cada mundo, se manifiesta en la oportunidad de que podamos influir, como seres en Nunma, en nuestra vida pasada, aquí en el Mundo Puntual, para poder rectificar aquello que, en el juicio del hombre, juzguemos como más pernicioso. Otra oportunidad que, ignotamente, no condiciona la libertad de lo que sucedió.
El Juicio del Hombre
El juicio de Dios no se realiza en términos de bien y mal, de dolor y sufrimiento. Su juicio es un juicio de amor. Dios no puede ser absolutamente libre y, a la vez, coartar nuestra libertad. Dios no puede hacernos libres y, al mismo tiempo, juzgar nuestros actos. Sólo nosotros podemos juzgar nuestros actos. Sólo nosotros podemos sufrir las consecuencias de nuestros actos con sufrimiento o con felicidad. Y este juicio, independiente de los impulsos de culpabilidad programados en nuestro cuerpo-mente del Mundo Puntual o adquiridos mediante la aceptación de un código moral artificial (divino o mundano), sólo puede darse cuanto contemplamos el resultado de nuestra vida plasmado como ser inmutable con el que habremos de vivir en la otra vida.
- El juicio del Hombre es el primer suceso de nuestro nacimiento en Nunma.
Sólo cuando contemplamos nuestro ser podemos conocer exactamente el valor de nuestra existencia en este Mundo Puntual. El primer suceso de nuestra vida en Nunma consiste en ese juicio. La información que viene inserta en el mínimo ser de nuestro suceder con el que nacemos en Nunma separa, como vimos, la conciencia de la voluntad. Luego, ese suceso se conciencia (la conciencia lo conciencia). Y en ese instante, lo primero que concienciamos es a nuestro ser, a sus características.
En eso consiste el juicio, en darnos cuenta del ser que construimos mediante lo que sucedimos (nuestros pretendidos actos) y lo que nos sucedió. A partir de ahí ya no queda otro remedio que vivir lo mejor posible con arreglo a los límites que nos permita nuestro ser. Eso o conseguir otra oportunidad.
- Poder remodelar nuestro ser es la gran tecnología del futuro.
La máxima expresión del poder se mide en Nunma no por conseguir lo que se quiere, sino por la capacidad para remodelar el ser. Pero, como el ser es inmutable, no se puede modificar en Nunma, sino en el pasado, en el mundo en el que se construyó. El poder, que no está al alcance de cualquiera, es regresar o influir en nuestro pasado, cuando como simples sucesos estábamos construyendo nuestro futuro e inmutable ser, y corregirlo, mejorarlo, rectificarlo.
- Aconsejarnos a nosotros mismos. Ser como Dios. Ese es el poder de los seres de Nunma.
El ser no puede viajar al Mundo Puntual, si no es como suceso. Pero, en ese caso, el alma del ser debería abandonar Nunma para viajar hasta el pasado Mundo Puntual y, entonces, nuestro ser debería dejar de suceder en Nunma para suceder en el Mundo Puntual. Pero ¿puede un ser dejar de suceder?
El ser es existencia inmutable. Por tanto, a un ser en Nunma puede no sucederle nada y quedar en un estado de hibernación existencial, reducida su vida al mínimo suceso de sí mismo sin llegar a morir. En Nunma, el ser está diferenciado del suceder. En nuestro mundo, no suceder o que no nos suceda nada es morir. No podemos dejar de suceder porque moriríamos, pues sólo somos un suceso. En nuestro Mundo Puntual sólo es posible un avatar suspendiendo la actividad del cuerpo-mente, es decir, el sujeto, para que el alma pueda crear un efecto mariposa de tal magnitud que nos permita recibir y enviar información completa e instantánea como para vivenciar a través de otro cuerpo sin alma.
Quizá sea posible esta tecnología, pero, aun siendo extraordinariamente sofisticada, se trataría de algo mundano. No necesitaría la intervención divina. Sin embargo, el regreso de un alma desde Nunma hasta el Mundo Puntual sí necesitaría la intervención divina. Y de una tecnología capaz de “acoplarse” a Dios, que no puede estar al alcance de cualquiera.
De hecho, sólo los seres más poderosos de Nunma podrían enviar un alma para que se encarnara en nuestro mundo. Pero no podría coincidir con su alma en el pasado, pues el alma del Mundo Puntual es el suceder individual y por tanto, no pueden darse dos “mismos” sucesos individuales. Por el mismo motivo, tampoco podría encarnarse en otro suceso individual. Un alma que viajara desde Nunma a nuestro mundo sólo podría encarnarse en un suceso individualizado, es decir, sin alma. En un cuerpo-mente nuevo.
Los inhiek creen que esto es posible, y que los verdaderos hijos de los dioses, cuyo ser ha quedado “dormido” en Nunma, pueden venir a este mundo para, en un supremo sacrificio, ayudar a los suyos42.
Hay un medio “directo” de influir en el pasado desde Nunma a través de la trasmigración de las almas de seres “dormidos”. Pero, También se puede influir en el pasado por medios indirectos, sin que el alma viaje hasta allí. En uno y otro caso, se necesita la intervención divina, pues, ya sea el viaje del alma o su influencia sobre el pasado, debe pasar por el Intermundo, por Dios. Pero el método indirecto, aún cuando es tecnológicamente menos complejo, tampoco está al alcance de cualquiera, como no está al alcance de cualquiera viajar a la Luna aunque es posible para nuestra actual tecnología llegar hasta allí. No es fácil provocar en el Mundo Puntual distorsiones suficientemente importantes como para alterar el pasado en la medida y la dirección que se pretende. No es fácil controlar lo que llega de uno a otro mundo, porque ese tránsito depende de la voluntad divina, con la que, de la forma que sea, los seres de Nunma deben coordinarse.
Si el alma de un ser consigue viajar y nacer en un cuerpo-mente sin conciencia, es decir, individualizado pero sin individuo, entonces, se produce una verdadera encarnación. Si, por el contrario, se limita a influir desde lo ignoto, utilizando el mismo canal de Dios, ese cero-incógnita (obviamente, porque Dios lo permite), entonces no se produce una encarnación sino una influencia o tentación.
Nosotros no podemos relacionarnos con nuestro futuro ni siquiera indirectamente, sino que lo haremos de forma postmortem, cuando ya no estemos aquí, cuando ya no existamos. Sólo podemos relacionarnos aquí y ahora con el imposible futuro de forma asimétrica y pasiva: escuchando al futuro. Pero en todo esto hay una pescadilla que se muerde la cola. Si conseguimos un buen ser, poderoso y sabio, en Nunma, podrá comunicarse con nosotros de forma más eficaz. Y, si logra comunicarse de forma más eficaz, logrará que construyamos un ser (él mismo) más poderoso y sabio, que, por tanto, podrá comunicarse de forma más eficaz…
Hablar al pasado y escuchar al futuro.
Ecos del Más Allá
Sólo lo que ocurrirá puede regresar.
Sólo los fanáticos, cegados por su perspectiva particular, pueden rechazar la posibilidad rayana con la certeza de que existen en nuestro Mundo Puntual formas de comunicación desconocidas o sólo intuidas que, sin embargo, manejamos con asiduidad en eso que hemos llamado la vida oscura o casual. La conciencia del alma, aun cuando la subjetividad del sujeto lineal al que confundimos con la conciencia nos lo oculte o transforme sus vivencias en sensaciones, ideas o fantasías, tiene acceso a la realidad unidimensional de forma directa y holística.
- Sólo el alma contempla al mundo real.
Lo que para el sujeto está inalcanzablemente lejos, para la conciencia puede distar apenas un segundo. La multiplicidad, la variación y la irregularidad que azora al sujeto y, en su mareo, sólo le permite ver sombras, superposiciones de imágenes oscilantes que parecen nítidas siluetas de cosa verdaderas, es captada por la conciencia en forma de vivencia holística, indecible en toda su riqueza, sólo evocable mediante imágenes y figuras. Una vivencia que, pues la conciencia y la voluntad del alma son indistinguibles entre sí, genera un deseo, una decisión sobre la que, luego, el sujeto define un concepto. Pero ese concepto no es más que el esqueleto del deseo y, como todo fósil, nos dice muy poco del ser vivo al que sustentaba. Debemos rodearlo de carne y piel imaginarias y dotarle igualmente de imaginario comportamiento para que se parezca algo a lo que fue. Una vivencia efímera. Una idea holística, inaprensible, indecible y sólo evocable.
Ideas como la telepatía son realidades que no podemos imaginar en toda su riqueza hasta que las conocemos linealmente, tocando uno a uno todos esos múltiples aspectos que ha captado la conciencia de forma integrada y, a la vez, multiforme. Fenómenos que no relacionamos entre sí puede que estén íntimamente ligados y que, por ejemplo, la telepatía sea su mínimo común denominador. La magia, la propia transmisión del pensamiento, y, también, otras formas más elaboradas mediante las que avanzadas civilizaciones de nuestro mundo se comunican, se ayudan, se controlan y luchan entre sí.
Pocos fanáticos cegados por la soberbia de su perspectiva particular pueden realmente negar la posibilidad, rayana en la certeza, de que no somos los únicos seres inteligentes de nuestra galaxia ni que tan siquiera somos los más avanzados tecnológica y humanamente.
Pero todas esas formas de comunicación paranormal son cosas mundanas que no necesitan de la fe sino, tan sólo, de cierta imaginación y un poco de humildad para entenderlas como cosas realistas. Es más que probable que tanto los inhiek como otras razas y especies de sígulas encuadradas en el bloque de Nun o de Uria, lleven mucho tiempo (al menos, desde el inicio del tratado Dustisit II con el que comenzó la guerra fría que está a punto de terminar) influyendo en nosotros tanto de forma individual como colectiva mediante la comunicación paranormal43. Nuestros sofisticados sistemas de persuasión, propaganda y publicidad, mediante los que controlamos las ideas, los sentimientos y la motivación de los demás, comparados con los de las civilizaciones extraterrestres, son rudimentarios (aunque eficaces) sistemas de control indirecto, a distancia, casi telepático.
No se da casualidad el progresivo pero sistemático proceso de mentalización al que estamos sometidos mediante los medios de comunicación, el cine, los videojuegos o, incluso, la propia ufología, para que nos habituemos a una realidad extraterrestre abierta y sin los rictus de la pueblerinidad aldeana en la que nos hemos movido desde que los dioses dejaron de vivir entre los hombres. Mejor dicho, no es casualidad de azar, sino que forma parte de una guerra de propaganda y proselitismo de los dos grandes bloques de civilizaciones extraterrestres que, entre otros, se disputan nuestro planeta.
Basta repasar la historia del cine, de la ufología, de la misma ciencia, para, en una tarea que escapa a esta obra, hilar las líneas maestras de un proceso en el que se mezclan desconocidos medios de comunicación con sofisticadas técnicas de control mental que nos hacen alistarnos inconscientemente y servir los intereses de uno de los dos bandos.
Pero esa influencia subliminal, de aspecto extraño, fantasioso e irreal no tiene nada que ver con las distorsiones producidas por la comunicación con otros mundos a los que nuestra mitología científica llama “universos paralelos”. Lo que viene y va a la nada o a Nunma pasa por el Intermundo donde se traduce a términos mundanos que, no obstante, conservan un fuerte “olor” extramundano. Se trata de extrañezas poco realistas o de fenómenos claros, evidentes pero completamente incomprensibles, que no encajan de ningún modo en nuestra cosmovisión.
La telepatía puede ser aceptada como una posibilidad realista, plenamente incardinada en la naturaleza de nuestro mundo unidimensional. Pero las voces y las presencias del Más Allá son sólo eso: especulaciones completamente irreales (desde la perspectiva de nuestro mundo) con las que, de vez en cuando, coinciden (suponemos que por azar) fenómenos inexplicables.
Una cosa es que un extraterrestre influya telepáticamente en el guionista de una película de ciencia ficción y otra muy distinta que el habitante de otro universo se comunique con nosotros. No digamos nada si, en lugar de un habitante cualquiera de otro mundo se trata de nosotros mismos, viviendo ya, como verdaderos seres y no como simples sucesos que, delirantemente, se creen seres, en un futuro que no existe aún, desde el que se pueden relacionar con nosotros, con ellos mismos, con su pasado.
Lo que llega de fuera adquiere inmediatamente formas de dentro, reconocibles, por muy increíbles e inexplicables que sean. Los sucesos sobrenaturales no siempre presentan esa forma esotérica, parapsicológica o mágica con la que los encerramos en un mismo y generalmente despreciado cajón. La mayor parte de las veces tienen un aspecto tan natural y cotidiano que nos pasan desapercibidas… como cosa sobrenaturales.
Lo que viene de fuera podríamos agruparlo en cuatro categorías sobre las que ya hemos hablado.
La primera sería la revelación. Dios ignoto se manifiesta en nuestra conciencia no traduciendo lo que viene de otros mundos sino directamente de su conciencia-voluntad-acto. De entre todas las distorsiones que provienen del Intermundo, esta, la revelación de Dios, es la más desapercibida, porque forma parte de la incomposición de nuestros 11pp, de aquello que nos constituye: (0+0).
- Dios forma parte de nuestra más indetectable intimidad.
Otra categoría podríamos denominarla trasmigración. Una clase de trasmigración es la de nuestra propia alma hasta Nunma tras la muerte. No solemos ver la muerte desde esta perspectiva, pero realmente, se trata de una trasmigración. Otra clase sería la reencarnación en un nuevo cuerpo, aquí en nuestro mundo, de las almas que no logran llegar a Nunma ni, tampoco, son “devueltas” a la Nada44. La tercera clase de trasmigración es la encarnación de las almas de seres de Nunma en cuerpos de nuestro mundo. Estos son los enviados, pero no necesariamente los profetas.
Una tercera categoría de distorsiones Intermundo sería la Posesión. Un alma de Nunma se reencarna no en un cuerpo nuevo, sino en uno que ya está habitado por un alma, eliminando su libertad y dejándola en un estado parecido a la suspensión o hibernación existencial en la que se encuentra el cuerpo del alma invasora que ha llegado desde Nunma. La posesión no es aceptada como una alternativa posible por el Shuk-Ul, pues conllevaría la muerte definitiva del alma que habitaba el cuerpo poseído. Sin embargo, algunas tradiciones mantienen que los endemoniados, los locos y los psicópatas están realmente poseídos y que nunca regresa el alma que antes los habitaba, sino que la invasora simula ser la muerta usando los recuerdos del cuerpo-mente.
Una cuarta forma de distorsión Intermundo, que es de la que vamos a tratar, podríamos llamarla, sencillamente, influencia. Los seres de Nunma se comunican con el pasado para intentar modificarlo actuando sobre una persona concreta. El buen consejo personal que recibimos de nosotros mismos o de otros seres de Nunma. Pero también el mal consejo, la tentación, el engaño de nuestros enemigos en Nunma. La propaganda y el proselitismo también se puede llevar a cabo desde Nunma, utilizando personas claves de nuestro mundo que tienen un gran ascendente sobre determinados colectivos o que pueden controlar los medios de comunicación. Las religiones y sus profetas, las ideologías y sus visionarios, el arte, los artistas y los difusores, los fenómenos de masas, en fin, cuando están movidos por personas que están influenciadas, para bien o mal de unos y otros, por seres de Nunma45.
- Nuestro ser en Nunma sólo tiene una oportunidad de reactualizar el pasado.
El ser de Nunma no puede volver una y otra vez sobre el mismo instante del pasado para cambiarlo. El pasado “pasa” una sola vez en Nunma. No podemos estar cambiando el pasado varias veces porque sólo ocurre una vez. El bucle de tiempo establecido por Dios es asimétrico y determina que lo que para nosotros en esta vida es tener un consejero constantemente a nuestro lado (si tiene el suficiente poder para hacerlo) para nosotros en Nunma representa una sola oportunidad. No podemos volver a intentarlo.
En un mundo unidimensional sólo podemos actuar en el instante vital. No hay más “pases” de ese pasado que el instante. Sólo una oportunidad, pues sólo podemos entrar en el instante. Y, ese instante, es irrepetible incluso para en el pasado de Nunma que, aunque se da en un presente continuo, no es continuo. El instante del pasado (del Mundo Puntual) no está siempre disponible para poder actuar sobre él, aunque siempre esté disponible para recordarlo. Sólo hay una oportunidad de actuar.
La puerta de acceso al pasado sólo se abre una vez. Luego, ya no es posible volver a ese instante para influir en él. Pero, ¿cómo puede un ser influir en los “recuerdos” de una vida pasada?
Para que un ser pueda relacionarse con el Mundo Puntual ese mundo puntual debe situarse realmente en el presente continuo. Concretamente en su pasado. Un mundo dimensional, como el nuestro, puede fácilmente encontrarse en el mundo no dimensional de Nunma, precisamente porque no es necesario ubicarlo en unas dimensiones. Ese situarse “realmente” significa no que esté el Mundo Puntual en cuanto tal allí, sino que ese “recuerdo” del pasado se hace accesible. Y para ello, debemos encontrar el diminuto punto de la unidemensionalidad en la adimensionalidad infinita de Nunma. Ubicar ese “recuerdo” accesible en el pasado del ser y encontrar el punto unidimensional son la misma y dificilísima acción. La tecnología de comunicación con el Mundo Puntual (con el Más Allá de Nunma) consiste principalmente en localizar esa puerta de acceso que convierte el recuerdo en un “agujero de gusano” por el que podemos viajar a otro mundo que se encuentra en el pasado. Pero, una vez encontrado y abierto el agujero de gusano, es indiferente el momento temporal en el que se encuentre localizado ese otro mundo con el que nos comunicamos, como daría igual que un planeta con el que nos comunicáramos desde la Tierra se encontrase al norte o al sur de nuestro cielo.
La imagen de un agujero de gusano, aún cuando pertenece a la ciencia ficción oficialmente admitida como “física teórica” nos resulta muy familiar. Los términos en los que hemos explicado este acceso a otro mundo desde Nunma son comprensibles para nuestra red lineal dado que, aunque novedosa, la idea de que ese agujero de gusano nos conecta con un lugar-momento determinado de otro mundo y de que sólo podemos usarlo una vez, nos parece plausible. Pero la explicación lineal, aun siendo muy original, no puede expresar los aspectos esenciales de esa comunicación vista desde Nunma. Es necesario dar una descripción puntual del Mundo Denso para poder evocar una imagen holística del mismo que nos permita comprenderlo indeciblemente.
Dado que la flecha de la conciencia se dirige al pasado, si el Mundo Puntual se encuentra ahí, en el pasado del presente continuo, como un suceso más, entonces, la conciencia puede concienciar al Mundo Puntual, afectarlo (porque la flecha va hacia allí) pero no alterarlo (directamente) porque no es la voluntad la que va al pasado46.
Encontrar el suceso del Mundo Puntual implica entrar, aunque sólo sea con la conciencia, en ese punto unidimensional y por tanto, formar parte de los 11pp de un alfa. Si es nuestra conciencia en esta vida el alfa al que nuestro ser en Nunma conforma en sus 11pp, entonces el cero de Dios Intermundo que compone nuestra alma se relaciona con el cero de nuestra conciencia como ser. Pero esa conciencia como ser no puede conformar los 11pp de alfa porque el ser no tiene valor “cero”. Por tanto, ese otro cero será el acto, representado por la flecha bidireccional en forma de “u”47. El cero de nada no desaparece sino que queda como el hueco (la u del acto del ser) entre el cero de Dios y el cero del acto del ser, creando así una réplica del mínimo actuar del mínimo ser de nuestro suceder.
Silencio en el silencio
Sólo somos un suceso. Somos latidos, no corazón. Somos una carambola, y no las bolas, el taco o el jugador. Somos una historia, no un actor. Somos un punto.
No podemos realizar actos tal y como nuestra locura lineal, muy útil para sobrevivir, pero muy inútil para conocer la realidad en la que vivimos, nos muestra. El drama de la existencia viene en primer lugar desencadenado por la constatación de que, creyendo que actuamos, sin embargo, los resultados que se siguen no son acordes con un verdadero actuar. Nuestros pretendidos actos no son tales sino sucesos con apariencia de un origen controlado de forma voluntaria. Imaginamos que hemos golpeado la bola con el taco, pero no es así. No somos un jugador que dirige la bola. Somos una bola movida por el choque con otras bolas. Y aunque creemos que hemos golpeado la bola con un taco para dirigirla en una determinada dirección, realmente hemos sido nosotros mismos golpeados por otras bolas (también por nuestras bolas “interiores”: los impulsos) a las que también golpeamos. Una carambola a cuatro bandas, con todas las bolas en juego y jugadores imaginarios. Pues bien, ni siquiera somos bolas. Sólo somos una carambola.
Sin embargo, al igual que tenemos una mínima entidad ajustada al simple suceder individualizado, cuyo valor como entidad se corresponde con el ser de la Nada de la que provenimos, también tenemos un mínimo acto. La diferencia con nuestro mínimo ser es que ese mínimo actuar no se corresponde con el valor de nuestro suceso individualizado, sino con el de nuestro suceso individual.
Nuestro mínimo acto se corresponde con nuestro suceso en cuanto participa de la libertad de Dios, al igual que el simple suceder participa de la entidad de la Nada. Nuestro ente actúa en la medida en que es libre, tiene conciencia-voluntad y, por tanto, se constituye en alma. Nuestro suceso es un ser que actúa sólo si ese suceso es un alma. Pero, ¿qué que hace que un suceso tenga o no conciencia-voluntad?
La fórmula matemática shukultiana del suceder es (0+0)=0.
La fórmula de un suceso particular es: (0+0)=alfa
La fórmula por la que un suceso particular, un alfa, adquiere la cifra de “alma” es la siguiente:
(0-ausencia + 0-incógnita)=alfa-alma
En la primera y segunda fórmulas, Dios, que es el Intermundo por el que los sucesos llegan desde el Mundo Nada hasta el Mundo puntual, no interviene nada más que para permitir ese tránsito. Es decir, de alguna manera, el acto de Dios es “nada”, o neutro, si queremos llamarlo así. No pone o añade nada propio excepto la misma relacionabilidad o traducción ortogonal de los términos de un mundo hasta los de otro mundo que sería inalcanzable sin esa traducción ortogonal.
En ambas: (0-ausencia + cero-ausencia)=alfa
Pero en el caso del suceso “alma” uno de esos ceros sufre el acto divino, su decisión de dar libertad al suceso constituido en incomposición, (0+0).
Ciertamente, ese acto divino distinto a la simple traducción de los términos que llegan de la Nada, debe ser mínimo, para no influir en la libertad del Mundo Puntual. Y, por esa razón, el acto se limita simplemente al de la libertad de Dios. Es como si imprimiera su marca: “Soy (absolutamente) libre”. “Soy (sólo) Dios”.
Dios se muestra al suceso individualizado. Pero esa mostración ignota es lo máximo que puede hacer sin interferir en los mundos ni en sus criaturas. Dios, sencillamente, dice en su silencio: “Soy Dios”. Y la simple manifestación de su acto (de su presencia), pues Dios es absolutamente libre, conlleva una porción de libertad, pues de otro, modo, su simple actuar establecería en nosotros un condicionamiento.
Es ese acto divino de mostrarse (ignotamente) el que, con esa mínima porción de libertad, constituye la distorsión de nuestro suceder como “alma” y, por tanto, como conciencia-voluntad indiferenciadas debido a que el mínimo actuar de Dios no da para más48.
Dios nos provee de una mínima libertad mediante el único acto distinto al simple relacionar mundos que no afecta al mundo ni a nosotros para que, esa distorsión manifestada como exceso de libertad, posibilite el mínimo acto que surge de nuestra conciencia-voluntad. Una conciencia-voluntad que se corresponde con la manifestación de nuestro propio suceder individual: el alma.
¿En que se traduce ese acto “libertad” de Dios para que se constituya sobre la distorsión que provoca en nuestro mundo (en nosotros) una conciencia-voluntad y, gracias a ella, un alma por la que somos algo más que un simple suceso individualizado, un suceso con acto?
El ser, en su inmutabilidad, crea un efecto “nada” pues esa inmutabilidad como indiferenciación e inmovilidad es equivalente a la nada49. Un pequeño suceso nace de esa nada y desencadena el efecto mariposa.
El ser de Nunma debe producir un suceso en el agujero de gusano unidireccional de un solo uso que conecta con el Mundo Puntual. Pero, además, ese suceso debe tener unas características muy precisas para poder acceder al Mundo Puntual y, allí, trasmitir, aunque en forma de distorsión, la información que se pretende.
En ser de Nunma puede actuar, es decir, de causar sucesos, porque es capaz de generar un efecto “nada” muy intenso. Pero en nuestro Mundo Puntual el ser del suceder es mínimo. Apenas suficiente como para causar un solo suceso: el alma. Así pues, debemos incrementar la entidad, o un equivalente de esta, para poder causar sucesos desde nuestro mínimo ser. Necesitamos conseguir una entidad extra, un exceso de ser. ¿Pero cómo?
El exceso de ser “funcional” con el que podemos actuar en nuestro mundo de sucesos se produce con la reverberación entre el ser del suceder y el acto50. Es el mismo mecanismo por el que Dios, en su acto a través del 0-incógnita, decide y sustenta nuestra alma gracias a esa reverberación con el cero-ausencia (que no se produce en los sucesos individualizados). Dios decide “decidir”, y esa reverberación produce una triangulación que “incrementa” la inmutabilidad. Un incremento en la cantidad (no en la calidad) de la inmutabilidad que no incrementa propiamente nuestro ser del suceder, pero que produce efecto “nada”.
El mínimo ser del suceder sólo se basta para ocasionar un mínimo acto: el de la Creación. El ser de la Nada crea los sucesos del mundo. Entre ellos, nuestro suceso individualizado. En ese sentido, el único acto que puede llevar a cabo la Nada es la creación de suceder. Ni siquiera un suceder ordenado previamente, pues no tiene entidad para tal construcción, sino un suceder abandonado a su propia suerte o casual devenir. Un suceder que se configura en una única dimensión, la existencia, como función de sí mismo, es decir, mediante sucesos individualizados que están causados (en su individualidad) y ordenados (en su relacionabilidad) en función de los términos en que casualmente lo hacen. De ahí que las cosas del mundo de la existencia (el Mundo Puntual) sean intervalos abiertos hacia 11 y 22pp.
Nuestro mínimo ser del suceder viene representado matemáticamente en la incomposición de nuestros 11pp, (0+0), como expresión de inmutabilidad. Ir más allá de esa inmutabilidad requiere del plus de inmutabilidad del acto de Dios relacionado con el cero-ausencia y el cero-incógnita. Se produce así una triangulación, un exceso de entidad funcional, sobre la que se sustenta el alma:
Pero aún tenemos que producir una nueva reverberación para lograr que, además de ese acto espontáneamente producido por la reverberación de Dios y Nada (lo que nos constituye como suceso), logremos un exceso de entidad suficiente como para crear otro acto.
Esa reverberación superpuesta a la de Dios podemos construirla con el acto que proviene de un ser de Nunma, que, cuando consigue influir en su suceso (o en otros sucesos) del Mundo Puntal (porque Dios lo permite), su influencia (su inmutabilidad) se superpone a la reverberación del acto divino de la libertad, de manera que consigue crear un exceso de inmutabilidad que, a su vez, logra crear un suceso del mundo.
Pero también podemos incrementar la reverberación y producir un acto distinto a nuestra alma, que, como suceso, cree un efecto mariposa, mediante nuestra propia alma. Sólo hace falta una cosa: hacerlo, desearlo. Vivir desde el alma y creer que, en ese vacío de inmovilidad e indiferenciación, en su silencio y oscuridad puede nacer algo más que fantasías producidas por la actividad vacía y sin control del sujeto.
De ese abismo interior puede surgir un acto. Puede nacer un suceso dirigido por nuestra conciencia-voluntad. Un deseo que toca al mundo real. Sólo necesitamos fe, es decir, un vacío como la máxima libertad de nuestra conciencia-voluntad. Algo que no se sustenta en nada, que no se basa en ninguna intuición, idea, razonamiento, impulso… Algo, por tanto, condicionado sólo por nuestra alma, que es un acto proveniente, a su vez, del acto de Dios, de su decisión en forma de 0-incógnita51.
La fe religiosa shukultiana consiste en realizar el acto mínimo de acercarnos a nuestra individualidad (a nuestra alma) en cuyo silencio y oscuridad encontramos ese cero-incógnita que conforma nuestros incompuestos 11pp y, desde ahí, deseamos. Ese desear es catapultado por el único acto que podemos realizar: la fe. Vivir desde el alma. Desear desde ella.
La fe mueve montañas. Pero la fe así entendida y no al modo naumori de resignación, sumisión y aceptación del misterio que repugna tanto a la razón lineal del sujeto como a la razón puntual de nuestra conciencia-voluntad individual.
La fe en nosotros mimos, en nuestra insondable profundidad, en nuestra irrepetible individualidad. La fe en que, en ese silencio absoluto donde no ocurre nada está Dios ignotamente componiéndonos.
- Los actos del mundo de los sucesos representan el mayor poder ortogonal.
Los actos “fijan” existencia para nuestro futuro ser. Empaquetan de forma casi indestructible las maletas que, tras la muerte, Dios enviará a Nunma. Un simple acto verdadero puede salvarnos o condenarnos.
Los seres de Nunma pueden causar sucesos en nuestro mundo que vayan a favor o en contra de nuestros planes subjetivos o de los deseos de nuestra alma. Pero, si vivimos desde el alma y realizamos el acto de fe, podemos neutralizar la influencia de los seres de Nunma, si es que van en contra de nuestros deseos.
La reverberación de nuestra fe añadida a la producida por el ser de Nunma, si tienen signos opuestos, se menguarán mutuamente haciendo que sólo prevalezca una, la más fuerte, y que sea ella la que cree un suceso que haga realidad su deseo. Pero, si el ser de Nunma es favorable, sus reverberaciones tendrán el mismo signo que nuestro acto y, entonces, se unirán la una a la otra para incrementar el efecto mariposa.
El mayor poder que podemos alcanzar en este mundo lo tenemos al alcance de la mano y gratuitamente con solo vivir desde el alma, armonizados con nuestro ser en Nunma (o cualquier otro ser que nos sea favorable) y con Dios.
Existimos ya, ahora mismo, en el pasado de nuestro futuro, como un mundo extraño, singular y borroso de simples sucesos. El pasado es asequible para los habitantes del futuro como un suceso al que se puede acceder sólo una vez: en el instante, única dimensión temporal que tiene el mundo de los sucesos. Nuestra actualidad, el instante puntual, es la única ocasión en que podemos (o pueden) intervenir desde el futuro. Por tanto, ese bucle de intervención futura sobre nuestra actualidad puntual, sólo ofrece una oportunidad, y esa oportunidad forma parte de las características del presente real del mundo futuro.
Pero hay una paradoja en todo esto. Desde el presente de Nunma se puede reactualizar el pasado, pero es en el instante puntual donde se está construyendo nuestro ser en Nunma: lo que seremos (y no lo que sucederemos) de forma inmutable en el futuro que no existe en nuestro mundo.
La trascendencia moral de nuestro comportamiento en esta vida viene determinada por el hecho de que estamos conformando el ser de nuestra próxima vida en Nunma, no las reencarnaciones en este mundo, de igual manera que se modela un busto en un trozo de madera. Estamos escribiendo el programa informático (o el código genético) con el que viviremos en el “siguiente” mundo.
Esta posibilidad de reactualización del pasado (nosotros) por parte del futuro (que no existe y al que no podemos acceder) implica que, de alguna manera ignota (a través de Dios), “nosotros futuros” podemos estar actuando en esta existencia y que, por tanto, conformamos un yo transuniversal escindido en mundos ortogonales ignotamente unidos en un mismo universo. La unión de los componentes de ese yo expandido o panindividual, escindidos en mundos ortogonales relacionados asimétrica e incomprensiblemente desde cada uno de ellos, reside en Dios52.
Si es así, la experiencia mística no proviene de nuestra relación directa con Dios, sino de la relación indirecta con nosotros mismos, con esa otra parte del yo expandido. Lo ignoto que nos llega de Dios, sus “consejos” (no tenemos mejor forma de llamarlos) forman parte de nuestra vida “normal”, de nuestra cotidianidad, en la medida en que esa vida normal e íntima del alma, de nuestro suceder individual (que es la única manera de suceder) es la mayor distorsión que conocemos. Una distorsión (un milagro, un fenómeno paranormal… una incógnita) que nos pasa desapercibida porque conforma nuestra cotidianidad. La relación con dios no es propiamente mística, como no lo es la relación con nosotros mismos, porque Dios nos compone y el ser de Nunma, con el que nos relacionamos místicamente, no.
La experiencia mística, en cuanto que es una distorsión distinta a la gran distorsión del alma, de la existencia individual, provendría de la conciencia de nuestro ser en Numa. Pero el grueso de nuestra responsabilidad moral, la de conformar un ser inmutable y eterno en el que, si Dios quiere, nos transformaremos tras la muerte, reside en nuestra vida actual, en nuestro libre albedrío y, sólo mínimamente, en la capacidad de nuestro ser futuro para reactualizar, una sola vez, el pasado53. Una responsabilidad moral y existencial plenamente asumibles desde el agnosticismo, desde el más realista pragmatismo, sin necesidad alguna de la mística.
- La mística y la pragmática coinciden en el alma.
A través del alma sentimos la presencia en este mundo de sucesos de nuestro ser tras la muerte. Podemos recibir cosas que llegan hasta nosotros aparentemente desde la nada, desde nuestra simple y banal imaginación. Podemos recordar nuestra vida que estamos ahora viviendo. La profecía y el recuerdo son lo mismo, pues son dos vertientes de una misma realidad panindividual.
La intuición y los presentimientos serían en realidad recuerdos. La soledad, saber ignotamente que estamos separados de nosotros. Y esa impotencia sería la fuente última de la angustia existencial, profunda, que nos hace huir de los recuerdos, de la presencia intuida al otro lado del abismo de nuestro ser, de nuestra venidera plenitud54. Y, así como nosotros sentimos la soledad de la separación, nuestro ser en Nunma siente la tristeza de nuestra soledad, de nuestro desamparo, de nuestra desesperación.
Vivir, aquí, en el instante único, desde el alma, para poder aprovechar la misericordia divina que nos regala una oportunidad de rectificar. Después de todo, así nos iguala eliminando la injusticia de que lo que no hacemos, de aquello que nos sucede sin control ni culpa, pero que también nos condena en el Más Allá, en Nunma, con un ser peor del que merecemos por los sucesos de nuestra alma, que llamamos actos y que sólo se constituyen en actos (mínimos) si vivimos desde ella, desde lo que somos nosotros.
- Sólo cometiendo actos seremos juzgados sólo por nuestros actos. Pero ese juicio consiste en poder rectificar nuestros sucesos.
Tener una nueva vida en el venidero mundo de Nunma. Y que esa vida sea lo mejor posible gracias al ser inmutable que hemos creado en este mundo efímero, liviano, insustancial y ambiguo. Salvar nuestra alma. Sobrevivir. Esa es la misión, una aventura a la que nos enfrentamos rodeados de silencio, oscuridad y soledad. Escuchando el parloteo del sujeto, mientras corre un tiempo sin duración, medido por una sola gota de agua que al caer desde ningún sitio hasta ningún sitio, pone nombre a la existencia:
El mundo soy yo.
1 A no ser que esos círculos alados, pretendidamente símbolos solares, sean exactamente eso: platillos (representados por el círculo) voladores (representado por las alas).
2 Esperemos, como hemos repetido numerosas veces, que los venideros historiadores y antropólogos no piensen de nosotros que éramos un pueblo supersticioso y primitivo convencido de que los dioses llegaban en verdaderos platos voladores.
3 Estos y otros con distinta fisonomía, asiáticos y negros, de los que no tenemos referencias tan directas, entre otras razones, porque nuestra civilización blanca y rubia no ha querido encontrarlas. Pero tenemos ejemplos de fisonomías distintas a la blanca en estatuas de cabezas negroides en Mesoamérica y estatuillas de dioses con ojos rasgados en Sumeria.
4 Tal vez los llamaban occidentales no porque en Occidente se pone el sol, lo cual implicaría una denominación metafórica, sino porque en sus viajes había descubierto que muchos de quienes viven en occidente son como los dioses: tez blanca, altos, rubios. O ambas cosas a la vez y así relacionadas: en occidente muere el sol y en ese lugar de muerte viven hombres parecidos a los dioses. Los habitantes del occidente terrestres deberían su aspecto divino a la proximidad con la tierra de los muertos. Pero hay un asunto más interesante en las creencias egipcias sobre la ultratumba. El faraón tiene el privilegio de la vida eterna otorgado por el dios Sol, Ra. Pero el dios Osiris, muerto y resucitado, extiende ese privilegio a todos los hombres. Hay un enfrentamiento que abarca desde lo superficial hasta lo más profundo entre Ra y Osiris en el que podemos reconocer un planteamiento de nuestra época: la lucha por una verdadera democracia en cuanto a igualdad entre todos los hombres. Ra es el dios de la realeza. Osiris, sacrificado y resucitado triunfalmente en el mundo del Más Allá, abre sus puertas a todos los hombres que puedan ganar ese privilegio por sus propios méritos y no por su ascendencia social. Así como el faraón tiene derecho a la inmortalidad sólo por su condición real, la consagración del victorioso Osiris como dios funerario, como rey de la Duat, abre las puertas de la inmortalidad a todos los hombres. Y aún más. Se produce un enfrentamiento entre ambos dioses, el realista Ra y el popular Osiris, que impele a los mismos faraones a guardar distancias también en el Más Allá. Así, invocan estar por encima de los simples difuntos y no se encuentra sometido al juicio de Osiris. El faraón invoca a Ra que no lo entregue, tras la muerte, a Osiris para que juzgue su corazón, ni lo entregue a su hijo Horus para que se apodere de su corazón. Este enfrentamiento entre ambos dioses se reproduce geográficamente de modo que Occidente se convierte en territorio osiríaco y Oriente permanece bajo el dominio de Ra, el Sol. Tanto es así que afirman que Osiris no camina por las regiones de Oriente, el camino de los “seguidores de Ra”, sino por los de Occidente. En esta división descubrimos la esencia de la misma división del mundo de nuestros días y, con mayor o menor claridad y pureza, la que históricamente se ha venido desarrollando desde entonces (quizá desde mucho antes): el mundo occidental y el mundo oriental representados no por nuestra familiares palabras de democracia y monarquía (o dictadura), sino por una mucho más rica: la que posibilita que todos los héroes, los que logran merecimientos en las pruebas de esta vida, y no sólo unos pocos héroes escogidos, puedan alcanzar la inmortalidad.
5 Las casualidades son las puntas de iceberg desde las que podemos desentrañar un complejo y oculto mundo submarino. Son una manifestación en el orden puntual de la influencia de otros mundos o del propio Intermundo. Y así debemos interpretar también esta casualidad, “demasiado casual”.
6 Munnabtutu es un término equivalente a nuestro “refugiados” y fue acuñado por primera vez en Sumer. Su significado es “fugitivos que huyen de una catástrofe natural, política o militar”.
7 La Ninmah (Ninhursag) sumeria, cuyo símbolo era una vaca, es el soporte (Nihua) para la Eva bíblica y la Nüwa china, hermana y esposa de Fuxi, exactamente igual que lo eran Ea y Ninhursag, hermanos y esposos, creadores del hombre transgénico. En chino, vaca se dice “niu”, pero curiosamente en Tianshui, en la provincia de Gansu por la que discurre el río Amarillo y donde según la tradición vivió y está enterrado Fuxi, vaca se dice “niua”. Otra coincidencia la constituye una cultura descubierta en el lugar que le da nombre, “Erlitou”, en la provincia de Henan (China), de indudable parecido al “Eridú” sumerio. Esta cultura del bronce se sitúa precisamente entre el 2100 y el 1800 AC.
8 Visto desde la dirección opuesta, desde el pasado hasta nuestro presente, puede que se le llame a los estadounidenses norteños “yankis” para atestiguar “casualmente” su pertenencia al grupo enki (a los henke).
9 Esta ambivalencia pone de manifiesto una posterior o preexistente división en el núcleo occidental-oriental, en el que algunas naciones de occidente y algunas de oriente se pasaron al núcleo adversario.
10 Los mitológicos fundadores de la cultura china y creadores del hombre, Fuxi Y Niwa, eran seres acuáticos y, como hemos visto, relacionados con los hermanos-esposos Enki y Ninhursag, creadores del hombre. A china la representa la serpiente voladora o dragón sin alas, símbolo de Enki y del núcleo de dioses egipcios encuadrados en la genealogía de Ptah.
11 O la de cinco puntas que representa al planeta Júpiter, el rey de los dioses y padre de la humanidad.
12 En el caso de la OTAN, la estrella de cuatro puntas. Y en el caso de la bandera americana, las barras que recuerdan al pictograma sumerio de “agua”. En el caso de la bandera de la Unión Europea el color azul del agua… las coincidencias son abrumadoras.
13 Los emperadores chinos eran llamados “Hijo del Cielo”.
14 También, aparte de con la bondad y la democracia, con los “vicios” humanos y los comportamientos licenciosos como la bebida o el sexo. Unas características, estas de la vida disoluta asociada a la libertad e igualdad democráticas que ya adornaban al dios Enki y sus hijos y que, eran despreciadas por los seguidores del bando contrario.
15 A esa vida oscura pertenece lo que el psicologuismo decimonónico freudiano llamó el inconsciente, pero también ese consciente desapercibido que se muestra en las casualidades, así como la fantasía, la intuición, el arte, los sueños…
16 Los sucesos situados a millones de años luz de nuestra actualidad los consideramos relacionados causalmente con nosotros, porque suponemos que forman parte de una misma secuencia temporoespacial.
17 Curiosamente (otra casualidad más) llamamos “entrar” en Internet como si se tratara de un mundo o espaciotiempo al que viajamos de forma real aunque no física. Internet es un mundo virtual igual que lo es nuestro delirio lineal personal. Son, pues, mundos compatibles de un mismo universo que, este sí, puede tener infinidad de mundos diferentes pero relacionables.
18 Apenas hemos comenzado a explorar con medios tecnológicos suficientes la existencia de exoplanetas y los descubrimientos ya se multiplican exponencialmente.
19 La existencia de algo invariable en un mundo absolutamente variable resulta contradictoria y, por tanto, sólo se puede aceptar, como cualquier otro misterio, por la fe o por el olvido.
20 Tanto los objetos como los campos puntuales son sucesos y, en ese sentido, espaciotiempo.
21 Un aspecto de este complejo fenómeno lo tenemos (descrito linealmente) en el efecto Doppler.
22 El mito tecnológico de la teletransportación representa un túnel de asimetría de sentido de un solo alfa en el que, al existir un solo salto cuántico no podemos determinar ninguna velocidad lineal. Esta es la “explicación” puntual de fenómenos como el entrelazamiento cuántico o la telepatía. Pero también lo es de nuestro propio suceso, que es un alfa, o de la creación de sucesos. Más allá de la velocidad de la luz, como no se pueden establecer secuencias de distancia-duración lineales, no tiene sentido hablar de causalidad. Por tanto, como lo que media entre la Nada y el Mundo Puntual es un alfa, la “aparición” de sucesos en el instante puntual es instantáneo y, por tanto, casual.
23 Una inquietante coincidencia nos hace recordar la hipótesis de los viajeros del tiempo que regresan desde Numa, desde el Amenti egipcio, el Más Allá al que fueron tras la muerte. Según los mayas, al final de este quinto sol se producirá un temblor de tierra tras el que aparecerán desde el Oeste los tzitzimine, unos seres con apariencia de esqueletos (de muertos vivientes) que matarán a los terrestres. Estos seres nos recuerdan a los occidentales egipcios seguidores de Osiris. En ese fin del quinto sol se producirá una guerra abierta en la que intervendrán criaturas ajenas a la Tierra.
24 El milenarismo medieval no era producto de la superstición basada en los textos sagrados. El miedo al fin del milenio tiene una base real y lógica que, de alguna manera, flotaba en el ambiente subliminal o parapsicológico de la cultura de la época. El problema era simplemente cronológico. El milenio a cuyo fin debían temer no era el terrestre, sino el inhiek. No se trataba de un milenio de mil años gregorianos sino de 3600 años Ozye.
25 Por cierto, una casualidad, anecdótica (o no tanto): ¿Se entiende ahora mejor esa aparentemente absurda frase de que la Tierra es del viento?
26 Resulta curioso que los nombres de dioses solares contengan la sílaba ra, ar o ri, incluida la diosa del Sol sintoísta Amaterasu, de quien son descendientes los emperadores japoneses, como los faraones del imperio nuevo lo eran del dios Ra. O el nombre chino para el Sol, Ri. O el germánico Donar, fuerte, violento, de cabellos rojos… Especial atención merece Surya, el dios hindú que representa al Sol. Es una traducción directa de Uria, que en la antigua mitología inhiek era el dios hermano y adversario de Nun.
27 Algo sucedió con el pueblo judío que atrajo un odio feroz por parte del mundo urita. Probablemente, a pesar de seguir de forma oficial con sus creencias y planteamientos naumori, en el seno de la cultura judía se produjo un cambio de bando, una traición que fue consumada de forma definitiva por la nueva alianza de Jesús y su pública lealtad hacia el dios Padre, del agua y de la estrella (la cruz). Según esta perspectiva, la muerte de Jesús, la persecución contra los primeros cristianos y la secular persecución contra el pueblo judío, que tuvo su apoteosis sangrienta en el Holocausto, pertenecen al mismo motivo. Desde luego, no es el Dios Padre el mejor candidato a esta venganza, presuntamente cometida por la muerte de su hijo, sino el terrible dios Yahvé que, como bien saben los cananeos y los propios amalecitas que acogieron al fugitivo Moisés y con los que emparentó, hacía gala de una crueldad desconocida por sus contemporáneos. Sólo los asirios, movidos por su dios Azur, fueron igual de sanguinarios que los hebreos a las órdenes de Yahvé.
28 Exactamente igual que las potencias del Eje, los regímenes comunistas, los asirios o los hebreos de Yahvé. Pero también usaron ese terror los elementos erráino del mundo oficialmente nunita: los cruzados, la inquisición o los norteamericanos, los mayores defensores del mundo nunita, en la guerra de exterminio contra los indígenas. No nos cansaremos de repetir que, aunque predomine una tendencia, en todas las naciones, ideologías y religiones está presente la contraria.
29 Originalmente, es Horus, como dios celeste, el regente de la Duat.
30 El Mundo naumori es espaciotemporalidad con extensión y duración que se da, como disipación de la imperfección, en el mismo y único instante de la creación. Ese instante es el de la actualización de la potencia de ser en Ser Absoluto. Un instante sin duración-extensión en el que se da una disipación de imperfección que nosotros vemos como extensión y duración. Y lo vemos así, precisamente porque somos imperfección.
31 El BIg Bang no sería, pues, una explosión, sino una ventosidad de nada.
32 Desde nuestro mundo, no veríamos a Nunma como un globo o nada parecido, sino como un infinito vacío. Algo muy parecido a Nada.
33 Pero esa densidad distinta no podía ser una densidad tridimensional llevada al extremo (infinita) o al absurdo: con más de tres dimensiones. Evidentemente, aceptar una dimensionalidad superior a tres implica revisar por completo todas las teorías físicas basadas en la sencillez (tal ven simpleza) de la tridimensionalidad que hemos puesto en evidencia como simple caricatura al representarla por la línea gorda.
34 En Dios, conciencia, voluntad y acto son lo mismo. En nosotros, el alma es una realidad que describimos como conciencia-voluntad (mínimo ser y mínimo acto), pero esa imagen es sólo una aproximación de nuestro suceso (eso es el alma).
35 Pero, si el ser de Nunma es existencia inmutable, qué es el mínimo ser del suceder, ese que tiene el mismo valor del ser de la Nada pero distinta cifra, alfa. ¿Es, también existencia inmutable? No, consecuentemente debe ser “inexistencia inmutable” o, para ser más enloquecidamente coherentes, “inexistencia mutable”. La inexistencia se corresponde con el valor (que se corresponde, a su vez, con el ser de la Nada) y la mutabilidad se corresponde con la cifra, con alfa (con la conciencia) que se corresponde con la existencia del (mínimo) ser… de la inexistencia. Según esto, en nuestra existencia individual, en nuestro suceso, se reproduce el germen mínimo o potencia del Mundo Denso, un micro Nunma que es el que, tras la muerte, viaja a Nunma para cristalizar en ser existente, es decir, en existencia inmutable que sucede.
36 Este sería el purgatorio naumori.
37 La salvación alcanza a todas las almas, una vez extinguida de ella todo atisbo de imperfección y mal.
38 No se puede expresar de forma más coherente la absurda idea de la supervivencia individual tras la muerte naumori.
39 El modelo matemático convencional que mejor podría representar al mundo denso sería la teoría de conjuntos entendida como una mecánica de intervalo cerrado “()”, que no sería el simple reverso de la mecánica de intervalo abierto “)(“ del Mundo Puntual. La ontología del Mundo Denso no sería, por oposición a la Ontología Mínima del Mundo Puntual, una Ontología Máxima, sino una ontología interinclusiva, es decir, donde la exclusión conforma una relación abierta “)(“ y la inclusión, una relación cerrada “()”. Por poner un ejemplo de nuestro mundo. Que nunca pudiéramos relacionarnos con los habitantes de una lejana galaxia no constituye un hecho restrictivo, sino una relación abierta a ningún referente. Pero esta ontología interinclusiva escapa a los objetivos de esta obra.
40 Esta es exactamente la esencia de la moral del superhombre de Nietzsche, absolutamente contraria al judeocristianismo y completamente coincidente con el cristianismo shukultiano.
41 Este “llegar a” bien podríamos entenderlo como el tránsito de uno a otro mundo. El instante próximo a la muerte, cuando estamos a las puertas de ese tránsito, lo vivimos como una distorsión que se manifiesta en fenómenos como ver pasar nuestra vida en un segundo, el famoso túnel con la luz al fondo… etc. Cosas mundanas, esos fenómenos distorsionados se manifiestan según el individuo, la cultura en la que vive y, también, la voluntad de Dios en ese instante y con relación a esa persona.
42 Los profetas-dioses como Jesús. Pero también otros que no reconocemos ni se reconocen ante sí mismos o ante los demás como tales. Entre ellos, el Anticristo.
43 A lo que no entendemos, le damos un nombre mágico, extramundano. Así no tenemos que preocuparnos de entenderlo.
44 Si algo se parece al Limbo judeocristiano es la reencarnación shukultiana. Y, si tuviéramos que hacer una versión judeocristiana de la reencarnación hinduista o budista, la haríamos con algo muy parecido al Limbo.
45 ¿Qué quiere decir el dios de Moisés cuando afirma que su nombre es: “Yo soy el que es”? Pues, sencillamente, yo soy un ser (existente), un habitante del Mundo Denso y no un mero suceso de este Mundo Puntual.
46 Recordemos que la voluntad se encuentra en los seres de Nunma diferenciada de la conciencia.
47 Curiosamente, y acabo de darme cuenta ahora, hemos llegado otra vez al símbolo egipcio del alma:
48 Realmente, esta conciencia-voluntad de los sucesos del Mundo Puntual es, como su mínima entidad, una proto conciencia-voluntad, un embrión en el que sus órganos (menos aún sus funciones) aún no están diferenciados. Pero no es esa indiferenciación la misma que la de la conciencia-voluntad-acto de Dios, pues esta última es una misma cosa, un mismo “acto”, y la indiferenciación de nuestra conciencia-voluntad proviene de su inmadurez y no de que sea una misma cosa.
49 El único ser es el de la Nada. Lo que llamamos “ser” en Nunma es existencia inmutable. No extraña, por tanto, que la existencia inmutable, simulacro de ser, cause un efecto “nada”.
50 La reverberación puede traducirse a términos de la teoría de supercuerdas (pero en una sola dimensión) y, ambas, a términos de la mecánica de intervalo.
51 Dios es un acto que no proviene de nada. Por eso es absolutamente libre. Porque sólo es acto. Y por eso es Dios. Porque sólo es Dios.
52 ¿Es esta realidad panindividual sostenida por Dios la comunión de las almas?
53 Nuestro “hoy”. La reactulización, los consejos que nos llegan desde Nunma, sólo tienen ocasión de darse en nuestro instante vital, en el único momento-lugar del espaciotiempo unidimensional. Nuestro ahora y aquí es la única oportunidad que tiene nuestro futuro ser para aconsejarnos, para decirnos que ocurrió después de ese nuestro ahora y para que decidamos libremente evitarlo.
54 Que no perfección. Plenitud es lo más cerca de la perfección que podemos llegar.
