Multiverso Multinivel

15 Octubre 2020

“Como es arriba es abajo. Como es abajo es arriba” (Hermes Trimegisto)

Vivimos en un Universo simulado, un “juego de ordenador” cuya naturaleza espaciotemporal es digital. La física cuántica ha venido a corroborar el enorme rastro de sospechas, intuiciones y evidencias olvidadas cuando no malinterpretadas que nos vienen advirtiendo desde el alba de la Historia que este mundo es virtual, seguramente una copia del mundo real.

Resultaría extraordinariamente prolijo describir las evidencias que esta hipótesis de simulación digital ha ido acumulando a lo largo del tiempo. Las antiguas mitologías, las religiones, la filosofía, el arte… en toda la producción cultural humana encontramos elementos consistentes con la teoría del Universo Simulado, aunque, obviamente, no estén descritos en los términos informáticos que sólo el vertiginoso desarrollo de esta disciplina nos ha proporcionado desde hace apenas medio siglo. Pero, entre todas esas “intuiciones”, “revelaciones”, conjeturas y teorías destaca una que nos ha ofrecido, de golpe, inesperada y desconcertantemente, una prueba tan sólida que aún no somos capaces de asimilar: La física cuántica.

Nuestro mundo es digital, como los juegos de ordenador.

Tenemos la percepción de vivir en un mundo continuo, analógico que, sin embargo, es discontinuo, digital, cuántico. Un mundo con una apariencia diferente a su naturaleza, “diseñado” para crear una ilusión, una imagen holográfica, un mundo macroscópico ficticio en cuanto a su “solidez” y “continuidad”. Un mundo cuya estructura última se sustenta en la dualidad, en el tránsito entre la realidad y la ilusión, entre la onda y la partícula, entre la secuencia fotográfica y la alucinación fílmica de un movimiento continuo. Lo digital y lo analógico se unen en un punto insospechado: engañarnos, hacernos creer que vivimos en un mundo real y no en un algoritmo de naturaleza digital. Hacernos creer que el mundo es la película que vemos y no la sucesión de fotogramas proyectados en la pantalla de nuestra mente.

Más aún, la densidad, lo tangible, lo duro de nuestro mundo con aspecto “real” está constituido por un inmenso vacío en el que “flotan” las partículas elementales y que supone ¿cuánto? ¿ese 95% de oscuridad que se repite una y otra vez en forma de materia y energía oscura, inconsciente…?

La realidad que describe la física tiene muy poco que ver con el realismo que atribuimos a nuestra fantasía de mundo. Y esa importancia que damos a la “realidad” de las cosas y los sucesos es un indicio de que vivimos en un mundo simulado. El “realismo” adquiere una importancia vital, central, porque carecemos de la seguridad de un mundo real, porque ese sentido de lo “real” se sustenta en una ficción macroscópica de densidad y continuidad que la física nos dice que no existe.

Un microcosmos diseñado para nuestros ojos. Para que veamos y construyamos una ficticia realidad de cinematógrafo. Más aún, un mundo en función del espectador, de nosotros, de nuestra consciencia.

Si este mundo fuera real y no una simulación ¿Para qué el engaño? ¿Por qué la realidad última, la verdaderamente real, es digital? ¿Por qué hacernos creer que vivimos en un mundo verdaderamente analógico? ¿Por qué y para quien vivimos en esta simulación?

Esta última cuestión nos lleva directamente a un problema que para nosotros tiene una importancia trascendente pero que, para los humanos de un mundo verdaderamente real apenas tiene interés: ¿Cuál es el sentido de la vida? ¿Para qué estamos aquí? ¿Quién nos ha puesto aquí? ¿Quién ha creado el mundo? Y, así, una cadena inmensa de distintas formulaciones que expresan nuestra angustia ante una trágica realidad: la de nuestro vacío. El vacío de los seres sin entidad, puros sucesos.

Somos un suceso, no un ser.

Somos, como todo personaje de juegos de ordenador, simples acontecimientos, pura información, un algoritmo que, como veremos en sucesivos capítulos, define el simulacro de consciencia en el que vivimos.

Un abismo inabarcable y, al mismo tiempo, ínfimo, que separa la naturaleza informática de nuestra realidad de la ficción en la que se desarrolla nuestra existencia. Esa sospecha profunda, oscura, angustiosa, esa certeza inconsciente de que somos seres virtuales viviendo en un mundo simulado.

Vivimos en un mundo virtual. Si somos algo, es ese abismo entre nuestra naturaleza digital y nuestra alucinación analógica. Una certeza inconsciente, la sospecha que no podemos acallar del todo, nos somete a tremendas tensiones existenciales pero, también, nos ofrece un relato alternativo y esclarecedor de nuestra intrahistoria colectiva y personal.

Ahora podemos describir el mundo y nuestra existencia en los términos, quizá más precisos aunque seguramente todavía demasiado simplistas, de la simulación informática y el microcosmos cuántico. Una explicación demasiado coherente y lógica como para desecharla en el cajón de las excentricidades filosóficas o esotéricas. Una nueva cosmovisión en la que encuentra un lugar destacado la exopolítica como disciplina con la que comprender la profundidad de los acontecimientos más allá de la perspectiva simplista de ese realismo sustentado en la ficción del cinematógrafo. Los acontecimientos alumbrados por las sombras que ha descubierto la física al toparse con la materia y la energía oscuras.

A la luz de esas sombras iluminadas por la hipótesis del Universo Simulado, las cosas adquieren una nueva, sorprendentemente y sencilla explicación. Aunque en ningún caso resulte convincente porque, recordémoslo, en un mundo simulado estamos siempre condicionados por la ilusión de realidad de un mundo de fotogramas que se suceden dando la impresión de movimiento, de “realismo sólido”.

No podemos concebir o pensar directamente en términos cuánticos, digitales. Sólo encontramos el sentido de las cosas en aquello que parecen… pero no son. Porque nada “es” en este mundo simulado, sino que sólo “sucede”.

La mejor explicación, pues, resulta la menos creíble. Y esa es otra evidencia de la dualidad de nuestro mundo, constituido por una naturaleza discontinua, digital, cuántica que simula casi a la perfección una realidad continua, analógica, newtoniana.

Un Mundo de mundos a distinto nivel.

Si vivimos en un mundo simulado, debe existir un mundo real en el que ha sido creada la simulación en la que vivimos. Pero ¿Por qué y para qué? ¿Acaso con un fin lúdico, para entretenerse, para dar rienda suelta a los instintos, deseos, placeres y fantasías de los “humanos reales? ¿Para llevar a cabo investigaciones en las que someter a prueba diferentes hipótesis? ¿Con una finalidad práctica, haciendo que las civilizaciones de mundos simulados, que viven en un tiempo acelerado, logren rápidamente avances tecnológicos trasladables al mundo real? ¿O por un motivo más profundo como sería poder vivir en esos mundos, quizá eternamente, mediante avatares que reproducen la conciencia de los seres reales? Una posibilidad, esta, que nos llama la atención sobre un aspecto extraordinariamente trascendente, peligroso, a la vez. esperanzador: La existencia de un nexo no sólo desde el mundo real al virtual sino también en la dirección contraria.

Muchas cuestiones se abren ante el hecho de que coexistan un mundo real y un mundo o mundos virtuales. Algunas inquietantes. Otras fascinantes, incluso esperanzadoras. Pero todas ellas orbitan alrededor de una cuestión capital: ¿Cómo es ese nexo entre lo real y lo virtual? ¿En qué medida está regido por la voluntad de los seres reales, entre los que debemos incluir al ordenador que ejecuta los juegos de simulación dentro o fuera de él, o por un protocolo independiente de la voluntad de los jugadores y del ordenador? Porque de esta cuestión capital, quién o qué controle ese nexo entre el mundo real y el virtual y en qué medida puede funcionar en los dos sentidos, surgen y dependen una serie de escenarios que definen el marco del Multiverso Multinivel en el que vivimos:

Viajar al juego.

Es posible que los humanos del mundo real puedan “viajar” al mundo virtual, a nuestro mundo, mediante avatares digitales conectados a su conciencia. Si fuera así, entre nosotros podrían estar paseando los avatares de humanos reales, haciendo turismo, viviendo una vida alternativa en la que satisfacer sus necesidades afectivas, profesionales o personales, recreando recuerdos, viviendo sucesos o vidas alternativas o, ¿por qué no?, una existencia “completa” en forma virtual después de haber muerto en el mundo real.

Visitar otros mundos.

Algunas civilizaciones de mundos virtuales pueden haber descubierto la forma de viajar hasta otros juegos de simulación, como el nuestro, en los que vivirían con el mismo “realismo” que en el suyo, aunque desde diferentes escalas espaciotemporales. Eso explicaría, por ejemplo, que los ovnis aparezcan y desaparezcan de repente o que se comporten como si no estuvieran afectados por los mismo valores de leyes físicas como la Gravedad. Todo sería real, tangible, para ellos y para nosotros. El oro seguiría siendo oro, las relaciones sexuales, la política… En su variante de Universo podrían vivir a miles de años luz de la Tierra pero no tendrían que recorrer esa distancia sino, tan sólo, saltar a otra variante de Universo dentro del mismo ordenador o del mismo espacio de proyección holográfica en el que se ejecutan los diferentes juegos de simulación. Recorrer una distancia algorítmica mínima, casi instantáneamente: lo que se tarda en cambiar de juego pulsando un botón del teclado, aunque ni estemos dentro de un ordenador ni haga falta pulsar botones para controlarlo. Bastaría conocer las claves de acceso a otro “juego” y cómo crear en él una réplica de las personas y las naves (circulares, cuadradas… qué más da si no se recorre espaciotiempo alguno) y saber “dónde” se encuentra ese juego, en qué archivo, cuál es la “vibración-frecuencia” en la que se ejecuta y proyecta en un entorno físico común, el Intermundo” junto a todos los demás juegos, de forma similar a como coexisten diferentes emisoras usando frecuencias exclusivas del espectro radiofónico transmitidas a través del mismo espacio físico.

Crear mundos.

Civilizaciones de mundos virtuales pueden haber descubierto su naturaleza virtual y creado, a su vez, otros mundo virtuales. Podrían hacerlo, si son suficientemente avanzadas, en el mismo entorno en el que funcionan las simulaciones construidas por los habitantes del mundo real o bien en un entorno propio, lo que nos llevaría a un escenario multinivel. Nuestro mundo podría pertenecer al primer nivel, creado directamente por los humanos reales, o haber sido creado por otras civilizaciones virtuales y estar ejecutándose bien en el Intermundo o bien en un espaciotiempo algorítmico de segundo nivel. Podemos estar viviendo en el ordenador “real” o en un ordenador “virtual”. Ser personajes creados por humanos reales o por humanos virtuales.

Alcanzar la eternidad.

Alguna o algunas civilizaciones virtuales podrían ser capaces de “viajar” al mundo real y actuar en él bien de forma “digital” o bien directamente “traducidos a formato analógico”, “encarnados” mediante un sofisticado proceso de impresión 3D en el mundo real como copias exactas que incluyen no sólo el cuerpo sino los recuerdos y la conciencia de su vida virtual. También, en sentido inverso, las personas “reales” podrían “resucitar” de nuevo en el mundo real mediante la impresión en 3D basada en una copia digital y actualizada de sí mismos.

Ser como Dios.

Una posibilidad ciertamente inquietante es la de que alguna de las civilizaciones del espectro virtual, que resida en un juego con un tiempo de ejecución acelerado, evolucione hasta alcanzar un poder muy superior al de la civilización del mundo real antes de que esta lo detecte. Avanzar tecnológicamente 5.000 años en apenas un año de tiempo real, de manera que se convertiría en una supercivilización virtual capaz de dominar el mundo real. Sería como un mundo de “espíritus” más poderosos que los seres materiales que los crearon. Un escenario de pesadilla o de bendición, dependiendo de cómo sea esa supercivilización inmaterial, que implicaría que el ordenador del mundo real no puede o no “quiere” impedir la “invasión”.

Dios.

Es posible que el ordenador del universo real haya acumulado una cantidad de información capaz de sostener una superconciencia que le lleva a ampliar su potencia de procesamiento hasta límites inalcanzables para ninguna civilización virtual o real, convirtiéndose en lo más parecido a Dios. Un ser que trasciende el mundo real y el mundo “espiritual” (informático, virtual). Y que, como tal ser consciente y “todopoderoso”, no ha sido creado por nadie excepto por él mismo, gracias a la evolución “informática” lograda mediante las experiencias vitales de sus “criaturas”: nosotros.

Las posibilidades que abre la teoría de la simulación son, a la vez, apasionantes y estremecedoras. Describen, en la medida en que pueden hacerlo los nebulosos conceptos que habitan en el límite de nuestra capacidad para imaginar y concebir, un Universo radicalmente distinto y, también a la vez, desconcertantemente familiar. Un escenario que se oculta en ese 95% de oscuridad que nos rodea y de la que estamos hechos. Un Multiverso Multinivel que deberíamos conocer con la mayor precisión posible si no queremos quedar indefensos ante las fuerzas que provienen desde la oscuridad de la “caja negra” y que condicionan, de forma casi determinante, los acontecimiento y nuestra propia vida interior. Porque esa gente y esas fuerzas que habitan en la oscuridad, si están ahí, pueden estar también aquí. De hecho, al menos ese superordenador desde el que se ejecuta nuestra existencia, es seguro que está junto a nosotros y que nosotros estamos “dentro” de él.

De ese escenario trataremos en esta serie artículos de “Exopolítica”, a través de los cuales intentaremos reescribir lo que sucede y nos sucede, las causas, circunstancias e intereses en juego, así como los protagonistas de esas otras “realidades” con las que convivimos.

Una aventura científica, psicológica y policial situada en ese “espacio libre” en el que podemos y debemos ir más allá de nuestra capacidad para pensar y concebir, independientemente de lo sensato o fantasioso que nos parezca. Porque, enfrentados a ese 95% de materia y energía oscuras que constituye nuestro Universo y a la evidencia digital inasequible para nuestra mente analógica, ya no hay sensatez, realismo o fantasía, sino pensamiento puro moviéndose en el límite en el que podemos trascendernos y adquirir una conciencia ampliada más allá de nuestra realidad local, familiar y tranquilizadora, en la que convivimos junto a inmensas sombras de ignorancia, aún sometidos a un realismo simplista a pesar de habernos sido revelada la realidad digital, el microcosmos cuántico sobre el que se asienta y sucede la ficción de nuestro macromundo, de nuestra propia existencia como artefactos generadores y, a la vez, espectadores del efecto cinematográfico causante de la terca certeza de que vivimos en un mundo real, continuo, newtoniano.

Ya sabemos con total seguridad que estamos viendo una ficción y, sin embargo, no queremos salir de ella y descubrir al proyector y al operador. ¿Por qué? Pues, sencillamente, porque somos personajes de esa película, y al proyector/operador lo conocemos perfectamente. Está dentro de nosotros y se llama “yo”, “consciencia”. Esa burbuja de vacío que compone nuestro “ser sólo suceder”.

Así de simple. Y así de trágico.

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