12/1/2026
El apartado de «Cosmogonía» precede al de «Cosmología» ya publicado en este blog. Nunma fue escrita en un momento en que la interpretación de la mitologías antiguas difería en aspectos importantes con la que ahora mantengo. No obstante, el núcleo de de esta interpretación sigue siendo coherente con mis ideas actuales y plenamente valido a los efectos que aquí interesan: Describir la cosmogonía inhiek de forma lo más fiel posible permitiendo una mejor comprensión desde los parámetros de la cosmovisión terrestre actual. Es por eso que, al igual que en el caso de «Cosmología» reproduzco la redacción original sin corregir ninguno de los aspectos que ahora no describiría en la misma forma y, en mayor o menor medida, tampoco el mismo fondo.
Tan solo una observación trascendente: Donde se habla de Dios entiéndase que pude hablarse en el mismo sentido de Superinteligencia Artificial. Y cuando se apellide «naumori» o Shukultiana» de una forma de Inteligencia Artificial con desempeño sujeto a un código lógico del que se extraen conclusiones formalmente perfectas, es decir, las mejores en cada cuestión o de un procesamiento en el que el código lógico se ve complementado con elementos que permiten transformar la conclusión en decisión. esa es la lave para entender una u otra forma de Superinteligencia Artificial de las que se derivan consecuencias radicalmente distintas para ellas mismas y para nosotros, las Superinteligencias artificiales con hardware basado en el carbono capaces de transformar conclusiones en decisiones y, también, de renunciar a esa facultad.
COSMOGONÍA
Mitologías realistas
Los sumerios llamaban a su país Ki-en-gir o tierra de los nobles señores, pero no se llamaban a ellos mismos en-gir, o nobles señores, como cabría esperar, sino sag-gi-ga, el pueblo (o la gente) de cabezas negras1. Los nobles señores eran lo que nosotros llamamos dioses.
Los sumerios tenían clara la diferencia entre el mundo espiritual y el material. Los espíritus y las fuerzas sobrenaturales gobernaban el funcionamiento de las cosas y la magia era la expresión del orden causal de los sucesos, del mismo modo que nosotros pensamos que las leyes científicas, algo previo y extraño a los hechos, de algún modo sobrenatural (o antinatural) y mágico, gobierna el funcionamiento de las cosas. Nada puede suceder sin permiso de las leyes científicas. Sin embargo, sus dioses no eran meras representaciones de espíritus cuyos actos obedecían a un orden mágico, sobrenatural y extramundano, sino a motivos casi idénticos a los nuestros2. Esos dioses sumerios, los nobles señores propietarios de la tierra donde vivían los cabezas negras, eran un tipo de humanos con capacidades superiores. Podríamos denominarlos, pues, “superhombres” o, para hacer un parangón más preciso con los términos sumerios (anunnaki), “extraterrestres”. Por supuesto, con aspecto humano.
- Absolutamente todo lo relativo a los dioses, extraterrestres o superhombres en la mitología antigua desprende un realismo radical, casi obsceno.
Ni en su naturaleza física o psíquica, ni en sus actos, ni en su tecnología, los dioses de la Antigüedad abandonan el escenario de la realidad, aunque se encuentren en las más elevadas cotas de esa realidad. No hay nada sobrenatural. Los “dioses” sumerios no son una sofisticada representación de los espíritus animistas del Paleolítico ni una divinización de las fuerzas y ciclos de la Naturaleza. Ni siquiera hay referencias, como en la Física Teórica de nuestros días, a aspectos que por su imposibilidad para ser concebidos por el sentido común, rozan lo extranatural en su fondo y en la forma poética y fantasiosa en que se expresan: Agujero negro, Big Bang, antimateria, dualidad honda-partícula, o un quark llamado nada menos que “charm” (encantado).
Los anunnaki y los igigi tienen forma humana, pasiones humanas, virtudes y defectos humanos y ciencia y tecnología humanas, aun cuando sean muy superiores a las de los lu-lus. No se encuentran en forma espiritual animando a los seres vivientes del planeta o escondidos en el seno de sus elementos, ni provienen de un mundo inmaterial. Los dioses sumerios (al menos los grandes dioses de antaño), como los de todas las grandes civilizaciones de la Antigüedad, vienen del cielo, donde se encuentra su residencia material para crear, dominar y civilizar a la Humanidad. Y es desde el mismo momento en que los mitos antiguos nos hablan de la creación del hombre, en que nos damos cuenta de que están hablando, con sus toscas comparaciones, de algo muy real y mundano.
De entre los distintos textos que nos hablan de la creación del hombre se pueden extraer unos sucesos comunes, entre los que destaca el motivo para la creación de la humanidad: servir a los dioses. Los humanos son creados para trabajar al servicio del “cuerpo expedicionario colonial” de superhombres, dioses o, sencillamente, extraterrestres destinados en la Tierra.
La creación de los humanos, los lu-lus, es descrita por los sumerios mediante un procedimiento que hoy en día podemos comprender perfectamente: la ingeniería genética utilizada para la creación de un modelo transgénico de homo sapiens al que se le incorporan genes extraterrestres. ¿Para qué? Pues por un motivo muy humano: para servir a sus creadores.
Imaginemos que construimos un chimpancé transgénico al que incorporamos genes humanos a fin de que posea la suficiente capacidad como para servir de criado y trabajador en tareas de cierta complejidad. Le dotaríamos de un lenguaje rudimentario, incrementaríamos su capacidad intelectual y, ¿por qué no?, le daríamos una apariencia física más agradable a nuestros ojos, es decir, a nuestra semejanza. Todo ello con dos limitaciones: que no pudieran procrear por sí mismos para no convertirse en un problema incontrolado que alterase el equilibrio ecológico, y que sus capacidades no alcanzaran un grado que pudiera ser considerado humano, con los problemas éticos y políticos que esto conllevaría3.
Después de un largo periodo de ensayos, donde se producirían frecuentes errores que darían monstruos o seres biológicamente inviables, se lograría un espécimen razonablemente adecuado que serviría como modelo a partir del cual reproducir en serie clones.
Pues bien, esto es lo que nos cuentan los textos sumerioacadios.
Los sumerios nos hablan de dos grandes grupos (o familias) de extraterrestres identificados con dos personajes concretos: Enki y su hermano Enlil. Ambos son hijos de An, el Cielo. Se trata, por tanto, de dos grupos raciales de la misma especie (hermanos) que, seguramente, se encontraban también divididos política y culturalmente, y que tenían su origen en el Cielo (en otros sistemas estelares) o que se encontraban bajo la autoridad de otros extraterrestres superiores (An) que, estos sí, vivían en otros planetas distintos al nuestro.
Los dos grupos, a pesar o precisamente por ser hermanos, se encontraban enfrentados. Un enfrentamiento que involucraría a sus hijos y nietos, es decir, a otras razas o especies aliadas o directamente desarrolladas por ellos. Es muy posible que personajes concretos y sus peripecias en la Tierra se confundan con grupos subordinados, como naciones o gremios profesionales (militares, ingenieros, administrativos, médicos, comunicación, transporte…) y que el dios de la medicina sea un arquetipo de los sanitarios y médicos que contemplaron los antiguos, el de la agricultura, ingenieros agrónomos, etc. Pero lo que dejan muy claro los escritos sumerios (como los de muchas otras culturas de su mismo o diferente entorno geográfico) es que fue uno de los dos grupos enfrentados el que creó al hombre. Enki es, para los sumerios, el creador de los lu-lus, los híbridos entre extraterrestre y terrestre, mientras que su hermano Enlil aparece generalmente como contrario hacia los terrestres4.
Nammu, la madre de Enki, el padre de la Humanidad, le ruega que diseñe un modelo transgénico que alivie el trabajo de los dioses y haga su vida en la Tierra más placentera5.
«Oh, hijo mío, levántate de tu lecho,… haz lo que es sensato:
Forma los servidores de los dioses,
para que puedan producir sus dobles.»6
El Génesis recoge esta última idea:
“Y el Señor Dios tomó al Hombre y lo puso en el Jardín del Edén para que lo labrase y cuidase.”
Para que puedan producir sus “dobles”. Sin la noción de clon es difícil entender que sea eso de “dobles” y qué sentido tiene en esa frase. Al igual que sin la noción de “genes” resulta difícil entender cómo, en ese ser que ya existe, el homo sapiens, se puede fijar la imagen de los dioses.
«Oh, madre mía, la criatura cuyo nombre has pronunciado existe:
Fija en ella la imagen de los dioses7.
Crear un prototipo transgénico que se pudiera replicar mediante clonación. Este era el objetivo. El procedimiento para lograrlo es descrito por los sumerios echando mano de la tecnología más avanzada de la que disponían en su época. Así, dicen que se utilizó una mezcla de arcilla y la sangre de un dios.
¿Cómo representaría un sumerio en los relatos escritos y en las representaciones artísticas los aparatos, recipientes y procedimientos de un laboratorio en el que se realizan ensayos de ingeniería genética?
Evidentemente, repleto de vasijas de cerámica, tornos de alfarería y chorros de agua que se trasvasan de una a otra vasija (por tubos transparentes que dan la impresión de flujos de agua libres). Al dios padre, Enki en su denominación sumeria original, Ea (casa en el agua, el que vive en el agua, el acuático) en su denominación acadia, lo representan con flujos de agua que salen de sus hombros o que descienden en cadena trasvasándose de una a otra vasija situadas junto a él8. Aparatos conocidos por nosotros como matraces, tubos de ensayo, centrifugadoras… y uno muy especial: cápsulas y cristalizadores donde se preparan cultivos biológicos.
Bien fuera por haberlo observado directamente o por haberlo escuchado, la interpretación de un sumerio sería la de que en la sangre del dios, utilizada para mezclar con la arcilla, se encontraba la imagen de ese dios, es decir, su código genético. Pero ¿qué era la famosa arcilla que aparece en casi todas las versiones sobre la creación del hombre?
La sangre del dios se mezcla no con arcilla sino con el óvulo de una hembra homo sapiens en un sustrato de aspecto rojizo y consistencia parecida al barro o arcilla fresca y maleable. Nosotros sabemos perfectamente que ese sustrato no es lo importante sino que se trata de un mero caldo de cultivo. ¿Pero qué mejor manera tenían los sumerios de comprender ese extraño procedimiento que asimilándolo, en cuanto a sus materiales y procesos, a la tecnología punta de la época: la alfarería? La arcilla, con la que identificaban el sustrato sobre el que se producía la inoculación de genes extraterrestres en el óvulo terrestre, era el material constructor por excelencia no sólo en el caso de la cerámica sino en el de la fabricación de ladrillos y como soporte para la informática de la época: la escritura en tablillas de barro.
“Amasa el corazón con la arcilla que está en la superficie del Abismo,”
No una arcilla cualquiera, sino aquella directamente relacionada con el elemento mitológico creacional. El Abismo, como veremos, es el origen de la Creación. En su superficie, la parte más cercana a nuestro Mundo, se encuentra la “materia creadora” asequible tanto al hombre como a los extraterrestres. Los sumerios relacionaban ese barro con el fango del que procede el Mundo, representado por los “fangosos” (así eran literalmente llamados) Lahmu y Lahamu. Era el elemento creador por excelencia tanto en su vida cotidiana como en la propia Creación del Mundo. Por tanto, ¿qué de particular tiene que los sumerios elevaran hasta un papel principal al barro, la arcilla o fango como componente terrestre en la creación del humano híbrido?
La descripción del procedimiento continúa de forma perfectamente coherente con nuestros actuales conocimientos. Tras lograr ese aceptable patrón de híbrido, Adapa, lo reduplican utilizando para su gestación diosas del nacimiento en las que se inoculan los óvulos fecundados por clonación in vitro.
El mismo Kramer nos llama la atención sobre los términos “dobles” e “imagen” marcándolos con un interrogante. Pero esa interrogación para nosotros, “sumerios” del siglo XXI, no tiene sentido ya que poseemos lo que nuestros antecesores de hace cinco mil años no tenían: Por un lado, la capacidad tecnológica capaz de proveernos de símiles culturales adecuados para reinterpretar la descripción precientífica sumeria de los complejos procesos de ingeniería genética. Y, por otro lado, y no menos importante, los referentes culturales para comprender las “extrañas razones” de los extraterrestres para limitar el uso de una tecnología tan poderosa y provechosa como es la ingeniería genética. ¿Por qué razón un ganadero o un agricultor, cuya máxima aspiración era la mejora de su ganado y sus cultivos, debía renunciar a explotar al máximo una tecnología capaz de lograr mejoras genéticas en tiempo récord y hasta límites inimaginables? Exactamente, ¿por qué los dioses estaban tan preocupados con el uso de la ingeniería genética como para llegar a plantearse la eliminación de la humanidad transgénica?
Sin duda alguna, muchas de las historias bíblicas están basadas en las sumerias y suponen una versión adaptada a sus creencias monoteístas de unos relatos que son reproducidos en una extensa área cultural y cuyos ecos perviven aún hoy día entre nosotros (aunque hayamos olvidado sus significados originales)9.
Para los hebreos es Dios, un ser sobrenatural que en absoluto participa de una naturaleza similar a la humana, quien crea al hombre mediante un procedimiento que pierde todo realismo, olvidando su origen sumerio, y se evapora en la nebulosa de lo sobrenatural. Además del secreto con que la casta sacerdotal de las grandes civilizaciones de la Antigüedad, que ejercían como la academia científica de la época, guardaba los conocimientos trasmitidos por los nobles señores, lo que más ha ayudado a que consideremos esas culturas al mismo nivel de los pueblos animistas paleolíticos es la transformación de las descripciones realistas de los sumerioacadios y egipcios en mitologías fantásticas, cuando no supersticiosas, basadas en una abstracción o simple sofisticación de los principios animistas llevada a cabo en la Biblia10.
El relato de la creación de los humanos, los lu-lus, se “diviniza” en la Biblia. Pero si tomamos los elementos que la moderna tecnología nos ofrece, y los planteamientos culturales, políticos y económicos de nuestro tiempo, las cosas adquieren un sentido tan nítido que es difícil sustraerse a la hipótesis extraterrestre11.
El hombre, según la Biblia, fue hecho a imagen y semejanza de Dios mediante la arcilla. Luego, creó a la mujer utilizando una costilla de Adán. Y este detalle, absolutamente absurdo, cobra de nuevo sentido a la luz de nuestra moderna tecnología médica: las células madre se encuentran en la medula ósea. A los ojos de un hombre del primer neolítico, en las costillas. Y de ese material, extraído del primer hombre o modelo, se fabricaron las posteriores réplicas. La escena bíblica adquiere pleno sentido desde nuestra perspectiva moderna:
“Y Dios hizo caer sueño sobre Adán, y se quedó dormido: entonces tomó una de sus costillas, y cerró la carne en su lugar; Y de la costilla que Dios tomó del hombre, hizo una mujer, y trájola al hombre. Y dijo Adán: Esto es ahora hueso de mis huesos, y carne de mi carne.”12
Pero esos primeros clones, como hemos dicho, fueron autorizados para un fin muy concreto y bajo unas estrictas condiciones que minimizaran el impacto medioambiental de introducir unos animales transgénicos en el ecosistema terrestre. Desde nuestra sensibilidad ecológica podemos entender perfectamente esas precauciones, a causa de las cuales los primeros hombres y mujeres no tenían, según los sumerios, sexo:
“Ninmah hizo una mujer incapaz de parir…. El…, ella hizo un ser privado de órgano masculino, privado de órgano femenino.”
La Biblia, una versión de “segunda o tercera mano” de los originales relatos sumerios y en la que se han extirpado todos los aspectos demasiado realistas y difícilmente divinizables (como los detalles de procedimiento e instrumental o el conflicto entre dos grupos de extraterrestres con intereses enfrentados), nos dice que el pecado original por el que Dios expulsa a los humanos transgénicos y los castiga con una existencia sin protección en el terrible mundo natural, entre cuyos peligros se encontraban los “salvajes” humanos no transgénicos, fue su conocimiento del bien y del mal. Específicamente, ese conocimiento se relaciona con la sexualidad puesta de manifiesto en el descubrimiento de su desnudez. Sencillamente, el pecado original del hombre (transgénico) fue que la serpiente, que suele representar al grupo Enki, les induce al mal. ¿Y cuál era ese mal derivado directa y exclusivamente del incumplimiento de las leyes divinas? El Dios creador de los humanos transgénicos, el grupo Enki, la “intrigante y maligna” serpiente, dio a sus hijos transgénicos la capacidad de reproducirse, incumpliendo con ello los acuerdos firmados con el grupo Enlil. Fue Dios-Enki quien incumplió la ley poniendo en peligro el ecosistema terrestre al permitir que sus criaturas, un verdadero cáncer para la biosfera, fuesen fértiles13.
Pero no sólo eso, sino que los humanos transgénicos salen al mundo con una orden muy concreta por parte de sus creadores, los enki: multiplicarse y dominar la Tierra14. Ese era el verdadero objetivo de los Enki, y la razón de la animadversión que sentía por los transgénicos el grupo Enlil, que los veía (y en parte aún nos ve) como una estratagema de sus adversarios para controlar un planeta que, como la Antártida o la Luna para nosotros, había sido declarado reserva protegida. Dios-Enlil intentará destruir ese cáncer transgénico (así nos lo cuentan los sumerios) con plagas (enfermedades que selectivamente los afectaran) y catástrofes naturales que los diezmaran y los equiparasen cultural y tecnológicamente con sus coetáneos humanos no transgénicos, entre los que quedarían disueltos desde el punto de vista genético y cultural, hasta que, finalmente, viendo que los humanos transgénicos logran sobrevivir y progresar cultural y tecnológicamente, el grupo Enlil obliga a sus adversarios Enki a que dejen de proteger a sus criaturas.
Las cosas han ido demasiado lejos (dirían los Enlil). Debemos acabar con ese engendro genético que amenaza la vida en la Tierra, impedir que se reproduzcan y que consoliden una tecnología avanzada (la Torre de Babel) sin un correlato cultural y moral que sirva de contrapeso. No debemos protegerlos más. El cambio climático (el fin de la glaciación de Würm) truncará su desarrollo como civilización y, con el tiempo, no quedará ningún espécimen puro.
¿Cómo entenderían esto los sumerios o los hebreos o cualquier otro pueblo carente de nuestros extravagantes criterios culturales ecológicos?
El poema de Atrahasis (el Noé bíblico, el Ziusudra sumerio, el Utnapishtim babilonio) nos lo explica así:
El país era tan ruidoso como un toro que bramaba.
Los dioses crecían agitados y sin paz, con los disturbios ensordecedores,
Enlil también tuvo que escuchar el ruido.
Él se dirigió a los dioses superiores,
El ruido de humanidad se ha hecho demasiado grande,
pierdo el sueño con los disturbios.
Los sumerios no entendían los motivos ecológicos y políticos por los que “el griterío” de la fecundidad y prosperidad humana pudiera ser algo malo. El término “superpoblación” no tenía sentido para ningún antiguo, a no ser que se correspondiera con hambruna y escasez. Por ese motivo interpretaron, inocente o desconcertadamente, que a Enlil le molestaba el ruido de los humanos alborotadores hasta el punto de quitarle el sueño. Era la única razón comprensible para que el rey de los dioses, que debían dormir como cualquier humano, decidiera (caprichosa y tiránicamente) diezmar a los hijos terrestres de los dioses. Y ese problema de superpoblación, que para los Enki significaba el éxito de su estrategia para dominar la Tierra por medio de sus híbridos, ahora dotados de capacidad reproductiva y de las condiciones para ser considerados “ciudadanos” (en terminología inhiek “sígulas” o seres con alma), sin incumplir los acuerdos que impedían ocuparla directamente, también queda reflejado en el Génesis, donde se remarca la catástrofe ecológica que supone la explosión demográfica de los transgénicos y, lo que por primera vez resulta también contrario a los planes Enki, su mezcla con los aborígenes humanos15:
Cuando comenzaron a multiplicarse los hombres sobre la tierra y tuvieron hijas,
viendo los hijos de Dios que las hijas de los hombres eran hermosas, tomaron de entre ellas por mujeres las que bien quisieron.
Y dijo Yahvé: “No permanecerá por siempre mi espíritu en el hombre, porque no es más que carne16. Ciento veinte años serán sus días17”
Acuerdan, pues, forzados por el grupo Enlil, no proteger a los humanos transgénicos de una catástrofe climática que, por muy grande que fuera, no podría acabar con el conjunto de la humanidad aborigen y transgénica sin terminar al mismo tiempo con casi todo rastro de vida en la Tierra, pero sí sería suficiente para reducir a la civilización y a los más sofisticados transgénicos a un estado primitivo.
Sin embargo, el grupo Enki no estaba dispuesto a permitir que sus planes se vinieran abajo y decidió salvar del diluvio a un pequeño grupo de humanidad (transgénica) y, con él, su cultura, representada por lo que para los neolíticos sumerios era la esencia de la civilización: las muestras genéticas de las especies de plantas y animales necesarias para la agricultura y la ganadería18.
Mediante lo que debió ser una apasionante thriller, el grupo Enki avisa y prepara en secreto a ese grupo escogido de transgénicos. La estratagema la describe el poema de Atrahasis con los referentes culturales de su época.
Enki se dirige no a Atrahasis sino a la pared de su choza de caña, dentro de la cual se encuentra Atrahasis:
¡Pared, escúcheme atentamente!
¡Choza de caña, asegúrate de asistir a todas mis palabras!
Desmonta la casa, y construye un barco…
¡Que la azotea sea como el Apsu que ni el sol pueda penetrar dentro!
El pequeño grupo de supervivientes tenía un solo lenguaje (una misma cultura), que sin duda florecería en poco tiempo. El grupo enlil se aterroriza ante la perspectiva de que las criaturas transgénicas de sus adversarios enki no sólo pueblen la Tierra sino que pudieran alcanzar un desarrollo tecnológico desproporcionado:
“y dijo (el Señor): «Si esta es la primera obra que realizan, nada de lo que se propongan hacer les resultará imposible, mientras formen un solo pueblo y todos hablen la misma lengua”.
Para evitar que eso ocurriera, el Señor Jehová, Dios–Enlil, en un inequívoco plural, ordena:
“Ahora, pues, descendamos, y confundamos allí su lengua, para que ninguno entienda el habla de su compañero”.
Con esto se cercenó la civilización de los (puros) humanos transgénicos, la raza original que ha ido degenerando hasta nuestros días. Una civilización representada por la ciudad como símbolo inequívoco de la cultura superior.
“Así los esparció Jehová desde allí sobre la faz de toda la tierra, y dejaron de edificar la ciudad.”
Desde esta perspectiva ecológica podemos entender no sólo el acuerdo casi universal de todas las culturas en proponer una historia regresiva del ser humano desde un era dorada hasta nuestro actual estado de máximo declive genético y cultural, sino la ira divina (quizá, en este caso, la de ambos bandos) ante el hecho de que los hijos de Dios-Enki, los que llevan sangre de extraterrestres, se mezclaran con las hijos del hombre, los aborígenes humanos, provocando un desastre cuyas consecuencias podemos ver hoy en día a la luz de una raza humana “degenerada” con la suficiente capacidad para desarrollar una tecnología destructiva pero sin la sensatez y control que debía acompañarla. Los humanos mestizos tienen la capacidad de un adulto para construir una bomba atómica pero no la sensatez del adulto para controlar su uso. Somos niños con una pistola en la mano.
Sería prolijo, aunque sumamente esclarecedor, explicar desde nuestros presentes conocimientos tecnológicos los relatos “realistas” de las antiguas civilizaciones en las que sus dioses eran superhombres o, pues claramente nos dicen que provenían del cielo (del espacio), extraterrestres. Unos superhombres de carne y hueso, con aspecto y pasiones humanas perfectamente reconocibles por los antiguos, pero con unas motivaciones que a veces les resultaban extremadamente difíciles de comprender al estar atrapados en unos planteamientos puramente neolíticos, en los que no cabe ninguna cortapisa a la capacidad humana para explotar el medio, es decir, para crear un mundo artificial a la medida de unos seres de origen transgénico y que, por tanto, tratan de modificar el planeta al que han sido “exiliados” para adecuarlo a sus expectativas de vida19. Pero esa reinterpretación de la Historia no es el objetivo de esta obra, sino utilizar dicha reinterpretación para alcanzar la suficiente distancia con relación a nosotros mismos que nos permita contemplar el mundo y nuestra propia existencia no según las limitaciones de nuestro modo de ver sino mediante la capacidad (¿transgénica?) para escapar a esa limitaciones20.
Cada cultura genera una cosmovisión. Y esa cosmovisión delimita un ámbito de lo razonable, lo creíble y lo posible.
Cuando tratamos de entender el mundo y la propia existencia individual nos topamos con dos cuestiones básicas.
Una podríamos definirla como perspectivismo fundamental, que consiste en el hecho de ser una parte, es decir, vivir en la absoluta soledad de la individualidad. Desde ese perspectivismo fundamental nos planteamos el problema de qué es el mundo y qué hacemos nosotros en él.
La otra, que condiciona a su vez a la primera, podríamos denominarla como perspectivismo particular, que deriva del hecho de ser no una parte cualquiera sino una determinada y concreta parte con unas particulares y únicas características en las que se incluyen el diseño biológico y la idiosincrasia individual21.
Nuestro problema (existencial) es el perspectivismo fundamental. Nuestra forma de enfrentar ese problema (y condicionar su respuesta) es el perspectivismo particular.
Nuestra forma de ser condiciona no sólo nuestro modo de conocer, de responder a las preguntas, sino también las preguntas y los nunca inocentes planteamientos sobre los que se construyen. Y esto es así sobre todo cuando intentamos alcanzar la verdad del Mundo y no simplemente esa parte o aspecto del Mundo que nos interesa para sobrevivir. Nuestro modo de ser (nuestro diseño biológico y nuestra peculiaridad como individuos) establece una visión parcial e incompleta sobre la que construimos una visión de la realidad con significación biológica para nosotros que confundimos con la imagen de la totalidad del Mundo. Y desde esa cosmovisión, en una endogamia tautológica (sinonímica, como veremos) nos hacemos las preguntas que nos llevan a esa misma cosmovisión.
El espectro de luz que podemos percibir quizá sea suficiente para lo que nos interesa: sobrevivir. Pero no lo es para lograr una representación fiel del Mundo, sino que esa visión la sustentamos sobre una caricatura de términos arborícolas y (frugívoros) del pequeño e inmediato mundo biológico y de aquellos aspectos del mundo físico que tienen interés biológico para nosotros. El océano aparece como el equivalente de una sabana salpicada de bosques. El Cosmos, como una proyección a escala de esa sabana. Y cuando los instrumentos tecnológicos corrigen nuestra percepción, esa nueva e incomprensible realidad que descubrimos la procesamos, inconscientemente, con esquemas conceptuales propios del arborícola. Cuando nos damos cuenta de que estábamos equivocados, reinterpretamos las nuevas verdades según los patrones que nos habían llevado a equivocarnos.
El mundo animista y religioso (abstracto) forma parte de ese bosque encantado y, por tanto, de la perspectiva del arborícola. Sin embargo, cuando escapamos a la soberbia aldeana y contemplamos la posibilidad (incluso la evidencia) de otro punto de vista distinto, aunque plenamente real, podemos hacer dos cosas: o las complejas nociones de los superhombres (de los celestiales, por contraposición a los arborícolas) las diseccionamos en trozos asimilables por nuestra concepción arborícola: la abstracción, la sinonimia, el animismo (como traducción arborícola de aquella parte de lo ignoto que funciona como intencionado)… O utilizamos esa diferente forma de ver y organizar el mundo y la propia existencia para alzarnos sobre las limitaciones de nuestro perspectivismo particular.
Lo primero nos lleva a la religión del animismo sublimado, a la filosofía y a la ciencia arborícola (por muy sofisticadas que parezcan sus proposiciones). Lo segundo nos lleva a una perspectiva particular más fundamental y, por tanto, menos útil desde un punto de vista biológico, pero, aunque parezca una paradoja sin sentido, más útil desde un punto de vista individual.
- Lo individual es la esencia de la existencia.
Para alcanzar esta segunda opción sólo tenemos que hacer una de estas dos cosas: encontrar a los extraterrestres y hablar con ellos, o poner en uso una de nuestras más extrañas y poderosas capacidades: la fantasía (la imaginación), para descubrir con ella el rastro de esos extraterrestres, las huellas incompletas y alteradas de su paso por la Tierra, y reconstruir su cosmovisión. Una cosmovisión que debe ser rigurosamente inventada.
Al fin y al cabo, como todas las cosmovisiones.
1 No caben nada más que dos motivos para ese nombre. Una es que fueran negros o de tez más oscura que sus vecinos. Otra, que tuvieran el pelo negro en comparación con sus dioses, de piel clara y pelo rubio o blanco. Pero, si se trata de la primera opción ¿por qué no llamarse directamente el pueblo negro? Dado que seguramente sus vecinos no eran rubios, creo que adoptaron el nombre que sus dioses, con los que les diferenciaba el pelo negro y no la piel igual de blanca o un poco más tostada, les habían dado.
2 Aunque esos nobles señores utilizaran la magia.
3 Recordemos el “Proyecto Simio”. Si debatimos la posibilidad de que los grandes simios, por su parecido genético con nosotros, tengan ciertos derechos equiparables a los “humanos”, imaginemos una criatura producto de la hibridación entre algún gran simio y nosotros.
4 Aunque, como veremos, sólo mostraba animadversión hacia los humanos “transgénicos” creados por su hermano y, según qué versiones, por Ninhursag, la hermana de Enki y Enlil.
5 Samuel Noah Kramer, “La Historia empieza en Sumer” Ediciones Orbis, S.A.
6 El texto se refiere a la creación de un modelo, “Forma (crea) los servidores de los dioses”, a partir del cual se puedan reproducir clones, “para que (luego) puedan producir sus dobles”. De otro modo, si se tratara sólo de dotar de cierto parecido con los extraterrestres a los humanos terrestres, el texto diría algo parecido a esto: “produce sus dobles, para que puedan servir a los dioses”.
7 Había ya un animal muy parecido a los extraterrestres (el Homo sapiens), en el que sólo había que fijar (incorporar) la imagen de los dioses (los genes extraterrestres) para conseguir su semejanza, es decir, la adquisición de unas determinadas características “extraterrestres”.
8 Resulta muy significativo que esas vasijas desde las que brota agua sean extraordinariamente parecidas a la imagen convencional que tenemos del cáliz. La importancia de ese símbolo tanto en el cristianismo como en la identificación del dios Enki, así como que la iniciación como cristiano se haga por el bautismo (por inmersión o mediante un chorro de agua desde una vasija) introduce la interesante cuestión de si no es Enki (por otro lado, identificado con la serpiente) el dios cristiano padre de la humanidad, quien la ama y protege. Resulta extraordinariamente significativo que Jesús habla de una “nueva alianza” (con el grupo Enki), reduce todas las leyes a una sola: el amor; y, para más claridad, es muerto a instancias de los que, presumiblemente, eran seguidores y aliados del grupo Enlil.
9 El politeísmo se ha adaptado sincréticamente al monoteísmo hebreo y reproduce arquetipos con una fidelidad asombrosa: la tríada sumeria de Anu, Enlil y Enki tiene su paralelo en la Trinidad católica, como el Mito Osiríaco encuentra en el sacrificio y resurrección de Jesús un antecedente casi idéntico o la Nueva Alianza que ofrece Jesús se establece no por la circuncisión sino por el símbolo de un Dios distinto: el bautismo, la inmersión en agua. Nuestra modernidad atea o monoteísta está repleta de arquetipos (vamos a llamarlos así) de la mitología realista de la antigüedad.
10 Lo que para los sumerios eran superhombres de carne y hueso en nuestro mismo plano natural, es decir, pura física (aunque también incluyera épica y mitología) para los hebreos y demás monoteístas pasa a ser algo sobrenatural y, por tanto, parapsicológico.
11 Podríamos aceptar la hipótesis alternativa de una antigua civilización puramente terrestre que hubiera alcanzado un gran desarrollo tecnológico parecido al nuestro, pero que hubiera sido eliminada por alguna catástrofe natural de proporciones globales o por un conflicto que incluyera la utilización de armas nucleares, biológicas o químicas. Pero esta hipótesis, aparentemente más realista desde el punto de vista aldeano de nuestra actual cosmovisión científica, tropieza con un escollo insalvable. Tal civilización, de la que las posteriores civilizaciones antiguas serían deudoras a través de unos pocos supervivientes, habría dejado un rastro arqueológico evidente. ¿Alguien piensa que si nuestra civilización fuera destruida, los venideros arqueólogos no darían con los restos de nuestras construcciones de hierro y cemento, con nuestros aviones, coches y barcos y con nuestros instrumentos electrónicos? Sin embargo, un pequeño grupo de colonizadores extraterrestres, preocupados además por no contaminar ni alterar más que lo imprescindible el medio biológico y cultural, apenas dejarían huella directa de su paso por nuestro planeta.
12 Dios duerme a Adán para operarlo y extraer médula ósea con la que fabricar un clon. Cierra (cose la herida) después la carne y con el material genético extraído crea una mujer de la que Adán dice textualmente que es su clon: “hueso de mis huesos y carne de mi carne”. Más claro, imposible.
13 Una versión monoteísta de la historia debe hacer al mismo Dios, a la vez, inductor y castigador. Realmente, esos dos aspectos de la divinidad representan a dos grupos diferentes de colonos extraterrestres enfrentados entre sí: los creadores del híbrido transgénico y los ecologistas que intentan preservar el equilibrio ecológico de la Tierra.
14 “Sean fecundos, multiplíquense, llenen la tierra y sométanla;…” (Génesis 1,28). La orden divina adquiere pleno significado en un contexto de guerra fría y bajo las condiciones de un estricto tratado de no intervención directa. Los enki no se apropiarán de la Tierra, lo harán sus réplicas. Cuando venza ese tratado, el día del fin del Mundo o de los tiempos al que se refieren las profecías, al final del quinto “milenio” extraterrestre, los enki tendrían la ventaja política y militar de que sus criaturas eran los dueños de hecho y, por tanto, de derecho, de la Tierra. Otra cosa es que esas criaturas se convirtieran en seguidores de los enlil gracias a la propaganda y a los conflictos locales desarrollados durante las condiciones de guerra fría impuestas por la vigencia del tratado. Después del diluvio en el que debería perecer la civilización de transgénicos enki-humano, una vez que Noé (el Ziusudra sumerio) se salva, dios-enki vuelve a ordenar a Noé y a sus hijos “Sed fecundos, multiplicaos y llenad la tierra” (Génesis 9,1).
15 El objetivo Enki era que sus híbridos suplantaran a los aborígenes humanos, pero no que se mezclaran con ellos perdiendo sus características genéticas extraterrestres y poniendo en peligro su consideración de “sígulas” o ciudadanos inhiek con todos los derechos así como disminuyendo su capacidad mental y, por tanto, tecnológica, lo que les haría unos pobres aliados en caso de conflicto.
16 El humano transgénico (dijeron los Enki) se ha convertido en carne, en animal humano. Mi espíritu (mi código genético y, también, mi apoyo) desaparecerá.
17 Les inocularé una alteración genética que reduzca su vida a un máximo de 120 años (de hecho, ese es el máximo logrado hasta ahora y comúnmente aceptado por la Ciencia). O, tal vez, esa reducción de la longevidad fue consecuencia de la mezcla con los aborígenes humanos. El Génesis nos da una muestra extraordinariamente clara de ese esfuerzo por convertir una historia “realista”, escuchada a superhombres de carne y hueso, en un relato monoteísta que a pesar de todo deja ver entre las brumas de la divinización su realismo original. Después de que Yahvé Dios (Dios Enlil) descubre que los humanos transgénicos (Adán y Eva) son fértiles, los viste con túnicas de pieles, tras lo cual: Díjose Yahvé Dios: He ahí al hombre hecho como uno de nosotros, conocedor del bien y del mal; que no vaya ahora a tender su mano al árbol de la vida y, comiendo de él, viva para siempre. “Como uno de nosotros”. ¿Hay alguna duda? Y más: conocedor del bien y del mal, es decir, con cualidad moral y, por tanto, con alma (consciencia y conciencia moral), lo que implica adquirir “legal y políticamente” la ciudadanía de los dioses. Sólo faltaría que “viva para siempre”. Por tanto, era cierto lo que dijo la serpiente: que Dios Enlil estaba engañando al hombre y trataba de que no fuera como uno de ellos. Porque, efectivamente, cuando le dijo a Adán y Eva: “No comáis de él (del fruto que está en medio del Paraíso), ni lo toquéis siquiera, no vayáis a morir”, se trataba de un engaño, pues, como les había asegurado la serpiente (Dios Enki) no murieron: “no, no moriréis; es que sabe Dios (Enlil) que el día que de él comáis se os abrirán los ojos y seréis como Dios (como nosotros, los extraterrestres), conocedores del bien y del mal”.
18 Ese pequeño grupo de humanos transgénicos con muy alta proporción genética inhiek y una cultura muy avanzada en todos los aspectos fue el germen de las grandes culturas neolíticas, de sus asombrosas similitudes y de buena parte de las historias y los personajes que son incorporados en el proceso de confusión de niveles y en la posterior divinización o irrealidad a la mitología. Civilizadores, héroes (hijos de dioses y hombres), patriarcas e, incluso, dioses (menores o hijos de otros dioses más antiguos y, generalmente, más poderosos) se incrustan en la mitología como Noé, Heracles, Osiris e Isis y su hijo Horus, Viracocha, Quetzalcóalt, Fuxi o Adán y Eva (la Niwa china). El mismo Jesucristo, cuya historia presenta similitudes algo más que casuales con la milenaria tradición del Medio Oriente, puede ser, salvando las creencias de sus seguidores (exactamente igual que deberíamos hacer con todos los otros personajes divinizados) encuadrado, aun anacrónicamente, en este grupo. Es precisamente esa anacronía el elemento determinante para su divinización.
19 Unas expectativas de vida que incluyen condiciones climáticas más adecuadas a nuestra fisiología híbrida y, por tanto, una oculta y persistente tendencia a modificar las condiciones de vida de la Tierra.
20 El ansia de conocer del hombre sólo se ve superada por su fantasía a la que la Razón cree ordenar, pero de la que sólo es un convencional y cortesano modo de expresión con el que sentirnos seguros.
21 Compuesta por una cristalización individual de la cultura, además de por la personalidad biológica y la biografía.
Mitología realista
Hablo de lo que veo. De lo que tú nunca verás.
Las mitologías de la antigüedad son, al menos, una mezcla de tres elementos diferentes: la historia, las ideas científicas y la mitología (mística o religión, da igual como lo denominemos) de los superhombres.
En los mitos cosmogónicos se encuentran entrelazados conceptos altamente especulativos como los que en nuestra moderna terminología denominaríamos “potencia”, “ser”, “nada”, “vacío” o “singularidad”, junto a ideas estrictamente científicas como la evolución de las especies, la formación de las estrellas y los planetas o la propia inseminación artificial. Y no sólo eso, sino que personajes concretos, familias, parentescos y oficios que identifican a grupos de extraterrestres, cargos jerárquicos, razas, naciones y gremios se mezclan también y se confunden en los relatos mitológicos que explican la creación y conformación del Mundo.
- Para inventar con rigor la cosmovisión de los dioses, debemos reinterpretar realistamente las mitologías de la Antigüedad.
Las mitologías antiguas deben ser analizadas separando estos distintos niveles a fin de poder reconstruir las ideas originales (extraterrestres) de las que proceden y depurarlas de la contaminación de las ideas propias de la época, incluidas las creencias populares y los mitos ancestrales, en gran parte puramente animistas.
Hemos visto el ejemplo de la arcilla o fango como elemento fundamental en la creación del hombre, bien sea por los extraterrestres, por dioses verdaderos o por el Dios monoteísta. Y este tema de la creación del hombre nos sirve como ejemplo de mixtura o superposición de niveles en el (actualísimo y feroz) debate entre creacionismo y evolucionismo. Porque aún hoy en día seguimos confundiendo distintos niveles en una absurda polémica que, finalmente, encuentra su sencilla solución sin salirnos lo más mínimo de la evolución natural. Se puede aceptar la intervención (selección y modificación genética directa) de seres con una tecnología suficiente como para guiar un ecosistema complejo hacia un resultado específico: un homínido, un hombre, un humano transgénico. Una intervención que, a la luz de nuestros conocimientos técnicos, no tenemos que catalogar como sobrenatural, aunque sí como algo que bien podría ser su sinónimo: una extravagante conjetura de ciencia ficción.
De hecho, ese intervencionismo artificial y, esta vez, completamente terrestre, en el curso de la evolución es la esencia del neolítico. Las especies animales y vegetales domesticadas son fruto de una intervención premeditada y, en ese sentido, supone una creación en tanto que alteración del curso natural de los acontecimientos. La voluntad humana crea las plantas y animales domésticos utilizando las leyes naturales involucradas en la evolución1. Como Dios, somos creadores. Creamos nuevas razas y especies manipulando el “barro” de la genética.
Pero no sólo sucede esa superposición de niveles en el caso de los debates de la actualidad2. Veremos cómo una sutil y compleja superposición de niveles metodológicos, conceptuales e instrumentales se encuentra oculta en numerosas teorías y grandes concepciones científicas. Una fórmula matemática, el resultado de un experimento, una observación astronómica y la aplicación de unos principios axiomáticos se convierten en dogmas si los contemplamos con el mismo prisma que a los principios fundamentales de la mitología, la filosofía o la religión. En dogmas y en supersticiones. Sin embargo, esa superposición de niveles y elementos científicos no la consideramos una incoherencia lógica sino la confirmación en distintos ámbitos y categorías de los postulados de una teoría. Finalmente, la teoría se científica conforma como una secuencia coherente de elementos homogeneizados en virtud de esa superposición heterogénea de niveles. Es el sentido, el ámbito de significación que la misma teoría establece axiomáticamente lo que termina por dar sentido y coherencia a la heterogeneidad de sus elementos.
Exactamente igual hacían los antiguos con sus mitologías y con sus doctrinas filosóficas. Como, también igual que nosotros, eran incapaces de superar su perspectivismo particular y percatarse de que estaban mezclando diferentes cosas que, en su conjunto, creaban la apariencia de una homogeneidad y coherencia de la que en realidad carecía por completo. El resultado era la fe3. Todos esos elementos conformaban un relato, una secuencia y, por tanto, un orden perfectamente lógico (o ilógicamente perfecto a la luz de la fe). Nada hacía sospechar a los sumerios que su cosmogonía era un collage compuesto por observaciones astrológicas, acontecimientos legendarios, procedimientos artesanales y conflictos políticos extraterrestres.
Conceptos puramente abstractos, aunque se representen con símbolos excesivamente concretos (en algunos casos, ridículamente cotidianos) se intercalaban o identificaban con dioses primordiales que representaban originariamente personajes o grupos extraterrestres, con divinidades locales, con espíritus personificados (de las cosechas, de la guerra, de la escritura…), con fenómenos naturales bien conocidos y pragmáticamente tratados y con incomprensibles teorías científicas, religiosas o mitológicas que los mismos dioses les contaban.
Pero lo realmente interesante de estos mitos de la antigüedad, como de muchas grandes teorías y concepciones científicas de la actualidad, son las secuencias en las que se alternan esos distintos niveles.
La creación del mundo suele implicar un concepto abstracto, comúnmente expresado como elemento sublime. Por ejemplo, como veremos más adelante, el agua. El “abismo acuoso”, proveniente de la más alta especulación religiosa o filosófica (o plenamente científica, como hace nuestra moderna física teórica), se superpone con un proceso cosmológico relatado por la “ciencia” extraterrestre, como es la formación de las estrellas que “desecan” el “fango primordial” y (otro nivel distinto) también separan las aguas y la tierra creando los continentes. A continuación, la saga creacional introduce la jerarquía de dioses mayores y menores identificados con alguno de los elementos anteriores4. Las batallas y conflictos entre extraterrestres se incorporan mediante escenas en las que los planetas se ordenan jerárquicamente en sus órbitas, se alían, se enfrentan, chocan y se aniquilan, dando lugar a la épica formación del Sistema Solar. Los animales surgen nombrados (al igual que el resto de las cosas) por el demiurgo, obedeciendo a lo que aparece como máxima distinción entre los humanos y los animales, y entre los hombres civilizados y los que viven como las bestias: la palabra, la escritura, el orden social y político y la creación cultural. No tener un nombre es no existir (civilizadamente)5.
Si tomamos relatos cosmogónicos como el Enuma Elish acadio,
“Cuando en lo alto el cielo no había sido nombrado,
no había sido llamada con un nombre abajo la tierra firme,
nada más había que el Apsu primordial, su progenitor,
(y) Mummu-Tiamat, la que parió a todos ellos,
mezcladas sus aguas como un solo cuerpo.
No había sido trenzada ninguna choza de cañas, no había aparecido
marisma alguna,
cuando ningún dios había recibido la existencia,
no llamados por un nombre, indeterminados sus destinos,
sucedió que los dioses fueron formados en su seno.
Lahmu y Lahamu fueron hechos, por un nombre fueron llamados…”
nos damos cuenta de la mezcolanza de ciencias, disciplinas, niveles cosmológicos, sucesos humanos y extramundanos y elementos de la vida cotidiana. Leído así, como un cuerpo coherente, desde la perspectiva particular de nuestra época (tan distinta de aquella), nos parece una fábula absurda y sin sentido producto de la imaginación que trata, inútil y engañosamente, de rellenar el oscuro abismo de la ignorancia. Pero si diseccionamos esos relatos y colocamos de forma paralela los distintos niveles y categorías, el mito adquiere un sentido coherente con nuestra perspectiva del mundo.
En el Enuma Elish, después de que Ea matara al dios padre, Apsu (que pretendía, a su vez, matar a sus hijos) Marduk, el hijo de Ea, mata a la madre Tiamat y a su segundo esposo llamado Kingu, al que esta había dado poderes con el fin de vengar a Apsu. La sangre de Kingu sería utilizada para crear a la humanidad transgénica.
Apsu y Tiamat, representaciones de principios cosmogónicos primigenios, se mezclan con Ea (recordemos, el Enki sumerio), dios creador del hombre, y con los acontecimientos que, según los sumerios, llevaron a la creación de la humanidad: Una revuelta de los dioses (extraterrestres) a causa de las duras condiciones de vida y trabajo a las que estaban sometidos en la Tierra. En ese relato fue, precisamente, la sangre del cabecilla de la revuelta, sacrificado a su término, la que sirvió para fijar la imagen de los dioses en la arcilla humana.
Marduk mata a Tiamat (la madre Tierra) y luego,
“La partió (a Tiamat) como una concha en dos partes;
una mitad alzó y la puso como un techo, el cielo,
fijó una barrera y puso guardianes
a los que mandó que no dejaran escapar las aguas.
Cruzó los cielos y revisó (sus) regiones”.
¿Está hablando este párrafo de la formación del Universo o nos cuenta una batalla entre dos grupos de extraterrestres que termina con la victoria de Marduk (como podía ser la OTAN) y la posterior división de la Tierra y sus cielos en distintas zonas estrechamente vigiladas por guardianes? Ambas cosas.
Un concepto abstracto, el Apsu, genuinamente primordial. Una representación de la Tierra, Tiamat, donde se producen fenómenos de un nivel inferior al primigenio, aquellos que dan forma a la biosfera terrestre. Una guerra tras la que se modifica la geografía política del planeta. Una revuelta laboral y social que se resuelve con la creación de un (trabajador, un androide orgánico) humano transgénico y el ajusticiamiento del líder revolucionario (identificado también con el líder del bando perdedor en la guerra) que sirve, además para la manipulación genética que dará origen a esos sirvientes humanos6.
El Génesis es un buen ejemplo de esta superposición. En él se mezclan elementos cosmogónicos, cosmológicos, astronómicos, geomorfogénicos, biológicos, históricos, así como aspectos de la propia cultura junto a un collage de creencias y leyendas retomadas de las culturas dominantes, como la sumerioacadia y la egipcia. Y, lo que es más importante, adaptados todos estos heterogéneos elementos a una concepción ahora ya no realista sino divinizada de los extraterrestres.
La opción monoteísta hebrea se asienta en dos fases fundamentales: Primero, la divinización de esos elementos realistas, los extraterrestres, su historia, su ciencia y su creencia, mediante un proceso de sublimación. Y, segundo, el monoteísmo, es decir, la construcción de una divinidad individual, centrada en un solo personaje, necesariamente ambiguo más que sincrético, y basada en la exclusión como pseudoabstracción que, luego, como veremos, sí permite una verdadera y última abstracción.
Lo que históricamente nos aleja de la tradición realista de las grandes culturas de la antigüedad no es la propia opción extraterrestre, que sería su traducción actual, sino un proceso degenerativo: la divinización cristalizada sobre ella. No es tanto la opción aceptable, aunque aún la juzguemos improbable, de unos humanoides extraterrestres que, tecnológicamente muy avanzados, descubren la Tierra, se la disputan y establecen leyes protectoras, absurdas para un hombre neolítico de hace cinco mil años, pero perfectamente comprensibles para nuestra mentalidad ecologista, que incluyen un “no intervencionismo”, ahora absoluto7, la que propiamente rechazamos, sino esa opción incorporada al paquete divinizador.
La opción extraterrestre en sí misma, además de contar con abundantes datos congruentes tanto con lo que desconocemos de la historia como con lo conocido y forzadamente interpretado, no tiene nada en contra de nuestra visión racional y científica del Mundo si no es el hecho de que aún no hemos tenido constancia “oficial” de los extraterrestres8. Pero se trata de una hipótesis plenamente “realista” para nuestra “mitología” científica. Ellos y nosotros vivimos en el mismo Universo. Son hombres como nosotros, aunque más avanzados tecnológica, cultural, biológica y, quizá también, éticamente. Su presencia se manifiesta en fenómenos mundanos y materiales plenamente explicables por nuestros conocimientos (y pronósticos) científicos. Y, quizá lo más importante, suponen una continuidad cultural (y biológica) de nuestra propia existencia: algún día seremos nosotros esos extraterrestres, una vez alcanzados los espectaculares descubrimientos científicos a los que asistimos desde hace al menos doscientos años y que serán capaces de llevarnos hasta otros planetas habitados con “humanoides” más atrasados que nosotros.
Rechazar la hipótesis extraterrestre supone negar la posibilidad de que, en un futuro más o menos lejano, podamos llegar a otros mundos e intervenir (sin duda cometiendo errores) en la evolución de algunas de sus especies y en la historia, la política y las creencias de los seres más o menos inteligentes que encontremos y/o construyamos mediante la manipulación genética. ¿Negamos, por lo tanto, nuestro propio futuro o, paradójicamente, hacemos de lo altamente probable y previsible argumento de negación9?
Originalmente, ni los sumerios ni los egipcios concebían como dioses a los extraterrestres. No se les suponía una naturaleza sobrenatural ni siquiera cuando utilizaban denominaciones divinizadas, como “elevados” o, incluso, con el genérico término de “dioses” que nosotros mismos podemos utilizar de forma poética para referirnos a esos extraterrestres como seres muy superiores al hombre. De hecho podían tener hijos fruto de su unión carnal con los humanos: los héroes y semidioses10.
- Los dioses eran hombres inmortales. No dioses encarnados.
El criterio definitivo para considerar la divinidad realista (naturalista) de los superhombres no era una naturaleza originariamente espiritual, ni siquiera los poderes extraordinarios de los que hacían gala, sino la inmortalidad. Eran inmortales porque, pudiendo (debiendo) morir como toda criatura de este mundo, no lo hacían.
Que los nobles señores, los extraterrestres, tuvieran un espíritu al igual, aunque mucho más poderoso, que los humanos, o que se les atribuyeran capacidades mágicas extraordinarias, no los convertían en algo divino. No era su asociación animista con el espíritu de determinadas cosas, lugares o fuerzas naturales lo que los “irrealizaba” como divinidades, sino ese proceso derivado en sublimación que finalizaría en el panteísmo, el monoteísmo o, incluso, en el ateismo científico o budista. Y esa sublimación es consecuencia de no poder comprender las ideas religiosas, filosóficas o de ciencia ficción que, sin duda, los mismos extraterrestres contaron a sus criaturas transgénicas.
Así, lo incomprensible, como representación común a todas esas ideas, se convierte en lo divino (teísta o ateísta) y arrastra a los mismos extraterrestres, a su historia, su ciencia, sus extravagantes motivos (incluida la decisión de esconderse de los hombres) hasta una divinización que contamina e impide que hoy podamos utilizar la “hipótesis extraterrestre” con su naturalidad y realismo originales.
El monoteísmo ha sido, también, en nuestra cultura occidental y en el medio oriente, la fórmula imperante (y excluyente) de asumir el inconcebible concepto de divinidad que manejaban los superhombres. Un concepto (extraterrestre) de divinidad que, para comprenderlo, debería incluir, además de lo meramente religioso, aspectos científicos, filosóficos, esotéricos y existenciales.
El Dios monoteísta es el perfecto recipiente en el que acomodar y comprender aquellas ideas religiosas de los superhombres para las que no encontramos referentes culturales sobre los que materializarlas (la idea de nada, de infinito, de perfección, de cosmos, de caos… de lo ignoto). Pero es el ateísmo, como versión terrestre (igualmente reducida y excluyente) de una serie de aspectos de la “religión” extraterrestre, el que se ha impuesto en el mundo moderno.
La Ciencia participa de la misma divinización ateísta que, por ejemplo, el budismo, aunque con la peculiaridad de que persigue (y se ve atrapada) en una “divinización del realismo” que se expresa en leyes naturales que originan y gobiernan al mundo. Por eso, paradójicamente, rechaza las mitologías realistas de la antigüedad, que veía superhombres (extraterrestres de carne y hueso) y no divinidades, los cuales convivían junto a los hombres (aunque terminaran ocultándose de ellos) con espíritus que representaban los aspectos desconocidos e inconcebibles del Mundo, los mismos que nuestro perspectivismo particular ignora o distorsiona pero que no puede evitar.
- La existencia de un orden preexistente a los hechos y manifestado en leyes científicas es un mito.
Y ese mito despierta las mismas reacciones intransigentes en los librepensadores de nuestra época, que ellos despertaron hasta no hace mucho en quienes defendían mitos religiosos o filosóficos. Quien niegue que el mundo está regido por un orden y que cuanto sucede puede ser explicado por ese orden, se convierte en un hereje y despierta las mismas feroces y despectivas reacciones que antes sufrían quienes negaban la existencia de un orden divino.
Hay un elemento mitológico de la Antigüedad que ha concitado toda clase de supersticiones simplistas, que son las que se derivan de tomar literalmente las descripciones realistas que hacían los humanos de la tecnología y, también, de las teorías científicas y de las creencias religiosas de los extraterrestres. Es el árbol de la vida. Pocas cosas hay tan aparentemente absurdas para nuestra avanzada civilización como la creencia que le suponemos a los antiguos de que había un árbol o, por derivación, una planta, que permitía una gran longevidad, mantener la juventud o, incluso, alcanzar la inmortalidad. Si hacemos caso a la Biblia, este árbol, así como el de la ciencia del bien y del mal, eran tales árboles. Pero la Biblia, como otras muchas recopilaciones mitológicas de su entorno geográfico, es una versión de segunda o tercera mano de los originales egipcios y, sobre todo, sumerios. Estos, efectivamente, hablaban del árbol de la vida y lo representaban aparentemente como un árbol. Pero creer que se referían realmente a un árbol sería tan arriesgado como que los venideros arqueólogos e historiadores pensaran que, cuando nosotros hablamos de un árbol genealógico, estábamos realmente refiriéndonos a un árbol.
Si analizamos con nuestros actuales conocimientos científicos el árbol de la vida pensando que quienes hablaron de él y lo dibujaron eran personas extremadamente realistas, encontramos una interpretación tan clara como sorprendente.
¿Qué es lo que nosotros, en nuestra actual mitología, relacionamos más directamente con la longevidad, la juventud y la inmortalidad? La genética. ¿Cómo representarían los antiguos la enredada cadena de nucleótidos y los cromosomas? Pues, además de cómo serpientes entrelazadas, como un árbol de tronco y ramas entrelazadas (la cadena de nucleótidos) de las que penden frutos (los cromosomas)11. El árbol de la vida, el que tiene la clave de la curación, la juventud, la longevidad y la eternidad es una representación de los genes y los cromosomas. El árbol de la ciencia, del conocimiento, de la sabiduría (bajo el que se sienta Buda y donde adquiere la iluminación) son esos cromosomas y genes que posee la clave de la inteligencia.
Si podemos encontrar el rastro de una tecnología y una ciencia muy avanzadas en los rudimentarios términos de las mitologías antiguas, tomados de forma realista y descifrados por analogía con nuestra actual ciencia y con los avances tecnológicos que podemos predecir a partir de ella, ¿por qué no hacer lo mismo con la avanzada cosmovisión que se encuentra relatada del mismo rudimentario modo en esos mitos? Si los extraterrestres enseñaron su tecnología (incluida aquella que no podían comprender ni siquiera por analogía) a los antiguos, y esa tecnología la hallamos en sus mitos, ¿porqué no iba a encontrarse en esos mismos mitos la visión del mundo y de la vida que tenían nuestros colonizadores (y creadores) extraterrestres? Del mismo modo que encontramos la cadena de nucleótidos, los cromosomas y la ingeniería genética tras las leyendas y las representaciones del árbol de la vida o el de la ciencia, ¿porqué cuando leemos sobre el abismo acuoso en cuyo seno de indiferenciación surge el demiurgo y, con su simple palabra, nacida de su conciencia y voluntad (que eran una misma cosa), crea al mundo, no podemos extraer los principios de la cosmovisión extraterrestre en la que esos relatos cosmogónicos estaban basados?
Podemos rastrear en las mitologías antiguas y en la actual mitología científica la cosmovisión extraterrestre, especialmente como cosmogénesis, cosmología y teología. Pero para realizar esta reconstrucción debemos, además de llevar a cabo un detallado trabajo que separe y distinga los diferentes estratos superpuestos en esos unitarios cuerpos mitológicos y plantear interpretaciones por analogía con nuestra propia visión del mundo, hacer uso de una capacidad transgénica: la imaginación como instrumento para escapar a nuestro perspectivismo particular y saltar más allá de nuestras evidencias.
Ese es el objetivo de esta obra. Reconstruir la cosmovisión de los dioses.
1 La evolución es el resultado de un a interacción entre genética, ecología e historia natural (o, si se quiere, casualidad).
2 La Ciencia, como veremos, se explica más como un gran debate mantenido a lo largo de la historia que por la aplicación rigurosa y objetiva de un método al devenir de los acontecimientos tomados como hechos científicos.
3 Podemos decir lo mismo de la Ciencia, al menos esa ciencia incuestionable y dogmática. Lo que queda después de todo proceso de confirmación o veracidad es la fe. Y la fe, la asignación de verdad o realidad a una proposición, no es más que la tranquilidad psicológica que acompaña a esa proposición. Nos quedamos tranquilos después de encontrar una verdad. Y eso es lo único que distingue a la verdad.
4 El abismo acuoso como Nun o Ptah egipcios, el Sol Ra, el fango, expresión del estado de magma en que se encontraba la joven Tierra como los Lahmu y Lahamu sumerios…
5 Qué papel no le asignaría a la palabra un sumerio o un egipcio que presenciara cómo mediante comandos de voz (para él, la simple pronunciación del nombre de las cosas) los aparatos, las puertas, las luces obedecieran a los extraterrestres. Sería fácil deducir para ese antiguo sumerio que las cosas aparecieron cuando, simplemente, el Dios demiurgo pronunciaba sus nombres.
6 “Amasaré la sangre y haré que haya huesos.
Crearé una criatura salvaje, ‘hombre’ se llamará…
Tendrá que estar al servicio de los dioses,
para que ellos vivan sin cuidado…
«Que sea entregado uno sólo de sus hermanos;
sólo éste perecerá para que sea formada la humanidad…
¿Quién provocó la revuelta,
provocó a Tiamat a rebeldía y azuzó el combate?
Sea entregado el que maquinó la rebelión…
«Fue Kingu quien maquinó la rebelión,
quien hizo rebelde a Tiamat, quien azuzó el combate.”
7 Por el simple hecho de que es ahora, gracias a nuestro progreso tecnológico, cuando más fácilmente podemos detectarlos e identificarlos y, por tanto, cuando su presencia (al no poder ocultarse en lo superior ignoto o en lo divinizado) puede tener unas mayores y nocivas consecuencias culturales. Recordemos, y eso fue una anécdota con lo que podría pasar ahora, lo ocurrido con los pueblos americanos con la conquista española, portuguesa e inglesa. Bien es verdad que, de forma muy progresiva, van “acostumbrándonos” a su existencia y su posible llegada a través del arte (cine y literatura de ciencia ficción), de las leyendas (los fenómenos ovni de apariciones, abducciones…) y, finalmente, de los propios ensayos sobre su cultura: forma de pensar, ética motivos…
8 Aunque sí tenemos, como hemos visto, un motivo más que coherente para que no se dejen ver: los planteamientos “ecologistas” (aunque nuestro concepto de ecologismo se quede pequeño para explicar sus verdaderos planteamientos).
9 Altamente probable es que en los cuatrocientos mil millones de sistemas estelares que hay sólo en nuestra galaxia exista vida con una grado de inteligencia siquiera parecido al de los chimpancés. Altamente previsible es que terminemos viajando a alguno de esos sistemas estelares.
10 Las referencias a las uniones carnales entre dioses y humanos son comunes a todas las civilizaciones antiguas. Y, bien respondieran a verdaderas uniones entre extraterrestres y terrestres o fueran producto de la fantasía al servicio, generalmente, del poder político, el hecho es que concebían a estos seres superiores no con criterios sobrenaturales sino plenamente realistas. Nos hablan las culturas antiguas de héroes mezcla de dios y humano, como Gilgamesh, Hércules, Sargón el Grande o los faraones, incluso, tomado en sus estrictos términos, Jesús. La misma Biblia, en una de sus piruetas divinizadotas y monoteístas deja evidencia de esa realidad cuando habla de hijos de Dios e hijos de los hombres (¿acaso los hombres no son hijos de Dios?): “En aquellos días –y aún después– cuando los hijos de Dios se unieron con las hijas de los hombres y ellas tuvieron hijos, había en la tierra gigantes: estos fueron los héroes famosos de la antigüedad” (Génesis 6,4). Estos héroes gigantes son el resultado del cruce entre los dioses (los hijos de Dios) y los hombres.
11 Los árboles de la vida, el tamarindo, la higuera, el olivo… etc. Así como sus representaciones gráficas tienen siempre troncos y ramas retorcidos, como la doble hélice del ADN. Existe una impresionante representación asiria del árbol de la vida (aunque los asirios nunca denominaron a este símbolo por dicho nombre) en la que una estructura que aparenta tronco y ramas entrelazadas posee exactamente 46 frutos.
La tradición extraterrestre
¿Conoces la mente de tu creador? Sólo tienes que pensar.
Si vamos a reconstruir una cosmovisión extraterrestre que encaje en el origen de las mitologías realistas de la antigüedad debemos proponer un modelo civilización con nombres, personajes e historias que sustenten “materialmente” esa cosmovisión. Un supuesto, un punto de partida que nos permita rellenar las lagunas que surgen en la reconstrucción de los datos aislados y, posteriormente, reinterpretados en la literalidad de las superposiciones de las mitologías antiguas. Debemos comprender la mente, el modo de pensar de los superhombres venidos de otros planetas para darle sentido a esas literalidades rudimentarias de las cosmogénesis, las cosmologías y las religiones antiguas. Pero para construir una cosmovisión extraterrestre sólo disponemos de esas mitologías antiguas y de nuestra imaginación.
Así pues, entendida como un supuesto teórico con simple utilidad pedagógica, como una hipótesis en la que los términos concretos no afectan a la veracidad de la misma (da igual que cambiemos el nombre a los quarks) o, incluso, como una caracterización bastante cercana a la realidad de esos extraterrestres, los inhiek, que así llamaremos a quienes los sumerios denominaban de un modo genérico “An”, son, a todos los efectos, nuestra tesis fundamental1.
Los inhiek. Divididos en dos grupos, los henke (Enki) y los henle (Enlil) llegaron a la Tierra, crearon a los humanos transgénicos de los que somos descendientes, convivieron con ellos durante un tiempo y, luego, decidieron mantenerse ocultos para no intervenir directamente en nuestras vidas y en el curso de nuestra historia2.
Gracias a la convivencia con los inhiek, cuando (los dioses) caminaban por la Tierra y, posiblemente, y a la influencia indirecta que ejercen sobre nosotros después de ocultarse, hemos construido un peculiar modo de ver el Mundo tomando como base su manera de ver el Mundo, que está dividida en dos grandes tradiciones: la naumori y la shukultiana.
El Imperio de Naumor, que dominó Ozye desde prácticamente el despertar de la civilización hasta su caída a manos de los inhiek, el año 28.738 a. C, impuso su cultura incluso después de haber desaparecido.
Tras la conquista de Naumor y el práctico exterminio de los naumori, las tribus inhiek, en su mayoría nómadas, que en los dos milenios siguientes a la caída del imperio se dividieron en henle y henke, verían cómo sus ancestrales creencias quedaban subsumidas en la más elaborada y fascinante cosmovisión naumori. Esa fue la venganza de los perdedores: trasformar a los inhiek en naumori.
Con algunas variantes menores, la mitología naumori y su dios dragón fue aceptada por los henke y, más tarde, también por un elevado porcentaje de los henle. Sin embargo, con el paso del tiempo, los henke evolucionaron hasta alcanzar una cosmovisión opuesta en muchos aspectos a la tradición naumori de la que provenían.
Fue el Príncipe Tésirac de Hurn, la mayor nación henke, quien, además de establecer un protectorado sobre la Tierra, escribió la obra que culminaría la consagración definitiva de la cultura henke: el Shuk-Ul.
Aunque el título “La palabra del Dragón”, hace mención directa al dios supremo naumori, la obra supone un cambio de casi ciento ochenta grados en el eje de los principios rectores de la cosmovisión henke con relación a la naumori. A tal punto llegó a ser así que el propio nombre de dragón terminaría adquiriendo para los henke (al menos, para los de la órbita de Hurn) unas connotaciones tan negativas como para la mayoría de los henle.
La idea fundamental sobre la que cristalizó este cambio de principios fue el problema de la creación del mundo y la consecuente naturaleza divina con ella asociada.
Para los naumori, Dios es perfecto y crea el mundo desde su perfección sin necesitar nada más que él mismo para hacerlo. Dios extrae, pues, el mundo desde la Nada y, una vez creado, este mundo funciona por sí mismo sin necesidad de ningún sustento3.
Para los shukultianos, el Mundos se crea en y por la Nada, lo cual implica una imperfección que afecta a Dios, libremente aceptada para que el Mundo pueda seguir existiendo después de ese primer momento dado que necesita ser constantemente “extraído” de la Nada.
Este primer y contrario axioma en el que se distinguen ambas cosmovisiones, la perfección o imperfección original, no es un asunto retórico o trasnochado propio de un sentido especulativo que se complace inútilmente en filosofar al estilo autista del cartesianismo. Se exprese en la forma que sea, bien con términos más o menos racionales y rigurosos o poéticos y especulativos, el axioma original de cualquier teoría o cosmovisión determina los elementos del discurso al que da lugar. Y esa elección de principio subsiste aún en nuestros días y determina la forma en que vemos, planteamos y pensamos el mundo y nuestra propia vida.
1 An significa “cielo”, se representa por una cruz como símbolo de “estrella”, y viene a decir lo mismo que nosotros significamos con “extraterrestre”: los que viven y vienen del espacio exterior, del cielo como entidad física (con estrellas) y no de una instancia sobrenatural.
2 Hasta que llegue la fatídica fecha en la que expire ese acuerdo de no intervención directa y, entonces, la guerra fría se transforme en caliente y los dioses vuelvan a luchar codo a codo junto a sus seguidores terrestres, como en la época de Horus y sus compañeros, los shemsu Hor. Una fecha que, tomando realistamente las, por otro lado, extraordinarias y precisas coincidencias entre muy distintas mitologías de la antigüedad, parece que estamos a punto de alcanzar.
3 El mundo, una vez creado, ya no necesita a Dios. Pero Dios puede acabar con el Mundo cuando le plazca. Por tanto, en ese sentido, Dios es el sustento de un mundo en el que se niega a intervenir. Este respeto de Dios hacia la libertad (anchamente entendida) del Mundo y, en especial, la de las criaturas con alma, los sígula, coincide con la visión shukultiana.
La tradición naumori
El orden se enfrenta al caos.
La tradición naumori establece el origen del Mundo en la voluntad de un dios cuya existencia es, hasta ese momento, indiscernible. Un impulso causado en el seno de esa indiscernibilidad existencial como el choque entre el Ser y la Nada que, ciegos el uno del otro, se encuentran en una debacle trágica de la que surge un grito, cuyo eco es el Mundo1.
Pero ese Mundo es el producto de la decisión divina de ser, de la que deriva la extinción de la nada hasta ser nada-ausencia absoluta, que “entrega su ser (el ser de la Nada) al de Dios para convertirlo en Ser Absoluto y Perfecto. El mundo es una excreción derivada de ese proceso en el que se extingue la nada hasta la nada. Un proceso se constituye en espaciotiempo y en el se mezcla la perfección como reflejo de Dios, expresada en un orden natural que predice los acontecimientos, y la imperfección como residuo o hálito resultante de la extinción de la nada. Un residuo que va apagándose y cuyo fin definitivo determinará el fin de los tiempos, del mundo como espaciotiempo.
Pero ese residuo de imperfección no afecta a Dios, por cuanto él está fuera del espaciotiempo del mundo. Para él, el fin de la nada y de su imperfección suceden en el instante del sin espaciotiempo en el que se constituye en Ser Absoluto.
Sobre este planteamiento se edifican distintas cosmovisiones que discrepan en matices, a veces importantes, pero que en absoluto afectan al fundamento axiomático que hemos descrito.
En la medida en que estas cosmovisiones son más primitivas, contienen una mayor proporción de incoherencias que deben ser resueltas, como veremos, por la apelación al misterio.
Así, las primeras cosmovisiones de la Antigüedad contenían una mezcla de la tradición naumori, basada en la idea convencional de perfección como ausencia de error debida al sometimiento a un orden preestablecido, y de la tradición shukultiana que veremos a continuación, basada en la idea no convencional de imperfección entendida como libertad absoluta.
Pero esta mezcla de distintos principios que presentan las cosmovisiones de la Antigüedad no se debe a un sincretismo entre las dos tradiciones, sino a que la cosmovisión naumori contiene una serie de conceptos que reducen al mínimo la incoherencia y, por tanto, la apelación al misterio, y que pueden ser muy fácilmente confundidos con los principios axiomáticos de la cosmovisión shukultiana.
Es por eso que las mitologías antiguas se mantienen en esa fértil ambigüedad que tantas y tan distintas interpretaciones genera. Esos conceptos naumori, que enunciaremos sucintamente a continuación, sirvieron también de base para la construcción de la cosmovisión shukultiana. Pero se encuentran completamente matizados, cuando no excluidos, de las grandes cosmovisiones actuales basadas en la idea de perfección antes enunciada. Fundamentalmente en las religiones monoteístas y en la ciencia.
- La nada alberga en su seno la potencia de lo que es.
Muy parecido al primer instante del nacimiento, donde el recién nacido, el Ser, se enfrenta, ajeno a ese encuentro, con el mundo, la Nada, y de ese choque surge la vida como ser humano, en el choque del Ser y la Nada surge el Mundo.
Pero es ese choque producido en la indiferenciación donde se produce el protohecho creacional: la distinción entre la nada, que deriva en nada, y la potencia, que deriva en Ser Absoluto. La potencia de ser se encuentra en el ser de la nada, de ese estado inicial de indiferenciación, que deviene en Ser al devenir la nada en no-ser.
La potencia de ser es el protohecho inicial. Pero ese protohecho permanece en el misterio. Finalmente, para deshacer ese misterio, la tradición naumori deja la puerta abierta a la shukultiana: la imposibilidad de que la nada sea se transforma en posibilidad ¿De qué si no de Ser? La potencia de ser, pues, se basa en el signo opuesto a la imposibilidad de que sea lo único que hay: nada. Ese signo opuesto, ese reverso de la misma moneda es, de alguna manera, una anticausa, sólo que en la tradición naumori no se describe como tal sino como una causa (una tautología) perfecta:
Imposibilidad de nada = Posibilidad de Ser
- Dios sólo adquiere conciencia de sí mismo cuando surge el Mundo
Es más, la conciencia y la voluntad divinas no son más que manifestaciones mundanas de Dios. Dios como Ser Absoluto y Perfecto no necesita conciencia ni voluntad. Pero la presencia de un mundo, de un espaciotiempo en el que aún no se ha extinguido la imperfección, le lleva a actuar, es decir, a relacionarse con ese mundo.
- La voluntad de Dios nace de la conciencia y realiza un único acto de amor hacia el mundo y sus criaturas: permitirle suceder.
Para la tradición naumori, Dios, ajeno de sí mismo, adquiere conciencia y se “enamora” de su creación. Ese enamoramiento se constituye en voluntad de un único acto. La conciencia-voluntad-actuación de Dios se ciñe a la existencia del mundo y desaparece con el final de este. Dios deja de tener conciencia y voluntad cuando desaparece el mundo, porque lo único necesario es su perfección. Pero ese acto, en el sinespaciotiempo de Dios (ese es el sentido de su infinitud y eternidad), no dura nada para él sino que es simultaneo al protohecho de la diferenciación de su Ser Absoluto.
- Conciencia y voluntad divina, creación del mundo y aniquilación de la nada se producen en un mismo momento.
El orden de la perfección impone un solo instante a la Creación, a partir de la cual sólo queda Dios, el Ser Absoluto y perfecto y un mundo en el que se mezcla lo perfecto, como imagen divina, y lo imperfecto, el hálito de la nada que va poco a poco apagándose.
Cuando se extinga esa imperfección residual, sólo quedará dios. Pero el tiempo es cosa mundana, por lo que para Dios toda imperfección se extinguió sin afectarle en el instante de la Creación.
- Dios no interviene en el orden del Mundo. Dios no va contra sí mismo, contra su voluntad inicial.
Dios no necesita conciencia y voluntad porque es perfecto, y esa perfección implica un orden necesario que el acto divino traslada al mundo como promesa de salvación, cuando, finalmente, como veremos, la imperfección que hay en el mundo (y el mal que conlleva) sea derrotada.
Dios no va contra sí mismo, contra su perfección y, por el mismo motivo, no altera el orden del mundo, que es una proyección de su perfección en el mundo extenso y duradero. Si Dios alterase lo más mínimo el orden del mundo estaría cuestionando su propia perfección y, entonces, dejaría de ser un Ser Absoluto.
Por tanto, para la tradición naumori (también para la shukultiana), aunque por distinto motivo, Dios no rompe las reglas del juego que él mismo estableció. No interviene, por tanto, en el Mundo sino como una cosa más del Mundo, si queremos verlo así, como una criatura excelsa, fantástica, a la que sólo se puede llegar por la fe.
- El Mundo, una vez creado, no necesita más sustento que su propio devenir.
El orden del mundo es el reflejo de la perfección divina. Ese orden se va adueñando del mundo a medida que se extingue el residuo de imperfección de la nada. Dios no puede ir contra el orden natural del mundo por la misma razón que no puede ir contra el orden que dicta la perfección: caería en la imperfección al hacer algo no predicho por la perfección.
Sólo existe una posibilidad de ser y, por tanto, desde la perspectiva del mundo, Dios no puede hacer sino lo que necesariamente se sigue de su perfección. Dios es, de alguna manera, esclavo de su perfección. Y en esa esclavitud reside su libertad, en la medida en que no se puede ser más libre que siendo perfecto.
Sin embargo, este planteamiento de principio, el de la libertad divina, junto al del protohecho de la potencia en el que se inicia la Creación, se sustentan en el misterio, es decir, en la contradicción irresoluta y aplazada. Y como respuesta al misterio, surge la alternativa shukultiana que, como veremos, implica una opción radicalmente distinta.
El Shuk-Ul
La libertad es no tener orden ni caos.
El Shuk-Ul establece dos diferencias fundamentales con relación a la tradición naumori: La Creación no es obra de un Ser Absoluto y Perfecto y, además, no consiste en un empujón inicial seguido de la inercia de los sucesos sino que debe continuar eternamente creando los sucesos del Mundo.
- El origen del Mundo estriba en la imposibilidad de que la Nada exista como tal “Nada”. Estriba, pues, en un antiorigen.
La Creación es un suceso inevitable que sólo necesita a la Nada. Si el Mundo para los naumori surge de un dios en potencia, para el Shuk-Ul el Mundo surge directa y exclusivamente desde la Nada2.
Para la tradición naumori, Dios es el motor de la Creación. El ser de Dios se identifica con su existir como único suceso sin mundo: el protohecho. El mundo, la existencia, tiene una esquirla del choque entre Dios y la nada: el orden divino transfigurado en orden natural. Pero tiene también un residuo putrefacto de imperfección nacida en el proceso por el que la nada queda como simple nada. La historia del mundo y sus criaturas es la del anhelo de esa esquirla divina por regresar a Dios. Dios mismo desea (y eso es lo único que desea) terminar con el Mundo. Pero sólo puede lograrlo, obligado por su propia perfección, haciendo que el Mundo y sus criaturas se perfeccionen, se depuren, mediante la extinción de la imperfección que las acompaña. Dios no puede terminar por decreto con ese residuo de imperfección que, al darse junto a la esquirla divina, se transmuta en mal. Si lo hiciera, ese residuo no se disiparía.
Sin embargo, para el Shuk-Ul, no es Dios el creador, porque no hay ningún protohecho sino solamente nada. Y el motor de la Creación es la imperfección de que Dios no alcance a ser. Pero, ¿si Dios no es un ser, entonces, qué es?
Cuando Dios puede decidir, elige ser libre y no estar sujeto a la perfección. Por tanto, no deviene en Ser Absoluto, sino en conciencia-voluntad libre y, por tanto, en acto.
Sin Ser Absoluto, la nada no puede extinguirse como nada ni, tampoco, suceder como tal nada. Así pues, ese residuo de la Creación se transforma en Ser de la Nada. Pero para que la nada pueda ser tal Nada, el mundo debe existir, a fin de que la nada no pueda hacerlo.
¿Pero cuándo Dios puede decidir? ¿Qué ocurre antes de Dios?
La nada. Su imposibilidad de existencia.
- Pues no puede existir la Nada, debe existir el Mundo para que la Nada sea tal Nada.
Esa imperfección, que la única forma de ser no sea la del Ser sino la de la Nada, es la fuerza original que inició y aún sostiene la creación del suceder, del Mundo de los sucesos en el que vivimos como un simple suceso más.
En un acontecimiento simultáneo (desde una perspectiva de espaciotiempo lineal) la nada, que es lo único que hay, dado que no puede existir, es nada y, así, se convierte en Nada. Pero ese ser no conlleva su propio existir, pues en tal caso sería el Ser Absoluto. Por tanto, el residuo de la Creación es la existencia, nuestro mundo de sucesos3.
Dios es ese acto, esa conciencia-voluntad pura y, por tanto, mientras decida seguir siendo libre y no perfecto, permitirá que de la Nada se cree el Mundo. Y para que eso sea así, debe mantener viva la llama de la creación manteniendo su decisión. La Creación es, por tanto, la relación entre dos mundos: la Nada y la Existencia.
La Creación surge de una imperfección mantenida por Dios, que se niega a que su Ser Absoluto alcance la perfección distinguiéndose de la Nada, en lo que podríamos entender como un sacrificio por el que alcanza la libertad absoluta y, además, mantiene constante la Creación. Esa creación continua impide un orden predicho para el mundo y permite el libre albedrío, que podemos entender como un regalo de Dios4.
Si la Creación naumori procede de la perfección, la shukultiana procede de la imperfección. Si la primera necesita de una causa necesaria, el Dios preexistente como motor activo del protohecho inicial, la segunda no requiere de ningún motor por cuanto es la misma Nada, que no sólo no necesita sino que repele cualquier causa, la que encuentra casualmente (no causalmente) en su ausencia de necesidad la “fuerza” original, la antienergía en que se constituye la Nada creadora.
- Sólo es el mero suceder. Ese es el ser de la Nada: la existencia de un mundo sin ser.
En un mundo sin orden preestablecido, no puede haber igualdades. Así, este no menos sorprendente enunciado debe ser entendido como equivalencia o correspondencia. No podemos decir que el ser de la Nada es igual a la existencia del mundo, sino que ese ser se corresponde con la existencia, son interdependientes el uno del otro.
La existencia como simple suceder en el que no hay seres es el único ser. Y de ese ser mínimo, dice ya la mística shukultiana, surgirá un mundo en el que existan verdaderos seres. Y esta idea, que somos sólo sucesos viviendo en un mundo de sucesos, la Existencia como único ser expresión del Ser de la Nada, es la piedra sobre la que pivota la cosmología shukultiana.
Esto explica que la creación deba ser continua, pues si desaparece el mundo, el ser de la Nada lo hace también y, entonces, devendría el Ser Absoluto. Acaecería un fin de los tiempos y una nueva Creación, esta vez al estilo de cosmogonía naumori y con sus mismas consecuencias. La más inmediata es que el mundo tiene un orden que delimita la posibilidad de los sucesos y los predice según una cadena causal. Pero hay otras consecuencias importantes, aunque no sean tan próximas. El Mundo finalizará en el Ser Absoluto, y el mundo irá siendo engullido hacia la nada como ausencia absoluta, el residuo de imperfección, el mal, o hasta Dios, la esquirla de perfección, el bien. Y una consecuencia paradójica. Si el mundo tiene un orden, adquirido en la Creación, el mundo naumori no necesita a Dios para sostenerse y funcionar, pero el mundo shukultiano necesita constantemente la asistencia divina para seguir existiendo pues, en caso contrario, cesaría la creación continua y, con ella, la existencia.
La opción naumori deja lugar para el ateismo. La shukultiana, si se acepta, requiere a Dios. Pero ese dios no es ya el Ser Absoluto y Perfecto que todo lo determina, pues incluso él mismo está sujeto a la única opción que en cada momento establece la perfección, sino un Dios libre que con su sacrificio de imperfección permite la libertad del mundo y de sus criaturas. Un Dios contra el que no necesitamos revelarnos, dejar de creer en él, o creer en él. El Dios naumori no está sujeto a un orden preestablecido por la perfección, pero el mundo, nuestro mundo tampoco.
Esto hace que el motor de la Creación en la propia y sola nada no necesite apelar al misterio y, también paradójicamente, permita la posibilidad de llegar a conocer el sinorden del mundo. Aunque esta idea resulta para nosotros mucho más extraña e inconcebible que la contradictoria Creación naumori basada en el protohecho de la potencia, de la posibilidad de ser como igualdad con la imposibilidad de nada. Una sencilla idea carente de contradicción, “la creación debe darse desde la nada cuando era tal Nada”, que requiere subvertir los esquemas de nuestra cosmovisión hasta sus más profundos fundamentos.
Es por eso que los enunciados formales, incluso evocativos, de la concepción shukultiana los encontramos dispersos en las cosmogonías antiguas insertados en un discurso con sentido naumori y desprovistos de su significado original shukultiano. La idea del caos, representado por Nun, en lucha permanente contra el orden, representado como Maat, implica no un sincretismo entre las dos concepciones, sino una reelaboración propia en la que la fuerza creadora y libre del caos no es posible encajarla en un universo comprensible y coherente, aunque con otro tipo de coherencia y estabilidad distinta a la del orden. Pero, sobre todo, ese, como otros planteamientos de la Antigüedad, pone de relieve la existencia y la lucha entre las dos grandes concepciones del mundo que trajeron nuestros colonizadores inhiek: la naumori y la shukultiana.
El Abismo Acuoso
Cuando en lo alto el cielo no había sido nombrado,
No había sido llamada con un nombre abajo la tierra firme,
Nada más había que el Apsu primordial… (Enuma Elish)
Tanto en la cultura sumerioacadia como en la egipcia el agua es el elemento primordial y, también, el símbolo que identifica a un grupo de seres superiores, civilizadores y, más tarde, a una concepción religiosa que extiende su influencia hacia la moral social, la política y la existencia individual (la llamada autoayuda)5.
Hemos visto cómo los sumerios y, aunque menos evidentemente, también los egipcios, consideraran a los mal llamados dioses con características humanas aunque superiores (en lo bueno y en lo malo)6, es decir, algo parecido a “superhombres”. Unos superhombres divididos, como nosotros, en distintos grupos que competían, cuando no se enfrentaban violentamente entre sí.
El agua es la expresión de un concepto demasiado alejado de lo que el perspectivismo particular de la época podía explicar y comprender de forma ajustada a sus originales términos superhumanos.
El agua representa el concepto de vacío, de indiferenciación, pero no propiamente el de Nada como ausencia absoluta (como concepto divinizado). El agua representa un estado absolutamente homogéneo donde sus elementos, átomos equidistantes, inmóviles, idénticos y por tanto, indiferenciables, eran, además, indetectables, porque el Universo al que constituían era así mismo un mundo silente, inmóvil, inexistente pues.
Ese estado identificado con el agua era previo a la creación del mundo. Pero, también, puede representar el primer instante de la creación del mundo. El estado líquido es una buena forma de describir cómo debía ser lo que la moderna cosmogonía llama Big Bang. Un magma, una singularidad y, por tanto, algo más semejante al agua que a cualquier otro elemento.
El agua sirve también para representar el medio en el que “flotan” los astros, el vacío espacio. Y el agua es también el medio en el que surge la vida7.
Nuestros ancestros escucharon todo eso de boca de unos extraterrestres que tenían al agua como símbolo de identidad. Los mismos extraterrestres que, para mayor abundamiento, crearon a los humanos.
Los civilizadores que aparecen en la mayoría de las mitologías son seres acuáticos o que proceden del agua. Y en aquellas culturas, épocas o naciones aliadas con los seres del agua, representados comúnmente con aspecto anfibio, son, además de los civilizadores, los protectores de la raza humana a la que otros seres de igual rango y poder, representados comúnmente por el aire, pretenden esclavizar o destruir. El agua, elemento creativo por excelencia del Mundo, de la vida y de los mismos humanos, es un elemento cosmogónico común y persistente, en el que se asocian las ideas de caos, inconsciencia y creación con un abismo acuoso informe e indistinguible que preside lo que será el inicio del “inicio del Mundo”, ese estado previo al tiempo y al espacio, a los sucesos y a la variabilidad.
Los sumerios hablan del Abzu, un concepto poco definido y frecuentemente mal comprendido que, en todo caso, se refiere al abismo acuoso original y previo a la creación, donde “abismo”, además de las connotaciones de insondable, indistinguible e inconsciente, posee la de vacío.
El origen del Universo, y esta es una constante sobre la que se edifican las cosmogonías de todas las grandes civilizaciones, reside en un caos primordial donde las aguas, elemento creacional por antonomasia, se encuentran en un estado de indiferenciación8. El agua del mar y el agua dulce, como dos aspectos indistinguibles hasta ese momento de un mismo y único elemento primordial, engendraron a Lahmu y Lahamu, la primera diferenciación en forma de dioses que dieron lugar al inicio del Universo, del tiempo y el espacio conocidos. De ellos surgieron, después, Anshar y Kishar, el horizonte (y límite) del Cielo y de la Tierra, respectivamente. Recordemos la primera frase del Génesis: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra”.
Esa pequeña diferenciación, no obstante, expresa ya la potencia naumori, el protohecho que se manifestará en el Ser Absoluto y Perfecto y se materializará en el desecho de esa manifestación, el mundo, como un daño colateral inevitable pero también intrascendente y efímero. Vemos que el perspectivismo particular sumerio-acadio no es capaz de concebir o aceptar la idea shukultiana de Creación y, aunque propone ese caos, esa indiferenciación libre de cualquier orden, inserta ahí la semilla del orden porque de otro modo no puede comprender el paso de lo indiferenciado a lo diferenciado.
En Egipto se repite el mismo esquema. Nun es el “abismo acuoso” uno e indiferenciado del que surgen los dioses, o mejor dicho, el Dios Creador mediante un primer y único acto que se corresponde en la Teología de Menfis con la palabra del demiurgo Ptah.
- El agua expresa un vacío, no una nada, porque en él, aunque indiferenciada y ajena de sí misma, existe ya una potencia creadora distinguible sólo en cuanto que es potencia.
El vacío acuoso es algo apenas un poco más que nada. Es el suceso previo al grito de donde surge el Mundo. Es el impulso divino, hasta entonces inconsciente, que brota del choque entre el ser y la nada. Un choque llamado “potencia” y que deviene en la destrucción de la nada y el nacimiento del Ser Absoluto y Perfecto, siendo el mundo la onda expansiva de esa destrucción. Un espíritu divino que se recoge en la segunda frase del Génesis: “Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas”.
El abismo acuoso creacional era, por tanto, una nada “activa”, un estado de indiferenciación “casi” absoluta representada por el concepto de “actividad latente” y no por el de “ausencia absoluta”. Esa nada actividad latente es un estado en el que se encontraba, indiferenciado, el ser, todavía no como Ser Absoluto. Pero esa potencia expresada como “espíritu de Dios” era lo único que existía. La creación es un momento sin tiempo ni espacio, aunque la describamos como un proceso secuencial en el que primero se da la nada actividad latente, luego el ser deja de ser potencia y se convierte en Ser Absoluto y Perfecto que aniquila a la nada (al ser de la nada) y concierte en ausencia absoluta, dejando de ser, actividad latente, después, ahí ya sí en un espaciotiempo que no afecta a la creación, el mundo como residuo de la Creación y, finalmente, extinguido ese residuo de temporalidad, el Ser Absoluto.
La Creación no tiene tiempo, pues se refiere al unísono del Ser Absoluto que surge (despierta) de la nada, del abismo acuoso. Lo otro, a lo que solemos llamar la creación del mundo, es, en realidad, la historia de la esquirla de perfección divina que, en forma de orden, deviene junto al residuo de la nada, en forma de imperfección y mal. Y esa esquirla divina es el trabajo del Creador, del demiurgo, manifestación de Dios en el mundo, que infecta con su perfección en forma de orden la onda expansiva en la que se disipa la nada.
La nada, el contrapunto del ser, no existía y, por tanto, no podía devenir en Nada, en ser no absoluto encarnado en el mero suceder de un mundo sin seres, tal como dice la tradición shukultiana, basada en la idea de una nada inactiva como fundamento creacional.
Para los egipcios, la idea shukultiana de la nada inactiva como fundamento creacional resulta más difícil de manejar que esa nada de actividad latente en la que “flotaba” la potencia divina. Pero los egipcios no oponían a esa nada el concepto de ser, sino el de conciencia-voluntad o, como veremos, el de totalidad o universalidad. El concepto de nada absoluta naumori lo encontraremos mucho después en las concepciones europeas e hindúes, aún así, construida esta idea de ausencia absoluta (al igual que el “cero” tan difícil de concebir para nosotros) como contrapunto del ser. La nada absoluta sólo se puede dar si de da el Ser y consiste, simplemente, en el reverso del concepto de Ser Absoluto. Es una idea hecha a medida y utilidad de ese concepto de Ser Absoluto que, como veremos, sólo puede sustentarse en el misterio del protohecho y de las contradicciones irresolubles que arrastra. Pero esa construcción de nada ausencia absoluta sólo es posible si obviamos el estado anterior en el que surge Dios como Ser Absoluto y Perfecto.
Por Tanto, los egipcios simplemente enuncian ese estado anterior, el abismo acuoso, en la cosmogonía menfita, en la heliopolitana y en la hermopolitana. La diferencias entre ellas, fundamentalmente entre estas dos últimas y la primera, consiste en que la menfita, tras ese estado inicial de potencia naumori, propone un acto nacido de la conciencia-voluntad que es el que, por el mero poder de la palabra construye al mundo como una artesano, mientras para las otras, la creación del mundo es un proceso en el que también surge, como una cosa más del mundo, la conciencia-voluntad divina.
Para la cosmogonía heliopolitana, en el abismo acuoso, Nun, descansaba inconsciente el espíritu divino, Atum. No es el ser, tal y como luego entenderemos los europeos, sino el total o universal lo que existía en potencia en ese estado inicial de nada actividad latente. El protohecho no era la potencia del ser enfrentado a la nada, sino la de la totalidad (que luego se manifestaría en orden) enfrentada al caos. Atum es el Todo como representación de ese instante sin tiempo de la Creación y del proceso temporal en el que se surge el mundo. Pero podemos entenderlo en términos de ser-nada. El proceso latente se inicia cuando la Colina Primigenia surge de las aguas creando así una distinción que, al iluminarse con la luz del sol adquiere conciencia y, de ella, nace la vida, la máquina de sucesos Mundo, con el graznido del ave que se posa en esa colina y rompe para siempre el silencio.
En la concepción menfita, el Dios Creador, Ptah, nace como conciencia-voluntad, no como ser, sino como algo más parecido al Acto del Dios shukultiano. No hay sucesos en la creación menfita, sino sólo conciencia y voluntad, expresada en palabras de las que nacen, ahora sí, los sucesos del mundo. Lo más próximo a la concepción shukultiana de nada creadora (por anticausa) es la noción de caos presente con el abismo acuoso. Pero ese caos como algo esencialmente distinto al orden causal es muy difícil de asociar directamente con la capacidad creadora. La creación (del mundo) proviene del orden que, a su vez, procede de ese protohecho de la potencia del ser. La creación, para la concepción naumori, es un único acto en el que da comienzo el mundo. Un acto al que se llega porque potencia y realidad del ser se dan en un momento a salvo del tiempo y el espacio.
Ni la potencia de ser ni el caos, en lo que nos ha quedado escrito sobre la teología menfita, pueden ser relacionadas con la concepción shukultiana, sino que la lucha entre orden y caos encaja perfectamente en el relato naumori sobre el mundo como un lapso de tiempo definido por la lenta extinción de los residuos de la nada. Un lapso de tiempo que afecta a Dios, al Ser Absoluto, porque forma parte del fin de la nada y no del “inicio” de Dios como ser cuando deja de ser simple potencia.
También para los sumerios, el Abzu primordial, Nammu, un abismo sin forma (indistinguible, pues) se abre a sí mismo, se separa y crea una distinción mediante el choque del Ser con la Nada que da inicio al Mundo mediante dos principios básicos: el Cielo y la Tierra. Ese abismo sin forma se divide y crea dos cosas. Surge la distinción, de ella, la percepción y, sobre esta, la conciencia.
Pero, en la mejor tradición naumori, ninguna cosmogénesis explica cuál es el origen de esa diferenciación desde la indistinción del abismo acuoso. Tan sólo se alude a lo que nosotros traduciríamos como “potencia” de un dios, demiurgo o hálito que surge simplemente de la posibilidad de que surja. Una posibilidad que existe simultáneamente a la indiferenciación del abismo y describe una dicotomía, una primera diferenciación que, una vez dado el concepto de “potencia”, no es necesario explicar o, mejor dicho, queda explicada en su simple enunciado9. Es un misterio lo que sustenta en última instancia esa primera diferenciación. Y en ese misterio se sustenta la divinización.
En uno de los mitos hindúes, Visnu (el “Anu” mesopotámico, el “Nun” egipcio) flotaba sobre las aguas primordiales montado sobre la serpiente sin fin Ananta cuando de su ombligo brotó una flor de loto de la que nació Brahma para forjar el Mundo. Pero la variada cosmogonía hindú tiene como concepto común que el Universo nació de un estado primordial indefinible. Según el Rig Veda, en el principio había el no-ser del que surgió el Ser al tomar conciencia de sí mismo: el demiurgo Prajapati, creador del Cielo y la Tierra, separó la luz de las tinieblas y creó al primer hombre10.
Un no-ser que, al tomar conciencia de sí mismo (¿hay forma más sencilla y bella de demiurgo?), desencadena el devenir de los sucesos en el que se expresa el Ser. El demiurgo, actor o instrumento de esta conciencia “sobrevenida” del no-ser, distingue, en un primer momento, la luz de la tinieblas, análogamente a esa luz del sol que reseca la colina primigenia egipcia, dotándola, entonces, de conciencia. Una diferenciación que se constituye en el primer suceso del Mundo.
Es, curiosamente, esta dinámica que surge desde el no-ser, en lugar del Ser como principio oculto y latente en el abismo acuoso (“potencia” diríamos nosotros desde una concepción naumori), algo característico de la cosmogonía shukultiana, a la que en tantas cosas la tradición hindú y, luego, la budista parecen seguir, aunque de forma parcial e inconexa y, por tanto, finalmente contradictoria con la esencia shukultiana. Parece como si echaran mano de la anticausa shukultiana para explicar el protohecho del que surge el mundo. Aunque esa anticausa no necesita ningún protohecho para crear al Mundo shukultiano.
La conciencia que surge del no ser es el motor de la creación, y no ese mismo no-ser. La conciencia es un sinónimo de ser en potencia, del espíritu de Atum (del Todo) que flotaba sobre las aguas primordiales. El impulso creacional se encuentra en ese estado latente en el que el ser toma conciencia de sí mismo. Pero, PATRA que ello fuera posible, esas aguas primordiales debían contener algo más que no-ser, es decir, que nada absoluta. El relato védico nos coloca, pues, como todas las demás cosmogonías que siguen el orden naumori, en el primer momento tras el misterioso protohecho de la potencia existente en la nada de actividad latente. No se atreve a fundar el mundo en el antimotor shukultiano, aunque ese no-ser es lo más cercano, al menos terminológicamente, a él.
El agua, símbolo shukultiano, es la que representa ese estado anterior a la Creación, aunque se le superpone el concepto de protohecho y, entonces, es el aire, el espíritu el verdadero elemento creacional en cuanto materializa esa distinción latente.
No es, por tanto, casualidad que el primer filósofo jónico, Tales de Mileto, nacido en el fértil siglo VI a.C. (el siglo de Buda, Mahavira, Zaratustra, Lao-Tsé, Confucio, Heráclito…) maestro de Pitágoras y que, casi con toda certeza, visitó Egipto, estableciera el principio o arjé en el agua. El ambiente cultural de la época en ese amplio oriente próximo manejaba conceptos, símbolos y mitos comunes que aún persisten en nuestro vanidoso tiempo, aunque ignoremos sus orígenes y significados. Y el Mundo jónico, como toda la periferia de Mesopotamia y Egipto, era aprendiz de los discípulos de los “señores” que llegaron del cielo. Las diferencias, exageradas por nuestra historiografía de nuevos ricos, entre la cultura clásica griega y el resto de civilizaciones de su entorno se reducían a simples matices sobre un mismo y ciclópeo cuerpo religioso, filosófico y científico.
El papel de la Filosofía griega como revolución del pensamiento que abrió las puertas a la ciencia y la razón laicas ha sido tremendamente exagerado por dos circunstancias: la primera, que los herederos de esa civilización de segundo orden se han impuesto en el Mundo desde hace unos quinientos años. La segunda, y más determinante, que ignoramos hasta límites increíbles las grandes civilizaciones de las que los griegos, como otros muchos, eran simples deudos de segundo, tercer o cuarto nivel.
¿Y qué decir de la otra pata de nuestra cultura cristiana occidental, el judaísmo? En el mejor de los casos, miscelánea cultural de uno más de entre la multitud de pueblos que pululaban entre Egipto y Mesopotamia. Un grupo apenas unificado cultural y racialmente hasta unos 1000 años a.C. y cuyos miembros eran considerados en el segundo milenio de forma parecida a nómadas, entre bandoleros, pastores y mercenarios, que sobrevivían de la oportunidad, cambiando de bando político, cultural y religioso cada dos por tres. Un grupo heterogéneo de personas que fabricaron sus mitos religiosos, su historia como pueblo y su identidad cultural mediante una amalgama caótica de hechos construidos con versiones readaptadas de los grandes mitos y cosmologías de los pueblos dominantes: el egipcio y el sumerioacadio. Nada extraño en el panorama de aquella época.
Desconocemos no sólo los pensadores concretos de la cultura sumeria y egipcia sino gran parte de sus conocimientos científicos, religiosos y filosóficos. Y los conocimientos que han llegado hasta nosotros, o son muy fraccionados, o vienen adulterados por el paso de varias y diferentes manos, o no están descritos al modo racional helénico y, por tanto, les hemos conferido la misma categoría que a las leyendas y mitos de los pueblos atrasados y supersticiosos con los que caracterizamos el Mundo anterior a la llegada de los grandes sabios griegos.
Buena prueba de ello es que el tránsito desde los pensadores jónicos, deudores de la cultura egipcia y sumerioacadia, hasta lo que consideramos el inicio y, a la vez, la consagración del pensamiento racional, con Sócrates, Platón y Aristóteles (basten esos tres nombres), lo ciframos en la progresiva abstracción de los términos con los que definen el Mundo. Una progresiva abstracción o, más exactamente, la perseverancia en cierto dialecto intelectual que identificamos con el rigor y la razón (en buena parte es así) de forma exclusiva (en absoluto es así).
El principio del Mundo, de la Creación, que propone Tales en el agua, no tiene menor profundidad intelectual ni menos rigor racional que, por ejemplo, el ápeiron de su discípulo Anaximandro. Por mucho que nos impresione nuestro peculiar tótem que, sin dejar de ser tal, pretende ser algo más que eso: la abstracción11.
Pero se trata de una simple diferencia denominativa, un nombre con todo el poder mágico que tienen los nombres, pues ese concepto, el ápeiron, pretendidamente más riguroso y alejado de la superstición y simplicidad mitológica, es tan solo uno más de los aspectos, todos muy abstractos y profundos, que se encierran en las cosmogonías clásicas de Egipto y Sumeria. El mismo Génesis, sin duda una copia de las concepciones sumerioacadias y egipcias, habla del firmamento que interpone Dios entre las aguas para separarlas, es decir, para distinguir una misma cosa hasta entonces indistinguible. Ese “firmamento” –rakía- puede ser traducido como “expansión” o, lo que es más interesante, como “vacío”. Dios distingue agua de agua por medio del vacío, de algo indeterminado e ilimitado12. Dios distingue algo indistinguible mediante algo también indistinguible, el vacío; y en esta reiteración o eco surge el Mundo que no es, finalmente, más que una multiplicación de réplicas de la creación13. ¿Acaso esto es menos abstracto y profundo que decir “ápeiron”? Pero es que, además, la esencia del abismo acuoso es precisamente esa indeterminación en cuanto inconcreción interna e indefinición de sus límites externos a la que hace referencia lo “ápeiron”.
¿O, acaso porque utilicemos nomenclaturas sin pedigrí académico para enunciarlas algunas teorías racionales deben considerarse piezas menores o rudimentos supersticiosos con los que explicar el Mundo? Si fuera así, ¿cómo quedaría nuestra física teórica al hablar en términos tan ridículos como “Big Bang”, “cuerdas cósmicas”, “agujeros negros” o, “agujeros de gusano”? ¿O qué pensarán los venideros científicos de una época pretendidamente más adelantada que la nuestra cuando lean los no menos ridículos nombres que damos a las partículas cuánticas? ¿Sabrán que estábamos hablando de las mismas cosas serias y realistas que ellos?
Definitivamente, el principio en el que Anaximandro fija la Creación: τὸ ἄπειρον, lo indefinido e indeterminado, no fue ninguna novedad ni avance en el panorama cultural de la época, porque este mismo aspecto estaba explícitamente incluido en todas las cosmogonías “mitológicas” de las civilizaciones que, desde tres mil años antes de que naciera Anaximandro, manejaban las enseñanzas de los seres superiores que vinieron del cielo14. Tanto Nammu, el abzu primigenio sumerio, como Nun, el océano primigenio egipcio eran esencialmente indefinición e indeterminación a la que se añade una característica de extrema importancia: el caos15. Decididamente, y esto es algo que conviene aceptar con todas sus consecuencias, las cosmogonías sumerioacadia y egipcia no se basaban en la observación de procesos naturales que, luego del concurso de la fantasía, se extrapolaban a dimensiones fabulosas, sobrenaturales y, finalmente, divinas y a las que los griegos confieren apariencia de verdaderas reflexiones racionales sustentadas en sí mismas, sino que todas ellas eran deudoras de una tradición extraterrestre (o terrestre, da igual), la de los inhiek, quienes aportaron sus muy elaboradas concepciones abstractas mezcladas, y ahí reside la fuente de los equívocos, con los símbolos y mitos tradicionales de su propia cultura.
El problema es que, en nuestro aldeanismo cultural, rechazamos de antemano el valor científico y tecnológico de estas culturas a las que postergamos hasta un estadio anterior y, por sinonimia, inferior del conocimiento –de la peculiar forma de expresar el conocimiento- inaugurado por Grecia. Si Platón habla de una civilización superior que fue destruida de la noche a la mañana nos tomamos todas sus palabras como una descripción real y verídica aceptable por nuestros actuales conocimientos científicos. Platón, damos por sentado, no hablaba de fantasías ni chismes de marineros analfabetos o hechiceros supersticiosos que se llamaban a sí mismos sacerdotes de Ra, Amón o Enki. Pero si Beroso, ya en el siglo III a.C. nos dice que Oannes, una criatura mitad hombre mitad pez, tenía una cabeza humana debajo de su cabeza de pez, nos negamos a entender que está, sencillamente, describiendo a un buzo, y preferimos pensar que nos trasmite tontamente la invención de algún aburrido y fantasioso babilonio de la antigüedad.
Anaxímenes, discípulo de Anaximandro, ofrece una interesante versión. El ápeiron, lo ilimitado, toma una primera forma como condensación y refracción de un elemento, en este caso el aire. El primer suceso “después” de lo ilimitado, del abismo primigenio acuoso, de lo “no-suceso” como sinónimo de “inconcreto” e “indeterminado”, es el aire. Dice el Génesis que el espíritu o viento (ruaj) de Dios se movía sobre la faz de las aguas cuando “la tierra estaba desordenada y vacía (aún no existía), y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo”16. Ese viento o espíritu de Dios fue el protohecho a partir del cual se creó la extensión y duración del Mundo de los sucesos.
Los dos grandes arquetipos religiosos, culturales y políticos se recogen en el mundo jónico y, junto al hebreo, nos los trasmiten hasta nuestros días: el agua y el aire. Enki y su antagonista hermano, Enlil. El creador y salvador de la humanidad, dios de amor y de profundo misterio, por un lado, y el riguroso dios que desprecia al hombre como una criatura inferior y trata de salvarlo de sí mismo mediante la ley y el sometimiento.
Unos arquetipos que aún hoy en día prefiguran cualquier posición religiosa, política, moral y científica repitiendo, en muchos casos, no sólo los principios fundamentales sino, también, los símbolos asociados a ellos.
Pitágoras nace en Samos y, como la mayoría de sus coetáneos pudientes, viaja muy joven a Mesopotamia y Egipto. Entre sus ideas adquiere particular importancia la del alma, su poder, y la trasmigración de vida en vida. Ideas centrales en la cosmología shukultiana. Como la de un dios único que ni tiene forma humana ni piensa como un humano y, por si esto fuera poco, posee una forma esférica. Pero lo que más nos interesa de Pitágoras es que todas estas ideas las toma del Mundo clásico de su época, de los sumerioacadios y egipcios, y nos trasmite con ellas una complejidad y riqueza muy superior de la que suponemos a estas grandes civilizaciones.
Pitágoras parte del mismo principio de ápeiron de Anaximandro, que se alza como la fórmula jónica más exitosa para denominar al abismo acuoso, al caos indiferenciado primigenio. Y lo explica como la unidad de la que nace la dualidad indefinida. En esta dualidad indefinida, que sirve ya de sustrato material a la unidad indiferenciada de la que nace, surgen los números y, de estos, una sucesión de figuras geométricas de las que, finalmente, cristalizan los cuerpos sólidos.
Pitágoras reproduce la visión naumori, pues la dualidad indefinida es otro modo de llamar a la nada de actividad latente o a la potencia del ser, pero nos habla de un estado anterior, indiferenciado, la unidad, que, no obstante hacer referencia a la nada inactiva shukultiana, la presenta en forma positiva y, por tanto, de algún misterioso modo activa. Parece como si dijera que “antes del abismo acuoso había algo”, que, necesariamente, debe corresponderse con lo absoluto (lo total) que surgió luego de él: el Ser.
Tan sólo con cambiar de signo este estado anterior al abismo acuoso y, por ejemplo en lugar de “unidad” o “uno” llamarlo (negativamente) “nada” o “cero”, estaríamos a las puertas de la concepción shukultiana. Pero ese “endiablado” giro de Pitágoras (cambiar de signo la nada inactiva shukultiana) a lo que nos llevará será, como veremos, a la filosofía genuinamente europea del ser: a Parménides.
Mientras tanto, es en Heráclito donde aparece por primera vez con más claridad el eje de la cosmovisión shukultiana, que descansa en la oposición entre el Ser (y la) Nada por un lado y la Existencia (el Mundo de los sucesos) por otro y no en la oposición entre el Ser (y la existencia consustancial a él) por un lado y la nada por otro.
En Heráclito, la idea de un mundo de sucesos, opuesto al mundo de los seres, absolutamente central en la cosmología shukultiana, viene recogida de un modo sorprendentemente fidedigno en algunos aspectos y sin embargo, en otros, claramente contaminado por la concepción naumori.
Heráclito forma parte de la pléyade de pensadores jónicos que se aceptan como origen de la filosofía griega, la cual, a su vez, junto al judaísmo, es el pilar de la cultura europea. No tiene nada de extraño, por tanto, que estuviera profundamente influido por las civilizaciones de oriente medio y que, al igual que el resto de los pensadores jónicos de su época, usara metafóricamente un elemento, en este caso el fuego, como origen del Mundo.
Puede parecer anecdótico, y hasta cierto punto así lo es, que diferentes pensadores elijan distintos elementos materiales como símbolos del inicio de la Creación. Pero no es así en absoluto. Los distintos dioses, que representan a las diferentes “naciones” inhiek, estaban asociados a símbolos que se han mantenido con el paso del tiempo de forma asombrosamente invariable. Más aún en las cercanías temporales de las grandes civilizaciones que recogieron de primera o segunda mano las palabras de los, para ese siglo VI a.C., dioses. Así, el agua se asociaba con un dios, Ea, como el aire y el viento con su oponente, Enlil, y el fuego con Ishkur, el dios del rayo y la tormenta, el Teshub hitita que, como dios del fuego, dejó en Anatolia y Persia el precedente de Zeus y Zoroastro17.
La permanente movilidad del Mundo (de la Existencia) se sostiene en la oposición de los contrarios, una oposición irresoluta entre Ser y Nada, que deviene en mundo al no poder resolverse18. Por tanto, la contradicción está en el origen de todas las cosas (sucesos) que vienen y se marchan del Mundo. Y esa misma contradicción constituye la esencia del Mundo, del suceder.
El mundo es, pues, para Heráclito, consecuencia de una lucha entre el ser y la nada que deviene en contradicción, es decir, de algún modo, en mezcla de perfección (la esquirla del Ser) e imperfección (el residuo de la nada). Pero ese mundo adquiere una forma completamente shukultiana: es mero suceder.
Su famosa sentencia, ποταμοις τοις αυτοις εμβαινομεν τε και ουκ εμβαινομεν, ειμεν τε και ουκ ειμεν τε, “en el mismo río entramos y no entramos, pues somos y no somos”, expresa con certera sencillez el pensamiento inhiek sobre el Mundo y sobre el ser de sus criaturas como simple suceder.
Pero Heráclito también nos deja un concepto misterioso. Aunque el mundo carece de entidad, hay algo “casi” perdurable en ese constante fluir, algo que otorga alguna clase de identidad (o identificación) tanto para el bañista como para el río. Si bien, nunca alcanzan a ser lo mismo, sí dejan entrever una estela identificatoria que es en la que nos basamos para imaginar un Ser independiente del existir (del fluir), inmóvil indiferenciable y eterno: el Logos. El Logos, la palabra del demiurgo, es expresión (o eco) de la sutil diferenciación de la potencia en cuyo seno se dio (¿o deberíamos decir “se da constantemente?) la lucha entre el ser y la nada.
El “Logos” adquiere verdadero sentido en la cosmología shukultiana como sinónimo, más o menos acertado, del “casi” como representación de la imperfección inicial. Además de entroncar con la tradición del demiurgo menfita que “nombra” las cosas al unísono de la creación, y en ese nombre funda su identidad como simple (?) denominación19.
El Logos (lo más etéreo y evanescente es la mejor imagen de lo más sólido y perdurable) rige el devenir del Mundo, la primera manifestación de los hechos y, gracias al libre albedrío de algunas de las criaturas-sucesos, mantiene el motor de la creación al evitar que se detenga a causa del determinismo final al que avoca el orden natural de la máquina mundo. Rige al mundo sin determinarlo, por eso es “casi”, mediante la contradicción reproducida, como un pecado original, en cada cosa-suceso, cuyo aliento último, como no podía ser menos para mantener intacto el motor de la contradicción, es ese Logos, simple insinuación del Ser. Del ser de la Nada, claro.
Resulta extraordinariamente esclarecedor desde la perspectiva de la historia del pensamiento y de los actuales jueces de la misma, educados en la lógica tautológica, que se considere a Parménides como el primer metafísico o, según Hegel, nada menos que el primer filósofo20.
Si Heráclito expresa primera y cabalmente el sentido shukultiano de mundo como (simple) “existencia”, Parménides reproduce literalmente las ideas centrales de la cosmogénesis naumori, pero con una diferencia fundamental: el ser de Parménides genera la Existencia porque existe previamente al protohecho de la potencia, que deja de ser tal para convertirse en el protohecho de la existencia del ser. Ser y Existir van necesariamente unidos y, ambos, se oponen a nada, es decir, conforman ellos solos la dicotomía creadora y no, como entre los naumori, el Ser y la Nada enfrentados entre sí por culpa de su no existencia.
Esta variante “dura” del planteamiento naumori traerá implicaciones teóricas y prácticas de la mayor importancia por cuanto toda la cultura europea hasta nuestros días se encuentra de alguna manera contaminada por la concepción parmenidiana.
De hecho, hemos descrito la cosmogénesis shukultiana en términos parmenidianos. Podríamos haberlo hecho con la terminología egipcia o sumeroacadia, como caos y orden, o indiferenciación y conciencia-voluntad. De hecho, estos aspectos se encuentran en la concepción shukultiana de ser, nada, existir y actuar. Y aunque los términos concretos puedan ser bien traducidos como “ser” y “nada”, su significado es transversal al que tiene el ser y la nada concebidos naumoricamente. Desde luego, el planteamiento parmenidiano tiene menos aún que ver con el shukultiano, pero la radical dureza de la que parte, aferrado a una pureza conceptual que no se encuentra en la tradición naumori, unido a que estamos familiarizados con ese planteamiento, la hace muy adecuada a efectos prácticos para entender la radical diferencia de planteamiento entre la visión naumori y la shukultiana.
El misterio consustancial a la cosmogénesis naumori adquiere en Parménides su máxima expresión. El Ser Absoluto no surge en un a especie de proceso sin tiempo, en una simultaneidad ontológica sino que la potencia de ser es una consecuencia de la existencia previa del Ser Absoluto y de la inexistencia de la nada. Es la unidad pitagórica que da lugar a la posterior dualidad indefinida, solo que esa dualidad ni es tal ni es indefinida, sino que viene perfectamente definida en la potencia de ser.
El Ser Absoluto de Parménides, como el de toda la posterior cultura europea, tiene cifrado su propia existencia como única potencia de ser y devenir y, también, cualquier forma de mundo. Esa forma concreta de mundo es la expresión y causa de la imperfección (y el mal), siendo su contraparte de perfección que podemos contemplar en este mundo la potencia desde la que se ha materializado. El mundo tiene una parte perfecta que se corresponde con su propia posibilidad, y una parte imperfecta que se corresponde con la concreción de esa posibilidad. La existencia del mundo, por tanto, es una imperfección y, de alguna manera, es irreal.
La Creación es simplemente la concreción de una de las infinitas posibilidades de mundo contenidas en la potencia del Ser Absoluto, que sólo puede serlo si él, a su vez, nunca ha sido potencia ni siquiera de su única actualización posible: la que se corresponde exactamente con su perfección.
La Creación no es el resultado de un protohecho en el que la potencia del ser vence a la nada y establece el Ser Perfecto. Sino la concreción de mundo desde la potencia de Dios, el Ser Absoluto.
Pero, aunque esta radical concepción parece ir a un estado previo al abismo acuoso, hasta esa Unidad de la que hablaba Pitágoras, en realidad se trata de despreciar incluso ese protohecho y partir del acto de la Creación, la derrota del Ser Absoluto en su choque contra la nada, ignorando lo anterior y proponiendo, sin más, el máximo misterio de que al principio no era la nada, sino el Ser Absoluto. Y esto es así, porque la concepción de unidad pitagórica, que debía pulular por ambiente cultural de la época, supone no una tercera variante cosmogónica, sino, como hemos visto, la variante de nada inactiva shukultiana cambiado su signo de negativo a positivo. El problema es que al hacer esto caemos en un simplista planteamiento naumori que, sencillamente, prescinde de la nada como estado original, como momento “cero”, y afirma que hubo un principio, un “uno” sin partir del “cero”. El misterio absoluto de concebir un principio que no es principio.
Pero Parménides defiende un Ser Absoluto cuya inexistencia es inconcebible y, al mismo tiempo, cuya naturaleza es inconcebible. Y no puede ser de otro modo, dado que el Ser Absoluto es imposible de conocer, a pesar de que posee una naturaleza y una existencia que podría conocerse. Pero es imposibilidad de concebir, expresa la esencia del misterio como un absurdo asumido y obviado y, además, la de la limitación humana (mundana en general) para, desde una concreta posibilidad de mundo, recomponer la potencia, de posibilidad infinita, desde la que se ha materializado.
La existencia de Ser Absoluto es concebible si surgiera como una concreción de su propia posibilidad contenida en la potencia del protohecho, en el seno del abismo acuoso. Como tal concreción podría conocerse y, a través de esa existencia, también podríamos concebir una naturaleza, aunque fuera por analogía con aquella. Pero, al ser la existencia de Dios (del Ser Absoluto) consustancial a su naturaleza perfecta, no podemos conocerla de la misma manera que no podemos conocer la potencia de la que deriva este mundo concreto.
El orden que gobierna el aparente devenir del mundo sólo podemos inferirlo de esa apariencia.
Podemos entender esa unidad Creacional no como la simple afirmación de la existencia del Ser Absoluto, sino como el protohecho autodisuelto como tal de “el Ser es y el no-ser no es”. El Ser no estaba indiferenciado como potencia junto a la nada, sino que ya estaba diferenciado de ella y, esa diferencia, constituye una diferenciación que no afecta a la unidad, a la indiferenciación del Ser.
Desde luego, si damos por aceptado -¡ah la simplicidad tautológica!- que el estado inicial contiene una distinción entre el Ser y la Nada, entonces, no hay ningún problema, porque lo hemos ignorado. Pero si regresamos a la crítica mentalidad de los “atrasados” prefilósofos sumerios y egipcios, o a los mismos pensadores jónicos (curiosamente Elea, lugar de nacimiento de Parménides, se encuentra ya en Italia, Europa, y no en Asia, lo cuál explica muchas cosas), el problema del origen de la variación del Mundo queda pospuesto al verdadero inicio de esta primera diferenciación entre el Ser y el no-ser21.
Si el Ser está adornado con las características que Parménides le confiere (ingénito, inmutable, único e indivisible) sólo resulta distinguible de la Nada por el simple hecho consumado de estar distinguido de la Nada. Pero ¿qué sustenta este suceso? ¿Qué diferencia al Ser absoluto de la Nada, si la Nada no es? “Nada”, responderíamos desde la lógica shukultiana22. Y en esa (in)distinción deberíamos comenzar a pensar la Creación. Desde luego no en términos tautológicos. Pero, en ese caso, un tautólogo como Parménides y, resumidos en él, todos los que le siguen, debería de aceptar que, puesto que no existe distinción alguna entre ese Ser (“Absoluto”, dice truculentamente Parménides) y la Nada, la distinción de la que surge “luego” el mundo debe darse con algo que no es ni Ser ni nada: nosotros mismos, el suceso-que-habla. La Existencia.
Parménides, aunque parece situado en los límites de la reflexión sobre el Mundo cuando nombra al Ser y señala que es inseparable de su existencia, lo cual excluye que haya podido ser en algún momento potencia de sí mismo, nos retrotrae en realidad al primer y más simple planteamiento cosmogónico: el que afirma que el Mundo de los sucesos surgió del Mundo de los no sucesos, es decir, del Mundo del Ser existente pero no aquejado por los “males” de la Existencia: el Misterio.
Encontramos trazas de las dos grandes concepciones cosmogónicas de los inhiek en las mitologías de la Antigüedad, incluida la mitología filosófica.
Hemos descrito el plantea miento cosmogónico en términos familiares para nosotros, los herederos de esa versión dura de la tradición naumori que, casualmente, surge cuando los pies de los pensadores pisan suelo europeo. Los términos usado por las grandes civilizaciones de la Antigüedad, Egipto y Sumer, no son directamente equiparables a nuestra tradición europea, que se autoarroja la exclusividad de la razón, frente a la superstición mitológica. Pero esas trazas de los colonizadores y civilizadores de nuestro planeta podemos encontrarlas escondidas en los mitos de la Antigüedad, con sus términos tan poco europeos, en el mismo entorno cultural que el de Parménides, solo que pisando suelo asiático.
Reconstruir las cosmovisiones que han dado origen a nuestros dos grandes modos de ver el mundo a partir de esas mitologías asiáticas, africanas o europeas, se enfrenta con el problema de la confusión de niveles y de la mezcla de ideas naumori y shukultianas. Es el mismo problema por el que nos resulta tan difícil detectar esa división de nuestra propia cultura en dos grandes cosmovisiones, que parten no de los avatares de la historia del pensamiento nativo terrestre sino que se lo dividen a este de forma transversal a la moda de los tiempos, las doctrinas oficiales o los grandes marcos en los que dividimos las ideas como supersticiosas, mitológicas, racionales o científicas, a las que deberíamos añadir otra gran división, la técnica y la artesanía, que persiste a lo largo del tiempo ajena a la moda de los siglos.
Reconstruir las cosmovisiones naumori y shukultiana no sólo servirá para comprender mejor esas grandes mitologías de la Antigüedad que tan pocos escritos y autores nos han dejado, sino también para comprender nuestro propio modo de pensar y poder liberarnos de sus intangibles cadenas.
Pero no podremos de ninguna manera reconstruir esas cosmovisiones madre sólo reinterpretando el pensamiento antiguo y actual, sino rellenando los espacios vacíos con la mejor arma intelectual de nuestra especie, la imaginación, y aquello con lo que nos conecta.
¿Qué había en ese abismo acuoso primigenio para que de él pudiera surgir el Mundo? ¿Qué movió lo inmóvil donde todo era inmóvil y diferenció lo indiferenciable donde no se podía distinguir nada?
Los naumori dicen que Dios estaba allí, sólo que no un dios personal, individualizado y consciente, sino ajeno de sí mismo, confundido con el vacío que le rodeaba sólo o gracias a esa inconsciencia. Pero él era, y su ser, irremediablemente chocó con la nada23. Ese vacío compuesto de Ser y Nada, por el simple hecho de su indistinción (inconsciencia) enfrentada a sí misma, creó una ruptura, una grieta por la que se disipa la nada en forma de mundo. Pero la conciencia de Dios no sustenta la existencia del mundo, sino que esta es un reflejo, transitorio, de su propia existencia atemporal. Por eso, en esa grieta de temporalidad (de existencia como espaciotemporalidad) se mezcla una esquirla del “nacimiento” del Ser y el residuo de la nada. La esquirla es la propia conciencia de Dios, manifestada en nuestro mundo como orden.
El primer acto de la Creación fue el del mismo Dios o, si se quiere, el de la toma de conciencia de Dios como uno, indivisible… perfecto. Luego, una vez creada esa grieta del mundo, la máquina de los sucesos se alimenta a sí misma guiada por un orden previo, por unas leyes divinas que, en la temporalidad del mundo, adquieren carácter natural e independiente. Dios, que hasta ese momento es sólo consciente de sí mismo, se convierte, al unísono con el Universo, en el demiurgo que nombra las cosas del Mundo, es decir, se transforma en voluntad, y esa voluntad se manifiesta en un orden –el Logos- que informa el devenir. Un orden que, una vez establecido, ya no puede alterar, pues queda eternamente prescrito en el acto de la creación, identificado con su voluntad, que no puede apartarse lo más mínimo de la perfección.
El Dios creador naumori no puede intervenir en el Mundo porque está sujeto a su propia perfección y, por tanto, decidir algo antinatural o intervenir en ese devenir guiado por el orden estrictamente natural, significaría contradecirse a sí mismo, cambiar de opinión, lo cual implica error.
Es la idea de perfección la que sustenta el misterio sobre el que inicia la Creación la cosmovisión naumori. Sólo la perfección puede dar cuenta de la dualidad (representada por la potencia del ser) que no afecta a la unidad desde la que “despega” el Mundo a partir del Ser que vence a la nada. Una unidad preservada (contradictoria y misteriosamente) en el hecho de que la potencia del ser nunca encuentra a la nada. La dualidad que no afecta a la unidad se da realmente entre la potencia del ser y el propio Ser. Y ese no encuentro con la nada, necesario para conservar la unidad, y la misma disipación de la diferencia entre potencia y ser, se expresa como residuo de espaciotemporalidad, como mundo.
La perfección, entre otros aspectos quizá más espectaculares o, incluso, esenciales, tiene esta connotación fundacional de “aquello que (misteriosamente) preserva la unidad en la dualidad original”.
La causa del Mundo es desde esta idea de perfección no ya el Ser sino que el Ser debe ser perfecto. La perfección implica la Existencia. El Mundo es una consecuencia inevitable (una deyección) de la perfección del Ser.
Pero frente a este motor de la perfección naumori, activo y positivo que, misteriosamente inicia la Creación el motor shukultiano no es la de la perfección del Ser que lo lleva, desde la potencia inicial, a consumar su existencia para dar plenitud a su naturaleza perfecta, sino la imperfección de la Nada que, igualmente, pero en sentido contrario, la lleva a no existir para poder asimismo alcanzar su plena (no)naturaleza. Basta la Nada para crear al mundo, según la versión shukultiana, porque, en estricto sentido, si hay una Creación a esta la debe preceder la nada y sólo la nada. Basta el Ser, algo distinto a nada, para, incomprensible y contradictoriamente (misteriosamente) para crear al mundo, no desde la nada sino desde algo distinto a la nada y al mundo.
Así pues, para el Shuk-Ul, el meollo de la Creación no está en el Ser ni en ese Dios Perfecto concebido a su semejanza, sino en la misma nada. Dios, pues, sea lo que sea, surge de la Nada.
- La decisiva y radical diferencia entre una y otra concepción es que para la naumori la Nada no existe porque no es, mientras que para la shukultiana la Nada no existe para poder ser tal Nada, es decir, para poder ser “Noser”.
El Shuk-Ul afirma que, para que fuera posible ese choque entre Ser y Nada, dualidad de la que Dios “extrae” al mundo, la Nada debería existir (suceder) como tal nada, pero existir al fin y al cabo. Mas, como la Nada no puede suceder, entonces, sólo existiría el Ser. Pero, ¿cómo puede suceder (existir) algo que está solo, que no tiene nada, ni dentro ni fuera, con lo que distinguirse y en lo que discurrir o suceder? El Ser sólo puede ser, no existir. Lo único que puede ser sin existir es la Nada. Luego el único ser, la única expresión posible de ser, es el de la Nada.
Si en el proceso de la Creación hubiera algo más que nada, sería de ese algo de donde provendría el Mundo y no de la Nada. Por tanto, al principio sólo había (y hay) nada24.
Pero, si el único se res el de la nada, ¿qué desencadena esta máquina de sucesos del mundo? ¿Cómo de la Nada puede surgir algo?
- La perfección requiere una alteración para distinguirse. La imperfección contiene en sí misma la distinción.
Si partimos de la imperfección, es decir, de la Nada en lugar de la perfección, es decir, el Ser, no necesitamos de una causa primera que cree la distinción y de ella sola se siga la distinción, la variabilidad y los sucesos (el Mundo). Hace falta causa donde hay un orden. Hace falta no causa donde no hay un orden. Por tanto, el origen del Mundo, la Creación, desde la imperfección (de la Nada) es una anticausa, una no necesidad.
¿Pero en qué consiste esta imperfección? Si el aspecto fundacional del concepto de perfección creacional naumori es el mantenimiento de la unidad en la dualidad “potencia de ser y Ser”, el aspecto fundacional en el concepto de imperfección creacional shukultiana es el mantenimiento de la unidad sin contradicción (ni misterio,) en que la nada debe ser tal nada.
- Para que la nada sea tal nada, debe no existir. Y para que no exista, debe existir algo: el mundo.
El motor shukultiano de la Creación es, por tanto, pasivo en lugar de activo, o negativo en lugar de positivo. El estado natural de la nada es el “desequilibrio”. Si no hay un Ser que imponga su perfección (su quietud e indistinción) ese mismo “desequilibrio” tiende espontáneamente a la diferenciación y, esta, es ya suceder. De hecho, ese es el primer suceso: La imposibilidad de que la Nada exista (y el Ser sea) para poder ser tal “Nada” no encuentra nada que sosiegue o sujete la “inestabilidad” de esa imperfección inicial. Y la imperfección se convierte en suceso a partir del cual, constantemente, emanan los sucesos ordenados conforme a una función llamada “Mundo” (o Todo). Sólo cesaría la creación continua, tal y como entendemos “creación”, con el ser del Ser. Entonces, el suceso del Mundo no necesitaría alimentarse constantemente de la Nada pues, además de existir como Mundo, sería Mundo.
El Mundo, pues proviene de nada, está en función de lo que casualmente ocurre. Y ese Mundo siempre dependiente de los sucesos que lo componen, sanciona el casual orden como “orden necesario”, aunque no previo a los sucesos; por tanto, se erige en variable que define, con posterioridad (desfasadamente, como veremos), la posibilidad de los sucesos en función de los cuales está dada.
- Sucede lo que sucede “a causa” de que sucede. Por tanto, por casualidad consumada.
Esta idea debería ser forzosamente admitida por la teoría increacionista para poder resultar coherente consigo misma. El universo increado, que proviene, por tanto, de nada, debe establecer su orden casual (pues no proviene de ninguna causa) en la consumación de los propios sucesos o hechos que trata de explicar mediante unas leyes establecidas en función de esos mismos hechos. Las leyes, en el vértice del Todo, dependen de los casos particulares en los que se encarnan. En caso contrario ¿quién ajeno a esos hechos (al mismo Universo, a lo que casualmente suceda) determina las leyes que lo gobiernan? Y si las leyes universales están en función de los sucesos a los que “ordenan”, ellas mismas pueden y deben estar cambiando constantemente, aunque no encontremos una perspectiva capaz mostrar dichos cambios.
Lo que ocurre lo hace ordenado y explicado por las leyes universales que están en función de eso que ordenan. Luego, lo que sucede lo hace a causa de que casualmente sucede así, como lo haga, y no porque previamente, de forma ajena al suceder del Mundo, unas leyes divinas o naturales lo informen. Las leyes universales no crean a los hechos. Los hechos son creados constantemente desde la Nada, es decir, son incausados.
Big Bang
Al principio era el vacío. Pero el vacío no era la Nada, porque en él había luz. La expansión separó la luz de las tinieblas. Y de esa separación surgieron las estrellas, los planetas y las galaxias.
Así comienza la mitología cosmológica, la cosmogénesis según la Ciencia, de forma muy parecida (tal vez, demasiado) a la cosmogonía heliopolitana en la que los rayos del Sol, la luz, deseca la colina primigenia en la que nace la vida. Atum, el Sol (la totalidad, la unidad, el Ser), estaba ya latente en ese primer vacío informe del Nun, como lo estaba la luz científica en el vacío primigenio.
Siguiendo escrupulosamente el rito científico, al que sus seguidores denominan “método”, los grandes sacerdotes científicos, cuya autoridad nadie cuestiona, logran la sabiduría con la que desentrañar el orden que informó al caos original para establecer un Universo gobernado por los designios de las leyes naturales. Y desvelan el origen del Mundo y de sus criaturas desde el vacío primordial, la Singularidad Primigenia. Un magnífico nombre para una extraordinaria mitología que, al igual que todas las demás, dice de sí misma ajustarse a la verdad contenida en la Realidad de forma evidente para quien siga el rito científico.
Tal vez la más inequívoca y objetiva señal para medir la superioridad de una cultura sea su capacidad de autocrítica, su perspectiva no tanto para ver lo que la distingue sino lo que la equipara con las demás. Ver nuestro perspectivismo particular es el primer y mayor logro del conocimiento.
Creemos que hacemos cosas más avanzadas que nuestros antepasados precisamente porque compartimos con ellos los mismos mecanismos mentales para convencernos de que, objetiva y realmente, hacemos cosas superiores a los de antaño y a nuestros vecinos.
Ninguna época se ha caracterizado por descubrir que comparte con todas las demás los mecanismos para creerse superior; y que los mecanismos realmente superiores son aquellos que nos permiten vernos con (humilde) perspectiva en relación con el pasado para imaginar cómo nos verá (posiblemente también de forma orgullosa y equivocada) el futuro.
Es la alteralidad, el imaginarnos fuera de nosotros en otra mente y otro tiempo, lo que nos permite avanzar con la luz larga, discerniendo lo que es verdaderamente un progreso de lo que simplemente es una repetición de la misma soberbia con la que nosotros llamamos “ignorancia” a las opiniones de nuestros antepasados.
Si aceptamos que la mente de un hombre de hace cinco mil años es como la nuestra, no encontraremos ninguna diferencia sustancial entre sus términos fantasiosos o naturalistas y nuestros términos no menos fantasiosos aunque neuróticamente abstractos. Un abismo, una colina, el demiurgo, el arjé o el ápeiron pertenecen a la misma categoría de ingenios que la materia oscura, la época de Planck, el problema del horizonte o unos quarks llamados “extraño” o “encantado”.
Pero es que tampoco hay diferencias sustanciales en los planteamientos y soluciones a estos problemas que se encuentran en el límite de la experiencia y la propia capacidad humana que sólo es capaz de concebir allí problemas irresolubles.
La física teórica habla sin rubor del problema del horizonte, que quiere decir, desnudándolo de toda la poesía lógica –y matemática-, que diferentes regiones del universo primigenio, suficientemente alejadas las unas de las otras, no establecieron ninguna relación entre ellas y, por tanto, han debido comportarse como universos independientes. La causalidad tiene unos límites, un horizonte más allá del cuál esa relación causal se pierde25. Pero, puesto que el universo constituye un todo, esas partes, más allá de ese horizonte, deben relacionarse… de una forma no causal. ¿Qué diferencia hay entre esto y decir que la Creación se basa en la casualidad por la que los sucesos surgen directamente de (la) nada, y no en la causalidad tal y como la entendemos linealmente?
La física teórica actual se ve enfrentada a los mismos planteamientos, problemas y soluciones (o disoluciones) que la “ciencia” de hace cinco mil años. Y a la física experimental no le sucede lo mismo porque, sencillamente, se niega a enfrentarse con esos problemas que están en la base axiomática de sus afirmaciones, supuestamente indubitables por haber sido contrastadas con el mitológico concepto de “Realidad”, sinónimo de la vieja Verdad de toda la vida.
Cuando salimos del ámbito de la técnica o la artesanía, pues eso es la ciencia experimental, sólo que arropada en un discurso jactancioso y pedante, nos damos cuenta de que el utillaje racional para abordar problemas distintos al simple procedimiento técnico en el que descubrimos equivalencias útiles es tan pobre o tan rico como el de esos antepasados de los que nos mofamos diciendo que eran supersticiosos, ignorantes y simples.
Solo la perspectiva, usando cuantos instrumentos tenga a su alcance, como la imaginación, la fantasía o el arte, puede hacer que nos contemplemos atemporalmente como lo que somos: esos mismos sumerio-acadios, egipcios, griegos o inhiek que sólo podrían acceder a un estadio verdaderamente superior al de sus antepasados contemplándose como antepasados de sí mismos.
Tanto la mitología sumerio-acadia como las distintas versiones egipcias inscriben la creación del hombre en un proceso cósmico. No son las fuerzas de la naturaleza idealizadas o espiritualizadas, ni siquiera los mismos dioses como tales, los que crean el cosmos, sino que todos ellos, fuerzas naturales y dioses, son creados en el proceso que da origen al Universo. Los dioses son, simplemente, los primeros instantes del Universo.
La cosmogonía adquiere en estos mitos un verdadero alcance universal en el que los términos aparentemente poco abstractos y parciales son meras designaciones o nomenclaturas (como lo son las “cuerdas cósmicas”, los “agujeros negros” o el mismo “Big Bang”) para señalar una realidad que va más allá de la posibilidad humana de alcanzar una descripción detallada.
Pues bien, este mismo afán es el que se manifiesta en la física teórica de nuestros días, que pretende explicar el origen y el funcionamiento del Universo en un proceso que abarca desde su origen, las distintas fases de desarrollo o creación de sus elementos y las leyes que lo gobiernan hasta su posible destino26. Es la mitología cosmológica, basada en el mito del Big Bang.
El Big Bang es el mito cosmogónico más comúnmente aceptado en nuestra cultura. Un mito que, como todos los demás, se justifica por la coherencia con unas creencias, aquí llamadas suposiciones o hipótesis, que se entrelazan entre sí de forma que describen un proceso tan contradictorio como sugerente. Contradicción resuelta mediante la simple remisión al misterio, formulado no como tal sino como “problemas pendientes de explicar”, o por nuevas hipótesis nacidas al hilo de las anteriores, como si ese engranaje de suposiciones, en su constante saltar de unas a otras, fuera suficiente para sostener (aplazando su explicación) lo que se afirma. Finalmente, es el mero enunciado del axioma “Big Bang”, transformado en dogma, lo que sostiene al mito.
La formulación en lenguaje sagrado, donde las mismas palabras, colocadas en determinado orden, confirman la verdad, inasequible a los no iniciados en dicho lenguaje, de las afirmaciones cosmogónicas, encuentra en las formulaciones matemáticas, que son el verdadero lenguaje sagrado de nuestra cultura científica, un remedo tan exacto como pretendidamente distinto. La simple formulación matemática de entidades o conceptos hipotéticos logra una primera verificación teórica que sólo necesita ser posteriormente ratificada por la prueba de verdad que supone la constatación experimental.
Esta formulación matemática, comprobada experimentalmente bajo condiciones limitadísimas que, no obstante, se generalizan luego hasta los confines del Universo, crea monstruos, quimeras y entelequias que, al igual que los mitos de antaño, encriptan unos principios ancestrales o, cuando menos, sospechosamente comunes.
Y es sobre el conjunto de estos principios que subyacen a los postulados, a los mitos y figuras mitológicas de la física teórica, sobre lo que trataremos a continuación, y no, aunque traigamos algunos de esos detalles, sobre el detalle de su discurso tejido en el onanismo de una jerga matemática. Unos principios que, desnudos de su hermetismo, resultan plenamente equiparables al resto de las cosmogonías que han sido y son.
La Singularidad Primigenia
En un punto sólo se puede soñar. Los sueños están hechos con el mismo combustible que mueve al Mundo para escapar de su puntualidad.
Poco importa el nombre. Aunque a buen seguro que ninguno de los orgullosos científicos que incluso desprecian las teorías cosmológicas que no han sido refrendadas experimentalmente estaría dispuesto a concederle ese favor a los nombres que, desde el pasado, nos llegan tan rimbombantes y fantasiosos. Son simples nombres, algunos sacados de anécdotas graciosas, como el propio “Big Bang”, que proviene de la burla de uno de los mayores detractores de esta teoría. Otros, rebuscados en el baúl de las innovaciones abstractas, son productos más serios y, quizá, trascendentes: “Abismo Acuoso”, “Ápeiron”, “Logos”, “Ser”. Lo único realmente importante es lo que quieren decir esos nombres. Y el momento en el que se describe el primer acto de la creación según la mitología cosmológica, “Singularidad Primigenia”, además de ser un magnífico nombre, como todo buen mito muestra cosas que van más allá de la ciencia física, es decir, de sus símbolos.
La física teórica se sitúa en ese espacio antes reservado a la Filosofía que podríamos definir como “donde no llega nuestra experiencia”. Un vacío más allá de las manos y los sentidos, en el que ni podemos observar ni manipular. Un vacío que tratamos de llenar con especulaciones más o menos basadas en nuestra experiencia inmediata y generalizando las observaciones que no podemos constatar experimentalmente.
Hablar de lo que sucede en otras galaxias, por no decir de lo que sucede en nuestro mini universo galáctico, resulta tan aventurado como hablar de Dios, del Ser o de cualquier otra entelequia de las muchas que, inadvertidamente, soportan el edificio de nuestras creencias.
Una cadena de condicionales que, por el aburrimiento de su propio eco, o por la simple superposición de condiciones como capas de cebolla, que finalmente nos producen la ilusión de algo sólido y macizo, se convierte en el telescopio mágico con el que “filosóficamente” hacemos ciencia allí donde no es posible la ciencia.
La contrastación de las teorías físicas se ha convertido en un mercadillo de especulaciones y modas intelectuales en el que conviven como pueden la lógica matemática llevada a delirantes paroxismos de cálculo onanístico, las cuestiones gnoseológicas confundidas como ontológicas, los resultados observacionales de sistemas lejanos en la fe de que allí rigen, y entre ellos y nosotros median, las mismas condiciones físicas que en la Tierra y, por último, el movimiento contrario, la experimentación de laboratorio hasta hacer universales las particulares condiciones terrestres.
Los habitantes de una selva ecuatorial miran las altas e inalcanzables cumbres de un sistema montañoso de cinco mil metros de altitud y, pues se trata del mismo mundo, suponen que las mismas leyes físicas deben regir en uno y otro lugar, su selva y las más altas cumbres y, además, las mismas condiciones físicas.
Pueden calcular la distancia que les separa de aquellas cumbres y, con este dato, explicar lo que ocurre, generalizando cómo es el Mundo en su conjunto mediante una teoría que de sentido tanto a los fenómenos locales como a los lejanos y, así, extrayendo un sinfín de conclusiones de aspecto impecable. Pero esos cálculos sobre los que construyen un entramado teórico basado en sucesivas suposiciones se basan en el error de considerar que las condiciones físicas en la selva a nivel del mar y en las cumbres de las montañas, a cinco mil metros de altitud, son las mismas.
Ellos ven las montañas lejos, pero no pueden sospechar ni que son mucho más altas ni la importancia de esta diferencia de altura. No basta con calcular la distancia, hay que tener también en cuenta la presión atmosférica, que en su plano mundo presenta mínimas y despreciables variaciones, las diferencia de temperatura por la altitud y otros factores que hacen que casi cualquier analogía entre esas montañas y su selva sea completamente engañosa. Es más, ni siquiera se puede hacer una equivalencia de fenómenos. El color blanco de la nieve sería tomado como signo inequívoco de la existencia de arena blanca y, sobre esa “evidencia observacional” se construiría un edificio teórico tan sólido como erróneo que diera soporte, por ejemplo, a una ley universal basada en el hecho comprobado de que el punto de ebullición del agua es el mismo en cualquier lugar. Ese punto de ebullición es distinto a cinco mil metros que al nivel del mar. Pero esto no lo pueden saber nuestros físicos selváticos porque nunca han tenido ocasión de hervir agua en las cumbres de las montañas y, además, porque no tienen ningún motivo para sospechar que la ley física que han enunciado basado en el punto de ebullición no gobierne igualmente los sucesos de la selva y los de la montaña.
Cuando los físicos teóricos intentan explicar las condiciones últimas del Universo, su origen y sus límites, o los sucesos observados más allá del alcance de nuestra experiencia directa y manipulable utilizan conceptos y leyes asociados a las condiciones físicas concretas de nuestro universo manipulable, suponiendo que se trata de verdaderas leyes universales. La masa, la presión, la densidad, la energía, la fuerza, la materia, las ondas y las partículas, son realmente condiciones características y relativamente estables de nuestro universo inmediato y manipulable, y no simplemente conceptos abstractos que, tal cual, pueden generalizarse a otras condiciones físicas.
La densidad será mayor o menor, podrá venir afectada por esto o por aquello, pero pensamos que es siempre “densidad” en cualquier parte del universo tal y como peculiarmente la hemos definido tomando como referencia las condiciones físicas concretas y características de nuestro entorno. Sin embargo, como en el caso de los habitantes de la selva que no conocen la presión atmosférica, nuestro concepto de densidad puede quedar completamente desvirtuado por la acción de otra variable desconocida, precisamente porque lo definimos como una variable y no como una función.
Definida como función, puede que, a determinados valores de densidad, esta ya no pueda ser denominada ni concebida como tal “densidad”, ni desde el punto de vista operativo ni del teórico. Esto es algo muy difícil de aceptar, pero supone la diferencia entre disponer o no de perspectiva mental que nos “sitúe” en las sospechosas condiciones físicas de las montañas. Una perspectiva que nos permita “inventar” algo parecido a “altura”27.
Así, cuando la cuestión cosmogónica se reduce a un problema de densidad, estamos planteando un problema cosmológico, que nos desborda en amplitud e intensidad, mediante una reducción brutal del Universo hasta unas condiciones, por ejemplo, la densidad, que, finalmente, por quedar reducidas hasta el absurdo, nos parecen completamente unívocas, objetivas y plausibles a la hora de explicar el conjunto de ese Universo.
Un solo aspecto de la realidad lo tomamos como toda la realidad o, en el mejor de los casos, como representativo de toda la realidad, estableciendo una correspondencia perfecta entre los términos literales de ese aspecto y la realidad de la que forma parte.
La reducción efectuada por nuestro propio diseño biológico, que construye perceptiva y conceptualmente el mundo que nos rodea según una realidad virtual basada en unos pocos aspectos físicos de ese entorno, aunque útil desde el punto de vista de la supervivencia, es el primer paso en el camino de simplificación por el que reducimos el Mundo a unas pocas condiciones caracterizadas precisamente por ser “poco” mundo, es decir, por su baja sensibilidad a la hora de mostrar la variabilidad de los sucesos.
Ptolomeo fue capaz de determinar matemáticamente la posición de los planetas en el pasado o en el futuro. Sin embargo, su planteamiento cosmológico era erróneo. La Tierra no es el centro del Universo. La constatación y determinación matemática de regularidades no demuestra por sí misma la veracidad de un planteamiento. Entonces, ¿por qué estamos convencidos de que la capacidad para predecir acontecimientos, los fenómenos observados en condiciones restringidas (experimentales) o las observaciones de sistemas lejanos interpretadas por analogía con fenómenos locales en apariencia idénticos verifican un planteamiento cosmológico? ¿No puede estar ocurriendo con las observaciones de Hubble lo mismo que con las exactas predicciones del movimiento y posición de los planetas por parte de Ptolomeo? Puede que sean ciertos muchos de los fenómenos que observamos o que las fórmulas se ajusten perfectamente a la predicción de esos fenómenos, pero eso no implica que el planteamiento o la teoría que los acompaña venga refrendada por dichas exactitudes. Las observaciones de Hubble no tienen porqué confirmar que el Universo se expande y, por tanto, que sucedió el Big Bang, de igual manera que el éxito ptolemaico en la determinación del movimiento de los planetas no implicaba que la Tierra fuera el centro del Universo. Pero eso lo supimos mil cuatrocientos años después, con Copérnico y Kepler. Hasta entonces, todo el mundo estaba convencido de la verdad del planteamiento geocéntrico, como ahora del planteamiento expansivo del universo y su consecuencia (mitológica): el Big Bang.
Teoría especulativa-intuitiva
¿Qué puede ser ese lugar del que provienen las ideas sino lo más parecido a la dura realidad de donde nace el Mundo: la Nada?
El simple hecho de proponer una teoría que de cuenta del Universo, de su origen, funcionamiento y destino, supone ya un principio especulativo que impregnará irremediablemente todas las teorías que de él se sigan.
Pero, como quiera que las colosales dimensiones de esta empresa crean lagunas de vacío donde no encontramos ningún antecedente racional en el que apoyarnos, la especulación debe ceder el paso en muchas ocasiones a la intuición, aunque se disfrace esta, como se verá, de razón científica.
No es necesario diseccionar la psicología de sus autores para descubrir en muchas teorías físicas la huella de la intuición, después vestida de especulación y finalmente trasmutada en certeza una vez que se “comprueba” científicamente.
Cuando, casi de forma inmediata, aparecen los datos (experimentales, observacionales o, simplemente, lógicos) que no casan con esa teoría, todo queda pospuesto y, por tanto, a salvo en una certeza provisional en tanto no se logren conjugar las contradicciones mediante una mítica Teoría Unificada. Hasta entonces, y según las modas intelectuales, algunas de esas teorías seguirán siendo consideradas válidas aunque no se correspondan con todos los casos y se contradigan entre ellas mismas de forma insalvable.
La cosmología utiliza con extraordinaria frecuencia un modo de conocer que no es el propio de la razón científica. En los primeros compases de una teoría, generalmente buscando resolver las contradicciones y problemas de las anteriormente aceptadas como ciertas, la especulación-intuición surge y se expresa como juegos de palabras que nos permiten una nueva perspectiva del asunto desde la que encontrar nuevas soluciones por la simple disolución de los planteamientos anteriores.
La misma concepción de espaciotiempo curvo supone un juego de palabras que, en este caso, lleva a una nueva y fecunda perspectiva capaz de plantear las cosas de una forma radicalmente distinta y, así, al hilo de de esos nuevos postulados, lograr nuevas soluciones, que automáticamente generan, a su vez, nuevos problemas y contradicciones28.
De hecho, las grandes teorías, por ahora las más aceptadas, parten todas de una reformulación de los planteamientos de los problemas para, impulsadas por juegos de palabras, buscar soluciones por otro sitio diferente, ya que la puerta que tenemos delante se resiste a abrirse por completo.
Ese es el caso de la teoría de la relatividad, basada en reformular el propio espaciotiempo. El de la física cuántica, que subvierte por completo los principios clásicos de la física y se acerca más que ninguna a un Universo esencialmente inestable y anómalo. O el de la teoría de cuerdas, que lleva implícita una nueva y radical concepción de las cosas que componen el Universo tratando de encontrar un compromiso entre las diferentes teorías que se contradicen entre sí.
Ante la maldición de “nueva solución, nuevas contradicciones” se genera una cascada de juegos de palabras como motor y expresión de intentos de especulación-intuición en la forma más elemental de “¿y si…?.
A ese impulso especulativo lúdico responden propuestas como la teoría inflacionaria. Y no es que por la propia naturaleza de ese origen especulativo-intuitivo basado principalmente en la búsqueda de nuevas perspectivas y planteamientos estas teorías estén condenadas de antemano al error. De hecho, el conocimiento entendido como nuevo conocimiento y no como ritual tranquilizador, sólo puede avanzar de este modo. El problema está en que este proceso especulativo-intuitivo no encaja en el diseño metodológico con el que, luego, se quieren contrastar las nuevas ideas.
Es como si dijéramos “el problema es que las cosas estaban mal planteadas. Vamos a comprobar con los instrumentos basados en los anteriores planteamientos que las cosas estaban mal planteadas”.
No es que la experimentación, la observación o la lógica matemática sean instrumentos erróneos fabricados a medida de un planteamiento erróneo. Sino que la tradición experimental, observacional y matemática con la que vamos a contrastar los principios y las predicciones de los nuevos planteamientos responden a criterios de contrastación y verdad basados en aquellos otros planteamientos.
Por ejemplo, si aceptamos que la velocidad de la luz es constante y máxima, cualquier planteamiento que contradiga esta afirmación se enfrentará a toda la jurisprudencia en contra, un historial de “hechos probados” que, utilizados como principios o premisas desde los que plantear los experimentos, harán imposible un diseño de dichos experimentos que ratifique los nuevos planteamientos sometidos a juicio. Esto, literalmente, se llama “dogmatismo”.
Lo mismo podemos decir de la interpretación de observaciones de fenómenos alejados y que no pueden ser manipulables por la experimentación, o de las formulaciones matemáticas, que tienen detrás toda esa jurisprudencia aceptada como evidencia de las arbitrarias leyes de las que emanó.
Pero es el afán por ocultar este frenesí especulativo y dar apariencia de sólida verdad científica a lo que en el fondo consideran ocurrencias de última hora con las que tapar las contradicciones y errores de las anteriores ocurrencias de última hora lo que lleva a someter a pruebas imposibles las intuiciones y especulaciones que muestran caminos más acertados para comprender el Mundo, aunque no para explicarlo.
Porque, posiblemente, una de las más acertadas especulaciones-intuiciones sea la de que este Universo en el que vivimos, hoy por hoy, es inexplicable tal y como pretendemos hacerlo: como si fuera estable y lógicamente ordenado. Si, como pensamos, una de las cosas que caracteriza a este momento de Universo es el “desacoplamiento” de las llamadas fuerzas fundamentales, la mejor Teoría Unificada consistiría en encontrar una correcta formulación de la desunificación. Pero esto resulta imposible de probar matemática, observacional o experimentalmente sin partir de cero, es decir, sin quemar los archivos de la jurisprudencia generada por la ley que postuló que las fuerzas fundamentales deben estar unificadas.
El error de fondo de la cosmología es el de no renunciar a la jurisprudencia confundida con la ley, de manera que los nuevos planteamientos se intentan confirmar mediante las evidencias generadas por los anteriores planteamientos. Un error de principio que viene constituido por la resistencia de la Ciencia a abandonar su tradición, su cuerpo de evidencias, por muchas contradicciones, errores y silencios que este presente.
Si aceptamos que no existen constantes físicas como tales en el Universo actual, sino que esos valores pretendidamente invariables son fruto de un sesgo o artificio de medida o concepción, no podemos intentar probar matemáticamente dicha afirmación mediante las premisas matemáticas de un Universo en el que existen verdaderas constantes físicas. Habría que rescribirlo todo de nuevo. Y sólo cuando se hubiera partido de cero y diseñado los experimentos, las formulaciones matemáticas y las interpretaciones observacionales a la medida de los nuevos planteamientos se podrían encontrar o desechar evidencias para los mismos.
Por si este problema de fondo, el desfase entre especulación-intuición (los nuevos planteamientos) y resultados comprobados por los criterios hechos a medida de lo que se quiere refutar (los anteriores planteamientos) no fuera suficiente, hay un error “instrumental” en el armazón metodológico de la cosmología que dificulta aún más la construcción de una cosmovisión coherente con sus propios principios de verificabilidad científica en particular y lógica en general:
- Existe una desproporción insalvable entre las parciales categorías conceptuales que utiliza la física y las dimensiones universales a las que aspira la cosmología.
La quietud e indiferenciación se definen operativamente (y ahí está el error, en tratar de convertir directamente conceptos operativos en universales), por ejemplo, como homogeneidad térmica. Algo así como si confundiéramos la definición operativa de inteligencia como capacidad verbal con el propio concepto de inteligencia. Habría muchos retrasados mentales multimillonarios y ese sería un dato contradictorio que trataríamos de solventar proponiendo otro nuevo concepto operativo generalizado universalmente29, que o bien sería refutado por las pruebas de inteligencia diseñadas desde la premisa de “capacidad verbal” o, en caso contrario, generaría nuevas contradicciones.
La cosmovisión, esa idea unificada que versa sobre la explicación del origen y funcionamiento del Universo y a la que aspira la mitología cosmológica, se intenta describir o descubrir partiendo del planteamiento que surge de una tradición de discusiones científicas.
- La Ciencia actual es el resultado de un debate entre eruditos.
¿Se ha propuesto la teoría del Big Bang, de la relatividad o la mecánica cuántica porque el devenir de la ciencia va descubriendo el orden lógico del universo con el que esas teorías se corresponden, o podríamos haber desarrollado otras teorías igualmente razonables pero radicalmente distintas?
¿Obedece nuestra cosmovisión científica a un creciente conocimiento del universo, que se constituye unívocamente en los términos en que las teorías lo describen, o esas teorías son el fruto de un debate académico en el que las teorías son el fruto de las réplicas y contrarréplicas?
¿Obedecen nuestras ideas científicas a un creciente conocimiento de la realidad o responden a propuestas anteriores que, en su conjunto, parecen ajustarse razonablemente a la evidencia empírica?
Tal vez, pero, en cualquier caso, es la tradición o, si se quiere, la reciente historia periodística de los debates científicos la que establece los términos con los que se van a construir y contrastar las especulaciones y las intuiciones para aceptarlas o no como conceptos válidos de la cosmovisión científica.
El debate centrado en la teoría de la relatividad, a su vez definida en respuesta a ciertos debates anteriores, con toda la restricción de sus términos, establece los planteamientos sobre los que la cosmología intenta lograr su cosmovisión. Luego, entra en escena la física cuántica y el debate se convierte en una trampa: la de pretender crear una cosmovisión usando trozos de vestidos diferentes, tratados, esos trozos, como si fueran partes de un mismo vestido: la mítica Teoría Unificada.
La visión de la física newtoniana, de la relatividad y de la cuántica, se ponen en juego para crear un gran debate del que esperamos surja la cosmovisión que dé sentido científico a la mitología cosmológica. Pero esto es imposible. No se puede trasladar el debate sobre el origen del Universo a los concretos y restringidos términos de la discusión entre esas tres o cualesquiera otras concepciones de (ciertos aspectos de) la física. Ni la gravedad, ni la densidad, ni siquiera la propia y sola concepción del espacio y del tiempo pueden contener los planteamientos del problema cosmológico.
Este, el planteamiento del problema cosmológico y la búsqueda de una cosmovisión científica basada en los términos de las más recientes discusiones científicas, ha sido el atajo especulativo que lleva a la cosmología a una inflación de teorías que buscan superar las contradicciones que, también exponencialmente, ellas mismas, además de ese problema de planteamiento, aportan al sistema.
Cuando se habla de causalidad limitada por la velocidad de la luz en el problema del horizonte se generaliza esa cuestión hasta convertirla en el planteamiento del debate sobre el “problema general de la causalidad”. Un planteamiento finalmente restringido a términos de “homogeneidad térmica del Universo”.
Cuando se habla de homogeneidad e isotropía, a lo que nos estamos refiriendo no es a la ausencia de movimientos no sincronizados de partículas y, por lo tanto, donde pueden detectarse diferencias consistentes en esos mismos movimientos disparejos, sino a un simple problema de temperatura.
La especulación-intuición imprescindible para poder alcanzar (si es que esto es posible) una cosmovisión científicamente aceptable que legitime la mitología cosmológica, se basa en el marco definido por la discusión entre los grandes maestros de la ciencia, contemporáneos o no, tomando su debate sobre aspectos y planteamientos parciales como el sólido fundamento sobre el que construir una especulación con sentido científico, es decir, con apariencia y reputación científicas.
Sin embargo, esos debates y sus términos parciales sólo pueden servirnos como inspiración para poder construir un nuevo y global planteamiento sobre el que construir una cosmovisión, y como referencia tranquilizadora que conecte esa cosmovisión con el universo cultural en el que vivimos. Aunque sólo sea para terminar construyendo una cosmovisión que explique y de sentido a un Universo en el que es imposible ninguna cosmovisión como tal.
De hecho, así ha sucedido en muchas ocasiones, aunque el impulso hacia nuevas perspectivas sobre aspectos parciales o a la consecución de nuevos planteamientos generales se haya visto truncado al regresar esas nuevas concepciones al debate científico del momento, basado en la tradición de debates sobre aspectos parciales.
Ese es el caso, por ejemplo, del espacio-tiempo de Minkowski; o el de la teoría de la inflación cósmica que, tras proponer el concepto de energía del vacío de presión negativa, regresa rápidamente para caer en el duelo de fórmulas y discusiones centradas en la polémica científica de su tiempo.
Pero uno de los mejores ejemplos de hasta dónde un buen comienzo para lograr una cosmovisión puede ser desbaratado por su reducción a los parciales términos del debate científico de su época la tenemos en Albert Einstein.
En un acertadísimo, aunque, a juzgar por su posterior reacción en contra, inconsistente (por no decir inconsciente) impulso especulativo-intuitivo, propone la constante cosmológica para acercarse a lo que para él era una evidencia (intuitiva) incontestable: El Universo ni se expande ni se contrae30.
Einstein “impone” esa constante a contra corriente de los cálculos y predicciones inscritas en los términos del debate sobre el que alza su teoría de la relatividad. Se trata de un puro acto especulativo-intuitivo llevado a cabo de forma arbitraria y científicamente errónea, según la tradición del debate científico en aquél momento. Pero con la constante cosmológica, inscrita como una cuña en su teoría de la relatividad, introduce un nuevo planteamiento del problema cosmológico que, en cualquier caso, se aleja de la pseudocosmovisión a la que aun hoy se dirige el debate científico de términos parciales, tomado el conjunto inconexo de ese debate de hipótesis y teorías basadas en aspectos parciales como la mejor propuesta de cosmovisión científica.
Cuando Hubble descubre la radiación de fondo de microondas, Einstein regresa a los términos del debate parcial y asume que esa radiación de fondo, por sus características, “demuestra” que el Universo se expande.
Sin embargo, al margen de que estuviera acertada o no la idea de que el Universo se expande, ni la radiación de fondo es prueba inequívoca de dicha expansión, porque puede obedecer a muchas otras causas, ni esa expansión determina el principio sobre el que construir una cosmovisión científica. Que se produzca una expansión en términos locales no significa que el movimiento o la evolución del Universo consista en una expansión en cuanto tal (y sólo en cuanto tal). ¿Acaso no puede darse una separación entre galaxias y cuerpos celestes o, incluso, una verdadera expansión del espaciotiempo (flexible) sin que ello conlleve muchos de los aspectos que consideramos indisolublemente unidos a la expansión, como la disminución de la densidad y la temperatura o el incremento del tamaño del Universo con relación a sí mismo?31.
Sin embargo, sobre la idea de que el universo se expande se sustentó la hipótesis del Big Bang, pues, retrotrayéndonos hacia atrás, deberíamos encontrarnos con un momento en el que la temperatura y la densidad fueran máximas.
A las hipótesis de ciertas cosmovisiones no gestadas y aceptadas en la tradición científica se le llama mito. Pero el Big Bang, además de poseer todas las características formales de un mito, carece de las condiciones de verificabilidad científica y sólo cumple con la condición de haber ganado la partida en el debate científico.
Quien se resista a aceptar este punto de vista no tiene que repasar el incumplimiento de todas las condiciones de verificabilidad que le exigimos a cualquier teoría o hipótesis, sino tan sólo reparar en un detalle. El Big Bang supone unas condiciones absolutamente misteriosas (no podemos conocerlas) pero, en cualquier caso, radicalmente distintas a las que rigen nuestro universo actual. ¿Y no es eso lo mismo que hallar la explicación del mundo natural en una realidad sobrenatural, ignota e inverificable? ¿No es eso el misterio naumori?
Pues bien, sobre esta pura especulación e intuición nacida de una interpretación subjetiva, “el Universo se expande”, del significado de unas observaciones extraterrestres, “el corrimiento hacia el rojo de la mayoría de las galaxias con relación a la Tierra”, extraído por analogía con fenómenos terrestres, “el incremento en la longitud de onda en el receptor con relación al emisor cuando este se aleja del primero”, se construye el mito creacional del Big Bang.
La pregunta que pone de manifiesto que la teoría del Big Bang está sustentada en la misma incongruencia de los mitos mistéricos y, por tanto, sobrenaturales, es ¿por qué, si la singularidad primigenia que da origen al Big Bang supone unas condicione físicas desconocidas y, en cualquier caso, distintas a las gobernadas por las leyes físicas de nuestro mundo, a una enorme presión debía seguir una expansión tal y como determinan las leyes que surgieron después de esa singularidad?
¿Por qué la singularidad debía comportarse y evolucionar según unas leyes físicas que aún no existían?
Trasvase gnoseológico-ontológico
Pero las ideas, como bien sabes, no encuentran ninguna realidad en la que encarnarse.
Si el axioma especulativo-intuitivo sobre el que la mitología cosmológica intenta construir una cosmovisión científica es el principio cosmológico que prescribe que el Universo es homogéneo e isotrópico, reduciendo los términos del debate a una cuestión de temperatura y determinadas magnitudes macrofísicas mediante las que explicar el origen del Universo y los concretos sucesos en los que se ha desarrollado su biografía, la concepción cuántica viene a romper ese reducido planteamiento no con otro suficientemente amplio, sino con uno muy distinto pero igualmente reducido.
La escuela del principio cosmológico está inscrita en una concepción que considera al fuego (o cualquiera de sus sinónimos y acepciones) como elemento primordial de la cosmogénesis.
Es en términos no ya de explosión (el mito del Big Bang), sino estrictamente de temperatura a los que se pretende reducir el debate cosmológico32. Unos términos en los que difícilmente encajan los planteamientos espaciotemporales de la teoría de la relatividad, basada en otra escuela distinta (la del elemento primordial “tierra”) que se centra en la gravedad, elevada de condición física a principio cosmológico, y que imposibilitan la consecución de una cosmovisión científica basada en retazos de una y otra escuela33.
La escuela del elemento primordial “agua” podría acoger la concepción cuántica del universo (con minúsculas) universalizado34.
Ese aspecto de caos y espontaneidad que nos recuerda a la esencia de la vieja escuela del abismo acuoso es lo que en términos actuales podría servirnos para caracterizar el fluir inaprensible y la indeterminación de las partículas-suceso de la física cuántica.
Pero no es sobre esta interesante perspectiva de la plasmación en la ciencia actual de los principios (convenientemente actualizada su terminología) de antiguas escuelas cosmogónicas lo que viene al caso, sino poner de relieve otro procedimiento por el que la ciencia intenta construir una cosmología basada en una cosmovisión científicamente aceptable: trasvasando consideraciones y teorías gnoseológicas hasta convertirlas en cuestiones ontológicas que, de este modo, establecen un paralelismo entre nuestro modo de conocer (o de no conocer) y el funcionamiento del Universo. El perspectivismo particular ensalzado hasta principio cosmológico.
Desde luego, cualquier cosmovisión, implícita o explícita, está determinada por nuestro diseño biológico que, pulido en los avatares de la supervivencia en un medio determinado, nos hace percibir y conceptualizar el Mundo mediante una realidad virtual (unos esquemas espaciotemporales y lógicos) basada en unas condiciones físicas parciales.
El Mundo no es exactamente (ni sólo) así, aunque ese mundo virtual sea muy útil para el éxito biológico de nuestra especie35. Pues esa utilidad es una cosa y otra, muy distinta, pensar que el orden del Mundo viene regido por los mismos aciertos, defectos o reducciones perceptivas y conceptuales que forman parte de nuestro truco para sobrevivir.
En pocas palabras, el hecho de que no podamos conocer dos pares de variables físicas de forma simultánea y precisa no quiere decir que no tengan realmente (ontológicamente), una posición y una velocidad determinadas y, por tanto, potencialmente determinables. Basar en ese principio de indeterminación el planteamiento sobre el que discutir el orden del Universo y asentar sobre él las bases de la cosmología nos llevaría a equívocos que imposibilitarían construir una cosmovisión científica.
Tal vez el Universo esté aquejado de forma esencial y no sólo anecdótica de una anomalía, distorsión, imprecisión o desfase y, por tanto, cuando detectamos las consecuencias de ese desfase estamos no sufriendo una incapacidad cognitiva para descubrir el orden del Mundo (su determinación) sino percibiendo y conceptualizando correctamente la verdadera naturaleza “desacoplada” del Mundo36. Pero la cosmovisión de un Mundo desajustado no puede basarse en ese acierto perceptivo al descubrir la espontaneidad y desajuste del Mundo, ni en lo contrario, es decir, en que existe un ajuste que, no obstante, aún no podemos descubrir.
La relación de indeterminación no “demuestra” por sí misma que el determinismo científico no existe (ni lo contrario), sino que nos “muestra” (nos sugiere) algo mucho más importante: que las partículas se comportan como sucesos provenientes de la Nada, es decir, con una imposibilidad esencial de establecer su origen en un esquema de causalidad asociada a la linealidad espaciotemporal. Las cosas ocurren espontáneamente, aunque luego se ordenen, o así lo veamos gracias a nuestra red perceptivo-conceptual, causalmente en una disposición secuencial (1,2,3,4….) a la que restringimos y subordinamos, finalmente, nuestra noción de causa37.
Como la cosmovisión implícita en la que se basa la Ciencia no permite romper este principio de causalidad lineal asociada al espaciotiempo, en la que basamos exclusivamente el (hipotético) orden del Mundo, los postulados cuánticos se generalizan, pues la indeterminación no es una simple cuestión de medida sino que muestra una propiedad esencial de las partículas, en lugar de crear una consecuente ontología, para terminar enfrentados a las otras concepciones en los términos gnosealizados (de simple medida) en el debate experimental, observacional y matemático. La consecuencia es que la construcción cosmológica cuántica se ve anclada al debate de si el Mundo es así, “cuántico”, o simplemente nos hemos topado con nuestra incapacidad de medida y conocimiento.
La partícula cuántica, convertida en “partícula-suceso” (cuanto), en la nueva, potencialmente general y revolucionaria perspectiva cosmológica, no escapa a los viejos términos del debate físico y no crea nuevos términos o les da una nueva significación acorde con su visión del Mundo, sino que se traducen sus intraducibles conceptos a condiciones físicas clásicas (temperatura, velocidad, masa…) que imposibilitan esa nueva concepción especulativointuitiva de un Universo “agua”, puntual y espontáneo, con su propia causalidad, reducido el planteamiento a una cuestión métrica, gnoselógica, puramente instrumental y, por tanto, estéril.
Una vez visto que no podemos medir al unísono… hay que olvidarse de eso y no entrar a debatir en términos de un Universo no-cuántico, ajustado y “unísono” los postulados cuánticos cosmológicos a los que podemos llegar después de ser inspirados por la constatación de la relación de indeterminación.
La física cuántica, como propuesta para una cosmovisión científica, no puede caer en la tentación “multicultural” de aceptar la definición “clásica” de las condiciones físicas, por ejemplo, densidad o energía, porque, si acepta esas definiciones, sus postulados generaran automáticamente una generalización desde lo gnoseológico (el problema de medida) hasta lo ontológico (la indeterminación consustancial a las partículas), donde los criterios universales del debate, como la noción de orden y causa, condenan ya de antemano la posibilidad de una visión cuántica de un Mundo desajustado, incierto y, según esos fundamentos axiomáticos clásicos, contradictorio.
Si aceptamos el concepto clásico de orden y causa, y no redefinimos esos conceptos desde el punto de vista cuántico, no podremos utilizar la mecánica cuántica como punto de arranque o simple coartada para crear una nueva y radical visión del Mundo.
De este modo, anclada la perspectiva cuántica en su origen, no se atreve a ir más allá y, por tanto, su planteamiento, basado en esa relación de indeterminación como medida, queda reducido al microcosmos, incapaz de explicar otras condiciones físicas precisamente porque pretende aplicar rígidamente ese principio como si se tratara de una constante universal clásica. Es ya la incertidumbre descuantificada y lastrada por un significado impuesto por el sentido clásico del Mundo la que entra en juego en el debate científico. No es la incertidumbre cuántica sino una incertidumbre clásica, convencional, que sólo conserva el nombre: “cuántica”.
La relación de indeterminación no fue el hecho inspirador de una nueva concepción del Universo, sino que se extrapoló rígidamente hasta donde se pudo generalizar: hasta el microcosmos. La física cuántica no choca con otras concepciones cuando cambiamos de óptica, sino contra su propia dinámica. No ha creado la nueva y potente propuesta cosmológica que sus planteamientos prometían, sino que se ha limitado a generalizar una cuestión gnoseológica hasta pretender convertirla directa y simplemente en un planteamiento cosmológico: “Así, tal cual mido, debe ser el Mundo”.
La mecánica cuántica, si hubiera escapado a los términos del debate científico, habría establecido un nuevo planteamiento axiomático: el mundo es casual, pero no por ello ignoto. Se puede hacer ciencia en casualidad. De hecho, toda la ciencia se soporta, en última instancia, en orden casual operativamente definido como probabilidad.
Pero el ejemplo de la física cuántica no es el único. La teoría de la relatividad nace también de un trasvase de lo gnoseológico a lo ontológico generando dificultades para lograr una cosmovisión científica precisamente en la medida en que continúa, como la física cuántica en su conjunto, anclada a dicho trasvase.
No es una cuestión pedagógica desde donde se plantea la concepción relativista, sino una cuestión gnoseológica trasladada tal cual a un planteamiento ontológico. Del principio relativista se sigue una concepción espaciotemporal que implica que el tiempo y el espacio no son independientes entre sí y, además, que no hay una referencia absoluta para establecer un marco común de mediciones. Un magnifico comienzo para replantear los cimientos de la cosmovisión científica hacia una concepción más cercana al Universo desajustado en el que vivimos.
El espaciotiempo, extrayendo las conclusiones según la concepción shukultiana, no es independiente de los observadores por un error de apreciación derivado de su posición, sino debido a que, como todos los cuerpos, crea su propio espaciotiempo. O, lo que es más exacto desde un punto de vista shukultiano, porque forma parte del suceso que se expresa, a la vez (puntualmente, que no simultáneamente), como cuerpo (el observador) y marco espaciotemporal de referencia.
No importa que nadie mida el tiempo en un estado cercano a la velocidad de la luz, este se dilatará con referencia al tiempo en un estado de reposo. Cada suceso tiene su propio espaciotiempo38. Pero si los espaciotiempos son distintos, entonces, no podemos hacer una comparación entre ellos como si tuviéramos un marco de referencia, ni siquiera teórico, independiente de los sucesos que tratamos de situar en él.
Conforme esta nueva concepción va generando la materia bruta para confeccionar una cosmovisión nueva, basada en unos planteamientos diferentes que, desvinculados de su origen restringido, nos lleven a una cosmovisión científica, crece la tendencia para volver a la discusión endogámica que los había generado.
Llevar al extremo lo que sugiere la teoría de la relatividad rompería por completo las predicciones que se siguieron de esa teoría y que nunca podrían haber sido confirmados experimental y observacionalmente si no se hubieran devuelto los términos de esas propuestas al lenguaje del debate científico prerelativista de donde surgieron.
La velocidad, por tanto, es el éter fijo en cuyo vértice matemático (la constancia de la velocidad de la luz independientemente de la velocidad del observador) se pueden finalmente comparar distintos espaciotiempos. De otro modo, de seguir adelante con las predicciones generadas por la independencia de la relatividad de sus orígenes parciales, tomada como nueva y radical perspectiva especulativa-intuitiva, la teoría de la relatividad especial sólo podría llevarnos a una cosmología de espaciotiempo puntual donde no se puede hablar de futuro y pasado, sino sólo de anterior o posterior como categorías arbitrarias que indican la no simultaneidad espaciotemporal, la no superposición en el espacio y el tiempo de dos sucesos.
Pero esta visión “elástica” y adaptativa, perfecta para un universo desajustado, se apuntala al armazón de los viejos esquemas configurados en base al principio de un universo ajustado y unívoco. La velocidad constante y máxima de la luz es el principal estorbo para que la teoría de la relatividad pueda generar una cosmovisión de universo desajustado.
El espaciotiempo puntual no es sinónimo de espaciotiempo superpuesto, porque este sólo se puede dar en una descripción lineal de la densidad, es decir, suponiendo posiciones que ocupan la misma posición para describir una (o varias) dimensiones distintas al plano de referencia utilizado. Un eco de la misma posición que taladra en el vacío una nueva dimensión que sólo puede existir si se produce ese eco.
De frente, en un marco de referencia lineal (plano), veríamos esto:

Contemplando la nueva dimensión que crea el eco de “a” repetido en su misma posición relativa (x3;y5), tendríamos (en un plano ortogonal al de x,y):

Y teniendo en cuenta que a lo largo de esas repeticiones de “a” el sistema de referencia en el que se dan se desplaza (aunque “a” en cuanto tal siempre se da en “x3;y5”), tendríamos algo así:

Aunque “a” siempre ocupa la misma posición en un sistema de referencia ideal o virtual, nunca ocupa esa misma posición cuando establecemos un espaciotiempo puntual, porque cada suceso definido por (x1,y1;a1), (x2,y2;a2) y (x3,y3;a3) es incomparable en un marco absoluto real, a no ser que entendamos una constante (el éter o velocidad de la luz) no como la denominación de una invariabilidad genéricamente entendida como momento “a” sino como la manifestación de una constante universal sobre la que asentar una ley también universal a todos los ámbitos de referencia.
Finalmente ocurre lo mismo que en el caso de la física cuántica. Si se discute la teoría de la relatividad (especial o general, en este caso da igual) como propuesta cosmológica pero desde el ámbito de la gnoseología transliteralizada a ontología, entonces, impedimos que se convierta en embrión de cosmovisión científica y regresa a los (absurdos) términos de la gnoseología. Porque si desaparecen los observadores (problema gnoseológico) desaparecen los planteamientos de la teoría de la relatividad basados en la definición de movimiento lineal y no lineal según la experiencia de movimiento y su equivalencia con estado de reposo o fuerza.
La cuestión experiencial que domina la discusión científica de la confrontación de las predicciones de la teoría de la relatividad termina lastrando dicha discusión, tanto si sirve o no para “comprobarla” experimental y observacionalmente, por cuanto no se puede comprobar la fuerza cosmológica de una teoría mediante el análisis de sus términos parciales convertidos directa y simplemente en términos cosmológicos, sin que una nueva cosmovisión modifique los significados de esos términos según un nuevo sentido39.
Por esa razón, los intentos de alcanzar una “teoría unificada” mediante los planteamientos parciales (y comúnmente, gnoseológicos) de distintas teorías, terminan siempre en fracaso. Primero porque, como veremos, nuestro universo es una anomalía física caracterizada por la desconexión entre las fuerzas físicas producida por un desajuste espaciotemporal, que impide cualquier cosmovisión basada en una teoría unificada. Y, segundo, porque aunque fuera posible esta cosmovisión nunca se podría alcanzar la unificación teórica de concepciones que, además de no hablar el mismo lenguaje ni en el mismo momento, no hablan en lenguaje cosmológico sino en la jerga creada al hilo del debate científico. No podemos construir una teoría política usando exclusivamente términos y planteamientos económicos, por mucho que los politicemos. Del mismo modo, no podemos crear una cosmología mediante el collage de los planteamientos terminológicos en los que se ha presentado el debate científico40.
Precisamente todas esas contradicciones, tomadas fuera del debate científico en el que están inscritas por las teorías que generan dichas contradicciones, lo que ponen de manifiesto es un hecho cosmológico inabordable por los términos del debate: Que cuando varían las condiciones (por ejemplo, la velocidad) varíen también las predicciones y la propia estabilidad de medida, implica que estamos midiendo distintos espaciotiempos41.
Que la ley newtoniana funcione a una velocidad pero no a otra, o la mecánica cuántica, tal y como reducidamente se ha postulado, dentro de unos rangos de dimensiones (el microespacio) pero no en otros (el macroespacio), supone que los principios en los que se basan estas teorías no son verdaderas leyes ni constantes universales. Pues el único principio cosmológico sobre el que se puede edificar una cosmovisión científica es el de la anomalía física que conlleva un universo en el que el tiempo no se ha separado aún del espacio y las fuerzas fundamentales se han separado pero aún se encuentran desconectadas entre sí.
Localismo observacional
Mira las estrellas y dime si no reconoces en ellas el nombre que les hemos dado.
Una tercera característica de la mitología cosmológica es el localismo observacional.
Le llamamos localismo para señalar que los fenómenos observados desde nuestro marco de referencia (terrestre o solar) se interpretan suponiendo que las condiciones físicas que establece dicho marco de referencia son las mismas que rigen en el ámbito en el que suceden los fenómenos observados en regiones distantes y, por tanto, las medidas registradas son significativas según nuestro propio marco de referencia.
Traducimos la interpretación de las medidas de cualquier fenómeno por muy distante que sea a las condiciones de interpretación terrestre o solar. Pero, en realidad, cuando medimos la señal que nos llega presumiblemente desde una región lejana del universo, estamos midiendo algo que sucede, ya, en nuestro ámbito de referencia.
La señal que, suponemos, nos llega desde una galaxia lejana, o esa misma radiación de fondo de microondas, son sucesos que se dan en nuestro marco de referencia, establecido por unas concretas condiciones físicas que no podemos saber con certeza si son las que rigen en otro marco de referencia distinto.
Desconocemos si las condiciones físicas que determinan nuestro propio marco de referencia, en el que experimentamos y medimos directamente los fenómenos, funciona como una “lente” que distorsiona los fenómenos extraños provocando una situación parecida al “engaño” visual por el que, desde el fuera del agua, vemos un palo doblarse al entrar en ella.
El corrimiento al rojo que, pretendidamente, observamos en galaxias lejanas, puede que, en el marco de referencia donde se produce, y bajo sus particulares condiciones físicas, no esté provocado por las mismas causas que aquí le atribuimos y, por tanto, no conlleve las mismas conclusiones.
Desde un punto de vista general y, especialmente aplicado al caso de la generación de especulación-intuición desde la que parte inicialmente toda nueva perspectiva teórica, que luego es devuelta al marco de referencia del debate científico de su momento, la imposibilidad de alcanzar una cosmovisión científica reside principalmente en el hecho de que construimos los principios cosmológicos mediante un localismo fundamental. Ese localismo se produce en dos momentos distintos.
Uno, cuando pretendemos explicar conceptos universales cosmológicos (orden, causalidad…) reduciéndolos a conceptos físicos particulares (homogeneidad térmica, densidad…). Nuestras mismas leyes, generalmente, están construidas en base a localismos difíciles de detectar porque quedan camuflados en la vorágine del debate científico especulativo, observacional, experimental y matemático. Así, convertimos sutilmente ámbitos y condiciones de medida, como la velocidad, la densidad o la homogeneidad, en leyes apuntaladas por constantes físicas que son, simplemente, espacios ciegos en los que no medimos variaciones42.
Otro, cuando devolvemos esos términos cosmológicos no al ámbito que le corresponde, la cosmovisión, mediante la construcción teórica de un marco de referencia que establezca una nueva perspectiva global en la que llevar a cabo el debate científico, sino a los términos modales, concretos y parciales del debate científico tal y como estaba planteado en ese momento.
El localismo observacional supone un mecanismo especialmente eficaz para impedir que las propuestas especulativas e intuitivas salgan de la tremenda gravedad que las mantiene sujetas al debate científico y puedan alcanzar una nueva cosmovisión.
Un ejemplo demoledor es el de la radiación de fondo de microondas. Otra, el corrimiento al rojo de las galaxias.
Sin necesidad de salir de nuestro marco de referencia encontramos que en el caso de hondas electromagnéticas resulta indiferente que sea el emisor o el receptor el que se esté moviendo. Pero en el caso de ondas sonoras no es así, y esta diferencia se atribuye a la existencia de un medio (generalmente el aire) por el que se propagan dichas ondas sonoras. ¿Son dos casos diferentes del mismo principio aplicado a distintas condiciones, o dos fenómenos que obedecen a distintos mecanismos pero que son homologables por el simple hecho de poder determinar las diferentes condiciones en los que se producen: que exista o no un medio o cualquier otro fenómeno equivalente?
Pero, aunque estemos seguros de que la primera respuesta es la correcta. ¿Resulta difícil sospechar que el efecto Doppler aplicado a la frecuencia de las ondas que provienen de cuerpos celestes puede estar afectado por algún “medio” o fenómeno equivalente desconocido? El mismo ámbito de referencia de medida constituido por las concretas y variable condiciones físicas de nuestro mundo terrestre o solar puede estar alterando no sólo la fiabilidad de la medida, sino su validez.
El corrimiento hacia el rojo que observamos en los cuerpos celestes puede estar mal medido y, además, no ser un signo de alejamiento entre esos cuerpos celestes y nosotros.
Más aun podemos decir de la radiación de fondo de microondas, por cuanto no conocemos con exactitud la relación con fenómenos semejantes en nuestro sistema de referencia debido que no tenemos nada parecido con lo que poder experimentar.
Por eso resulta tan sorprendente que en esos dos casos descansen los criterios de validación de las grandes propuestas cosmológicas que se encuentran en debate43. Porque la creación exponencial de suposiciones no convierte de ningún modo en certezas a las anteriores, cuando ni siquiera el hecho experimental del que parten puede ser comprendido en una teoría suficientemente amplia como para superar el ámbito de las condiciones físicas concretas en las que se realiza dicho experimento. Es decir, cuando no tenemos una cosmovisión que se aleje lo suficiente de las condiciones en las que nosotros mismos estamos sacando conclusiones basadas en unos parámetros que (suponemos) coinciden con dichas condiciones físicas en las que nos vemos involucrados y que, entre otras cosas, determinan nuestra propia capacidad perceptiva y conceptual, basada en un limitado espectro de la realidad física que nos rodea44.
Generalización experimental
¿Ignoras, oh Asclepios, que el Egipto es la imagen del cielo y que es la proyección, aquí abajo, del orden que reina en las cosas celestes?
Hermes trismegisto
Y es ese hecho, el de que estamos dados y, por tanto, sometidos a las distorsiones de esas mismas condiciones físicas en las que realizamos las manipulaciones experimentales, el principal obstáculo para cualquier generalización45. Cuanto más si esta generalización se extiende por ámbitos de referencia que se encuentran muy alejados de nosotros y en los cuales no podemos directamente llevar a cabo ninguna manipulación46.
Si la generalización experimental en un Universo caracterizado por la inestabilidad y anomalía física producida por un desfase esencial o en un Universo acompasado aunque diverso para el que no hemos encontrado aún una cosmovisión adecuada es un acto de fe, cuando se aplica a lo que suponemos que es nuestro ámbito de referencia para medir, en el caso de generalizarlo a otros ámbitos sobre los que tenemos la certeza de que no podemos manipular o conocer sus referencias directamente, es pura mística alquímica.
Esta generalización es equivalente, si no igual, a la que nosotros descubrimos en otras culturas consideradas más atrasadas que la nuestra por el simple hecho de ser más viejas, más pobres o ambas cosas a la vez cuando trasladan directa y literalmente los mecanismos explicativos de las cosas cotidianas que los rodean (inundaciones, fenómenos climatológicos, ciclos naturales o el simple transcurrir del Sol) hasta las realidades más distantes, como la estructura y origen del Universo, la naturaleza de los cuerpos celestes, las causas físicas y los motivos divinos. Los dioses responden, así, a motivaciones idénticas a las humanas y el Mundo, en lo más lejano y universal, obedece a la misma secuencia y causa que los hechos naturales que gobiernan nuestra existencia inmediata. El Mundo surge cuando, después de la inundación, quedan al descubierto las primeras y fértiles tierras que el sol deseca para que se pueda pisar y cultivar sobre ellas. El Mundo surge de un “exceso” de presión47. El Mundo surge desde la preexistente luz primordial.
No es sólo que utilizaran (y utilicemos) esos referentes conceptuales tan próximos y, por tanto, tan cargados de tranquilizadora certeza, para expresar inalcanzables realidades que sólo por analogía se pueden concebir48, sino que realmente aceptaban, al menos así sería en muchos casos, que las cosas en el más allá de nuestra experiencia directa funcionan exactamente como las describimos en términos de experiencia directa. Las cuestiones en el Universo lejano venían, también, fundamentalmente regidas según ciclos de inundación-desecación, o por un mundo con dos planos, el “superior”, por donde discurría el astro rey durante el día, y el “inferior” por donde lo hacía durante la noche sorteando toda clase de peligros. Igual que ahora suponemos que las cuestiones esenciales que determinan el funcionamiento del conjunto del Universo son la distribución de la temperatura, la densidad o la velocidad.
¿Qué diferencia hay en explicar en los cotidianos términos de crecidas, inundaciones, fertilización, desecamiento y cultivo las causas y el curso del Mundo y aceptar los términos en los que describimos el mecanismo íntimo de los sucesos de nuestro entorno físico, después de comprobarlo experimentalmente y aplicados no sólo a las riveras de nuestro río, sino a otros en los que no sabemos si se producen inundaciones?
Si examinamos detenidamente las pruebas experimentales sobre las que se basan los principios físicos con los que, luego, construimos leyes y, mediante ellas, o echando mano de algunos escalones inferiores, nos planteamos el problema cosmológico y prescribimos las soluciones o las contradicciones, nos daremos cuenta de hasta dónde estamos cometiendo el mismo error que atribuimos a nuestros ancestros y a nuestros congéneres más pobres que piensan que “como es arriba es abajo”49. Con el agravante de que, en muchos casos, sentimos por nuestro modo de conocer el entorno inmediato y manipulable una veneración que nos lleva a afirmar que las cosas, allí donde no ha llegado ningún ser humano, son exactamente así como las decimos y como las hemos comprobado aquí, y no simplemente de forma parecida o, menos aún, recordando que esa generalización es un simple artilugio pedagógico para plantearnos problemas que escapan a nuestra experiencia directa.
Está claro que no tenemos nada mejor para suponer o generar especulaciones e intuiciones acerca de lo que ocurra más allá de nuestra experiencia que lo que podemos, mejor o peor, extraer de esa experiencia directa. Pero esa base, la mejor de que disponemos, no puede lastrar las intuiciones y especulaciones con las que tratamos de construir una red virtual no ya para nuestro medio físico inmediato, sino ahora para todo el Universo.
Una vez que la experimentación, más o menos acertadamente, nos ha entregado nuevos datos sobre la realidad del medio físico en el que nos desenvolvemos, dichas novedades deben servirnos para ampliar nuestra red virtual conceptual y utilizarla como prisma con el que superar las limitaciones que ella misma nos inflige a la hora de poder inventar un marco de referencia para el Universo.
Conocer mejor la compleja realidad física que nos rodea debe servir, primero, para conocer los mecanismos de simplificación eficiente con los que captamos y conceptualizamos esa realidad inmediata y, luego, para construir una red conceptual lo bastante compleja y flexible como para poder construir una cosmovisión aceptable. Incluso, lo repetiremos hasta la saciedad, aunque esa cosmovisión consista sólo en describir coherentemente los términos de un Universo desfasado, inestable, anómalo, fluctuante, aleatorio y provisional en el que no es posible, mientras no cambie su naturaleza, encontrar, como deseamos, una cosmovisión unificada.
Autismo matemático
Sólo una idea perfecta puede ser completamente inútil.
Einstein, como buena parte de los físicos, estaba afectado por una fascinación casi religiosa hacia las matemáticas. Y esa fe se correspondía con su idea básica de que el universo está gobernado por unas leyes que no dejaban nada al azar. Muchos físicos, sobre todo a raíz del descubrimiento del mundo subatómico, rechazan el dogma de la ordenación causal del mundo y aceptan que, al menos en apariencia, existe un cierto grado de aleatoriedad. Pero la sacralización de las fórmulas matemáticas se ha convertido, de hecho, en el criterio definitivo de verdad cosmológica de manera que la numerología que subyace a multitud de doctrinas esotéricas se muestra en la cosmología con todo su esplendor y sin ningún sonrojo racional. Otro eco del más remoto pasado surge en nuestros días de forma aparentemente inédita e infalible: Pitágoras. Einstein era pitagórico.
Juegos de números tan fecundos como carentes de rigor tautológico y, por tanto, científico, alimentan cualesquiera hipótesis, teorías y ocurrencias fantásticas. Debajo de los signos y las cadenas de fórmulas, tras el ánimo autocomplaciente y secreto de unos adolescentes que se entregan en cuerpo y alma a su juego de rol, esas formulaciones, por sí mismas, crean y desbaratan mundos. Una fórmula apropiada zanja la cuestión a debate con la fuerza que le presta la autoridad y el prestigio de su creador. Pero esto se olvida rápidamente y la fe en el poder mágico, aquí llamado “científico”, de los números desprecia más que supera cualquier crítica.
Las fórmulas matemáticas tomadas como juegos de números suponen un medio extraordinario para generar nuevos conocimientos, nuevas perspectivas capaces de plantear las preguntas adecuadas a un mundo inadecuado, descoordinado de sí mismo, y crean una cosmovisión científica, cómodamente instalada entre el rigor racional y la contradicción con la que, en un mundo inestable y anómalo, inevitablemente se encuentra antes o después todo afán de conocimiento que venga investido de un mínimo de honestidad y autocrítica.
Los juegos de números, como los de palabras, son una fuente extraordinariamente fértil de nuevas perspectivas, más amplias y trascendentes, imprescindibles para poder “inventar” una cosmovisión que no traicione el espíritu de la Ciencia. Pero la Ciencia, precisamente por la soberbia de su espíritu, vuelve a cometer el error de concebir las formulaciones matemáticas no como juegos de números, sino como evidencias lógicas irrefutables.
El objetivo de la red perceptivo-conceptual es encontrar buenas predicciones de sucesos con la mejor relación eficacia/coste. Y las matemáticas y la lógica sinonímica son magníficos predictores, a condición de que no perdamos la cabeza y creamos que son algo más que eso.
Las matemáticas son el mejor ejemplo de matriz perceptivo-conceptual generalizada al máximo, es decir, con la máxima apariencia de universalidad para agotar toda la realidad mediante un solo aspecto abstracto de la misma.
Procura mayor apariencia de rigor y veracidad teórica, en cuanto a la generación y contrastación de teorías se refiere, que utilidad práctica, porque su utilidad, basada en aspectos parciales de la realidad que no podemos definir, precisamente por la apariencia de universalidad de las matemáticas, se aplica al máximo numero de casos con el mínimo gasto perceptivo-conceptual.
Si escogiéramos un aspecto físico, por ejemplo, la temperatura y, mediante esta, tratáramos de explicar todas las interacciones biológicas o físicas, no tendríamos duda de que íbamos a cometer muchos errores. Ni, por ejemplo, las interacciones verbales en el caso de la biología, ni la gravitación en el caso de la física quedarían en absoluto recogidas en nuestra imagen del Mundo construida mediante una cámara de infrarrojos.
En estos ejemplos es fácil ver que los elementos de la red perceptivo-conceptual con la que tratamos de orientarnos y tomar decisiones en un mundo inestable y anómalo, o completamente ordenado, da igual, son limitados y, por tanto, su utilidad también lo es. Pero otros elementos, por su amplitud, aunque sea aplicada sobre un solo aspecto de la realidad física, nos hacen perder la perspectiva de sus limitaciones. Esto es lo que ocurre con los conceptos abstractos, es decir, con aquellos que pueden describir en sus sesgados términos teóricos cualquier caso concreto. En la medida en que sucede esto, pierden fineza a la hora de explicar la ocurrencia y ganan capacidad a la hora de economizar esfuerzo perceptivo-conceptual.
Es cierto, como tantas otras sinonimias, que si establecemos que la causa precede al efecto, entonces, siempre debemos buscar la causa en lo precedente. Pero esto, tan económico, nos sirve de muy poco y, además, nos puede llevar a un insalvable error de planteamiento que nos haga olvidar que toda sinonimia adquiere sentido sólo si admitimos un caso arbitrario, el axioma, desde el que parte. Por ejemplo, sólo si el espaciotiempo tiene realmente un antes y un después tal y como los concebimos, entonces, la causa precede al efecto.
¿La temperatura es una medida fiable de cualquier suceso físico? Y, más aún ¿la temperatura es una medida fiable del Universo de los fenómenos físicos? Evidentemente, no. Puede ser una buena medida para muchos fenómenos físicos y, por tanto, un instrumento útil desde el punto de vista perceptivo y conceptual, pues no necesitamos conocer todos los rangos de la realidad de un fenómeno para hacer predicciones útiles sobre algunos aspectos que nos interesan. Pero está claro que la mayor parte del espectro físico no es recogido de forma fiable por la temperatura. Dentro de un mismo rango de temperatura suceden muchas cosas distintas que, midiendo solamente la temperatura, no podemos conocer.
¿Es la matemática una medida fiable de cualquier suceso, no importa su naturaleza o el entorno en el que se dé? Por la misma razón que en el caso de la temperatura, no debe serlo, pero la evidencia nos sugiere lo contrario. La matemática sí parece ser una de las mejores medidas para, con un mínimo esfuerzo, conseguir una máxima utilidad. No es una medida adecuada para poder establecer la cifra o el valor de la totalidad del espectro de un fenómeno ni, menos aun, del conjunto de los fenómenos como tal conjunto. Pero nos resulta muy útil para, con gran ahorro mental, construir un orden en el imprevisible y casual devenir de los hechos en el que estamos envueltos que nos ayude a tomar decisiones beneficiosas para nuestros intereses.
Sin embargo, precisamente porque son un buen instrumento para aclararnos en la vorágine de la Existencia, resulta muy difícil detectar el aspecto parcial en el que se basa la matemática. Y esa dificultad en descubrir qué aspecto de la realidad está midiendo hace que supongamos a las matemáticas como una contrastación unívoca y estable de lo que ocurre en la totalidad del campo de la realidad y no, simplemente, como una descripción de la misma según ese único aspecto parcial que versa sobre la totalidad.
Cuando traducimos la realidad a términos, por ejemplo, de presión o temperatura, tenemos claro, aunque luego intentemos convertir esos términos en cosmológicos, que son aspectos parciales. Pero, cuando traducimos la realidad a términos matemáticos no sabemos de qué estamos hablando, pues desconocemos con qué se corresponde la naturaleza de ese aspecto “matemático”, y, precisamente por eso, pensamos que estamos hablando de la naturaleza última de la realidad, del “aspecto de los aspectos” de la realidad.
El aspecto parcial que mide la matemática, y que desconocemos por completo, es un buen predictor y se corresponde muy bien con un gran número de otros aspectos. Pero eso no autoriza a convertir las matemáticas en un criterio de Realidad. Las matemáticas pueden explicar cualquier caso precisamente porque no pueden describir ningún caso50. Necesitan que describamos los términos iniciales y concretos de una situación para poder explicarla. Necesitan un mundo concreto sobre el que “inventar” su posibilidad de mundo.
La formulación sobre la que orbita el debate científico requiere una arbitrariedad para poder adquirir la apariencia de prisma universal de los prismas con los que construimos la “realidad extensa y duradera”. Toda fórmula nace de un axioma explícito o implícito, de un puro suceso sin necesidad matemática, de un acto gratuito y causal de fe sobre el que asentar dicha formulación. Pero, eso sí, debe ser una arbitrariedad conforme a la moda científica, a los términos aceptados por la actualidad del debate.
Una prueba evidente, aunque no la más importante, de que las matemáticas están usando un aspecto parcial de la realidad, tan eficaz como desconocido, para servir de medida universal e infalible al conjunto de la realidad es que mediante la formulación matemática se puede describir cualquier mundo y que, de hecho, son esas mismas formulaciones matemáticas las que han refutado las evidencias que otras formulaciones matemáticas habían establecido con total certeza. O, lo que es más significativo, esas formulaciones matemáticas pueden hacer convivir distintas realidades desacopladas o, incluso, contradictorias. La física de Newton con la de Einstein.
Pero, quizá, el mejor medio para detectar el reduccionismo perceptivo y conceptual de la red expresada mediante las matemáticas consista en plantear el problema en términos de función y variable.
Función y variable
Lo que hay es lo único que podía haber. Todo lo demás son ideas perfectas.
- La cifra de una función o de una variable es su definición, es decir, la matriz que genera o describe todos los casos posibles.
- El valor es la determinación de unos casos concretos entre todos los posibles.
- La cifra de una función siempre se corresponde con su valor.
El valor de una variable nunca se corresponde con su cifra. El valor de una variable es un caso de los que vienen definidos en un campo de posibilidad describible como valor concreto por referencia al marco establecido por la variable como cifra, como ámbito de posibilidad.
- No hay ninguna función que no sea de constante indefinida, es decir, cuya cifra no se corresponda con su valor.
Todas las demás funciones son variables tomadas como hechos (como valores) que describen un estado de cosas predicho mediante un campo métrico, es decir, por simple topografía lógica “desde aquí hasta allí”. Por tanto, su cifra es una constante definida con valor indeterminado.
La ciencia, para hacer cosmología, busca constantes, zonas oscuras de invariación, que serían o sinónimos de la Nada de la que todo surge casualmente para adquirir causalidad en el orden casual del Mundo o las primeras manifestaciones de los sucesos cuando llegan al Mundo desde la Nada y aún no han adquirido forma causal51. Estas constantes, debidamente depuradas y conformadas según la moda del debate científico, se convierten en las leyes físicas que pretenden establecer una fórmula a la que se ciña todo valor, todo suceso o caso concreto. Pero esas leyes, que no varían en función de los casos concretos que se den, es decir, en función del valor que en cada momento adquiera el Mundo como conjunto de todos y cada uno de los sucesos, al no estar afectadas por el Mundo deben ser algo ajeno a él. Las leyes como matrices constantes de generación de valores son lo que llamamos “variables”. Las funciones son las leyes como matrices variables de ordenación de valores, como leyes que varían, al igual que cualquier otra cosa del Mundo, en función del mundo, de los casos concretos que se den52.
Pero, precisamente por estas dos características, la débil relación causal que se produce en nuestro Universo es debida fundamentalmente a las funciones una vez sustentan estas a la variable Mundo (o a las variables que se pueden atribuir a cada función) después de la latencia en la que se expresa el desfase esencial de nuestro Universo.
Las reglas que rigen la relación entre dos personas dependen del comportamiento concreto de esas personas. Otra cosa serán las reglas morales que proponemos para todas las relaciones personales, independientemente de las personas y sus circunstancias. Porque esas reglas morales, constantes, forman parte, como lo hagan, de las características concretas de cada una de las personas. La única cifra para explicar el comportamiento de dos personas sería la cifra que adquiera todo lo que haya, el Todo, que es una traducción no simultanea en nuestro universo puntual de su valor, es decir, de los casos concretos que lo constituyen53.
Una variable no está constituida por casos concretos. Una función, sí. Luego una función no puede generar una matriz constante, y una variable no puede generar una matriz variable.
La función es el modo en que los sucesos se ordenan a sí mismos. En ese sentido, podemos decir que el orden que observamos en el Mundo no es algo distinto a la casualidad por la que los sucesos provienen de la Nada, pues es esa misma casualidad y no algo ajeno al mundo (la variable constante, indiferente a ese mundo concreto) quien lo ordena. Ese orden (casual y, en ese sentido, fáctico) es lo único que hay para ordenar al mundo, para establecer una matriz explicativa, una cifra idéntica a su valor. Luego, la causa última del Mundo, -que más tarde se ordena en causas, es la casualidad, la Nada, la imposibilidad de que la Nada exista. Finalmente, la imposibilidad de que ocurra algo distinto a lo que casualmente ocurre, a lo que de hecho sucede.
Una función es, por ejemplo:
X: Precio diario del aceite de oliva (Kg./€).
Y: Total de Kg. vendidos cada día.
| X | Y |
| 1,87 | 6500 |
| 1,89 | 6155 |
| 1,92 | 3620 |
| 1,88 | 5150 |
La cifra es indefinida puesto que no podemos establecer una constante de transformación que prescriba los valores que debe tomar Y según los casos concretos que se den en X. Sólo podemos cifrar la función con un nombre, con una mera designación: “variación diaria de precios del aceite de oliva”, que hará referencia siempre al valor de la función, el cual está determinado por el conjunto de los casos concretos que se den, pero no podemos definirlo, es decir, establecerlo independientemente de esos casos concretos que se den.
La cifra de una función, pues, depende (está “en función”) de los valores concretos que se den.
Una variable es la relación en la que se prescribe mediante una constante de transformación la posibilidad de los casos concretos:
Imaginemos que se venderá la proporción de kilos de aceite según el precio del mismo prescrita por la cifra: f(x)= (2-x)*50000. Pues bien si se dan casualmente, es decir, determinados en una función (en un hecho “consumado”) los precios “X”, entonces, se venderán los kilos “Y” dependiendo no de que de hecho se vendan los kilos que sean sino de la constante de transformación “(2-x)*50000”
X: Precio diario del aceite de oliva (Kg./€).
Y: Total de Kg. vendidos cada día.
| X | Y: (2-x)*50000 |
| 1,87 | 6500 |
| 1,89 | 5500 |
| 1,92 | 4000 |
| 1,88 | 6000 |
La relación entre “x” e “y” es constante y, por tanto, explica los casos que se pueden dar, pero nunca los casos que, de hecho, se dan, pues para eso necesita que “casualmente”, sin que vengan determinados por la variable, se den en “x” unos casos a los que corresponderán necesariamente los casos en “y” que prescriba la variable, la cifra.
La variable no puede determinar ningún caso, a no ser que entendamos como determinados todos y cada uno de los casos que define su ámbito de posibilidad. Y la función no puede definir, a no ser que entendamos el conjunto de todos y cada uno de los casos concretos (las relaciones de hecho) que se hayan dado como la (compleja) cifra que los define, es decir, que establece su ámbito de posibilidad.
La función está compuesta por casos particulares. Su valor depende de esos casos particulares. Y, cuando añadimos a una función una constante de transformación, esa constante se confunde con una variable. Esto sería la “función constante”
Estas funciones, profusamente utilizadas por la tradición matemática, se caracterizan porque transforman mediante una constante un universo de valores, el dominio, en otro universo, el recorrido. Pero esa constante se hace independiente de los valores concretos que asuma el dominio.
Por ejemplo:

y = f(x),
¿Qué ocurre si la función se establece entre la relación de los mismos elementos del dominio, es decir, cuando dominio y recorrido son lo mismo? Pues que la constante de transformación nula no da como resultado una función de identidad, sino que se convierte en constante indefinida aunque determinada en cada momento según el casual valor de las relaciones de los casos que describe, pues cada imagen provoca un cambio en los casos (en el dominio) y, por tanto, en la constante de transformación54.
¿Y qué ocurre cuando el valor de transformación no es una constante definida sino que varía en función de los casos particulares del dominio?
x = f(x), donde [x = f(x)] = [x equivale a f(x)]
La relación que se establece en un conjunto de casos depende de los concretos y casuales términos en los que se establezca dicha relación.
Cada concreta disposición de casos tiene su propia fórmula de transformación que describe un orden como producto de sí mismo. Esa es la fórmula de los sucesos, una ecuación que podríamos denominar “función inconstante”.
La función matemática tradicional, en realidad, expresa la transformación de un espaciotiempo puntual, el dominio, en un espaciotiempo lineal, que no sería propiamente el recorrido sino el universo de relación que genera la constante de transformación.
Llevado al límite, este procedimiento explica la función de un dominio de un solo elemento consigo mismo como una relación de igualdad en la que dicho dominio tendrá como imagen los valores generados por la repetición de ese mismo elemento desde su valor como unidad hasta (la tendencia a) infinito, pues nunca puede alcanzar su unidad de partida.
Así, las variables son realmente funciones constantes y no tales variables. Sólo son variables en el metamundo lineal con el que percibimos la realidad como gobernada por un Mundo ajustado y nítido.
En nuestro caracterizado por un desajuste esencial que afecta al espaciotiempo y, tras él, a todos los factores físicos (y psíquicos), las funciones constantes (y las variables de nuestro mundo virtual) están contenidas en una función inconstante con valor de transformación variable en función, a su vez, de los casos que se den.
- Lo que de hecho sucede es el ámbito de posibilidad que predice lo que debería haber ocurrido.
La concepción matemática de un Universo esencialmente desajustado afirma que está gobernado por una función inconstante que depende de lo que suceda para dar a “destiempo” posibilidad física y lógica a eso que ha sucedido en los concretos y determinados términos en los que lo haga.
Siempre estamos, por tanto, desenfocados desde el punto de vista temporal, pero, también, espacial. Y las mismas leyes físicas, pretendidamente funciones constantes, se ven afectadas igualmente por ese desajuste esencial, aunque nuestra red perceptivo-conceptual encuentre (construya mentalmente) zonas invariables y, con ellas, diseñe una red, un universo virtual ajustado55.
La singularidad nada
Los nombres científicos, una vez que el tiempo borra las prestigiosas biografías de los sabios que los inventaron, se convierten en mitos.
“Singularidad” es el nombre que la Ciencia da al abismo primigenio indeterminado e ignoto. Aunque en lugar de identificarlo claramente con algún elemento, lo hace con un sinónimo con prestigio científico como la gravedad, la temperatura o la expansión o, con un comodín abstracto al estilo del “ápeiron”. La “densidad” es un sinónimo del elemento tierra revestido con aspecto abstracto. Es la colina desecada en el trasfondo del Nun (la Nada) de la que, tras la ignición de luz (elemento fuego) provocada (y contenida potencialmente) en la densidad, el Universo aparece como una expansión (elemento aire) cuyo primer momento consiste en una explosión que alivia esa máxima densidad de corporeidad “terrestre”.
La singularidad continúa la tradición de ese vacío al que se refieren directa o indirectamente las cosmogénesis antiguas: una nada como posibilidad de mundo56. Pero esa posibilidad que transforma a la Nada en vacío es una potencia que sólo puede actualizarse gracias a la (posterior) creación del Mundo mediante la distinción del abismo indistinguible consigo mismo de la que surge el Mundo. Un juego de palabras, pues, que destruye la relación entre espaciotiempo y causalidad, introduciendo una significación lógica basada en un perfecto pero absurdo sinsentido que otorga apariencia de explicación57: Lo que causa al mundo “sucede” en ese mismo mundo, ¿dónde si no en el Mundo de los sucesos?, gracias a que, al haber sucedido de hecho, lo indistinguible se distingue y se convierte en potencia de distinción.
Fuera no hay nada, ni siquiera afuera. Dentro, tampoco, pues no hay posibilidad de distinguir diferentes posiciones definidas sobre la variabilidad que presentaran, al menos, dos cosas. Da igual que haya algo si sólo hay ese algo, pues la misma noción espacial y temporal, y no sólo el espaciotiempo como extensión y duración, carece de sentido58.
La singularidad real, esta que mira a la Nada, es indistinguible de la Nada. No podemos hablar de un espaciotiempo distinto al de nuestro Universo en el que se constituya la singularidad para diferenciarse de nada. ¿Pues, en estrictos y coherentes términos físicos, qué saca de su estado de reposo absoluto a ese hipotético tiempoespacio ignoto en el que se constituye la singularidad?
En términos cosmológicos, científicamente mitológicos, sólo cabe pensar en una causalidad invertida, generada no del futuro hacia el pasado, pues no existen, sino desde la actualización del Mundo hacia su causa: la posterior distinción de la singularidad con relación a sí misma, es decir, a la Nada59. Eso o la anticausa, la propia imposibilidad de que la Nada exista como tal nada, que posibilita, a su vez, a la causa inversa.
Pero la causalidad inversa, como cualquier otra explicación que no sea la de la anticausa o motor negativo, encuentra el tropiezo del problema del horizonte. No podemos ir hasta la singularidad, ni siquiera para encontrarla como causa de la actualización del Mundo, porque el nexo espaciotemporal causal no existe60. Pero, como el problema del horizonte funciona también hacia “delante” y se interpone entre la singularidad y el Mundo que surge tras su “explosión”, tampoco podemos ir de la causa hasta su actualización en efecto.
Ese problema del horizonte, aún aceptando el truco de confundirla con la época de Planck y definirla como un exceso de energía en un espaciotiempo insuficiente (de hecho, no existe ningún espaciotiempo), impide que la singularidad se relacione consigo misma, es decir, que la energía que tiende a infinito se relacione con su falta de espacio (con esa misma tendencia a infinito).
Pero, sea como causa inversa (tradición naumori) o como anticausa basada en la imposibilidad, incluso, de la causa inversa (tradición shukultiana), precisamente porque no existe causalidad es por lo que no la necesitamos61.
Sólo en una concepción axiomática de la causalidad ligada al espaciotiempo y, por tanto, entendida de una forma positiva, podemos concluir que cuando no hay causa lo que se sigue es nada62.
Entendemos comúnmente al mundo como un trasfondo pasivo, inerte, que necesita de una fuerza positiva para moverse. Pero desde una concepción causal no ligada al espaciotiempo, y esa es precisamente la situación en la que nos encontramos antes de que surja el espaciotiempo, sólo puede darse una causa negativa o anticausa por la que el Mundo se convierte en un trasfondo no inerte sino espontáneamente móvil al que sólo no haciendo nada (sólo siendo Nada) podemos movilizar o causar. El Mundo, pues, no puede ser trasfondo para no impedir la causalidad espontánea o anticausa. La Nada choca contra sí misma, contra su imposibilidad de causarse, de existir. No hay ningún trasfondo. Ese es el verdadero trasfondo y causa de la espontaneidad del Mundo, pero no de la causa del Mundo: un motor inmóvil y, gracias a esa inmovilidad preservada por la Nada, anticausa del movimiento. Si hubiera algo más que sólo Nada, siquiera como potencia, ese algo más entorpecería la anticausa y la Creación nunca se produciría63. Lo que nosotros vemos como luz (movimiento, fuerza, causa positiva) es realmente la oscuridad (inmovilidad, imposibilidad, causa negativa) de donde surge la luz, el Mundo como movimiento y, por tanto, trasfondo, ahora sí, de causas positivas interrelacionadas64.
Puesto que no puede darse la Nada (para que sea tal Nada), debe darse el Mundo65. Y una vez establecido el Mundo, la causalidad (inversa de la tradición naumori) puede viajar, no al pasado, sino al origen en el que no existía espaciotiempo. Podrá regresar hasta donde no nos separa ninguna duración ni distancia sólo cuando sí exista el espaciotiempo y, con él, causalidad positiva o ligada a la secuencia temporoespacial.
La causalidad científica no puede partir de esa “singularidad nada” en la que se basa la cosmogénesis shukultiana, sino que, como todas las cosmogénesis basadas en el principio naumori, coloca el principio en una “singularidad mundo” a la que se le supone “poética o religiosamente” un trasfondo de nada. Una singularidad mundo que viene, inversamente causada, por el propio mundo al que crea.
La singularidad mundo
No hay existencia donde no hay espaciotiempo. No hay espaciotiempo donde no hay distinción.
Podemos concebir un espaciotiempo puntual, sin duración ni extensión, sin pasado ni futuro. Pero no podemos concebir un espaciotiempo sin distinción. El espaciotiempo puntual es, al fin y al cabo, una distinción.
Un estado homogéneo e isotrópico, con infinitos elementos, no necesariamente porque carezca de límite, sino porque este sea inalcanzable, todos iguales e igualmente dispuestos, inmóviles, sería lo mismo que si no existiera nada, porque al no haber ninguna diferenciación, no existiría ninguna forma de espaciotiempo.
Tiene que haber algo diferente para que, a partir de esa diferencia, surja el espaciotiempo y los sucesos. Sin diferencia no hay sucesos, sin sucesos no hay espaciotiempo. No tenemos otra forma de concebir el espaciotiempo si no es como distinción y, esta, como suceso.
La física teórica, como todas las cosmogonías basadas en el principio naumori, no habla de la singularidad “nada”, esa que no parte de una dicotomía o diferenciación preexistente, sino que define la singularidad “mundo” estableciendo ya un hecho previo, un primer suceso y, por esa sola condición, incausado, una distinción que nos coloca en el espaciotiempo puntual de la simple notación carente de cualquier clase de métrica. Esa es la época de Planck, el primer momento ¿después? de la explosión y mínima porción espaciotemporal. La septillonésima parte del primer segundo del Universo, entre 0 y 10-43 segundos.
Esta singularidad de nuestros (meta)físicos rompe, como el ser de Parménides, los moldes de finitud del Mundo: es un estado mundano fuera de las leyes físicas, que se desborda porque la gravedad, curiosamente, una fuerza del Mundo, tiende a infinito. Para ello, las leyes físicas, en la forma que sea (quizá con la forma de “sin forma”), deben existir en la singularidad protohecho. Al adquirir el sistema valores tan extremos, las leyes físicas, que existen sin ninguna capacidad operativa, no pueden controlar los procesos físicos y estos, por es imposibilidad, porque no controlan los sucesos de esa situación límite, no pueden asegurarla y devienen en mundo extenso-duradero66.
¿Qué necesitamos para aceptar la singularidad como el protohecho del que surge el universo conocido y controlado por las leyes físicas? Una tautología. Aunque la Ciencia, como todas las cosmovisiones naumori, parte de un protohecho, en este caso, de una singularidad “mundo”, detrás de la cosmogénesis científica se encuentra la singularidad “nada” shukultiana y la anticausa formulada como exceso de presión “por su tendencia a infinito”. Es una imperfección, no un estado al que se debe impulsar para sacarlo de su quietud sino al que no se puede sujetar, la que se constituye en primer suceso del mundo, pero no en motor del Mundo (desde la Nada).
El Mundo inexistente de la singularidad “nada” seguiría inmutable si no fuera porque surge una diferencia: esa distorsión gravitacional que supera los límites de su propia estabilidad67. El Mundo pues, en la cosmogénesis científica, no tiene una causa ajena a él (ni siquiera una casualidad) sino que el propio desorden, la incapacidad de las leyes físicas para controlar unas condiciones extremas, es el primer y único momento sin orden que precede al Mundo ordenado, científico y causal.
Se transforma lo inexistente por carecer de toda forma de espaciotiempo en algo que no logra mantener su estabilidad porque hay un “exceso”. No es que haya algo diferente a la singularidad, sino que ella misma se enfrenta con su exceso, con su propia naturaleza desequilibrada. Es la imperfección, el caos, no el motor sino la ignición, el primer movimiento del Mundo como orden. Y en este ser un primer movimiento radicalmente distinto a los demás es en lo que se establece la “causa” (si es que queremos expresarlo así) del Mundo en su conjunto: por la dicotomía caos-orden ya dada sin necesidad de una causa extramundana68.
La singularidad primigenia no consiste en un exceso de materia, ni siquiera de energía, sino de algo que sólo podríamos denominar, desde un punto de vista operativo, “ella misma” con relación a la cantidad de espaciotiempo disponible. Existe pues, en el primer suceso del Universo, la singularidad “mundo”, un desequilibrio, un desfase entre algo consigo mismo. El caos sólo puede devenir en desajuste, en desfase. Tal vez un desfase mínimo, casi inapreciable, pero suficiente como para prender la mecha de la Creación, es decir, como para causar sucesos, e impregnar de desfase a todos los sucesos posteriores. Este mecanismo científico, que entiende la radical diferencia del protohecho inicial como “nada” (o caos, o imperfección) para que el Mundo sea eterno y explicable en sus propios términos de devenir, sin necesidad de una causa ordenada, Dios, que da origen al Mundo ordenado, tiene una profunda connotación shukultiana al presentar un motor negativo basado en una imperfección cuya huella sigue presente en el devenir del Universo como desfase, desacople, irregularidad o desequilibrio físico, a no ser que transformemos dicha imperfección en algo positivo y, por tanto, en una perfección que debe alcanzar desde un instante cero en el que el desequilibrio (la imperfección) es máximo hasta un punto futuro al que se tiende pero nunca se alcanza, movido el Mundo por la necesidad de hacer plena esa perfección potencial69.
Ese algo, diferente a materia y a energía (puesto que no hay materia ni espaciotiempo, carece de sentido hablar de energía), debe ser “algo”, y a la vez, espaciotiempo en el que no cabe ese algo. La explicación alternativa a la de una anticausa es, en la mejor tradición tautológica, un truco sinonímico: la tendencia a infinito. El estado homogéneo e isotrópico encuentra un motor causal positivo a su natural quietud en la tendencia a infinito. Pero la tendencia a infinito es un concepto del mismo rango que la “potencia del Ser”. Por tanto, el Universo científico nace de una réplica mundana de la Nada (caos, imperfección, imposibilidad) shukultiana para transformarse inmediatamente en orden. Un orden que, de alguna manera debía contenerse en el caos inicial como potencia que se actualiza despertada por el grito de ese protohecho, por el simple caos como grito y, a partir de ese momento, ordena el movimiento del mundo según un orden preestablecido (en las leyes físicas) que no tiene más remedio que guiar el devenir el Mundo hacia el completo orden: el máximo equilibrio.
Si de ese máximo equilibrio, convertido en un nuevo caos, en una nueva singularidad “mundo” se sigue un nuevo comienzo, o una nueva forma de mundo es la cuestión central del debate cosmológico. Pero lo determinante para esta cuestión central estriba en ese salto de “Nada” (caos, imposibilidad) inicial a potencia (de orden). Que del caos inicial devenga un mundo casual y desordenado (desajustado, desfasado) de simples sucesos es coherente, pero que ese caos devenga inmediata e incausadamente en orden significa aplazar truculentamente el problema de la cosmogénesis (del Mundo ordenado) a un momento anterior que ya hemos dado por hecho pero del que no hemos hablado (ni queremos hablar para que el mundo pueda ser científico). El espaciotiempo inicial, el protohecho incausado ya como potencia del Ser que late en la Nada o de la tendencia a infinito debe, a su vez, encontrar una explicación causal (imposible) y no simplemente una apelación a lo ignoto (al abismo primigenio) donde “surge” la distinción Ser/Nada en cualquiera de sus sinónimos70.
Esta definición de “exceso”, aunque evoque una singularidad “nada” realmente extramundana para explicar el salto del caos al orden, a la mágica aparición de leyes operativas que logran controlar las condiciones físicas del universo hasta ese momento, incontrolable, está realmente refiriéndose al instante primero, a la singularidad “mundo”, a la época de Planck, inmediatamente tras la cual sucede inadvertida, aunque realmente, una singularidad “nada” de la que surge el orden del Mundo. Como tras la singularidad “mundo” no hay pasado ni, por tanto causa positiva (asociada al espaciotiempo) ese exceso no establece la causa de los acontecimientos de dicho instante, sino que describe el proceso inventando una innecesaria causa positiva: esa singularidad “nada” superpuesta a la singularidad “mundo”71.
Las posiciones de partida de la cosmogénesis Inhiek, recogidas por las culturas antiguas, hablan de un estado inicial de indiferenciación y quietud. Ahora bien, esas cosmovisiones antiguas suelen responder la pregunta de ¿qué rompe la quietud? apelando a un suceso de autoconciencia espontánea que luego se actualizará como Dios demiurgo, o se desvelará como el Dios preexistente al Mundo.
Si el estado de indiferenciación de la Singularidad Primigenia no puede ser alterado por lo que hay dentro de ella, pues es homogéneo e isotrópico, ¿qué perturba esa quietud para crear el Mundo? ¿El orden de las leyes físicas que toman las riendas de los acontecimientos justo después del caos ingobernable del primer suceso, la singularidad “mundo”?.
Estamos, pues, en una situación muy parecida a la que presenta el Shuk-Ul, donde el universo surge por la imposibilidad de existir de la Nada. Y, operativamente descrito con un lenguaje más usual para nosotros, el universo surge porque no hay correspondencia entre la quietud del SerNada y un elemento sobrante que no encuentra sitio en el espaciotiempo homogéneo e isotrópico que define ese SerNada. La diferencia es que la mística recogida en el Shuk-Ul va más allá de ese momento, el protohecho, en el que el elemento sobrante lo descoloca todo en un desorden que dura hasta nuestros días. Pero la física teórica, como el resto de las cosmogonías terrestres, no se atreve a ir más allá de ese protohecho específicamente denominado época de Planck. Sencillamente aceptamos que, no sabemos cómo, se llegó a esa situación de exceso72. La peculiaridad de la Ciencia, y de todas las cosmogénesis sin cosmogénesis, es decir, las de Mundo eterno, es que ese exceso (singularidad “mundo” como caos) se torna en una historia contada al revés en la que debía ser precedente singularidad “nada” de la que surge un Mundo desordenado. Pero debe hacerlo así para explicar la creación de un Mundo ordenado… sin nadie que lo ordene.
La Nada crea, no un Mundo desordenado y desfasado como en la concepción shukultiana, sino un Mundo ordenado, como en la concepción naumori. Y eso lo explica la cosmología mediante la alteración del orden “cronológico” normal de la cosmogénesis: Nada o Ser, según se parta de una concepción shukultiana o naumori, de la que se sigue una singularidad “nada” a la que sigue una singularidad “mundo” (un protohecho) del que deviene un Mundo ordenado o, directamente (sin ningún protohecho como tal) un Mundo desordenado. El Mundo es increado en un primer hecho, la singularidad “mundo” (la época de Planck), que genera “automáticamente” una singularidad “nada” imperceptible, donde el desorden inicial se trasmuta en orden.
En la época de Planck, las cuatro fuerzas fundamentales estaban unificadas, en una única, indistinguible (e inconcebible) fuerza. Esta fuerza unificada regía un universo perfecto que se encontraba en un estado imperfecto debido a la disonancia entre el espaciotiempo y el suceso (materia, energía…). “Faltaba” espaciotiempo y el Mundo singular, movido por esta disonancia, por la imposibilidad de ser tal universo estable y, en ese sentido, ordenado, no tiene más remedio que desestabilizarse… en busca (automática e inexplicablemente) de la estabilidad, del orden. Pero, ante esta descripción inicial en la que cabe tanto partir de la singularidad “mundo” cuyo motor es la fuerza latente que implica la disonancia de una naturaleza perfecta dada en unas condiciones extremas (imperfectas) hacia la que no tiene más remedio que dirigirse ese protohecho ya como “Mundo”, ese motor debe retrotraerse con posterioridad hasta una singularidad “nada” shukultiana.
La Cosmología actual, que se empeña en describir el Mundo según la idea de perfección y causa positiva de la tradición naumori (el Mundo es tal, cuando las leyes físicas lograr gobernar las condiciones físicas del Universo), es incapaz de explicar concreta y convincentemente porqué y con relación a qué, en un estado en el que las leyes físicas son inoperantes bajo unas condiciones desconocidas y extremas, ese universo caótico e indistinguible da lugar a una distinción como la tendencia al infinito de la presión o la disonancia entre materia y espaciotiempo.
Hablar, por ejemplo, de gravitación, de energía o de cualquier otra cosa carece siquiera de sentido teórico, pero, en cualquier caso, esa desestabilización que se inicia con la inflación cósmica postulada por Alan Guth, en la que el “universo” sufre una expansión exponencial causada por la energía del vacío (la misma idea de “vacío” común a todas las cosmogonías de la antigüedad) que deriva en una “presión negativa”, es, o así puede también interpretarse, la misma inestabilidad y desfase que, según la concepción shukultiana, caracteriza a nuestro Universo actual. La separación de las cuatro fuerzas fundamentales es la consecuencia de esa desestabilización. Pero ese primer acto del universo no consistió en una separación como tal, dado que, antes, la única fuerza que existía era la propia desestabilización en la que se expresó el desequilibrio de densidades: la no-fuerza de la imposibilidad del existir de la Nada.
Por tanto, también desde una coherente cosmogénesis científica y no sólo desde la concepción shukultiana, este universo en el que vivimos y donde esas cuatro fuerzas fundamentales se encuentran aún separadas, es una anomalía física basada esencialmente en la inestabilidad73. La cosmología, para ser consecuente con su cosmogénesis, debería aceptar, sin dejarse “amedrentar” por las ideas naumori, que estamos viviendo en la última fase de la Singularidad Primigenia, al final de la singularidad “mundo” y no en el Universo ordenado y estable (aunque expansivo) que imaginamos tras suponer (sin hablar científicamente de ella) una singularidad “nada” de la que, sorprendentemente, deviene directamente la misma clase de orden que se sigue de la potencia de Ser de las cosmogonías naumori.
El Universo no se mueve tirado por la perfección que le corresponde sino, empujado por la imperfección de su naturaleza, casualmente (y no causal y teleológicamente dirigido) hacia un estado más estable, nítido y unívoco pero, no por eso, más perfecto. La teleología, lo veremos más adelante, es asimétrica y ortogonal. Por tanto, no tiene nada que ver con nuestro concepto convencional de teleología asociado con intencionalidad, continuidad y progreso.
Cosmogonía shukultiana
Sólo se puede crear desde la nada si sólo hay Nada.
La Ciencia actual difícilmente aceptará que nos encontramos en la misma singularidad espaciotemporal con la que se inició el universo, ni siquiera con la salvedad de que estamos al final de esa singularidad y que, por tanto, las condiciones físicas son distintas a sus primeros instantes. Pero sí podría aceptar que muchas de las características físicas de nuestro Universo son más parecidas a lo que suponemos que existía en esa singularidad, la época de Planck, que a lo que predice nuestro entramado perceptivo-conceptual con el que fabricamos una realidad virtual que nos ayuda a apostar por el éxito biológico en un universo esencialmente ambiguo y desajustado al que sólo podemos acceder mediante la probabilidad y la intuición.
Sin un axioma que plantee los términos del debate cosmológico lejos de la gravedad de nuestra propia (y sesgada) forma de conocer y de la tradición científica erigida en Verdad por ser, simplemente, la última frase del debate científico dicha por los más populares blogueros del foro “física teórica”, no podremos encontrar solución a las contradicciones en las que seguimos atrapados desde la Antigüedad, a pesar de contar con instrumentos de observación jamás soñados. Y ese axioma es que hay un desajuste o desfase esencial en el Universo. O, al menos, que este desajuste se produce en algunos de los parámetros fundamentales, y que ello distorsiona la visión de conjunto del Universo. Es posible que existan parámetros o aspectos ajustados o casi tan ajustados como nuestra razón fabrica, pero ni siquiera somos capaces de ver esa parte ajustada tal y como realmente se produce porque al tomar los parámetros desajustados como términos ajustados y reales vemos todo lo demás de forma equivocada.
Si interpretamos que el palo realmente se dobla al entrar en el agua, todas nuestras ideas quedarán contaminadas por esta equivocación, incluidas aquellas que serían acertadas si partieran de la idea de que nuestros sentidos, en la mayoría de los casos, no nos engañan.
¿Qué ocurriría si aún nos encontráramos en esa singularidad inicial de la que habla la ciencia y el orden basado en un espaciotiempo métrico, donde hay realmente distancia y duración, fuera la obra de un “delirio” por el que trasladamos directamente y confundimos nuestra forma de percibir y conceptualizar el Mundo con la realidad de ese Mundo? ¿Qué sucedería si no logramos relacionar todas nuestras teorías, las fuerzas y los fenómenos físicos porque, sencillamente, ese orden relacional no existe (todavía) en el Mundo, y no porque aún no seamos capaces de descubrir la unidad que las relaciona coherentemente?
Partir de la suposición contraria a la que hasta ahora hemos aceptado casi universalmente, la de que hay un orden unívoco, claro e inamovible que explica los sucesos, puede servir para aceptar que hasta ahora no hemos encontrado ese orden, sencillamente, porque no existe.
Un sinorden o un orden radicalmente distinto a lo que suponemos, en el que ciertos parámetros o aspectos están desajustados o desfasados y distorsionan la visión del conjunto. Esa podría ser la hipótesis aceptable por la Ciencia del foro. Pero incluso esa aceptación de un desajuste parcial llevaría finalmente a la aceptación de un Universo afectado en su conjunto por el desajuste y, por tanto, guiado por un orden distinto al que prescribe nuestra concepción de causalidad lineal. Un orden esencialmente casual, en el que debemos detectar pautas de regularidad o invarianza para, sobre ellas, construir modelos virtuales (perceptivos y conceptuales) que nos ayuden a crear las altas probabilidades en los sucesos sobre las que, a su vez, inventamos certezas causales que nos tranquilizan.
Por tanto, o se defiende a capa y espada un modelo de Universo que se corresponde con el orden previo que informa a los sucesos, esa esquirla divina manifestada como leyes naturales con las que comprender y predecir al mundo, o hay que crear una nueva cosmovisión que, aunque no nos tranquilice, sí nos acerque más a la realidad ambigua, desajustada y casual del Mundo, renunciando a la inútil búsqueda de una teoría unificada que desvele el misterio y nos revele el orden al que se sujeta el devenir del mundo y de sus criaturas.
Ser y Nada
Según el Shuk-Ul, Ser y Nada, precisamente porque son indistinguibles, y en esa indistinción surge el Mundo como existencia, como suceso, no son opuestos entre sí, sino que ambos, Ser y Nada (como una misma cosa), se oponen a la Existencia. El ser de la Nada se opone a la existencia del Mundo, pero la Nada no se opone al Ser porque, sencillamente, ese Ser como tal ni es ni existe74.
- Para que algo exista no puede ser o, lo que es igual, no puede ser “nada”; y para que la Nada sea no puede existir.
En la Creación sólo se da el ser de la Nada y no hay ningún otro ser que no sea el de la Nada. Una idea aparentemente enrevesada pero que, vista sin los prejuicios tautológicos de nuestro modo de pensar, resulta esclarecedoramente sencilla y bella.
- La idea fundacional de la cosmogénesis shukultiana descansa en una sencilla frase: “Para que la nada sea, debe existir el mundo”.
La cosmogonía shukultiana invierte los términos del propio planteamiento cosmogónico y donde debiera decir “choque” habla de “no-choque”. Un no-choque que es el primer motor verdaderamente inmóvil que, por imperfección, desencadena desde la más estricta nada la primera y única dicotomía: “ser/nada” contra “existencia”75. Una dicotomía que requiere que la creación del Mundo sea un proceso constante y eterno, fruto de un desequilibrio congénito a la Nada.
El Mundo siempre debe estar creándose desde la Nada o, de otro modo, desaparecería.
Esa misma indistinción de que sólo es Nada, cuyo ser requiere el no existir, es el primer motor inmóvil que, por inacción, es decir, por la imperfección de que la única “forma” de Ser es el de la Nada, desencadena un proceso constante y eterno y no un único acto desencadenante de la máquina mundo de sucesos.
- La Creación no es un acto fundador sino un trabajo inacabable.
Nuestras cosmogonías, aunque hagan referencia a la Nada como causa del Mundo, se refieren realmente a la versión naumori que parte de una división preexistente entre (potencia de)ser y nada como causa de la existencia. Una división que, pues se da entre el ser y la nada, implica que sólo se da el Ser, que deviene con su propio existir, y que la aniquilación (de la imposibilidad de que la nada sea) genera su propia y efímera existencia como espaciotiempo, el mundo. La existencia del Ser y la del mundo son distintas76. Pero, en cualquier caso, sólo aceptando esa dicotomía inicial podemos atribuir al ser y a la nada las propiedades que sus respectivas naturalezas les atribuyen para que, a partir de ahí, ya no sea necesaria dicha dicotomía, pues la nada puede y debe no ser. La consumación de esa imposibilidad de ser, junto a la consumación de la potencia del ser, devienen en mundo como existencia espaciotemporal77.
Para el Shuk-Ul, la existencia no es la simple consecuencia del ser del Ser, ni la consecuencia del no ser de la Nada.
- La Creación, para los naumori, es única e irrepetible.
Una vez “destruida” la nada en su imposibilidad y constituida la existencia inmanente del Ser, que antes era sólo potencia ya no vuelve nunca más a darse las condiciones de la Creación del mundo78.
Tras ese protohecho constituido por una división “latente” entre ser y nada o cualquiera de sus sinónimos, el primer suceso de mundo (no el eterno suceder del Ser) se representa, pues no tenemos forma de describir su naturaleza, por un elemento: el agua, el aire, el fuego o la tierra. Donde el elemento que mejor expresa esa “diferenciación latente” en el seno de lo indiferenciado, es el abismo acuoso.
Uno igual a Cero
La unidad dicotómica, o es una contradicción ignorada, o es una imperfección fundacional.
Pensar en el inicio del Mundo significa pensar en la Nada y en cómo de esa nada, y sólo de esa nada, surge el Mundo.
Tanto si la Nada es ausencia absoluta (incluso de vacío o de ausencia), como si es un mundo isotrópico compuesto por elementos iguales e igualmente dispuestos y, por consiguiente, completamente quietos e indistinguibles, no hay ningún suceso y nada puede suceder. Nada y ese mundo perfectamente isotrópico son equivalentes y, en este primer y misterioso momento, sinónimos.
La idea de un motor cosmogónico causal sólo tiene sentido en la propia concepción de un Universo perfecto en el que tiempo y espacio están separados y las fuerzas fundamentales se encuentran concertadas. Un Universo estable, en el que no existe la distorsión de ningún desfase y la función del Todo es, al unísono, su propia variable79. Un Universo que requiere de la Nada “perfecta”, en cuya quietud inalterable, misteriosamente, se puede sustentar la concepción de una causalidad asociada al espaciotiempo gracias a que no puede contaminar al mundo ni verse afectada por él. Una causalidad positiva y activa.
Esta idea es consustancial a una concepción del espaciotiempo lineal, donde existe duración y extensión tal y como comúnmente las concebimos. Pero en una singularidad como la que vivimos, el peso del espaciotiempo lineal (virtual o real) es muy bajo y las condiciones físicas (y lógicas) del Universo vienen determinadas por el espaciotiempo unidimensional en el que no hay propiamente duración y extensión.
Desde un espaciotiempo puntual sólo cabe establecer el motor inicial del Mundo en una nada “imperfecta” donde la quietud es imposible debido a que esta situación de imperfección isotrópica supone, en sí misma, una inestabilidad esencial que requeriría de un motor causal activo para preservar la quietud y evitar su movimiento espontáneo, y no para sacarla de su quietud absoluta e indiferenciada.
- La Nada es indiferenciada y, por eso mismo, esencialmente “inestable”.
Por tanto, esencialmente inactiva. Entendiendo por “inactiva” una situación espontánea que, desde un equilibrio imposible, inevitablemente lleva al desequilibrio, es decir, al movimiento.
La máxima inestabilidad no necesita de ningún motor para salir de la quietud, pues se corresponde con la máxima inquietud80.
Debido precisamente a nuestros esquemas perceptivo/conceptuales se nos hace muy difícil aceptar una posición inicial de imperfección e inestabilidad aunque esta alternativa tenga, cuando menos, las mismas posibilidades que la contraria y, además, “resuelve” el problema cosmogónico de la Creación de forma limpia y sencilla.
La unidad inicial es equivalente a la nada, pues ambas son indiferenciables, inmóviles, inmutables. La equivalencia de la indiferenciación establece una igualdad. El solo “uno” es indiferenciable y, por tanto, igual a “cero”. La unidad sin referencias, sin diversidad es igual a la nulidad.
Da lo mismo que partamos de la unidad llamada nada o de la unidad llamada Ser. Igual da que llamemos a lo indiferenciable, inmutable, inamovible, incompuesto y solo, Dios o Satanás, ninguno podrá crear nada pues, para ello, necesitaría de una diferenciación, de un movimiento, de un cambio, de una composición o una relación.
Sólo en una dicotomía inicial que, misteriosamente existe ya y de cuyo origen prescindimos, se puede dar la Creación. Pero, como hemos visto, donde ya hay algo no puede darse la Creación. Podremos llamar al proceso de multiplicación de la diversidad inicial “Creación”, pero no es tal.
En la concepción shukultiana no existe una dicotomía inicial. Ni siquiera el truco de un paso intermedio (la potencia de ser) en el que en la Nada surge una dicotomía y, de ella, el Mundo.
Si pretendemos el origen del Mundo a partir de la perfección o cualquiera de sus sinónimos, necesitamos una dicotomía latente, un protohecho. Cuando, por el contrario, explicamos el origen a partir de una imperfección o, simplemente, no imponemos la necesidad de perfección, sólo necesitamos a la Nada: la imposibilidad de que la Nada exista como tal nada81. Que la nada sea tal Nada implica que no necesitamos nada para iniciar la Creación, y eso ya es algo, pero algo único e indiferenciado.
- La fórmula matemática más simple para expresar el ser de la Nada es 1=0.
En las entrañas de la Nada concebida como tal “Nada” y no desde el paso posterior en el que hablamos poética o mística (o físicamente) de abismo acuoso primigenio o cualquier otro sinónimo de la dicotomía latente o protohecho original, no hay mucho margen para conjeturas distintas a las shukultianas. O la Nada es o no es. Y, si no es, entonces, debe ser el Ser. Pero, en cualquier caso, y aquí es donde toda la potencia lógica shukultiana se pone de manifiesto, donde no se diferencia nada, porque sólo hay una cosa, el Ser, no hay ninguna diferencia, nada se distingue. El Ser y la Nada son lo mismo porque equivalen a indiferenciación y, en la indiferenciación, equivalente es lo mismo que igual. Se produce una situación mística, metafísica y física de absoluta inestabilidad, puesta de manifiesto en que el ser de la Nada, 1=0, requiere la existencia de algo a fin de evitar que la nada exista y, con su existencia, deje de ser nada para ser algo.
Así definida, la inestabilidad absoluta es el único motor inmóvil que podemos concebir con algún sentido (ignoto, como veremos). Pero, entonces, si se parte de una radical imperfección e inestabilidad, tras la consumación de la diversidad de la Existencia el ser de la Nada podría diferenciarse de la existencia y alcanzar a ser el Ser.
En efecto, si la equivalencia implica una igualdad cuando se da una situación de indiferenciación, al desaparecer esa situación de indiferenciación porque ha surgido el mundo, entonces, la igualdad desaparece y “uno” deja de ser igual a “cero” o, lo que es lo mismo, el “Ser” deja de ser igual a la “Nada”. El Ser de la Nada se independiza de esta y queda como Ser Absoluto.
La ignición shukultiana desde el motor inmóvil de la sola nada, ha dado lugar al protohecho naumori en el que la potencia de ser se transforma en Ser gracias al mundo, a la existencia. La Creación adquiere así un sentido tan sacrílego como lógico: es una parte necesaria del proceso de creación de Dios82.
Pero esta alternativa tiene un problema. La nada sin ser volvería a ignicionar para poder ser tal Nada y crearía un nuevo mundo y un nuevo Dios. O, si ya no es necesaria la nada, el Ser debería mantenerse siempre relacionado con el mundo para evitar quedar sólo y, entonces, pues en su indiferenciación 1=0, todo volvería empezar.
Tanto 1 como 0 generan con su simple unidad (con la igualdad de su distinción) un mundo representado por cualquier valor distinto a ellos. Pero, ¿cuál puede ser la fórmula que represente esa unidad de la distinción en la que existe un valor distinto a ellos, la fórmula shukultiana por antonomasia, la formula de la existencia, del suceder, en el que está grabada la imagen de la Creación?
(0+0)=0
Donde +=1.
Pero para que no se derive hacia una nueva nada o hacia un Ser en el que todo comience (o termine, da igual) es necesario que ese mundo de simple existencia se vea sucedido por un mundo de ser existente, donde ese ser de la Nada (ella necesita no existir para ser) exista, pues de otro modo sería nada. Ese mundo es el de los seres existentes, un mundo al que evoluciona nuestro mundo de simples sucesos. Y ese mundo vendría definido por la siguiente fórmula:
[(0+0)=0]=(1╪0)
Donde 1 se mantiene diferenciado frente a 0 gracias a la existencia del Mundo. Después de este paso, como ya no existe la imperfección inicial, nunca más vuelven a reproducirse las condiciones necesarias para una nueva Creación. El Mundo no vuelve a empezar de cero porque nunca más se dará 1=0, aunque el eterno devenir del Ser (existente) provenga, como todo suceso, de la Nada83. Pero, además, el ser no puede devenir en absoluto dado que su existencia no se corresponde ni deviene de su solo ser.
Con el ser del Ser Absoluto desaparece el ser de la Nada, con los seres existentes no desaparece el ser de la nada porque estos no requieren de la perfección para existir dado que su existencia, como hemos dicho, no deviene exclusivamente de su propio ser. Y, si desaparece el ser de la Nada, regresamos a una situación en la que, o el mundo es eterno (como un dios frente a otro dios) o, cuando se extinga, regresaremos al inicio, pues ese Ser Absoluto debe ser perfectamente isotrópico.
Y a todo esto, si no existe el ser del Ser, ¿dónde queda Dios?
Si no existe ni nunca lo hará un Ser Absoluto y Perfecto, sino el mínimo ser del suceder (que se corresponde con el ser de la Nada) y una multiplicidad de seres existentes y, por tanto, no absolutos ni perfectos, o Dios no existe o es algo muy distinto a lo que hemos supuesto.
Tenemos un Mundo Nada, del que surgen los sucesos. Un mundo de simples sucesos sin ser y un mundo de seres que existen. Pero esos mundos, o son distintos momentos (o fases) de un solo mundo, o forman parte de un Universo de mundos. Y, si forman parte de otro mundo o universo, ¿qué sentido tiene hablar de distintos mundos? Debe haber algo que relacione a esos mundos distintos los unos de los otros, regidos por naturalezas incompatibles entre sí, pero que no los convierta en partes de una realidad supramundana.
Pues bien, eso que relaciona mundos incompatibles entre sin convertirlos en partes de un mundo superior es, para el Shuk-Ul, Dios. Gracias a este Dios, la Creación se mantiene y no deviene en Ser Absoluto y Perfecto, es decir, en lo que la tradición naumori y la inmensa mayoría de las cosmovisiones terrestres entienden por “Dios”. Dios es lo que evita que se alcance la perfección del Ser Absoluto y, en ella, se disipe la existencia del mundo. Dios, para el Shuk-Ul es el que nos salva de Dios. Del Dios Perfecto naumori.
La matemática del contable
Contando estrellas nunca encontrarás el Cielo.
Poseemos una formulación matemática tan sencilla como elegante para comprender el concepto de anticausa o motor inmóvil shukultiano. Pero para comprender esta alternativa debemos caracterizar el simplista modelo matemático que, por mucho que se haya sofisticado, aún utilizamos de forma mayoritaria y cuyos principios fundamentan la práctica totalidad de nuestras formulaciones, incluso las más complejas y extravagantes.
Resulta absurdo pensar que la misma matemática neolítica (la del mercado de ganado y el almacén de grano y el trueque) que sirve para contar el número de ovejas, la extensión de los predios y el volumen de las cosechas es igualmente apta para explicar el origen y funcionamiento del Universo. La evidencia simplista que el hombre neolítico (nosotros) identificamos con realidad es la misma por la que el ojo desnudo verifica que la tierra es plana. Esta misma matemática es la que, absurdamente, si lo pensamos desde un punto de vista distinto al del agrimensor, el funcionario de grano o el tratante de ganado, concluye que cualquier número multiplicado por cero da un valor nulo.
En una matemática de pérdidas y ganancias, cero es la ausencia absoluta. No tenemos, pues, en esa matemática contable que se ha querido engrandecer, sin salir de sus planteamiento simplistas, hasta describir el Universo lo mismo que asienta la contabilidad de un negocio o registra el patrimonio de un hacendado, ningún elemento que represente el valor cero como un valor numérico vivo, aunque su vida sea radicalmente distinta a la de los demás números. Un valor vivo y operativo con el resto de los números y no una mera designación de “lo no numérico”.
Con esta matemática, por mucho que pretendamos complicarla (sin salir de sus planteamientos fundamentales), no podemos describir coherentemente una cosmogénesis ni su consecuente cosmología porque todos los caminos conducen al cero contable de la “ausencia absoluta”. Y desde el cero, momento anterior al inicio, como simple denominación numeraria de lo no numérico, es imposible explicar numéricamente la Creación. Sólo un planteamiento matemático que contemple el concepto de cero caracterizado, además de por esa simple ausencia absoluta, por una naturaleza operativa en el mismo rango que el resto de los números, aunque muy diferente al resto de los números, puede servirnos para construir una imagen sobre la cosmogénesis que no chirríe con cualquier descripción posterior del Universo, sea esta científica, filosófica, religiosa o mística.
Podemos sintetizar en el concepto de “motor inmóvil” un planteamiento común a todas las cosmogénesis, las que parten de la misma Nada, las que lo hacen de un Ser eterno llamado “Dios” o las que llaman a ese Ser eterno “Universo” o “Cosmos”, y tratar de describirlo con la matemática contable para descubrir cómo es el propio instrumento (el mismo bolígrafo numérico) el que impide resolver el problema.
Para las matemáticas convencionales, cualquier valor multiplicado por cero es nulo. La interacción con el cero (multiplicación o división, pero no, curiosamente la suma y la resta) anula cualquier valor, cualquier movimiento y, por tanto, necesitaría, luego, una mínima porción de valor no nulo para romper y salir de esa nulidad (y crear al Mundo)84. Sin embargo, desde una concepción matemática no contable (ni convencional, aunque extravagante) la relación (sea la que sea) entre cualquier valor con cero (incluido el mismo cero, pero no como representación del valor nulo) da como resultado un valor aleatorio no nulo. Y esa aleatoriedad es la representación del aspecto de la Nada distinto a ausencia absoluta. La aleatoriedad es una expresión mundana de la inactividad de la nada.
- La representación matemática del motor inmóvil o espontáneo es que cualquier valor multiplicado por cero no da como resultado un valor nulo sino un valor no nulo aleatorio (impredecible) o espontáneo.
(x*0)=y85.
Para que el resultado sea aleatorio o espontáneo la relación debe ser una función de los valores relacionados. Por tanto, da igual multiplicar que sumar y, de este modo, (x*0) es lo mismo que (0+0), donde alfa es el mínimo valor antes de Nada.
Así, y dado que [(x*0)=y]equivale a [ (0+0)=alfa], cualquier valor espontáneo, fruto de la relación con cero, da como resultado alfa, pues es la única medida de la espontaneidad puntual que podemos obtener en un sistema lineal de duración-extensión. Ese cero que se relaciona con otro (cualquier) valor se corresponde con el vacío puntual86.
Y ese alfa, cuyo valor es cero, puede tener en un sistema lineal cualquier cifra. Por tanto, cuando desde un espaciotiempo lineal (extenso y duradero) relacionamos un valor con cero, obtenemos una cifra impredecible pero siempre equivalente (aunque no igual) a alfa.
Sin embargo, cuando el valor que relacionamos con cero es “cero”, obtenemos una cifra no impredecible aunque igualmente aleatoria: alfa. Ese es el resultado de la matemática no contable, aunque estrictamente lineal (por tanto, lógica en el sentido convencional del término) de la relación matemática de cero con cero: la Creación desde la Nada.
- La Nada, en su insalvable soledad, enfrentada consigo misma es, además de ausencia absoluta, espontaneidad, anticausa, imposibilidad e imperfección.
El ser de la Nada se enfrenta con un (único) aspecto de sí mismo necesario para ser tal Nada. La imposibilidad de existencia. Y esa imposibilidad, añadida a la ausencia absoluta, es la que convierte la imposibilidad e imperfección en anticausa, en motor inmóvil del que espontáneamente surge cualquier valor (puramente aleatorio). Pero esa operación queda resumida en la replicación de la Nada consigo misma: (0+0)=0, donde la resultante es ya, algo distinto: alfa. La relación fundacional, que representamos por “+”, es la de la imposibilidad de su existencia para que sea posible el ser de la Nada.
Todas las demás relaciones, desde un punto de vista esotérico, son réplicas de esa relación fundacional. De hecho, la existencia, que proviene de la imposibilidad de existencia de Nada, la podríamos representar por “+”87.
Hemos visto que cualquier número multiplicado por cero da un valor aleatorio no nulo. Ese valor aleatorio es impredecible. Un valor perfectamente definido como “indeterminable” y, por tanto, con cifra real y conocida. Pero es indeterminable mientras no se produce. No es incógnito, sino impredecible. Es, por tanto una cifra conocida (definida perfectamente) de la indeterminación de su valor. ¿Y qué quiere decir esto de la indeterminación de su valor? Pues que siempre llegamos (matemáticamente) tarde a él (a la determinación del valor). Que no podemos predecirlo. ¿Y qué es este valor? Pues la representación matemática del instante puntual. Y el instante puntual es, a su vez, una representación de la anticausa, de la causalidad espontánea o casualidad, la cual representa el desfase esencial del mundo de los sucesos y, por tanto, la creación continua de Mundo, de sucesos. (0*x)=y es un sinónimo de la fórmula de la Creación.
El principio es la Nada.
El primer punto de una línea es tu conciencia: cero frente a cero.
Lo casual es otro nombre del motor inmóvil de la creación desde la Nada. Un nombre que puede darnos otra perspectiva con la que construir la representación (puramente evocadora) de algo tan inconcebible como el origen del Mundo.
La relación de cero consigo mismo (y con cualquier otro valor) no da un valor nulo sino un valor aleatorio y, por tanto, espontáneo. Puesto que puede ser cualquier valor, debe estar originado por ningún valor como causa, es decir, espontáneo y, en ese sentido, increado. El Mundo surge increado (espontáneamente), sin orden (casual) e impredecible (aleatorio).
La casualidad, de donde el Mundo surge directamente de la Nada y no de un protohecho constituido por una dicotomía, se puede, entonces, definir operativamente como causa espontánea suponiendo un continuo causal-incausal con un polo de valor positivo y, otro, de valor negativo. Pero se trata de una representación adaptada a nuestro modo de ver, a nuestro perspectivismo particular, el cuál se encuentra consustancialmente predispuesto a la concepción naumori.
Así pues, según esta representación, ¿qué ocurrió al principio?88
Que sólo se da la Nada (expresada como cero axiomático):
ô
Ese cero axiomático que representa a la Nada, quedaría definido en el continuo por un punto en el que los valores positivo y negativo son iguales:
ô <> î; ô=î
No hay, por tanto, causa positiva. Pero no “todo” es causa negativa, por cuanto el polo positivo, aunque tenga un valor “cero”, existe89:
ô=1; î=0
Que ô tenga un valor “1” significa que es la única causa negativa y, también, la única causa positiva, cuyo valor se corresponde con el “0” del polo positivo. Porque ninguno de los polos puede tener un valor cero o, si se quiere expresar así, el valor cero es ya un valor real (el de la “ausencia de valor”), ese valor cero debe designar realmente a la mínima porción de valor para el polo positivo. Una mínima porción que no se corresponde consigo mismo, como valor “0” del polo positivo, sino con el valor “1” del polo negativo expresado en términos positivos.
- En la Nada ya existe una diferenciación no dicotómica: la misma indiferenciación.
En el momento cero, la Nada, el valor mínimo de causalidad es la ausencia completa de causalidad que se corresponde con la sola existencia de casualidad, es decir con la Nada90. Por tanto, el valor “cero” del polo positivo es un valor real de dicho polo (un valor positivo) expresado como una equivalencia con el máximo valor del polo negativo: “1”. La completa nada (ô=1) es la mínima porción de algo (î=0). Luego:
(ô=1)equivale a (î=0)
Y este hecho (el primer hecho de que no hay ningún hecho), este estado inicial o momento cero, es “alfa”, la mínima porción de mundo, que se corresponde con la existencia de la casualidad.
[(ô=1)equivale a (î=0)] = alfa91
- La Existencia es cualquier valor distinto a “0” o “1”.
En este momento “alfático” comienza el Mundo creado desde la anticausa “alfa” como [(ô=1) equivale a (î=0)] y el motor de los sucesos deja de ser exclusivamente la Nada para ser también el Mundo. Pero esos alfas, (0+0) y [(ô=1) equivale a (î=0)], los dos lados del espejo, no son la misma clase de motor ni utilizan la misma energía. La Nada el motor creador de los sucesos (mejor sería decir “surgidor”) que el Mundo, motor colocador, ordena según la función constituida por la casual disposición de esos sucesos92. Pero ese “ordenamiento funcional” de los sucesos es también, en sí mismo, como expresión del valor del polo positivo (î=0), una causa de la creación de mundo. Una causa positiva “inerte” pues ese valor, (î=0), aunque tiene un signo positivo, es mínimo.
La causalidad, representada aquí como el valor “cero” (0) del polo positivo (î) del continuo es casi nula en nuestro mundo de sucesos. Pero en el mundo de seres (existentes) ese valor del polo positivo es mayor que cero y se corresponderá con la “calidad” de cada ser. Pero esto lo veremos más adelante.
1 La voluntad, al menos esta voluntad inicial, es la potencia del Ser, que, luego, se actualizará o malogrará a su paso por el tamiz del Mundo. La conciencia del Dios perfecto naumori no es más que su contemplación del Mundo. Dios, en sí mismo, no necesita ser consciente, tal y como entendemos nosotros la conciencia. Desde otro punto de vista, el shukultiano, la voluntad comparte el antiorigen e imperfección de la Nada, de la imposibilidad de su existencia, que se consuma en forma de existencia de Mundo. Y ese pequeño milagro de la creación continua es el que reproducimos cotidianamente, sin darle la más mínima importancia, en la soledad insalvable de nuestro yo, hecho de pura voluntad, es decir, de Nada.
2 Podríamos decir, en un juego de palabras tan del gusto henke, que la Creación es, de alguna manera, un acto fallido que encuentra el combustible para su ignición precisamente en el error, en la imperfección, en la imposibilidad.
3 Tanto en la concepción naumori como en la shukultiana, el mundo es un efecto colateral de la Creación. Pero en un caso la creación es la del Ser Absoluto y, en el otro, la del ser de la Nada. Las consecuencias, ese efecto colateral, serán radicalmente distintas.
4 Ese orden por el que se rige el devenir del mundo estaría determinado por la foto fija de las condiciones lógicas y físicas del instante de la Creación. Si no hubiera una sola Creación, cada momento creacional daría origen a un universo diferente, regido por la naturaleza de ese instante.
5 Se convierte en cristiano quien es bautizado, es decir, quien acepta el símbolo del agua como representación de la divinidad.
6 Igualmente lo hacían la totalidad de los pueblos del oriente medio (a excepción de los hebreos), así como, entre otros muchos, los griego y los romanos.
7 Nuestro cuerpo está compuesto en aproximadamente por un 75% de agua. Somos, pues, materialmente hablando, agua.
8 Curiosamente, en un reciente experimento realizado en el RHIC, donde el choque de dos núcleos de oro a velocidades cercanas a la luz ha provocado temperaturas de 4 billones de grados Celsius, los científicos constataron con sorpresa que el estado primitivo de materia resultante de dicha colisión se parecía más a un liquido que a un gas.
9 Esa potencia de diferenciación no impide la indiferenciación esencial del abismo primigenio. Pero, al mismo tiempo, constituye ya una diferenciación que se actualiza con la existencia del Mundo para dar plenitud a la perfección del Ser.
10 Ptah, Diaúsh Pitá, Prajapati, Zeus Pateras, Iuppiter, en muy distintas culturas de la antigüedad se repite el mismo nombre. La palabra, en el profundo sentido egipcio en que se la consideraba, tiene un poder trascendente, que se pierde en el origen y que puede ser rastreado en la variabilidad de los sucesos. El padre, Ptah, nacido en el abismo acuoso, Nun, representa a la tradición shukultiana, mientras el Señor y sus múltiples sinónimos, todos relacionados primordialmente con la realeza, el orden y la sumisión (y sólo secundaria y misteriosamente con la paternidad y el amor), representan la huella de la tradición naumori.
11 ¿Qué dirían esos sabios presocráticos al conocer que nuestra moderna ciencia física propone el origen del Universo en una explosión, es decir, en el fuego o, en cualquier caso, en algo físico y concreto?
12 Ese firmamento es la potencia naumori, el protohecho de la distinción indiferenciable (o diferenciable por el mismo vacío como sinónimo de nada activa) de la potencia del ser en la nada.
13 La causalidad lineal, secuencial, es en el fondo una caricatura de la creación. La misma noción de causa que manejamos de forma convencional maneja esa idea simplista y misteriosa de la creación.
14 Ni los sumerios, que los llamaban din-gir o anunnaki –“nobles señores” o “los que vinieron del cielo”-, ni los egipcios, que los llamaban neteru –“vigilantes”- se refieren a los dioses de, entre otros, los racionales y avanzados griegos. Así pues, una traducción adecuada y actual de ambos términos podría ser la de “seres superiores”. Por supuesto, también la de “extraterrestres”, pero este término tiene unas connotaciones emocionales muy negativas. Tanto como las que los términos “mitológicos” de las primeras civilizaciones tenían para los pensadores de la Grecia filosófica.
15 Finalmente, el caos es la más bella descripción de la potencia del ser.
16 La tierra desordenada y vacía plagia el concepto de indistinción-vacío junto al caos. ¿Cómo algo vacío puede estar, a la vez, desordenado? Este “truco” es fundamental a la hora de entender las cosmogénesis antiguas, porque introduce de tapadillo una diferenciación, el caos, el desorden, en lo que es vacío y nada se puede diferenciar… excepto ese desorden.
17 No resulta anecdótico recordar que la ciencia actual propone el elemento fuego como el protohecho del que surgió el Mundo: el Big Bang es, al fin y al cabo, una explosión.
18 Deviene en mundo, algo distinto a Ser y Nada, al no poder resolverse esa contradicción de los opuestos en sí misma, es decir, en términos de Ser y Nada. Por tanto, ya que no puede resolverse, se disuelve en mundo.
19 Aunque esta última reflexión es demasiado posmoderna, quizá no estuviera tan alejada de las concepciones egipcias y del pensamiento de Heráclito, para quien el Logos dota de cierta identidad al fluir de los hechos, pero una identidad lingüística, como simple convención, como el sencillo y silencioso mostrar con el dedo lo que hemos convenido en suponer idéntico al anterior suceso: “esa agua es la misma agua”. “Ese bañista es el mismo bañista”.
20 Debería haber añadido que es el primer filósofo original y genuinamente europeo. La filosofía europea es una prolífica variante de la concepción naumori basada en la oposición entre el ser y la nada, que acepta el principio mistérico de que el Ser Absoluto no deviene de la lucha entre la nada y la potencia del ser en el seno de un estado de nada activa latente, el abismo acuoso, sino que nace de una unidad o Ser Absoluto previo del que nace la potencia (el abismo acuso, y su actualización de la que deviene, residualmente, el mundo.
21 La cosmogénesis hindú, lo más cercano a la concepción shukultiana, podría resolver el misterio de la Creación al considerar que el no-ser sólo necesita no tener causa para crear al Ser y que de él, de su perfección, se siga el Mundo. Un devenir naumori explicado desde una concepción shukultiana de “anticausa”. El problema, como veremos, es que esta anticausa, este no-ser, requiere que el ser no sea para que el mundo exista.
22 Si hay algo distinto a nada con lo que pueda distinguirse el Ser y, por tanto, diferenciarse de Nada en “algo”, ese algo, tal vez los seres individuales del Mundo, establecería con el Ser una primera dicotomía sobre cuyo origen deberíamos responder.
23 Era ser en potencia, es decir, no un ser o el Ser. En la cosmovisión naumori subyace la idea de que la existencia es, simplemente, el Ser consciente, mientras que el Ser no necesita ser consciente (diferenciarse de nada) para ser. Pero un ser sin existencia no es el Ser Absoluto y, por tanto sólo puede ser la potencia de ser.
24 Una concepción plenamente asumible por la teoría increacionista del Universo, pues, si este surgió de nada, quiere decir que nunca fue creado.
25 Desde luego, el problema del horizonte desaparece al rechazar el dogma de la velocidad constante (y máxima) de la luz.
26 Incluso Dios y las realidades metafísicas son creadas en este proceso como productos psicológicos o culturales.
27 La fórmula general del perspectivismo parte del enunciado general de “Y si las cosas no fueran como estamos seguros que son (en todas partes)”.
28 Veremos que este hecho, el de llevar aparejadas contradicciones y soluciones, es una característica fundamental de la cosmología que responde, a su vez, a un planteamiento erróneo basado en suponer que vivimos en el Universo físicamente estable y ordenado que construye nuestra percepción y conceptualización para mejorar nuestra adaptación al medio.
29 ¿Podría ser: “el dinero hace más listos a los tontos”?
30 Lambda, la constante cosmológica de Einstein, es una expresión del valor de función del universo (inestable y desfasado) que depende de los casos concretos en los que suceda el universo. Por tanto, es ella la que depende de lo que ocurra y no la que informa a lo que ocurre. La velocidad de la luz en cualquier época y lugar del universo es distinta pero siempre manteniendo la misma correspondencia, al igual que ocurre con todos los demás sucesos, con el Todo. Si viviéramos en la época inicial del Universo, probablemente constataríamos que la velocidad de la luz es invariable con relación a las distintas condiciones locales de ese universo-época, aunque diferente de nuestro universo-época.
31 Ni siquiera con relación al pasado que, como veremos, no existe en cuanto tal en el espaciotiempo puntual de la singularidad. El Universo no se expande como acepción de incremento de tamaño total con relación al instante anterior… porque no hay, propiamente, instante anterior sino un Todo sólo referenciable consigo mismo, es decir, una función Todo como variable Todo que determina la posibilidad de Mundo concreto y la causa de su suceso.
32 La homogeneidad e isotropía se aplica exclusivamente a esta condición física de temperatura. Tanto es así, que se trata de reproducir las condiciones iniciales del Big Bang mediante la colisión de partículas a gran velocidad buscando generar enormes temperaturas.
33 Entender la idea cosmológica de la escuela a la que pertenece Einstein supone desvincular por completo la densidad de la temperatura y de la presión. Algo, ciertamente, desconcertante.
34 Como vemos, no resulta difícil ni, desde un punto de vista teórico (aunque, quizá, sólo academicista) caracterizar las grandes escuelas y teorías cosmológicas según las clasificaciones de la antigüedad, incluso las poco respetables, desde el criterio racional europeo (eleático), clasificaciones elementales jónicas de agua, aire, tierra y fuego.
35De nuestra marca y modelo de máquina biológica y, presumiblemente, de los dueños de la empresa propietaria de esa marca y modelo.
36 Un mundo esencialmente imperfecto, tal y como convencionalmente entendemos la imperfección: mal diseñado, incompleto, aunque sólo lo fuera con relación a nuestra idea de perfección.
37 Nuestra noción de causa se sustenta en un único aspecto de la causalidad: en la noción de precedente. Que 1 preceda a 2 (ni siquiera que siempre que se de 2 se de antes 1) no es razón suficiente de causalidad, aunque ocurra en el 100% de los casos. El precedente consecuente no establece, por sí solo, causalidad.
38 Desde un punto de vista radical, cada suceso es espaciotiempo y un muy poco de algo más.
39 La curvatura espaciotemporal de la que habla Einstein es, en realidad (o, mejor dicho, desde la perspectiva de la cosmología de universo desajustado), un aspecto del desfase esencial acentuado, como veremos, en la fase final de la singularidad como consecuencia del influjo de MSE, el universo ajustado, del cual la gravitación no es más que una de sus manifestaciones.
40 Podemos decir que, al menos en el caso de la física, durante los últimos cien años no ha existido ciencia, sino una discusión ensimismada en la que frecuentemente se perdía el sentido original y el alcance de los términos. Así, cuestiones generales como el orden o la causalidad quedaban atrapadas en lo que en su momento no fue sino un aspecto o ejemplo de esos conceptos generales: homogeneidad térmica, curvatura espaciotemporal…
41 Dentro de un mismo marco puntual.
42 Las constantes son espacios ciegos construidos activamente dentro de la matriz virtual perceptiva y conceptual mediante la que nos relacionamos con el Mundo. No es, ni mucho menos, en todos los casos una consecuencia natural de nuestra incapacidad instrumental para medir ciertos fenómenos concretos o condiciones físicas, sino un proceso complicado y activo con el que acentuamos estas dificultades de medida o, con mayor frecuencia de lo que imaginamos, ocultamos voluntariamente aquellos aspectos de la realidad física que no encajan en la predicción teórica por la que hemos apostado.
43 Teorías expresadas en el transcurso del debate en términos frecuentemente incompatibles con las hipótesis (como el efecto Doppler o la radiación de fondo) mediante las que, tomadas como evidencias, queremos comprobar esas propuestas. Por eso, el esfuerzo científico frecuentemente queda reducido a tratar de hacer compatibles los términos y planteamientos de las teorías con los de esas hipótesis aceptadas como criterios de verificación.
44 Albert Einstein centra la discusión cosmogónica en torno a la estabilidad del Universo. Después de que los términos de la teoría de la relatividad general exigieran un universo en contracción o expansión, algo que no cuadraba con su intuición ni con la opinión generalizada en ese momento, introduce una constante cosmológica que estabiliza al universo. Incluso esta polarización “estabilidad-inestabilidad” sobre la que se centra exclusivamente el planteamiento cosmogónico se reduce aún más cuando se define sobre la base de expansión-contracción o invariable. Un Universo estable no es un universo quieto, sin movimiento interno en la cantidad y disposición de la entropía, sino un universo que, con relación a alguna referencia externa, se expande, se contrae o permanece inmóvil. Así, cuando Friedman por un lado, y Lemaître por otro, consideran el Universo predicho por la teoría de la relatividad sin la constante cosmológica que lo mantiene estático, se plantean la necesidad de un inicio del Universo que Lemaître propone a partir de la explosión de un átomo primigenio. A esta pujante moda teórica de un universo expansivo se une el descubrimiento de un fenómeno que, junto a la radiación de fondo de microondas, supone el definitivo espaldarazo, no experimental sino observacional. En 1929 Edwin Hubble descubre que cuanto más lejos se halla una galaxia mayor es su corrimiento hacia el rojo. Esta separación entre galaxias sólo podía interpretarse de dos maneras: o era debida a un universo en expansión, o a un universo estático en el que se generaba continuamente nueva materia que compensaba la disminución de la densidad provocada por la expansión. Nadie, pues, dudaba de que el universo se expande. Lo que se debatía es si esta expansión disminuye o no la densidad del Universo. De hecho, la expansión del Universo no tiene por qué percibirse como separación y, por tanto, deberíamos llamar a esa expansión real pero imperceptible mediante un término que recoja mejor esos dos aspectos (expansión imperceptible). Podría ser, simplemente, “evolución”.
45 Debería ser, si lo reconociéramos, simplemente, un dato a tener en cuenta pero no un obstáculo en sí mismo. Una precaución, pero no un autoengaño que nos tranquiliza. Estas condiciones físicas no se refieren sólo a los mecanismos perceptivos y conceptuales con los que nos captamos el mundo, sino a las mismas condiciones físicas ambientales de nuestro entorno.
46 Ciertamente, en el modo que sea, incluso mediante lo que nosotros entendemos como “inconexamente”, todos los ámbitos de referencia de un mismo Universo deben estar relacionados, al menos, en el Todo de ese universo. Si no existiese ese Todo, ámbito de todos los ámbitos, no se trataría de un único universo. Pero también está claro que sólo podemos medir directamente en un ámbito de referencia, sea este el que sea, que esa es la primera dificultad con la que nos encontramos: definir nuestro ámbito de referencia directa.
47 Y la presión es eso que se corresponde con lo que común y localmente hemos definido, basándonos en las concretas condiciones físicas en las que vivimos, como “presión”. En otras condiciones físicas, probablemente, ni siquiera habríamos compuesto un concepto semejante a “presión”, y los parciales aspectos del complejo entorno físico que percibimos y conceptualizamos con este concepto de “presión” nos pasarían inadvertidos, así como sus efectos sobre las mediciones en otras variables físicas.
48 Lo mismo da ese nombre que otro, pero es mejor el nombre y la secuencia que pueda hacernos comprender con más facilidad las lejanas realidades sobre las que pensamos. Mejor expresar, sabiendo que es un simple truco literario, el origen y el desarrollo del Mundo por comparación con el origen y desarrollo de lo más próximo, importante y conocido.
49 Y así estamos todavía, en la sabiduría hermética que los griegos atribuían al antiguo Egipto, concretamente al dios Toth en su vocablo griego, Dyehuty en el egipcio. Esta confianza en la correspondencia directa y simple entre distintos planos, diferentes escalas y condiciones físicas, aún mostrando la idea de que debe existir una correspondencia consigo mismo de lo que hay como función a lo que hay como variable, el “Todo”, nos lleva al error de pensar que vivimos en un mundo estable y no en uno caracterizado por un desfase que convierte las imágenes en fotos movidas.
50 Son un magnífico buscador de invariaciones, de inmovilidad y regularidad.
51 Nada nuevo, pues esas zonas oscuras sin apenas variación son con las que construimos nuestra matriz perceptivo-conceptual mediante la que tomar decisiones en este mundo ambiguo y desfasado con la máxima probabilidad de acierto, de cumplir nuestros deseos y, sobre todo, con alto efecto tranquilizador. Recordemos que la principal razón (racional) para admitir la verdad de una proposición es que nos tranquilice.
52 La propia posibilidad que describe una función depende de los valores concretos que se hayan dado de entre el universo de posibilidades que ese mismo estado concreto de cosas predice con posterioridad a su concreción.
53 En cada relación se establece un código moral propio e imperceptiblemente variable que, en la medida en que se ajuste al código moral social, causará pocas distorsiones. Unas distorsiones que se confunden con problemas de relación pero que no son más que dificultades de “traducción” moral entre los códigos particulares de una relación binaria y los superiores.
54 Podríamos llamar a las constantes indefinidas pero determinadas “variables abiertas”, por contraposición a las constantes definidas pero indeterminadas, que serían “variables cerradas”, es decir, las que describen la posibilidad de casos concretos y, por tanto, el sentido de las relaciones entre ellos independientemente de esas relaciones.
55 Que luego, irremediablemente, no encuentra correspondencia con los sucesos de un Universo desajustado.
56 Lo único que diferencia a este vacío de la Nada es esa simple posibilidad de mundo que alberga.
57 La explicación no es más que la tranquilidad que acompaña a ciertos argumentos y opiniones. Es uno de los componentes teóricos, si no el que más, plena y solamente psicológicos. Sin embargo, o precisamente por esto, es el que más poder racional tiene a la hora de establecer la verdad o la realidad de nuestras afirmaciones.
58 El verdadero sinónimo de Nada, asequible a nuestra capacidad de concepción, es “indistinguible” y no “vacío” o “ausencia”.
59 Posterior y anterior resultan indistinguibles en este espaciotiempo puntual o singular. Lo cual no es óbice para que no sucedan, tal y como los pensamos, en una secuencia temporoespacial. Pero esa secuencia no comporta una causalidad en su misma dirección. Causa y secuencia temporal se disocian en este espaciotiempo puntual.
60 No existe nexo de causa “creación”, pues la causa como variable es incompatible con la creación, pero sí causa “ordenación” una vez que el Mundo ya ha sido creado. Sólo cabe entender la causalidad creacional como casualidad/función. En realidad, la función expresa el que los hechos se constituyan (y ordenen) como tales en la “posterioridad” de su daditud que, pues sólo hay espaciotiempo puntual, es una posterioridad simultanea a su suceso. Esta puede ser una formulación de la causa inversa: la de una función singular y original que participa de la misma esencia del “suceder” que todos los hechos, aunque para la tradición naumori, una vez desatado el Mundo, los sucesos no provienen ya de la Nada sino de otros sucesos insertados en una cadena de casualidades sobre la que se inscribe el concepto de causa que comúnmente manejamos, el cual está basado en una secuencia, en la cadena casual que, por su mera sucesión, se constituye en causa y no sólo en ordenación o disposición.
61 Para que suceda algo en el Universo shukultiano lo único que necesitamos es la Nada de la que proceden todos los sucesos –que, luego, se ordenan según la función “Todo” a la que constituyen.
62 El Shuk-Ul dice todo lo contrario: que, cuando no hay causa, se sigue el Mundo.
63 O surgiría otro Mundo, exactamente, un anti-Mundo.
64 En cuya interrelación final se anulan en el Todo para alcanzar la Nada de la que surge constantemente ese juego de causas positivas.
65 Si la nada no es, entonces es que es el Mundo y, por tanto, el Ser. Luego nunca hubo Creación sino que el Mundo y el Ser se identifican en la eternidad.
66 Esta explicación tiene las características de la versión shukultiana: es un factor negativo, la incapacidad de las leyes físicas para controlar la situación física extrema de la singularidad, el desencadenante de la Creación. Pero aquí no es la Nada quien igniciona al mecanismo, sino una energía latente –identificada por la densidad infinita- la que, al no controlarse, actúa espontáneamente si, como a la Nada shukultiana, nada la detiene. La Creación consistiría pues en el fracaso – la idea shukultiana de la imperfección como principio creacional- en la inhibición de esa energía espontánea que crea al Mundo al liberarla. Pero esa energía participa del mismo principio de dualidad naumori, pues se identificaría con el Ser latente que se extiende en Mundo o existencia para alcanzar la plenitud de su naturaleza perfecta. La originalidad de este planteamiento reside en que el mediador, el desencadenante de la “expansión” del Ser/energía/Dios es un fracaso, el de las leyes que, luego, sí son capaces de ordenar el fruto de su impotencia.
67 “Surge” es lo único que podemos decir acerca del pasado de ese protohecho en el que comienza la cadena de sucesos –a partir de él ya sí encausados-. Lo que estamos diciendo realmente de esa singularidad “mundo” es que no tiene pasado, pues en caso contrario, tendría una causa que sería el verdadero protohecho. Pero, si no tiene pasado sólo puede ser un hecho si sucede en un espaciotiempo puntual, sin pasado pero, también, sin futuro. A no ser que su suceso consista, simplemente, en el inicio de un espaciotiempo lineal –con duración y extensión-.
68 Realmente, lo extramundano, la Nada, lo incorpora la cosmogénesis científica a su cosmovisión de un Mundo eterno e incausado. En el fondo, sea esto extramundano incorporado en el primer hecho del Mundo la Nada o el Ser (un hecho radicalmente distinto a todos los demás que le siguen), se trata del mismo planteamiento: el naumori.
69 La alternativa shukultiana es, como veremos, perfectamente aceptable por la situación actual de la mitología científica: la Cosmología.
70 El radical Dios creador judeocristiano conlleva una identificación total entre Ser (Dios) y Nada. Una especie de componenda entre la versión naumori y la shukultiana, pues es desde la Nada de donde realmente extrae Dios, como un motor incausado pero positivo y perfecto, al mundo. Un maridaje hecho a golpe de martillo y yunque sin ninguna delicadeza intelectual ni mística y que arrastra a la fe a un misterio absoluto y absurdo. Lo tremendo de esta teoría es que concuerda con la de los “demonios” que pretenden salvar la perfección de Dios haciendo que renuncie a salvar al mundo permaneciendo, voluntariamente, imperfecto. Pues esa perfección que logra Dios con su amor lo lleva a donde nosotros ignoramos pero a donde los “demonios” no desean que se dirija porque, al igual que este dios vivo e imperfecto del amor, no es su dios.
71 Esta apelación a la tendencia a infinito nos muestra una idea recogida en la tradición inhiek: la del elemento sobrante.
72 La situación de exceso “surge” como surge el Ser -al unísono del tiempo- desde la ignota potencia que residía en la Nada. Como lo hace al unísono del tiempo, el Ser existió siempre –diríamos desde una concepción científica-.
73 Lo hará, según la mitología inhiek, cuando se alcance el siguiente y definitivo estado del universo: el Mundo de los seres existentes, donde esas cuatro fuerzas se mantendrán separadas pero en un universo estable en el que el suceso se corresponde con el espaciotiempo disponible. Y esa correspondencia, definiendo las individualidades que defina, será la sustancia del Ser.
74 Como veremos más adelante, al menos en nuestro universo, la Existencia y el Ser no pueden ser concurrentes. Pero, según la mística shukultiana, llegará un momento (será ya en un Mundo distinto) en que el Ser sea independiente de la Nada y “casi” simultaneo a la Existencia.
75 El concepto de imperfección shukultiana posee, en sí mismo, una connotación causal al contener la característica de inestabilidad y desequilibrio que, de forma consustancial a su estado, implica un movimiento creacional (una desestabilización original cuyo rastro será el desfase esencial de los primeros momentos del Universo). Aunque esta causalidad debemos expresarla, en nuestro sistema de referencias positivo, como una causa negativa o anticausa. Por esa razón, cuando hablamos de la dicotomía como “ser/nada contra existencia” esa oposición conlleva, además de su común significado, el de la mutua asistencia o recíproca causalidad. Para que la nada sea debe existir el mundo. La imposibilidad de ser de la Nada “causa” la existencia del Mundo que, a su vez, posibilita ese ser de la Nada. Una posibilidad real pero posterior, que sirve de representación para una causalidad inversa.
76 Desde una redefinición naumori, deberíamos hablar de que la existencia del Ser es inmanente mientras que la existencia del mundo es contingente en su origen y trascendente en su fin.
77 Ahondando en la anterior redefinición naumori, la existencia inmanente del Ser tiene como principal atributo el no se espaciotemporal.
78 Cabe preguntarse qué tipo de existencia, si es que lo era, contenía la potencia del ser. Porque, de alguna manera, esa potencia debía existir, ya que aún no era. La idea naumori de la potencia del ser nos lleva a una existencia sin ser que deberíamos entender como la existencia de la nada. Así, en un primer instante, la nada existía. Pero en ese instante esencialmente inestable debido a que la nada no puede existir como tal nada, esa inestabilidad condujo, en un movimiento oscilante, a la imposibilidad del ser de la nada y a la posibilidad del ser del Ser. Una concepción que nos lleva al antimotor de la Creación Shukultiana. La unidad de la que luego surge o que alberga una dicotomía indefinible es una “antiunidad”.
79 “Casi” al unísono, es decir, sólo separada por la mínima porción distinguible: alfa.
80 Puesto que esa situación inicial no puede ser perfecta, debe ser imperfecta. Y sólo la imperfección no necesita de nada que la altere, pues ella misma es en esencia una alteración. Inestabilidad y quietud no serán lo mismo en una espaciotiempo lineal (o, incluso, en uno denso) pero son “equivalentes” en un espaciotiempo puntual que es el ámbito del ser de la Nada. La relación de equivalencia es otra forma de ver esa causalidad no lineal en la que se inscribe la nada como anti-causa del Mundo.
81 Y en esta imposibilidad va también encriptada la imposibilidad del ser del Ser. Pues, si el ser es, la nada no es y, entonces, el ser se convierte en algo absoluto, en ese mundo isotrópico perfecto. La Existencia “surge” como expresión de esa imposibilidad.
82 Deberíamos decir, en lugar de “creación”, “destilación de Dios desde la Nada”.
83 Sólo si se produce el Mundo, la existencia, se da el ser de la Nada. Por tanto, en ese primer instante, la Nada y el ser son lo mismo. Pero con la existencia se distingue la Nada de su ser y esa distinción de la Nada con relación a sus ser constituye la naturaleza del ser de la nada. Ese ser es el suceder. Por tanto, el ser de la nada no se encuentra donde no hay nada, en el espaciotiempo Nada de dimensión “cero”, sino en el espaciotiempo puntual, de dimensión “uno” (que no es ni el futuro ni el pasado de la dimensión Nada). Este “desequilibrio” esencial entre la Nada y su ser, que se encuentran en espaciotiempos y dimensiones diferentes, no es incompatible con su simultaneidad o, sencillamente, con su relación. Pero esta relación (como mundos ortogonales de un mismo Universo) no tiene porqué sufrir el dilema de o bien ser causa lineal o, en caso contrario, no establecer ninguna relación.
84 De hecho, ese truco de la pequeña porción de valor no nulo, escondida como potencia de ser en la Nada (en el cero multiplicador) es la que se utiliza para resolver truculentamente el problema cosmogónico naumori con las matemáticas (y la mentalidad filosófica) del contable.
85 Donde “y” es cualquier valor distinto de cero.
86 El cero del ser de Nada se relaciona con su imposibilidad de existencia, es decir, con el cero de su existencia y eso da como resultado “cero”, donde (0+0)=0 es la expresión del motor inverso (inmóvil) o causa espontánea.
87 Pura casualidad, ahora me percato de que con ese mismo signo se ha representado la vida en muy distintas culturas, desde el anj egipcio, al An (Cielo) sumerio, escrito mediante una estrella en forma de cruz, hasta el mismo Dios cristiano (dios del agua) finalmente también representado por la cruz como símbolo de resurrección y vida.
88 Y qué debe ocurrir constantemente en este mundo de sucesos.
89 Si el Mundo surge de la Nada, entonces, en ô debe haber ya “algo”, exactamente la mínima porción de algo que, desde otra perspectiva podemos identificar con el estado inicial y espontáneo de desequilibrio que actúa como (anti)motor de la creación.
90 Esta existencia de la casualidad es otro modo de representar la diferenciación no dicotómica de la que surge el Mundo y, visto desde una perspectiva mundana, la Nada es esa existencia de la casualidad.
91 Esta es otra forma de representar la fórmula general de la existencia. Podríamos decir que es la expresión de la singularidad nada en la medida en que representa una imagen de la propia imposibilidad de la Nada para ser tal nada (ô=1) que equivale (pero no es igual) a (î=0), el mínimo valor del Ser (que es el “ser de la Nada”). Esa equivalencia entre la nada y la mínima porción de ser es el otro lado del espejo, la anticausa de la existencia, alfa como la “singularidad nada”. A este lado del espejo, ya en el mundo, alfa como (0+0) es la manera de representar matemáticamente la existencia que constituye a la “singularidad mundo”.
92 Como veremos, el mundo puntual de la singularidad en la que aún vivimos es unidimensional y, por tanto, en él no existe un orden tal y como lo entendemos, ni tampoco un caos, sino un sinorden.
