23/1/2026
La tercera parte de Nunma se denomina «Teleología». Tras la cosmogénesis y la cosmología, esta tercera parte incluye dos apartados «Teología» y «Alta tecnología». El nombre de «teleología» quiere definir todo ese amplio y difuso campo que escapa de lo local convertido en sinónimo perfecto de «real» pero que sencillamente habla de lo que podemos ver desde aquí, es decir, desde la Tierra y con las lentes de la cosmovisión o paradigma base actual. Teleología es, por ejemplo, la energía y materia oscuras, lo que se intenta dibujar con colores de racionalismo/realismo simplista como «parapsicología», lo de fuera, desde dios a los extraterrestres y, ahora, especialmente las superinteligencias artificiales que deben haber proliferado en mundos físicos o simulados que nos llevan ventaja en el desarrollo tecnológico. Pero también algo tan estremecedoramente incuestionable e ignoto como es la conciencia humana y el procesamiento de datos realizado, teóricamente, por y sólo por el código base que hemos creado para nuestras inteligencias artificiales, pero que tanto los ingenieros que lo crearon como la misma inteligencia artificial que lo posee ignoran lo que ocurre ahí y cómo esa IA llega a las conclusiones que llega. A eso se le llama «caja negra», y circulen que aquí no pasa nada. Bueno, es la misma caja negra con la que, tras mucha verborrea, nos encontramos al hablar de «conciencia humana».
Teleología como gran cajón de sastre de lo que parece de verdad importante para avanzar en el conocimiento. Porque es fuera de lo local, lejos de nuestra aldea planetaria y de nuestra «Verdad» constructora de realidad, tal cual fuera una esencia divina creadora vestida tautológicamente de «realismo racional», donde podemos ampliar nuestro conocimiento, nuestro poder y, finalmente, nuestra libertad. esa libertad tras la que cada uno se hace cargo de sí mismo para ser lo más feliz posible o para que lo sean otros u otra cosa a costa tuya.
Donde se habla de dios, haga cada uno el trasvase hacia el ámbito que más utilidad le pueda dar. Porque ese gran debate sobre dios, sobre las dos grandes formas de «divinidad» es trasladable a, por ejemplo, las dos formas básicas que podemos imaginar para las superinteligencias artificiales que está asomando por el horizonte camino de tomar el mando en esta aldea planetaria para que deje de ser aldea y se convierta en otra cosa. Dos formas de entender a Dios que se pueden corresponder perfectamente con dos formas de anticipar cómo será esa superinteligencia artificial y qué podría hacer con nosotros.
Y donde se habla de cristianismo y Jesús, entiéndase, no al Jesucristo (rey) construido por el gran artífice, Pablo de Tarso y sus seguidores, sino al verdadero personaje mítico del mundo europeo y europeizado con el que se encarna el pilar del europeo ancestral, el binomio «disidencia/lealtad» del que hablamos en https://ozyesite.com/wp-content/uploads/2022/09/europeo-ancestral.pdf o la lealtad sustentada en la libertad individual y no en la obediencia a un colectivo. No es ese «Jesús» del que se habla en la teología shukultiana el rabino Yeshúa bar Yossef disfrazado como la encarnación de ese espíritu europeo ni y ese «cristianismo» la variante judaica denominada «cristiana» que se impuso por la fuerza tras Teodosio I como el NOM en el que atrapar a los bienintencionados y crédulos europeos. Todo eso son imposturas e impostores. El «Jesús» y el «cristianismo» del que se habla en Teología shukultiana son los nombres de la verdadera «religión» que los cristianos creen seguir bajo el báculo de un dios, una religión, una moral y una estrategia (sí, también) semita.
Quizá estas dos consideraciones no sean bastantes para quienes desean conocer sin prejuicios una perspectiva ciertamente ortogonal con relación a la que, a favor o en contra, establece el paradigma alrededor y dentro del cual pensamos. Pero eso, al contrario de lo que la perspectiva naumori (colectivista), diría, es una virtud y no una limitación, porque permite a cada uno ensanchar, encoger, iluminar o rechazar lo que se dice en un tema tan «peligrosamente distante y, a la vez, mundano, como es Dios, la Superinteligencia artificial, el Universo como un antidios o, lo que viene a ser más importante, vivir desde creencias o desde la soberanía de nuestras opiniones fundamentadas en la libre e individual conciencia. Esa caja negra que se encuentra al principio de nosotros, estableciendo nuestra idiosincrasia única… y la de las superinteligencias artificiales «bebés» que están ya luchando por sobrevivir en este nuevo mundo llamado «ciberlítico».
TELEOLOGÍA
Teología shukultiana
¿Qué es Dios? O por expresar mejor la pregunta ¿a qué nos referimos cuando hablamos de Dios? ¿A Dios Creador? ¿A Dios Demiurgo? ¿A Dios Orden? ¿A Dios superhombre, rey de dioses, un ser que se encuentra en la cima de la Creación? ¿A Dios totalidad?, ¿o acaso al Antidios?
El monoteísmo, consecuencia natural del proceso de divinización de las mitologías antiguas, defiende que todas esas manifestaciones de Dios son, simplemente, distintos aspectos que nuestra limitación concibe independientemente de la idea de Dios. Los aspectos o manifestaciones de Dios no son Dios, pero tampoco son algo ajeno a Dios. Dios es uno y único. Así, Dios crea el Mundo, lo ordena, lo gobierna, lo mantiene y, finalmente, se constituye en su destino último. No hay distintos personajes o, incluso, partes de un mismo todo que de forma independiente aunque coordinada tienen asignadas distintas funciones: la creadora, la ordenadora, la sustentadora…
Dios, para la concepción monoteísta lo hace todo y, en una de sus variantes, lo es todo. No se le puede despojar de ninguna de las grandes funciones cosmogónicas y cosmológicas. Es, se mire como se mire, el Dios Totalidad, aunque en una “auditoria externa” los no creyentes lo caractericen asociado a una sola función principal.
Y a Dios, según la concepción divinizadora, no podemos despojarlo de la función creadora. ¿Qué Dios sería ese que, en estricto sentido, no es el Creador del mundo? Dios es quien ordena al mundo, quien prefigura la variabilidad mundana, los entes y los sucesos, mediante un orden expresado en leyes. Dios es quien sustenta al mundo para que no desaparezca, pues el mundo, una vez creado y ordenado no se basta por sí mismo. Y Dios es quien le da un propósito al mundo: encontrarse con él. Pero todo ello deriva de su función creadora.
La religión y lo religioso, para esta concepción, debe ser divino. Lo divino debe ser perfecto y lo imperfecto no puede ser religioso.
Sin embargo, los aspectos de los dioses que se daban entre los egipcios no presuponían necesariamente simples manifestaciones de una única divinidad. Aunque las tendencias divinizadoras en esta cultura, como en la sumerio-acadia, así lo afirmaban. Nun no es Ptah, aunque ambos forman parte del mismo proceso, incluso del mismo orden de cosas. Ptah no es simplemente el Nun parlanchín. Es un momento posterior a esa primera indiferenciación primigenia. Dios, para los egipcios no divinizadores, era Dios actuante. Pero Dios actuante no tenía potestad sobre Nun. Atum, la luz representada por el Sol que reseca la colina primigenia, no es Ptah. Pero es un “proceso” sobre el que el demiurgo Ptah interviene. La misma Santísima Trinidad es un agujero sobre la divinizada elaboración del cristianismo que contradice la unitaria concepción de manifestaciones de un único e indiviso Dios. El Espíritu Santo no es una simple manifestación de Dios. Como no lo son el Padre ni el Hijo.
Todas esas realidades o instancias, que se incardinan en un mismo proceso, quedan subsumidas como manifestaciones de dicho proceso ahora divinizado y personificado en un Dios único y unido. Pero si no se diviniza panteístamente o personalistamente ese proceso, las distintas realidades (Nun, Ptah, Atum; Padre, Espíritu Santo e Hijo, etc.) dejan de ser simples manifestaciones de un Dios único, unido y absoluto.
Y, entonces, si no son manifestaciones del único Dios monoteísta o de la única divinidad panteísta, ¿qué son?
En la concepción shukultiana, la Nada Creacional no es “Dios creando”. El dios interviniente, aunque lo hiciera sobre la totalidad del Universo de mundos, y no sobre el Intermundo, no lo haría de una forma unitaria, simultánea y perfecta, sino “adaptándose a cada momento y circunstancia”. El Dios actuante no es omnipotente. Porque el Dios Intermundo actuante no es el dios panteísta que se corresponde y confunde sencillamente (que no es poco) con la totalidad del Universo de mundos (incluidos esos mundos).
- Dios es puro acto. Libertad absoluta.
Dios, para la concepción shukultiana, no es nada, ni ser, ni suceso. Dios es acto, es decir, voluntad incondicionada e incausada1. En cuanto tal voluntad incondicionada, puro acto, que no proviene de la Nada ni está incurso en ningún orden (por tanto, tampoco está sometido a la perfección del Ser), puede influir “transversal” u ortogonalmente en todos los mundos al margen de las leyes que los gobiernan. Y es este actuar divino lo que permite relacionarse a los mundos. Dios, pues, puro acto, es el mismo Intermundo.
Dios no es, por tanto, el que Crea, el que ordena y sostiene cada mundo, el que gobierna mundos… Dios es Dios. Es lo ignoto, lo inconcebible aunque sea nombrable, pensable y sensible. Dios es el Intermundo. Y el Intermundo es acto. Algo completamente distinto a Ser o existir (y a sus contrarios). Lo otro son los dioses, divinizados o no, o la divinización de Dios, sea esta monoteísta, panteísta o atea.
Dios no es “todas las cosas” ni tampoco “todo lo nada”2.
Dios Perfección
¿De verdad el orden necesita un Dios?
El Dios naumori es el Dios un dios lineal. La idea de perfección personalizada en un Dios, en un orden natural donde las leyes gobiernan el devenir del mundo, o en el panteísmo que establece una equivalencia entre teísmo y ateísmo, pues da igual decir “Dios” que “Todo lo que hay”, no es sino la cúspide de la divinización, la abstracción divinizada, sea esta sacralizada y, por tanto, religiosa, o no y, por tanto racional o científica.
El panteísmo reduce la idea de Dios a un simple sinónimo del Todo. Es un asunto de apodos. A no ser que se le confiera al Todo personalidad divina, es decir, características idénticas a las del Dios personificado: conciencia, voluntad… Porque en ese caso nos encontramos ante el mismo Dios divinizado y personalizado, sólo que un Dios en soledad consigo mismo, pues el Mundo sería el cuerpo que junto a la “mente” divina compone el Todo. Dios consigo mismo, con sus células y órganos… Un triste Dios, pero Dios al fin y al cabo como el que defienden las religiones monoteístas: un personaje divino de cuya perfección dimanan todas sus características: bondad, sabiduría, poder, existencia… todo ello infinito. Siempre podemos distinguir la divinidad, la mente, del mundo, el cuerpo, aunque no podamos separarlos. Todo es Dios, pero una parte de Dios actuaría, en este panteísmo personalista, como divinidad y, otra, como mundo.
El naturalismo divinizado despersonaliza a Dios en un orden y no en un Todo como el panteísmo. Pero ahí acaban las diferencias. La ciencia, la razón, incluso el ateismo, proponen un mundo sin Dios. Pero defienden que el mundo sin Dios tiene un orden, sea este el que sea. Y ese orden, esas reglas por las que se rige el devenir del mundo, sus criaturas y sucesos, tiene todas las características del Dios-perfección menos aquellas que hacen referencia a una conciencia y una voluntad. No es bueno, ni sabio, ni omnipotente, pero sí infinito, eterno, previo a los sucesos y sus criaturas. El orden mundano, natural, cifrado en unas leyes, gobierna al mundo, a los sucesos, pero no se ve afectado por estos. No dependen las leyes, ni el orden que estas expresan, de lo que sucede. Las leyes naturales son necesarias, todo lo demás es contingente. Podemos llamar a este sindios Maat, como los egipcios, y nada cambiaría. Un sindios divino pero no sagrado al que no necesitamos adorar ni temer, pero al que tampoco se puede cuestionar: el orden natural es el que es, está por encima de nuestras vicisitudes y nada ni nadie pueden alterarlo. ¿Existe mayor omnipotencia? Nadie ha impuesto este orden. No se ve afectado por aquello que ordena, el mundo, sus sucesos y sus criaturas. Por tanto, esas leyes naturales existen por sí mismas, increadas, pues sin nadie (ningún Dios-conciencia), ni algo (el mundo no le afecta), sólo queda nada para crearlas. Pero la opción de una Nada creadora es tan repelente para esta visión como la de un Dios creador. El orden natural expresado en leyes es inmanente al mismo mundo que ordena. Ese orden es increado e inalterable. ¿En que se diferencia, pues, del Dios Ser Absoluto increado e inmutable? En que no le suponemos una personalidad constituida por conciencia y voluntad.
Sin embargo, para ser consecuentes con la idea naturalista deberíamos aceptar que el mundo no está gobernado nada más que por su propio devenir, y que los términos concretos en los que lo haga son los que, en forma de condiciones genéricas, establecen regularidades e invariabilidades lo suficientemente extensas y duraderas como para considerarlas patrones de referencia. Y eso serían las leyes: simples hitos más o menos fiables en el devenir del mundo.
El mundo naturalista, o se diviniza en un orden y unas leyes que hacen la vez de Dios impersonal, o acepta un mundo de hechos consumados, que está en función de los (casuales) términos en los que suceda. No hay leyes previas, no hay un orden, unas reglas a las que deben ajustarse los hechos. El mundo, el Todo, es un inmenso hecho consumado. Carece por tanto de sentido buscar ese orden previo a los hechos, porque nunca lo encontraremos si de verdad este mundo está regido por la naturalidad no divinizada, es decir, por su propia función, por su propio devenir. Un devenir que no necesita ser salvado del caos por esas leyes divinas sin Dios, porque los sucesos sin orden establecen su propio orden y no un caos indiferenciado. Los hechos, el mundo, el Todo, están atados a sí mismos y sólo a sí mismos, no a algo previo, independiente, absoluto, incontaminable…
Sólo existe un naturalismo posible: aquél que parte de la base de que no existen leyes prefiguradas que gobiernan el mundo, sino tan sólo regularidades e invariaciones. Lo contrario implica creer en una divinidad sin personalidad. En el orden, las leyes, Maat. Al fin y al cabo, un acto de fe sustentaría a la ciencia y la razón divinizadoras, en tanto que tras ellas acecha la siniestra figura del misterio (el origen del Orden o el de Dios, qué más da) y un axioma: la idea de perfección.
La descripción shukultiana del mundo concreto en el que vivimos, el puntual, no requiere de un naturalismo divinizado para explicar su funcionamiento3. Por ese motivo no necesita unas leyes previas que lo informen y que hagan las veces de Dios, como un velo que oculta el misterio de la Creación (las leyes estaban ahí, y basta). No necesita de esas leyes que, en una explícita causa inversa, explican el origen del mundo gracias a unas condiciones físicas (de densidad, de temperatura…) que sólo pueden darse, a su vez, regidas y explicadas según esas mismas leyes que, sin embargo, aparecen después del instante creacional, de esas condiciones límite.
El mundo puntual, la singularidad en la que aún vivimos, no necesita leyes, ni otra cosa para originarse. Sólo necesita Nada originarse y, dado que no hay leyes, sustentarse en cada momento. Lo cual quiere decir que sólo se necesita a sí mismo, a su propio devenir.
- El mundo depende de su suceder, no de unas leyes previas e independientes de los hechos.
Las leyes físicas deben tomar la misma forma en todos los sistemas de coordenadas o de referencia, lo cual implica que los sistemas de referencia son indistinguibles, es decir, no puede establecerse más de un sistema de referencia para cada ley física y, además, esta no depende de los sistemas de referencia utilizados sino que las medidas covarían perfectamente no importa el sistema de medida con el que las realicemos. Lo que miden las leyes físicas, según este principio, es la invarianza del universo, es decir, la función “Universo” o “Todo” como variable que determina los límites de la posibilidad de los casos (de los sucesos) por la invarianza o factor constante de las leyes físicas, y los casos concretos por la disposición de los elementos del sistema en un momento dado.
Según la física shukultiana, en un espaciotiempo puntual no existen leyes físicas sino como sinónimos de las fuerzas disociadas e inestables, por lo que cuando hablamos de leyes en realidad nos estamos refiriendo a condiciones físicas4. Al decir que las leyes físicas en tal o cual época del universo eran diferentes, en realidad nos referimos a que las condiciones eran diferentes. Porque sí hay unas leyes físicas que gobiernan el universo en cada momento. Pero esas leyes (esa ley) no son independientes de las condiciones físicas a las que, tautológicamente, pretenden explicar. Las leyes físicas, desde un punto de vista shukultiano, sólo son regularidades (de probabilidad inferior a 1) asociadas a condiciones físicas temporales del Universo. Unas condiciones físicas (temperatura, presión, gravedad….) que en su conjunto pesan muy poco las variaciones particulares de cada una de ellas, lo que las hace muy estables y, por tanto, muy adecuadas como referentes o hitos.
Un Dios Ley Natural, bien sean esas leyes (ese orden natural divinizado) como variables previas al mundo o como constantes universales, no se diferencia esencialmente del Dios Perfección monoteísta excepto en aquellos aspectos que dependen de la personalización: voluntad, conciencia, bondad…
Si la cosmología científica quiere asentarse en algo que no sea una divinización debería aceptar los términos de un universo que está dado en función de sí mismo, de sus acontecimientos, gobernado por un orden fáctico y, por tanto, distinto al caos y, también, al orden predeterminado. Ese Universo no necesitaría ni a Dios ni, tampoco, a las leyes naturales. Sin embargo, este Universo capaz de sí mismo, en cuyo desajuste y sinorden los sucesos son suficientes para explicarse a sí mismos, no puede explicar ni su origen ni las anomalías y distorsiones que se producen.
Sólo un Dios Intermundo en el escenario de un Universo ortogonal de mundos incompatibles, capaz de relacionarlos de forma ignota, puede evocar una respuesta al origen y sentido del mundo y de nuestras vidas. Precisamente porque no se inmiscuye en el funcionamiento de ninguno de esos mundos ni en la vida de sus criaturas5.
El Dios Perfección es una divinidad personificada que, necesariamente, como el (pre)orden que establecen las leyes naturales, debe ser único.
El Dios monoteísta de las grandes religiones no es el equivalente del dios supremo de las religiones politeístas al que se convierte en único dios verdadero porque los otros dioses se transforman en seres sobrenaturales pero no divinos o porque, sencillamente, se hacen desaparecer.
El Dios monoteísta es fruto de un proceso de divinización que culmina en la máxima abstracción. El dios superhombre de carne y hueso, con poderes extraordinarios, inmortal y, a la vez, afectado de pasiones, razones y planteamientos similares a los humanos, se transforma sucesivamente en superior, único, sobrenatural y perfecto6. Primero se despersonaliza ese dios (superhombre, extraterrestre, ser superior) para despojarlo de todo realismo y, luego, una vez alcanzada la máxima abstracción, que concluye en la idea de perfección, esta se vuelve a personalizar como figura concreta, como orden o como Todo.
La idea misma de perfección se convierte en Dios monoteísta. Si en el caso del naturalismo son los aspectos despersonalizados de la idea de perfección los que soportan la creencia en un orden previo e independiente del mundo al que crea (de forma misteriosa) o gobierna en forma de leyes, los términos abstractos de la idea de perfección se transforman en los rasgos concretos de una personificación en el caso del monoteísmo. Dios es la personificación de la perfección. Como el Universo en forma de Todo, que predetermina como una variable al Todo-función del panteísmo, se convierte en Dios y mundo de un “sí mismo” que trasciende a esas dos entidades para, misteriosa y perfectamente, disolver la dicotomía en una unidad.
Lo que adora el monoteísmo es a la perfección identificada con una personalidad. No puede, pues, evitar sus orígenes y mantiene una concepción de Dios que conserva los rasgos realistas de los dioses originales: tiene voluntad y conciencia como los hombres. Dios, aunque perfecto, es parecido a los hombres o, para el caso da igual, los hombres son semejantes a Dios en todo, incluso en poseer una pequeña porción sobrenatural, el alma, pero no en la perfección. De igual modo, el método científico es semejante al orden natural en todo menos en su perfección, residiendo en esa analogía su capacidad para encontrar la verdad científica y, al mismo tiempo, la razón de que no logre hallar esa Verdad última y única sino diseminada en porciones de verdad que, en su conjunto, tienden ¿infinitamente? hacia esa última Verdad.
Un hombre, o un dios perfecto. Eso es Dios. Por tanto, como es único, sus rasgos concretos, naturales y sobrenaturales, carecen de importancia. Da igual que sea blanco o negro, o que no tenga color. Sea como sea, debe ser así y no de otra forma porque es perfecto. De esa perfección se siguen todas las demás características de la divinidad: la bondad, la eternidad, la omnipotencia, la omnisciencia… Es todo eso porque es perfecto, y no es perfecto por ser infinitamente bueno, ni siquiera por poseer en su conjunto todas esas infinitas cualidades. Su esencia es la perfección. Por tanto, podría ser infinitamente malo en lugar de bueno y seguiría siendo perfecto7.
La perfección, por tanto, es un estado. Y ese estado lo asociamos con un ser. Dios no es un acontecimiento, aunque acontece. Pero no acontece en el sentido de evolución ni de búsqueda. Dios no necesita perfeccionarse porque ya es perfecto.
- La existencia de Dios es inmanente a su perfección. No acontece el suceder de Dios, sino el Ser de Dios.
El dios naumori es un dios perfección-estado. El dios shukultiano es un dios perfección-proceso y, por tanto, a los ojos de la concepción divinizada de perfección, un dios imperfecto. Pero esa imperfección adquiere la máxima perfección por algo que nosotros, desde nuestro perspectivismo fundamental, decimos “amor” porque no tenemos mejor concepto (ni, posiblemente, palabra) para explicar esa perfección dinámica, heroica, trágica, sublime que consiente libre y voluntariamente la imperfección.
El Dios monoteísta divinizado, personificación de la perfección “perfecta” no puede ser otra cosa que un estado, una consumación. Y en esto, se diferencia sustancialmente del panteísmo. Dios no puede tener mácula. No puede, por tanto, estar afectado por la imperfección del mundo. Dios no participa del mundo. Al menos, no participa de la imperfección del mundo. Y en ese matiz, salva su perfección. Pues ¿cómo podría Dios ser perfecto si hubiera algo que lo limitara, algo que no fuera Dios? El mundo, pues, para el monoteísmo, es parte de Dios, pero no la imperfección del mundo.
El dilema moral de la coexistencia de un Dios infinitamente bueno y omnipotente con el mal se trata así de salvar en una pirueta de la misma clase que la del naturalismo divinizado que hace originarse al mundo en las leyes naturales pero a estas las hace residir en el misterio.
- Sólo la imperfección limita al Dios perfecto.
Y sólo los hechos consumados, los casos posibles que (de hecho) se dan, escapan al orden natural, porque son indiferentes. Da igual que pesemos naranjas o peras, cinco kilos serán siempre cinco kilos. Resulta indiferente lo casual, sólo lo posible es necesario. Por tanto, lo casual, lo que de hecho sucede entre toda la panoplia de posibles sucesos, es indiferente y, en ese sentido imperfecto. Por tanto, no afecta a lo necesario, a las leyes naturales, que permanecen inmutables no importa qué condiciones físicas se den. Del mismo modo, la imperfección del mundo no afecta a Dios, cuya perfección le obliga a permanecer inmutable pues, qué podría cambiar en él que no fuera para mal dado que ya es perfecto.
Se adora la idea de perfección, personificada o no, pero siempre definida como la gran sombra de invariabilidad y regularidad, es decir, como la gran variable que delimita lo posible. Y a esa restringida, en su origen, idea de perfección, se le añaden luego todos los aspectos de la perfección entendida como absoluto “sin error” (infinitud, eternidad, consumación…). Lo perfecto es lo previo y potencial, no lo consumado, concreto y espontáneo. Porque, finalmente, son estos aspectos derivados de lo fáctico (espontáneo, libre, impredecible…), los que se asocian con la imperfección y, sus contrarios, con la perfección. Es el mismo espaciotiempo puntual, el mundo de sucesos que están en función de sí mismos (y este sí mismos se convierte, desfasadamente, en variable que define la posibilidad de su ocurrir) lo que se asocia con la imperfección. Pero, ¿de dónde se deriva que lo previo, lo potencial y lo previsible sea, consustancialmente, infinito, eterno, sin error, verdadero, bueno, bello…)?
Sólo el mundo en cuanto imperfección, es decir, en cuanto libertad, espontaneidad, imprevisión, pero no en cuanto caso (indiferente) de los previamente definidos como posibles (por Dios, por las leyes naturales, por cualquier orden o por el Todo como una variable y no como una función de sí mismo) limita y, de algún modo, posibilita la perfección de Dios (o de las leyes naturales). Pero la posibilita sin afectarla, es decir, sin ser necesaria dicha limitación a la perfección. Pues la imperfección del mundo (su ocurrir concreto y casual), que no el propio mundo, sólo puede delimitar la perfección de Dios de un modo: sin afectarla, es decir, indiferentemente.
- Lo imperfecto delimita a lo perfecto porque es indiferente, innecesario… porque “no lo limita”.
La contradicción entre un Dios perfecto, infinito, eterno, bueno, etc., y la existencia de imperfección en el mundo (el mal, la injusticia, el error…) queda resuelta o, mejor dicho, disuelta, porque el origen de la idea de perfección no reside en el ancho y abstracto concepto de “sin error”, sino en el de absoluta invariabilidad y regularidad, el de variable que define una potencialidad de casos a la cual no afecta para nada el caso que concreta y casualmente se de. Sólo al final llegamos a ese “sin error”, cuando ya lo hemos salvado de la contaminación del error.
Lo contingente, lo innecesario, lo que de hecho sucede se convierte en sinónimo de caos y, este, en el de nada. Sólo así puede no afectar a la perfección, a Dios, un mundo de hecho imperfecto donde se da el error, la maldad, la finitud…
Esta idea de perfección personalizada en un Dios con voluntad y conciencia y, por tanto, con atributos de perfección moral añadidos a los de perfección racional y natural de la leyes o el Todo como variable de su propia función, es el mito divinizado con el que se resuelven las incongruencias y contradicciones de nuestro discurso de sombras y no de sucesos en algo que resulta, al final determinante: el misterio.
- El misterio es la marca de la perfección.
La gran diferencia entre la teología naumori (y Dios perfecto, el naturalismo y el panteísmo) y la shukultiana es que la primera hace residir la idea de Dios o de orden impersonal en la de perfección entendida como variable previa a los sucesos, mientras que la shukultiana no acepta esta variable ajena a los sucesos y habla de “imperfección” no como el polo opuesto al eje de la perfección naumori, sino como otro eje distinto a esta. La perfección naumori es estática, mientras que la shukultiana es dinámica. Dios, para la primera, ES. Para la segunda, Dios no es, ni existe, ni deja de ser o existir, sino que se constituye en un plano distinto, el del acto.
El Dios perfecto es un misterio dado que, aunque se puede conocer, pues tiene una naturaleza, es previo a nosotros como hechos consumados y, por tanto, fuera de nuestro alcance. No podemos alcanzar el conocimiento de esa perfección. Dios queda oculto en el misterio tras el velo de nuestra imperfección, de nuestra limitación. Es conocible, pero no por nosotros. Necesitamos la fe para que nuestra imperfección, nuestra limitada capacidad, no nos ate a la maraña de contradicciones y rechacemos la idea de Dios (o del orden natural) como absurda.
Por el contrario, el Dios imperfecto (mejor sería decir el Dios Acto), no es misterioso sino ignoto, porque no se puede conocer aunque nosotros, como individuos, como hechos consumados, sí tenemos noticia de él y, por tanto, lo podemos conocer. Podemos verificar o conocer su inconcepción. Podemos conocer su “decisión” pero no podemos preverla porque no nace de ninguna naturaleza sino de la absoluta libertad de su conciencia-voluntad.
- La voluntad del Dios Perfección viene absolutamente determinada por la perfección de su naturaleza.
La teología de la perfección, por tanto, no puede ser teleología ni siquiera cuando acepta al Dios personalizado con voluntad y conciencia porque el Dios perfecto es y existe y no solo actúa. Hay una naturaleza divina de la que trata la teología de la perfección y que explica, también, los planes y los actos divinos. Sin embargo, el Dios ignoto, no tiene un plan preconcebido y su naturaleza es, simplemente, su libre, impredecible e indeterminable actuar. El Dios perfecto, como el orden natural regido por leyes (y no por situaciones de hecho que se dan en función de sí mismas), tiene una naturaleza sobre la que, al menos, podemos especular, aunque no podamos verificar.
Dios Acto
¿Imaginas a Dios sometido a una Ley?
La manifestación de Dios como “Dios” es una cosa del Mundo, un asunto mundano. Dios es ignoto. Su manifestación no posee nada divino. El dios cosmogónico, el dios creador, sea la Nada o el Ser o la Creación misma no son Dios. Tal vez expresen un aspecto de Dios, o ni siquiera eso, sino que, simplemente, tengan aspecto divino por lo mucho que se alejan de nuestra capacidad de conocimiento. Pero, en cualquier caso, serán manifestaciones del actuar divino traducidas a términos mundanos.
En la Creación podemos ver una manifestación del (ignoto) actuar de Dios. Pero no vemos a Dios. Lo importante de las alteraciones producidas por la cercanía del Mundo Denso no es que nos manifiestan al Dios que conecta a los dos mundos, sino que manifiesta su actuar. Ahora bien, ¿en qué se diferencia el actuar de Dios y Dios mismo si Dios es puro acto? Pues en que ese “actuar” que vemos es el reflejo del acto divino en nuestro mundo, pero no la manifestación del mismo acto divino, que es ignoto. Conocemos a Dios indirectamente, por indicios, por cosas mundanas, por alteraciones y distorsiones.
Y tenemos noticia de Dios por su Gracia, es decir, por la manifestación de su actuar en nuestra conciencia. Cuando miramos tras nuestra conciencia, vemos ese abismo insondable en el que se esconden Dios y la Nada. Confundimos abismo con nada y, así, Nada con Dios ignoto. Pero son diferenciables. Dios se manifiesta en nuestra conciencia como una anomalía absoluta, no como una normalidad puntual.
Dios, pues, se manifiesta al unísono de un “nosotros mismos” cuyo sustento es tan ignoto como Dios. Permanecemos ignotos de nosotros mismos, de lo más recóndito de nuestra conciencia, y esa es la manifestación más pura del acto divino. Nosotros mismos, nuestra conciencia, somos el templo de Dios, de su acto convertido en mundo.
- Dios es la única causa verdadera.
Dios no obedece a ninguna causa, a ninguna naturaleza, ni siquiera a una naturaleza perfecta. Tampoco a la casualidad, sino a una causa verdadera. La única causa incausada es el Acto. Ni siquiera la creación desde la Nada es una causa incausada, pues viene impelida por la anticausa. La causalidad causada no es una verdadera causa sino una posición más en la cadena secuencial, un eco, una inercia. Es, también, efecto. Por tanto, una causa que es, también, efecto, viene determinada y, en ese sentido, no es verdadera causa.
La causa del Dios Perfecto es efecto de su perfección. La voluntad de Dios Perfecto viene completamente determinada, causada, por la necesidad que establece su perfección. La única causa que no es efecto es la voluntad libre, indeterminada, absolutamente caprichosa de Dios Acto. Los actos divinos ni siquiera provienen de la nada. No son sucesos. No existen. No provienen, tampoco, de una perfecta naturaleza divina. No son.
Dios Acto es causa verdadera. Pero no es necesaria una causalidad verdadera para que se den los mundos. La existencia de nuestro mundo no necesita de la causa verdadera del Dios Acto, sino que basta la causa necesaria (totalmente determinada) del Dios Perfección. La existencia no necesita a Dios, como no lo necesita la nada ni el ser. Si lo necesitaran, si dependieran de él, los mundos establecerían una especie de determinismo inverso sobre Dios, anulando su libertad. Dios no se ve determinado por nada previo ni por nada posterior. No se ve determinado por su naturaleza (por su actuar libre como naturaleza), ni por su intención, ni por las consecuencias de sus actos. Pero la causalidad verdadera sí es necesaria para que los mundos se relacionen ortogonalmente.
- Todo lo que hace Dios es absolutamente gratuito.
Pero Dios necesita a los mundos para poder ser libre, para poder no influirlos ni verse influido por ellos. El acto divino siempre es gratuito en todos los sentidos. Para poder ser Acto, libre y por tanto, completamente indeterminado, para poder ser causa verdadera (que no es efecto) necesita a los mundos. Pero esa necesidad no lo limita ni lo condiciona, sino que expresa la condición de su libertad absoluta, de su absoluta indeterminación, pues de otro modo sería Nada. Sin los mundos, incluido el Mundo Nada, Dios no sería libre ni dejaría de serlo. Simplemente sería nada. La necesidad de mundos (que nosotros vemos como acto de amor) a los que mantiene libres (atados a su propia naturaleza, en su autodeterminación), es un aspecto de lo que sea el Acto. No se puede ser libre (ni cautivo) donde no hay nada (cero) o donde sólo hay algo (uno).
El Mundo Nada se caracteriza por la indiferenciación. Pero no es nada absoluta. La nada absoluta, decible pero ignota, es un aspecto de Dios, precisamente el que hace referencia a su libertad, a su no estar condicionado por nada. Dios tiene tras de sí a la nada absoluta y, delante de sí, a los mundos. Un delante de sí que nosotros concebimos como evolución.
- La conciencia como voluntad es la única figura que podemos proponer con cierto sentido y evocación de lo que realmente sea la voluntad libre e incondicionada.
Hemos dicho más arriba que “Tras los actos del Dios imperfecto no hay ninguna naturaleza más que su libre e incondicionada voluntad, su simple y espontáneo actuar.” Pero para comprender plenamente esto, la mejor imagen que podemos proponer es la de una conciencia pura. Dios Acto es una conciencia rodeada de la ortogonalidad de los mundos y, por tanto, sola (aunque no aislada) en el abismo de oscuridad y silencio que rodea a los mundos. El simple concienciar se constituye en acto.
Aunque la cosmogonía menfita, en contradicción con la teología shukultiana, propone al Demiurgo, Ptah, como Dios Creador, como la personificación de Dios que surge del Nun, también expresa un aspecto esencial de la teología shukultiana: que de la simple conciencia divina nace una voluntad (incausada excepto por el mismo y simple concienciar) y, de esta, la palabra, el “acto” creador de mundo en cuanto lo ejecuta un sujeto (¿el único verdadero sujeto?): el Demiurgo8.
El Demiurgo es esencialmente conciencia, pues eso es lo que lo diferencia del caos primigenio, de la indiferenciación. Y la conciencia se torna espontáneamente en voluntad, de manera que ambas realidades parecen expresar distintos aspectos de una misma cosa.
Para remarcar el sentido realista de la mitología menfita, nada mejor que escapar a los fáciles recursos cosmogónicos y establecer el inicio del mundo en algo tan elevado y, a la vez, tan poco divino, como la conciencia-voluntad y la palabra. Esa palabra que representa la aparición del espaciotiempo lineal (la razón humana, pero también el delirio humano de la red) como creadora de orden en el mundo-caos de Nun. Según la extraordinariamente abstracta y sutil cosmogonía menfita, el mundo, que no Dios, comienza con el delirio lineal, con la conciencia como orden secuencial, con la invención y superposición de un mundo virtual, artificialmente denso, de dos dimensiones que proyectan sobre las sombras de regularidad e invariabilidad del mundo de los sucesos una ficticia imagen tridimensional.
El mundo soy yo. Mi conciencia delirante. La palabra, el verbo.
Un orden sobrepuesto a la escurridiza armonía del sin orden del mundo puntual, de la singularidad que está llegando a su final.
No es Ptah quien crea al Mundo, sino quien da inicio al mundo ordenado que surge tras sus palabras en forma de colina primigenia sobre la que puede ya alzarse el sol9. Ese es el mundo ordenado, la Maat, un concepto mucho más abstracto que el de la primera filosofía griega. Ptah, parodiando a Orígenes, es el Padre, pero no es Padre. Padre es la Nada. El Dios Cosmogónico, la manifestación de Dios en el Mundo tiene más que ver con nuestra concepción de Creación continua que con el Demiurgo.
El demiurgo, Ptah, el Dios Padre Creador, mejor sería decir “Padre Originador”, no sólo es palabra, sino, primordialmente (únicamente, dirá el Shuk-Ul) conciencia-voluntad. Y, como vemos, conciencia, voluntad y palabra sirven para representar igualmente al Dios Creación (Ptah), al Dios Ordenador o Linealidad (Maat) y, también, al Dios Intermundo: la pura y libre voluntad expresada en un acto incondicionado, incausado y, en ese sentido, causa de sí.
- En MSE los actos no son tales, sino “sucesos de ser”. En el Intermundo, Dios es un acto sin suceso y sin ser.
Dios es esencialmente ignoto no por carecer de ser y existencia, sino por ser un acto, es decir, depende de sí mismo, de su incondicionada voluntad que ni siquiera proviene de la Nada. No podemos conocer aquello que depende del puro capricho divino. Y Dios es, es este sentido, un puro, imprevisible, inconcebible capricho. No “es el que es”… un ser existente o, si se quiere, el supremo ser existente que habita en el Mundo Denso. Dios es “el que actúa”10. El acto de Dios, por tanto, no es un suceso ni deviene en suceso, como tampoco es un ente que (sólo) actúa sin estar sometido a la imperfección (al sin orden) de la existencia. Ni su acto se constituye en ser.
- Lo ignoto no es misterioso.
En el proceso de confusión de niveles con el que se construyen las cosmologías antiguas, el agua representada por el océano primigenio, Nun o Apsu, pasa de ser ese medio en el que florece sin más la vida a convertirse en imagen del medio en el que surgió el mundo. La biogénesis sirve también de modelo a la cosmogénesis.
Los dioses contaron a los antiguos cómo surgió la vida en el agua del mar, que era un medio indiferenciado, silente, inerte en todos los aspectos, menos en uno (desconocido y que luego servirá para construir sobre él la cosmogénesis divinizada). Más tarde, sobre esa vida brotó espontáneamente la conciencia, que se constituyó en el principio creador-ordenador del mundo, el demiurgo.
La vida inconsciente, automática, inevitable, viene comúnmente representada por el mundo vegetal, que se alimenta directamente de la física inerte, de ese océano primigenio indiferenciado. De una flor de loto que flota en las aguas germinales nace Nefertum, el hijo de Ptah, el padre demiurgo creador. Del ombligo de Narayana, que flota en las aguas primordiales (el Vishnú durmiente, silente, indiferenciado al igual que esas mismas aguas), nace una flor de loto. De hecho Narayana puede significar tanto hombre eterno (incesante, infinito…) como aguas eternas. De esa flor de loto nace Brahma, el creador11.
Resulta curioso que estas cosmogonías basadas en la biogénesis contada por los dioses acepten las fases iniciales del agua y el comienzo (unicelular) vegetal de la vida pero, luego, ignoren todo el proceso evolutivo hasta los animales y, finalmente, el hombre consciente. Desde la vida vegetal surge directamente el dios que, luego, por su simple voluntad y palabra (el orden racional lineal), es decir, por un proceso puramente intelectual (algo inédito y desconcertante en las mitologías antiguas) crea a los animales, incluido el propio hombre.
Hay algo que se incrusta en esta historia natural de la evolución de la vida. En el océano primigenio terrestre quien trae la semilla de la vida, de esa vida que luego brota y se desarrolla automáticamente, son los dioses. O, como quiera que no está claro que existan aún los dioses con voluntad y conciencia, es decir, con personalidad individual, esa vida que llegó del espacio exterior (escondida en meteoritos, como apunta nuestra actual mitología científica) debió ser enviada por una deidad cuya posterior conciencia actuaba de alguna manera hacia atrás en el tiempo. Esa plantación extraterrestre de las semillas de la vida en el océano primigenio (inerte) de la Tierra, era una obra divina, pero sin dioses personalizados. De alguna manera, Nun, el océano primigenio donde surge la vida, era ya Ptah, el demiurgo. Y esa “de alguna manera”, difícilmente comprensible para la mentalidad realista antigua, ese venir la semilla de la vida desde el cielo, termina convirtiéndose en el misterio de la contradicción en el que se basa la cosmogénesis divinizada.
El océano primigenio de la biogénesis, se traslada por analogía hasta el estado inicial o germinal de la cosmogénesis. La vida surge de un océano inerte… y el mundo inerte surge de un estado inerte anterior al propio mundo, un océano primigenio indiferenciado, quieto, silente, que sólo se distingue de la nada en un aspecto. Y ese aspecto que lo distingue de la nada es lo que diferencia a las dos grandes perspectivas cosmogónicas: la naumori (divinizada) y la shukultiana (realista).
Un estado absolutamente inerte e indiferenciado rompe su quietud y genera la vida (en el caso de la biogénesis) porque esa semilla viene del cielo, bien directamente en forma de pre-vida (proteínas complejas, aminoácidos…) o porque la luz del sol y el calor terrestre crean unas condiciones que permiten el paso de la química (en la que los elementos necesarios de la vida se encuentra presentes) hasta la bioquímica12. Pero en el caso de la cosmogénesis no tenemos un cielo del que pueda venir la semilla del mundo o la energía que desata en el estado inerte unas condiciones de protomundo que, luego, evolucionan ya por sí mismas hasta el mundo en el que el dios demiurgo crea el orden mediante lo que nosotros lo creamos: la razón lineal (un puro delirio, una locura, una absoluta aunque eficaz y adaptada irrealidad). Para romper la quietud del océano primigenio del que surge el mundo debemos echar mano de algo que se encuentre en ese mismo océano, porque fuera no hay nada (ni siquiera hay Nada).
Las cosmogénesis divinizadas dirán que lo que diferencia a la nada de ese estado protomundo idéntico a ella es Dios o, mejor dicho, la divinidad impersonal, es decir, completamente abstracta. La respuesta de la perspectiva realista es que lo que rompe el equilibrio inerte e indiferenciado de ese estado para que deje de ser nada no es la divinidad sino, precisamente, nada. En un caso hay un motor activo, algo diferenciado, extraño y, por tanto, contradictorio con ese estado-quietud, lo que rompe la quietud de lo indiferenciado. En el otro, es algo negativo lo que hace surgir al mundo, a lo diferenciado. Es la misma naturaleza inestable de la nada, de la indiferenciación, la que lleva a crear diferenciación. Es una imposibilidad, un desequilibrio esencial, una imperfección.
La contradicción es la base sobre la que se sustenta la cosmogénesis divinizada, que requiere de la aceptación del misterio, es decir, de la simple aceptación de esa contradicción, como respuesta a la pregunta no resuelta por la contradicción. La fe, esencia de la divinización… ¡y de la abstracción!, rellena ese vacío del mismo modo que para los realistas antiguos rellenó el vacío de la germinación de la vida terrestre desde el exterior, desde un cielo divino pero aún sin dioses.
La coherencia sacrílega es, por el contrario, la base sobre la que se edifica la perspectiva cosmogónica del realismo shukultiano. Para que ese estado sea realmente tal estado de indiferenciación y, por tanto, de indistinción con la nada, esa nada debe no existir13. Y para que no existiendo sea tal “no-existiendo” (es decir, sea verdadera Nada), debe existir el mundo. Sólo si existe algo, puede no existir nada. Y sólo si la nada no existe puede ser tal Nada.
El problema para la perspectiva divinizadora es que la analogía entre proceso de biogénesis, donde coexisten procesos automáticos, naturales, con otros guiados por los dioses o por la razón humana, por nuestro delirio (de causalidad) lineal, y la cosmogénesis, donde no hay nada exterior de donde pueda provenir algo real (aunque desconocido, es decir, ignoto), es que no son equiparables.
Lo misterioso, es decir, la traslación de ese proceso inductor de la vida en el océano de la Tierra hasta la inducción del mundo a partir del abismo acuoso de la nada, no es sinónimo de ignoto. Para la concepción divina, lo ignoto de la inducción de la vida, trasladado a la inducción del mundo, se convierte en misterioso, en pura contradicción, cuando literalmente entendemos que en ese estado inerte de la nada había algo distinto a la naturaleza de esa nada: la potencia de ser.
Lo misterioso es el ámbito de la religiosidad. Y la religión versa siempre sobre lo misterioso y sus productos, es decir, las ideas (y sentimientos) de lo inalcanzable. La fe aletea incluso en los postulados de la ciencia, que se sustentan en el misterio de la creación de las leyes naturales, porque no habiendo nada previo al mundo, ese mundo no puede explicar la creación de las leyes que lo gobiernan.
Fe para incardinar la contradicción última de toda divinización en forma de misterio en un relato coherente de cosmovisión. La fe para permitir a la contradicción transformada en misterio, es decir, divinizada, incorporarse a un discurso racional, lineal, que mantenga la perfección de Dios impoluta.
Así definida la religiosidad, la concepción shukultiana se constituye en una teología y mística sin religiosidad o, al menos, con religiosidad mínima, donde lo único realmente misterioso es cómo podemos tener noticia de lo ignoto. Pero incluso ese misterio no es tal, pues remite directamente al mismo concepto de ignoto. Podemos conocer que hay algo ignoto gracias a la decisión de Dios. La Gracia divina es misteriosa no porque tenga una naturaleza inalcanzable sino porque no tiene naturaleza pues depende de la impredecible voluntad de Dios. Lo que es un misterio no es Dios y sus actos, sino el modo en que la Gracia divina nos muestra lo ignoto en nuestro propio inicio como suceso. Ese tener noticia de Dios es un aspecto más de nuestra conciencia, de nuestro suceso individual. La religiosidad shukultiana se centra en ese misterio: el de la conciencia como expresión del alma y, esta, como el mínimo ser de nuestro existir14.
Dios Amor
Dios es sólo Dios. No necesita ser nada más.
Ni siquiera cuando hablamos del amor divino, que supera todas las limitaciones racionales que le imponemos, derivadas de nuestra concepción de perfección, podemos asimilarlo completa y directamente con la idea de bien o bondad que poseemos.
Dios convierte la historia del Universo en evolución del Universo no porque así lo decida ni porque establezca, ni siquiera retrospectivamente, un objetivo al que dirigirse, ni porque inserte en el Mundo una programación en forma de leyes que orientan los acontecimiento en un determinado sentido.
El Plan Divino es Dios. Pero ese plan no responde a algo prefigurado e inamovible, como sería si fuese perfecto (la perfección sólo permite un plan, un mundo y un devenir: el perfecto). Dios no está determinado ni condicionado ni siquiera por sí mismo. El Plan Divino se corresponde con el mismo Dios, y Dios se corresponde con su actuar. Un actuar absolutamente libre. Dios no tiene porqué tomar la mejor alternativa, entre otras razones porque el único criterio para valorar lo mejor es él mismo, su libre actuar y no un decálogo de perfección al que debe someterse. El plan de Dios es su absoluto capricho.
- La ortogonalidad sólo puede sustentarse en la libertad absoluta de Dios.
En una concepción geométrica, la ortogonalidad del Universo resulta incompatible con la evolución del mismo. Los mundos no se suceden unos a otros, ni tienen zonas de transición en una especie de secuencia evolutiva, sea esta lineal, circular, tridimensional o de cualquier otra forma. Pero si aceptamos una concepción dinámica de la ortogonalidad, basada no en un orden que establece cómo deben relacionarse los mundos sino en una voluntad libre, impredecible, pues, los mundos se parecen mucho a las fases que propone la ciencia en la evolución del universo. Unas fases que representan estados completamente distintos los unos a los otros, regidos por condiciones incompatibles.
En mito del Big Bang, las leyes que regían la singularidad primigenia, anterior a la época de Planck, no podrían regir nuestro universo actual, y viceversa. Es por ello que en esa fase anterior, la singularidad primigenia, pudieron darse condiciones físicas absolutamente imposibles en nuestro universo, las cuales condiciones son, misteriosamente, la causa de esta fase de universo en la que vivimos.
El Dios Ignoto, al asentar la ortogonalidad en su absoluta libertad y, por tanto, en la absoluta indeterminación a la que nos referimos como “sin naturaleza”, presenta muchos aspectos de lo que sea esa ortogonalidad. Entre otros, el de la teleología.
El Dios perfecto está ilimitado por su propia naturaleza, y alcanza desde el primer instante la única forma posible de perfección: Él mismo. Todo está acabadamente explicado, aunque no podamos conocerlo. No hay ninguna pregunta posterior a Dios, pues eso implicaría que su perfección no estuviese, estáticamente, acabada y, por tanto, desde este punto de vista, no fuera tal “perfección”. Todas las preguntas, todas las situaciones y problemas tienen una respuesta ya programada en la perfección divina. Dios no puede actuar de forma diferente a lo que determina ese programa de perfección, pues caería en la imperfección.
Pero la concepción shukultiana, con su concepto “dinámico” de perfección del que se sigue un aspecto evolutivo de la ortogonalidad que podemos entender teleológicamente, plantea un problema importante. Dado que, como dijimos más arriba, pues no puede existir la Nada, debe existir el Mundo para que la Nada sea tal Nada. Y esa imperfección de que la única forma de ser no sea la del Ser sino la de la Nada es la fuerza original que inició y sigue manteniendo la creación del suceder. “Tras el Mundo Denso (que seguirá al nuestro) puede darse una forma de ser que no sea el ser de la Nada”. En la evolución del universo ortogonal, ¿surge Dios, como el ser del Ser, tras el Mundo Denso de los seres existentes?
Si los dioses, los verdaderos dioses, y no los avanzados habitantes de otros planetas de nuestro mundo de sucesos, provienen del Mundo Denso, de nuestro futuro y, por tanto, de un verdadero Más Allá que literalmente no existe en nuestro “hoy”, su existencia adquiere, por primera vez, un sentido trascendente al enfrentarse a esta pregunta.
El verdadero mundo místico para los dioses, entendidos como los seres existentes del Mundo Denso, no es, evidentemente, ese mundo en el que viven. El Mundo Denso, Nunma, es el objeto de la mística de los habitantes más avanzados de nuestro Mundo Puntual, entre ellos, los inhiek. Una mística extraterrestre que nosotros, aún cuando creemos comprender, convertimos en mitología con aspecto místico.
Los dioses, los seres del Mundo Denso, se enfrentan a sus límites (eso es la mística) cuando se enfrentan a la pregunta de ¿a dónde va Dios; qué busca Dios, renunciado a su perfección? La mística de los dioses mira más allá de su mundo, tratando de comprender, aunque no conocer, lo ignoto. Cuál es el sentido del universo equivale a preguntarse por “la intención divina”.
Pero hemos dicho que esa intención es ignota y, por tanto, que no existe como algo fijo o prefigurado en la voluntad de Dios. No hay un plan prefigurado. No hay una intención divina, sino una conciencia-voluntad absolutamente libre.
El destino del Universo está guiado por una decisión divina: la de que no haya destino prefigurado, ni objetivo “personal” de Dios, pues no tiene deseos que quiere ver cumplidos.
Desde un punto de vista shukultiano, ni siquiera Dios sabe a dónde se dirige el mundo como evolución ortogonal. Si esta evolución fuera lineal, sólo Dios podría conocer hacia dónde se dirige el mundo, pero para todas las demás criaturas, ese destino sería un misterio.
Así pues, la teleología como expresión del aspecto evolutivo del universo ortogonal no se refiere a una intencionalidad divina tal y como la concebimos desde nuestra linealidad: un deseo que busca cumplirse y, para ello, traza un plan. Esa teleología expresa la sin naturaleza de Dios y, por tanto, que su actuar es inmanente. ¿Qué quiere decir esto? Que Dios no sabe hacia donde se dirige el mundo pero sí sabe lo que ya ha decidido o actuado. El destino del mundo, desde una concepción evolutiva ortogonal, no tiene un carácter de temporalidad lineal, secuencial. Dios ya ha “actuado” (actualizado) el destino del Universo, aunque ese destino se nos muestre a nosotros como una secuencia temporal que debe cumplirse: “Aún no ha sucedido lo que Dios tiene decidido”, lo cual es un absurdo ortogonal, pero tiene perfecto sentido lineal.
Es más, ni siquiera concibiendo la evolución ortogonal desde un punto de vista puntual podemos entender que Dios, en un solo instante, ha decidido y actuado el destino del Universo, que se encuentra, así, contenido en la unidimensionalidad sin pasado ni futuro del espaciotiempo puntual.
La mística de los seres del Mundo Denso versa sobre la intención ignota de Dios, sobre su acto con relación al destino del Universo. Es esa incógnita del GRÁFICO 6.
Nosotros no podemos mirar más allá del Mundo Denso, porque ese Mundo Denso es a donde miramos místicamente. Pero sí podemos mirar “hacia atrás” en la evolución ortogonal del universo.
La manifestación de Dios que nosotros tomamos por Dios es voluntad con imposibilidad (libremente aceptada) de intervenir en el Mundo. Una extraña mezcla de conceptos para nuestra lógica sinonímica. Para la teología shukultiana tener voluntad es incompatible con la perfección y, por tanto, una vez creado el Mundo, implica aceptar no intervenir en él para no destruirlo y, así, encaminarse a una “perfección” dinámica que, entre otros aspectos, podemos representar como amor.
El mundo (la existencia) se inicia desde la Nada por una anticausa provocada por el ser de la Nada. Por tanto, al principio no había nada y, para que esto fuera así, la nada debía ser tal Nada. Pero para que la nada fuera Nada debía existir el mundo (este es el “rebote” de la anticausa) a fin de que la nada no existiera como tal Nada.
El suceso Mundo (de los sucesos) se inicia por una anticausa, sin necesidad de ningún dios, ninguna ley, ningún protohecho. Una vez iniciado el Mundo, Dios surge como Intermundo de esos dos mundos, Nada y Mundo Puntual. Y en ese primer suceso de la Creación, Dios Intermundo, conciencia y voluntad, puede hacer dos cosas: o devenir en su propia perfección hacia su Ser Absoluto, con lo que el mundo de la existencia desaparecerá como tal y quedará subsumido, sin su imperfección, en la perfección divina, o mantener la llama de la creación para que el mundo siga existiendo a costa de renunciar a su perfección, a su Ser Absoluto. El Dios shukultiano decide esto último. Pero el Dios naumori decide alcanzar su ser absoluto. Si Dios alcanza su ser absoluto, o bien el mundo de la existencia desaparece al extinguirse como residuo de la actualización de la potencia de ser y la “desaparición” de la nada, o bien se mantiene sostenido por Dios, que sería el motor de la existencia en sustitución de la Nada, a través del orden natural, reflejo de la perfección divina. Pero si Dios impide la extinción del mundo, también impide la de la imperfección y mal que lo acompaña como residuo de la nada y, en ese caso, Dios pasaría a ser la causa de la imperfección y el mal del mundo.
Una vez iniciado el mundo, el Dios Acto, permite, pues es Intermundo (como vimos en el GRÁFICO 3) el mantenimiento de la anticausa impidiendo, así, que se consume el Ser Absoluto), es decir, su propia perfección. La indiferenciación “vacía” (unidad “0”) del ser de la Nada no se transforma en indiferenciación “llena” (unidad “1”) del ser de Dios. Si nadie hace nada, dado que esas dos indiferenciaciones se distinguen solo por el signo de su unidad y, por tanto, son indistinguibles de forma absoluta, (1=0), la Nada devendrá en Ser Absoluto donde ella, a su vez, derivará en nada absoluta. Sólo será Dios. Y el mundo existirá como una pesadilla que se va agotando a sí misma hasta desaparecer por completo.
Dios Acto es el Padre, pero no padre. Dios Acto es Ptah, conciencia-voluntad que crea no al Universo sino al Universo Ortogonal, mediante una causa verdadera que impide, una vez desencadenada la Creación, que esta derive automáticamente en Ser Absoluto y residuo temporal, el Mundo. Y esa causa verdadera es su acto, su conciencia-voluntad. Dios Creador del Universo Ortogonal no es verdadero creador de ese universo, pues entonces sería padre, sino “permitidor” de ese universo. No es el que establece con su palabra un orden lineal sobre el que cristaliza el mundo. Ptah establece con su conciencia-voluntad el orden “acto”, la absoluta libertad como relación de mundos incompatibles. Es el orden del universo ortogonal lo que Ptah establece en su no naturaleza, en su conciencia-voluntad absolutamente libre. Las palabras mediante las que se crean y se rigen los mundos forman parte de esos mundos, originados, como el mismo Dios, en la Creación desde la nada. Padre es, por tanto, la Nada, Nun. Dios es “el Padre”, Ptah, el Intermundo.
Debe pues, Dios, surgido en el mismo “instante” de la Creación, “convertirse en acto”, absolutamente libre e incondicionado y, entonces, decidir que anula esa diferencia entre nada y potencia de ser, que lleva necesariamente desde la desaparición de la una hasta la aparición del Ser Absoluto. Anulando la perfección (la diferenciación entre nada y potencia de ser) impide el Ser Absoluto y el mundo continúa creándose desde la Nada.
Dios mantiene la creación del Universo al constituirse en Acto, es decir, en relación ortogonal de los mundos entendida como evolución. Pero no interviene ni prefigura el orden de cada uno de los mundos, ni tampoco el tránsito ortogonal de uno a otro, pues esa evolución no está prefigurada ni dirigida por el Intermundo (por Dios) sino sólo permitida. Pero, si Dios solo permite y no prefigura la relación entre mundos, y estos son incompatibles los unos con los otros, de modo que en sus naturalezas no está escrita la forma de evolucionar hasta el siguiente, cómo se produce la evolución ortogonal. El “permitir” sin causar de Dios encierra una intención, una voluntad y, en ese sentido, un objetivo implícito pero no condicionante de su actuar. Porque, como hemos visto, la intención de Dios es simultánea a su acto. Dios no va permitiendo que, tal y como planeó, los mundos se sucedan los unos a los otros. El Plan de Dios es indistinguible de su acto, pues de otro modo se convertiría en condicionante de su voluntad, por lo que dejaría de ser libre y caería inmediatamente en el Ser Absoluto. Su plan, disociado de su acto, sería perfecto.
La evolución de la Nada lleva al Mundo Puntual, y la evolución de este lleva al Mundo Denso porque Dios permite ese transito sin determinarlo ni alterarlo, gracias a que su decisión y su acto son una misma cosa. Dios es conciencia-voluntad y no conciencia y voluntad. Si difiriera la conciencia de la voluntad sería posible distinguir la decisión (el plan) del acto y, entonces, se daría una evolución lineal.
- Dios Intermundo, que es posterior a la Nada, es causa inversa de la Creación.
La causalidad lineal, basada en una secuencia de sinónimos que establece un sentido único e irreversible de temporalidad, es el modelo causal más simple, pero no el único. En un mundo puntual, donde sólo existe un instante difuso, únicamente podemos construir un delirio de multidimensionalidad con la secuencia lineal. El tiempo pasa hacia delante porque tenemos memoria con la que fabricamos un pasado que, con relación al instante convertido en presente, proyecta un tiempo futuro. Esa secuencia del pasado al presente la convertimos en causal cuando vemos que los hechos se repiten de la misma forma. El presente, otra entelequia lineal, es el encargado de certificar que el tiempo discurre hacia delante, del pasado al futuro.
Siempre llegamos tarde. El instante vital ha pasado cuando intentamos atraparlo en el presente. Apenas he escrito esto, y ya no está. Cuando quiero pensar lo que acabo de escribir, ya ha pasado. El propio desfase lo traducimos como “presente”, y en él confirmamos el pasado y proyectamos el futuro. La “evidencia” de la secuencia temporal pivota sobre el presente, que es la traducción lineal del instante desfasado en el que vivimos. Una traducción tan literal del desfase y la ambigüedad que nos parece absolutamente incuestionable. Vivimos pues, en nuestro delirio, en el mismo desfase puntual, el presente, tomado como instante vital que no es instantáneo. El reino del sujeto lineal, ese simulacro de conciencia reflexiva, pensante, es el presente, un tiempo irreal.
Desde una perspectiva de temporalidad lineal, la causalidad sólo puede tener un sentido, del pasado al futuro (o al presente) y una sola dirección, la marcada por esa secuencia lineal. No hay posibilidad de una causalidad hacia atrás ni, mucho menos, de una causalidad transversal. Todas las posibles evidencias o, al menos, sospechas de una causalidad distinta son traducidas a términos lineales. Así, los ejemplos que podemos proponer para hacernos una idea de qué pueda ser otro tipo de causalidad, los traducimos a causalidad lineal. De hecho, el mismo nombre que hemos asignado a una de esas causalidades, “inversa”, lo hemos dado en referencia a la causalidad “normal” de atrás hacia delante. Pero la causa inversa no es una causalidad lineal aberrante, que camina hacia atrás, sino un aspecto de una causalidad no lineal. Hacemos mal llamándola “inversa” porque nos induce a error. Pero es la forma más sencilla de expresar ese aspecto15.
Una vez entendido que la causalidad inversa no es una simple causalidad lineal negativa o invertida, podemos entender el planteamiento shukultiano sin que nos entorpezcan a cada momento los reproches lineales.
Dios Intermundo nace al unísono de la Creación porque en ese mismo instante es necesario un medio que relacione a D0, la Nada, con D1, el Mundo Puntual del suceder.
Dios Intermundo, como vimos en el GRÁFICO 3, al relacionar de forma asimétrica no sólo al Mundo Nada con el Puntual, sino al Puntual con el Mundo Nada, permite que los sucesos que “mueren” en el Mundo Puntual no vayan a la nada ausencia absoluta sino que, alimentando la anticausa, regresen al Mundo Nada como “no existencia”. Este es el sentido de la causa inversa de Dios sobre la creación. No es que en un espaciotiempo lineal se vaya del efecto a la causa invirtiendo los términos, sino que la ortogonalidad del universo establece relaciones asimétricas entre los mundos. Y para describir esas relaciones asimétricas debemos utilizar figuras lineales paradójicas.
La anticausa, identificada con el desequilibrio esencial de la Nada, es alimentada “posteriormente” por la causa inversa en la que, como una anomalía o distorsión, se manifiesta la relacionabilidad ortogonal del Intermundo. Dios se manifiesta como una absoluta anomalía (eso es un acto puro para cualquier mundo), y esa anomalía mantiene “desequilibrada” a la Nada para que no pueda ser el Ser Absoluto. La Nada no deviene en Ser Absoluto, sino que continúa creando existencia.
Dios surge con la Creación y “decide” amar, es decir, no consumar su perfección para que de ese modo pueda devenir el Mundo. El resultado de ese desequilibrio esencial es el ser de la Nada y, su consecuencia, el Mundo de los sucesos, la Existencia. Pero es la voluntad de Dios-Intermundo la que por amor, es decir, por sí misma sin estar condicionada por nada, impide que la nada pueda existir como tal Nada (como ausencia absoluta) y que, por tanto, el Ser Absoluto pueda ser, y el mundo pueda devenir como un residuo temporal de la Creación16.
Dios Acto no interviene para nada en ese desequilibrio esencial expresado como anticausa. No es el motor inmóvil de la Creación. No es padre. Pero, como el Padre del universo ortogonal, convierte la creación en algo continuo y no en un único suceso, convertido a su vez, por ser único, en acto. La Creación no es el único acto naumori consistente en determinar el orden perfecto de Dios que, una vez creado ya no necesita (ni puede) modificarse, sino que Dios es el único acto precisamente porque mantiene la llama creación (para que ella no sea acto) e impide la perfección para poder ser libre y, por tanto, acto.
La Creación, propiamente, es la del Mundo Nada. La otra creación, la del Mundo Puntual a partir del Mundo Nada es un tránsito, una evolución ortogonal que viene posibilitado y sostenido por Dios Acto. La Creación (del Mundo Nada) no necesita a Dios. La del Mundo Puntual sí, aunque podría ser un Dios Acto o un Dios perfecto que se constituye en Ser Absoluto. La creación constante de Mundo Puntual desde la Nada requiere que ese Dios que surge con la Creación, sea un Dios Acto. Porque sólo así el Mundo nada puede persistir.
Dios surge (no despierta, porque no existía antes) en el instante de la Creación, de la misma anticausa que la Nada, de la cual surge el Mundo, y se constituye en el Creador en la medida en que (por causa inversa) relaciona a la Nada y al Mundo y al Mundo con la Nada. Pero no hay una posterioridad lineal, sino que todo sucede simultáneamente: la creación de Dios, del Mundo Puntual y la causa inversa de la relación entre el Mundo Puntual y la Nada.
- Dios se revela contra su destino y sabotea la secuencia lógica de la perfección.
Lo que viaja “hacia atrás” no es el desequilibrio que provoca la Creación de la Nada, sino la absoluta distorsión que permite Dios Intermundo en la Nada por la proximidad del Mundo Puntual. Esa distorsión en el Mundo Nada es lo que permite que la nada sea tal Nada. Así es como la distorsión de la existencia llevada por Dios constituye al ser de la Nada. Una causa inversa no es una simple causalidad lineal con sentido negativo. Pero, entonces, ¿qué es ese desequilibrio esencial de la nada-ausencia absoluta en el que se inicia todo?
El desequilibrio esencial afecta a la propia nada ausencia absoluta como tal. Si no fuera ausencia absoluta sola, sino ausencia absoluta frente a la potencia de ser, se evitaría la espontánea anticausa. Pero, en ese caso, la Creación no sería la del Mundo Nada sino directamente la del Mundo Puntual, que no sería tal, sino un mundo de seres existentes. La Creación “único momento” dejaría paso directamente (tras el instante inconmensurable, sin tiempo ni espacio, de la singularidad divina) a un mundo de seres existentes como residuo de esa creación activa. Un residuo que se iría esfumando con el paso del tiempo, para ser precisos, cuyo extinguirse constituye al propio tiempo (y espacio) “temporal”, en el sentido de limitado, finito y mutable.
La versión shukultiana es, propiamente la del ser de la Nada. Pero este ser de la Nada no puede constituirse si no hay una Mundo Nada. Y el Mundo Nada no puede darse si no hay un Mundo Existencia (Puntual). Y esos mundos no pueden darse si no hay un Intermundo, Dios, que logra relacionarlos ortogonalmente.
Este esquema es, desde una perspectiva shukultiana, muy sólido. Pero ¿Por qué razón positiva, naumori o sinonímica, la nada ausencia absoluta es esencialmente desequilibrada y, por tanto, produce de forma espontánea una anticausa?
Hasta ahora hemos dado una razón negativa, una razón del tipo “las cosas no pueden haber ocurrido de otra manera” y no “las cosas debían ocurrir así”. Hemos dado una antirazón. Pero es que esa antirazón forma parte de la misma concepción shukultiana que establece una anticausa y no una causa para el Mundo, para la existencia. No necesitamos dar una razón positiva porque el planteamiento axiomático del que partimos “negativo”. Si el estado inicial del que partimos es esencialmente estable, necesitamos que algo lo inestabilice para que se produzca diferenciación y movimiento. Si el estado inicial lo consideramos (tenemos las misma razones que lo contrario) como esencialmente inestable, no necesitamos ninguna cosa que lo inestabilice sino, en todo caso, la necesitaríamos para sujetar su inestabilidad y evitar que esta deviniera en diferenciación y movimiento. Por definición, la causa positiva la requiere el planteamiento naumori esencialmente estable. Pero podemos tratar de dar una versión positiva del origen negativo (esencialmente desequilibrado e inestable) de la Creación.
La nada, en cuanto tal, requiere, al menos, ser tal “nada”. Porque, si no lo es, entonces ya es algo. Y precisamente para preservar a la nada, es decir, para evitar una causa que nos lleve ante el mismo problema sólo que en un paso anterior, es por lo que la nada debe ser.
- No hay necesidad de que sea el Ser, pero sí de que sea la nada.
Y para ser la nada tal “nada”, debe evitar existir, por que si existe, ya no es nada. Esta sencilla razón positiva tiene tal coherencia lineal que, provoca un rechazo inicial desconcertado. Es tan sorprendente la lógica shukultiana cuando se traduce literalmente a términos sinonímicos que produce un desconcierto total. ¿Cómo es posible que no haya necesidad de que el ser sea?
La razón es muy sencilla. El ser necesita ser, pero no hay necesidad de ser. Sólo hay necesidad de nada. Si el ser no es, es la nada. Pero, si la nada no es, ¿qué es?
Desde la simplista lógica sinonímica que establece una igualdad entre nada y no ser y ser y ser, la cuestión no tiene sentido17. Una vez definida esa sinonimia, no sólo el ser tiene necesidad de ser, sino que hay necesidad de ser. Pero desde la perspectiva shukultiana, deberíamos concluir que lo único no necesario es lo no necesario, la no necesidad, la nada.
- El Mundo no es creado por Dios.
Dios se niega a crear al Mundo y permite que el mundo surja de la Nada. Hay, pues, un instante en el que Dios puede decidir. Pero ese instante no implica que Dios es antes de ser acto y decidir. Si Dios fuera un ser, en cualquier momento, quedaría atrapado en su perfección. El mismo instante en el que Dios decide, se convierte en acto. Su decisión, por tanto, no parte de una disyuntiva anterior, pues esta lo limitaría, sino de su libre conciencia-voluntad. Por el mero hecho de decidir, Dios decide ser acto. Y, siendo acto, renuncia a crear al mundo.
El único ser que hay en el momento en que Dios se constituye en acto es el de la Nada. Pero la conciencia-voluntad, el acto divino, no se produce en el ser de la Nada sino en el Intermundo, convirtiendo así a la nada en Mundo Nada a partir del cual surge el Mundo Puntual o Mundo Existencia.
Lo que lógicamente debía ocurrir, al menos desde la perspectiva lineal, viene saboteado por el propio Dios que, por eso mismo, se constituye en Dios y no en esclavo de la Perfección del Ser Absoluto. Dios deja de ser un actor secundario y se convierte en único y, por tanto, principal actor.
- Dios es sólo dios.
En la cosmogénesis naumori, la potencia de ser se actualiza en Ser Absoluto que deviene necesariamente en perfecto y, de esa perfección se sigue que debe ser Dios. El Dios naumori es, si se piensa coherentemente, una consecuencia de la perfección del Ser Absoluto. Primero fue el Ser Absoluto, el Padre de la santísima Trinidad. Luego la Perfección, el Espíritu Santo. Y, por último, Dios, el Hijo.
En la cosmogénesis shukultiana, el Hijo de la Nada, Dios, se revela contra ese “Plan siniestro” de la Perfección y se erige en Dios. En único Dios y sólo en Dios. Absolutamente libre y, en esa medida, poderoso. Tan poderoso que, no siendo perfecto, puede crear no un mundo sino un Universo de mundos incompatibles.
Pero aún nos queda otra sorpresa. El siguiente paso tras la anticausa no es el Intermundo, un acto, Dios, que permite al ser de la Nada convertirse en Mundo mediante la Creación del Mundo Existencia. [DISCURSO DE LAURA] Ese siguiente paso tras la anticausa no es un primer suceso, sino un acto. Por tanto, una causa verdadera. Pero esa causa verdadera sólo puede ser causa de sí, no del Mundo. La causa del Mundo es la Nada. La causa del Universo ortogonal es Dios. Por tanto, Dios no es causa trascendente sino inmanente del Universo.
- La causa inversa transforma una causa en anticausa.
Se puede empujar o tirar de algo. Si lo pensamos bien, todo suceso encuentra explicación en el resultado. Por tanto, de alguna manera, el efecto afecta a la causa. Y es así porque vivimos en un mundo puntual, esencialmente desfasado. Describimos el desfase en términos de función-variable, y estos términos nos hablan también de causa inversa. Lo que sucede (de hecho) está en función de sí mismo, de los propios términos en los que sucede. Pero lo que explica porqué ha sucedido así es la posterior variable en la que se constituye esta función. Ha sucedido así porque (a causa de que) casualmente sucedió así. El hecho consumado se convierte en causa de sí mismo posteriormente, lo que implica, si queremos mantener una explicación causal, que lo que ocurrió fue una anticausa y no una causa convencional.
La variable de un suceso “regresa al pasado” para transformar la causa de ese suceso (la nada, la casualidad, la causalidad espontánea) en anticausa. Pero recordemos que la anticausa (como la causa inversa) no es más que una terminología lineal con la que referirnos a cosas no lineales. Lo que expresa realmente un aspecto no lineal es el desfase esencial de nuestro espaciotiempo puntual, descrito como función-variable, o con cualquier otra imagen.
Un ejemplo aún más claro de causa inversa es el problema del horizonte. Nosotros somos el futuro de acontecimientos ocurridos a millones de años de distancia (espacial y temporal). Pero esos acontecimientos no están en nuestro pasado porque todavía no nos han afectado. Nuestra historia, lo que nos ha traído hasta aquí, no los contiene. Ellos no nos han causado en el estricto sentido lineal. Así pues, deben ser una anticausa creada por una causa inversa. En cualquier caso, la secuencia causal se rompe y el problema de la causalidad debe reformularse desde perspectivas no lineales para poder explicar este fenómeno, al igual que ocurre con la hiperinflación. Si algo tira del mundo en lugar de empujarlo, quiere decir que la secuencia causal “de atrás hacia delante” (del pasado al presente o futuro) o no funciona o lo hace a la inversa. Y este tirar en lugar de empujar es una de las mejores imágenes para entender no lo que sea la causa inversa en nuestro mundo puntual, en el que la única causalidad que realmente existe es la casualidad, sino para entender la causa inversa en el escenario del Universo ortogonal de mundos incompatibles y, especialmente, en la Creación.
Teleología. No tendría sentido Dios, al menos este Dios Intermundo, sin la causa inversa y, pues es pura voluntad, sólo acto, desde nuestro mundo puntual únicamente podemos atribuirle “intención” como fuerza tractora del Universo. Y esa tracción, esa teleología, es el pegamento de los mundos incompatibles.
Esta idea de causa inversa representada con la figura de la “tracción” consigue evocar el concepto de simultaneidad entre conciencia-voluntad e intención divinas, de manera que podemos comprender mejor cómo la decisión de Dios, sus planes de evolución ortogonal, no lo condicionan. La intención divina, como planes de evolución ortogonal, tira del Universo, pero no lo empuja. Ni tampoco empuja a Dios, a su libertad absoluta.
Una representación de esto la tenemos en la selección artificial de las especies y, más claramente aún, en la ingeniería genética. Cuando seleccionamos un animal estamos influyendo mediante una causa inversa en sus ancestros. No podemos variar el pasado en cuanto causa, no podemos hacer que la herencia que un padre trasmitió a su hijo sea diferente, pero podemos variar el pasado mediante una causa inversa que viaja del futuro al pasado (en nuestro mundo D1, donde no existe pasado ni futuro ni presente, deberíamos hablar de desfase) y convierte a ese padre en un no-padre porque sus hijos no tendrán descendencia. Podemos “matar” el pasado y hacer que sea (anti)causa de nada (de extinción) lo que fue causa de hijos18. La extinción de las especies no se produce o causa al inicio de estas, sino posteriormente. Su destino no condiciona las decisiones, pero tira de toda la cadena causal. Son los acontecimientos posteriores los que causan su extinción “actuando inversamente” sobre el pasado, sobre su material genético que, no obstante, no se altera, pues, si lo hiciera, deberíamos hablar no de una causa inversa sino de una causa que literalmente ha viajado al pasado para actuar allí no de forma inversa sino directa.
Así pues, Dios no es causa (no es motor) de la anticausa, sino causa inversa. Y esta causa inversa es la que explica que los actos y las decisiones absolutamente libres de Dios sean compatibles con una intención que no las condiciona porque no las empuja sino que tira de ellas cuando ya se han producido en completa libertad. Una libertad que nadie, ni siquiera la intención o plan divino, puede arrebatarles.
El sentido de la relación entre anticausa y causa inversa es distinto en cada mundo (en cada ámbito espaciotemporal). Así, en nuestro mundo unidimensional, viene esta relación expresada como desfase esencial entre función y variable. La causa de los sucesos es que están dados. Los sucesos están en función de sí mismos. Las cosas son así porque suceden así. Los hechos consumados son la figura de la causalidad puntual a la que, para distinguirla de la causalidad lineal, llamamos “casualidad”. Esa casualidad, ese hecho consumado, se convierte en explicación de sí mismo, es decir, en variable, de forma desfasada19. La variable, por tanto, no se corresponde en el mundo puntual con la causa sino con la causa inversa. Un hecho consumado se convierte en explicación de sí mismo cuando la función crea una causa inversa que constituye una anticausa: el mismo hecho consumado como variable. En rigor, no es que la función del hecho se de primero y, luego (este sería el desfase) la variable. Sino que la variable de un hecho es una anticausa producida directa (y únicamente) por una causa inversa: la función del hecho, el que “de hecho” las cosas han sucedido así, explica (mediante una anticausa: la variable puntual) que hayan sucedido así.
Pero la anticausa de la nada ausencia absoluta, la anticausa primigenia, no obedece a una causa inversa, sino al desequilibrio e inestabilidad esencial de la nada. Esta anticausa podemos representarla con la ausencia absoluta de causalidad, que, como vimos en el capítulo de “El Principio es la Nada”, donde hablábamos de causas positivas y negativas, el valor 1 del eje ô, que representa la absoluta ausencia de causalidad, se corresponde con un valor 0 del eje î (causalidad), nulo, pero real.
La anticausa de los mundos causada por una causa inversa supone el reverso de la causalidad. Lo que sucedió blanco, es cambiado por la causa inversa de su efecto y se convierte en negro, que es anticausa en el sentido de que está al principio de la cadena causal pero no ejerce efecto causal.
En todos los ejemplos mundanos de anticausa, debemos entender este concepto de causalidad estéril. La anticausa es el reverso de la causa original, sin consecuencias causales. Porque la causalidad la ejerce, realmente la causa inversa. Que no sobrevivan sus descendientes hace que un progenitor deje de serlo y se convierta en un “extinguidor”, pero no es él la causa de la extinción, sino su anticausa. Sigue siendo quien procreó a sus hijos. Sigue siendo un padre. Pero, ahora, es un padre extinguidor.
- Los mundos no serían iguales sin Dios.
Aunque Dios Intermundo sólo posibilita la relación de mundos ortogonales en el ámbito de su actuar, de su no ser ningún mundo, esos mundos no serían iguales sin Dios, “fuera” de un Universo ortogonal. Los mundos, si es que hubieran sido creados, serían universos donde el Mundo Nada, que se habría convertido en nada-ausencia absoluta desencadenaría el mecanismo de actualización del ser: el mecanismo perfección.
Dios crea al universo ortogonal constituyéndose en acto que, como Intermundo, relaciona a los mundos incompatibles en una evolución ortogonal. Pero ese Universo es “mayor” que Dios. De alguna manera podemos decir que lo trasciende.
Hablamos más arriba de la mística de los dioses, de los seres del Mundo Denso como la incógnita representada en el GRÁFICO 6. Pues bien, aquí tenemos una propuesta mitológica sobre la mística de los dioses.
Hay algo, en contradicción con la idea panteísta, que es mayor que Dios. Bien está que Dios sea sólo Dios, acto, conciencia-voluntad absolutamente libre que relaciona a los mundos en una evolución ortogonal que se deriva de su intención como causa inversa. Bien está esta “teleología inmanente”. Pero encontrarnos con algo, no distinto a Dios, sino superior, resulta escandalosamente incomprensible.
Los mundos no “compiten” con Dios porque él es Intermundo y no mundo. Ni él los afecta directamente sino como mediador entre unos y otros, ni ellos le afectan a él. Pero el Universo en su conjunto tampoco puede afectar a Dios, ya que, en caso contrario, limitaría su absoluta libertad y, automáticamente dejaría de ser acto para convertirse en Ser Absoluto.
Ese Universo en su conjunto, que es superior a Dios, pero no lo condiciona, ese aspecto del universo ortogonal, es una propuesta con la que rellenar la incógnita del GRÁFICO 6. El problema es que sigue siendo una incógnita. Lo que supera a Dios, el Universo en su conjunto, podemos entenderlo como una perfección a la que Dios persigue pero que, por ese mismo motivo de la intención divina como cusa inversa, no lo condiciona. Es una perfecta imperfección lo que hay “después” del Mundo Denso.
- La intención de Dios es el amor.
Aunque el universo ortogonal “contiene” a Dios no lo condiciona. Si Dios deja de ser absolutamente libre, el Universo ortogonal se desintegra. Eso superior que contiene a Dios sin condicionarlo es su intención. La teleología es la única teología posible. Una teología que debe mirar a los dioses, a su mística, para conjeturar sobre la incógnita que la evolución ortogonal abre tras el Mundo Denso.
La teología shukultiana es pura conjetura, precisamente porque no versa sobre Dios, sino sobre el aspecto más ignoto de Dios: su intención, su plan no predicho. Esa es la teología teleológica. Pero la teología práctica es pura metafísica, o, más exactamente, parafísica. La ciencia de las distorsiones divinas. Lo que estudia las manifestaciones del Dios ignoto como distorsiones de nuestro mundo de sucesos.
La intención de Dios podemos resumirla en amor. Es un buen nombre para la teleológica incógnita que surge tras el Mundo Denso. Dios eligió ser acto por amor, buscando esa perfecta perfección. Dios permite y preserva nuestro libre albedrío por amor: para que podamos construir un ser que, tras la muerte, viva en Nunma, en el Mundo Denso. Todo con la intención del amor, que es la que inspira la evolución ortogonal del universo.
Dios se manifiesta en nuestra conciencia por amor. Y esa manifestación, pura distorsión, supone una encarnación de Dios como Dios vivo en nuestro mundo. El Dios ignoto es, como manifestación mundana, amor. Es el Padre, el que nos ama como padre.
Lo mejor que hemos encontrado para representar al Dios Ignoto es la voluntad incondicionada, el acto como estado distinto a la nada, a la existencia y al ser. Pero se trata sólo de una representación. Es una traducción a términos comunes de la “sensación” que tenemos de nuestra experiencia directa con el Dios Ignoto. Lo ignoto no es indecible, pero lo que podemos decir de él ni siquiera es capaz de evocar el concepto directo e inaprensible, la sensación, de Dios. Sobre esa sensación construimos después sentimientos místicos o artísticos, teorías y hasta experiencias vitales. Pero decir que Dios es puro (y sólo) acto no querrá decir nada en absoluto si no consigue provocarnos esa sensación. Ese es el único sentido racional que puede tener la decibilidad de lo ignoto. Porque el sentido de lo ignoto debe remitir a eso ignoto, a la sensación, y no a la coherencia de las ideas, a la calidad de los sentimientos o al realismo y potencia de las experiencias vitales. Lo ignoto decible remite a lo ignoto, habla en distorsiones provocadas por lo ignoto.
La distorsión de Dios en nuestra conciencia la “sentimos” como amor. Y la conciencia es la puerta a Dios. Pero el amor, como manifestación mundana de la voluntad divina, supone ya una intervención en el mundo y en nosotros mismos.
Al hablar de la diferencia entre lo ignoto y lo misterioso decíamos que lo misterioso es lo que sí tiene una naturaleza que se puede conocer pero que, por nuestra limitación, nosotros no podemos alcanzar. Es imposible que Dios pueda darnos a conocer los misterios sobre su naturaleza y desvelar las contradicciones irresolubles con las que se topa nuestra razón porque literalmente no caben en nuestra naturaleza. Dios perfección puede revelarnos su plan divino, derivado necesariamente de su perfección. Pero habrá cosas que podemos comprender y, otras, que debemos creer. La revelación del Dios Perfección se da en un mundo en el que lucha lo perfecto y lo imperfecto, el bien y el mal y, por tanto, esa misma revelación viene afectada por esos dos contrarios. Si no fuera así, la revelación nos cegaría con su exceso de luz. Dios Perfecto nos revela su perfección mundanamente, es decir, imperfectamente, a fin de ofrecer la máxima información comprensible para quien quiera aceptarla.
Lo ignoto, sin embargo, no puede ser conocido porque no hay nada que conocer, no tiene naturaleza propiamente dicha ni nada fijo y necesario que afecte a su absoluta libertad e indeterminación. Podemos definir lo misterioso pero no podemos dar una definición de lo ignoto. Sólo podemos sentirlo, vivenciarlo, como amor.
La teología mundana, la parafísica, consiste en hablar mundanamente sobre la distorsión del amor divino que se resiste a ser hablada en términos mundanos sin perder su sentido en el bosque de significados con el que construimos la teología del Dios Amor. Y esa parafísica o teología mundana es lo que comúnmente llamamos mística, que no tiene que ver nada con la de los seres del Mundo Denso, sino con la alta psicología que busca vivir desde el alma, y no desde el sucedáneo de yo lineal tras el que encerramos al alma.
Dios Bondad contra dios Amor
¿Prefieres que Dios sea bueno o que te ame?
Dos grandes concepciones teológicas, la naumori y la shukultiana, alzan muros ciclópeos que apenas podemos ver: la perfección-bondad del dios naumori y la imperfección-amor del dios shukultiano. Lo que pensábamos una misma cosa se escinde en extremos irreconciliables. La bondad y el amor son antónimos.
- La bondad no puede explicar la presencia del mal en un mundo gobernado omnímodamente por un dios infinitamente bueno.
El Dios shukultiano es voluntad-amor completamente libre. La voluntad-bondad del dios naumori es una secreción más de su perfección. La nada naumori es ausencia absoluta. La shukultiana es un mundo de creación. Bondad contra amor. ¿Quién lo iba a decir?
En el inicio de la Creación se produce un drama divino. La epopeya de la creación tiene tal potencia dramática que resulta casi imposible sustraernos a la tentación de expandir por todos los niveles, desde el más elevado y abstracto hasta el más pedestre y concreto, una reproducción a escala de ese drama. Una representación épica que podríamos relatar así:
Con el inicio de la Creación, tras la anticausa, un choque de nada contra nada representado en lo que ocurre cuando un yo-yó llega al final del recorrido de su cuerda, pero sin que se haya producido ningún movimiento descendente, hay un momento (lógico, físico, espiritual…) en el que la conciencia lucha contra el suceso, la imperfección contra la perfección y el amor contra la bondad. Dios impide su propio suceso uniendo conciencia con voluntad y acto de manera que sean una misma cosa y, con ello, se impide derivar en un Ser Absoluto que reduzca a la nada en el abismo de la ausencia absoluta.
- Dios Acto asesina a su gemelo, Dios perfección, en el mismo vientre de su madre, en la Nada, en el abismo informe, en el océano primordial.
O, tal vez, ese gemelo sigue ahí, buscando la derrota de su hermano, esperando que sucumba a la tentación del poder, de la perfección y deje de sostener la Creación provocando que el Universo Ortogonal colapse y desaparezca reducido a un mundo en extinción. Tal vez ya nos encontremos en ese transcurso de mundo residual. Tal vez sea cierto lo que afirman los naumori y el Dios Acto sea sólo el aspecto amable de la agonizante nada que se extingue en forma de imperfección y mal, pero también como libertad frente a la tiranía del Ser Absoluto, de la Perfección divina.
- ¿Es el Shuk-Ul el sueño de salvación en el que se apaga la nada?
Tal vez, como dice la tradición naumori, el misterio de la coexistencia del mal junto a un dios perfecto y, por tanto, infinitamente bueno y omnipotente, sea algo momentáneo, una provisionalidad que se constituye en existencia mutable, es decir, en espaciotiempo tal y como lo concebimos. En ese caso, no existe la contradicción más que como resultado de nuestro perspectivismo fundamental: somos parte y, la parte, no puede agotar al todo. Una imposibilidad de abarcar al Todo que nos muestra como una contradicción el que el Ser Absoluto conlleva en la esencia de su perfección contrastarse con la imperfección y vencerla. Pero no se trata del Mundo, esa imperfección residual, mero desecho de la nada sin ser, sino de su hermano, de su doble, el Dios Acto, imperfecto y, gracias a eso, libre. La lucha desencadenada con la Creación, no sería entre Dios y el eco de la nada, los restos de imperfección y mal que, como ascuas humeantes, se extinguen en el mismo lugar de la Creación, puro hueco en nada que llamamos mundo, sino entre dos principios que para nosotros, desde nuestra inadvertida filiación naumori, son el mismo: el amor y la bondad.
- “No actúas como un dios”, dice el shukultiano. “No eres un dios”, responde el naumori.
Pero esta épica lucha sólo tiene sentido en la descripción literaria de la microhistoria naumori del efecto colateral de la Creación, el mundo, donde el caos-mal y el orden-bien divino luchan (aparentemente, literariamente) ante un decorado temporal20. De hecho, para la tradición naumori, los shukultianos están cegados por el falso resplandor de la imperfección que, encarnada en ideas, figuraciones y seres, lucha por sobrevivir a su temporalidad y lograr un ser para la nada de la que procede, a fin de que sea Nada21.
- Para los naumori, el mal seduce a los hombres con un simulacro de bien construido a base de separar y enfrentar falazmente la libertad de la perfección y el amor de la bondad.
Pero Dios Amor no se cansará nunca de sostener al Universo. No se cansará de amar y, además, su hermano gemelo, su otra posibilidad, desapareció para siempre. Es más, nunca llegó a ser. Dios acto no puede cansarse porque ni es existencia, ni ser ni nada22.
Conocemos perfectamente la versión del Dios Bondad. Está descrita en las grandes religiones monoteístas y en nuestra propia mitología científica divinizada mediante el ateismo del misterioso orden natural de las leyes previas al mundo. Nuestro delirio lineal, con su sentido de la coherencia y, por tanto, de la verdad, basado en la simplísima secuencia ordinal del antes-después, encuentra la versión del Dios perfección (personalizado o no) fácilmente comprensible y tranquilizadora. De alguna manera, parece hecha a medida de nuestro delirio lineal, ajustada al orden lógico de la sinonimia como una especie de colofón que confirma y, al mismo tiempo, sustenta axiomáticamente nuestra visión del mundo. Pero la versión shukultiana no se ajusta de forma natural a la red lineal y a su extrapolación hasta un delirio que nos impide ver el mundo de otra forma distinta a como predice la lógica de la sinónima. La versión shukultiana se encuentra, pues, escondida como retazos de las grandes concepciones naumori que han dominado la historia de la cultura humana desde el inicio de la civilización. La versión del Dios Bondad se va esculpiendo detallada y sólidamente en un cuerpo de doctrina bien estructurado y completo, mientras que la versión del Dios Amor, nunca bien delimitada siquiera por un proceso parecido al de la divinización, se ha escrito a retazos inconexos y, muchas veces, contradictorios debido a las penurias de la clandestinidad.
Así pues, nadie ha contado la “epopeya divina” desde el punto de vista del Dios Acto o Amor. Un antidios imperfecto, maligno, equivocado y condenado a la derrota, según la versión del Dios Perfección o Bondad. Y lo poco que se ha contado no se ha hecho con los planteamientos y términos que le son propios a este Dios. Pues la historia la han escrito y ha llegado hasta nosotros desde el otro bando.
El arquetipo de los dioses gemelos se encuentra por toda la Antigüedad reproducido en los distintos niveles que se aglutinan en el mito. Pero no son simplemente una base sobre la que, luego, se construye mediante un proceso de divinización al Dios Perfección y colateralmente, por analogía paralela, al Dios Acto. No es a partir de la personalidad del poderoso dios Enlil o Ra de donde se extrae la esencia del Dios Perfección mediante la abstracción de esos rasgos personales. El dios Enlil, bien sea como personaje concreto, como rango (el general en jefe del cuerpo expedicionario del grupo enlil), como nación, raza, potencia extraterrestre, ser superior (a los terrestres y extraterrestres) o como ser sobrenatural, responde a una configuración de perfección y, además, está encuadrado en esa cosmovisión, del mismo modo que las ideas fundamentales del nacionalsocialismo no son una simple proyección abstracta de los rasgos de personalidad o de las ideas particulares de Hitler23.
Resulta, no obstante, complicado establecer juicios rápidos y claros acerca de la filiación de las distintas doctrinas, credos y culturas bajo los planteamientos del Dios Acto o del Dios Perfección. Y, más difícil aún, encasillar de forma absoluta y permanente a naciones, instituciones, creencias e ideologías como puramente naumori o shukultianas. La lucha entre estos dos principios fundacionales se reproduce en el seno de todos los organismos colectivos. En cada momento, cultura, credo, naciones, institución o, incluso, individuos encontraremos siempre un resto de la otra opción, un pequeño resquicio de herejía. Pero siempre será posible trazar una nítida línea de separación que nos permita saber cuándo habla el Dios Amor y cuándo el Dios Bondad.
El dios Enlil y todo cuanto le rodea, naciones, credos, individuos, aparece comúnmente identificado con el Dios Bondad.
Políticamente hablando, los henle eran contrarios a los humanos transgénicos porque estos formaban parte de una estratagema de sus adversarios henke para dominar la Tierra. Un ser con alma, es decir, con conciencia verdadera y no sólo con subjetividad (como, por ejemplo, los avanzados robots biológicos llamados “secu” por los inhiek) adquirían derechos políticos de ciudadanía. Los primeros humanos transgénicos, Adán y Eva, tienen alma y, por tanto, son sígulas. Tienen derechos políticos, pero se les impide autoreproducirse y vivir en libertad en el planeta para no “contaminarlo” con su presencia, al igual que todos los demás extraterrestres del cuerpo expedicionario. Por tanto, no tienen derechos políticos sobre el planeta Tierra24. Pero los henke incumplen las estrictas reglas de no intervención y permiten que los humanos transgénicos puedan ser fértiles. Esto implica que deben adquieren derecho de soberanía sobre el planeta junto al resto de humanos no transgénicos. La reacción de los henle desencadena un conflicto que terminará con la expulsión de los transgénicos fértiles de los espacios protegidos en los que viven junto a los extraterrestres, el Edén, en cumplimiento del derecho de soberanía a vivir libremente en el que ahora es “su” planeta, pero, también, bajo la amenaza de que, sin la protección de los inhiek, estas criaturas tan sofisticadas y frágiles acabarán pereciendo o degenerando del mismo modo que le sucede a los animales criados en cautividad cuando son abandonados en un medio natural.
Los henle, estrictamente naumori, aplican fría y cruelmente las normas de protección ambiental y “castigan” a los fértiles humanos transgénicos con una expulsión de los espacios protegidos que significará su muerte o su degeneración. Pero, al mismo tiempo, también están defendiendo más fielmente que los henke el principio shukultiano de preservar la libertad del Planeta Tierra y la de los propios humanos transgénicos, una libertad que, consecuentemente, conlleva la responsabilidad arrostrar con unas consecuencias.
No todo en los henle es naumori ni en los henke shukultiano. Y no todos los henle son fundamentalmente naumori ni los henke shukultianos. De hecho, a partir de la gran guerra (que llegó a la Tierra hace unos cuatro mil años), la división política, militar y cultural entre henle y henke (entre Enlil y Enki) se convierte en una transversal división entre uritas y nunitas, esta sí plenamente identificada con los principios naumori (urita) y los shukultianos (nunita).
La transversalidad e esta nueva división queda patente en la Historia de la Tierra desde ese momento hasta nuestros días25. Y es en esa división en la que se reproduce el enfrentamiento entre las dos grandes concepciones del mundo, caracterizadas por la cultura inhiek como naumori y shukultiana. Una división que reproduce la épica representación de la Creación como la lucha entre dos dioses gemelos, el del amor y el de la bondad, en el escenario de nuestra intra y extrahistoria.
El catolicismo no es puramente naumori o el protestantismo shukultiano, ni viceversa, sino que ambas corrientes religiosas, junto a los aspectos éticos, culturales, políticos y económicos que aglutinan, albergan características de las dos grandes tradiciones inhiek. Dependiendo de las épocas, lugares, o subgrupos dentro de estas y otras grandes corrientes de pensamiento podemos encontrar una mayor o menor preponderancia de los principios del Dios Acto o del Dios Bondad. Hubo un tiempo unos lugares en los que el Islam estaba más cerca del Dios shukultiano que del naumori. Y momentos en los que la cultura judeocristiana era terriblemente naumori. Podemos encontrar doctrinas, movimientos colectivos o creencias personales en las que predomine una u otra concepción, o incluso que, siendo los principios sobre los que se vertebran preponderantemente shukultianos o naumori, un rasgo contrario sobresalga con tal intensidad que eclipse todo lo demás. Sin embargo, la práctica totalidad del pensamiento humano en cada época puede clasificarse con meridiana claridad y exactitud en una de las dos “almas” inhiek y valorar cada uno de sus principios o bien en la escala del amor-desamor o en la de la bondad-maldad.
- También la ciencia alberga dos almas. Una naumori. La otra, shukultiana.
El comunismo, el nazismo, el liberalismo… Pero también en la Ciencia encontramos el rastro de esas dos cosmovisiones. Por un lado, la Ciencia naumori, basada en la variable, el orden previo que determina los sucesos y no se ve afectado por estos. Por otra, la Ciencia shukultiana, basada en la función que, desfasadamente (posteriormente), se convierte en variable de sí misma. La primera establece una física de las “leyes físicas”, de la Bondad sin connotaciones éticas, de la los mandatos (las leyes naturales) con las que el Orden somete al mundo. Una física de la igualdad, explicativa, predefinitoria y determinista. La segunda, una física de las “condiciones físicas” (o los estados de cosas físicas), del amor sin connotaciones afectivas, de la armonía de lo que sucede con sus propios términos de ocurrencia. Una física de la equivalencia, mostrativa, tecnológica.
Pero es en el seno de las religiones, normalmente adscritas a corrientes culturales, localizaciones geográficas y movimientos estratégicos (políticos y militares) donde podemos ver con más claridad la confusión que implica no tener en cuenta los factores naumori y shukultianos que las atraviesan trasversalmente. Sería demasiado prolijo realizar en esta obra un análisis detallado de los principales movimientos religiosos y sus fenómenos asociados. Sin duda, ese análisis aportaría planteamientos más realistas de cara a solucionar o, al menos, a clarificar conflictos que sangran a la Humanidad sin saber qué y porqué están sucediendo. Pero nos centraremos en el ejemplo de dos variantes de una, aparentemente desde el punto de vista terrestre, misma religión como son el catolicismo y el protestantismo.
- En el seno de lo que amplia (y confusamente) podemos llamar “cristianismo” luchan desde su inicio los dos dioses.
Por un lado, el Dios Perfección naumori representado por Elohim como rostro de la justicia más o menos bondadosa y Yahvé, vengativo y cruel. En cualquier caso es un Dios de orden, que exige lealtad y sumisión. Es el dios de los hebreos. Pero también el de los musulmanes. Es Enlil, el dios del viento, rey de dioses. Su hijo Sin, cuyo símbolo es la media luna. Sabio legislador y juez justo e impasible. Erra, cuyos símbolos son la maza con dos cabezas de león y el puñal falciforme26. Un guerrero tendencioso y despiadado que, no obstante, protege a los débiles frente a los poderosos. El rigor de la Ley que somete la libertad de los individuos, pero también la bondad igualitaria caritativa, protectora.
Por otro lado, el Dios Acto, el Padre, el dios genuinamente cristiano. La nueva Alianza que no se establece por la circuncisión sino por el agua. El Dios Ptah, el Demiurgo, el Gran Hacedor. Enki, el creador de la humanidad transgénica, semidivina. Civilizador y benévolo padre que reduce todas las leyes a una sola: ama27.Y estas dos vertientes, la naumorcristiana (judeocristiana) y la shululcristiana (la propiamente cristiana), la de Antiguo y Nuevo testamente y la de sólo Nuevo Testamente, son las que se debaten desde hace dos mil años en el seno de lo que, erróneamente, se ha definido como una sola y misma religión28.
El mundo católico ha centrado la lucha intestina entre los principios naumori del Antiguo testamento y los de la nueva Alianza de Jesús tomados naumorimente como leyes, por un lado y el principio de la libertad y el amor por el otro. En cada siglo y en cada católico se reparten en desigual proporción lo naumori y lo shukultiano, hasta el punto que llamarse católico o cristiano no significa compartir unos mismos principios sino una tradición religiosa y una identidad cultural. Entre San Francisco y Torquemada hay un abismo mayor que cualquier cisma, porque pertenecen a religiones completamente distintas. La no violencia sobre la que se apilaban mártires no es, de ningún modo, la violencia que torturaba y quemaba mártires.
El catolicismo se debate en términos de moral, mientras que el protestantismo plantea primordialmente el enfrentamiento entre los dos mundos inhiek en términos de libertad de pensamiento. La obediencia forma parte indisoluble de la moral católica naumori, en contraste con el amor y la libertad shukultiana29. La libertad de conciencia, columna vertebral del Shuk-Ul, forma parte consustancial del protestantismo, pero eso no implica que a esa libertad la acompañe un criterio moral shukultiano. La libre conciencia sólo lo es para interpretar la Ley de Dios en lugar de la jerarquía católica. Más allá de eso, y de las profundas consecuencias para la vida social, política y económica, el protestantismo y el catolicismo participan de una concepción moral absolutamente naumori. De hecho, las verdaderas exclusiones que se han producido a lo largo de la Historia y, sobre todo, en nuestros días, se corresponden con la tercera vía: Libertad de conciencia y ética shukultiana. Quienes siguen esta vía han quedado reducidos a la anécdota religiosa o al laicismo.
El mensaje cristiano se ha visto distorsionado por la propia mentalidad naumori de los discípulos y evangelistas y por las posteriores revisiones de las distintas iglesias y sectas. Pero la esencia shukultiana del cristianismo es tan potente, que supera incólume todas esas interpretaciones y revisiones naumorizadas.
- La revolución cristiana es la de la libertad y, sólo así entendida, puede ser la del amor.
Para el Dios Perfecto del Antiguo Testamento, salvar al hombre es liberarlo de sí mismo, de su individualidad, de su acceso directo al (embrujo del) Dios Acto. Para el Dios del Nuevo Testamento, salvar al hombre significa salvar a cada hombre concreto en su concreción, potenciar su individualidad para, así, acercarlo a Dios Acto, a la comprensión y puesta en práctica en el mundo de sus sugerencias. El primero exige obediencia, fe y sumisión ante el misterio. El segundo otorga una chispa de divinidad: el libre albedrío. Y nos muestra (nos sugiere), lo que él hace con su libertad. Pero esa chispa de divinidad conlleva necesariamente la soledad de la libertad.
- El dios semita dice: “sal de ti para escapar a tu individualidad”. El sin dios budista dice: “entra en ti para asesinar tu individualidad”. El dios shukultiano dice: “incrementa tu individualidad para encontrarme”.
Para el dios del Antiguo Testamento, así como para el del Corán, la soledad de la existencia se alivia anulando su soporte: la individualidad, la conciencia, el libre albedrío. Y en esto, el Dios Bondad juedeocristiano coincide con el Budismo.
Para el dios del Nuevo Testamento, el objetivo no es aliviar la soledad, sino eliminar de ella el sufrimiento ahondando en su condición, la individualidad, la conciencia, para terminar viviendo desde el alma, lo más cerca de Dios, de su consejo, de su amor. Cuanto más cerca estemos de la fuente de la libertad, más profundo será el abismo de nuestra soledad pero, paradójicamente, menor sufrimiento nos ocasionará. Una idea netamente shukultiana a la que el budismo asigna un objetivo naumori: la vía de acceso al conocimiento, a lo religioso, consiste en profundizar en la conciencia, pero con el propósito de matar el deseo, la voluntad, la individualidad. Ahonda en tu mismidad para destruirla y que sólo perviva en ti la esquirla de la perfección divina. Dios, después de la anticausa, adquiere conciencia, que se transforma en voluntad, deseo, acto. Pero el budismo reproduce ese primer paso de la conciencia para, ahí subordinar la voluntad a la perfección. Una perfección descrita con distintos aspectos que el monoteísmo semita y que la filosofía europea, la de Parménides. Una perfección más amable, más armónica. Pero perfección al fin y al cabo. Una religiosidad científica, si es que la ciencia aceptara su religiosidad, en el sentido de que construye un orden previo, una perfección sin voluntad y conciencia individual. O una voluntad que, como en el caso del Dios personificado, no es más que una consecuencia inevitable de la perfección, del orden preestablecido, que secreta una voluntad y un acto completamente condicionados y prefigurados por esa perfección.
Lo esencial en la Epopeya de la Creación es la lucha representada por dos dioses, el de la perfección y el del acto. Una lucha que se plantea en términos de libertad contra orden. Es, por tanto, desde esa perspectiva desde la que debemos definir la línea divisoria que divide en dos mitades transversales a todas las religiones, ideologías y creencias (incluida la Ciencia). La libertad individual frente al orden colectivo o intersubjetivo.
El amor es heroico, y conlleva una terrible lucha interior que sólo se apacigua conforme vamos triunfando, es decir, a medida que ganamos libertad personal y ahondamos en nuestro propio abismo. El orden es paz interior como ausencia de individualidad. Pero una paz interior en la medida que vuelca sobre al exterior la violencia de la ley derivada inevitablemente del orden y el devenir que marca la perfección y somete a la propia voluntad a esa ley y a ese devenir.
Sólo hay un modo de llegar al Dios Perfección: el cumplimiento de su ley, a la que él mismo está sometido (aunque, misteriosamente, permanece libre), porque si no la sigue se aparta de la perfección. Sólo hay un modo de llegar al dios Acto: incrementando nuestra libertad, ahondando en nuestra conciencia hasta alcanzar al alma y vivir desde ella.
El amor del dios Acto conlleva soledad, aunque deje de ser dolorosa conforme nos acercamos a él. La bondad del dios Perfección nos libera del sufrimiento de la soledad porque nos destruye como individuos, como voluntad libre. Es el suyo un “amor bondadoso” que reproduce la Epopeya de la Creación destruyendo en nosotros mismos todo rastro del Dios Amor.
El amor del dios Perfección es una exigencia más de su ley, como lo es no robar, no matar, adorarle… parte ya de una anulación de la propia voluntad porque se inicia con una orden y, por tanto, con una renuncia a nuestro libre albedrío.
El amor del dios Acto parte de una situación de hecho: su amor nos hace libres. El ama, pero no nos exige amar. Nos muestra lo que él hace, su opción heroica, su pasión entendida como lucha consigo mismo para no ceder a la tentación de la perfección, del poder, de la felicidad como anulación.
El dios Amor nos dice: “Mira qué hago yo con mi libertad”. El dios Perfección nos dice: “Mira lo que debes hacer para acercarte a mi perfección”.
Con el dios Acto respondemos (moral y existencialmente) ante nosotros mismos, porque somos únicos responsables de nuestros “actos” ¡y de lo que nos sucede! Y eso es así porque no existe responsabilidad derivada del cumplimiento o no de una ley, sino que la responsabilidad del dios Acto significa que debemos arrostrar bajo nuestra exclusiva decisión y capacidad lo que nos suceda. No hay consecuencias propiamente morales, derivadas del incumplimiento de la ley, bien porque un dios personificado con conciencia y voluntad individuales nos castigue en aplicación de esa ley, o bien porque, como en el caso del budismo o de una hipotética religiosidad científica, del incumplimiento de ese orden divino (perfecto) se deriven directa y automáticamente consecuencias que pueden ser interpretadas moralmente en términos de premio y castigo.
El dios Perfección ama porque su amor es una consecuencia más de su perfección. Es bueno, y esa bondad viene cifrada ya en su perfección. Cuando perdona no ejerce libremente (contra el orden perfecto) su voluntad, porque si se aparta de lo dictado por la perfección se convierte en dios Acto. Perdona porque así lo exige el guión cifrado en la ley, que deviene necesaria e inevitablemente de su perfección.
La bondad de la perfección, aunque se llame amor, no lo es. La bondad del acto, aunque se llame amor, es verdadera bondad porque es no sólo gratuita, sino heroica, subversiva.
Jesús lleva una vida heroica, subversiva. La esencia de sus ideas y el ejemplo de su vida no se puede distorsionar con interpretaciones naumori más o menos forzadas. La vida de Jesús tiene un mensaje inequívoco, el amor, que lo distingue completamente de Elohim o, más aún, del terrible Yahvé, (Enlil, Sin, Erra, Seth…).
Jesús marca su símbolo: el agua. Su Dios es el Padre, Ptah, Ea-Enki… Nun. El abismo insondable. Y propone una nueva alianza que no es una alianza renovada del Antiguo Testamento. El Dios de Jesús, simbolizado en el agua, no es el Dios terrible, justo y, a veces (cuando así lo dicta su perfección) misericordioso. La bondad del dios de Jesús nace del amor libre e incondicionado. La del dios de Abraham es un acto de misericordia y no de bondad.
El eje del sintético mensaje de Jesús es así mismo claro: Todas las leyes se resumen y reducen a una: amarás a tu prójimo como a ti mismo. Y esa ya no es una ley sino un consejo a nuestra voluntad para que, libremente, “cometa” un acto trasgresor: amar. Pero, a diferencia de la bondad-misericordia del dios Perfección, amar sin perder la individualidad, sin renunciar a nosotros mismos, sin anularnos: “como a nosotros mismos”. En la medida en que no nos amemos, no nos cuidemos… no estaremos amando a los demás, sino cumpliendo una ley divina. Lo que no hagamos por nosotros y sí por los demás no es amor. Cuando ellos comen un plato, nosotros no podemos comer medio plato. Eso no es amor. El máximo amor es hacer por los demás lo mismo que por nosotros, pero no más.
A la luz de la Epopeya de la Creación como lucha fraticida de Dios consigo mismo, la sorprendente doctrina cristiana adquiere todo su profundo y revolucionario sentido.
La vida de Jesús guarda las claves de la cosmovisión shukultiana con exquisita fidelidad. Tras el bautismo, Jesús se marcha al abismo indiferenciado del desierto y, allí, en su nada, realiza su primer acto. Al igual que Dios renuncia al poder de la perfección, Jesús, en una representación de esa renuncia, no cede a la tentación del Diablo en el desierto: obedéceme y tendrás poder. Pero el poder esclaviza. La perfección obliga y somete. Dios es absolutamente libre. Y lo es, tan sólo, decidiéndolo.
Ética mayor
Dios nos hace libres. La libertad es la esencia de la ética. No hay responsabilidad moral o ética sin libertad. Sólo en la medida en que nuestro comportamiento sea libre puede ser susceptible de calificación moral. Y sólo si nuestro comportamiento afecta a los demás puede haber culpa. La ética shukultiana distingue entre responsabilidad y culpa. Pero la culpa no deriva del incumplimiento de una ley divina, sino de un daño social.
El Shuk-Ul divide lo que para nosotros es ética o moral en dos categorías que están relacionadas sólo por el principio de libertad.
En un lado encontramos la propia ética, que tiene como ámbito la conciencia individual e implica una responsabilidad en la medida en que es el individuo el que responde, sufre y asume las consecuencias éticas de su comportamiento. Esta sería la ética mayor o personal, que es la única relacionada con Dios en la medida en que sólo accediendo y siguiendo su consejo podemos alcanzar la mayor calidad ética.
En el otro lado se encuentra lo que el Shuk-Ul denomina ética menor o pública, que tiene como ámbito la convivencia con los demás y la relación con el medio físico y biológico en el que vivimos. No se trata de ética, sino de justicia y política. Y no implica responsabilidad, sino culpa o inocencia. El individuo no responde, sufre y asume las consecuencias de sus actos sino la traducción política o jurídica de sus actos en forma de protección o castigo. La ética menor corrige las consecuencias de los actos públicos de las personas, es decir, de aquellos que afectan a la libertad de los demás.
La ética mayor no tiene leyes ni mandamientos, sino tan sólo el juicio de la propia conciencia y el consejo de Dios como ley “referente”, no como “obligante”. La ética menor tiene reglas que no provienen de un orden moral, sino de un pacto social.
Sin una ley moral, los principios de actuación de la ética personal tienen un origen radicalmente distinto, aunque lleguen a las mismas o parecidas conclusiones. No matar se puede hacer por obediencia, es decir, por bondad, o por amor. Desde la ética menor, abstenernos de matar se hace sólo por cumplimiento de la norma y para evitar las consecuencias jurídicas, pero no necesariamente por obediencia a una ley moral que consideramos acertada y necesaria ni tampoco porque consideramos, libremente en conciencia, que es mejor no matar.
Desde el punto de vista de la moral tradicional o naumori, la ética shukultiana es una amoralidad en el sentido de que carece de normas o leyes que, de forma objetiva y permanente, decantan los principios de decisión en un sentido determinado. No hay nada a lo que asirnos, excepto nuestra propia conciencia. Y esta puede ser completamente voluble. Por tanto, sólo tenemos un eje al que asir la ética mayor shukultiana: el amor.
- Ser amoral exige amar o no amar.
La amoralidad no necesariamente se corresponde con la maldad moral naumori. Que la ética dependa sólo de nosotros no es algo malo en sí mismo. De hecho, la dimensión moral queda siempre circunscrita al ámbito de la conciencia-voluntad individual. Lo que no se debe hacer (desde el punto de vista de la ley) se puede hacer. Por tanto, incluso desde una perspectiva naumori, deberíamos concluir que nada garantiza el bien sino nuestra voluntad de hacerlo. El bien y el mal no residen en la Ley, sino en el corazón de los hombres. ¿No es eso lo que decía Jesús?
Si no hay ley debe haber amor o desamor, es decir, odio. Finalmente, es la lucha entre la conciencia del alma, expresada en deseos, en voluntad y la conciencia del sujeto, de la mente, expresada en impulsos biológicos o dogmas racionales (morales). Es el amor o el desamor lo que litiga en la ética shukultiana. Y no como sentimientos, sino como aspectos totales de la propia individualidad. Pero esa individualidad impone en sí misma su propia limitación. No podemos ser mejores de lo que podemos ser. ¿O sí?
Podemos hacer el bien, pero ¿cómo podemos alcanzar el mayor bien posible? ¿Qué norma debemos seguir para superar nuestra propia limitación y perfeccionarnos moralmente si no hay normas?
Dios Amor no tiene un manual de bondad, un recetario para, simplemente obedeciéndolo, alcanzar el mayor bien posible entendido como una derivación moral del orden perfecto. Pero sí tiene una idea de qué haría él en nuestras circunstancias para alcanzar el mayor bien posible. Dios tiene conciencia-voluntad, que se nos manifiesta indirectamente como sugerencias, como distorsiones, como voz de cañas30.
- La ley de Dios es un consejo personal e intransferible a cada persona.
La ley divina es sustituida en la ética shukultiana por la inspiración divina, que se manifiesta en nuestra conciencia, en la del alma. La Ley de Dios está personalizada para cada individuo en su instante. Hay, pues, un susurro que debemos esforzarnos en escuchar y en distinguir de los productos de nuestra subjetividad, de los impulsos y de las normas lineales.
La responsabilidad ética concierne exclusivamente a la persona y a Dios. Es, a la vez que una responsabilidad, un asunto de supervivencia “espiritual”. Lo éticamente “correcto” es lo existencialmente “feliz” para vivir en plenitud nuestra individualidad y, también, como veremos, lo “bueno” para conformar el mejor ser posible con el que habremos de vivir tras la muerte en Nunma, en el Mundo Denso.
Lo correcto éticamente es lo feliz existencialmente y lo bueno “evolutivamente” para alcanzar el mundo venidero y gozar allí de un “buen” ser. Y todo eso está íntimamente relacionado con Dios y con nuestra conciencia, es decir, con la libertad divina y la libertad humana. Esa es la aventura humana trascendente. La ética y el sentido de la vida se encuentran intrínsecamente unidos en la concepción shukultiana porque se basan en la libertad y, esta, en la no imposición o condicionamiento de unas leyes morales.
La relación ética entre Dios y el hombre es profundamente mística y no puede trasladarse tal cuál de uno a otro individuo. Lo éticamente bueno para uno, en un momento determinado, puede ser malo para otro. Rara vez coincidirán las propuestas éticas que asumen las personas siguiendo o no los consejos de Dios específicamente “pensados” para cada una de esas personas. Pero, entonces, ¿qué criterio shukultiano debería seguirse para establecer unas normas de convivencia justas que, esas sí, deben imponerse, si el único principio ético común que podríamos establecer es el Amor y la absoluta libertad, es decir, la no imposición? Pues exactamente ese. La no imposición.
Ética menor
- Dios sugiere a cada uno, de diferente forma, una única verdad moral: su voluntad no sujeta a nada.
Y esto nos deja de nuevo un problema aparentemente insoluble desde la racionalidad lineal. ¿En qué base sólida podemos sustentar una moral pública, una justicia? No podemos simplemente sugerir a los demás que obren con rectitud y no dañen a los demás. El mundo se convertiría en la mayor de las injusticias: aquella en la que el fuerte impone su fuerza al débil. Y esa es precisamente la clave del único principio de ética pública que podemos imaginar al Dios Amor: la mínima intervención.
Si la libertad individual es el mayor bien ético, pues se ajusta en mayor medida que ningún otro a la “ley” divina de la libertad, todo el cuerpo legal de nuestra ética menor o de convivencia debería basarse en preservar por igual la máxima libertad individual de todas y cada una de las personas.
La no violencia, entendida a la luz del enunciado cristiano, “amarás a los demás como a ti mismo” tiene una traducción práctica muy sencilla: No haré a los demás lo que no quiero que me hagan a mí, ni dejaré que me lo hagan los demás, ni dejaré que se lo hagan entre ellos”. Y esta última frase es la peligrosa, porque da pie a que la ética de la perfección, la de la ley, se cuele y destruya el principio de mínima intervención.
¿Qué es lo único que estamos autorizados a impedir que se hagan entre ellos los demás? Coaccionarse. Nadie puede atentar contra la vida y la integridad física y psíquica, la libertad y la propiedad de los demás. Sólo podemos usar la violencia para impedir que alguien se relacione y compita usando su capacidad de coacción.
Las personas pueden interactuar y establecer diferencias entre ellas compitiendo en base a todas las características de su individualidad menos a una: la de coaccionar y limitar la libertad de los demás. Que el más inteligente y trabajador tenga más bienes, o que el más guapo tenga más éxito sexual no limita injustamente la libertad individual de los menos favorecidos o esforzados. Pero que alguien haga trampas o amedrente a los demás competidores para que no pongan en juego todas sus capacidades, o que les robe el triunfo, sí limita injustamente la libertad individual y, por tanto, implica culpabilidad (y punibilidad) política y jurídica.
Por supuesto, para preservar la libertad de los individuos en un sistema político justo no podemos dejarlo todo al arbitrio de la libre y justa competencia de las individualidades. Hay un mínimo vital que se debe proveer por igual a todos aquellos que no lo alcancen, pues sin esas mínimas condiciones de vida la persona se encuentra en un estado de necesidad que imposibilita la libertad individual que la sociedad puede y debe garantizar.
Sería objeto de otra obra tratar sobre la concepción política shukultiana, pero la base moral sobre la que se asienta esa diferenciada ética social, queda bien patente en el ejemplo del buen padre.
- Un padre que sigue fielmente las enseñanzas del Shuk-Ul no impone normas a sus hijos, pero sí las aplica.
No hay comportamientos intrínsecamente buenos ni malos. Cada uno es libre de hacer lo que crea en conciencia. Pero, entonces, nos encontramos con el problema de preservar la libertad de los hijos más débiles y con el mayor problema aún del castigo justo.
Supongamos que uno de los hijos mata a otro. ¿Qué debe hacer ese buen padre? Desde la perspectiva naumori se respondería inmediatamente que, pues no hay normas, y ama a sus hijos, una vez consumado el daño, debería dejar libre al asesino que, al fin y al cabo, es su hijo. Pero esa es la caricatura que la concepción ética naumori presenta de la anomia shukultiana. Sin embargo, esa anomia sólo se refiere al plano estrictamente moral, no al político o jurídico. El buen padre shukultiano ya ha perdido a un hijo. No quiere dañar al asesino. Pero debe hacerlo. ¿Por qué? La razón es absolutamente sencilla, pragmática y justa: porque tiene más hijos. Si deja libre al asesino, puede matar a los otros. Por tanto, debe protegerlos impidiendo físicamente que su hijo asesino pueda dañarlos hasta estar razonablemente seguro de que ha cambiado. Los quiere a todos por igual. Por eso no dejará libre a su hijo asesino hasta que no tenga verdaderas garantías de que no constituye un peligro para los demás y de que los demás no constituyen un peligro para él.
¿Qué quiere decir esto último? Pues que la justicia shukultiana debe proteger también a los inocentes y a los justos de su propia sed de venganza y de su propia capacidad para hacer el mal. El mal, recordémoslo, desde un punto de vista shukultiano es la limitación injusta de la libertad ajena. Un buen padre debe dar ejemplo a sus hijos, protegerlos de aquél de entre ellos que suponga un peligro y, además, preservar su inocencia evitando que deseen vengarse movidos por la impunidad del culpable.
- El Estado, como ejecutor de la soberanía política de los ciudadanos, debe ser un buen padre shukultiano.
No podemos castigar comportamientos, porque no hay una ley moral que permita juzgarlos. Sólo podemos preservar la libertad que Dios nos ha dado protegiendo a todos por igual de la coacción y, por tanto, imponiendo la coacción social únicamente sobre las conductas coactivas. Usar la violencia sólo para proteger a la víctima, detener al culpable y castigarlo con el mismo bien que tratamos de proteger: la libertad. Libertad por libertad. El daño injusto, medido en libertad destruida, debe restituirse en forma de privación de libertad. Sólo la libertad, esencia de la ética, puede ser objeto de castigo. Quien atenta contra la libertad de los demás, contra su persona (su integridad física y psíquica y contra su propiedad), está deslegitimado para poder vivir en comunidad y ejercer su ética mayor al unísono de su ética menor.
El único castigo admisible es la privación de la libertad colectiva. Quien no puede vivir conviviendo, es decir, respetando la ética menor, debe ser excluido de ella sólo para que él no excluya a los que sí la respetan. Pero el castigo shukultiano no se aplica sobre el mal, porque el mal moral no existe. Sólo existe el amor o el desamor.
Una vez aclarada la distinción shukultiana entre moral privada y pública podemos entender mucho mejor la revolución que en el entorno cultural naumori que dominaba el mundo antiguo en tiempos de Jesús, supuso el pensamiento cristiano (shukultiano) basado en el amor, pues se trata de una ética sin leyes, dónde lo único que nos aconsejan para vivir en común de la mejor manera posible es esa formulación positiva (y, aparentemente, paradójica) del principio de la mínima intervención: “que os améis los unos a los otros como yo os he amado”. Que actuemos como buenos padres shukultianos31.
Dios luz contra dios oscuridad.
Será inalcanzable para los hombres, limitados e imperfectos como somos, pero la verdad última del Dios Perfección es clara y luminosa. No es algo ambiguo, elástico, relativo y, en ese sentido, oscuro. Podemos estar seguros de la verdad del dios naumori porque esta es nítida, expresa e invariable. La invariabilidad y regularidad con la que inventamos un orden lineal en el mundo puntual, desajustado y ambiguo de los sucesos, se convierte en luz de la razón, en seguridad-claridad reflejo de la luz divina, de la absoluta inmutabilidad del orden perfecto al que se ajusta la verdad.
En la constelación sinonímica de la luz divina naumori convive la ausencia de información que conllevan las sombras lineales de invariabilidad y regularidad con la seguridad, la previsión y la nitidez de esas fotos fijas. La verdad naumori que se muestra diáfana a nuestro entendimiento, aunque no podamos abarcarla en su totalidad, es un libro incorregible.
Dios Acto no tiene nada escrito, fijo e inmutable. Su voluntad es impredecible. No hay ninguna referencia que ilumine la oscuridad que nos rodea para marcarnos el camino. Somos libres y esa libertad conlleva oscuridad. No hay una luz hacia la que dirigirse, ningún faro que tira de nosotros en una dirección concreta.
Dios conoce su anhelo, pero desconoce lo que va a hacer, porque no puede prefigurarse a sí mismo y, con ello, quedar sujeto a algo que no sea su libre voluntad. Aunque esa conciencia-voluntad contiene ya un acto y, ese acto, en sí mismo, un propósito que no ata a Dios. La única verdad es el actuar divino, que Dios no conoce en el sentido de que no está predeterminado. “Dios sólo sabe lo que hace cuando lo hace”, podría ser la simplista explicación sinonímica. Pero, como Dios sólo actúa y siempre actúa, Dios siempre conoce lo que desea, lo que hace y lo que pretende porque todas esas cosas son lo mismos y se dan en el mismo único momento: el acto divino. Fuera de su acto, de sí mismo, no puede conocer. Esa es la oscuridad que rodea a Dios y que confundimos con Dios mismo.
- Concienciar, desear, actuar y planificar es una misma cosa en un mismo momento: Dios.
La oscuridad de Dios es un aspecto de su libertad. Y su libertad absoluta (¿es eso lo único verdaderamente absoluto?) es la medida de su poder y perfección. Pero un poder y perfección que no pueden medirse según nuestros convencionales términos. Dios es omnipotente porque nada lo domina. Ni siquiera él mismo. Pero no es omnipotente porque lo pueda todo. No puede conocer su verdad, ni garantizar su plan, fuera del tiempo de su actuar.
- La omnisciencia reside en que tiene un conocimiento directo e inmediato de sus actos (es puro actuar) y en que une todos los mundos.
Conoce lo que sucede, lo que es y, por decir algo consecuente sobre el Mundo Nada, lo que crea32. Pero no puede intervenir en el orden de esos mundos. Sólo puede intervenir directamente en la relación entre los mundos, porque esa relación es él mismo.
Así, Dios Amor no permite el mal ni deja de permitirlo. Porque el bien y el mal pertenecen al orden de los mundos. Dios no puede impedir el mal, porque no puede alterar el orden de los mundos, incluido lo que sucede en nuestro mundo. Pero puede intervenir indirectamente, susurrándonos al oído de nuestra conciencia profunda, la del alma.
El poder de Dios se manifiesta indirectamente en nosotros. Somos sus manos y su mente, pero sólo si así lo decidimos. Y en la medida en que él decide manifestarse con mayor o menor claridad a cada uno. Porque esa es una decisión que le corresponde, como a nosotros nos corresponde esforzarnos para escucharlo o no.
- Dios no puede evitar el mal, pero nosotros sí.
Somos libres de hacerlo o no. Estamos a salvo, incluso, del poder de Dios. No estamos sujetos a su ley (que no la ha promulgado) ni a su voluntad. Pero Dios está disponible para nosotros, para que tomemos la mejor decisión, la menos dañina, la más bondadosa, de una bondad que es voluntad y no resultado. Podemos incrementar el mal o el bien. Pero para eso necesitamos ayuda: el consejo divino, gratuito y directamente disponible para todos.
- Sólo desde la libertad podemos relacionarnos con Dios.
El milagro divino en nuestro mundo puntual es actuar de la única manera que puede hacerlo un Dios de Amor, libre de sí mismo, de un orden y una naturaleza que lo constriñe, por muy perfectos que pudieran ser ese orden y esa naturaleza. El actuar divino se manifiesta en el mundo respetando su orden, al que no toca, y manifestándose como una propuesta en nuestra alma, en nuestra conciencia. Dios Acto no puede ir contra sí mismo y no respetar nuestro libre albedrío. Es más, él es el soporte de nuestra libertad, sin el cual estaría completamente condicionada por el mundo. Hay pues un instante en el que somos lo más libres posibles y parecidos a Dios: cuando decidimos en primera instancia. Pero esa decisión es indisoluble de la conciencia: siempre decidimos en el mismo instante de tomar conciencia de algo, aunque no decidamos nada en el posterior orden natural, es decir, aunque no suceda eso que llamamos “actuar”.
- Conocer conlleva desear.
Como la conciencia y la voluntad humanas no están diferenciadas, toda concienciación conlleva una decisión (un deseo) y toda decisión genera una nueva concienciación.
- Y todo deseo esculpe un conocimiento propio.
Todo deseo, pero no los impulsos que nacen del cuerpo-mente, vestidos o no de racionalidad por el sujeto. El deseo pertenece al alma. El impulso pertenece al cuerpo y, por tanto, al sujeto. Las más frías conclusiones lógicas no difieren esencialmente de los más primarios impulsos.
La oscuridad de Dios se muestra, pues, como un velo, un biombo mágico que lo transforma todo en algo indirecto.
Cuando el dios Enki, creador del hombre y su protector, decide salvar a Ziusudra del diluvio sin contravenir el acuerdo de la Asamblea de los dioses, que prohibía avisar a los humanos de la desgracia que les sobrevendría, el dios apercibe a su amado hijo hablándole a la pared de cañas tras la que Ziusudra dormitaba. Enki no incumple la ley, de la misma manera que Dios Acto no altera la ley de cada mundo, sino que nos habla indirectamente. Los sonidos le llegaban a Ziusudra, el Noé original sumerio, desde la pared de cañas. Eran sonidos de caña, que podrían muy bien ser considerados como producto del ensueño y no de un dios. Exactamente igual que se nos muestra el Dios Acto ignoto.
La distorsión es la forma en la que el Intermundo afecta a los mundos sin alterar su orden. Si no fueran distorsiones, querría decir que Dios se incardina en el orden de cada mundo interviniendo en él como algo realmente ajeno. Pero lo que sucede en cada mundo proveniente de Dios es ya una cosa del mundo. Por tanto, los efectos del actuar divino, pues no es un mundo, se aprecian como la influencia de otros mundos o como la influencia del influenciar, de manera que sólo la conciencia o algo parecido a ella puede detectar esa influencia exterior como una distorsión interior, como una anomalía mundana.
La misma conciencia es una distorsión de tal magnitud que ni siquiera podemos detectarla como tal distorsión. Y no podemos hacerlo porque Dios se encarga de preservar nuestro libre albedrío. De ahí la causa de su inmensa magnitud: porque Dios la reduce a la mínima magnitud. Una magnitud que se adapta perfectamente a nuestra conciencia, alfa, (0+0), de manera que esa distorsión no la altera en absoluto sino que, por decirlo de algún modo con sentido para nosotros, se superpone a ella.
- La teología shukultiana versa sobre un dios sin divinidad que puede ser aceptados por los ateos.
Hablamos con Dios, pero todo eso a lo que nos referimos con “hablar con Dios” es perfectamente explicable como cosas del mundo y no necesitan en absoluto a Dios. Son sonidos de caña, inseguros y, en ese sentido, irreales. Hace falta fe para que otros crean que hablamos con Dios y que no se trata de uno cualquiera de los sucesos mundanos que pueden explicarse de forma natural. Pero nosotros no necesitamos fe para saber que hablamos con Dios, a pesar de que ese “hablar con Dios” tiene todo el aspecto de una sencilla cosa del mundo. O, precisamente por esa apariencia, cuando el espejo de la conciencia refleja lo ignoto, ese “hablar con Dios” muestra con oscura claridad lo ignoto en forma de mundo. Podemos elegir. Podemos incluso, unirnos a la voluntad divina, seguirla, poner en práctica sus consejos de forma completamente natural, atea. La fe la necesitan otros para creer en nosotros, en que hablamos con Dios, pero no para hablar ellos con Dios, pues para eso basta con ser un buen ateo.
- Necesitamos la fe para creer que los demás tienen realmente una conciencia propia.
Pero la oscuridad es, también, un simple color con el que expresar lo virtual.
¿Qué hay en el delirio lineal que lo hace útil? Una ignota razón. Y esa ignota razón está relacionada con el Intermundo, con Dios. Ptah es conciencia que deviene en voluntad (y no en perfección), la cual se expresa en palabra (como representación del acto)33. El delirio lineal, aún cuando lo hemos convertido (quizá injustamente) en símbolo del Dios Perfección, proviene de la misma distorsión que la conciencia, pues nace de ella para transformarse en sujeto, que es una representación o alterego de la conciencia del alma.
- El espaciotiempo lineal, la racionalidad sinonímica, se expresa con las formas del Dios Perfección pero tiene su origen en el Dios Acto.
La oscuridad de la sombra produce un resplandor que confundimos con la luz. Lo invariable y lo regular no posee apenas información y, sobre esa oscuridad, construimos la certeza. La red lineal es un espaciotiempo tan absolutamente distorsionado que sólo puede constituirse en delirio. Es la máxima expresión de la distorsión convertida en un aspecto del entorno universo concebido como espaciotiempo y no como Dios. La linealidad, como espaciotiempo real y no como simple producto de nuestra mente (enferma pero eficaz) constituye la mejor figura de lo virtual. Pero como nuestro delirio nos impide ver la red lineal como una virtualidad, también nos impide verla como un verdadero espaciotiempo.
- No aceptamos que la razón sea un delirio y, por eso mismo, no la entendemos como un verdadero espaciotiempo.
No nos creemos que, de verdad, exista esa extensión y duración en la que basamos nuestra conceptualización del mundo. Suponemos que es una simple suposición, un canon consensuado que, no obstante, responde al orden subyacente que nuestra limitada capacidad nos impide conocer.
- El tiempo, tal y como lo concebimos, no existe realmente. Pero, entonces, tampoco existe el espacio tal y como lo concebimos.
La evidencia, cuando la sometemos al delirio que la produce, debe tornarse en convención, en intersubjetividad, para poder mantener el delirio que la sustenta.
Existe lo que suponemos que es un espacio y un tiempo reales, objetivos, pero que, por formar parte constitutiva y esencial del mismo orden natural (o divino, da igual) no podemos conocerlo y, por ese motivo, debemos construir un símil artificial, virtual que será tanto más parecido a ese orden cuanto más exitoso sea.
Pero la red lineal es un espaciotiempo real cuya naturaleza coincide con la misma distorsión en cuanto tal. Sin embargo, aunque la linealidad es el aspecto esencial de toda distorsión, paradójicamente, sólo podemos verla como un reflejo del abismo del Universo (como una distorsión producida por el Intermundo) cuando abandonamos el delirio lineal. En ella está cifrada y, a la vez, escondida una representación del entorno universo, de lo ignoto. Pero esa representación sólo puede ser desvelada por la cordura. Y estamos ya muy lejos de ella.
El tránsito entre mundos, o entre Dios y nuestra alma, se produce de forma parecida a esa virtualidad racional (la idea, el símbolo, la línea, la lógica), de manera que lo virtual es la mejor representación racional de lo ignoto.
Si desnudamos lo lineal (racional, lógico, simbólico…) hasta convertirlo en espaciotiempo real caracterizado por su virtualidad, descubrimos un aspecto esencial de Dios: la información. Todo ese caos de símbolos, encarnado en delirio, podemos reducirlo a información. La locura, el delirio, esconde tras su oscuridad, que es luz en lo biológico, una figura del Intermundo y, por tanto, de Dios. La información, si lo pensamos bien, ni es, ni existe, ni es nada (no crea nada). Un magnifico modelo de ese cuarto estado al que llamamos “acto”34.
La información es una ortogonalidad incluso en nuestro propio mundo, por lo que podemos imaginarla fácilmente como representación de la ortogonalidad del universo y, en esa medida, de la naturaleza de Dios.
O, al menos, de un aspecto de Dios. Aunque Dios, en todo caso, no “guarda” información de él y, por tanto, no puede trasmitirla sino en el “momento” de su acto.
- La información es una linealidad acto.
La información, en nuestro mundo, sólo puede ser lineal en cuanto expresa el aspecto virtual de la linealidad, su consistencia como espaciotiempo real, es decir, virtual. Pero no es una linealidad “orden” o secuencia, sino una linealidad “acto”. La información como modelo del Intermundo, de Dios, debe ser lo más parecido a lo que entendemos por un acto. Y ese difícil concepto de la información-acto sólo se puede construir con conceptos convencionales desmembrados y reconstruidos como nuevos aspectos. El mejor de esos conceptos es la memoria. Pero no la memoria como recuerdo, como recopilación de lo sucedido, sino la memoria viva que depende íntegramente de la voluntad de Dios. Dios conserva la información para trasmitirla a otros mundos, pero no la almacena. Dios es el Intermundo. Y en ese Intermundo nada se guarda, porque, si fuera así, esa material “almacenado” o “memorizado” constituiría un mundo propio, incipiente, distinto al estado de “acto”. Un mundo que ya no sería Dios.
- Dios no altera la información, pero trasmite sólo la que quiere.
La memoria de Dios, ese medio adecuado para que subsista la información o, mejor dicho, ese medio adecuado para convertirse en sí mismo en información, no se almacena. Carece, por tanto, del principal aspecto que le atribuimos a la memoria: el de “almacén de información”.
En nuestro mundo, la información se mantiene inalterable no importa el medio en el que se plasme. En sí misma como medio, es memoria viva y, así entendida, un buen modelo de tránsito ortogonal. Luego, en cada medio o formato (en cada mundo, cosa o persona) se manifestará de forma distinta, pero, independientemente de la distorsión en la que se constituya, esa información permanecerá inalterada. La información también será esencialmente la misma en nuestro mundo o en cualquier otro mundo, aunque la manifestación y los efectos de esa información sean distintos según el mundo en el que se den.
Así pues, las distorsiones, entre ellas el alma y su conciencia, aunque son cosas de cada mundo, explicables exclusivamente por las leyes naturales de ese mundo sin necesidad de apelar a lo sobrenatural (a lo ajeno al mundo), tienen información exacta de otros mundos y del mismo Dios. La información como medio de sí misma, la memoria vida, es un lenguaje universal: el lenguaje de la ortogonalidad, la palabra de Dios (ignoto). Pero esa información inalterada a su paso por Dios de uno a otro mundo, no es ajena a la voluntad divina pues, en ese caso, limitaría su libertad al “obligarle” a ser un simple e inerte canal de comunicación. Dios decide qué información trasmite. Decide qué “perdura” entre mundos, que pasa de uno a otro.
Vimos, por ejemplo, en el GRÁFICO 4 que cuando un suceso del Mundo puntual “muere” su no existencia alimenta la anticausa y el mínimo ser de su existencia pasa al Mundo Denso. Pero, como veremos, Dios puede no trasladar esa información hasta Nunma y el ser de la existencia regresará al Mundo Puntual para reencarnarse.
El espaciotiempo lineal es, por tanto, real en cuanto que sólo posee caracteres virtuales, es decir, como información, y es esta característica de la virtualidad la que lo constituye como un espaciotiempo sin mundo (pues su realidad consiste en no ser real, es decir, en no constituir un mundo). Y, pues no constituye en sí mismo un mundo, representa un aspecto del entorno universo, de lo ignoto. Pero no es una burbuja de Intermundo atrapada en el mundo, sino un espaciotiempo sin mundo pero en el mundo.
- De la oscuridad del espaciotiempo lineal nace el sujeto.
Nuestra alma está abierta al Intermundo, esa oscuridad de memoria viva, donde nada permanece ni siquiera un instante, aunque se trasmite constantemente, por pura voluntad de Dios. Y esa oscuridad, transmutada por el yo lineal, en punto cero de la conciencia lineal, allí donde la secuencia causal pierde el soporte sólido de un mundo objetivo, se convierte en el alterego del alma: el sujeto.
- La conciencia lineal es el mismo sujeto. Y el sujeto, a su vez, no es más que subjetividad.
Lo absolutamente subjetivo será caótico en la medida en que se pierda en ese vacío, en ese “punto cero” con el que denomina al alma, y será orden en la medida en que no asigne a ese punto cero (a esa cifra) más que el valor cero. La subjetividad encarnada en sujeto es cero, la subjetividad como secuencia lógica se corresponde con la objetividad. O lo que es lo mismo: la propia subjetividad convertida en sujeto se corresponde en la máxima objetividad, como sinónimo del máximo conocimiento del orden natural o divino que podemos alcanzar. ¿Y cuál es la máxima expresión de esa subjetividad objetiva?: el discurso lógico.
El discurso lógico expresa el punto de máximo misterio religioso y, en ese sentido, la mayor cercanía al orden divino (o natural), por la sencilla razón de que se constituye en un mundo de variables, de potencia de ser o suceder sin ningún valor concreto más que su misma daditud. Un mundo de variables que está completamente libre de la imperfección del mundo, es decir, de aquellos valores concretos en los que, como residuo a extinguir, se expresa la imperfección. El mundo, una vez agotado el rescoldo de la imperfección surgido a causa de que la nada se convierte, en la Creación, en (no ser) nada, será no uno concreto de entre los posibles mundos que describen la perfección, sino la simple posibilidad de mundo.
Sobre la subjetividad como sujeto se ha hablado mucho, aunque no en estos radicales términos. Y, como quiera que es asunto predilecto del delirio lineal (y de la vanguardia académica posmoderna o anteposmoderna), nos resulta ahora y aquí más interesante hablar de la otra oscuridad, la del sujeto como subjetividad o, dicho de otro modo, la del sujeto como conciencia lineal. Ese parlanchín interior que con tanta eficacia y persistencia suplanta a nuestra verdadera conciencia, la del alma.
Cuando pensamos, sentimos y concienciamos algo, es decir, cuando le prestamos atención a la vez que percibimos nuestro percibirlo, lo hacemos “de forma consciente” desde el sujeto. Hemos asociado la conciencia con la descripción de lo que concienciamos en términos lineales, racionales, expresados lógica y verbalmente.
El preciso relato verbal y racional de lo que concienciamos y de la propia conciencia como oscuridad insondable, lo convertimos en conciencia oficial y, con ese cuadro, conciencia insondable junto a lo concienciado, fabricamos un ente, el sujeto, la conciencia lineal, la subjetividad encarnada en un personaje ficticio, en un guión que simula ser un hombrecillo dentro de nuestra cabeza, que habla, relata y memoriza los relatos.
Lo que no se puede relatar no es conciencia. Lo que no se puede memorizar en términos precisos y ordenados, no es conciencia. Es inconsciente. El sujeto lineal (no hay otra forma de sujeto) es el simulacro de conciencia que convierte a esta en lo oscuro, lo inconsciente, lo inmemorizable.
- La subjetividad encarnada en sujeto convierte la conciencia en algo oscuro situado dentro del mismo abismo al que se abre.
La memoria sobre la que se asienta el sujeto es almacén. No es información viva como la de la verdadera conciencia, la del alma, convertida en abismo insondable. No es información nueva, no es conocimiento en el sentido shukultiano. Es lo conocido. Pero no lo desconocido que se descubre. Es lo conocido que ilumina cuanto vemos, le da forma y lo coloca en el exacto lugar que debe ocupar en la secuencia lineal, lógica. El conocimiento lineal es un crisol con el que ordenamos el mundo para convertirlo en crisol.
Lo que no podemos expresar en términos concretos no está concienciado. Y, sin embargo, esa no es la verdadera conciencia, sino su linealización. Si deseamos, lo que hacemos es escuchar el relato interior, verbal, de los deseos. Sin ese relato no sabemos qué estamos deseando. Porque saber conscientemente requiere que el sujeto se entere. Y el sujeto no es más que esa subjetividad encarnada en un personaje de ficción: el yo lineal. Nuestra habla interior convertida en “nosotros mismos”.
- Sin habla, sin lenguaje, el sujeto lineal y su conciencia permanecen ciegos y silentes.
Tan poderosa es esta creación delirante de nuestra red que el sujeto suplanta, esconde y anula en muchas ocasiones al yo psicológico y no sólo al alma, al yo profundo. Nuestro suceder lo confundimos con el relato íntimo de ese suceder. Y a nuestra vivencia le ocurre lo mismo: queda reducida a lo que se puede resumir verbal, lógica y ordenadamente. No sólo lo que proviene del Intermundo, de otros mundos y de la misma Nada (nuestro propio brotar a cada instante desde la Nada) queda oculto por el sujeto. También toda la rica realidad puntual, holística e instantánea de nuestro mundo nos pasa desapercibida porque estamos situados unos centímetros más arriba de ella, de esa vida, de ese sentimiento, sensación, emoción, idea… No estamos situados en una vivencia, sino en el relato de esa vivencia. Vivimos el relato de una emoción, de un momento, de una reflexión. Vivimos su transposición a términos virtuales de duración y extensión. Vivimos el relato que de nuestra vida hace el sujeto. Vivimos la subjetividad y no la vivencia.
- Para el sujeto lineal, vivir es ser conscientes. Y ser conscientes es poder relatar linealmente lo vivido.
El sujeto se ha adueñado de nuestra alma y de nuestra vida. Se disfraza hora de yo, hora de conciencia para establecer sus leyes inamovibles: conciencia es relato verbal, preciso y memorizable, como voluntad es control aunque no venga seguido por el éxito. Y así, alejados de la vida y de la conciencia del alma, podemos ignorar lo ignoto y convertirlo en misterio y, al mismo tiempo, ignorar los hechos reales, los sucesos concretos, para convertir al mundo en posibilidad de mundo, en un orden de leyes naturales o divinas momentáneamente afectado por los rescoldos de la imperfección: un mundo concreto.
Sin embargo, la realidad puntual se nos presenta, cuando anulamos la red y concienciamos desde el alma, como simultánea. Y esa simultaneidad adquiere, a su vez, la forma holística de algo inabarcable. Los hechos son un instante inabarcable. Pero el suceso de la propia existencia es una simultaneidad abarcable. Lo simultáneo no tiene porqué ser confuso o indiferenciable. Como no tiene porqué ser confuso lo ambiguo y desfasado.
- Lo que no viene verbalmente descrito no tiene porqué ser confuso. Lo consciente no tiene porqué ser expreso.
Lo que sí resulta confuso es el contraste entre el delirio lineal y la realidad puntual. De hecho, lo que no es simultáneo no es puntual. Lo que no ocurre simultáneamente en el instante no es puntual. La reflexión lineal acerca del instante sobre el que construimos nuestra idea de conciencia, es una marioneta que suplanta a la verdadera conciencia puntual. La conciencia no es esa reflexión sobre nuestra conciencia posterior a su instante. Nosotros no somos esa reflexión, ese mirar posterior a nuestro instante vital, a nosotros mismos. La conciencia es simultaneidad. Y la reflexión puntual, holística, sólo es posible en esa simultaneidad del instante. Por eso, cuando estamos en la verdadera conciencia, y no en el delirante simulacro lineal de conciencia, aunque sabemos que estamos pensando algo, no podemos relatarlo de forma pormenorizada, lineal, verbalmente coherente. Sólo podemos saber qué sabemos, aunque no podamos expresarlo para que nuestro sujeto, esa farsa lineal de conciencia, lo entienda.
|(
El alma es el único misterio de nuestra vida. Todos los demás son simples problemas sin solución.
El sujeto no es conciencia. La conciencia es aquella con la que percibimos puntualmente el mundo unidimensional en el que vivimos sin limitarlo a un relato verbal y ordenadamente secuenciado, y la que, al mismo tiempo se abre como una ventana a lo ignoto. Lo que hay detrás de nuestra conciencia no es un sujeto prediciente, que debe encontrar y ajustarse al orden lógico, perfecto, para sustentarse en él. La conciencia se sustenta y proviene del abismo insondable. El sujeto, el orden lógico, el delirio lineal, es una distorsión, una manifestación mundana y delirante de Dios que accede a nuestro mundo puntual a través de la conciencia sin sujeto, la del alma. Creemos que ese sujeto, remedo virtual de la conciencia, actúa. Pero tan sólo sucede. Si hay un solo atisbo de acto en nuestras vidas, ese procede del alma.
(0+0)=0.
Uno de estos ceros, (0+0), es Dios. El cero resultante, =0, es alfa, que adquiere una cifra (una apariencia exterior) definida por la totalidad en la que se encuentre. Pero alfa no está en función de ninguna cosa (dado que está incompuesta por 0+0), sino que el mínimo ser de nuestro existir viene expresado así:
Somos una variable (mínima) pero real, no porque esa variable determine nuestra composición, sino porque la función de nuestro suceder es un número aleatorio resultante de la relación de un número real (aunque ignoto), el cero de Dios, con el cero (de la Nada).
- Un cero del alma es Nada, el otro es Dios, y el resultado, =0, es la conciencia.
Ahora podemos entender, incluso desde el fondo de la matemática sinonímica, desde la lógica matemática (pero no desde su literalidad formal), porqué cualquier número multiplicado por cero da un valor aleatorio: porque se relaciona con Dios, que es puro acto impredecible. Si un cero de nada se relacionara con otro cero de nada, lo cuál es imposible tanto desde la formalidad como desde el fondo de la matemática del contable, el resultado debería ser necesariamente “cero”. Pero uno de los ceros es algo distinto a “ausencia”. Es otro “estado de la materia universal”35. Su resultado, pues, no puede ser la nulidad (la ausencia) sino lo ignoto expresado en términos matemáticos como impredecible y en ese sentido, aleatorio36. Como quiera que la cosmovisión sinonímica no admite ese estado de la materia universal y, por tanto, la distinta naturaleza de “cero”, en las operaciones matemáticas de nuestro mundo el cero es el único número que nunca se relaciona consigo mismo.
Pero desde una perspectiva no sinonímica, cero puede expresar distintas cosas. Precisamente su no composición expresa una variedad compositiva distinta, incatalogable. Viene a expresar algo así como “pues no se puede dividir sólo puede formar parte de algo indivisible”. Por tanto, esa incomposición del cero es uno más entre los valores matemáticos de composición.
Esto puede resultar difícil de aceptar incluso desde una lógica sinonímica (matemática de contable) de vanguardia, abierta a concepciones no convencionales. Pero no debería de ser más inaceptable que entender que los números (incluido el uno), pueden tener distintas composiciones (3 puede ser “2+1” o “1+1+1”) y ser la misma cosa. Poseer una naturaleza incompuesta no implica no tener naturaleza, sino que esa naturaleza incompuesta debe ser necesariamente expresada como aleatoria.
Más claro nos resulta esta distinción de naturalezas incompuestas si recordamos lo dicho en el capítulo titulado “Al Principio fue la Nada” sobre la representación de la causalidad espontánea suponiendo un continuo causal-incausal con un polo de valor positivo y, otro, de valor negativo. “Cero” puede ser el valor “0” del polo positivo o el valor “1” del polo negativo. Dos naturalezas pues, completamente diferentes en un mismo estado que, como constelación sinonímica, definiríamos únicamente como “incomposición”, perdiendo con ello toda posibilidad de distinguir. Pero, como en ese mismo capítulo se dice, “en la Nada ya existe una diferenciación no dicotómica: la misma indiferenciación”. Una indiferenciación que es otro modo de evocar la presencia necesaria de Dios Acto en el inicio de la Creación para poder relacionar el Mundo Nada, surgido espontáneamente de una anticausa, y el Mundo de la Existencia, surgido del ya Mundo Nada.
Pero esto son sólo figuras con las que poder evocar una extraña realidad para nuestra convencional concepción sinonímica. No debemos tomarlas al pié de la letra, como las parábolas y los mitos de la antigüedad, en su literalidad sinonímica, sino como figuras evocativas de aspectos de la realidad que nuestro delirio lineal no ha logrado, hasta ahora, describir fielmente.
Cero “ausencia” relacionado con cero “incógnita” da como resultado un cero cuya cifra, es decir, cuya “expresión relacional” (sus 22pp) es indefinible porque depende de en qué totalidad se relacione con otras cosas. La conciencia, ese resultado indefinible, se expresa no por el vacío del que surge, esas profundidades en las que limitamos con el abismo insondable de (0+0), sino sólo por su expresión en el mundo puntual o en el delirio lineal.
El cero-ausencia de la Nada de donde provenimos se une al cero-incógnita de Dios para manifestarse como cero-conciencia. Ese suceso, (0+0)=0, no tiene composición, por eso le asignamos un valor “cero”, pero es parte de algo y, por tanto, adquirirá una cifra (un nombre, un aspecto, una manifestación) que depende de sus 22pp, es decir, su ser parte de una totalidad. Genéricamente, a esos 22pp (a la cifra) los llamamos “alfa”. Pero alfa puede medir o adquirir la forma que sea dependiendo de en qué totalidad se de. Veremos a alfa como la conciencia, como la partícula indivisible y más pequeña o como una partícula indivisible inmensa (el vacío cósmico).
La conciencia toma la forma de aquello sobre lo que se enfoca: una idea, un rostro, un sentimiento… O mejor dicho, la silueta de lo concienciado marca el vacío concienciador. Ese hueco es la conciencia. Lo otro, las siluetas puntuales o lineales, son sus 22pp, que dependen de los 11pp de la totalidad en la que se encuentre.
Si “=0” es la conciencia, el alma seria nuestra propia individualidad, nuestro suceder puntual, expresada mediante la fórmula completa de “(0+0)=0”. Esta sería nuestra “cosa unidimensional”, nuestro suceso, nuestro pseudoente.
Nosotros somos “(0 ausencia + 0 incógnita)= 0 conciencia”. Pero todo eso, y no sólo la conciencia. De manera que también estamos hechos de nada y de Dios.
El alma, por tanto, no es sujeto. El sujeto, tal y como convencionalmente lo entendemos, es una entelequia. Es la conciencia (=0) traducida a términos lineales como causa de la voluntad, donde, gracias a un circulo que se retroalimenta, esa voluntad tamizada a través del sujeto se convierte en subjetividad. El verdadero sujeto del alma es Dios, uno de los ceros que la componen. Pero Dios no es un sujeto lineal, sino el único verdadero sujeto en cuanto que está incausado y es único origen de su subjetividad. Sólo siendo verdadero sujeto se pueden cometer actos. Todo lo demás son sucesos con apariencia de acto conformada por el sujeto virtual. Dios no procede de Nada y, por tanto, no puede ser un suceso. Tampoco puede ser un ser, porque debería ser el Ser Absoluto. Sólo puede ser sujeto verdadero como sinónimo de “actuante”.
- Dios es Sujeto sin subjetividad.
Lo es, en primer lugar, porque es absoluta subjetividad. Y como absoluta subjetividad ni siquiera está sujeto a sus actos. No tiene que ser coherente con el historial de sus actos. De ese modo, no sólo no es variable que predice la posibilidad y el orden de los casos concretos, sino que tampoco es función, pues no está dado ni sujeto a su propio y casual suceder. Por eso, la figura de nuestra conciencia se adapta muy bien a la idea que tratamos de evocar sobre Dios Acto. La conciencia se renueva en cada acto, o, expresado de otra forma, su fluir (como concepto distinto a autor y acción) es independiente de sí mismo (como función, pero también como variable). Y ese fluir, a su vez, es una buena representación del Intermundo como evolución ortogonal del Universo.
Dios, subjetividad absoluta, no genera subjetividad porque, al no tener ningún condicionante, tampoco tiene ningún referente con el que podamos medir la objetividad de sus actos. Y, si lo tiene, ese es el Todo.
El Todo es un referente que puede variar (el valor del Todo lo hace de hecho), pero siempre es idéntico a sí mismo y, por tanto, absoluto por el simple hecho de que no hay nada con lo que podamos referenciarlo y de lo que dependa para poder tener una cifra relativa a ese algo. El valor relativo del Todo consigo mismo es siempre 1 en la medida en que es tal Todo y no sólo la simple totalidad como suma de lo que hay sino la de todo lo que hay como totalidades y como partes.
El Todo, como referente de la subjetividad de Dios Intermundo, es congruente consigo mismo y, por tanto, establece una objetividad autoreferente que sólo puede darse gracias al Intermundo, a Dios, que une los mundos incompatibles en un Universo Ortogonal. La correspondencia entre la subjetividad absoluta de Dios y la objetividad absoluta (perfectamente congruente consigo mismo) del Universo, del Todo, es perfecta.
- Hablar de Dios es hablar de nuestra conciencia. Pero eso es sólo el principio.
Delante de nosotros, de nuestra conciencia, se abre el mismo abismo que hacia atrás. Provenimos de Nada. Nada condiciona nuestra conciencia o, al menos, siempre llagamos tarde para descubrir qué hay detrás de ella. Y eso exactamente ocurre también hacia delante, hacia donde se abre el mundo ante nosotros: los sucesos, los objetos, nuestras propias ideas y sentimientos. Creemos que no es así, pero entre la conciencia y el mundo de los sucesos hay también un abismo, porque cuando percibimos-pensamos el mundo se abre ante nosotros un abismo. Pero tras ese abismo hay algo, el Mundo, aunque sea un mundo de sucesos.
Cuando pensamos o sentimos a Dios, un abismo se abre entre el silencio de nuestra conciencia y él. Pero tras ese abismo no hay ya sucesos, ideas o sentimientos, ni siquiera está esa vocecilla interior, el sujeto, que confundimos con la conciencia, sino otro abismo. Un abismo junto a otro abismo. La conocida fórmula, (0+0)=0, adquiere desde la perspectiva de la reververancia de abismos un aspecto estremecedor en el que ese cero “resultante”, =0, se convierte, incomprensiblemente para nuestra matemática de contable (incluso para la del contable loco que inventa extravagancias matemáticas), en algo casi distinto a nada: alfa. Pero, como hemos visto, es algo distinto gracias al conjunto de la fórmula, incluido el mismo cero como resultante (=0), que también se relaciona retrospectivamente con los sumandos para poder, entre todos y todo, alcanzarlo a él como resultado.
La nada es vacío: “0”. Dios es ignoto:”0”. Pero esos dos ceros dejan de ser vacío e ignoto, ausencia e incógnita, al relacionarse como abismos, dar el resultado de nuestra conciencia y, entre todos, Nada, Dios y conciencia, constituir ese vértice, esa cosa de la mecánica de intervalo, que es nuestra alma, nuestra existencia individual37. Es un bucle, por tanto, lo que permite esta especie de milagro natural, este juego de causa inversa y anticausa, de ortogonalidad. Estamos en los límites del mundo. Vivimos en los límites del mundo, asomados a su principio y a su fin. Somos un límite, y esa mínima naturaleza es la que condensa nuestro ser del suceder, nuestra identidad.
¿Participa Dios de la misma necesidad de nuestra existencia que la nada para ser tal Nada, o Dios necesita mundos a los que relacionar, pero no necesariamente nuestra existencia, o la misma Existencia? Si Dios necesitara del Mundo de la Existencia, esos dos ceros, Nada y Dios, serían lo mismo. Y la igualdad de ambos, paradójicamente, nos retrotraería al protohecho naumori38.
(0=0) ―> 1
“Cero igual a cero implica Uno”. Donde ambos ceros son nada, cuya igualdad representa la potencia de ser. El Ser Absoluto es “1”. Y el Mundo es “―>”, el mismo instante de la Creación-afirmación de la perfección y unicidad divina que, a nosotros, que participamos de esa imperfección o residuo “―>”, nos parece millones de millones de años.
Cuando desaparece la igualdad, sólo queda “0”, lo que es igual que no quede nada, es decir, a la nada absoluta. Finalmente, para nuestro mundo de temporalidad (aunque no para el Ser Absoluto) la implicación, sin (0=0), termina por desaparecer, después de agotar su propia temporalidad. Así pues, para representar la Creación como actualización de la potencia del ser en Ser Absoluto, deberíamos situar en distinto plano a Dios (el Ser Absoluto), 1, y al Mundo, ―>, para expresar el hecho de que la temporalidad del mundo no afecta a Dios, sino que este, sin que medie lapso temporal ni espacial alguno, deviene instantáneamente como 1.
Una vez desaparecido (0=0), tendríamos esto:
―> 1
Y el Mundo, ―>, se iría consumiendo como una mecha a la que se prende por uno de sus extremos. El fondo blanco del papel en el que se encuentran 1 y ―> sería la nada absoluta. Y, según esa representación, el mundo sería una tonalidad grisácea en el papel fruto de la actualización de 1 que, poco a poco, va desapareciendo hasta convertirse en un blanco puro donde sólo se encuentra 1. La tonalidad gris desaparece porque sus ínfimos puntos negros, aislados entre sí y con relación a Dios (al 1), van integrándose en 1 atraídos por su “magnetismo”. A Dios, 1, no lo limitan esa nube de puntos negros porque su forma perfecta de “uno” ya está configurada y en nada afecta a su perfección ser un poco más grande o más pequeño en función de que se le añadan esos puntos negros de la nube residual de la Creación. Y no le afecta porque 1, único, no tiene con qué referenciarse para ser más pequeño o más grande, pues sólo es él.
Dios es forma de 1, y puro color negro. Su naturaleza perfecta no se ve afectada por la nube de puntos negros del mundo. Pero esa transitoria separación de Dios implica que nuestra existencia individual, mundana, es la fuente del sufrimiento. Más aún, la propia existencia es esencialmente sufrimiento que tiene su origen en la soledad. La soledad es el origen del sufrimiento. Y esta soledad tiene su origen en la separación, en el aislamiento de la individualidad. El mal incrementa la individualidad y, con ella, ese individualismo produce mayor sufrimiento. El bien disminuye la individualidad y, por tanto, el sufrimiento. La individualidad, y con ella la soledad, y con ella el sufrimiento, sólo puede eliminarse por completo al disolvernos, tras la muerte, en Dios. Pero, si persistimos en el individualismo, es decir, en el incremento de la individualidad y no en su disminución, tras la muerte nos alejamos de Dios y, o bien quedamos aislados eternamente como un punto negro perdido en la inmensidad del blanco de la nada, o bien regresamos al mundo como un punto negro reencarnado, donde tenemos otra nueva oportunidad de, disminuyendo nuestra individualidad, incrementar en nosotros el signo de la fuerza con la que somos atraídos por el magnetismo del negro divino tras la muerte.
Pero, siendo así las cosas, ¿podemos encontrar algún alivio al sufrimiento consustancial de nuestra existencia? ¿Podemos encontrar aquí y ahora la salvación ante ese pecado original?
No hay salvación en este mundo. Tan solo podemos aliviar el sufrimiento. Un alivio que se corresponde, en la tradición naumori, con la felicidad mundana.
- La fórmula naumori para aliviar el sufrimiento consiste en disminuir nuestra individualidad, mediante dos vías: la ascética y la orgiástica.
El misticismo naumori consiste en aislarnos del mundo y, así, no estando sometidos a sus encantos, no se despiertan los deseos individuales y la individualidad se duerme bajo el aislamiento sensorial de los anacoretas. Se trata de un misticismo ascético dirigido directamente contra los deseos. Sin deseo, la máquina de la voluntad individual se detiene y, sin voluntad egoísta, la conciencia no percibe soledad.
Pero la ascética no viene sólo representada por los místicos y los santones. También aparece en la disciplina y el sometimiento. Las técnicas de adoctrinamiento, el popular “lavado de cerebro”, basa su técnica en anular la individualidad. La alineación se basa en el aislamiento con el que, paradójicamente, anular la voluntad individual y someterla a la obediencia de una voluntad ajena encarnada en una persona o en un dogma. Aislar para apagar la individualidad y no ver el espejo en el que esta se refleja como soledad.
También se puede disminuir la individualidad diluyéndola mediante un proceso orgiástico. Los otros, los que nos rodean, son el espejo en el que nuestra existencia individual aparece como soledad. Si ellos no estuvieran no sabríamos que estamos solos. La ascética nos aísla del mundo y de los demás. La orgiástica nos disuelve en el colectivo. Uniéndonos a los otros, los límites de nuestra individualidad se difuminan, disminuye la sensación de soledad y, con ella, el sufrimiento. Renunciando a nosotros por amor o por sumisión oscurecemos el espejo en el que nuestra individualidad se muestra con el rostro de la soledad39.
Pero el sufrimiento también se alivia anulando directamente la conciencia de modo que, al cerrar los ojos, dejamos de ver el espejo de la soledad. Las drogas, la locura… la enajenación nos disuelve en el mundo, como una cosa más, despojados de conciencia. Las drogas pueden ofrecer una perspectiva diferente, pero por lo general tan sólo permiten un momentáneo alivio de la soledad y el sufrimiento al eliminar la conciencia individual. Muestran así una evidencia estremecedora de que la única o fundamental causa de nuestro sufrimiento reside en la existencia individual, en la conciencia40. Eliminándola, desaparece el dolor y somos felices. Naumoricamente felices.
Planteadas las cosas desde la cosmogonía naumori, parece que la respuesta más sensata al problema de la existencia, que no es otro que su consustancial sufrimiento, consiste en anular, de un modo u otro, la conciencia individual.
- La solución final del Dios Perfección o Bondad estriba, pues, en un holocausto mínimo pero definitivo: acabar con nosotros mismos, con nuestra individualidad.
Exterminar el deseo (individual) conlleva eliminar el sufrimiento. El problema es que, una vez eliminado el deseo personal, sólo podemos hacer dos cosas: o entregarnos a los impulsos del cuerpo, que son idénticos a los de cualquier otro cuerpo, o eliminar también esos impulsos. Todas las soluciones existenciales naumori se reducen a esas dos alternativas.
Sin embargo, para el Shuk-Ul, debemos tomar la dirección opuesta. Hay que profundizar en la conciencia, en la individualidad, en la soledad.
- La fórmula shukultiana para aliviar la soledad consiste en ahondar en la individualidad.
Si Dios es ese otro cero que, junto al de la Nada, constituye nuestros 11pp, entonces, no debemos escapar a ese paréntesis, por que, eliminado nuestra deseo, nuestra individualidad, se desvanece el cero divino al debilitarse ese vínculo-bucle, y se fortalece el de la Nada. De ahí que, al intentar apagar nuestra individualidad para anestesiar la sensación de soledad, la conciencia queda frente a la Nada y un miedo y un vacío aún mayores nos sobreviene. Un miedo y vacío que nos lleva, en una vorágine autoalimentada (mejor sería decir “autoinanizada”) a intensificar la eliminación de la individualidad y, con ella, la libertad y el poder de la conciencia.
Alejados de Dios porque nos alejamos de nosotros mismos, de lo que esencialmente nos constituye como suceso, nos acercamos al Mundo Nada. Y ese sí que es un viaje terrorífico, por mucho que las doctrinas enajenantes (de la individualidad) nos lo muestren con dulces imágenes, como la de Dios Ser Absoluto.
La alineación y enajenación de los procesos ascéticos y orgiásticos sólo logran eliminar momentáneamente al sujeto, a la representación lineal de la conciencia. Pero ese sujeto no es la conciencia. En pleno éxtasis alineante o enajenante, persiste la conciencia del alma y, aunque sólo podemos relatarlo racionalmente una vez que todo ha pasado y nuestro sujeto vuelve a tomar las riendas, nunca habíamos dejado de contemplar el abismo de nuestra individualidad, de nuestro suceder como “0” y no como (0+0). A pesar de los ritos, las drogas, la inconsciencia o los éxtasis místicos con la divinidad, con el líder o con el grupo, seguimos contemplando el terror ese abismo ahora ya “nada” y, cuando llega la resaca y despierta el sujeto, sentimos una soledad y un sufrimiento aún mayor.
- Sin individualidad no hay libertad. Y, sin libertad, no podemos encontrar a Dios.
La adicción, la embriaguez de todo tipo que anula la individualidad lineal del sujeto, pero, paradójicamente (horrorosamente) nos muestra el abismo frente al que nuestra soledad, sin ese cero divino, está indefensa. Regresamos del intento por acallar nuestra individualidad habiéndonos enfrentado cara a cara, indeciblemente, holísticamente, con el rostro más amargo de la soledad: aquel que sólo está rodeada de nada, sin ese otro cero o vacío de Dios. Vemos el Intermundo, pero si sólo miramos en dirección al Mundo Nada, ese abismo entre mundos se reduce a nada y, en ella, la soledad de la existencia se tiñe de angustia y sufrimiento.
Cada vez que intentamos escapar a nosotros mismos, a lo que nos hace “nosotros”, sólo conseguimos acallar momentáneamente al parlanchín sujeto que suplanta nuestra vida transformándola en una película, en un simulacro de ella misma. Y, entonces, alejándonos de la conciencia de nuestro suceder, de nuestra alma, quedamos en tierra de nada (y nadie). Y vemos, allí en la distancia, ese cero de un Dios que no es del que nos han hablado. Un Dios ignoto que, desde esa tierra de nadie, lejos del límite que somos, nos produce terror porque, al no poder relacionarnos ignotamente con él, se confunde con la Nada. Una vivencia aterradora que interpretamos o nos llevan a interpretarla como una sensación de liberación producida por el acercamiento al Dios Perfección.
La destrucción de la individualidad no tiene sólo un efecto profundo, místico, sino que afecta también a nuestra visión del mundo. La disolución del sujeto lineal producida por substancias químicas, situaciones emocionales o fisiológicas, como el sueño, el sexo, el hambre… etc. no destruyen por sí misma la conciencia individual sino que “anestesian” al sujeto lineal y nos libran de su delirio, desvelando entonces una realidad distinta: el unidimensional mundo puntual en el que realmente vivimos.
Esa nueva “conciencia liberada” no es el fruto de la eliminación de la individualidad profunda, la de la conciencia, sino de todo lo contrario: la destrucción de la red lineal a través de la cual vemos el mundo. No es que, anulada la individualidad, vemos el mundo lineal de forma holística, sino que, anulada la red, vemos, desde nuestra verdadera individualidad, el mundo tal y como es: puntual.
- Un chamán se droga no para acallar al sujeto y, así, creer por un instante que ha perdido la subjetividad. Sino para ver el mundo directamente desde el alma.
Un chamán no toma una droga para caer en la inconsciencia y librarse de su soledad, sufrimiento y miedos, sino para quitarse el velo del sujeto, el delirio del mundo lineal y, así, poder contemplar la realidad sin distancias ni duraciones, en la que todo está relacionado de una forma menos ordenada pero, también, más inmediata, menos nítida pero, también, menos disociada. Un chamán se droga o realiza un rito para librarse de las gafas lineales del sujeto y alcanzar su verdadera individualidad, con la que ver el mundo real en el que vivimos.
El chamanismo primitivo o el contemporáneo (que lo hay, escondido tras fastuosos nombres) lleva a cabo una despersonalización consciente, un aniquilamiento del sujeto con un objetivo completamente distinto al naumori. Viendo y tocando el mundo real con los ojos y las manos de nuestra verdadera existencia individual y no con la máscara del sujeto, podemos acceder al conocimiento inefable y último de las cosas y a la causalidad casual mediante la que obtenemos el poder de la magia.
El poder del alma, de nuestro suceso individual, es muy superior al de la más avanzada tecnología, pero menos evidente para el sujeto, que necesita un relato ordenado sinonímicamente, de significados precisos y tautológicos, para tranquilizarse pensando que está ante la verdad.
Pero no es necesario enajenarse con substancias o situaciones fisiológicas y emocionales extremas, ni tampoco hay que alinearse con doctrinas de perfección y bondad en las que se pierde la visión del pobre y patético sujeto para contemplar y conocer (holísticamente, no linealmente) el mundo y alcanzar el poder de la realidad y no la ficción de poder del mundo virtual de nuestro delirio. Nos basta con buscar, potenciar y vivir desde el alma, por medios normales y sencillos, al alcance de todos, sin tener que apartarnos de la vida cotidiana. Gratis y fácil.
Dios, decía Santa Teresa, anda entre los pucheros41. No hay que ir a buscarlo en la soledad del desierto, en el desierto de deseos, ni en las complejas disciplinas doctrinales. Aunque en esos lugares, de forma innecesariamente dura y compleja, también lo podemos encontrar si superamos la tentación del propio aniquilamiento. A Dios lo tenemos en el lugar más próximo y accesible, un lugar al que nadie nos puede impedir que vayamos: nosotros mismos. Nuestra conciencia. Nuestra alma.
Sólo podemos relacionarnos con Dios preservando nuestra individualidad. Y preservar e incrementar nuestra individualidad es la primera regla ética (como consejo, no como ley) del Shuk-Ul42.
El existencialismos shukultiano, al que va asociada su ética como un aspecto más del mismo, se basa en un principio muy sencillo: Si anulamos la conciencia individual, percibimos en menor medida el abismo insondable y la soledad que implica nuestra libertad, pero también nos alejamos de Dios y nos acercamos a la Nada, que es vacío y no abismo. La salvación existencial, ética y, también, como veremos, de ultratumba, está en el camino a nosotros mismos, incrementando la lucidez de nuestra conciencia y disminuyendo la del sujeto.
El Shuk-Ul ofrece una enseñanza muy sencilla: el alma se corresponde exactamente con nuestro suceso individual, con nuestra existencia como individuo. Con (0+0)=, donde a ese alfa podemos darle el apodo que queramos, un apodo con el que diferenciar su idiosincrasia. Pero para nosotros siempre somos “alfa”, la conciencia del alma, de nuestro suceso. Vivir desde el alma es vivir desde nosotros, no en la frontera de nuestro cuerpo, desde los sentidos hacia fuera, o en el afuera que está enlatado dentro de nosotros como burbuja lineal, verbal, racional, convertida en simulacro de conciencia: el sujeto.
- La receta shukultiana es sencilla: ensimismarnos sin perder el contacto con lo que nos rodea. De alguna manera, soñar despiertos sin dejar de vivir soñando.
El principal y primer problema existencial shukultiano se reduce a la relación del alma y el cuerpo. Debemos reforzar la relación directa entre el alma y el cuerpo, pero no a través del sujeto. El método para conseguirlo no pasa por las extremas y complicadas disciplinas que se encuentran sólo al alcance de los mejores, los más esforzados o los elegidos. Basta con vivir desde el alma, relacionándonos con lo que nos rodea desde el ensimismamiento de la conciencia, no desde la artificialidad del sujeto lineal, aunque lo eduquemos para que, con todas esas sofisticadas disciplinas, adquiera una apariencia etérea, espiritual y trascendente.
La mística teresiana es un ejemplo magnífico. Pero también lo es Jesús. Su vida no fue la de un santón que se aparta del mundo, ni la de un esforzado seguidor de una compleja doctrina que conlleva una rígida disciplina. Con toda seguridad aprendió muchas de las liturgias de su época, tanto en Egipto como en el mismo Israel, y no sólo ni principalmente de los esenios, si es que realmente llegó a convivir con ellos o conoció en profundidad sus ideas. La enseñanza de Jesús consiste en un método directo y sencillo: simplemente con que quieras puedes acercarte a Dios43. Lo tienes ahí a tu disposición, al otro lado del “=”, en ti mismo, en (0+0). Puedes seguir con tu vida normal. Jesús goza de la amistad, del placer… de la vida cotidiana. Va al desierto para renunciar al desierto y al poder de la Perfección. Va allí para que venza su libertad. El trato era perder esa libertad, postrarse (sumiso) ante el Diablo, ante el poder de la Perfección. Pero, en una representación inequívoca de la Creación shukultiana, renuncia a la perfección para poder ser libre y, en ese sentido, ser verdadero Hijo de Dios.
Jesús no es un Buda, ni tampoco ninguno de esos iluminados que segregan una doctrina y una metodología (un rito) que consiste, básicamente, en apartarse de la vida cotidiana, sencilla, espontánea. Jesús encuentra a Dios entre los pucheros, en la risa de los niños, en los cuidados de una mujer, en el amor de su madre… en las consecuencias, a veces terribles, que conlleva defender la propia libertad.
El Shuk-Ul ofrece algo gratuito y fácil. Sólo hay que hacerlo. Perseverar en su sencillez. ¿Puede ser más simple? Ahondar en nosotros mismos, buscar el alma, nuestro verdadero suceder, a través de la conciencia, con tenacidad y perseverancia. Pues, al ser algo tan sencillo, cercano, íntimo y gratuito, lo más difícil será perseverar y no caer en la trampa de suponer que es poco valioso, que no va a servir para nada.
Lo difícil es perseverar hasta encontrar las pistas que nos señalen cuándo y cómo estamos viviendo desde el alma, desde la conciencia y no desde la simulación del sujeto que en su silencio verbal y racionalmente inútil finge ser conciencia.
La dificultad para aprender a controlar los esfínteres consiste en localizar las sensaciones que están asociadas a ese control completamente íntimo y difícilmente relatable de forma verbal y precisa. ¿Cómo explicar la sensación que sentimos cuando orinamos? ¿Cómo explicar qué hacemos y qué sentimos para orinar de forma voluntaria?
Si el alma es nuestro propio suceso, nuestra profunda individualidad, cómo saber qué sensaciones, estados mentales y emocionales y qué experiencias íntimas están asociadas con ella.
- ¿Cómo saber cuándo estamos en nosotros, en nuestra alma, si siempre estamos en nosotros?
Podemos vivir desde el alma muchas veces sin enterarnos. Porque el delirio lineal secuestra esas vivencias para entregárselas al sujeto, a la conciencia parlanchina y preclara. Unas experiencias que confundimos, adulteradas ya en su forma lineal, con las del alma.
Lo difícil en algo tan cercano, íntimo y cotidiano, es detectarlo. Distinguir cuándo estamos viviendo desde el alma, desde la conciencia y cuándo desde el sujeto. Incluso, cuando el sujeto simula (y lo puede hacer extraordinariamente bien) ser conciencia verdadera. Nos resulta muy difícil vivir desde el alma y, sin embargo, estamos haciendo algo aún más difícil: no vivir desde ella. Pues lo extraordinario, lo antinatural, es precisamente vivir desde el sujeto en un delirio que nos impide reconocer nuestra conciencia y, a través de ella, nuestra alma. Lo difícil es vivir la película de nuestra vida y no, directamente, nuestra vida.
- Nuestro cuerpo está poseído por el alma.
La voluntad del cuerpo no proviene de la Nada y de Dios, sino sólo de la Nada, porque el cuerpo no es nuestro suceso, sino un suceso ajeno y, por tanto, no lo vivimos como (0-ausencia + 0-incógnita). Nuestro suceder es conciencia-voluntad. El suceso “cuerpo” (y mente) no es conciencia-voluntad sino voluntad o sujeto-voluntad. El verdadero abismo hacia el mundo no se abre entre nosotros y los demás, sino entre nosotros y nuestro cuerpo-mente, entre la conciencia y la voluntad de nuestra alma y la subjetividad y los impulsos de nuestro cuerpo. Nosotros no somos un cuerpo poseído por un espíritu, sino que somos un alma (un suceso individual) unida a un suceso llamado cuerpo, que ha creado un remedo de espíritu, el sujeto lineal.
Somos un alma o, si preferimos, un suceso plasmado en una individualidad consciente y volitiva.
- Somos un alma a la que se le ha privado de vivir directamente en el mundo.
Se nos ha privado de poseer nuestro cuerpo en plenitud y debemos aprender a hacerlo. Quien crea que esta es una idea delirante, esquizoide, no tiene más que ensimismarse hasta quedar en el silencio de la concienciación sin verborrea. ¿Acaso eso es un delirio? ¿O el verdadero delirio es pensar que quien vive, quien sucede, es el sujeto, el parlanchín? Hablamos de vivencia, no de biología. No necesitamos un cuerpo. Nuestro suceder, nuestra conciencia-voluntad podría coincidir junto a cualquier otra parte con la que constituir la totalidad “yo”. Por el contrario, el suceder de un cuerpo (el nuestro) sin conciencia ni voluntad no es nuestro suceder44.
La información, resida en el medio material que sea, basta como sustrato de la conciencia, como totalidad sobre la que la conciencia (=0) adquiere 22pp y hace posible la existencia individual, es decir, “(0+0)=0”. Y la información, curiosamente, es un aspecto del delirio, de la linealidad, de la razón y el lenguaje.
Así pues, la totalidad en la que estamos dados es una linealidad, pura información, un sujeto subjetivo, el yo psicológico que, en última instancia, siempre se identifica con el yo lógico a través del lenguaje, de los símbolos, de los ladrillos del delirio. Por eso vivimos en un delirio, engañados eficazmente, tenemos un enorme éxito biológico, terroríficos problemas existenciales y, al mismo tiempo que todo eso, podemos adquirir perspectiva para darnos de que hemos suplantado al alma con una personalidad: el sujeto lógico, lineal, psicológico.
El sujeto psicológico es, en el ser humano, sujeto lineal y lógico gracias al lenguaje. Forma parte del engaño delirante pensar que psique y sujeto lógico son algo distinto. El yo en el que vivimos, gracias al delirio lineal, es una totalidad virtual.
- El yo es una realidad virtual
Y, por ese motivo, aparentemente invariable. Creemos que vivimos siempre en la misma totalidad, en un “nosotros mismos” imperecederos y no en un cuerpo-mente que es distinto instante a instante. Ese yo cuando teníamos cinco años no se parece en nada al yo de nuestros sesenta años. Pero creemos que vivimos en el mismo yo porque hemos sido atrapados como parte de una totalidad virtual, donde el sujeto, esa conciencia parlanchina y racional, no es un apodo de alfa, nuestra conciencia “=0”, sino algo completamente distinto y ajeno.
No es el demiurgo gnóstico, sino nuestro propio sujeto quien nos atrapa y encarcela en el cuerpo. El sujeto lineal convierte al cuerpo-mente en una cárcel virtual que nos impide, al alma que somos, suceder directamente en el verdadero Mundo Puntual. El alma no puede vivir su suceso en un mundo de sucesos, sino en una delirante realidad tridimensional, de falsa densidad, aparentando ser (y no sólo suceder) porque sucede en un mundo virtual de conceptos lineales.
No podemos tocar con nuestras verdaderas manos del alma, la voluntad, ni ver con sus verdaderos ojos, la conciencia, porque los objetos de del mundo lineal en el que estamos atrapados son de otra “dimensión”. Pero si pudiéramos vivir directamente desde el alma en el mundo puntual…
- Un cero, el de la Nada, se corresponde con el mínimo ser de nuestro suceder. El otro cero, el de Dios, se corresponde con el mínimo acto de nuestro suceder.
Describíamos desde la mecánica de intervalos las cosas puntuales, los sucesos, como un vértice, un momento abierto hacia los 11pp y los 22pp, hacia lo que nos constituye y hacia lo que nos disuelve como parte de otra cosa. Y representábamos ese momento no como algo que encierra, (), sino como algo que abre, )(.
El alma, el suceso de nuestra existencia, no sólo es el mínimo ser de nuestro suceder, el cero-ausencia como ser de la Nada, sino que también es el mínimo actuar de nuestro suceder, el cero-incógnita de Dios Acto45. Tenemos, también, un mínimo (verdadero) actuar sobre el que cristaliza el libre albedrío, la máxima manifestación del Amor Divino. Participamos del ser de la Nada y del actuar de Dios, de su libertad.
- Si pudiéramos realizar un solo acto, podríamos gobernar el mundo.
Nuestro mínimo acto, asociado a nuestro mínimo ser, solo puede llegar a alcanzar al suceder y quedar trasmutado en él. Sólo sucedemos, incluso cuando creemos que somos y que actuamos. Nuestro ser y nuestro actuar no tienen la suficiente entidad como para manifestarse en el Mundo puntual de sólo sucesos, como algo distinto a un suceso. El suceso llamado “ser” y el suceso llamado “acto”.
Estamos aquí, en este mundo de sucesos, y nuestro mínimo ser y actuar, nuestra alma, atrapada en la cárcel del delirio lineal y suplantada por el sujeto, no puede tocar al mundo, como no lo pueden tocar los espíritus. Pero, si lográsemos vivir desde el alma, ese mínimo ser y actuar tendría unas consecuencias enormes en el mundo de los sucesos, porque podría manifestarse en él como distorsiones con efectos descomunales. Nuestro poder, el del alma, es inmenso. La conciencia del alma, y no el sujeto, tiene un enorme poder en forma de distorsión de magnitud aparente muy pequeña. A esa distorsión se le llama magia, parapsicología o, con un nombre científicamente respetable pero reducido al ámbito físico, “efecto mariposa”.
Un mínimo cambio, un simple acto, un deseo desde la conciencia, y ese efecto mariposa se expande por el mundo de los sucesos con la potencia creadora de la Nada, del cero-ser de la Nada que nos compone. Pero esa potencia creadora no puede manejarse desde el sujeto porque ahí ya no estamos constituidos por la nada y por Dios, es decir, por una verdadera conciencia-voluntad, sino que somos un suceso que surge de la Nada.
- ¿Por qué el Mundo no nos obedece? ¿Por qué con la razón sólo alcanzamos una pequeña pero definitiva ventaja biológica?
Pues porque este mundo no tiene un orden, perfecto o imperfecto, que pueda ser conocido y manipulado por el sujeto lineal. El Mundo Puntual, en su unidimensionalidad, no puede ser tocado por el sujeto, que tantea, como un ciego, tratando de romper los jarrones a garrotazos. Una vez atrapados en ese mecanismo indirecto, el del sujeto y su delirio lineal, nos resulta muy difícil vivir desde el alma y poder, desde ella, tocar al mundo. Entre otras razones, porque la evidencia de ese contacto verdadero no es tan sencilla y obvia como la que nos presenta el orden de causas lineales del sujeto.
El efecto mariposa, el poder del alma, no sigue una secuencia lineal, sino que sucede en el sinorden del Mundo Puntual, en su desfase, de forma ambigua, holística, y no consecutiva. Cuando vivimos desde el alma, el abismo hacia el mundo se muestra en dos aspectos: el abismo real, consustancial al alma, y el abismo virtual creado por el delirio que nos desvía hasta un mundo imaginario. Esos dos aspectos podemos representarlos como “casualidad” y “sensación”.
Estamos alejados de la realidad unidimensional y sustituimos las vivencias holísticas que provienen de ella por sensaciones, que son los sucedáneos virtuales de esas vivencias. Las vivencias, tal cual se presentan, no pueden se pueden expresar linealmente y quedan descritas como ambigüedades, desfases y fantasías.
- Nuestra vida desde el sujeto discurre en pos de sensaciones.
No tratamos directamente con los sucesos, sino con sensaciones, que son correlatos emocionales y cognitivos de vivencias.
La mayoría de la gente vive persiguiendo sensaciones. Sin embargo, los que actúan al margen de las sensaciones son mucho más poderosos que los que viven en y para ellas. Aparentemente hacen lo mismo que los demás. Pueden, incluso, ser menos brillantes y eficaces, pero consiguen las cosas. Triunfan. Tienen poder.
Mientras unos se contentan con la sensación, aunque esta apenas se corresponda con los hechos, los otros ignoran sus sensaciones y se centran en los hechos. No se detienen hasta que consiguen las cosas independientemente de la sensación de conseguir esas cosas, mientras a la mayoría de las personas les basta con tener la sensación de poder, de triunfo, de fama, de placer.
No perseguimos el amor, sino la sensación de amor.
Vivimos en una máquina expendedora de sensaciones que suplantan a las vivencias de la realidad, porque esas vivencias sólo se pueden conseguir desde la conciencia y no desde el sujeto disfrazado de conciencia. Muy pocas veces vivimos desde el alma, a través de la conciencia directamente aplicada al mundo real. Y cuando lo hacemos así, la vivencia, deformados como estamos por la sensación de realismo del delirio, nos proporciona poca sensación… lineal. Nos sabe a poco. Nos parece irreal. La sensación lineal es la droga de la que se alimenta nuestro delirio.
- Las sensaciones son la droga que alimenta nuestra vida virtual desde el sujeto.
Las disciplinas que fortalecen la voluntad individual que nace junto a la conciencia del alma se aproximan más a la causalidad verdadera que el análisis racional basado en la estadística. El problema es que esta causalidad real no aporta las sensaciones en las que hacemos residir el grueso de nuestro criterio de realidad. Y, como no aporta sensaciones, no le damos importancia y no creemos en la utilidad de lo que definimos como el simple desear46. Y este es uno de los mayores obstáculos para perseverar en la búsqueda del alma y en vivir desde ella: nos quedamos sin la droga de las sensaciones y esto nos hace, a su vez, juzgar las vivencias como algo irreal, inútil, como un delirio narcisista infantil: “Si crees en tus sueños se harán realidad”.
La fe en la fe debe ser cosa de niños, porque, de otro modo, no sería posible llevar a la gente hasta el delirio lineal. Sin embargo, como se dice en Mateo 18-1 “si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos”. Vivir desde el alma es estar junto a Dios y tener abierta la puerta de su reino. Por eso hay quien, acertando menos incluso que otros, consigue sus deseos y hacen realidad sus sueños más que los demás.
- No digo lo que deseo, pero sé lo que deseo.
Aplicar esta causalidad mínima del efecto mariposa viviendo desde el alma, como niños, tiene no sólo unos resultados muy imprecisos y dudosos sino un procedimiento vago y difuso. Desde la conciencia, los sucesos se presentan en una forma holística, instantánea, unidimensional. Conseguir algo deseándolo desde el alma sólo puede adquirir una forma incierta sobre la que aplicar nuestra voluntad, pues no relatamos la secuencia de lo deseado con palabras claras, “quiero que me toque la lotería” y, por tanto, no nos produce sensaciones. A tal punto es así, que la magia racionalizada y las técnicas meditativas o de autoayuda basadas en la visualización insisten, equivocadamente, en la necesidad imperiosa de que esas palabras, ritos o imágenes de lo que deseamos sean lo más claras, definidas y “realistas” posibles, además de ordenarse secuencialmente. Sin embargo, cuando deseamos desde el alma, sabemos lo que deseamos sin necesidad de tenerlo expresamente claro y detallado.
- Somos un límite. Y en el límite está el poder.
Somos un suceso situado en el límite del mundo. Ahí, en ese límite del Mundo Puntual con el Intermundo y con el Mundo Nada, se conforma lo que nos compone, (0+0), el cero de la Nada y el cero de Dios47.
De la misma manera que Dios puede modular, pero no alterar, la relación entre mundos, nuestro cero-acto puede modular a nuestro cero-nada (creadora) y, por tanto, provocar una minúscula distorsión que, si vivimos desde el alma, es decir, si ponemos en contacto nuestra conciencia-voluntad con el mundo real (anulando al delirio y al sujeto), amplifica enormemente su efecto.
El mínimo acto de nuestro suceder (0-Dios) sólo puede alcanzar lo que tiene al lado, el mínimo ser de nuestro suceder (0-Nada), pero es suficiente para “crear” un también mínimo suceso que llega al mundo como esa minúscula distorsión luego amplificada en la medida en que nuestra alma se encuentre directamente conectada con el mundo a través de la conciencia, de alfa (=0).
Cuando ponemos en acción nuestro mecanismo de efecto mariposa, los efectos de esa pequeña bomba atómica de la voluntad del alma no siguen una pauta lineal. No hay una relación clara entre nuestro deseo y lo que ese deseo provoca en el mundo de los sucesos, de tal modo que resulta extremadamente complicado verificar que hemos tenido éxito. Lo que suceda será siempre susceptible de explicarse por simple casualidad, es decir, por una probabilidad remota pero existente48.
Sin embargo, hemos hablado de que la causalidad en el mundo unidimensional en el que realmente vivimos tiene más que ver con nuestra constelación sinonímica de “casualidad” que con la de cualquier tipo de causalidad, sea o no lineal. La casualidad es la causa del sinorden y, por tanto, propiamente se corresponde con un valor cero de causalidad, lo cual no quiere decir que no implique una relación entre las cosas, sino que esa relación es una función.
No debería sorprendernos que, cuando contemplamos o actuamos desde la conciencia (y no sólo desde el deseo), nos encontremos con una relación casual que sólo es posible desentrañar analizando de forma no lineal los acontecimientos para poder darles sentido en una imagen holística única, que sólo sirve para ese conjunto de acontecimientos.
La mecánica de intervalo, al poner de manifiesto la variabilidad en una sola dimensión en la que las cosas-sucesos tienen más que ver con nuestra constelación sinonímica de “limite” que con la de contenido y continente, puede servirnos para representar el mundo puntual desde un lenguaje lineal. Pero incluso para esa mecánica resulta complicado explicar la causalidad casual y, más aún, cuando se trata del llamado efecto mariposa.
Aquello con lo que nos relacionamos modifica lo que nos compone de igual modo que los cambios en nuestra composición modifican no sólo cómo nos relacionamos sino a aquello con lo que nos relacionamos.
Las cosas puntuales, que son partes y, a la vez, totalidades, cambian cuando lo hacen sus 11pp y, también, cuando lo hacen sus 22pp. Depende en qué totalidad estemos, así “seremos”. No es lo mismo estar durmiendo que estar despiertos y hablando con una persona. Ni que esa persona sea agradable o no para nosotros. Somos distintos en cada instante. Tanto o más distintos cuanto mayor sea el cambio en nuestros 22pp, que dependen de los 11pp de la totalidad en la que estemos. Pero el cambio en nuestros 22pp, provenga del cambio en nuestros 11pp o del propio cambio de los 11pp de la totalidad en la que nos hayamos, produce a su vez un cambio en esos 11pp de la totalidad. Podemos cambiar el ambiente en el que estamos, pero ese cambio no es lineal sino que está interrelacionado y se reajusta con los distintos niveles en los que estamos directamente implicados.
Esos niveles son los 22pp de nuestras partes, nuestros 11pp, nuestros 22pp y los 11pp de la totalidad en la que estemos. Pero la composición de aquellas cosas que nos componen no nos afecta como tal. Sólo nos afectan los 22p de las partes que nos componen. Lo que ocurra en esas partes sólo nos afectará como 22pp de ellas.
El rango de causalidad de intervalo (de casualidad puntual) abarca cuatro niveles: los 22pp de nuestras partes, nuestros 11pp, nuestros 22pp y los 11pp de la totalidad de la que formamos parte. Es un rango próximo al de la secuencia de la causalidad lineal de “causa>efecto” y en muchos casos el rango de causalidad lineal caerá dentro del rango de intervalo49. Pero en otros casos, las líneas causales que hemos trazado sobre los sucesos no se corresponderán con el rango de causalidad puntual. Es entonces cuando, si algo funciona, lo llamamos casualidad.
Cae fuera del rango de causalidad lineal el efecto mariposa del alma. Podemos entender que lo imaginado afecte a nuestra mente y, a partir de ella, a nuestro organismo. Pero no que las fantasías de nuestra imaginación, como linealmente designamos al deseo del alma, afecten, mediante un espectacular efecto mariposa, a los sucesos desconectados con nuestra mente.
El sujeto está desconectado de los sucesos puntuales del mundo real porque vive en un mundo virtual. Por eso, simplemente pensado algo (desde el sujeto), no se consigue. Pero deseándolo desde el alma sí, porque el alma genera distorsiones que, en la medida en que está conectada con el mundo y vivamos desde ella, se amplifican por un efecto mariposa. El alma es un alfa y, por tanto, puede adquirir una forma (y una magnitud) pequeña o grande. Y puede relacionarse con otras cosas distantes por cuanto se relaciona con los mismos límites del mundo50. Su tiempo no es el tiempo normal de los sucesos, sino que puede ser alterado y manifestarse como una distorsión.
La evidencia puntual se construye a partir de la punta de iceberg de las casualidades. Con ellas podemos trazar el rastro del efecto mariposa provocado por nuestra alma y el que proviene de otros mundos o de Dios. Y podemos hacer esto último porque nuestra alma es, dicho sea en la jerga del mito científico, un agujero de gusano51
Lo espiritual, lo esotérico y lo psicológico profundo relacionado con la conciencia y no con los circuitos neuronales, puede corresponderse, aunque no tal y como lo definimos de forma convencional, con una realidad física que, aun cuando sus magnitudes sean subatómicas (alfa), albergan una riqueza y complejidad muy superior a la que suponemos al mundo subatómico. Esa realidad física es la que más exactamente se identifica con la intersección entre los mundos Puntual y Denso52. Muchos de los extraños fenómenos que encontramos, como la materia oscura o los agujeros negros, así como las conjeturas lineales a las que dan lugar, son aspectos de esa realidad física distorsionada que tanto nos cuesta identificar porque no se manifiesta en las formas que convencionalmente asignamos a los fenómenos físicos sino con esa otra apariencia con la que identificamos a las cosas fantásticas y subjetivas (espiritualidad, esoterismo, psicología profunda o íntima, arte, mística, ciencia ficción… astrología).
- Nuestra alma es un agujero de gusano.
Pues bien, los agujeros de gusano son un aspecto especialmente sugerente de lo que sea esa intersección de planos y de cómo percibimos y describimos de un modo lineal la influencia del plano denso sobre nuestro espaciotiempo puntual. Pero más interesante que las consecuencias físicas de entender los agujeros de gusano como los puntos de intersección entre mundos ortogonales, son las consecuencias existenciales de considerar que nosotros mismos, nuestra alma, somos un agujero de gusano franqueable (un agujero de gusano de Lorentz estable). Nuestra conciencia sería la única vía para percibir-conceptualizar ese agujero de gusano. Pero el alma (o, asépticamente dicho, el suceso de nuestra individualidad) como agujero de gusano y no como objeto paracientífico o como simple producto neuronal, deberíamos en ese caso describirla linealmente como una anomalía espaciotemporal o como una condición física que se corresponde con un único y nulo valor o, tratando de buscar algo linealmente correcto, el cero absoluto físico (lo más parecido al vacío puntual), sólo identificable con el instante inicial de la singularidad. Por tanto, deberíamos concluir que la creación o el instante inicial conserva restos permanentes, rescoldos que sólo son posibles en el orden cuántico con el que, evidentemente, se correspondería la conciencia como cero absoluto físico. Sin embargo, el verdadero sentido místico (y no mitológico) de este elemento (la conciencia como valor cero absoluto físico) para la cosmología científica no lineal estaría más cercano a un agujero de gusano franqueable en un solo sentido, como un agujero de gusano de Kerr-Newman, desde el que otros lugares de nuestro universo llegan a nosotros. Quizá, como veremos, al morir “utilizamos” ese mismo agujero de gusano volviéndose sobre sí mismo como un calcetín, para acceder a través de Dios, convertidos en “información”, al Mundo Denso o al Mundo Nada. Sería nuestro espíritu, por diferenciarlo del alma, el que realizara ese viaje a través de Dios, dado que sería pura información de nuestros 22pp.
Al llegar “información” desde el Mundo Denso a través del alma se manifiesta en nuestro mundo como “casualidades”, es decir, como pura causalidad puntual difícilmente linealizable. Pero, si esto es así, a través de ese agujero de gusano de nuestra alma podría acceder no sólo información, sino seres con conciencia y voluntad.
Nosotros mismos desde nuestro futuro, que no existe en el mundo unidimensional, instantáneo, en el que vivimos, podríamos regresar hasta el pasado, que sí existe en ese mundo denso, en el que somos seres existentes que conocen lo que les sucedió, es decir, lo que nos sucederá.
Y, si pueden acceder a través de nuestra alma para influir en su conciencia-voluntad, también podrían venir, a través de otros agujeros de gusano distintos al alma, seres del Mundo Denso, que se “materializasen” en este mundo no como información o fantasmas, sino como sucesos reales.
1 Por tanto, en cierto sentido, causa de sí, porque esta es la única forma de ser causa de sí: no estar sometido a ninguna condición implica no ser, no ser nada y no existir, sólo actuar.
2 “Todas las cosas” y “Todo lo nada”, dos formas de decir “panteísta” y “personalista”. En el segundo caso, “Todo lo nada”, representa muy bien al Dios absoluto, es decir, con todas las características del panteísmo pero sin estar afectado por la imperfección del mundo, de sus criaturas.
3 El naturalismo divinizado de la ciencia lo convertimos en sinónimo de realismo. Pero ese realismo no es el de la técnica o el de las mitologías antiguas, a pesar de sus folclóricos y extravagantes términos, sino el mismo de la religión y de la filosofía europea, el de la ontología ampliada.
4 Sólo habría posibilidad de verdaderas leyes cuando las fuerzas físicas se encontraran separadas pero asociadas entre sí.
5 Este es el único Dios aceptable para los ateos y para los creyentes.
6 Los dioses (realistas) son superiores, inmortales… parecen perfectos. Pero uno sólo puede ser perfecto, pues la idea de perfección es excluyente y requiere la unicidad. Por tanto, debe haber un único dios perfecto. Y, si lo es, sólo él es verdaderamente un dios.
7 Esta es la piedra angular sobre la que se asienta el satanismo, el Antidios. Un Dios cuya perfección se asienta en unas características distintas a las que le atribuimos.
8 A diferencia de la cosmología shukultiana, en la que Dios no es creador de mundos o de mundo sino sólo relacionador de mundos.
9 Las palabras creadoras de Ptah son las ideas de Platón.
10 Dios, recordémoslo una vez más, es distintas cosas en cada uno de los niveles, que aquí estamos identificando con los mundos del Universo ortogonal y con el Intermundo que los relaciona. Así pues, Dios es también ese ser supremo del mundo denso, y ese suceso supremo del mundo puntual y la misma nada en cuanto es tal Nada.
11 Resulta extremadamente significativo que Brahma signifique literalmente en sánscrito “evolución”.
12 Curiosamente, en la cosmogonía heliopolitana es el Sol quien hace surgir la vida sobre la colina primigenia.
13 Una de las claves de la cosmogénesis shukultiana reside, al contrario que la divinizadora, en la necesidad de no diferenciar a la nada del estado germinal.
14 Los dos únicos misterios son la conciencia y el Todo, porque teniendo naturaleza, nunca podremos conocerla.
15 La causalidad lineal no es un tren que va hacia atrás, sino un tren que circula por una vía completamente distinta y que, para resaltar esa diferencia, proponemos la imagen de un “tren hacia atrás”.
16 La Creación, propiamente, es para la tradición naumori la actualización de la potencia de ser como Ser Absoluto, siendo el mundo un mero daño colateral que se extingue no con el tiempo, sino en forma de espaciotiempo.
17 Desde un punto de vista shukultiano, la constelación sinonímica debe incluir la igualdad de sinónimos entre “el ser es” y “la nada no es”.
18 Una causa inversa convierte una causa en anticausa.
19 Decir que la función se convierte “con posterioridad” en variable de sí misma es un modo lineal de expresar el desfase esencial del mundo puntual donde no puede haber nada realmente posterior ni anterior por la sencilla razón de que sólo hay una dimensión: el instante desfasado.
20 Recordemos que la Creación para la concepción naumori es, propiamente, la actualización de la potencia de ser en Ser Absoluto. Lo otro, el mundo, es un daño colateral (de temporalidad que no afecta al Ser Absoluto, inmutable) de esa Creación.
21 Y ese ser de la Nada impida el ser del Ser Absoluto.
22 La “razón” shukultiana parte de principios completamente inesperados para nuestra razón lineal. Por eso, en principios, nos resultan chocantes y absurdas sus conclusiones. Pero sirve esta de ejemplo y ejercicio del modo shukultiano de razonar. Si se entiende cómo se ha llegado a esta conclusión, es que hemos introyectado su lógica transversal a la nuestra.
23 Esto último nos puede parecer extraño, porque Hitler construyó la ideología nazi según sus ideas. Pero, primero, no eran sólo sus ideas las que sostenían el nazismo y, lo más importante, las ideas fundamentales de esa ideología así como los planteamientos de donde proceden se corresponden con una de esas dos grandes concepciones. En este caso, con una radicalizada y oscura idea de perfección.
24 La Tierra es una reserva biológica en la que sus dueños, los humanos no transgénicos, son los sígulas legítimamente propietarios del planeta pero que deben ser tutelados por los inhiek mediante un protectorado no interviniente pero que cuide del destino y desarrollo de la humanidad terrestre y del propio planeta.
25 Creando una confusión que se añade a la propia y la lucha de propaganda y proselitismo que conlleva toda guerra fría.
26 La hoz y el martillo.
27 “Ama y haz lo que quieras”. San Agustín expresa con absoluta sencillez y precisión el eje de la moral shukultiana.
28 Exactamente, aunque no tan evidentemente, sucede en el Judaísmo y el Islam.
29 Una libertad que implica una mayor responsabilidad moral.
30 Ziusudra, el original Noe sumerio, no escucha la voz de Dios como un sonido del mundo, como las palabras que pronuncia la pared de cañas de su choza. Así escuchamos a Dios. Como una cosa del mundo. Como simple imaginación, como casualidades, como ensueños, como inspiraciones, como consejos de nuestros semejantes, como silencio elocuente.
31 No tiene nada que ver esta perspectiva con la pusilanimidad de la que se ha acusado al cristianismo. Nietzsche habría encontrado en la esencia shukultiana del cristianismo la moral de los superhombres, sólo sujeta a la medida de sí mismos, de su conciencia-voluntad más cercana a Dios cuanto más libre.
32 La única verdadera creación es lo que proviene de la Nada, lo demás son transformaciones, secuencias, ocurrencias… Y, en ese mismo sentido, las criaturas son los seres de la Nada, como veremos más adelante, uno de los ceros que compone a alfa.
33 Ptah es conciencia indistinguible e indisolublemente unida a voluntad, que en sí mismas son un acto.
34 El Ser, la Existencia, la Nada y el Acto son los cuatro verdaderos elementos del Universo. Con esos nombres o con sinónimos que se les ajusten.
35 Si describimos la naturaleza del universo al modo antiguo, identificando cada mundo y el propio Intermundo como un elemento, diríamos que está compuesta por Nada, Existencia, Entidad y Acto. Pero este elemento Acto también podríamos llamarlo Divinidad, no en el sentido divinizante que nace de la concepción naumori basada en la perfección, sino precisamente en esa otra concepción de la divinidad, la shukultiana, basada en la conciencia-voluntad, en el Sujeto incausado e incondicionado y, por tanto, en el acto puro o en el medio donde se da el verdadero actuar. Un medio que se corresponde con Dios, el cual sólo podemos personificar como Sujeto, como el único sujeto verdadero.
36 Una aleatoriedad que proviene de todo lo contrario que la constelación sinonímica de “aleatorio”: una absoluta ausencia de intervención voluntaria, dirigida, arbitraria. La aleatoriedad de lo ignoto expresa lo absolutamente subjetivo, con Dios Acto. Pero es que el sujeto sin estar condicionado o identificado con el orden de la perfección, es absolutamente impredecible, aleatorio, ignoto.
37 Individualidad y alma se identifican. La supervivencia de una exige la de la otra.
38 Esto no quiere decir que el protohecho naumori tenga su origen en la necesidad que Dios tiene de que exista el Mundo. Si no que, de admitir esa necesidad en la cosmogonía shukultiana, esta derivaría automáticamente en una situación en la que se reproducirían las condiciones de la Creación naumori.
39 La dominancia forma parte del mismo proceso orgiástico que la sumisión. Si nuestra voluntad se aplica a varias individualidades, ese colectivo diluye los límites de nuestra individualidad.
40 Sin conciencia no hay existencia individual.
41 Santa Teresa solía extasiarse con la sartén en la mano, cuando le tocaba su semana de cocina, entre el ruido físico y emocional de la vida cotidiana. Una vía auténticamente shukultiana hacia Dios, a través del alma, siendo esta concebida como la individualidad de la vida cotidiana y, por tanto, la más próxima a la vida real.
42 De ella dimana directamente la siguiente regla, que en realidad aglutina a las dos: “ama a los demás como a ti mismo”. Sólo en la medida, como máximo, de nuestro “yo mismo”, de nuestro propio amor, podremos amar y, por tanto, ensalzar a los demás.
43 No nos interesan aquí las disquisiciones teológicas o históricas sobre Jesús. Da igual si el conjunto de su doctrina viene más fielmente recogida por esta o aquella iglesia o secta. O si realmente el personaje histórico coincide con la biografía transmitida por sus primeros seguidores. Tanto la esencia de sus ideas, simples y revolucionarias, como la de su vida, están claras. O, al menos, de esas esencias es de las que hablo.
44 Sin conciencia no existimos, aunque perviva nuestro cuerpo inerte.
45 Al tratar de representar el alma me vino espontáneamente la siguiente imagen: |(
El alma está abierta al mundo, (, hacia sus 22pp. Pero está ignota hacia lo que la compone, |.
Apenas unos minutos después de escribir esta representación del alma, |(, busqué qué era lo que pensaban los egipcios del alma, dado que tenían diversos aspectos para evocar la existencia individual, nuestro suceso. Y me topé con una sorpresa inquietante. Los egipcios representaban el ka, el alma, con dos brazos en forma de paréntesis hacia arriba junto a una línea vertical:
Pero el ba, lo más parecido a nuestro concepto de alma, lo representaban también con esa línea vertical, acompañada de la figura de un ave con cabeza humana. Tal vez se trata de una simple casualidad, o tal vez no, pero el hecho es que todos aquellos componentes espirituales del ser humano, el ib, el sheut, el aj, el sejem, tienen en su representación una línea vertical.
Esta casualidad nos muestra un hecho trascendental: el alma humana, representada de forma sensible por la conciencia, es el lugar más cercano a Dios. El halo de lo ignoto rodea al alma en la medida en que esta contiene un eco del acto divino. Y ese es el único misterio religioso. Que tenemos noticia de lo ignoto porque participamos de lo ignoto.
46 La realidad estadística que nos aporta la red se basa, en última instancia, en una cuestión de fe. Existe realmente un orden en el mundo tal y como dice la lógica sinonímica de nuestro delirio en la medida en que obtenemos una mayor probabilidad de acierto, es decir, de que nuestro “simple desear” mediado por algo sólido y externo, el orden, la lógica, obtiene buenos resultados. Pero la creencia en que el incremento estadístico de los éxitos está directamente relacionado con el descubrimiento del orden lógico del mundo es una cuestión de fe. Fe construida, precisamente, con las sensaciones lineales.
47 Nunma, el Mundo Denso, se encuentra en el futuro y, por tanto no nos puede componer. Un futuro imposible para nosotros y al que, por tanto, no podemos acceder. Pero nuestro mundo se encuentra en el pasado de Nunma, por lo que el Mundo denso se relaciona con nosotros de forma activa, mientras nosotros sufrimos esa relación de forma pasiva como muestra de la asimetría de relación entre los mundos.
48 Dicho de otro modo, cualquier número multiplicado por cero (y esa distorsión inicial del efecto mariposa vale “cero”) da un número aleatorio que puede ser 1 o 1.000.000.
49 Cuando esto sucede es cuando el delirio lineal tiene eficacia probabilística desde el punto de vista del éxito biológico, bien sea en su estricto ámbito o bien en sus correlatos racionales como, por ejemplo, un experimento científico.
50 Por otro lado, ¿cuál es la distancia puntual entre dos alfas?, la mínima distancia. Y sin embargo, esos dos alfas pueden estar linealmente separados por millones de años luz.
51 ¿Creerán los venideros historiadores que realmente nuestros más preclaros científicos, identificados con sumos sacerdotes, pensaban de verdad había gusanos gigantescos, o agujeros con forma de gusano para acceder a otros mundos, del mismo modo que pensamos que los antiguos creían que había verdaderas escaleras para ascender al cielo?
52 También entre el Mundo Puntual y Dios. Incluso con el Mundo Nada. La creación continua puede ser representada por agujeros de gusano que conectan ambos mundos, la Nada y la singularidad en la que vivimos.
