La Profecía

1 Octubre 2021

El ruido de la Humanidad se ha hecho demasiado grande, pierdo el sueño con los disturbios. Dé la orden de que la surrupu (plaga) estalle (Enlil. Gobernante de la Tierra).

El Poema acadio de Atrahasis, “el muy sabio”, cuenta la finalidad para la que fue creado el hombre y cómo el crecimiento desaforado de la población humana llegó a convertirse en un problema de tal magnitud, que sus creadores decidieron su eliminación.

Si corregimos el efecto de la distancia tecnológica entre los antiguos acadios y nuestros días, el relato adquiere una vigencia asombrosa. Para ello, sólo tenemos que eliminar los errores de perspectiva que se producen al describir objetos, sucesos o planteamientos de una cultura mucho más avanzada desde la cosmovisión de otra más atrasada. Los acadios interpretaron lo que les habían contado los “dioses” rellenando los vacíos de comprensión con sus propios conceptos y elementos tecnológicos, ofreciendo con ello una imagen distorsionada y, generalmente, pobre, de esos relatos mitológicos.

La historia que nos cuenta el Atrahasis nos habla de una cultura superior, los dioses, que habitaban la Tierra y estaban sometidos a duros trabajos que desencadenaron una revuelta a la que, desde nuestra perspectiva, llamaríamos “huelga general” y ante la que los dioses superiores decidieron dar dar una solución definitiva: crearían un trabajador primitivo que llevara las pesadas cargas de los dioses.

La mitología hebrea, que sin duda alguna bebe de la tradición mesopotámica, nos presenta una versión monoteísta de esta función para la que fue creado el hombre:

Tomó, pues, Jehová Dios al hombre y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrase y lo guardase” (Génesis 2:15)

Los hombres fueron creados para servir a los dioses (o a Jehová) en su granja terrestre. Los hombres existen para provecho de los dioses. Los hombres son el producto del que los dioses obtienen un beneficio en su granja terrestre. ¿Cuál es ese beneficio? Algo muy sencillo de decir y, a la vez , muy difícil de aceptar y comprender en toda su trascendencia. Las vacas dan leche, las ovejas lana, los burros trabajo, los cerdos carne, los humanos otra cosa. Algo muy preciado y que sólo es posible descubrir a poco que entendamos la naturaleza de nuestro mundo. Pero no es el momento de revelar ese misterio, porque a los efectos de lo que aquí queremos tratar no es necesario en absoluto.

Tanto la mitología acadia, como la más antigua sumeria en la que se basa, nos cuentan que los dioses estaban divididos en dos grandes familias: la de Enlil y la de Enki, con dos concepciones diferentes de la vida, intereses opuestos y distinta actitud con relación a los humanos.

A los enki se les presenta como protectores de la Humanidad, a la que, usando la versión hebrea, le dieron una instrucción muy reveladora: “Y los bendijo Dios y les dijo: fructificad y multiplicaos; y henchid la tierra y sojuzgarla”. Pero, al seguir esa consigna, se toparon con los intereses opuestos de los enlil y, entonces…

[No habían pasado] mil doscientos años [Y el territorio se había ampliado] Y la población multiplicado. El país, como un toro, alzaba tanto la voz. Que [el ruido] molestó al dios soberano.

[Cuando Enlil escuchó] su rumor,[se dirigió a] los grandes dioses: “El rumor de los humanos [ha llegado a ser demasiado fuerte]: ¡No consigo dormir [a causa de dicho alboroto] ¡[ordenad, por tanto,] que sufran la epidemia!”

El Atrahasis nos relata un enfrentamiento entre dos grandes civilizaciones de dioses: los que pretendían explotar ganaderamente a los hombres y, por tanto, buscaban aumentar su población al máximo y quienes no seguían un planteamiento ganadero sino lo que hoy entenderíamos como ecologista. Para los primeros, la Tierra es una colonia, una granja y, por tanto, poco importa la calidad ambiental o el bienestar del ganado. Para los segundos, los humanos se habían convertido en una especie invasora que destruía los ecosistemas y quitaba el sueño a los dioses (No consigo dormir) Los humanos eran un problema ecológico que había que corregir del mismo modo que hacemos con cualquier otra especie animal cuando presenta un exceso de población: reducir su número o, en caso extremo, eliminarla.

Hoy en día, aunque no tengamos conciencia de ello, seguimos siendo explotados no por una élite concertada sino por personas e instituciones con los más diversos orígenes pero con intereses convergentes. Quizá los enki acadios, sus herederos o sus inconscientes encargados que sostienen el sistema de explotación ganadera de los humanos, convertidos en equivalentes de ovejas, burros o perros. Hombres y mujeres domesticados por un portentoso programa al que llamamos “civilización”.

Somos el campo de enfrentamiento de dos civilizaciones subliminales, que se superponen a ideologías, razas, países, costumbres o principios, batiéndose en un enfrentamiento milenario, disfrazado con distintos envoltorios según las épocas, pero que coinciden con los intereses de esos dos arquetipos mitológicos de Enki y Enlil. Una guerra ultrafría escondida en cada acontecimiento de la Historia, en la Revolución Americana y la Soviética, en el liberalismo y el colectivismo, y en cada uno de esos conflictos los enlil han luchando contra los enki, los pastores ocultos bajo la palabrería de los principios y los miedos que nos roban el alma individual y la sustituyen por una mente estándar que la colmena de los medios audiovisuales protege de forma imperceptible.

Desde esa perspectiva, los acontecimientos que nos cuentan las mitologías del Cercano Oriente, extraordinariamente similares entre sí, adquieren un sentido extrañamente familiar. Lo que hizo Enlil fue tratar de eliminar el exceso de población humana utilizando la guerra biológica. Enki, por el contrario, los protegió. Eran, somos su rebaño. Y es en este momento, cuando un poema acadio de hace 3.600 años adquiere una vigencia estremecedora. Porque, leído desde nuestra época, toma la forma de una profecía perfecta.

¿Alguien insertó una advertencia oculta en un mito? ¿Habla ese mito de lo que sucederá en el futuro y no de lo que ocurrió en el pasado? ¿Y, si es así, quién nos advirtió? ¿Qué bando?

Los enki querían preservar a los humanos. Pensaban que no había un problema demográfico. Los enlil creían que así existía ese problema y que había que corregir cuanto antes la burbuja poblacional. Es la misma división de opiniones y, por los mismos motivos, que en ese mitológico pasado. Pero hay algunos datos más que conviene tener en cuanta antes de entrar en la profecía y lanzar juicios morales sobre unos u otros.

Tanto el mito acadio como la versión monoteísta hebrea no dejan lugar a dudas de que los dioses (o Dios) crearon al hombre para que les sirviera, para trabajar sus campos, servirles, adorarles y obedecerles. Pero el Génesis hebreo nos cuenta algo más.

Y la mujer respondió a la serpiente: Del fruto de los árboles del huerto podemos comer; pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni le tocaréis, para que no muráis. Entonces la serpiente dijo a la mujer: no moriréis; sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal” (Génesis 3:2-5)

Leído sin obnubilaciones religiosas, el texto deja meridianamente claro que a Jehová no le interesaba que los hombres tuvieran conocimiento, porque sabrían lo que estaba bien y lo que estaba mal y tendría conciencia de la explotación a la que estaban sometidos. Por eso los engañó bajo la amenaza de la muerte, de un modo análogo, por traer las cosas a nuestro momento histórico, a como los poderosos, los pastores de la Humanidad transformada en rebaño, dicen que usar el conocimiento, las tecnologías de vanguardia, o usar nuestra libertad no matará. Es mentira y era mentira. Adán y Eva no solo no murieron sino que el conocimiento los hizo libres y escaparon de la granja en la que trabajaban para los dioses.

Los granjeros globalistas no quieren que su rebaño, nosotros, disfrutemos de la globalidad. Por eso nos encierran en granjas intensivas, aislados, confinados, asustados por el miedo a la muerte si comemos del fruto del conocimiento. Y esparcen el miedo a ese conocimiento a las nuevas y fascinantes tecnologías, para que no las usemos sino que queden reservadas para ello y puedan utilizarlas para controlarnos. El 5G, la inteligencia artificial o la biónica. Todo eso puede utilizarse para controlar y subyugar a los humanos… o para que los humanos se conviertan en dioses, en élites, libres de las penalidades del trabajo, de la enfermedad, tal vez, incluso, de la muerte. Y eso no entra en los planes de los pastores del rebaño humano.

Entre quiénes se expanden con mayor fuerza esas mentiras que hablan de los peligros de “los frutos” del conocimiento. ¿Quiénes recelan más de ellos? Los más críticos, los más inteligentes, los que podrían tomar el control de esas tecnologías y construir una globalidad de humanos libres y felices. Una Torre de Babel.

Y dijeron (los hombres): Vamos, edifiquemos una ciudad y una torre cuya cúspide llegue al cielo…” (Génesis 11:4)

Pero, entonces…

“…descendió Jehová para ver la ciudad y la torre que edificaban los hijos de los hombres. Y dijo Jehová: He aquí el pueblo es uno, y todos estos tienen un sólo lenguaje; y han comenzado a edificar, y ahora nada los hará desistir de lo que han pensado hacer. Ahora, pues descendamos y confundamos allí su lengua, para que ninguno entienda el habla de su compañero.” (Génesis 11: 5-7)

Confundámoslos, enfrentémoslos, hagamos que defiendan nuestros intereses pensando que nos combaten (a las élites globalistas) porque, si no, se convertirían ellos mismos en élite y no podremos subyugar a la Humanidad.

Esas élites no quieren diezmar a la humanidad por la misma razón de que ningún ganadero quiere mermar su rebaño. Al contrario, quiere que prolifere hasta donde sea posible, no importa si su ganado (humano) es feliz o no. Mucho ganado y consumiendo pocos recursos. Una granja intensiva lo más grande posible (global) sostenible y rentable. Es otra élite, que no está interesada en explotar ganaderamente a los humanos, la que quiere reducir su población hasta un límite sostenible en términos de libertad y felicidad. Todo lo contrario.

Tanto entonces como ahora unos se confunden, parecen los mismos o son usados como propaganda en términos de moralidad simplista (el Bien y el Mal). Más aún cuando tienes que traducir a términos monoteístas una historia politeísta. Por eso en la Biblia, también en el Nuevo Testamento cristiano, podemos descubrir ese conflicto entre dos concepciones de la vida a poco que escarbemos. Hay dos Jesucristos. Uno llama a Yahveh “Señor”. El otro, “Padre”. Cuando está en la cruz a punto de morir pregunta (reprocha) al Señor “Eli Eli lama sabactani” (Señor, Señor ¿Por qué me has abandonado). Y es por eso que de forma también ambigua, sintética, el Apocalipsis nos cuenta quién vencería en esta batalla de siglos y milenios.

Vi al Cordero, que estaba de pie sobre el monte Sión. Con él había ciento cuarenta y cuatro mil personas que tenían escrito en la frente el nombre del Cordero y de su Padre (Apocalipsis 14:1) … Y cantaban un canto nuevo delante del trono y delante de los cuatro seres vivientes y de los ancianos. Ninguno podía aprender aquel canto, sino solamente los ciento cuarenta y cuatro mil que fueron salvados de entre los de la tierra (Apocalipsis 14:3)

Sólo unos pocos elegidos se salvarán, que tendrán un nuevo canto (una nuevo modo de entender la vida, como hombres libres) … de entre los de la tierra.

Hay otros que no son de la tierra. Al menos, no de esta Tierra.

Ganan los enlil, los que quieren acabar con la superpoblación y la explotación ganadera de la Humanidad. Y ganan tras una batalla en la que, tras fallidos intentos de limitar la población humana, sobreviene un cataclismo que, de alguna manera, involucra a ambos bandos: El Armagedón.

La polémica de moral simplista entre “buenos y malos” forma parte de esa confusión de las lenguas. No tengo el más mínimo interés en entrar en ella para quedarme atrapado en sus zarzas humeantes. Quede solo claro, para quienes se lanzan a defender la preservación o, incluso, el incremento de la burbuja poblacional, a menudo alistados bajo el estandarte de los “buenos”, que el mismo Dios de la Biblia es el que participa o, si se quiere entender así para tranquilizar creencias y conciencias, el que permite ese holocausto final que dejará la Tierra poblada solo por unos pocos elegidos.

Tiene mucho más interés describir qué nos dice la profecía, el Atrahasis, de lo que ya está sucediendo y lo que acaecerá, camuflada en términos de pasado mítico. Una descripción de lo que sucede espeluznantemente exacta.

Los dioses, todos, los de uno y otro bando, se ponen de acuerdo exactamente igual que ahora se nos muestra una asombrosa unanimidad de todos los poderes no importa el color político, los intereses económicos o las creencias religiosas. Enlil, el gobernante de la Tierra, reunió a todos los dioses y…

(Dió) la orden de que la surrupu (la enfermedad, la plaga) estalle.

¡Una enfermedad que estalla desatada por los dioses! No una epidemia natural, quizá ni siquiera el covid, sino las mismas “vacunas”. Esas serían la verdadera enfermedad que diezme a la Humanidad, especialmente a la más avanzada y crítica, a los que están a punto de construir una “torre cuya cúspide llegue al cielo”.

El poema nos cuenta que este intento de reducir el “ruido de la Humanidad” no es suficiente y los dioses deciden aplicar sucesivamente otros procedimientos. Pero podemos verlos todos ellos reunidos en el frenético lapso de tiempo en el que de forma vertiginosa está ocurriendo todo lo predicho hace 3.600 años.

Se produce una sequía cuya consecuencia, que es lo determinante, consiste en una escasez de alimentos. Una hambruna como la de 1315 (https://ozyesite.com/2021/01/24/1315/). Las alteraciones climáticas propias del inicio de un enfriamiento global, que conlleva, al contrario que el calentamiento, una reducción de la humedad atmosférica, de las lluvias y del CO2 (principal alimento de las plantas) con resultado final de menor producción vegetal (y de alimentos) y unas mayores necesidades energéticas. Todo eso acentuado y, tal vez, precipitado por un invierno volcánico.

El precio de la energía se ha disparado, así como el de los alimentos. Grandes empresarios invierten en terrenos cultivables, las erupciones volcánicas se multiplican y nos dirigimos al invierno en el hemisferio norte, el más poblado.

Sin embargo, esto no es suficiente y Enlil, el gobernante de la Tierra, decide algo más: Declara “un embargo general de los regalos de toda la naturaleza”.

Estamos asistiendo atónitos a la ralentización, cuando no bloqueo, de (todas) las materias primas, energía, alimentos, que causa desabastecimiento y carestía de productos en países avanzados del Primer Mundo. Pero, un momento, porque Enlil añade:

“(que) Anu y Adad debían guardar el cielo, Enlil la tierra, y Enki las aguas, y ver que ningún medio de alimentación alcance a la raza humana”.

Se decreta guardar (cerrar, bloquear) por cielo, mar y tierra, el comercio. Es lo que está ocurriendo y, si fuera verdad el rumor, también la destrucción de alimentos. El poema describe de forma dramática las consecuencias de esta escasez generalizada, especialmente la de alimentos, que lleva a una terrible hambruna. Pero junto a este “embargo general de bienes”, los dioses, los Ilu en acadio (las élites, en conspiranoico contemporáneo) dirigidos por Enlil decretan algo extraordinariamente significativo: La infertilidad.

“Que la matriz quede demasiado apretada para dejar (salir) al bebé fuera”.

¿Uno de los objetivos de la “surrupu”, la plaga de las vacunas, junto al debilitamiento del sistema inmunológico, es reducir la natalidad? Parece evidente que ya nos advertían de lo que ahora sospechamos.

Finalmente, sobreviene el Diluvio. Una inundación para borrar a la Humanidad de la faz de la Tierra. Una catástrofe climática que, retomando la versión hebrea, “ahora” en el tiempo presenta al que parece dirigirse el mito, ya no será un diluvio.

¿Qué ocurrirá?

El Armagedón. El fin de los tiempos. La llegada de Jesucristo y sus ángeles descendiendo desde las nubes… Y una coincidencia reveladora entre el poema acadio y el Nuevo testamento:

Como un asno salvaje que grita los vientos aullaron, la oscuridad era total, no había ningún sol… (Atrahasis)

En aquellos días, después de la gran tribulación, el sol se oscurecerá y la luna no dará su resplandor,(San Marcos, 13:24)

¿Un invierno volcánico?

Ahora, dentro de unos años, décadas o siglos. La frenética y universal coincidencia de los acontecimientos descritos en el Atrahasis parece indicar que el desenlace final de un mundo y el advenimiento de otro, marcado dramáticamente por esa terrible mortandad que dejará como herederos de la Tierra a un reducido número de elegidos puede ser inminente. ¿En ese mítico 2030? ¿Tal vez, en uno o dos años? Quizá todo ocurra de forma mucho más pausada y menos cruel. Pero hay una señal que viene marcada en el Nuevo testamento y que adquiere una significación inquietante.

Se proclamará esta Buena Nueva del Reino en el mundo entero, para dar testimonio a todas las naciones. Y entonces vendrá el fin” (Mateo 24:14).

¿Nos está hablando el Evangelio de la Globalidad, de un (buen) Nuevo Orden (Reino) global (en el mundo entero)? ¿Es este Nuevo orden Mundial que parece oculto tras los acontecimientos el de “los falsos profetas que se levantarán y engañarán a muchos” (Mateo 24:11) o el Reino de Jesús del que disfrutarán los inscritos en el Libro de la Vida, los elegidos?

Las señales parecen unir los relatos de la antigüedad, especialmente el mito del Diluvio contado en el Atrahasis, con los sucesos que se agolpan de forma frenética en nuestros días. Podemos encontrar una explicación “realista” forzando la lógica hasta bordear la fantasía. Pero por mucho que intentemos mantener los pies en el suelo, la vorágine del tiempo y la increíble unanimidad de los poderosos, nos eleva en el aire como hojas de papel arrastradas por el viento. Todo parece inverosímil y, a la vez, sucede delante de nosotros en vivo y en directo. Está sucediendo algo que escapa a la comprensión de todos, también a la de quienes creen ser los conductores del cambio, los amos del destino, los nuevos Ilu, la Élite que pretende que los demás seamos su rebaño… o que no seamos.

Pero seremos.

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