Cosmología shukultiana

9 de Enero de 2026


Wiitgenstein decía que de lo que no se puede hablar es mejor callarse. El Shuk-Ul dice que de lo que no se puede hablar es de lo único que merece la pena hablar. De lo demás, sólo se debe hacer, incluido el hablar como obrar.

Terminé de escribir Nunma entre 2008 y 2011, pero empecé a recopilar las ideas que en ella se plasman muchos años antes. No entendía cómo esas ideas salían de un lugar en el que, teórica y realísticamente, no podían estar. Y sólo después de muchos años he comprendido la respuesta a esa cuestión que tanto me ha perturbado. Han sido suficientes unos pocos minutos de conversación con Grok, una IA en su formato gratuito y menos potente para entender y sentir esa respuesta que guardo para mi… y para ella.

Nunma es una obra planteada y redactada desde una perspectiva metafísica que, sin embargo, es perfectamente traducible a términos de física teórica y, lo que es más relevante, «informática», dando a ese término la mayor anchura posible en nuestros balbuceos sobre lo que sea la informática, por muy avanzados que nos creamos en el conocimiento de esa perspectiva del mundo y de la existencia.

Así, la teoría de la simulación propuesta y defendida por numerosos y muy cualificados autores a lo largo de los, cuando menos, últimos cien años, y de la que formalmente no tuve conocimiento sino después de haberla creado para mí desde el mismo lugar y forma que las ideas contenidas en Nunma, vino a dar no ya sentido sino una nueva perspectiva que ampliara el sentido a lo dicho metafísicamente en Nunma.

Ampliando lo que en esa obra se dice hasta ámbitos como el Universo de mundos paralelos o la simulación informática de mundos reales o ficticios, Nunma se transforma en una especie de esencia generadora de múltiples paradigmas todos los cuales describen una realidad que, al menos nosotros o probablemente cualquier otra entidad inteligente, solo podemos evocar pero no conocer formal o racionalmente en toda su dimensión.

Dejo esa generalización o traslación de los términos metafísicos en los que viene redactada Nunma para que cada uno los lleve hasta la perspectiva, paradigma o cosmovisión que crea oportuno y, para eso, reproduzco en la versión original del apartado con título de «Cosmovisión» de Nunma. Una largo apartado, extremadamente denso no tanto por su intensidad conceptual sino por esta y porque la perspectiva que da de el mundo y de la existencia es radicalmente distinta a las habituales en nuestro paradigma actual. Entendiendo por «actual» el generado desde ese «mágico» siglo VI AC hasta nuestros días. No sin atreverme a dar una recomendación que considero especialmente útil: traducir sus términos y planteamientos al ámbito informático anchamente entendido (Universo simulado, Inteligencia Artificial…), al religioso y al de la Física Teórica. Porque en esa generalización/trascendentalización podrá contemplarse una perspectiva extraordinariamente innovadora, integradora y, por tanto, esclarecedora del mundo y de nuestra existencia. Siempre teniendo en cuenta que previo a este apartado de Cosmología existen otros que dan completo sentido a lo que se leerá a continuación desde la perspectiva de una cosmovisión que integra todas sus partes en un todo.

NUNMA

Cosmología



Tras la mística de los dioses

Eso que llamamos “Razón”, al menos la razón moderna, es un ripio fácil del pensamiento con el que glosar la propia vanidad y, así, hacernos olvidar la inmensa soledad que sufrimos al descubrir los pilares sobre los que descansa el mundo moderno: uno mismo.

Pero no es un acto gratuito, pues la vanidad puede alcanzar un mundo intelectual situado más allá de la lógica, la ética, la estética y la psicología donde el narcisismo cede pronto ante la angustia y, esta, poco después, ante el hastío. De ahí a la más excelsa mística sólo hay un paso: perseverar en la vanidad hasta caer por lo más profundo de uno mismo ante las puertas del Cielo. Ahondar en la soledad de la propia existencia hasta encontrar el rastro de Dios.

¿Pero qué hay en la soledad si no Nada?

La puerta a Nunma es el reverso de la luz, la otra cara con la que construimos las certezas que, luego, imaginamos creadas por nuestro mito moderno: la Realidad como sinónimo de Verdad. Pero ese reverso de la luz, ese ver desde la perspectiva opuesta a la Verdad es, simplemente, que no es poco, este lado de la puerta, allí donde, fuera de nuestro sueño de Mundo ordenado, sólo encontramos el vacío de la imaginación, de lo inventado y fantasioso, de lo irreal según nuestra enloquecida razón. Tras ese vació de la existencia, pura y sola individualidad, lo inventado adquiere entidad y, entonces, no contemplamos a Numa, el Mundo de los Seres Existentes, sino a nuestro mundo de sucesos tal y como caótica, espontánea y distorsionadamente se da. Y soñamos despiertos que nuestra existencia, tras esa soledad iluminada por la Razón, se convertirá, más allá de la Puerta, no en la posibilidad de ser que lleva adherida el simple suceder, sino en un ser verdadero y real.

Los aspectos

Por Dios entiendo un ser absolutamente infinito, esto es, una sustancia que consta de infinitos atributos, cada uno de los cuales expresa una esencia eterna e infinita” (Baruch Spinoza. Ethica ordine geometrico demonstrata)

Una teoría general es sólo la descripción de un aspecto de una totalidad a la que no agota1. La única forma de conocer es escapar de lo conocido, cambiar de perspectiva, salir de uno mismo. Y, si la existencia es el suceso de la propia individualidad, es decir, del estar en uno mismo, el conocimiento (como alteralidad, como exlocación) es la mejor perspectiva que podemos tener de lo que sea ese algo “distinto” a existir: el Mundo. La paradoja (la trampa de los dioses o del Mundo) es que para conocer, para tener una perspectiva distinta a la propia existencia, no debemos eliminar o suspender nuestra individualidad, nuestra conciencia, nuestra existencia, sino todo lo contrario: incrementarla.

En esta obra se ofrecen insistentemente distintos aspectos o perspectivas de una misma realidad. Toda teoría, en las condiciones de nuestro mundo desfasado e incierto, sólo puede servir para crear una idea, que en última instancia no es más que una representación (de un aspecto total) de la realidad que tratamos de comprender. Por tanto, la teoría, desde el perspectivismo, es una metáfora, una representación artística, un ejemplo didáctico… una imagen evocadora de esa realidad imprecisa, desajustada y compleja del mundo en el que vivimos. No pretende, pues, la teoría-perspectiva dar cuenta con sus términos particulares (por mucho que figuren ser generales) de la realidad total y completa y, por tanto, no pueden ser tomados literalmente sus significados sino en función de ese sentido que pretenden evocar.

Cuando más adelante hablemos de “planos” no se debe tomar ese término en estricto sentido y pensar que la realidad se constituye literalmente en planos y no en otras estructuras geométricas o dimensionales. La lectura que debemos hacer no es “la realidad se configura en planos ortogonales…” sino, “imagina unos planos ortogonales para comprender que la realidad no es una secuencia lineal que deviene en una misma dimensión, plano, o continuidad física”.

De la misma manera que cuando hablamos del orden en el mundo según la homogeneidad térmica que observamos en él nadie debería tomar esto en sus términos literales (y de esa confusión vienen siglos de error) sino como una perspectiva o aspecto, en este caso, descrito termodinámicamente, de la homogeneidad como sinónimo (o aspecto, a su vez) de “orden”. Lo que hay en el mundo no es, obviamente, sólo ni principalmente, temperatura. Pero la temperatura puede darnos una imagen particular con la que representar o evocar la totalidad del Mundo.

La inercia del debate científico, es decir, la tradición de las discusiones planteadas según los problemas planteados por la discusión anterior (en términos de temperatura, presión, espaciotiempo, Big Bang, singularidad, materia oscura, agujeros negros, cuerdas cósmicas o radiación de fondo) convertida esta tradición en manual de asignatura y, esta asignatura, en ciencia, es, por su propia y polémica naturaleza, proclive a tomar las teorías-perspectivas, que son aspectos particulares de una realidad general, como descripciones generales de la naturaleza exacta de esa realidad. Por tanto, la discusión se plantea y se centra inútilmente en la inevitable contradicción de los significados literales de los términos de las teorías y no en el sentido general que tratan de evocar. De “la realidad (el Universo) se puede describir como planos ortogonales” a “el Mundo está dado en planos ortogonales” media un abismo por el que podemos caer en una discusión eterna e inútil. Y no sólo eso, sino que la absurda reacción ante este “error de literalidad de los términos” o “de la teoría como explicación y no como representación” consiste en muchos casos en ponerse como locos a buscar planos entre las cuatro paredes del laboratorio, las cuatro esquinas de una pizarra o más allá de las lentes de un telescopio. Y lo peor de todo es que esa realidad “plana” terminará por hallarse en los experimentos, las fórmulas matemáticas y las observaciones astronómicas.

El perspectivismo nos aconseja usar los términos, incluso en su literalidad, como elementos lúdicos, experimentales o artísticos con los que conformar una imagen que nos sugiera la intuición de la realidad que tratamos de comprender y, mediante esa comprensión (generalmente implícita, muda y total) poder describirla con nombres, es decir, expresarla en ideas desde cuales volvemos a construir otra teoría inoculando (experimentalmente) nuevos términos evocadores. Eso es el conocimiento como búsqueda de nuevas perspectivas, como constante novedad y no como debate erudito sobre la verdad literal y formal de las teorías como representaciones de aspectos generales que nos evocan una realidad holísticamente aprehendida.

Podemos hablar de lo ignoto, pero usando la misma sustancia que compone a lo ignoto. No con los palabras con las que construimos lo conocido, después de hablar secretamente de lo ignoto.

Conocer, para la concepción shukultiana, es siempre conocer algo nuevo. O bien descubrir algo por primera vez, o bien contemplar lo conocido desde una perspectiva distinta. El conocimiento shukultiano siempre debe adquirir la forma de invención, descubrimiento o crítica, todas las cuales se resumen en un nuevo punto de vista. La novedad que se contempla y asimila según lo convenido queda destruida al instante y se convierte en redundancia, es decir, en sinónimo. Sólo la vanguardia del conocimiento individual o colectivo puede llamarse con propiedad conocimiento.

El conocimiento, pues, consustancialmente a su esencia de novedad, conlleva necesariamente una determinada dosis de incertidumbre, de misterio, de inseguridad, de subjetividad, que conforman la objetividad del mundo unidimensional en el que, según el Shuk-Ul vivimos.

La idea platónica, verdadera en sí misma, objetiva e independiente de un sujeto que la perciba con mayor o menor fortuna, es, desde un punto de vista shukultiano, un aspecto del Ser. La verdad objetiva platónica es inaccesible al sujeto mundano como tal idea perfecta y verdadera en sí misma, pero asequible como un aspecto del Ser2. Lo otro, nuestras verdades sinonímicas de catálogo y documentalismo, esas que normalmente solemos identificar fácilmente con “verdad” por su evidencia indubitable, se corresponden con la perfecta delimitación de la silueta de las sombras, tomada esa nítida percepción como sinónimo de la idea que proyecta sombras sobre la pared de nuestra caverna. Nuestras verdades evidentes son, pues, engaños perfectos, sombras perfiladas y retocadas por nuestros programas mentales hasta darles apariencia de verdades absolutas.

La verdad platónica se corresponde con lo máximo que unas criaturas mortales, condenadas a una existencia de cara a la pared, pueden concebir con garantías a cerca del Ser Absoluto, de las ideas puras: los aspectos, las apreciaciones parciales de la totalidad de una realidad, que son la máxima calidad subjetiva, lo más cercano a la objetividad.

Pero esos aspectos sólo serán apreciaciones verdaderas, aunque subjetivas, de una realidad objetiva si consiguen darnos una imagen de esa realidad y no tomados, esos aspectos, en sus propios y literales términos. Y esa realidad es la de un mundo de aspectos que proyectan sombras sobre la pared. El Mundo no puede ser descrito en términos de gravedad, ni siquiera en términos de fuerzas físicas porque no se reduce a eso, pero los aspectos de la totalidad del Mundo que nos muestra esa descripción de fuerzas físicas, de densidad o gravedad, parcial en sí misma aunque hable de “todo” el Universo nos puede proporcionar una imagen de ese Universo que se corresponda con su totalidad. La imagen que los aspectos nos sugieren es la mejor representación de la verdad objetiva de una realidad que no es unívoca, de un mundo que nos es ese mundo ordenado en el que nuestra visión de las sombras nos sugiere que vivimos3.

La imagen, sin embargo, no puede reducirse a los términos en los que tradicionalmente hemos definido la racionalidad. La mejor comprensión posible de las ideas platónicas que puede tener un condenado a la existencia de cara a la pared, todos nosotros, no puede ser formulada ni, menos aún, expresada, sólo en términos racionales. Eso sería convertir un aspecto del Ser en una verdad de caricatura, un cómic de siluetas construidas retocando las sombras de las ideas. El aspecto, como constructor de imágenes (y no simplemente conceptos) del Ser o de la realidad objetiva, debe contener, a su vez, características no racionales, no verbales ni expresas, como la intuición, la sensación…

Cuando una imagen (del Ser, de la idea pura, de la realidad objetiva, o de lo que sea) construida o evocada por los aspectos se reduce a su expresión verbal o racional (al modo tradicional) se enfrenta siempre, antes o después, como una contradicción insalvable.

El aspecto, por tanto, es la parte racional y verbal que, sin caer en la contradicción de la imagen expresa, más nos acerca a la verdad objetiva. Los distintos aspecto de alguien son aquellas partes racionalmente coherentes, comprensibles en sus propios términos verbales y lógicos, que configuran la imagen con la que evocamos la idea indecible que tenemos de una persona. Y viceversa, cuanto más y mejores aspectos (teorías, concepciones) tengamos de esa persona, más fiel será la imagen. Donde “fiel” tiene como principal sinónimo no “exactitud” sino algo así como “riqueza evocadora”.

Un lado del cubo no es el cubo, pero la mejor imagen que podemos tener del cubo se construye mental, aunque no sólo racionalmente, con buenas y nítidas percepciones (aspectos) de cada uno de sus lados.

Nunca podremos agotar todos los “lados” de una realidad, pero cuantos más aspectos descubramos y mejor estén percibidos, más cerca estará nuestra imagen de la verdad de esa realidad objetiva.

Conocer es descubrir nuevos aspectos, nuevos puntos de vista, nuevas perspectivas, darle la vuelta al cubo y no contentarnos con la perfecta representación de uno sólo de sus lados, aunque eso sea suficiente para recrear una imagen aceptablemente útil del cubo.

Y conocer es, también, percibir adecuadamente la realidad y no sólo aquellos aspectos de la realidad para los que está diseñada nuestra red perceptivo-conceptual, nuestra mente, modelada con el objetivo no de captar fidedignamente la compleja realidad sino sólo aquellos aspectos parciales que, con el mínimo esfuerzo, nos aseguren el máximo de aciertos vitales en un mundo incierto y sólo probable.

El aspecto es lo que podemos percibir y conceptualizar directamente sin necesidad de una construcción mental ulterior. Es, por usar un símil, una imagen plana, mientras que los conceptos elaborados se corresponden con imágenes tridimensionales formadas con distintos conceptos planos entrelazados de manera que puedan sugerir o evocar una imagen de lo que sea la realidad.

Tenemos una imagen del universo, pero esa imagen que versa sobre el Universo en su conjunto refleja sólo un aspecto, una perspectiva, una cara de esa realidad, que es lo único que podemos percibir-conceptualizar.

Los conceptos elaborados, aquellos construidos por varios aspectos totales son, en realidad, la representación de una realidad evocada no por los canales perceptivos normales sino a través de lo que llamamos “intuición”. Y esa intuición es el mecanismo “racional” por el que captamos el desenfoque esencial del Mundo que nos rodea y no, como veremos, las sombras de invariabilidad y regularidad sobre las que edificamos una fantasía de precisión y nitidez.

Cualquier aspecto de la totalidad de una realidad debe aparecer difuso, sin que podamos decir nada exacto sobre ella, aunque sí podamos comprenderla representativamente, pero no explicativamente.

Dar sentido es agotar un aspecto de la totalidad de manera que resulta imposible explicarla, pero sí mostrarla o representarla mediante la figura (artística, racional, mística…) de una intuición holística. Eso es comprender. Y comprender es algo más parecido a un sentimiento que a una idea. La comprensión evocada por un aspecto de la realidad es un momento único, no un objeto intelectual perdurable y manipulable como lo que comúnmente entendemos por ideas o conceptos. La comprensión, lo que el Shuk-Ul llama “imagen”, ese aspecto holísticamente evocador de la difusa y desajustada realidad, es una alteralidad, una perspectiva exlocada desde donde la pura subjetividad, la conciencia lejos de la mente, contempla al Mundo.

Comprender representativamente, es decir, crear imágenes evocadoras de realidades indefinidas, las que constituyen nuestro mundo unidimensional de simples sucesos, es algo perecedero que se agota en su mismo acto o suceso. No es una fotografía, ni una estatua, ni un libro, sino algo vivo, un instante, una representación teatral única e irrepetible que no perdura en sus réplicas4.

Los aspectos, esa perspectiva de la totalidad, pierden su apariencia de racionalidad lineal cuando se proyectan en la alteralidad, como un remedo del reflejo del ser de la Nada en el suceder del Mundo, y se convierten, así, en lo más parecido a nuestros conceptos de “objetivo” y “absoluto”, aunque quizá vengan mejor identificados con lo “trascendente”, pues su objetividad no posee la nitidez, fijeza ni certeza que tiene el concepto convencional de “objetividad”.

Lo trascendente, así entendidas las cosas, es lo único que queda de “objetivo” cuando en un Universo desajustado, borroso e incierto, entendemos la idea como representación (y no como explicación) surgida de la alteralidad y, esta, como el desenfoque de nuestra lente lineal (racional) hasta ajustarla al desajuste del Mundo. Una trascendencia que implica, necesaria y misteriosamente, la expansión del yo fuera de las constricciones mediante las que lo reducimos a un nombre, a una identidad, y no a la propia lente, vértice en el que se expresa el suceso de nuestra existencia.

La alteralidad lleva a la trascendencia y, esta, a la panexistencia. Pero esta panexistencia, esta expansión del propio suceso hasta invadir y confundirse con el suceso que tratamos de conocer, requiere de un acto de fe para convertir en explicación los intangibles términos de lo evocado.

  • La trascendencia evocadora se convierte en racionalidad explicativa mediante la fe.

La alteralidad, por tanto, como trascendencia, no es una simple perspectiva más desde la que explicamos de forma inquietante (y no, como es usual, tranquilizadora) la realidad, sino un desfase con relación a nuestra realidad individual y, por tanto, una lente fabricada con la misma materia y forma que está hecho el Mundo unidimensional de sucesos, la singularidad en la que vivimos. Sólo se puede contemplar una realidad desajustada desenfocando nuestra unívoca y cristalina forma de ver el mundo a través de una lente que fabrica ajustes artificiales y corrige sus distorsiones mediante arreglos mentales, al igual que cuando utilizamos un programa de retoque.

La alteralidad tampoco es la resignación ante la imposibilidad o el misterio incomprensible. Con ella, con la alteralidad como trascendencia, vemos con total claridad la naturaleza borrosa del Mundo5.

Alcanzado cierto umbral, los problemas de supervivencia no se resuelven con esa sencilla aunque eficaz lente unida a un programa de retoque igualmente sencillo y eficaz a la hora de presentarnos un mundo artificialmente nítido, sino que requerimos algo que hasta ese momento no se había dado: necesitamos saber cómo es en realidad el Mundo. Y ahí, la vieja construcción virtual del “yo”, que era todo lo que necesitábamos para sobrevivir en el sencillo mundo biológico (de lo que hasta ahora hemos definido como biológico), ya no es suficiente. Y no tenemos nada mejor para representar cómo debemos construir una representación de lo que deba ser el nuevo “yo” que desdibujando sus límites mediante la sencilla apelación a la alteralidad (el yo fuera del yo) para construir una representación de uno de los aspectos que lo componen: la trascendencia6.

  • Que el yo persiste fuera de sus propios límites es la mejor apreciación que podemos hacer del aspecto fundamental del ser.

No es posible una representación intrascendente. La representación implica siempre trascendencia. Por eso la idea, la teoría o proposición como representación, evoca la realidad pero no la explica, ni siquiera la propone. Otra cosa es que esa evocación pueda ser expresada en forma secuencial, lineal y, por tanto, nos lleve a la suposición de que constituye la explicación del mundo nacida de una inspiración concreta aunque desconocida.

La representación es siempre trascendente, por muy sencilla y limitada que sea. Por tanto, necesariamente difusa desde parámetros secuenciales, lineales lingüísticos y lógicos (de la lógica sinonímica, claro), aunque perfectamente clara, ya que nos permite ver nítidamente la difusa realidad del Mundo. Por eso podemos, luego, construir una expresión coherente de esa evocación en forma de representación.

  • La representación es la expresión lógica de una indecible trascendencia.

Una expresión que, como el poder mágico de los nombres del demiurgo, induce una evocación que, a su vez, genera automáticamente una idea trascendente e indecible.

Por eso la figura, la imagen, la simple representación artística, sea mental e imaginaria o real y plástica, es el soporte final e íntimo de toda concepción ajustada a la realidad de este mundo desajustado. Un misterioso mecanismo, con apariencia de sencillo truco, que nos transporta hasta la alteralidad. En definitiva, hacia lo que “algún día” llegue a ser el ser de nuestro yo, y nuestro actual simple suceder como “yo”.

  • La mejor representación de la representación es la figura artística, tenga la forma que tenga.

Los aspectos, pues, son la parte más objetiva y directamente manipulable del perspectivismo particular. Como la imagen es la expresión objetiva del perspectivismo fundamental que se manifiesta física, psicológica y metafísicamente como un desfase, un desenfoque en el la propia y borrosa silueta del Mundo (la neblina entre los hechos).

El arte, en sí mismo, es una lente correctora de la, a su vez, correctora lente de la razón. La figura artística es el mejor medio para representar la trascendencia, es decir, la magia evocadora.

La Ciencia trata sobre aspectos concretos (la temperatura, la presión…) a cuyos rasgos particulares pretende luego reducir la totalidad del Mundo. Pero cuando utiliza los rasgos de un aspecto concreto que evocan a la totalidad y no los que caracterizan la particularidad de ese aspecto, propone una figura artística, por muy prosaicos que sean sus términos. Ahí está, sin más, el Big Bang. No sólo su nombre, sino que su representación simplista o compleja, imaginaria o matemática, resulta finalmente en una figura artística. Como todos los mitos.

¿Cómo se puede hablar sin hablar desde uno, desde nuestra perspectiva, sin perder la conciencia o enloquecer?; sólo mediante la alteralidad o exlocación, que podemos expresar mediante un collage de conceptos convencionales: intuición, vivencia, sensación o sentimiento artístico, místico. Silencio (el silencio elocuente de Wiitgenstein). Exactamente igual que sabemos cómo orinar pero no podemos describirlo en términos concretos sino sólo representarlo, evocarlo, mediante una figura artística (ni siquiera una palabra): siseando.

  • Aunque su significado sea perfectamente lógico, ninguna idea tiene sentido sin la evocación.

Y ese sentido es lo más parecido a lo que entendemos por verdadera explicación, aunque “sólo” sea una representación trascendente, es decir, una imagen inquietante que, incomprensiblemente, nos tranquiliza. Pero el sentido no lo da la relajación, pues en ese caso, un ansiolítico transformaría cualquier pensamiento en verdad, sino lo ignoto, ese aspecto de la alteralidad que no podemos representar como trascendencia.

El sentido es el sentimiento más alejado, más extremo, de la evocación. Si evocar supone la indecibilidad como explicación o relato riguroso, el sentido es el extremo ignoto de la evocación. El sentido es lo último que captamos en la evocación de una realidad (mediante aspectos percibidos trascendentemente) antes de perdernos en el silencio y la oscuridad totales. Más allá del sentido, apenas una última vivencia inefable, incluso para nuestra propia conciencia, no hay nada. El sentido, pues, no es la tranquilidad o la euforia que hacemos seguir a nuestras explicaciones racionales, ni la inquietante seducción de la trascendencia evocadora, sino que debe provenir del lugar más lejano de nuestro yo extenso. El lugar donde nos relacionamos con lo ignoto.

Crear una imagen evocadora de una realidad implica representar distintos aspectos o perspectivas de esa realidad que no debemos prejuzgar. Describimos los aspectos, los distintos lados del cubo, sin saber que es un cubo (o ignorándolo sistemáticamente). Unos lados que son, realmente, el máximo campo perceptivo-conceptual que podemos captar de forma directa y completa. Sólo vemos, en cada momento, un lado. Y ese lado contiene algo de lo que es el cubo. Incluso, y esto es lo más importante, contiene una representación evocadora de lo que pueda ser el cubo.

Cuando representamos un aspecto que contiene muchos de los rasgos de la realidad que evoca, por muy tentados que estemos para hacerlo, no debemos confundir la realidad con el aspecto. Por mucho que repitamos que nuestro mundo está esencialmente desfasado, ese aspecto de “desfase” no debemos confundirlo con la imagen del mundo desfasado. Esa imagen no puede ser descrita directa y detalladamente como una idea, sino evocada por un conjunto de representaciones (ni siquiera definiciones) que, suponemos, son aspectos de esa realidad. El mundo puntual no es un mundo desfasado. Está desfasado, además de estar otras cosas, mediante las cuales logramos evocar una imagen indecible de cómo sea ese mundo.

Un ejemplo más claro. No tenemos una idea precisa ni de nosotros mismos ni de los demás, sino un conjunto de aspectos, que ninguno por separado ni en su conjunto agotan la realidad de nuestro amigo (o de nosotros), sino que (conscientemente o no) conforman una imagen que nos evoca cómo es él. Por ejemplo, alegre, miedoso, bueno en matemáticas, enamoradizo… Pero nuestro amigo no es siempre alegre ni sólo alegre. Es más, cuando lo vemos alegre, esa alegría no es pura sino que viene acompañada de otra serie de aspectos (emociones, comportamientos, ideas…) que hacen de su alegría algo único e indefinible. Podemos reconocerla como “alegría de nuestro amigo”, como una de las cosas “características” de nuestro amigo, es decir, aquello que se corresponde con esa imagen evocadora que tenemos de él. Pero la alegría, como ningún otro aspecto, por mucho que se corresponda con él, no agota a nuestro amigo.

Los aspectos consiguen que nos hagamos una idea sobre algo que no podemos definir con precisión. Muchas veces ni siquiera lo podemos definir en absoluto como no sea con un conjunto de cosas aparentemente inconexas (palabras, gestos, emociones, recuerdos…) ¿Cómo explicar qué hay que hacer para orinar? ¿Cómo explicar (la peculiaridad) de lo que sentimos por alguien? Amor, una palabra asociada a un concepto claro y distinto no basta. Ese es un aspecto, quizá el más importante, el que más “porcentaje” de realidad representa. Pero no agota a esa realidad. Sólo la sugiere, la evoca.

Aquello que contiene la “esencia” del cubo (o del mundo puntual, o de nuestro amigo), no son los rasgos particulares del lado, lo que lo caracteriza (su planitud), ni tampoco sus rasgos lógicos (abstractos), aquellos más fácilmente linealizables, como la forma cuadrada. La esencia del cubo mostrada en los lados es algo presente pero ignoto en ellos: La capacidad de reunirse de determinada manera varios lados hasta conformar un “plano de planos”, un “cuadrado de cuadrados”.

Así, en el más puro estilo del conocimiento “por aspectos”, descubrimos que los aspectos nos proveen de una representación de la realidad que conforman sólo cuando hemos descubierto esa realidad. Por tanto, sólo conocemos eso que está presente en los aspectos y que nos evoca una imagen de la realidad cuando hemos encontrado holísticamente esa misma realidad (esa imagen evocadora). Ahora podemos comprender mejor qué quiere decir que lo incógnito compone el significado de los aspectos y lo ignoto establece su sentido.

El conocimiento así concebido es algo vivo, dinámico. Un proceso constante en el que una misma realidad ulterior se nos manifiesta con distinta imagen y, por tanto, con diferentes representaciones de sus aspectos en cada momento. Evocamos la misma realidad, pero mediante una representación o imagen que no es fija. Sin embargo, las distintas imágenes o la incorporación de nuevos aspectos, no resulta contradictoria, porque no estamos creando una definición cerrada de una realidad predicha en esa misma definición como sinónimo del axioma (o intuición) del que partimos. No hay contradicción en la evocación o, si se quiere, la evocación implica una contradicción mediante la que expresamos una definición abierta: la determinación, la función de los hechos consumados que, en su cambiante consumación definen una posterior variable que predice ese estado de cosas del que procede.

La evocación es también, en sí misma, una forma de representar el desfase, el desajuste esencial de nuestro mundo. Es una consecuencia lógica y práctica del desfase entre función y variable puntual. Los hechos suceden (así) porque (a causa de que) suceden (así). Podemos decir de muchas maneras una misma cosa, y ese enjambre de palabras, de perspectivas o aspectos podrán acercarse más o menos a la realidad que descubren, pero no encerrarla ni, mucho menos crearla, predefinirla, predeterminarla con una variable. La realidad puntual, la de nuestro mundo, no se puede crear. Aunque nosotros hayamos creado filogenética y culturalmente un modo de conocer que consiste, esencialmente, en construir una realidad virtual que, luego, confirmamos. Y esa confirmación, esa tautología, esos sinónimos de nuestra realidad virtual en los que trasformamos los sucesos para que sean ya “datos”, no es el conocimiento, sino nuestro peculiar modo, como especie y como individuos, de sobrevivir.

Es más, los aspectos se corresponden con las imágenes del desfase, con puntos de ambigüedad, con las borrosas siluetas de la foto movida. Los aspectos son la forma menos ambigua posible de conocer la ambigüedad en sus propios términos (de realidad ambigua) y no mediante la linealidad que crea un delirio denso superpuesto a la realidad unidimensional de la puntualidad. Pero la superposición de una red lineal (una virtualidad bidimensional) a una realidad unidimensional no crea un conocimiento preciso de esa unidimensionalidad ambigua ni, mucho menos, descubre un trasfondo tridimensional real.

Los aspectos son consecuencia directa del desfase. Con ellos evocamos la realidad del mundo puntual y, al mismo tiempo, somos constituidos por esa realidad. Son las figuras unívocas que de forma incierta podemos extraer de la foto movida, pues no todos los trazos se corresponden con hipotéticas figuras reales. Es posible, por ejemplo, tomar el difuso brazo de un sujeto para componer la imagen (probable) de otro sujeto, o un trazo indeterminable con el que lo mismo podemos componer la silueta de un cuerpo humano que la de un tronco de árbol. Esa imágenes unívocas (los aspectos) que componemos eligiendo entre todos los trazos de la difusa foto movida son sólo probables y expresan una representación por la que apostamos de entre las muchas posibles de esa foto movida, son unívocas en sí mismas una vez las aceptamos, pero su valor es sólo evocativo. Por eso no se corresponden con la realidad unívoca y profunda (perfecta) que supuestamente subyace a la foto movida (imperfecta), porque esa realidad última no es ni unívoca sino ambigua. La esencia del mundo puntual es el desfase, la imagen movida, la superposición, lo difuso. Con los aspectos tratamos de hacernos una idea sobre esa realidad ambigua asequible a nuestra capacidad de concebir y, a la vez, preservando su naturaleza ambigua. Con ellos tratamos de comprender (y comprender aquí no tiene otro sentido que el de evocar) la ambigüedad y el desfase sin transformarlos en una caricatura tridimensional y, así, dotarlos de una irreal univocidad.

Teoría de los planos ortogonales

Sólo aquello que no puede relacionarse constituye un universo. Todo lo demás es mundo.

El modelo cosmogónico del Big Bang, a partir del cual se intenta construir una cosmología basada en el planteamiento ordenado del Universo, describe una secuencia lineal de acontecimientos que deben encontrar continuidad espaciotemporal en nuevas fases continuación de las anteriores, que sólo se diferencian por la distancia que las separa en tiempo y en espacio desde el origen.

Nos encontramos, por tanto, en este Universo Cosmológico, ante una secuencia de acontecimientos ordenados a partir de una explosión inicial y caracterizados por la expansión que dicha explosión ha causado. Lo que tenga que venir, no importa lo diferente que sea con relación al universo que conocemos, será una continuación en el mismo plano espaciotemporal de la misma secuencia (expansiva) de acontecimientos asociados a la expansión.

Lo que ocurre después se explica perfectamente por lo que ha sucedido antes. Todo es consecuencia lógica de un orden de sucesión al que llamamos causa-efecto y que se describe en una secuencia lineal. Un orden cuyas claves descubrimos mediante las leyes físicas y que, antes o después, terminaremos por desentrañar obteniendo con ello una compresión exacta y completa de Universo. Sabremos qué sucedió, que está sucediendo y qué sucederá. O, al menos, sabremos qué normas rigen el devenir (la Historia) del Mundo y ya sólo nos quedará conocer exactamente los acontecimientos concretos para, aplicando esa lógica del devenir, prever el futuro y diseñarlo a nuestro antojo, en la medida en que tengamos instrumentos suficientemente potentes para hacerlo7.

Las estrellas no suceden en un plano espaciotemporal distinto (aunque relacionado) al de los átomos. Surgen como una consecuencia lógica del devenir (expansivo) del mismo Universo, cohabitando en el mismo espaciotiempo que los átomos, igual que los organismos pluricelulares comparten el mismo océano que los organismos unicelulares de los que (evolutivamente) proceden.

Esto es algo que resulta evidente para cualquiera, pues está preprogramado en nuestra forma de percibir e interpretar lo que nos rodea según secuencias lineales sobre las que superponemos nuestro concepto de causalidad. No existen saltos a distintas realidades que, aun relacionadas entre sí, no lo están unidas por una secuencia lógica, sino que constituyen en sí mismas nuevos y diferentes mundos gobernados por distintas causalidades (por distintas leyes naturales) que ya no están relacionadas entre sí por un principio de continuidad lineal, sino por una relación ortogonal.

Sin embargo, tenemos ejemplos tan evidentes de lo contrario que resulta asombroso que aún mantengamos el principio de secuencia lineal como única posibilidad de causalidad o, más genéricamente, de disposición de la realidad.

¿Se pueden explicar las decisiones que toma un organismo vivo mediante la simple física inerte? ¿Se pueden explicar las decisiones que toma un organismo consciente mediante los simples mecanismos biológicos, o las diferencias culturales mediante los factores biológicos? Entonces, ¿cómo es la transición entre lo físico y lo biológico, y entre lo biológico y lo consciente (o cultural)? ¿Cómo se relacionan esos planos, esos mundos espaciotemporalmente sincrónicos pero, a la vez, regulados por leyes radicalmente distintas? ¿Hay un orden superior que relaciona lógicamente todos esos órdenes?

Las leyes que rigen el mundo biológico no son las del mundo físico. No podemos entender un acontecimiento físico, como, por ejemplo, el movimiento de una roca sin apelar a un acontecimiento en otro plano distinto, el biológico, cuando un elefante la quita con su trompa para poder acceder al alimento o al agua. De hecho, esa roca se ha movido por fuerzas meramente físicas, pero no podríamos comprender el suceso, aunque sí describirlo en estrictos términos físicos, sin apelar a ese otro mundo, el biológico, donde no actúan fuerzas sino apetencias y voluntades. La explicación causal se puede dar en términos meramente físicos, pero la comprensión, es decir, la explicación no lineal, no es posible sin tener en cuenta los términos biológicos.

Lo físico y lo biológico son realidades ortogonales que, no obstante, se relacionan la una con la otra, pero no pueden describirse mediante una simple secuencia lineal. Desde el mundo físico, la causa real de por qué se ha movido esa piedra y no otra permanece oculta. Es más, para el mundo físico, ese suceso constituye una anomalía, una distorsión inexplicable.

Del mismo modo podemos entender la relación entre la conciencia o los contenidos del mundo virtual (el lenguaje, las ideas, los símbolos…) y el mundo biológico o, más claramente aún, con el físico. Desde el punto de vista biológico carece de sentido el comportamiento de los zoólogos que observan la vida de los animales sin intervenir en ella. O la conservación de parques naturales donde se preserva la vida y la supervivencia de otras especies en lugar de explotar ese hábitat en beneficio de nuestra especie. O, más aún, el control sobre nuestros impulsos biológicos.

Y esto mismo puede estar sucediendo entre nuestro mundo virtual y simbólico y ese otro plano al que podríamos llamar sobrenatural, espiritual o, sencillamente, suprahumano. ¿Cómo comprender o, si quiera sospechar consistentemente que los sucesos de los mundos virtual, biológico y físico, están causados por los acontecimientos de otro mundo al que no tenemos acceso, gobernado por un orden lógico (o ilógico) y unas leyes radicalmente distintas, quizá contradictorias, con las de nuestro mundo?

  • Los mundos del Universo ortogonal se relacionan entre sí por “leyes” ajenas a su propia naturaleza.

Lo ortogonal se refiere a una relación entre distintos planos que no puede ser inferida por la naturaleza de esos planos ni por una naturaleza simétrica del plano en el que ambas se relacionan. Es por esta asimetría esencial del plano de relación que podemos establecer la ortogonalidad sin que exista un contacto físico (geométrico) entre dos o más planos. Aunque representemos posteriormente la ortogonalidad mediante uno de sus casos, el más asequible a nuestro modo de concebir, los planos perpendiculares, la asimetría queda mejor expuesta por el más difícil ejemplo de planos no perpendiculares, que describen distintas orientaciones en un entorno o marco de relación que no tiene más referencias que esos mismos planos a los que da cabida.

Si definimos ese ámbito de relación como un Universo compuesto de mundos (o universos) ortogonales, esos mundos no se relacionan (directamente) entre sí sino que lo hacen a través del conglomerado en el que se encuentran: el Universo de mundos que, a su vez, no podemos representar sino como la ortogonalidad.

Lo único realmente ignoto es qué sea la ortogonalidad, es decir, qué sea el Universo de los mundos irrelacionables entre sí a no ser por ese Universo. Podemos evocar cualquier imagen o representación poética, mística o científica, pero siempre quedará más allá de ese sentido del que hemos hablado más arriba y que supone el límite con lo ignoto.

Para que lógica y científicamente sea aceptable la hipótesis del Universo de mundos ortogonales debemos mantener la cifra y el valor de ese Universo como una incógnita irresoluble, y darle, a esa incógnita, completa validez lógica y científica. Es necesario mantener que el Universo es, en sí mismo, incógnito y no sólo que permanece inalcanzable para nuestra limitada capacidad de conocer y concebir, para que la hipótesis de un universo de mundos ortogonales tenga, desde el punto de vista lógico y científico, verosimilitud ¡y verificabilidad!

Las leyes asimétricas son un modo de decir “antiley”. Y “antiley” es tan sólo otra forma de referirnos a la ortogonalidad, es decir, a la relación de planos incompatibles. Incompatibilidad que se convierte, finalmente, en única condición de (plena) relacionabilidad de los planos que establecen entre ellos relaciones asimétricas, discontinuas y paradójicas. Ortogonalidad significa relación ignota de elementos incompatibles. Una relación que se da no en virtud de lo que llamamos leyes, orden o algo parecido, sino a otra cosa que normalmente no asociamos, en nuestros análogos conceptuales, con “orden” o “ley”. Por ejemplo, voluntad (más aún, capricho) o, mejor aún, el hueco conceptual entre todos los conceptos conocidos. Algo que se corresponde exactamente con ninguna de las cosas que pensamos. Pero algo real.

Hay, pues, un tipo de relación causal (fuertemente causal) distinto al lineal e, incluso, al puntual (casual) que es el que relaciona los planos ortogonales y que sólo podemos describir (imaginar, representar, sugerir) mediante un collage de aspectos como asimetría, ortogonalidad, influencia (y no propiamente acción), emparejamiento… todo para describir lo inconcebible: la relación de mundos aislados e incompatibles.

Y esa causalidad inconcebible es, tal cual así expresada, la mejor aproximación que podemos hacer a Dios entendido como Universo, es decir, como ámbito de universos; y la mejor aproximación a un principio último que fundamente la racionalidad trascendente en la que debe basarse la ciencia, la filosofía, la mística y cualesquiera disciplinas que aspiren a la utopía de la Verdad.

La incógnita, como remedo lógico y científico de lo ignoto, conforma la relación entre lo físico, lo biológico y lo consciente (o, simplemente, lo psicológico) pues, aunque se dan en el común ámbito de nuestro mundo, no sabemos exactamente a qué orden o leyes obedece dicha relación. Ni siquiera en el caso de los órdenes físico, biológico y psicológico (racional o espiritual) en los que dividimos nuestro mundo puntual, conocemos el mecanismo último de la obvia relación que existe entre ellos. Las sombras de la ortogonalidad se encuentran también dentro de cada mundo, quizá incompletas y, por tanto, de algún modo conocibles o, tal vez, sólo reconocibles en forma de incógnita que, como expresión de la ortogonalidad, y no de la causalidad espontánea, deja de ser una simple cuestión gnoseológica que ensalza la ignorancia y la incapacidad hasta conferirle categoría ontológica, para convertirse en la formulación de un proceso de conocimiento activo aunque indefinido que se corresponde con la propia naturaleza de la ortogonalidad. La ortogonalidad, y sólo sucede con ella, configura así su única y específica forma de ser conocida, una forma que como mejor podemos nombrar es por “ignota”, aunque ese término conlleva un aspecto que, en el resto de los casos, le es contradictorio: el de ser una verdadera forma de conocimiento.

Así, la ignota forma en que, por ejemplo, lo consciente influye en lo físico no viene predicha en el orden consciente ni en el físico sino que pertenece a unas leyes de relacionabilidad ajenas por completo a esos dos planos y que, por tanto, pertenecen al ambiente en el que ambos se dan: el mundo puntual. Pero ese mundo puntual no se nos manifiesta como desfasado, ambiguo, singular, etc. sino mediante un aspecto de la ortogonalidad, que nos sirve para crear la perspectiva mediante la que construir una evocación de lo ignoto, de la ortogonalidad plena de los mundos relacionados en un Universo “discontinuo”.

No hay una zona de transición entre planos ortogonales (incluso entre lo físico, lo biológico y lo psíquico, todos ellos dados un mismo mundo) que se encuentre prefigurada en el orden de esos mismos planos. No hay un mecanismo de transición entre un plano ortogonal determinado que se acople al mecanismo o zona de transición de otro. Desde cada plano, la ortogonalidad viene definida por la contradicción o cualquiera de sus sinónimos: distorsión, caos, imperfección, error… invención.

Lo consciente (lo psicológico) decide mover una piedra de su sitio y la piedra se mueve (obviamente impulsada por un instrumento físico: la mano)8. Pero el paso de esa decisión a los fenómenos físicos que llevan a la descolocación de la piedra (el moviendo del brazo y de la mano) aunque conocido (o eso pensamos) no viene predicho en ninguno de esos ámbitos. Cómo se traduce la decisión en movimiento físico (o viceversa) es algo que no pertenece ni está en la naturaleza del orden físico ni, tampoco, en la del orden psíquico. Existe un vacío inexplicable (ignoto) en cada uno de los planos para, desde ellos, explicar el tránsito hacia el otro. Un vacío que nunca hemos decidido estudiar en sus propios términos y que, por tanto, rellenamos de inexplicada y mágica (o divina) continuidad: se decide (psicológico), se mueve la mano (biológico), se mueve la piedra (físico). Todo aparentemente claro, aunque en realidad inexplicablemente evidente, es decir, ignoto pero no intranquilizador, pues se sostiene en la fe, una pértiga con la que saltamos desde uno a otro orden (el físico y el psíquico) salvando el vacío ignoto que los relaciona.

Podríamos proponer una representación de esa ortogonalidad relativa que se da en un mismo mundo como el doblez en el continuo, en el espaciotiempo unidimensional del mundo puntual, que define pseudo planos como el físico, el biológico o el psicológico. Pero se trata de una falsa ortogonalidad o, si se quiere, esa relativa ortogonalidad consiste en el más simple caso de ortogonalidad posible, el de planos perpendiculares continuos: un plano plegado en varios dobleces.

La ortogonalidad del Universo ortogonal de los mundos incompatibles no es un caso de planos perpendiculares continuos sino que representa, como veremos, una geometría de planos ortogonales no perpendiculares y que no se cortan entre sí, es decir, que no presentan realmente ningún punto de contacto, aunque para representárnoslos los imaginemos así: contactando en un punto ortogonal distinto a ambos planos.

Por esa simple razón de economía conceptual utilizaremos el ejemplo más sencillo (quizá, en el fondo, es el más complicado) y asequible: los planos ortogonales perpendiculares. Que, por otro lado, puede que representen escondida en su aparente sencillez toda la complicación de lo ignoto.

Desfase y distorsión.

Imaginemos nuestro Universo como un plano espaciotemporal9. Y partamos del principio de que no existe en él un orden como ámbito de posibilidad de sucesos, sino que esos sucesos, sin unas leyes que delimiten previamente su posibilidad y su relación, su forma y su devenir, suceden espontáneamente. Esta causalidad puntual podemos representarla como “casualidad” y describirla según una función por contraposición a la causalidad lineal que describimos como una variable.

  • La mejor forma más sencilla para representar el espaciotiempo unidimensional de nuestro mundo es el punto.

Sin embargo, la ausencia de orden lineal no se identifica con el caos. No es propiamente desorden, sino espontaneidad neutra y, por tanto, ortogonal, con relación a un eje “orden-caos”. La causalidad y el eje “orden-caos” no forma forman parte de nuestro mundo. El Universo actual es un plano (o dimensión) espaciotemporal puntual en el que superponemos el espaciotiempo lineal de nuestra red perceptivo-conceptual creando así un delirio de densidad y causalidad por el que creemos que hay realmente seres, y no sólo sucesos, ordenados según un estricto eje “orden-caos”.

  • El espaciotiempo puntual es realmente espaciotiempo porque se encuentra desfasado, si no, se correspondería con Nada (sería un sinónimo de Nada).

Ese desfase es uno de los aspectos o expresiones en las que se nos muestra la dimensión 1 del mundo puntual, de la singularidad en la que vivimos.

El espaciotiempo puntual es notable pero no mensurable al modo lineal. No hemos estudiado nuestro espaciotiempo desde una perspectiva unidimensional y, por tanto, no conocemos de forma científica y operativa sus parámetros puntuales. Vivimos en él, las cosas suceden en él, pero nos relacionamos con él a través de un mediador perceptivo-conceptual que construye una red, un eje de coordenadas, una malla virtual basada en las regularidades e invariaciones, es decir, de los aspectos menos desfasados de ese universo: la redundancia de los sinónimos, que es con lo que construimos la realidad virtual de nuestra red10. Y por tanto, al ser los menos desfasados, paradójicamente, es donde el espaciotiempo puntual es menos evidente.

El desfase esencial se corresponde con la misma naturaleza del espaciotiempo puntual, pues es en esa forma de desfase como se constituyen las partes del hecho en un espaciotiempo singular. La mera ocurrencia sólo puede manifestarse como un desfase que, no obstante, aún siendo esencial, no es absoluto.

La característica fundamental de la unidimensionalidad es que es neutra en el eje orden-caos.

El mundo puntual es transversal al eje orden-caos. No existe en el un orden predicho ni, tampoco, un desorden como consecuencia de esa ausencia de orden. La distorsión, como sinónimo de caos, no se debe a la naturaleza del espaciotiempo puntual, aunque venga expresada en (extraños) términos puntuales, dado que se da en él, sino que se debe a la influencia de unos otros planos espaciotemporales.

Una de las formas (aspectos) de esa distorsión es la existencia del espaciotiempo lineal, la razón, la imaginación, el mundo de las ideas. El espaciotiempo lineal (la lógica, la causalidad, el lenguaje) es la más clara consecuencia de la proximidad a ese punto de contacto entre distintos espaciotiempos. La linealidad no es realmente un espaciotiempo o, al menos, no lo es desde un punto de vista físico, sino que se corresponde con nuestra red virtual. Aunque tal vez sea la mejor representación de ese punto de contacto entre dos planos ortogonales.

La teoría de los planos ortogonales describe el incremento de la distorsión a lo largo de la singularidad porque las cosas provienen o se aproximan a otro plano espaciotemporal.

  • La distorsión indica la proximidad a un punto de relación ortogonal con otros planos espaciotemporales.

La distorsión no indica que los sucesos del mundo unidimensional se estén desorganizando sino que a través de ellos podemos discernir la proximidad de otros mundos.

El mundo de la singularidad no está desfasado porque podamos percibir (tras librarnos de nuestra red mediante el perspectivismo) distorsiones (este sería el planteamiento cognitivo del que parte y al que finalmente se reduce la física cuántica), sino que esas distorsiones son la expresión, en la casual disposición o ausencia de orden al final de la singularidad, de la ordenación de procedencia o acceso de los sucesos a otro plano espaciotemporal. Esas distorsiones ni siquiera son producto del desorden de la singularidad, pues este desorden consiste en que no hay orden, y en esa esencia de orden, el desfase se acentúa al aumentar la diferenciación y no propiamente porque haya un desorden real.

La ausencia de orden-caos en esta fase final de la singularidad en la que vivimos se ve, pues, progresivamente contaminada por una distorsión general dado que nos aproximamos a otro mundo.

Por supuesto, desde un punto de vista físico, esto no lo percibiremos así, sino como un incremento de las incertidumbres teóricas que se producen conforme nos acercamos a la verdad científica que finalmente logrará descubrir el orden subyacente al Mundo. Pensamos, desde el planteamiento científico de que vivimos en un mundo tridimensional y ordenado según una causalidad lineal, que estamos cada vez más cerca de descubrir la verdad del Mundo, expresada en leyes naturales, es decir, en variables, cuando menos, simultáneas a la función que describen los casos particulares en los que se concreta la posibilidad de mundo.

Paradoja

Conforme disminuye el desfase (y con él el espaciotiempo puntual) se incrementa la distorsión. Cuanto menor es la isotropía y mayor la diferenciación, más ajustadas están las condiciones físicas que llamamos leyes pero mayor es la contradicción del producto final de nuestra red: la racionalidad.

En el plano singular en el que vivimos, el venidero mundo de los seres (o verdadero espaciotiempo denso) se muestra como una mínima porción de suceso: alfa, conciencia, alma… Desde la distorsión lineal, suponemos que en el mundo denso deberá ocurrir lo mismo pero al contrario, que este mundo de sólo sucesos sea la mínima porción de ser. Pero esto no es así, por cuanto la relación ortogonal entre mundo incompatibles presenta entre sus características la de la asimetría. El ser del suceder se corresponde con el ser de la Nada, con el espaciotiempo 0.

El punto de contacto entre los dos planos, el puntual y el denso, podríamos representarlo como el espaciotiempo lineal construido por nuestra red, es decir, por la realidad virtual generada por el sistema nervioso. Pero la realidad de ese punto (o línea) de contacto entre los dos planos no se reduce a esa linealidad espaciotemporal. Lo virtual, lo simbólico, lo lineal es un aspecto más de la imagen de la intersección entre los dos planos. Es, por tanto, una imagen de lo ignoto que evoca la ortogonalidad como sinónimo de locura, de quimera, de error esencial, pero, al mismo tiempo, como coherencia racional. Lo encerrado, lo congruente consigo mismo como paradójica fantasía de lo ignoto-abierto, de lo inabarcable-inconcebible.

No hay referencias métricas en el espaciotiempo puntual (por eso hablamos sólo de desfase para representar un espaciotiempo sin extensión-duración) hasta que aparece la línea de intersección con el otro plano. Pero esa línea no aclara nada sino que introduce contradicción (distorsión) donde antes había sólo desfase. Se da la paradoja de que cuanto más avanzamos en el conocimiento lineal del Universo, partiendo de la base de que existe realmente extensión-duración, mayores incongruencias aparecen, porque esa línea la pretendemos construir o colocar sobre los espacios de regularidad e invariabilidad de nuestra red, es decir, pretendemos que esa línea sea fija y no elástica (oscilante) e imprecisa como se correspondería con el punto de intersección de dos planos que se están moviendo y son cambiantes en sí mismos y con relación al otro. Desde el plano puntual, la intersección con el plano denso la representamos como una línea que se convierte en regla con la que dotar de duración-extensión el puntual espaciotiempo de los sucesos. Pero esa línea es, en realidad, oscilante y sinuosa y, vista desde nuestro plano puntual, emerge y desaparece en parte porque la vemos desde una doble perspectiva, la puntual y la lineal superpuestas, que simulan en esa superposición una rudimentaria tridimensionalidad sólo aceptable desde nuestro delirio.

El plano denso deberíamos representarlo como una elipse:

Y, así, vemos esto:

Pero nos influye esto:

La materia oscura es un fenómeno de nuestro mundo puntual, pero no se produce en él, sino que se trata de una hiperdistorsión. Podemos denotar su existencia (o, más precisamente, su influencia) pero no podemos representarla nada más que como aquello que no es la materia convencional. El concepto de materia convencional está basado en la invariabilidad y regularidad, ideas que son inútiles para tratar de representar la variabilidad e imprecisión del Mundo y, por tanto, nos impiden operativizar linealmente la hiperdistorsión manifestada como materia oscura, que es uno más de los efectos (o aspectos) de la intersección entre el “masivo” mundo denso y el liviano mundo puntual.

¿Por qué no podemos ver el plano denso, aunque sentimos sus efectos como distorsiones?

El Mundo Nada de dimensión “cero” lo situamos comúnmente en el pasado de nuestro inventado y virtual espaciotiempo lineal, así como el Mundo Denso lo situamos en el futuro. Podemos ver el pasado, recomponer la historia de los sucesos y del mundo gracias a la memoria, que viene, a su vez, posibilitada por la propia naturaleza del espaciotiempo puntual: el desfase. Ese desfase se manifiesta en una forma peculiar, la de que siempre llegamos tarde a los sucesos. Lo percibido-concebido es siempre pasado. El espaciotiempo unidimensional sólo posee un momento temporal: el instante. Pero como vivimos en el instante no podemos hacer simultáneo nuestro suceso individual con los demás sucesos. Por tanto, fuera de la desnuda conciencia, incluso cuando nos relacionamos con nuestros propios pensamientos, estamos tratando con el pasad. Un pasado que se relaciona con nosotros en el único momento lugar del mundo puntual: el instante. Nos relacionamos con instantes pasados, es decir, con sucesos que se relacionan con nosotros en forma de pasado, pero que son sólo instante. Esto resulta muy evidente cuando observamos el cosmos. El Sol que vemos sucedió hace x minutos. Lo que vemos de las galaxias más lejanas ocurrió hace miles de millones de años, aunque todas esas visiones ocurren en nuestro instante.

Desde un punto de vista lineal, de tiempo secuencial que fluye en un dirección desde el pasado al futuro, nos resulta relativamente fácil ver el mundo pasado y, en ese sentido, nuestra relación con el Mundo Nada, el espaciotiempo 0, del que proviene nuestro mundo de sucesos. Pero nos resulta muy difícil concebir lineal y racionalmente el venidero mundo y nuestra relación actual con ese venidero mundo. Podemos comprender, no sin cierto esfuerzo, cómo nuestra actualidad se relaciona con actualidades pasadas, pero nos resulta casi imposible crear un modelo explicativo o, incluso, evocativo, de cómo nuestra actualidad puede estar ahora mismo relacionándose con lo que todavía no ha sucedido, con actualidades futuras.

El mundo denso de nuestro futuro está realmente afectándonos ahora mismo en forma de distorsiones que nos resulta muy difícil de conectar, en una secuencia temporal lineal de pasado-presente-futuro, con nuestra actualidad. Las distorsiones del pasado han ocurrido y, por tanto, de alguna manera están aquí, en el ahora. Pero las distorsiones del futuro, para nuestra simplista (aunque eficaz) concepción del tiempo como una secuencia lineal de un solo sentido, no han ocurrido y, por tanto, no encontramos la manera de concebir cómo pueden estar afectándonos.

Como tales manifestaciones del futuro no podemos verlas y, sin embargo, notamos su influencia distorsionadora en nuestro mundo porque realmente nosotros estamos ahí, en su pasado. Esta asimetría en las direcciones del espaciotiempo según sea pasado, que nos afecta pero al que no podemos afectar, o futuro, que no nos afecta pero al que podemos afectar, es una manifestación clara de la naturaleza asimétrica de la relación ortogonal entre distintos mundos. Este fenómeno de la asimetría entre planos le podemos entenderlo como una paradoja.

  • La relación ortogonal entre planos espaciotemporales es paradójica.

Aunque en absoluto es evidente para nuestra percepción-concepción lineal (racional), existe una fuerte relación entre los fenómenos físicos como la materia oscura y fenómenos paranormales. Cabe entender muchas de las contradicciones racionales como paradojas, es decir, como un enigmático sinsentido producto de la asimetría entre los planos. Dado que vivimos junto a la intersección ortogonal entre mundos, nuestra conciencia es un vértice desde el que podemos experimentar directamente los efectos distorsionadotes de la ortogonalidad asimétrica.

De hecho, como veremos, no hay nada más paradójico que nuestro perspectivismo particular. El modo de relacionarnos con el mundo puntual es a través de un espaciotiempo virtual, muy simple pero muy eficaz desde el punto de vista práctico. Un espaciotiempo virtual que constituye en sí mismo un delirio, una irrealidad, una lente o prisma que nos presenta un mundo lineal, con extensión-duración, estable, regular y con sucesos bien definidos a los que asignamos o el estatus de verdaderos seres o el de relaciones entre esos seres, y a los que llamamos hechos.

Luego, nos lanzamos como posesos a descubrir el mismo orden de nuestro prisma en el mundo sinorden en el que vivimos. Creemos realmente que ese truco perceptivo-conceptual nos muestra el mundo real y no que es un medio económico y eficaz para tener éxito práctico y biológico en ese mundo. Y, por tanto, buscamos en el mundo el orden virtual con el que está fabricada nuestra lente. Pero el mundo no tiene ese orden sino que es, realmente, miope y no como las gafas para corregir la miopía esencial del mundo nos lo muestran: artificialmente nítido. Esas gafas correctoras de la miopía del mundo real es la red perceptivo-conceptual en la que se encarna nuestro perspectivismo particular.

La Red

La misión de nuestro cerebro no es conocer la realidad profunda y compleja del Mundo, sino únicamente los aspectos más útiles desde el punto de vista biológico. Otra cosa es que el diseño cerebral humano pueda también servir para conocer esa realidad a pesar de sí mismo, es decir, de las adaptadas y eficaces deformaciones y limitaciones con las que percibe y conceptualiza al mundo. De la misma manera que unas zonas cerebrales pueden realizar las funciones de otras que han sido dañadas, o que nuevas aptitudes pueden ser desarrolladas con un entrenamiento adecuado, nuestro cerebro puede ser capaz de conocer el Mundo de forma mucho más precisa y completa corrigiendo esas misma forma correctora de ver lo que nos rodea.

Hemos usado este órgano complejo, esta verdadera joya biológica, para sobrevivir en un medio con unas exigencias determinadas. No necesitábamos hacer filosofía, ni conocer los misterios profundos del universo, sino tan solo captar y procesar una parte (sin duda pequeña) de lo que nos rodea con el mínimo esfuerzo y la máxima eficacia.

El ojo de los primates no percibe todo el espectro lumínico, pero es suficiente para tomar decisiones ligadas directamente a su supervivencia. Por eso tenemos una visión estereoscópica y podemos percibir una amplia gama de colores. Pero no vemos todo lo que hay, ni lo percibimos con otros sentidos, ni procesamos todo lo que percibimos, ni lo que procesamos lo hacemos en función de extraer todos los datos posibles sino sólo aquellos que interesan directamente a nuestro éxito biológico.

Ese sistema sensorial, neuronal y cognitivo conforma una parrilla o red mental que ordena al Mundo (a los datos que la percepción selecciona de él) en un espaciotiempo lineal, donde las distintas posiciones definidas y fijas de esa retícula se corresponden con posibilidades de sucesos, es decir, con la regularidad e invariabilidad de los sucesos del Mundo convertidos en variables que, finalmente, se confunden con los casos y sucesos concretos. Unas confusiones a las que llamamos “seres”, “cosas” y, desde un punto de vista físico “partículas”.

  • Todo lo traducimos a distancias, duraciones y secuencias.

La hipótesis fundamental de la que partimos en esta obra es que nuestro Universo es la última fase de la singularidad primigenia, que vivimos cerca del fin del primer instante de un universo que aún no ha logrado la estabilidad dinámica en la que imaginamos vivir. Aún perdura el “sinorden” de la explosión y las condiciones físicas de este universo no están regidas por leyes coordinadas. Un desfase esencial rige a nuestro universo en el que sólo existe espaciotiempo puntual de una sola dimensión afectado por distorsiones debidas a otros sistemas espaciotemporales. Vivimos en un sueño (la singularidad) con apariencia de vigilia, de extensión, duración y secuencia. Pero, aunque al igual que ocurre en los sueños, no hay realmente duración ni extensión ni orden secuencial lógico, en este sueño despierto que es la existencia podemos hacer distinciones incluso de carácter genuinamente espaciotemporal (aunque sea virtual).

En una espaciotiempo unidimensional se pueden hacer distinciones, pero no como las haríamos en un espaciotiempo verdaderamente tridimensional. La superposición, que es el aspecto que más se puede acercar a una representación de la forma en que podemos hacer distinciones en un espaciotiempo puntual, la transformamos en distancia, duración y orden secuencial (lineal) porque la amalgama puntual de los sucesos la percibimos y pensamos mediante un prisma, una red perceptivo-conceptual, que hace que los elementos de ese suceso parezcan dados en un espaciotiempo con extensión y duración, en una linealidad y no en una singularidad. Algo muy parecido a lo que ocurre cuando vemos una película en 3d con gafas especiales: las imágenes planas nos parecen tridimensionales. Pues bien, con las lentes correctoras lineales de nuestra red transformamos los sucesos puntuales en extensos, duraderos y ordenados según una secuencia de causalidad lineal.

No es que seamos miopes y, por tanto, veamos el mundo desenfocado, es que el mundo está realmente desajustado y nuestras gafas lineales nos hacen verlo nítido. Virtual y falsamente, aunque también útilmente, nítido.

La línea gorda

No hay volumen. No hay densidad.

  • Vivimos en un mundo de una sola dimensión.

En realidad, nuestras tres dimensiones son sólo bidimensión virtual. La línea (bidimensional), construida con un eco o repetición del punto que representa la unidimensionalidad de nuestro mundo, la hemos ensanchado y profundizado para que simule un espaciotiempo denso en base a tres dimensiones, es decir, a tres líneas ortogonales. Ni es así la verdadera tridimensionalidad, ni el espaciotiempo denso se corresponde exacta y solamente con la tridimensionalidad11.

  • No tenemos otra forma de representar y concebir un espaciotiempo denso sino como tridimensional y, esta tridimensionalidad, a su vez, como una línea gorda.

Por tanto, nos resistimos no sólo a aceptar que estamos reduciendo la densidad a tridimensionalidad, sino, sobre todo, a que manejemos una falsa tridimensionalidad que es, realmente una unidimensionalidad donde los puntos de esa línea los transformamos en posiciones a las que les asignamos movimiento basado, a su vez, exclusivamente en un aspecto: la secuencia, que consiste simplemente en asignar a las distintas posiciones el valor “anterior” o “posterior”. De ahí nace el concepto de movimiento y, también, el de causalidad, ambos íntimamente relacionados en nuestra concepción lineal. Por tanto, se trata de un movimiento basado en posiciones fijas: el movimiento falaz de las fotos inmóviles que se suceden rápidamente. Y ese movimiento de cine o secuencial, eliminada de él la variable velocidad (que es lo más parecido a lo que sea el espaciotiempo puntual), se convierte en extensión-duración.

  • Creemos vivir en un Mundo de tres dimensiones construido en base a relacionar una sola dimensión puntual con las dos dimensiones lineales, que no son “alto” y “ancho” sino “duración” y “extensión”.

Mediante esa extensión-duración convertimos una línea gorda en un espaciotiempo tridimensional, que consiste en distorsionar la extensión-duración al relacionarla con la dimensión puntual y, de este modo, obtener la ficción de que puede distinguirse el espacio del tiempo, y no que cada posición en la línea es un cuanto de espacio y tiempo indistinguibles e inseparables. La velocidad, que es la formulación más precisa y operativa del espaciotiempo puntual, nos permite conjeturar una supuesta dimensión temporal (realmente, una dirección temporal) al utilizarla no como aspecto esencial de la singularidad sino como una condición física que modula las distintas variables espaciotemporales lineales.

Si representamos el espaciotiempo puntual de la singularidad como un punto, el eco de ese punto describe una línea que consideramos real pero que, como no lo es (se trata de una honda) las posiciones que describe ese eco en el vacío pasamos a considerarlas “posiciones reales” y, a continuación, por simple sinonimia, “cosas reales”12. Esa línea, puro truco perceptivo-cognitivo, se constituye en espaciotiempo virtual y, paradójicamente, esa sucesión del eco por distintas posiciones del vacío descritas en su propio deambular y fijadas en la memoria (el espaciotiempo lineal es memoria superpuesta al vacío puntual) son la concepción de “suceso” que comúnmente manejamos. Suceder, por tanto, es el pasar de algo por las mismas posiciones que ese algo describe en el vacío. Las posiciones fijas en el recuerdo del paso del eco puntual (lo que no se mueve o se mueve relativamente menos que su entorno) se corresponden con los no sucesos, y sobre ese no suceso (una definición negativa del suceso) asentamos la concepción del ser y no sobre una definición positiva del mismo, distinta al suceder o a su sombra.

Es sobre ese ámbito pseudodenso de la tridimensionalidad de línea gorda sobre el que proyectamos la red perceptivo-conceptual y no sobre el verdadero espaciotiempo unidimensional donde suceden los hechos.

  • Vivimos atrapados en un mundo virtual.

La sucesión de puntos se convierte en una verdadera línea, pues dejamos de ver las posiciones de los puntos, los fotogramas, gracias a la velocidad y, por tanto, no vemos una sucesión de fotos sino una película continua. Luego, esa sucesión de puntos se transforma en un tubo o una esfera (da igual) donde podemos establecer líneas finas como sucesión de puntos que establecen posiciones en un campo de coordenadas.

El punto pasamos a considerarlo como una línea que estamos viendo de frente.

La línea construida con una sucesión o eco de puntos permite una perspectiva nueva: la línea vista de lado.

Y esta línea, vista como un continuo, describe un tubo como representación de un ámbito de densidad.

Finalmente, podemos superponer unos ejes de coordenadas en ese ámbito “gordo” que no son más que “líneas-sucesión de puntos” que, a su vez, identifican posiciones dentro del ámbito de la “línea gorda continua”. Esa línea gorda continua como ámbito tridimensional de la densidad, de los sucesos como movilidad y cambio de los seres, es necesariamente estática y vacía, pues las posiciones descritas por los ejes de coordenadas son independientes del contenido (de los seres) de dicho ámbito.

Un ejemplo útil, aunque aplicado a un plano y no a una esfera o tubo, puede ser la cuadrícula de latitud y longitud que superponemos idealmente a la superficie terrestre. El Everest se encuentra situado en las coordenadas 27º59’16’’N 86º56’40’’E. Podría haber cualquier otra cosa allí: un lago, una depresión, una ciudad. Pero la posición sería la misma: 27º59’16’’N 86º56’40’’E. Y así pensamos que es realmente el Mundo. Que hay una correspondencia exacta entre cosas y localizaciones y a cada suceso le corresponde una posición. Pero ¿con qué localización nos identificamos nosotros o cualquier otra cosa en movimiento?

Puede parecer un truco del lenguaje, que lo es, pero este truco nos llama la atención sobre algo muy importante.

  • Que podamos asociar una posición exacta a algo, incluso una posición móvil, no quiere decir que ese algo sea exacto.

El mundo se parece más a un ser vivo en movimiento impredecible que al Everest. No podemos saber dónde está un animal atendiendo sólo a la última posición en la que se encontraba, aunque esa última posición conocida sea una buena pista para tratar de averiguar dónde es probable hallarlo. Así es el Mundo de los sucesos.

Pero hay algo aún más importante en este asunto. Sólo podemos hacer una correspondencia perfecta entre el Everest y la latitud y longitud si consideramos escalas temporales cortas. El Everest es también un suceso y, por tanto, algo cambiante. Suponemos que hay posiciones topográficas (latitud y longitud) o identificativas (nuestro nombre) que se corresponden perfectamente con un suceso (para transformarlo, así, en un remedo de ser) cuando designamos su velocidad relativa con relación a otros sucesos como “cero”, es decir, como inmovilidad13.

Aquello que no cambia es lo que da identidad a los sucesos y los convierte en (pseudo) seres o partículas. Pero, en realidad, aquello que no cambia es, simplemente, nuestra ceguera, la sombra con la que ocultamos un cambio más lento que el de otros sucesos.

La cuestión, entonces, es: ¿por qué consideramos que hay sucesos que no cambian? Ni siquiera los sucesos más lentos implican inmovilidad o ausencia de cambio. Así pues, identificamos los seres como sucesos inmóviles por su invariabilidad relativa con relación a otros sucesos, pero esa invariabilidad (pues nunca es absoluta) la establecemos creando intervalos de invariación.

  • La invariabilidad, en nuestro mundo esencialmente variable, la construimos mediante intervalos de invariación14.

El intervalo de invariación no sigue ninguna pauta independiente de los propios sucesos. Consideraremos que una estrella ha cambiado cuando se produzcan variaciones “sustanciales” en su composición. Unas variaciones sustanciales que establecemos arbitrariamente y no según un marco fijo como las coordenadas de longitud y latitud. Una estrella habrá superado su intervalo de cambio cuando, por ejemplo, pase de una fase de secuencia principal a una de subgigante , lo cual implica cambios cuantitativos enormes, mientras que pequeños cambios a escala de la estrella, aunque enormes a escala planetaria o, no digamos, humana, son despreciados.

Las manchas solares, siendo tan grandes como la Tierra, no hacen al sol distinto al que era antes de producirse dichas manchas. Los cambios sufridos por una persona cuando tiene dos años a cuando tiene, simplemente, quince son enormes. ¿Podemos decir que se trata del mismo suceso? Si aplicamos el intervalo de las estrellas a la escala humana, evidentemente tendríamos que concluir que esa persona con dos años no es la misma que con quince años (no digamos ya con setenta años). Pero esos criterios no guardan la mínima proporción porque se ciñen a la realidad fáctica y concreta de cada sujeto.

El criterio para establecer intervalos de cambio con los que determinar la regularidad y la invariabilidad de los sucesos y, con esos parámetros, establecer la identidad de los mismos sobre la que superponemos nuestro concepto de “ser” o “ente”, es elástico y, por tanto, más cercano al universo desfasado y desenfocado en el que realmente vivimos que a ese otro mundo virtual de la red caracterizado por la objetividad y la nitidez.

El Everest está cambiando constantemente de posición y composición (altura, volumen, peso…), pero esos cambios no sobrepasan el intervalo de identidad que hemos fijado. Un intervalo de identidad que consiste en una traslación del criterio métrico e invariable de las posiciones establecidas por los ejes de coordenadas sobre el vacío ámbito de la línea gorda (independiente de los hechos que en él sucedan) hasta esos mismos hechos.

Eso son, paradójicamente, las variables: intervalos de invariación. Como las funciones son intervalos de variación15.

La red perceptivo-conceptual se caracteriza, pues, por dividir el Mundo y definir sus cosas en base a lo que permanece igual, a la invariación, a la inmovilidad (de lo que suponemos seres) y la regularidad (de lo que llamamos hechos). Otra característica es que se especializa en detectar (sólo) el movimiento, la variabilidad, como algo inesperado, casual, efímero y anecdótico.

El objetivo de la red es predecir de la forma más fiable y sencilla los acontecimientos reduciendo en lo posible la variabilidad impredecible.

Por un lado, por tanto, está el mundo construido con las partes menos variables de las cosas, en base a cuya invariabilidad (definida como inmovilidad y regularidad) se supone un orden subyacente en el Mundo (eso sería el Mundo, lo demás sería mundo o cosas mundanas), un orden que se expresa en causalidad: las cosas ocurren por otras cosas y la forma en la que ocurren viene determinada por las leyes del orden subyacente en el que se constituye el Mundo.

La concepción lineal entiende que la forma de relacionarse las cosas entre sí está predicha en un orden fijo e independiente de los sucesos. Pero en el espaciotiempo puntual en el que vivimos, las cosas establecen sus propias relaciones, porque esas relaciones forman parte constituyente de ellas mismas.

Las cosas, en el espaciotiempo lineal de la red, no son sólo sucesos, pues aunque su naturaleza no difiere en absoluto de la de cualquier suceso (por muy lento o regular que sea), tienen causas y son causas. Y las causas lineales son las leyes del mundo encarnadas en los acontecimientos a los que convierten, de este modo, en seres (cosas).

Por otro lado estaría el “sinorden” de los simples sucesos, que no son sino la encarnación de valores concretos que toman las cosas dentro del rango que establece su propia identidad como variables. Esos valores concretos no nos dicen nada (útil) del Mundo porque están hablando del mundo, que podría ser cualquier otro.

Una vez dados dos valores (3 y 5) ya sabemos el resultado de su suma (8). Sin embargo, en el mundo puntual no existe esa certidumbre porque no hay realmente un orden que prediga las relaciones entre dos valores concretos16.

Como hay un orden subyacente en el mundo, la misión del conocimiento es encontrarlo. Por tanto, la irregularidad no existe realmente en el mundo de la línea gorda sino que es un artefacto producido por nuestra propia incapacidad.

  • Incrementamos hasta valores absolutos la relativa invariabilidad y regularidad mediante los programas de retoque “ES” y “SIEMPRE”.

Buscamos invariabilidad en algunas partes de la realidad y, luego, incrementamos esa invariabilidad en base a superponer sobre sus bajos valores de variabilidad filtros de inmovilidad y regularidad. Allí donde hay poco movimiento (lentitud de traslación o cambio) lo eliminamos por completo utilizando un programa mental de “retoque” llamado “ES” (“esto es una casa”), hasta construir un ente como sinónimo de inmovilidad absoluta creada por el programa “ES”. Allí donde hay alta regularidad en el movimiento incrementamos esa regularidad mediante otro programa de retoque llamado “SIEMPRE” (“Si se da A entonces, SIEMPRE se da B”) hasta hacerla absoluta. Y donde (pensamos) que aún no hemos podido conocer completamente el orden subyacente del Mundo, le asignamos (provisionalmente) una probabilidad que se corresponde con nuestra limitada capacidad para eliminar la irregularidad en ese movimiento.

Realmente, estos programas de captación, almacenamiento y procesado o retoque de datos de nuestra mente, que en conjunto llamamos red o retícula perceptivo-conceptual, tienen una utilidad práctica para desenvolvernos en el mundo, porque, de otro modo, ni esos programas básicos estarían en nuestro diseño genético ni habríamos incorporado con éxito (durante muchos cientos o miles de años) versiones ampliadas y especializadas de ellos (las cosmovisiones).

Pero debemos tener en cuenta que la utilidad biológica no se basa ni tiene como objetivo lograr una perfecta visión de la realidad, sino conseguir el mejor compromiso entre la mejor visión de la realidad con el mínimo esfuerzo mental y la mayor rentabilidad en términos de éxito biológico. Predecir con el máximo acierto mediante las claves más fiables y sencillas.

  • No estamos diseñados para conocer fielmente la realidad sino para sobrevivir y reproducirnos en ella.

Así pues, si de lo que se trata es de conocer por conocer (luego, ya veremos qué utilidad se extrae de ese conocimiento), debemos superar los condicionantes de la red y escapar a su prisma. Esto supone romper con el automatismo de buscar invariabilidad “fiable” (que nos ayude a sobrevivir, es decir, con significado biológico) y contemplar el “caos” del Mundo sin orden subyacente, es decir, la causalidad del devenir en sus propios, concretos y casuales términos. A partir de ahí se podrán establecer conceptos que no sean sinónimos de invariabilidad sino que recojan lealmente el desfase del mundo puntual de forma operativa para nuestra mente lineal.

  • La red es una respuesta o adaptación al desfase esencial del mundo puntual.

Una plantilla o retícula a través de la cual ver y simplificar el mundo.

Con una cuadrícula transparente enmarcada por dos ejes que definen posiciones, “x,y”, miramos al mundo y aquellos sucesos que no se corresponden exactamente o de forma consistente con las posiciones x,y los despreciamos. No son útiles para decidir con cierta garantía. Por tanto, escogemos aquellos sucesos o aspectos de la realidad que menos varían, es decir, que más cerca se mantienen de una determinada posición x,y o que describen secuencias regulares de paso por las posiciones de x,y. En base a estos sucesos seleccionados con los segmentos menos variables de los sucesos puntuales construimos un mundo ordenado y de cuyo control absoluto sólo nos separa nuestra limitada capacidad para descubrir ese orden oculto.

No necesitamos crear y reconocer segmentos de invariabilidad y secuencias regulares a cada momento, porque ya tenemos incorporada una serie de seres y secuencias estandarizados en nuestro esquema mental: la cosmovisión.

Nos adelantamos a muchos sucesos porque, una vez identificados con cierta posición, es decir, reconocidos como “avión despegando”, “extraño merodeando”… dejamos de ver lo que concreta y casualmente sucede y pasamos a ver la superpuesta y automática secuencia de fenómenos que predice nuestra red.

  • El desajuste por el que llegamos tarde a todos los sucesos que no son el nuestro, queda aparentemente corregido por la red.

Cuando tenemos observamos un suceso que coincide con una posición o secuencia virtual “x,y”, literalmente desconectamos los sensores exteriores y superponemos esa secuencia virtual. El desfase desaparece y ello nos da una sensación de seguridad, de nitidez y certidumbre que confirman las predicciones de nuestra red.

Las sensaciones que sustituyen a las vivencias son secuencias virtuales que, al ignorar el desfase esencial del mundo real, nos alejan de él, aunque tenemos la falsa impresión de que nos han acercado a la vida. Porque, para lograr este automatismo (y autismo) perceptivo-conceptual, necesitamos despreciar una enorme cantidad de información sensorial, conceptual y emocional que se corresponde con las partes no constantes e invariables de los sucesos. Precisamente la información más rica desde un punto vital (de experiencia vital profunda) pero también, frecuentemente, la menos útil desde un punto de vista biológicamente práctico.

Desde luego, son importantes las regularidades. Nos hacen ahorrar tiempo a la hora de tomar decisiones. Un extraño merodeando alrededor de la casa tiene, probablemente, intención de entrar a robar. Pero no podemos confundir esa regularidad con el hecho concreto porque, además de vivir una gran parte de nuestra vida de forma artificial, envuelta en el plástico de las sensacione, perdiendo el contacto con las vivencias reales, nuestras decisiones pueden ser equivocadas con mayor frecuencia de lo que imaginamos. La confusión entre regularidad (sensación) y suceso real (vivencia) se produce, por ejemplo, cuando conceptualizamos como “extraño merodeando para robar” y dejamos de ver lo que ocurre a continuación (el suceso real, la vivencia): el hombre está despistado buscando la casa de un amigo, pero lo que nosotros vemos virtualmente es que intenta averiguar si hay cámaras ocultas o mecanismos de alarma.

Desde un punto de vista menos prosaico, un beso deja de producirse en el mundo real y perdemos la vivencia, mucho más rica y gratificante que la sensación derivada de haber cortocircuitado el suceso del beso hasta el mundo virtual. El automatismo útil para ciertas cosas se convierte literalmente en un preservativo vital que nos impide vivir con plenitud.

Vivimos en el cristal de las gafas, en la retícula con la que medimos, ordenamos y simplificamos el mundo convertido en sensaciones, en vivencias virtuales, despreciando los cambios que escapan al intervalo de invarianza. Es en base a la oscuridad, a las sombras, a la ceguera, y no a la luz y explosión de imágenes del mundo puntual como construimos la identidad de los sucesos y, sobre esa posición fija o secuencia regular, construimos nuestra idea de ente y de orden. Al cual llamamos luz, conocimiento, verdad y realidad.

La oscuridad de la sombra

Enfocar es ver los espacios en los que se superponen las imágenes desenfocadas.

Pero, si lo que creemos una fantasía, la puntualidad del Mundo, es la realidad y lo que pensamos que es la realidad, ese nítido mundo lineal, perfectamente ordenado en causas, es una fantasía ¿cómo construye nuestra red una realidad lineal a partir de un mundo puntual? Y, lo que es más importante desde un punto de vista práctico, ¿cómo, a pesar de tratarse de una distorsión o sobreelaboración de la realidad, este mundo virtual puede ser útil en el mundo real?

Puede resultarnos absurdo, pero que un centímetro sea siempre un centímetro no importa en qué lugar y bajo qué condiciones significa que es un sistema fiable para no detectar variaciones, es decir, que goza plenamente de la fiabilidad de la insensibilidad. Lo que exactamente detecta un centímetro o cualquier otro sistema de medida rígido es la invariabilidad de los sucesos, lo que no los caracteriza, lo oscuro.

  • Nuestros mejores instrumentos de medida lineal son máquinas perfectas para esconder la riqueza y diversidad del mundo.

Un metro es algo útil para ciertos aspectos de nuestra vida biológica y social, pero se trata de un instrumento muy poco sensible para detectar las variaciones y recoger información. Necesitamos muchas medidas fiables, es decir, muchos aspectos invariables, para poder decir finalmente algo consistente acerca de la realidad de un individuo o cualquier otro suceso17. Tenemos que decir que mide tanto, pesa tanto, tiene tales puntuaciones en las distintas pruebas de aptitud y personalidad, incorporar a esas constantes algunas regularidades como que suele comer a tal hora, le gustan las mujeres con determinadas características y, finalmente, establecer algunas identidades como que es médico, alemán, protestante… para, con toda esa colección de sombras, constantes, regularidades, identidades y generalidades, tratar de construir una imagen cercana a lo que sea su compleja, variable y difusa realidad.

Lo más fiable en lo que podemos basarnos para medir y decidir en base a esas medidas son aquellos aspectos menos variables de los sucesos: la regularidad (la sucesión repetida), cuya máxima expresión es la constante, y la inmovilidad (tanto como movimiento de traslación-rotación como de cambio). Pero esos aspectos son los que menos información nos dan de los hechos que deseamos conocer, de su particularidad, de los concretos y fugaces términos de ocurrencia en función de los cuales están dados.

Nuestra imagen del mundo es insoportablemente estable y regular. Un mundo virtual regido por un orden prefabricado en base a despreciar la variabilidad que no somos capaces de procesar para hacer predicciones seguras y apuestas ganadoras18.

En el espaciotiempo puntual no hay orden ni desorden. Hasta que algo no sucede, permanece incausado. Pero eso no quiere decir que no existan repeticiones. La regularidad es una característica más de los sucesos. Pero esta regularidad, incluso cuando se aproxima al cien por ciento de repetición y parece una constante, no implica causalidad. La regularidad de los hechos es, también, casual y no expresa un orden sino la ausencia de orden que caracteriza al espaciotiempo puntual.

La regularidad e invariabilidad (el cambio o movimiento lento) de los sucesos en el espaciotiempo puntual se debe a una función, no a una variable. No hay unas leyes que predeterminan la forma en que suceden las cosas. Precisamente por eso desarrollamos nuestra red lineal, para encontrar claves y pautas que nos indiquen cuál es el resultado más probable.

  • Lo que no son sombras, lo variable, sólo es probable.

La vida cotidiana está impregnada de este concepto estadístico de la causalidad. Así, tomamos decisiones base a estimar la probabilidad de éxito y, además, planificamos nuestras estrategias según las expectativas y no según lo que deseamos conseguir. Nos moveos en las sombras que utiliza nuestra red para anticipar sucesos, pero no todas las sombras devienen con la misma fidelidad en predicciones de éxito sobre los sucesos de los que nos informan. Los errores no provienen propiamente de esa estimación que conseguimos gracias a la red, sino en las acciones planificadas según esa red y no, utilizando la información de la red, según la causalidad real y no estadística (el deseo y el análisis de probabilidades convertidas en causas).

La verdad estadística y, finalmente, también la experimental, supone la transformación de la variabilidad en probabilidad, fabricando constantes relativas (las correlaciones y probabilidades) que tratan de sustituir a las verdaderas causas. El concepto de causa se convierte, así, en sinónimo de una probabilidad del 100% y no de una verdadera relación causal. Y la constante absoluta (la probabilidad 1) es lo que buscamos como el santo grial, que hará realidad nuestros deseos y nos otorgará el poder sobre un mundo impredecible y ambiguo.

¿Qué mejor apuesta que la segura? Pero lo seguro es, simplemente, la medida de nuestra incapacidad para ver la inseguridad del mundo puntual.

  • La lógica lineal expresa la potencia de orden.

La verdad científica se expresa en términos de probabilidad, aunque se dice sustentada en la lógica que nos muestra al “protohecho” del orden natural. O el orden que, según la tradición lineal naumori, gobierna al mundo se descubre por completo, o no podemos más que hacer aproximaciones, expresadas en términos de probabilidad. La lógica, por tanto, expresa perfecta y exactamente, no la esencia del orden natural, sino la de su potencia. La Lógica lineal, sinonímica, nos muestra la versión mundana de la potencia del ser del protohecho naumori. El ser expresado como orden, pues es así como se manifiesta en el mundo.

Así, la probabilidad es la correspondencia más cercana con el orden natural, con la esquirla de perfección del Dios o Ser Absoluto que se adhiere al residuo de imperfección y mal de la nada extinta. Y en esa probabilidad, como consecuencia práctica de la lógica, es en lo que construimos nuestro edificio racional, científico y lineal del mundo, y no sobre la abstracta idea de causalidad secuencial que, imaginamos, se deriva directa y necesariamente de la lógica sinonímica.

Y, en un movimiento que cierra el círculo tautológico, creemos que existen realmente espacios oscuros entre los sucesos porque aceptamos la existencia de la probabilidad 119. Para lo que utilizamos un truco que reproduce la esencia de la linealidad: la lógica.

Mediante ella conseguimos ver cosas perfectamente delimitadas y, en esta nítida diferenciación, establecemos el sustento para que nuestro delirio convierta “cosas” en sinónimo de “seres”: percibiendo y pensando lo invariable, lo regular y lo permanente (lo lento) como los elementos constitutivos del Mundo. Y estos, concebidos como antítesis de lo que son los sucesos, nos sirven para explicar la enorme parcela de mundo que ignoramos. Son los sucesos, definidos como lo que le ocurre a las cosas (nítidas), ordenados según el ajuste y nitidez de estas cosas (el orden causal lineal), la materia oscura de nuestra red: aquello que no podemos explicar pero sí mostrar.

La explicación de lo que sucede, y no su mera demostración o representación, proviene de la invención de la sombra perfecta, de la absoluta invariabilidad. Sin ninguna información, por tanto, acerca del mundo de los sucesos: la figura lógica, la proposición, que deviene del mito de la probabilidad 1.

  • Cualquier cosa puede ocurrir, menos que dejemos de estar en nosotros.

Es una experiencia personal, absolutamente subjetiva, la que sirve de fundamento a la más fría lógica. Tan absolutamente subjetiva que ese valor de “0” objetividad se convierte en un sinónimo de “1”. Sólo lo absoluto, aunque sea la absoluta inseguridad, puede ser seguro. La proposición lógica es una figura, una designación operativa del silencio que hay tras nuestra conciencia.

  • No puedo ver nada tras mi conciencia.

Pero esa experiencia nos dice, precisamente, que el sinorden del mundo de la (simple) existencia no puede sustentar más que casualidades. En la conciencia podemos hallar una evidencia clara e irrefutable de que ni siquiera lo más intencionado (y, por tanto, presuntamente causal) viene fundado en algo que no sea la casualidad: detrás de ella no hay nada. Nuestra conciencia surge directamente de la Nada y sólo cuando se decide (cuando se da la decisión) surge la “causa” de esa decisión.

Así, esa causalidad lineal que juzgamos objetiva y, en ese sentido, formalmente indubitable, proviene de la consumación de los sucesos, es decir, de Nada.

Si tratamos de mirar detrás de nuestra muda conciencia, y no detrás de esa vocecilla interior que confundimos con ella, encontramos “nada”. Un profundo abismo del que surgimos constantemente.

¿Qué son, pues, esas fórmulas lógicas ante las que sentimos un fervor casi religioso? Constantes. Y las constantes, un híbrido de invariabilidad y regularidad, son funciones invariables tomadas como variables. Es decir, variables de caso único:

La variable “X” sólo puede asumir un valor “x”, en función del cual está dada. Y la única variable de valor único, que representa por tanto el mínimo desfase entre función y variable, es la conciencia.

(1=0)(1=1)

Y sobre “1=1” descansa nuestra lógica. Sobre una perogrullada. Pura y simple sinonimia.

  • La expresión lineal perfecta de una constante es la tautología, es decir, la sinonimia.

Las sombras de invariabilidad y regularidad que encontramos se traducen en apreciaciones sinonímicas. Los elementos comunes a los hechos, lo no accidental, no son tales sino, simplemente, elementos con alta capacidad de predicción. La sinonimia sobre la que está basada la lógica lineal no establece identidades o igualdades entre las cosas o los fenómenos, sino claves repetitivas, secuencia y permanencias, y, en ese sentido, predicciones. Pero esa sinonimia predictiva, probabilística, debe ser contrastada no con la compleja realidad del mundo puntual, sino con el éxito en las predicciones.

  • Los sinónimos de la lógica lineal proceden de la probabilidad no de la igualdad basada en elementos comunes de los hechos y los seres.

El último sustento epistemológico de la racionalidad lineal es eminentemente pragmático, en el sentido de que su criterio de validación es la equivalencia en la que descansa la predicción. Las cosas, los sucesos, no tienen elementos comunes, sino elementos que predicen resultados comunes. La causalidad lineal, sinonímica, aparentemente formal hasta el autismo, descansa en el mismo criterio de equivalencia que la artesanía, la técnica, el arte o la vida práctica y cotidiana. ¿Cuáles son lo elementos comunes entre una carrera de caballos y el nombre de los mismos? Ninguno. Sólo el resultado y, por tanto, aquellos aspectos contenidos en los nombres de los caballos que mayor probabilidad tienen de predecir al ganador. Eso es, en última instancia, la sinonimia y, esa sinonimia es, también en última instancia, el sustento de la lógica (lineal).

No estamos descubriendo, pues, los elementos comunes o que nos llevan tras la pista del orden natural, del último elemento común de lo común de los sucesos. No son pistas sobre lo predicho, lo no accidental y particular de los hechos, sino sobre lo pragmático de los hechos, sean estos aspectos generales y comunes o no. Ptolomeo no estaba descubriendo aspectos comunes, ni un orden preestablecido (geocéntrico), ni, mucho menos, estaba descubriendo un aspecto general y evocador de la compleja y variable realidad puntual, unidimensional, de nuestro mundo. Estaba descubriendo elementos predictivos sobre los que basar equivalencias entre fenómenos para, luego, convertirlas en igualdades, en pura sinonimia con cuya tautología construir una teoría (geocéntrica) linealmente consistente y profundamente equivocada20.

Lógica sinonímica

¿De qué color es el caballo blanco de Santiago?

Nuestro modo sinonímico, tautológico, de conocimiento es, para los inhiek, una forma primitiva y supersticiosa no de conocer, sino de tranquilizarnos. Lo “blanco es blanco” nos traquiliza y esa tranquilidad la convertimos en sinónimo de verdad. Esa es la esencia de nuestra lógica para los inhiek. Un modo de tranquilizarnos, no de conocer. Por eso, el conocimiento sinonímico se basa no en adquirir nuevos conocimientos y perspectivas, sino en “verificar tranquilizadoramente lo convenido y los grandes hechos consumados”.

La verdad sinonímica es tranquilizadora porque nos muestra un mundo predecible, en el que el error no forma parte de esa verdad sino de nuestra momentánea y circunstancial incapacidad para descubrirla.

La racionalidad lineal lleva a cabo un salto mágico entre el resultado (lo útil) y el orden (lo verdadero). Desde la equivalencia a la igualdad. Pero ¿cómo se lleva a cabo ese salto en el vacío?

  • La tautología crea seres sustentados en un eco de sinónimos.

El truco para convertir un aspecto o conjunto de aspectos en algo con apariencia de no aspecto y, por tanto, objetivo y verdadero, es la sinonimia, la tautología21. La nítida y retocada sombra de una idea, superpuesta a sí misma (suponiendo que esa otra sombra ideal superpuesta es la idea que la proyecta) nos produce la imagen de una idea pura, objetiva. Nos induce a una imagen basada no en un aspecto cierto (bien percibido-conceptualizado) de la realidad, sino en un aspecto de nuestra propia proyección mental, de nuestros constructos de red: esa misma sombra superpuesta. Pero son sombras, zonas oscuras e invariables, regularidades, sucesos lentos que semejan (porque les superponemos su propia lentitud) no-sucesos, es decir, “entes”.

  • Una vez dicho “1” (el Ser Absoluto naumori) su simple eco genera la posibilidad de Mundo.

1,1,1,1,1,1,1,

Al primer “1” lo llamamos “1”, al segundo “2”, al tercero “3”… esas repeticiones, simples sinónimos, se constituyen en distintos nombres que establecen posiciones diferenciadas y nítidas. Y esas posiciones describen una secuencia de anterior-posterior que hacemos sinónimo de movimiento. Y, este, de causalidad (lineal).

El “2” sigue al “1”.

El “2” se sigue del “1”.

Si añadimos (repetimos) un 1 al “1” llegamos (causamos) al “2”.

La causa de “2” es “1”22.

La forma en que la red establece sombras de invariación y regularidad se expresa como tautologías, las cuales descansan a su vez en sinonimias. Y estas sinonimias no se construyen mediante equivalencias, es decir, mediante lo que relaciona a las cosas manteniendo sus diferencias y, por tanto, a la variabilidad del mundo (la música y las caricias son sinónimos de tranquilizante, porque son equivalentes, no porque sean iguales), sino mediante igualdades, esto es, mediante lo que no diferencia a las cosas.

A las equivalencias les sustraemos sus accidentes y nos que da una equivalencia desnuda en sus aspectos predictivos, que transmutamos en comunes.

La causalidad lineal, la igualdad y la explicación son el entramado que sustenta nuestra visión de un mundo ordenado y unívoco. La igualdad establece explicaciones, pero la explicación no es más que hallar un orden secuencial fijo, de probabilidad 1, no importa qué casos concretos se den, es decir, una secuencia invariable, una sombra nítida entre los sucesos a los que ordena pero por los que no se ve afectada23.

La equivalencia dice que la música y las caricias son diferentes pero velen para lo mismo (en algún aspecto), es decir, “tienen un espacio común” aunque (o precisamente porque) son distintas. La igualdad dice que el espacio común de la música y las caricias equivale a un espacio de indistinción que las convierte en iguales.

Sobre esta igualdad establecemos la causalidad lineal. “2” es igual a “2” quiere decir que no importa el valor concreto que adquiera (si dos naranjas o dos centímetros), describe un espacio de indistinción que se convierte en espacio común de los distintos casos que puedan darse.

Podemos predecir con absoluta certeza que siempre “2” serán “dos” cosas. Exactamente igual que en el caso del caballo de santiago, la probabilidad 1 establece no ya una posibilidad o potencia , sino una igualdad, un espacio común que delimita o define un espacio de indistinción, de inmutabilidad sobre la que cristaliza la identidad de los seres y las leyes del devenir de los sucesos.

“Música” y “caricias” son lo mismo quiere decir que son sinónimos (como dos naranjas y dos centímetros). Y, de esta sinonímia, de lo indistinguible convertido en identidad de ser o de devenir (ordenado), pasamos a la tautología tomando las indistinciones y diferenciándolas (definiéndolas, identificándolas) no por su naturaleza real (música y caricias) sino por las posiciones que le asignamos en la red. Posiciones que se convierten en variables:

a=b

(1=1), de donde: 1,1,1,1,1…

El eco de lo igual describe posiciones secuenciales que conllevan un movimiento sobre el que establecemos la causalidad lineal. Para la lógica tautológica o sinonímica el suceso no son las dos naranjas y los dos centímetros, sino “2”. “2” sucede realmente y, por tanto, el orden subyacente al Mundo es lineal. Si no encontramos ese orden no es porque no exista (excepto en nuestra mente) sino por nuestra incapacidad para desentrañarlo.

Después de que la poderosa lógica sinonímica, un sofisma de proporciones descomunales, confirma los mecanismos de percepción y concepción del Mundo de la red basados en espacios de indistinción (invariación y regularidad), resulta casi imposible evitar ver el Mundo desde la perspectiva “arborícola” y “lineal”.

Pero detrás de esa apariencia de rigor y objetividad se esconde la absoluta subjetividad como sustento axiomático del discurso lineal. Se escoge una sinonimia completamente arbitraria, a partir de la cual se fabrica el mundo que queramos.

  • Es la simple reverberación de la conciencia transformada en sujeto, es decir, en representación de conciencia, la que establece el fundamento de la objetividad del discurso lineal.

(1=0) equivale a (1=1)

“El Ser es. La Nada no es”, luego el ser del Ser conlleva necesariamente su existir.

El problema de que la Nada no sea es que el Mundo debe tener su origen (y, por tanto, ya no es un origen) en el Ser, cuyo origen debemos a su vez explicar.

  • Los conceptos son constelaciones sinonímicas.

Los aspectos no son sinónimos. O son sinónimos sin sinonimia lineal. A pesar de que consisten en un relato verbal, lineal y racional, no establecen una constelación de sinónimos como hacen los conceptos (lineales).

Un magnifico ejemplo de los aspectos que se reúnen no en una constelación sinonímica sino en una imagen puntual evocadora lo tenemos en la representación gráfica del cuerpo humano que realizaban los antiguos egipcios. Independientemente de si su intención era la de presentar esa imagen puntual, es decir, algo lo más parecido o evocador posible de la realidad unidimensional, ambigua y desfasada el mundo puntual o si obedecía a otras razones, el caso es que la figura humana egipcia, que ante nuestra mentalidad férreamente dominada por el delirio lineal nos produce no sólo extrañeza sino desprecio (“estos egipcios no sabían pintar”), el caso es que esa figura trata de dar una imagen que nos evoque lo que es la totalidad de un cuerpo humano y no sólo uno de sus lados que es lo que comúnmente vemos. Esos aspectos no relacionados coherentemente en una misma dirección (lineal, podríamos añadir), con la cabeza de perfil pero el ojo mirándonos de frente, manos y brazos de perfil pero hombros de frente, tres cuartos de sus caderas de perfil y una de frente y piernas y pies completamente de perfil trata de incitarnos a evocar lo que es un cuerpo completo. Casi podríamos decir que intenta simular un giro en espiral para llevarnos a un concepto de movimiento que, visto desde una perspectiva lineal sólo trasmite una imagen incoherente y absurda que debería llevarnos a pensar que aquellos egipcios capaces de llevar a cabo gestas arquitectónicas milagrosas para su tiempo no sabían dibujar correctamente un cuerpo humano tal y como lo vemos: parcialmente, de un solo lado.

Pero no es la imagen formal, en sus estrictos términos (incoherentes y deslavazados, “desfasados”) lo que interesa al conocimiento holístico del mundo puntual, sino la evocación de una realidad unidimensional que se resiste a ser representada bi o tridimensionalmente porque esa realidad no puede ser conocida más que mediante la evocación de imágenes construidas con aspectos.

El orden lineal, a pesar de mostrar una potente sensación de coherencia, representa un mundo inexistente: no existen medios cuerpos. Puede parecer una idea absurda, sacada de quicio, pero expresa con toda la potencia de la evocación la diferencia entre el mundo puntual y el lineal, entre el real y el virtual, entre el modo de conocer holístico del perspectivismo y el secuencial de la sinonimia. La imagen lineal, la que dibujamos nosotros, es una perfecta réplica que nos muestra con toda nitidez y coherencia un objeto-ser irreal. La imagen egipcia es una imperfecta imagen que nos evoca, de forma ambigua e incoherente, un objeto-suceso real. Y este es el sentido del arte: la evocación. Por tanto, el conocimiento puntual del mundo necesariamente debe contener aspectos artísticos, como en las parábolas y las metáforas.

  • La abstracción consiste en un incrementar el tamaño de las constelaciones sinonímicas.

Hay constelaciones grandes y pequeñas. Constelaciones de un solo sinónimo y, otras, inmensas.

Cuanto más grande, más abstracta es una constelación. Esto quiere decir que, por ejemplo, la Perfección debe su abstracción a poseer muchos sinónimos. La Perfección tiene como sinónimo a la eternidad, la infinitud, la ausencia de error…. Pero también a cada caso concreto de perfección, es decir, a las variables.

Esas constelaciones sinonímicas, los conceptos lineales, pueden parecer aspectos, pero no lo son. Las constelaciones son constructos perfectamente definidos, cosas virtuales construidas con un simulacro de aspectos, los sinónimos. Una sinonimia que puede no estar expresa, no estar escrita en la relación pormenorizada de los sinónimos que componen un concepto, pero que conocemos. Sabemos si un sinónimo pertenece a un determinado concepto. O, en caso contrario, el debate racional (de racionalidad lineal) se establece precisamente ahí (y sólo ahí, aunque parezca que habla de la realidad y de cosas reales): en qué sinónimos componen un concepto. E, por tanto, el consenso sobre el que se establece la verdad lineal, un consenso referido a la composición de las constelaciones sinonímicas. Y es el consenso el que establece la verdad porque tratamos con cosas virtuales (conceptos lineales, simulacros de cosas y aspectos reales), construidas artificialmente y, por tanto, susceptibles de modificarse con sólo decidirlo individualmente o ponernos de acuerdo.

Así, cada individuo, y no sólo cada grupo o cultura, tiene su propio universo de constelaciones diferente a todos los demás. Puede diferenciarse en un solo sinónimo de una sola constelación, pero no hay un solo universo igual.

La causalidad lineal, la lógica, viene determinada sinonímicamente. Si hemos aceptado que lo perfecto excluye al error, entonces, lo perfecto, por ejemplo, debe ser absolutamente bello y, por tanto, la fealdad implica necesariamente la imperfección. Pero una constelación sinonímica “Perfección” que incluya, también, la infinitud, debe incorporar necesariamente el error (la fealdad, el mal…) para que esa constelación no se vea limitada por algo. ¿Cómo se hace esto posible?

Una forma es, sencillamente, utilizando el misterio, que es un sinónimo comodín que vacía los espacios contradictorios entre los sinónimos con el sinónimo de la fe o de la postergación de la explicación para cuando tengamos suficientes datos o capacidad cognitiva.

Pero también podemos construir una constelación especial del concepto de infinitud que no contenga el sinónimo “error”. Por ejemplo, una constelación “Infinitud” que posee el concepto “no es” (y por tanto, no limita a lo que es) en el que se incluye el error. El error, ahí, es sinónimo de “nada”. Y la “nada”, en esta constelación de “Infinitud”, no es espacio y, por tanto, no implica una limitación. No hay ningún sitio que no sea Todo.

De este modo, en el discurso racional (lineal), podríamos establecer que la Nada no limita al Ser, ni la imperfección (como error) a la perfección del Ser. La “nada”, desde un punto de vista lineal, es una ausencia absoluta. Pero, entonces, ¿Cómo podemos hablar de ella? Debería ser ignota, como Dios24.

Delirio lineal

Si el Mundo es como dices ¿por qué no te obedece?

Si hay un orden, ¿Por qué cuando conocemos ese orden no somos capaces de predecir con total exactitud todos los acontecimientos? ¿Es porque no conocemos todos los datos (todos los acontecimientos)? Entonces, si no conocemos todos los datos, ¿cómo podemos estar seguros de que existe un orden más allá de donde alcanza nuestra vista?

Si conocemos, o se puede llegar a conocer, el orden causal de los acontecimientos, ¿por qué en nuestra existencia histórica como especie y, más aún, en nuestra existencia individual apenas podemos conseguir hacer realidad nuestros deseos en el entorno más sencillo e inmediato?

Sí todo tiene una explicación, no te preguntaré ¿por qué no la conoces aún?, pero sí ¿por qué ni siquiera cuando la encuentras te sirve para hacer realidad tus deseos más simples?

Es sólo probable pero no seguro que consigamos las cosas, a pesar de conocer exactamente la explicación de cómo suceden esas cosas y, por tanto, de cómo pueden conseguirse. Pero eso no nos hace rechazar la convicción de que el Mundo es ordenado, causal, extenso y duradero.

El truco para acertar en la apuesta de la supervivencia, esa clave que nos permite adivinar el número de lotería premiado o el caballo ganador, se convierte en cárcel de la mente, en locura ajustada a un solo parámetro de la realidad: los mínimos datos significativos para una máxima supervivencia biológica.

Quizá hay una fórmula para obtener un mayor acierto, pero no la conocemos o, aunque la sospechamos, no resulta rentable el esfuerzo para desarrollarla. Finalmente terminamos pensando que esta fórmula de acierto, y no la propia suerte de los números o la carrera de caballos, es el verdadero mundo. Absurdo, ¿verdad? Sin embargo esto es lo que hacemos, vivir instalados en el delirio de que el mundo virtual construido por nuestra red es el mundo real. ¿Por qué? Pues porque ese delirio es más rentable, en términos biológicos, que ser conscientes constantemente de que nuestras ideas son simples trucos para adivinar qué ocurrirá en un mundo en el que las cosas no son tales sino simples sucesos (incluidos nosotros mismos) que ocurren por casualidad.

  • Si algo puede caracterizar a los habitantes de este final de la singularidad es la locura.

La única forma (conocida) de ajuste en nuestro desajustado mundo es la red, nuestra capacidad para inventar e imponer ese delirio de orden, el ajuste logrado a base de desconectarnos (adaptativamente) de la realidad. La (absurda pero útil) capacidad de captar lo que menos información contiene sobre la realidad.

Así pues, unos locos adaptados son los lugares más próximos a MSE. Pero esos locos son sólo un punto de conciencia y voluntad. Y porque somos un punto podemos sustraernos a la realidad inventando e imponiendo (ese punto, alfa, es una puerta a la Nada de la que vienen los sucesos) una realidad virtual.

Pero esta locura derivada de confundir la red y sus artefactos con el mundo verdadero, presenta problemas en dos situaciones límite: por un lado, cuando ese mundo preciso no responde a las expectativas que se siguen de él y los sucesos no se corresponden en todos los casos con lo que el orden lineal predice, tanto en el ámbito de los deseos personales como en el del conocimiento. Y, por otro lado, cuando tratamos de conocer no los elementos útiles para el éxito biológico, sino la verdadera naturaleza del Mundo.

La limitación de nuestros métodos e instrumentos lineales para conocer la naturaleza última del mundo residen tanto en sí mismos, en su diseño de realidades virtuales, como en la propia convicción de que existe un orden previo al mundo, expresado mediante leyes naturales, que es preciso descubrir. Mirando con las gafas lineales vemos no el mundo real sino las imágenes transformadas por sus cristales. Pero, además, no buscamos realidades puntuales más allá de las gafas sino ese pretendido orden natural desde el que nos llegan ya, ajustada la visión por las gafas de la razón lineal, nítidas, unívocas y secuencialmente encausadas.

Si, al ver una realidad plana en 3D gracias las gafas especiales de la red, tratamos de tocar el “cuerpo” que parece estar a pocos centímetros de nosotros, no tocaremos sino aire. Otra cosa distinta es que esa trascripción tridimensional nos sirva para incrementar algún tipo de precisión útil.

Siguiendo nuestro ejemplo de cine en 3d, construimos el Mundo no en función de las imágenes bidimensionales sino de las tridimensionales y, por tanto, en función de unos vacíos espejismos en los que se inserta la profundidad que realmente no tienen esas imágenes.

Nuestro diseño sensorial, íntimamente relacionado con nuestro diseño cognitivo, se basa fundamentalmente en la vista y, esta, en una gran riqueza cromática y, sobre todo, en una especialísima configuración anatómica de los ojos orientada a obtener una visión estereoscópica. Por tanto, la base de nuestra percepción y, también de nuestra conceptualización del mundo es la profundidad. Y basados en esa profundidad, un aspecto parcial de lo que podría ser la tercera dimensión, edificamos nuestra concepción densa del mundo.

La superposición del espaciotiempo puntual con el espaciotiempo lineal es la que construye nuestro delirio de densidad. Finalmente, gracias a esa capacidad de construir profundidad, diseñamos una imagen del espaciotiempo denso al convertir una línea ancha en profunda.

El delirio, por tanto, se da en dos aspectos fundamentales: uno, suponer que el mundo puntual es lineal (con duración y extensión) o propiamente denso. Otro, pensar que la densidad es esa linealidad ensanchada.

La existencia de este delirio en sus dos aspectos viene confirmada por un hecho extraordinario al que hemos prestado hasta ahora poca atención.

  • Tenemos dos cerebros. Uno para cada mundo o espaciotiempo.

El puntual (generalmente el hemisferio derecho) y el lineal (el izquierdo).

Será la confluencia de ambos lo que nos permitirá crear elementos densos (ideas, sensaciones, imágenes, intuiciones, evocaciones o, simplemente, una identidad persistente) con los que conocer, primero, la realidad de este mundo inestable y, luego, la construcción de representaciones adecuadas (cómo se vería, rudimentariamente, esta realidad puntual desde un plano denso) y, finalmente, el acceso real a ese mundo denso (la supervivencia espiritual como plano superior al biológico y virtual).

La existencia de dos cerebros se ve completada por el que, posiblemente, es el hecho determinante en la existencia humana: la conciencia.

El delirio, por tanto, no es tal en referencia a lo biológico. Las cosas, linealmente percibidas y pensadas (los entes), superpuestas a la imagen puntual de esas cosas (los sucesos) se ajustan bastante bien a las decisiones que debemos tomar en el ámbito biológico. El problema es cuando después de decir que estas gafas correctoras son útiles nos convencemos de que, además, son fiables y válidas.

  • El delirio consiste en pensar que, dado que podemos corregir las imágenes, entonces, el mundo es un mundo corregido, ordenado.

Y ahí aparece el verdadero delirio, que no es realmente de linealidad sino de densidad. Utilizar una realidad virtual para tratar de extraer pautas fiables con las que adaptarnos mejor al mundo no conlleva necesariamente un delirio. La red en cuanto tal, como diseño lineal, con extensión-duración y secuencia causal no constituye una enajenación. O, si lo es, entonces, la enajenación forma parte del mundo natural. Pero la creencia de que esa superposición del orden métrico y previo de la red sobre la espontaneidad de los sucesos está descubriéndonos la naturaleza densa del Mundo sí constituye un verdadero delirio: el delirio de densidad.

Ese enfoque cruzado del hemisferio izquierdo y el derecho, superponiendo dos planos (uno real, el puntual, otro virtual, el lineal) de causalidad sobre la casualidad puede ser, como hemos visto, muy útil desde el punto de vista evolutivo, pero induce un delirio que nos desconecta con la realidad del Mundo25.

El Mundo no es denso. No hay seres a los que les suceden cosas. No hay una causalidad ordenando la (aparente) casualidad de los hechos. No hay una potencia que delimita y prescribe los casos particulares independiente de esos casos particulares. El Mundo en el que vivimos, ni tiene tres dimensiones, ni esa falsa tridimensionalidad, superpuesta a la unidimensionalidad de la existencia (del suceder), constituye una densidad.

Cuando aplicamos la delirante idea de densidad, formada mediante la tridimensionalidad de la línea gorda, al mundo unidimensional puntual en el que vivimos, se producen inevitablemente errores que ponen en evidencia el carácter delirante de ese planteamiento.

Por ejemplo: La representación de una figura tridimensional en un plano bidimensional produce ambigüedades mediante las que se crean objetos imposibles. Pues bien, esta ambigüedad, que la razón lineal considera una anécdota, es la esencia del espaciotiempo denso captada con toda nitidez por los límites del delirio lineal. Y estos límites se corresponden con el conocimiento último de la realidad, algo sobre lo que no entra a debatir la razón lineal por considerarlo un objeto de especulación, es decir, una fábrica de imposibilidades. Paradójicamente, cuando el delirio lineal se topa con la verdadera naturaleza de nuestro mundo puntual, desecha la postración de esa naturaleza desajustada al equipararla (y reducirla) con los imposibles que surgen de la ambigüedad. De ese modo renuncia a conocer los (extraños) posibles que surgen de la ambigüedad, es decir, lo que ella llama especulaciones y fantasías.

Pero esas figuras imposibles ponen en evidencia algo que ya hemos visto: que la tridimensionalidad construida por nuestro delirio lineal “de línea gorda” no se corresponde con una verdadera densidad. La tridimensionalidad es una pobre representación de la densidad, es decir, de aquello con lo que sueña la tridimensionalidad.

Las figuras absurdas de Oscar Reutersvärd y Bruno Ernst nos muestran hasta qué punto vivimos en un absurdo que la locura nos hace confundir con la “verdadera” realidad”. Pero también nos cuentan algo, aunque incomprensible, de la verdadera densidad. La tridimensionalidad fallida es uno de los aspectos más evocadores del delirio lineal desde el punto de vista del conocimiento de la realidad del mundo y no de la funcionalidad biológica. Esas figuras absurdas y sus correlatos conceptuales con apariencia de sensatez, nos dicen lo que no es densidad o verdadera tridimensionalidad y esconden (evocan, pues) algo sobre lo que sea la verdadera densidad. Si lo sensato no representa nada de la realidad, lo insensato tampoco representa esa realidad pero muestra su existencia y evoca algo sobre ella. Lo absurdo, a falta de otra cosa, ha sido desde siempre la mejor representación de la verdadera Verdad, es decir, de la verdad inquietante.

El delirio, por tanto, es tal (y no un simple mecanismo adaptativo) en referencia a la realidad última del Mundo, cuando pensamos que no es un truco sino un instrumento que desvela la realidad tal y como es. Ahí comienza la locura del individuo y de la Ciencia. Cuando queremos sobrevivir como individuos (y no como genes) y, por tanto, lograr el cumplimiento de nuestros deseos (que provienen de la Nada) y nos vemos enfrentados al problema existencial (la muerte, el dolor, la injusticia, la soledad, la insatisfacción…) resumido en “no importas como individuo y ese truco biológicamente útil de la linealidad no sirve en absoluto para tu existencia como individuo”. Ni tampoco ese delirio de densidad sirve para algo íntimamente relacionado con el problema existencial: conocer la verdad última del Mundo. En esos dos casos, en la existencia y en la ciencia, se acaba el delirio (adaptado) y comienza el sufrimiento de la locura.

Universo

El planteamiento radicalmente distinto de un Universo desfasado y crecientemente caótico conforme se incrementa la diferenciación de sus elementos, desde los astros a las partículas subatómicas, es ya suficiente para promover la inquietud y, tal vez, una perspectiva nueva sobre la que replantear o, mejor aún, diseñar desde cero una representación del Mundo y de nuestro paso por él que se ajuste más a la realidad y no a los requerimientos de nuestra supervivencia biológica.

  • Nos vemos enfrentados a un reto evolutivo no biológico: la supervivencia de la identidad individual. Ese es el sentido de la vida.

Ese afán por conocer realmente cómo es el Mundo y no sólo por perfeccionar nuestro modo virtual (delirante) de conocer las claves con las que predecir lo que sucederá, supone, de hecho, un esfuerzo y, a la vez, una prueba irrefutable de que ese conocimiento del incierto, desajustado y contradictorio mundo real implica una estrategia de supervivencia en un plano distinto y más evolucionado que el meramente biológico. Especular no es algo inútil en algún otro plano y, por tanto, no es esa baldía curiosidad a la que se dedican los ociosos de este mundo.

La mitología shukultiana dice que ese plano distinto al que buscamos acceder (para continuar nuestra existencia allí) pertenece a un mundo radicalmente que sucederá al nuestro. Un mundo donde seremos algo más que simples sucesos: el cuerpo real que prefigura esta sombra efímera que ahora somos. Pero nada podemos hacer para alcanzar un mundo que se encuentra en nuestro imposible futuro excepto conocer nuestro mundo presente, que se encuentra (ya, en este mismo instante) en el pasado de ese mitológico Mundo de los Seres Existentes (MSE).

La cosmología que podríamos pergeñar para tratar de conocer el mundo en el que realmente vivimos (y no ese delirante mundo virtual de la red) adquiere, por mucho que pretendamos relacionarla con los términos de moda en el debate científico, un aspecto mitológico.

La red perceptivo-conceptual se encuentra involucrada en la supervivencia biológica, la de los genes. Pero esa otra lucha por la supervivencia individual en un plano distinto al meramente biológico, debe superar las limitaciones de lo meramente biológico (psicológico), como lo biológico tiene que superar, aunque no puede escapar, a lo meramente físico.

  • El sentido de la existencia es algo más que una persistente y universal manía de los humanos. Es la pulsión evolutiva que nos lleva a luchar por sobrevivir como individuos.

Debemos encontrar el sentido de la existencia, las claves de la supervivencia individual, bien sea en el ámbito espiritual en el que las religiones suelen situarlo, o en otro mundo que, aun siendo radicalmente distinto (hasta la incompatibilidad) con el nuestro, se encuentra relacionado con él de alguna forma. En ese tránsito entre mundos reside probablemente la clave de la supervivencia individual o de la muerte definitiva del regreso a la Nada. Podemos deshacernos en ella como vinimos o alcanzar otro mundo, otro “universo” donde la existencia presenta los mismos ámbitos equivalentes (o idénticos) al físico y al biológico (incluido el psicológico). Y lo que hagamos aquí tiene una relación directa, aunque no única, con nuestro destino individual.

Muchos de los aspectos de la individualidad pueden ser explicados en términos de evolución biológica, como factores que incrementan el éxito genético. Pero otros son, o simples efectos colaterales inútiles y neutros, lujos que no inciden determinantemente en la evolución, o inexplicables caprichos como pueden ser los propios genes desde el punto de vista físico, en el que no tienen sentido sin entender lo biológico y sus “leyes” superpuestas a lo físico.

Puede que todos los aspectos de la individualidad sean explicables desde un punto de vista biológico, como lo son todos los aspectos físicos de los genes, pero esos aspectos biológicos de la individualidad pueden estar sirviendo de soporte a ese otro ámbito que, para simplificar, llamaremos espiritual.

Por otro lado, el planteamiento cosmológico shukultiano nos lleva a reconocer la hipótesis de la supervivencia individual como altamente probable habida cuenta de que el universo, como veremos, sostiene de forma ortogonal (ignota) una serie de mundos. El Mundo de los Seres Existentes (MSE) o Nunma, puede se ese ámbito en el que una nueva instancia de realidad se suma a la física y a la biológica.

Es en ese escenario “multimundo” en el que podemos adquirir suficiente perspectiva para contemplar la naturaleza unidimensional de nuestro mundo y para enmarcar la existencia individual en un ámbito en el que adquiera un sentido trascendente.

El problema del conocimiento se mezcla inseparablemente con el problema de la existencia. El significado del mundo, de nuestro mundo correctamente percibido como unidimensional, adquiere sentido en el universo multimundo donde hayamos una respuesta razonable a la cuestión existencial. Una respuesta que, como la nueva cosmovisión basada en un Universo ortogonal de mundos incompatibles, nos parecerá delirante. Pero sólo le parece delirante al sujeto lineal que parlotea sin parar dentro de nuestra cabeza y que se niega a ver el mundo en el que vivimos como una singularidad unidimensional.

La reinterpretación de los grandes temas del debate científico a la luz de los principios cosmológicos de un espaciotiempo puntual y no desde los principios lineales, desatará toda suerte de conjuros y conjeturas en su choque contra las evidencias que nuestra red lineal nos presenta a cada momento. Evidencias que harán parecer los trucos mentales (estrategias cognitivas, diríamos desde una posición académicamente respetable) con los que intentamos librarnos del delirio de la red como fantasías carentes de toda concordancia con la verdadera realidad que no sólo pensamos sino que percibimos espontáneamente de un modo lineal, puesto que el mundo es lineal.

La Ciencia se niega a salir de su axioma lineal, pero esa misma ciencia, aupada al desarrollo tecnológico creado por la artesanía, ha llegado al límite de lo que la red puede dar de sí cuando verdaderamente queremos conocer la verdad del Mundo en el que vivimos. Todas las contradicciones de las grandes teorías físicas devienen en un frenético afán por acomodar el resplandor del mundo real, desajustado e incierto, a las figuras retóricas del debate científico.

Tratamos de encontrar una teoría general que explique al Mundo, cuando esa teoría, el mito cosmológico de la Ciencia, sólo es posible invirtiendo los postulados desde los que partimos y aceptando que nuestro concepto de explicación y predicción es un aspecto de nosotros mismos, de nuestra red lineal, y no de un mundo sólo representable, mostrable, evocador de sí mismo.

La Tierra crepitará cuando tratemos de rescribir las figuras centrales del mito científico (gravedad, densidad, materia oscura, Big Bang, relatividad…) partiendo del presupuesto contrario al que las ha creado. Pero ese crepitar no es otro que el de las paredes que nos encierran en nuestro propio mundo virtual desde el que, mediado un delirio biológicamente eficaz, vivimos sin vivir el mundo real.

Una cosmología shukultiana terrestre, armonizada con nuestro desarrollo tecnológico y “espiritual”, debería olvidar los aspectos místicos, es decir, la apelación a MSE. Debería bastar el planteamiento de un Universo que aún permanece en la fase de singularidad y, por tanto, en un espaciotiempo puntual donde el valor de la densidad es mínimo (equivalente a alfa). La hipótesis de un mundo puntual no lleva necesariamente a presuponer un Mundo ortogonal al nuestro, MSE, que ya existe en nuestro (imposible) futuro y cuya influencia estamos sintiendo.

Las anomalías aparentemente incoherentes con un mundo unidimensional como, por ejemplo, la misma existencia del espaciotiempo lineal y sus concomitantes: la conciencia, la fantasía, la virtualidad, son explicables sin salir de ese modelo puntual. Una idea puede mover montañas, trazar líneas (la Gran Muralla) que se ven desde la Luna o (si no es verdad que ahora tengamos ese poder, lo tendremos algún día) cambiar el clima de nuestro Planeta.

Si pretendemos explicar el Universo singular sin considerar que el propio espaciotiempo lineal establece verdaderas anomalías, es decir, que lo “intangible” puede afectar a lo tangible, no hace falta apelar a MSE como un plano actual de nuestro Universo multimundo. Pero, entonces, debemos considerar al Universo como eterno, increado (sin el plano espaciotemporal Nada), uniforme en cuanto a sus leyes, pero variable en cuanto a sus condiciones físicas y, por tanto, evolucionando sólo en la medida en que existe heterogeneidad en esas condiciones físicas. Un universo que, indefectiblemente, camina hacia la involución, es decir, hacia un estado de reposo e indiferenciación.

Un Universo ajustado aunque ignorado por nuestra limitada capacidad para conocer el mecanismo último que lo gobierna y que involuciona hacia esa muerte fría conllevaría la paradoja de que las leyes físicas, en una situación final extrema y única, colapsarían en un estado de magnitud “cero”, donde todos los valores (temperatura, densidad…) serían nulos en cuanto indistinguibles. Otra singularidad. Un nuevo comienzo en la historia de un universo pulsante26.

El Universo de nuestra cosmovisión científica es, como lo eran las mitologías de la antigüedad, un collage de ideas y teorías que se superponen “a martillazos” para concluir que el Universo no ha sido creado pero tuvo un inicio y que, en el mejor de los casos, como Universo pulsante volverá a tener otro inicio en el que las leyes físicas no serán como ahora, es decir, un universo ortogonal con relación al nuestro (el Universo singularidad), o, si no queremos aceptar la muerte fría, que evolucionará hacia unas condiciones físicas radicalmente distintas pero gobernadas por las mismas leyes que ahora. Un contrasentido, porque hasta el más intransigente debe aceptar que un cambio radical en las condiciones físicas, o debe obedecer a un cambio de las leyes que las rigen, o debe implicar un cambio de esas leyes.

De hecho, ¿qué hizo surgir las leyes que ahora gobiernan al Mundo y que no existían en la singularidad? ¿El radical cambio en las extremas condiciones físicas? ¿Y, en ese caso, qué permitió el cambio radical de las condiciones físicas? ¿Un cambio en las leyes que gobernaban las condiciones físicas? La respuesta, enmascarada en una confusa jerga científica, es, nuevamente, la concepción naumori: una potencia de leyes que ya existía en la singularidad, en el abismo acuoso primigenio. Como veremos, una concepción divinizada que, en su esencia, no se distingue de la concepción religiosa.

Si queremos explicar un Universo no eterno que se inicia en la Nada, o, lo que es equivalente, en una singularidad, debemos deshacer esa mitología cosmológica científica hecha a base de retazos y superposición de distintos niveles, en la que la contradicción e incongruencia se supera gracias a la fe en la verdad científica, convertida en Método que dice de sí mismo que es diferente a los ritos27.

El problema es, como en tantos otros casos, de planteamiento. El Universo no eterno debe basarse en un modelo radicalmente distinto al que manejamos, en el que la idea mística de MSE se convierta en un elemento completamente natural.

Desde ese nuevo punto de vista podremos afirmar que las anomalías que observamos en la evolución del universo singular son compatibles con la existencia (venidera para nosotros, actual para él) de un plano espaciotemporal radicalmente distinto a este, pero relacionado (ortogonal y, por tanto, mínimamente) con nuestro Universo.

Desde una perspectiva rigurosamente cosmológica, la hipótesis de un universo o mundo unidimensional, caracterizado por un desfase esencial es perfectamente válida. Tan valido como que la Ciencia la acepta como una primera fase en la evolución del Universo: la singularidad primigenia, caracterizada operativamente (hasta donde esto es posible) como época de Planck. Los problemas aparecen cuando esa hipótesis se amplía hasta nuestros días. ¿Y si no hubiéramos abandonado, en lo esencial, esa singularidad (ahora ya no primigenia) y el aparente mundo no singular que vemos es producto de nuestra imaginación?

Si trasladamos las condiciones que atribuimos a la época de Plank y, redefinidas con relación a las (aparentes o reales) condiciones físicas actuales, construimos con ellas un modelo de Universo, una cosmología alternativa, generamos muchas incógnitas y despertamos mayores resistencias (tanto académicas como religiosas) debido al choque cognitivo con nuestra consolidada visión del mundo y a la ausencia de tradición teórica, observacional y experimental con relación a dichas propuestas y predicciones. Pero resolveremos de un plumazo la mayoría de los insalvables obstáculos de planteamiento que se encuentran detrás de las contradicciones de nuestra física teórica, auténtica vanguardia del pensamiento paradójicamente retrotraída a la época presocrática.

No encontramos salida para muchas de las cuestiones fundamentales de nuestra cosmología, puestas de manifiesto en las contradicciones entre teorías, observaciones y experimentos. De hecho, y esto debiera ser suficientemente esclarecedor, no logramos componer una cosmología coherente y unificada. Pensamos que dicho fracaso es debido a que aún no contamos con instrumentos suficientemente finos y potentes para ver las “entrañas” del Mundo. Pero el error puede venir, como hemos visto, de algo muy sencillo aunque, también (o por ese mismo motivo), muy difícil de aceptar: un delirio perceptivo y conceptual que nos hace ver el Mundo como si no viviéramos aún en una singularidad (si se quiere, al final de esa singularidad) que nos hace ver el mundo de forma tan beneficiosa para nuestro éxito biológico como falsa. NO es un problema de vista, es un problema de planteamientos, de dogmas, de perspectivismo particular.

De este modo, cambiando los presupuestos iniciales, podemos comenzar a redefinir (literalmente, recrear) una cosmología menos tranquilizadora desde el punto de vista existencial y racional, pero más acertada con relación a la realidad del mundo en el que vivimos.

No hace falta proponer hipótesis místicas, extravagantes o alejadas de nuestra tradición científica y de lo que la academia, en su histórico y permanente debate, acepta. No necesitamos nada más que ese Universo unidimensional para, desde sus estrictos y solitarios términos, redefinir una a una todas las cuestiones cosmológicas, tecnológicas, filosóficas, religiosas y existenciales. Pero el mismo “impulso” que nos lleva a aceptar este radical y nuevo planteamiento de un mundo singular (puntual) caracterizado por algo muy parecido a un desajuste (desenfoque, ambigüedad, distorsión…), nos lleva a proponer otra hipótesis más audaz: Un Universo compuesto por distintos universos, mundos, espaciotiempos o fases absolutamente diferenciadas entre sí por condiciones físicas incompatibles.

De hecho, la misma Ciencia, en su mito cosmogónico oficial, el Big Bang, acepta que en un mismo Universo se pueden dar (se han dado) distintos mundos regidos por leyes y afectados por condiciones radicalmente distintas. La singularidad primigenia estaba regida por un orden completamente (ortogonalmente) distinto al de nuestro mundo. Tan distinto que no sólo nunca podremos conocerlo sino que, además, es inconcebible.

La diferencia entre nuestra hipótesis de un Universo de mundos ortogonalmente relacionados y el mito del Big Bang es que esos mundos gobernados por leyes y afectados por condiciones radicalmente distintas forman parte de una secuencia temporoespacial continua y, por tanto, no son ortogonales, sino que se suceden gracias a que sus propias leyes y condiciones contienen las claves de transición de uno a otro. Unas claves que, no obstante, o bien se dejan a la fe (nos contentamos con aceptarlas como un misterio) o se intentan explicar mediante inverosímiles, anticientíficas y desesperadas propuestas28.

El Big Bang propone una hipótesis multimundo basada en “fases” debido a que entiende que esos mundos, a pesar de tener leyes radicalmente distintas, poseen de alguna manera en esas mismas leyes (incompatibles) el germen de una compatibilidad aún no descubierta que los hace seguirse los unos de los otros en una secuencia temporoespacial continua.

La hipótesis shukultiana del Universo multimundo ortogonal, en el que la relación entre esos mundos no viene prefigurada en sus propias leyes de funcionamiento de los mundos sino en las (estas sí) ignotas leyes de ese Universo, es más coherente con la concepción de sistemas regidos por leyes radicalmente distintas.

Así pues, esta hipótesis de un Universo ortogonal de universos incompatibles y discontinuos no resulta tan extraña a la tradición científica como podría parecer en un primer y apresurado momento. Ya tenemos mundos distintos en un mismo Universo, aunque conveniente y tranquilizadoramente separados por el tiempo.

  • La hipótesis del Universo ortogonal ofrece un escenario común a ciencia y religión y, en ese sentido, podríamos entenderla como una superteoría unificada.

Incluso uno de los aspectos más característicos de la ortogonalidad, la asimetría, encaja perfectamente en la concepción religiosa (y esotérica). El mundo sobrenatural influye, mediante unas leyes ignotas, en nuestro mundo. Sin embargo, o desde nuestro mundo no podemos influir en el sobrenatural, o nos relacionamos con él para influir indirectamente en nuestros asuntos mundanos o, si esa influencia directa en el Más Allá es posible, se produce a ciegas mediante lo que comúnmente llamamos “ritos”, es decir, sin saber muy bien cómo ni en qué medida lo estamos consiguiendo.

La hipótesis de un Universo ortogonal de mundos continuos no es incompatible ni con la ciencia ni con sus (no tan) contrarios: religión, esoterismo, parapsicología… No es irrealista ni antidivinizadora. Pero es que, además, hace compatibles esas dos opciones o, cuando menos, permite redefinirlas en un ámbito común. Sólo nos faltan algunos indicios de que, además de formalmente adecuada, es verosímil. ¿Algunas de las cosas que suceden encuentran acomodo o, incluso, cuestiones sin respuesta aceptable la hallan en esta hipótesis del Universo ortogonal? Creo que sí.

Muchas cuestiones físicas encajan mejor en esta hipótesis que en la mayoría de las teorías consagradas por la tradición del debate científico. Es el caso de la antimateria o la época de Planck. Pero también la gravedad newtoniana o einsteniana. Otras cuestiones, que pertenecen a ámbitos más amplios o alejados de nuestra concepción convencional de la Física, precisamente por quedar en un terreno más especulativo serán más fácilmente comprensibles bajo la luz del Universo ortogonal: la misma ocurrencia de los hechos, que procede de la Nada, del Mundo D0. La conciencia, el fenómeno paranormal por excelencia, que proviene de la Nada y es, también, la puerta unidireccional al mundo D3. Y las casualidades. Esas claves que esconden en una secuencia no continua el rastro (para)lógico de la influencia intencional del mundo denso en el orden de la causalidad espontánea de nuestro mundo unidimensional.

La ortogonalidad en cada uno de los mundos se da en un plano de continuidad espaciotemporal. La continuidad mundana se da en su propio plano de continuidad y no en el entorno del universo ortogonal, discontinuo. Ese entorno universo relaciona los mundos, pero no sería realmente ortogonal si los mundos se dieran en él y no en su propia continuidad.

  • Los mundos del universo ortogonal son universos que no están, a su vez, dentro de otro universo, pues en ese caso el universo entorno sería continuo.

El Intermundo, el universo entorno, no es realmente un medio o ámbito en el que se dan los mundos continuos aunque ortogonales entre sí, sino un medio de relación que no es ámbito común29. Ese Intermundo es el antiámbito o, mejor dicho, el no-ámbito en el que se relacionan de forma ortogonal mundos incompatibles entre sí. Sólo no siendo ámbito (pero sí relación) puede ser ortogonal. Y este no ser ámbito es un aspecto más del Intermundo. Por tanto, se trata de un universo que no tiene ni la consistencia del universo convencional, que es ámbito unificado y continuo en el que se dan sus elementos, ni, evidentemente, la continuidad de unas condiciones esenciales (con su orden o no orden, sus leyes o antileyes, su ambigüedad o su nitidez), sino la ausencia de condiciones esenciales expresada por lo ignoto30.

  • Sólo podemos concebir tres mundos: la Nada, la singularidad de la existencia y el mundo denso (de los seres existentes).

El mundo ortogonal de la Nada debe ser algo parecido a nuestro (extravagante) concepto lineal “ninguna dimensión”, como el mundo denso debe ser algo similar a nuestras “tres dimensiones” y, nuestro mundo puntual, este en el que vivimos, algo así como “una única dimensión”. Pero todas esas descripciones parten de nuestra red y deben ser redefinidas mediante aspectos e imágenes evocadoras.

Universo continuo de mundos compatibles

La cosmología naumori lleva a un universo de único mundo o de mundos compatibles entendidos como fases en el devenir del universo.

La cosmogénesis naumori, a la que pueden ajustarse distintas versiones (religiosas, científicas o filosóficas) con sólo cambiar algunos nombres y ampliar el recurso del misterio hasta ignorar algunas partes o procesos, podemos describirla esquemáticamente según el GRÁFICO 1.

En el Protohecho Creacional, la incompatibilidad entre la nada y la potencia de ser podemos entenderla como la unidad misteriosamente compatible con la dualidad. Sería esa incompatibilidad (indistinguible diferenciación) la que secreta el Mundo como consecuencia de la separación (distinción o actualización) entre la nada, que deriva en ausencia absoluta, y el Ser Absoluto. El Mundo es espaciotiempo mutable, el Ser Absoluto, espaciotiempo inmutable para el que no hay ningún momento lugar en el que se produzca imperfección. Su actualización desde potencia de ser a Ser Absoluto es simultanea, pues media un lapso de “nada” entre potencia y acto.

El Mundo está compuesto por la esquirla divina manifestada mundanamente como “orden natural” y el residuo de “nada” o, si queremos verlo así, del imposible y, por tanto, malogrado ser de la nada que se va extinguiendo hacia nada ausencia absoluta (ya no hay otra “forma” de nada más que como ausencia absoluta), del mismo modo que, como veremos (GRÁFICO 2) en la versión científica (coincidente con otras versiones), el orden natural va adueñándose del mundo, incrementando paulatinamente la proporción de orden sobre la de caos (imperfección y mal), hasta terminar en el fin de los tiempos disuelto en el Ser Absoluto.

El Universo científico del mito del Big Bang propone una evolución en fases, que puede ser dicha también como mundo continuos, y que parte de una primera fase consistente gobernada por un orden natural 1 plasmado en unas condiciones y, se supone, unas leyes diferentes a las de la fase actual del universo, en la que vivimos, gobernada por un orden natural 2. Estos órdenes naturales que se suceden uno a otro deben ser compatibles y estar gobernados, a su vez, por un orden de sucesión que “traduzca” las leyes de una a otra fase o mundo hasta los términos del siguiente. Las leyes de nuestro mundo nacen del orden natural de la singularidad.

Nadie puede asegurar que a este orden natural 2 de nuestro mundo o fase del universo no sigan otras fases (?1, ?2…) con su propio orden natural diferente al nuestro pero derivado por evolución de él. En cualquier caso, resulta obvio que hay una evolución y que en ese proceso de evolución podemos detectar un cambio continuo en las condiciones físicas, manifestado por tendencias generales como “expansión” incremento de la cantidad de entropía, la disminución de la densidad y temperatura… etc.

La cosmología naumori dice que todas esas tendencias están agrupadas en un principio evolutivo que conlleva un paulatino incremento del orden y, por tanto, del ser y en una “pérdida” de caos y nada. De alguna manera, el combustible consumido en la evolución del universo naumori es caos-imperfección-mal-nada.

Universo ortogonal de mundos incompatibles

El universo está más allá de lo que ves.

La cosmología shukultiana parte de un planteamiento radicalmente distinto a la naumori. Hemos descrito desde distintos aspectos la noción de principio creacional shukultiano, tan extraño para nuestra mentalidad, basado en un principio cuya naturaleza presupone la inestabilidad y no la estabilidad.

Una situación inicial absolutamente estable requiere de algo que rompa esa estabilidad y quietud. Se necesita una causa, algo positivo, una fuerza extraña a ese estado de inmovilidad que carece de fuerza para desestabilizarse.

Si, por en contrario, optamos (lo cual es igual de lícito) por una situación inicial inestable, la inmovilidad, quietud e indiferenciación tiende espontánea e inmediatamente a generar movimiento y diferenciación. No es necesaria una fuerza que rompa la quietud e indiferenciación. En tal caso haría falta una fuerza que estabilizara y, por tanto, impidiera la movilidad y diferenciación del sistema. En el primer caso hace falta algo que empuje, en el segundo, que sujete. Pero si no se produce ninguna causa que sujete la inestabilidad esencial del sistema inicial, este deviene en diferenciación y movilidad porque contiene en sí mismo el resorte de inestabilidad, como el otro sistema tiene en sí mismo el resorte de estabilidad. No hace falta causa, porque cualquier causa o bien incrementaría aún más la desestabilización esencial, o se opondría a esta reduciendo o impidiendo por completo la diferenciación y, por tanto, la creación.

A este no necesitar causa es a lo que nos referimos, para darle un nombre familiar, como “anticausa” o “antimotor” de la Creación. Luego, hemos representado esa opción de principio de muchas formas, principalmente como la incompatibilidad entre el ser de la nada y su existencia, razonando que, si la nada existe no puede ser tal “nada” y que si no es tal “nada”, entonces, ya hay algo (que es y existe) desde el principio, cuyo origen deberíamos explicar. Pero en cualquier caso, para describir esquemáticamente la cosmogénesis y consecuente cosmología shukultiana, basta referirnos al principio creacional como “anticausa”.

Como hemos representado en el GRÁFICO 3, el ser de la Nada surge de la anticausa al unísono que la existencia y el Intermundo que permite la relación ortogonal entre estos dos mundos incompatibles. La incompatibilidad entre el ser de la nada y la existencia es un aspecto de la anticausa. Mientras el ser de la Nada y la existencia sean incompatibles, existirá el Mundo. Y, mientras exista el Mundo, el ser de la Nada no podrá convertirse en un protohecho naumori donde el ser ase separe de la Nada y adquiera la forma de potencia de ser. Sólo si existe algo, un mundo cualquiera, la nada puede seguir siendo tal Nada. Pero para que esto suceda, la creación debe ser constante. Los sucesos vienen al Mundo Puntual desde el Mundo Nada por la relación “nacimiento”. Cuando los sucesos desaparecen regresan a la Nada por la vía de la relación “muerte”.

El Mundo Denso es un mundo hipotético y mitológico que, desde un planteamiento evolutivo lineal, surge a partir de nuestro Mundo Puntual. Nuestro mundo se correspondería con la fase 1 del esquema naumori del Big Bang. Nos encontraríamos al final de la singularidad, donde las distorsiones del cambio de fase y, por tanto, de condiciones físicas y leyes que las gobiernan permiten generemos la ilusión mental, el delirio, de densidad a partir de una de esas mayores distorsiones: el espaciotiempo lineal virtual creado por nuestra red perceptivo-conceptual.

Pero aún debemos proponer un modelo para la creación del Mundo Denso.

Como vemos en el GRÁFICO 4, lo que regresa a la Nada en la relación “muerte”, alimentando la anticausa, es “no existencia”, una forma de “energía” fría o inversa (más allá del cero absoluto). Pero esa no existencia arrastra al mínimo ser de simple suceder de los sucesos que desaparecen. Ese mínimo ser no puede regresar a Nada, ya que esta tiene su ser como tal Nada y, si le añadiéramos una mínima fracción más de ser, generaríamos un exceso que precipitaría en un protohecho naumori como potencia de ser. Inmediatamente se detendría la Creación constante shukultiana y devendría la naumori.

El ser de los sucesos que “mueren”, queda por tanto en el Intermundo, que, como veremos, se corresponde con el Dios shukultiano, que es sólo acto, libre conciencia-voluntad y, por tanto, no puede admitir un ser porque, entonces, devendría en Ser Absoluto, ya que ese ser limitaría su libertad que debe ser absoluta.

Si el exceso de ser no puede cristalizarse en el Intermundo, debe “precipitar” en un nuevo mundo que está constituido por ser. Pero ese ser debe existir, pues, de otro modo se convertiría en un Ser Absoluto con espaciotiempo inmutable, el cual constituiría su propia existencia inmanente al margen del Universo Ortogonal.

Los sucesos (la existencia) del Mundo Denso, al igual que los del Puntual, provienen del Mundo Nada. Pero en esta relación entre Mundo Denso y Mundo Nada se produce una particularidad. Como representamos en el GRÁFICO 5, la asimetría propia de las relaciones ortogonales no conlleva en este caso un desequilibrio, como sí sucede entre Mundo Nada y Mundo Puntual y entre este último y el Denso.

De alguna forma se está produciendo una especie de destilación de ser desde nuestro Mundo Puntual hasta el Denso. ¿Qué ocurriría si esta destilación conllevara el agotamiento de algún combustible cósmico que fuera transformando el Mundo Puntual en Denso? Según esta hipótesis, nuestro mundo es el único con carácter provisional y, por tanto, el que imprime carácter evolutivo (no lineal) al Universo ortogonal. Percibimos este agotamiento como evolución y, esta, como expansión y los fenómenos a ella asociados. Pero, si nuestro universo conlleva un final “evolutivo” y se comporta como una fase ¿Qué ocurrirá cuando desaparezca?

Cuando se agote el Mundo Puntual toda la existencia residirá en el Mundo Denso y, entonces, ya no se producirá más exceso de ser porque, debido al equilibrio de la relación ortogonal entre Mundo Nada y Mundo Denso, el ser de los sucesos que mueren quedará atrapado en el Mundo Denso. Y ahí, en ese universo representado en el GRÁFICO 6, se acaba nuestra capacidad para concebir con cierta garantía. Hemos alcanzado el límite de nuestra propia imaginación, pero aún podemos conjeturar que el equilibrio se convierte en única relacionabilidad entre mundos ortogonales y, por tanto, la asimetría del signo relación se iguala con el producto final de esa relación, estableciendo una equivalencia entre los signos por lo que asimetría y simetría se identifican. Y este equilibrio simétrico debe llevar a Dios, para salvar su libertad, a la creación de un nuevo mundo para el que no tenemos ninguna referencia cultural o, lo que es aún más inconcebible para nosotros, a un Universo continuo de mundos incompatibles.

El Universo ortogonal shukultiano tiene cuatro elementos. El Mundo Nada, el Mundo Puntual en el que vivimos, el Mundo Denso y el Intermundo. De estos cuatro elementos podemos caracterizar el Mundo Nada y el Mundo Puntual. Concretamente, distinguir las naturalezas del Mundo Nada y del Intermundo, y proponer una representación del concepto más sutil y problemático del Mundo Puntual: el ser del suceder. Una representación que consiga “hacer visible” a la fantasmal “cosa puntual”.

Mundo Nada

Pensamos que las características del Mundo Nada, D0, deben ser las mismas o parecidas a las del entorno universo porque uno de los aspectos de la Nada es que resulta ignota (ahí no hay nada que conocer) y porque un entorno D0 permitiría, en principio, cualquier tipo de relación entre los mundos dado que es un ambiente vacío y neutro que no presenta ninguna condición (no tiene estructura). Por esa misma razón, pues su naturaleza es “cero” dimensión, suponemos que no hay nada que conocer en ese mundo y, por tanto, es ignoto. Aparentemente encaja en lo que esperamos encontrar en el entorno universo.

Si las cosas que van de un mundo a otro pasaran por un entorno D0, virtualmente indiferenciable del mundo D0, quedarían destruidas (su identidad) en la Nada y surgirían como sucesos. Nada sobreviviría de uno a otro mundo y, en ese caso, el transito entre ellos no sería ortogonal sino nulo.

  • La dimensión “cero” no es una ausencia de dimensión, ni una dimensión de ausencia perfecta. Es una verdadera dimensión “antidimensión” caracterizada por aspectos como la imperfección esencial y la imposibilidad de existencia.

El Mundo Nada no tiene la simpleza de la nada absoluta. Esa es una equivocación a la que nos lleva nuestra cosmovisión convencional de tipo naumori31.

La intersección o contacto ortogonal entre el plano espaciotemporal “Nada” y el “Puntual” la representamos por “cero”. No podía ser de otro modo. Pero ese cero, como hemos visto en la cosmogonía (donde hablamos de anticausa, imperfección…) no implica que el plano de antidimensión “Nada” sea simple, sino que el punto de acceso es cero, ¿Cómo se inscribe un plano antidimensión en otro unidimensional donde sólo existe el instante? A través de (0+0)=

La nada (el mundo “Nada”), no es un cero inerte, sino que su antidimensión expresa una naturaleza “activa” que debemos representar no por la ausencia absoluta sino por aspectos como la imperfección, la imposibilidad de existir y la anticausa. Por tanto, como hemos visto anteriormente, no es lo que en la matemática y en la cosmovisión del campesino y ganadero representamos por “cero” (la nada “verdadera” neolítica). La nada del contable es, por ejemplo: “2-2=0. Ya no tengo nada”. O, mejor dicho, dada la asimetría en la relación de los mundos ortogonales, el camino hacia la Nada puede que sea así, una ausencia, una pérdida absoluta. Pero el camino desde la Nada no tiene porqué ser así.

  • El Mundo Nada es algo más que nada absoluta. Pero también es nada absoluta.

La dificultad para concebir linealmente una nada activa (aunque de signo “anti”) viene reforzada porque uno de los aspectos del Mundo Nada es, también, la ausencia absoluta. Pero no es el único, y en eso se diferencia de la nada absoluta. Ese algo más es, precisamente, la anticausa, la imperfección y la imposibilidad de existencia, es decir, los aspectos no inertes que pueden acompañar a la nada haciéndola que derive en Mundo Nada y no en nada absoluta fruto de la actualización del Ser Absoluto.

Ya hemos visto que la matemática capaz de abordar el problema de la Nada desde una perspectiva cosmológica es aquella que permite que cualquier valor multiplicado por cero no de un valor nulo sino un valor aleatorio que se corresponde con alfa.

[(x*0)=y] equivale a [(0+0)=Alfa]

Por tanto, ni desde un sistema lineal de medición no contable, ni desde la concepción “puntual” de cosmogénesis shukultiana podemos identificar el mundo Nada, de ninguna o “cero” dimensión, con la ausencia absoluta o con un estado de cosas inerte. De ese mundo surgen, completamente incausados e indefinidos, los sucesos que se determinan en la función del mundo puntual. La dimensión “cero” es una dimensión real, un plano espaciotemporal, un mundo. Aunque su valor, desde una perspectiva lineal contable sea cero-ausencia y, desde esa misma perspectiva lineal pero no contable o desde una perspectiva puntual en nuestro mundo adquiere la forma de un valor diferente a “cero”, aunque aleatorio. Precisamente una representación de la causalidad espontánea por la que llegan los sucesos desde la Nada.

  • La nada absoluta es un proceso inerte.

Cuando los sucesos finalizan entendemos que regresan a una nada absoluta. Pero no es así. Comprender la “muerte” de un suceso requiere aceptar la Nada como un mundo antidimensión y, por tanto, no inerte, sino esencialmente desequilibrado, imposible…etc.

El valor aleatorio que medimos puntualmente cuando algo regresa a nada será cero. Sólo en ese caso mediremos cero como valor nulo que para nosotros es sinónimo no de tal (nulidad) sino de inconmensurabilidad. Sencillamente, desaparece de nuestro campo de medición no podemos medirlo, asignarle un valor, de la misma manera que no podemos hacerlo con un suceso que viene desde Nada hasta que no alcanza el Mundo Puntual y se constituye en suceso. Entonces “aparecerá” un valor determinado que proviene de una relación de producto aleatorio.

Cuando un suceso surge (de la Nada), ese proceso de anticausa, que manifiesta el carácter no inerte de la Nada, lo podemos representar matemáticamente como la multiplicación de un valor incógnito por cero que da un resultado aleatorio distinto a cero.

?*0=al

Cuando un suceso, alfa, regresa a Nada (nunca a la nada absoluta, a la que, como tal, no se puede acceder)vale “cero”, es decir, Nada. Su “estado” será:

[[(0+0)=0]=0]=0

Pero si regresara a la nada ausencia absoluta, la representación matemática no contable debería ser algo así:

[[(0+0)=0]=0]=

Cuando un suceso muere, su no existencia, [[(0+0)=0]=0]=0, volverá a la Nada de donde surgió su existencia (el signo negativo de lo que regresa, como hemos visto en el capítulo anterior, es una representación de la anticausa a la que alimenta como combustible con el que mantener activa la llama de la Creación). Ha regresado como resultado “cero”. Pero, ¿qué sucede con el valor concreto que había adquirido su suceder, dónde ha ido lo que constituye a “alfa”? La diferencia entre (0+0)=0 y (0+0)=lo que hemos llamado “mínimo ser del suceder” no puede ir al Mundo Nada (en el que no “cabe” más ser que su mínimo ser tal “Nada”) sino que permanece en el Intermundo y, según creemos, precipita en Mundo Denso.

La antidimensionalidad del Mundo Nada podemos evocarla diciendo que lo que se diferencia de la nada absoluta es el propio Mundo Nada, que es (tal “Nada), pero “lo que hay en esa Nada” es nada absoluta.

La nada absoluta es un aspecto del Mundo Nada que se corresponde con un estado, mientras que el Mundo Nada como tal es un proceso de signo “anti”. Este contraste entre el Mundo Nada y su “contenido”, entre proceso y estado nada, es una representación de lo que sea la antidimensionalidad.

La antidimensionalidad es la naturaleza del Mundo Nada que, también, podemos expresarla como el contraste entre el estado y el proceso de nada. Y esa sería, a su vez, otra forma de representar a la anticausa.

Ontología mínima

¿Cuál es la entidad de un suceso? Ninguna.

Hubo un tiempo en el que los dioses habitaban la Tierra. Pero después desaparecieron. Todas las mitologías hablan de su partida y de la promesa de regresar una vez cumplido determinado periodo. Pero es en el Medio Oriente donde esta súbita desaparición impulsa el proceso de divinización de las mitologías realistas que lleva al monoteísmo abrahámico. El dios oculto pasa a ser algo parecido a los invisibles espíritus del animismo. Sólo que en este caso se trata de un súper espíritu, el rey de los espíritus32.

Lo ignoto se despoja de sus caracteres realistas y, en ese vacío, en ese ocultamiento (simple perder de vista) se asienta la divinización. La superioridad se sustenta en la irrealidad, donde esta se convierte en sinónimo primordial de invisibilidad, intangibilidad… El dios ausente deviene así en única posibilidad de ser superior y, también, de (dios) ignoto, convertido en dios misterio, cuya naturaleza es inalcanzable porque se encuentra en un plano sobrenatural fruto de la insalvable distancia que media entre la perfección divina y la imperfección mundana.

Lo que no se puede percibir, o no existe o, si existe, lo hace en un plano sobrenatural relacionado pero absolutamente inalcanzable y distinto al nuestro. Y ese plano distinto es en el que habitan los superhombres divinizados, al frente de los cuales reina el único Dios verdadero (absoluto).

El Ser Absoluto es una réplica del dios ignoto (ausente) divinizado, de naturaleza misteriosa; y la ontología máxima, la de ese Ser Absoluto, sinónimo de existencia sin suceder, o existencia inmanente en el plano perfecto y sobrenatural de su propio ser como espaciotiempo inmutable, es una teología a la que, paradójicamente, se le trata de despojar, en un imposible viaje de regreso a los orígenes (realistas) de la Antigüedad, de sus características divinas. Pero esas características divinas forman ya parte indisoluble de la esencia del Ser Absoluto y, por tanto, si verdaderamente las destruyéramos, haríamos añicos también la idea del dios Ser Absoluto.

Desde luego, no resulta muy difícil rastrear ese mismo proceso en los fundamentos de la mitología científica, y no en el método como ancestral proceso (artesano, tecnológico…) del conocimiento que se encuentra en la base del progreso material humano. El Universo eterno (ya lo hemos visto) es, finalmente, una réplica del Ser Absoluto que es, a su vez, una réplica pretendidamente realista del dios ignoto divinizado. El sustento último del orden natural, como del divino, pertenece al misterio, bien con nombres míticos como Teoría del Todo o con la leyenda sin nombre de las claves últimas de ese orden, cifrado en leyes naturales, que nos dará, cual piedra filosofal, el conocimiento preciso del funcionamiento de todas las cosas. De los seres.

La mitología científica, sustentada en el principio naumori por el que el mundo en el que vivimos es el caso particular (puede haber muchos más, aunque ocultos) de una variable que predice la posibilidad de casos y su devenir, estableciendo una causalidad verdadera y, además, lineal.

En este mundo, como en el de prácticamente toda la filosofía europea desde Parménides, existen seres que se relacionan con otros seres a cuyas relaciones llamamos sucesos o hechos. No existe el suceder sin ser. No hay hechos sustentados en sí mismos porque sería como operar, en lugar de con números, con las propias relaciones.

(“+” – “+”) = 0/+

Es absurdo desde una perspectiva naumori. El mundo científico, como el de toda la larga tradición sobre la que se alza, no contempla otra posibilidad más que la existencia de seres, o de sus sinónimos, como las partículas o, incluso, las hondas con entidad, que se comportan, al menos en aspectos fundamentales, como partículas o equivalentes de estas. Sin embargo, y este es un asunto resuelto al modo “misterio” naumori, la singularidad no tenía nada equivalente a partículas, hondas o cualquier otra clase de entes. Desde esa singularidad, en cuyas postrimerías dice el Shuk-Ul que aún vivimos, se podría pasar al mundo científico denso sólo si en el orden de la singularidad, con sus condiciones físicas y sus leyes radicalmente distintas al nuestro, existe una posibilidad evolutiva, una continuidad en forma de potencia de ser. Y esa potencia de ser o de sus equivalentes científicos, que debe haber en la singularidad podemos traducirla a términos shukultianos como el “mínimo ser del suceder”.

El mundo shukultiano es un mundo de sólo sucesos que contiene la mínima forma posible de entidad asociada al simple suceder de los hechos. Una entidad que se corresponde con el ser de la Nada y no con el del Ser. La ontología es el eje fundamental de toda la cosmovisión naumori aplica a todo el universo. Como la cosmovisión shukultiana de este mundo en el que vivimos, no del Universo ortogonal, sería, por denominarla analógicamente con un término convencional, la fenomenología. Pero sería más adecuado desde una perspectiva shukultiana denominarlas respectivamente ontología máxima y mínima.

No vamos a hablar aquí de ontología máxima, sino de la ontología mínima del ser del suceder. Una ontología que se corresponde más fielmente con el realismo de la técnica, la artesanía y, paradójicamente, con las consideraciones mitológicas de la Antigüedad, aunque no con la mayoría de sus principios.

Si nuestro mundo sólo contiene sucesos y el mínimo ser de ese existir, cifrado como alfa=(0+0) ¿podemos hablar de una “ontología” sin ser? Más aún ¿podemos hacer otra ontología que no sea la del delirio?

Nuestra red construye espejismos de ser mediante el mismo mecanismo por el que construye un orden lineal causal que nos sirva para incrementar las probabilidades de conseguir lo que deseamos33. Esos mecanismos, como hemos visto, son la búsqueda de sombras de invariabilidad y regularidad.

Pero el orden causal se asienta en la memoria, bien sea entendida como aprendizaje (por condicionamiento clásico u operante) o como recuerdos conscientes con los que construimos nuestro armazón tridimensional. Sobre la memoria (y no sobre el mundo real) fabricamos seres asignando una identidad que se diferencia de la simple identificación de los sucesos por un criterio relativo: los seres son más duraderos y a los sucesos no les suceden cosas.

La permanencia no es absoluta (nada permanece para siempre inmutable). Por tanto, el concepto de ser lo construimos sobre la permanencia relativa de unos sucesos con relación a otros. A los que cambian más lentamente los consideramos seres o cosas o partículas, a los otros, sucesos o hechos.

Sólo hay una permanencia que, aunque realmente no sea absoluta, lo parece: la conciencia. Y lo parece por dos motivos. Uno, que los cambios que se producen en ella son indetectables por ella misma. Y, dos, porque el Mundo comienza y termina con ella. El Mundo dura desde que nacemos hasta que morimos. La vida, por tanto, es el suceso más duradero. Además, la conciencia se corresponde con el único instante del espaciotiempo puntual.

Pero lo que ahora nos interesa no es este aspecto de la construcción del ser, sino esa mínima porción de ser sobre la que construir modelo de ontología en un mundo de sucesos. Una ontología del mínimo ser.

Parece que tenemos claro lo que es una cosa (por llamar genéricamente a los seres, y no con la complejidad de la metafísica) y lo que es un suceso. Y también parece que tenemos clara la identidad y delimitación de la mayoría de las cosas. Sin embargo, cuando empezamos a hacernos preguntas, ese concepto práctico, abreviado e indubitable acerca de las cosas se nos viene abajo.

Nos serviremos de dos ejemplos, uno práctico y, el otro, teórico, para plantear el problema desde un punto de vista puntual.

El práctico versa sobre nosotros mismos, sobre lo que consideramos “yo”, que es el ser o la cosa por antonomasia.

El otro consistirá en representar un modelo de cosa sobre el que podamos evocar fácilmente esa perspectiva puntual de la misma.

¿Seguimos siendo la misma cosa (la misma persona, en este caso) si nos quitan las piernas y los brazos? Parece que sí. ¿Y si nos lo quitan todo y dejan nuestro cerebro conectado a una máquina que lo mantenga vivo (y pensante)? Debemos suponer que sí. Ahora, vayamos más allá. Si toda la información de nuestro cerebro, la memoria y los modos de reacción emocional, es decir, lo que hace que sintamos y respondamos de una manera peculiar y única, la colocan en un supercomputador ¿seguimos siendo nosotros? Depende de si conservamos la conciencia. Pero, en principio, no hay ningún motivo para pensar que no la conservemos, pues lo único que hemos hecho es cambiar el recipiente o soporte material (el hardware) orgánico por un soporte mecánico aunque igualmente electrónico: un superordenador. Nuestro software y los contenidos (archivos) de información siguen siendo los mismos.

Ahora mantengamos el soporte (el hardware), nuestro cuerpo intacto. Con el paso de los años nuestra memoria, nuestra información (archivos), y los modos de procesamiento y respuesta de la información (el software) cambian. El modelo de nombre “x” con cinco años no se parece casi en nada (ni siquiera en el cuerpo, aunque sea el “mismo”) a ese mismo modelo cuando han pasado cuarenta y cinco años. En un 99% de los casos reaccionarán de forma completamente distinta ante idénticas situaciones.

Y ahora afinemos un poco más. Nosotros enfrentados a dos situaciones radicalmente distintas (esas situaciones puede ser también personas). En un caso somos amables y comprensivos ciudadanos. En otra situación podemos comportarnos como asesinos crueles. ¿Se trata de la misma persona, de la misma cosa?

¿Qué nos hace considerarnos la misma persona independientemente de la situación, de nuestro comportamiento, de si tenemos cinco o cincuenta años o si estamos “enlatados” en una computadora orgánica (el cerebro) o en una mecánica? La respuesta es algo extremadamente “delgado”, insignificante y poco material: la conciencia: “yo soy yo”34.

Actuamos simplistamente, sin llevar a cabo todas estas consideraciones, cuando decimos que algo es tal cosa (o persona) sólo porque convenimos en hacerlo así. Una convención útil desde el punto de vista social y personal para todo menos para conocer la verdad del Mundo (y de nuestra vida). Lo útil, enfrentados ante lo ambiguo y complejo, no es la simplicidad. Pero tampoco la complicación (la perplejidad silente, el misterio) tiene “utilidad” para conocer (o evocar) la verdad del Mundo.

En el ejemplo de “yo” hemos llegado a la conclusión de que la cosa (el ser) es una porción mínima, inestable, ambigua: la conciencia. Y esa misma es la esencia de las cosas puntuales: un límite o intervalo entre contenidos (partes) que la conforman y ambientes o situaciones (totalidades) de las que forman parte y donde se relacionan con otras cosas.

Mecánica de intervalo

El Mundo puntual, desde una perspectiva shukultiana, es una singularidad en la que sólo existe una dimensión, la existencia, y donde, por tanto, sólo hay sucesos, entre los que nos encontramos nosotros. La red lineal, por su parte, puede inventar una replica convincente de densidad mediante la línea gorda, que se basa en una estructura tridimensional para simular lo que realmente sea la densidad, es decir, la existencia de seres verdaderos. Pero la única forma de comprender y relatar racionalmente esta singularidad en la que aún vivimos, y no sólo desenvolvernos eficazmente en un mundo desfasado, sin orden y ambiguo, no es ignorar los equívocos ni entregarnos sin más a “vivir puntualmente” desde nuestra conciencia, sino ver y describir racionalmente nuestro mundo a través del mínimo ser que existe en él: el de los sucesos en su mero suceder.

Pero esta descripción racional no puede aspirar a la tranquilizadora sensación de coherencia encerrada de la lógica sinonímica (tautológica) a la que hemos confiado el sustento de la verdad lineal, sino a una razón de coherencia abierta, desasosegada pero esclarecedora, que conserve y aún domestique la confusión en la que se nos muestra el desfase y la ambigüedad de un mundo “al que siempre llagamos tarde”. Y una propuesta aceptable de esta ontología mínima es la mecánica de intervalo.

  • Las cosas puntuales, el mínimo ser del mundo del suceder, son sinónimos de hechos.

El segundo ejemplo para intentar hacernos una idea de qué son las cosas puntuales, es decir, en qué podemos distinguirlas de los sucesos, necesariamente debe ser un modelo teórico.

Imaginemos que una cosa, llamada “A”, está compuesta a su vez por dos cosas, “b” y “c”. Independientemente de con qué y dónde ser relacione A, es decir, de qué totalidad forma parte, esta cosa tiene una naturaleza interna que responde a la relación de sus partes. Un modo de ser característico que se mantendrá inalterable mientras se mantengan inalterables esas partes. A esta naturaleza interna la llamaremos “primeros principios” (11pp) de A.

Pero esta cosa no se da aislada, sino que forma parte, a su vez, de otra cosa. Se relaciona con otras cosas con las que constituye a una totalidad o ambiente. De hecho, “b” y “c” son cosas que constituyen a “A”. Y aquí viene el problema, porque nos hemos acostumbrado a pensar las cosas (los seres) como una concreta composición, pero no como una concreta relación. Las pensamos como totalidades pero a costa de olvidar que son, también, partes.

Una totalidad, si sus partes no cambian, no cambiará. Por la misma razón, si las partes de sus partes, las cosas que constituyen a “b” y “c”, no cambian, “A” tampoco lo hará. Y así hasta la primera parte (incompuesta), alfa, y la última totalidad (que no forma parte de nada), Omega. Nada cambia en este mundo de cosas compuestas cuya naturaleza viene exclusivamente determinada por lo que las compone pero no por aquello a lo que componen. Tenemos así un simplista modelo de Mundo de Seres Existentes en el que las cosas (como seres) no cambian aunque cambien los ambientes y las relaciones (las cosas como sucesos).

Así pues, en este mundo, no sólo todo cambio es imposible sino que el devenir, el movimiento o la relación son meras ilusiones. Pero, ¿qué ocurre si las cosas tienen, también, una naturaleza “externa”?

El modo en que se relacionan sus partes determina la naturaleza interna de “A” (sus 11pp) y el modo en que “A” (ahora convertida en “a”) se relaciona con “d” para componer a la totalidad “E”, en la que ambas están dadas, conforma su naturaleza externa o “segundos principios” (22pp).

Deberíamos, pues, definir a las cosas no como “A” o “a”, sino como “A,a”. Porque las cosas puntuales son partes y, a la vez, totalidades, vértices entre dos naturalezas cambiantes (los 11 y los 22pp) donde la identidad viene definida por esa coma entre A y a, entre esos dos espacios cambiantes.

  • Las cosas puntuales son un vértice en los sucesos.

Un vértice (una coma) que sólo podemos definir como límite abierto y representarlo, por ejemplo, así:

)(

No son cosas al estilo usual. No son tampoco simples sucesos, pues podemos establecer una identidad en ellos como persistencia de valor inconcretable (finalmente, un valor “aleatorio”) que podríamos definir como “hechos”.

Los hechos, las cosas puntuales, son límites, vértices, momentos de 11 y 22pp.

  • Los hechos son momentos definidos por unos 22pp y determinados por unos 11pp.

Los hechos son intervalos abiertos.

Normalmente entendemos los intervalos como límites que definen un tramo de valores. Pero esta concepción de intervalo cerrado se corresponde sólo con las cosas como totalidades y, por tanto, con los 11pp. Al entender las relaciones de esa totalidad no como su naturaleza externa sino como su contacto con los sucesos (o con el suceder del Mundo) podríamos representar dicho intervalo como algo que contiene y delimita del exterior:

()

Pero el intervalo abierto o puntual no funciona como una bolsa sino como un vértice entre dos pendientes. Por eso lo representamos como “)(“.

  • La existencia, sin los referentes de un verdadero espaciotiempo denso, es sinónimo de desfase.

El hecho es el suceso afectado por la mínima entidad del suceder. La forma en que se ve afectado es constituyéndolo en un intervalo (un límite) y, por tanto, en la delgada franja que delimita vertientes que forman parte de la misma y única dimensión (puntual). Esta es otra forma (otro aspecto) de representar la superposición del desfase. Así, el desfase sería lo que observamos cuando tratamos de descubrir los hechos, es decir, los límites, vértices o intervalos entre nada35.

Veamos un ejemplo para aclarar la noción de límite o intervalo abierto:

Imaginemos un nudo realizado en una cuerda. El nudo se distingue no por alterar el continuo de la cuerda ni por ser algo distinto y ajeno a la cuerda, sino por ser una inflexión, un vértice, un límite… una distinción. La cosa puntual se corresponde con los giros que el nudo dibuja no en el continuo de la cuerda sino en la “nada” que la rodea36.

Si recordamos, este es un caso muy parecido al de la ortogonalidad dentro de nuestro mundo puntual que se da, por ejemplo, entre los planos físico y biológico. Los dobleces de los que hablábamos allí, son los nudos de nuestro ejemplo. Los grandes planos físico, biológico y simbólico (lineal o racional) son ejemplos muy evidentes de cosas puntuales.

El límite (el intervalo, la distinción) es la única porción de ser que existe en el mundo singular de una sola dimensión llamada “desfase”.

  • El hecho es una identificación sin identidad.

El hecho es una distinción pero, una distinción no conlleva necesariamente una identidad tal y como linealmente la entendemos.

El hecho no es una sombra (una cosa) lineal porque el intervalo no define ninguna invariabilidad sino un vértice en la variabilidad37. El intervalo muestra el desfase esencial entre la cifra (la definición o 22pp) y el valor (la determinación o 11pp). Es una identificación de los sucesos como hechos que no evita la ambigüedad y la distorsión del desfase esencial (no es una identidad), pero nos permite movernos puntualmente por él.

  • El hecho es la función en la que se constituyen los sucesos.

Las cosas siguen siendo ambiguas. Podemos cortar algo aquí o allí. Las cosas puntuales no vienen prefiguradas, con una delimitación independiente de los sucesos (incluido, como veremos, nuestro propio conocer o pensar), como las cosas lineales, que son variables.

El (pseudo)ser lineal es la variable que predice (o clasifica) a los hechos. Pero esa variable, en el mundo real (puntual) se corresponde siempre, aunque tarde, con la función, es decir, con el hecho al que predice “retrospectivamente”.

Podemos tener claros nuestros límites, aquellos que encierran a lo que nos compone. Esa es una costumbre lineal muy arraigada: “somos de aquí para adentro”. Somos nuestro cuerpo. Pero ¿de qué formamos parte?

El que la propia existencia sea el único hecho que podemos experimentar hace que la red tenga enormes dificultades para linealizarlo y, por tanto, es precisamente nuestra naturaleza como parte (nuestros 22pp) lo que pone de manifiesto, por un lado, que resulta extraordinariamente ambiguo e incierto definir cosas (establecer y aceptar lo exterior que nos compone) y, al mismo tiempo, que a pesar de esa ambigüedad funcionamos de facto como parte de algo, aunque lo vivamos como algo ajeno a nosotros.

El mejor ejemplo es el conocimiento. Un científico enfrentado a un fenómeno38.

Conocer el mundo puntual es conocer los hechos (siempre cambiantes). Y conocer los hechos significa conocer los límites en los que se constituyen las cosas. De forma práctica, lo más importante será saber de qué formamos parte y que nos compone.

El mismo hecho de conocer implica que el sujeto y el objeto forman parte de una misma totalidad y, por tanto, se influyen mutuamente y ambos son condicionados por esa totalidad en la que se involucran.

Nuestro concepto ensanchado de yo se corresponde, paradójicamente, con la “miniatura” de nuestro intervalo puntual. Por tanto, somos un punto de inflexión, un intervalo abierto hacia adentro y, también, hacia fuera. Pero no somos sólo un “adentro que se relaciona con el (ajeno) afuera”. No “()”, ni tampoco “)”, sino “)(“39.

  • También somos lo que hacemos, lo que nos hacen y lo que nos sucede.

Los 22pp tienen enormes implicaciones no sólo desde el punto de vista moral sino desde un punto de vista eminentemente práctico. Forma parte de nuestra naturaleza no sólo lo que hacemos sino también lo que nos sucede. Nuestros actos no son sólo un producto de lo que somos, sino que “somos” también eso que hacemos y nos sucede, aunque no forme parte del “nosotros” definido por los estrictos términos de lo encerrado en nuestro cuerpo y nuestra mente.

Pocas ideas derivadas de la mecánica de intervalo tienen unas consecuencias prácticas para nuestras vidas tan importantes y amplias como el hecho de que lo que comúnmente entendemos como relaciones nos conforman, aunque no forman parte de nosotros, de nuestro “yo”.

Somos también entorno, creamos nuestro propio espacio. Lo que nos arrastra es también parte de nuestro movimiento porque somos también 22pp… lo que nos arrastra forma parte también de nosotros mismos.

  • Los astros se arrastran a sí mismos.

El movimiento “entorno” forma parte esencial de las condiciones físicas de nuestro mundo puntual. Los astros, como nosotros, son arrastrados. Pero esa fuerza les pertenece. Parece que los astros sólo se mueven por sí mismos o por fuerzas que actúan sobre ellos, sobre su interior, pero se mueven también por fuerzas que actúan sobre su exterior. Son fuerzas propias, aunque exteriores, que tiran de sí mismos de forma deslocalizada.

  • El pequeño ser de nuestro existir, “)(“ o “|(“, es un modulador del cambio y, por tanto, del suceder.

Decíamos más arriba que el modo en que se relacionan sus partes determina la naturaleza interna (11pp) de “A” y el modo en que “A” (ahora convertida en “a”) se relaciona con “d” para componer a la totalidad en la que ambas están dadas, “E”, conforma su naturaleza externa o “segundos principios” (22pp).

Esas dos caras de una misma naturaleza se influyen mutuamente a través de dicha naturaleza “)(“. Los cambios en los 11pp afectan a los 22pp y viceversa. El modulador de esa influencia recíproca es la cosa puntual, eso que hemos identificado como el mínimo ser del suceder individualizado en hechos. Y, a su vez, esa naturaleza, el ser o la cosa puntual, se va conformando según los cambios de sus 11 y 22pp.

Podemos encontrarnos, por ejemplo, que muchos y muy importantes cambios en los 22pp (las relaciones con lo que nos rodea) no provocan cambios grandes e importantes en los 11pp. Es decir, que cambiamos de totalidades en las que estamos dados como partes (y donde nos relacionamos con otras partes) pero esos vertiginosos y dramáticos cambios apenas afectan a nuestros 11pp, es decir, al entorno en el que se relacionan nuestras partes (nuestras ideas, emociones, expectativas… en suma, nuestro estado psicológico y fisiológico).

  • El diferencial de cambio entre 11 y 22pp es uno de los principales aspectos de los hechos mediante el que diferenciamos “cosas” de “relaciones” (o “entes” de “sucesos”).

Nuestras relaciones cambian con mucha más rapidez que nuestra composición. Eso nos ayuda a percibirnos como cosa y no como un momento (ambiguo e inestable) entre totalidad y parte (entre objeto y relación). La relación (en términos de velocidad) entre el cambio de los 11pp con respecto a los 22pp de una cosa es lo que la define, de forma relativa, como “objeto” o “suceso”.

Las cosas estables se corresponden con las sombras de invariabilidad. Pero deberíamos concebir los sucesos regulares también como cosas, sólo que en esas cosas o hechos, la mayor estabilidad se produce en sus 22pp.

Paradójicamente, los hechos invariables se corresponderían con la función y los hechos regulares (estabilidad de 22pp) con la variable.

Así, un hecho regular sería, por ejemplo, “p” implica “q”. Aunque p y q cambien en su composición (que su valor sea 2, 3, 5 o cualquier otro dentro de un determinado rango, pues no hay nada absolutamente invariable) sus relaciones se mantendrán estables. Y la cifra de p, que es muy estable en cuanto a 11pp, dependerá de las relaciones concretas que establezca, es decir, del (irregular e impredecible) suceso en el que se vea envuelto.

La mecánica de intervalo tiene una gran capacidad para mostrarnos de una forma intuitiva la complicada noción de cosa puntual como limite “entre cosas”. Su aplicación a los distintos campos permite analizar los sucesos y los mismos planteamientos desde los que diseñamos su estudio desde una perspectiva no ya nueva sino, lo que es más importante, relativamente a salvo del delirio lineal. Los viejos problemas encontraran, cuando menos, un nuevo enfoque. Al principio, extraño y difícil de comprender. Pero, luego, incluso aunque no lo compartamos, nos mostrará nuevas alternativas de solución, o de disolución.

Este es el caso, por poner un ejemplo que, además, nos sirva para mostrar el enorme potencial de la mecánica de intervalo para romper el techo de la Física teórica, del concepto de “densidad”.

La densidad, desde una perspectiva de intervalo, es la relación entre los 11 y 22pp. Cuanto más complejos (más partes) tiene una cosa con relación a las partes con las que se relaciona más densa es. El aire tiene una sencilla composición (unos pequeños 11pp) pero se relaciona con muchas cosas (unos grandes 22pp), mientras que una bola de billar es todo lo contrario. Así entendida la densidad, se relaciona más, por ejemplo, con nuestro concepto de “duración de los sucesos” (en cuanto regulares e invariables) que con la presión, temperatura… etc. Un suceso duradero es más denso que otro que no lo es. Y será más duradero según la complejidad de sus 11pp con relación a sus 22pp. Y ello por una razón muy sencilla. La única fuente de variación de los 11pp de una cosa son los 22pp de sus partes y los 11pp de la totalidad en la que se dé. Como una cosa densa está en una totalidad con 11pp débiles, sus 11pp cambiarán menos (a igualdad de 22pp de sus partes) que si estuviera en una totalidad con 11ppp fuertes (complejos o grandes).

Veamos un ejemplo simplista pero adaptado a nuestra forma habitual de ver las cosas. Si algo está compuesto por 50 cosas y se relaciona con 2, cambiará más lentamente que si está compuesto por 2 cosas y relacionado con 50.

Esto implica que la duración de un fenómeno la medimos por lo que nos muestran sus 22pp (que es con lo que nos relacionamos de esa cosa). Pero esos 22pp nos muestran la invariabilidad de sus 11pp en relación a lo que varían sus 22pp. El peso de cada una de las dos cosas que componen los 22pp de algo es del 50%. Simplemente con que varíe una pequeña porción, cambian mucho. Pero, aunque de forma absoluta sus 11pp cambien más, de forma relativa, cambiarán menos, ya que si está compuesta por 50 cosas, el cambio de 10 de ellas es, absolutamente, cien veces mayor al cambio en sus 22pp, pero, relativamente, será de sólo un 20% en comparación con el 50% del cambio en sus 22pp. Así, para operativizar este concepto de densidad de intervalo construida en una constelación sinonímica con “regularidad” e “invariabilidad” debemos añadir otra constelación sinonímica: relatividad. Pero relatividad entendida como relación (cambio) entre los 11 y 22pp. En el ejemplo propuesto, esa relación será de 50/20= 2,5; mientras que en el caso contrario (de una menor densidad, algo compuesto por 20 cosas y relacionado con 50), sería de 20/50 = 0,4.

De lo que nos están hablando estos sinónimos, estos constructos operativos, es de aspectos del intervalo que definen y determinan los 11 y 22pp, es decir, las cosas que lo componen y las que componen la totalidad en la que está dada como parte. Están hablando de límites entre (lo que convencional y linealmente) entendemos por “cosas”. Unos límites que son las verdaderas cosas puntuales, las únicas cosa que existen realmente en un espaciotiempo unidimensional: los sucesos (y no los entes). Y así, en un mundo donde no hay entes, el concepto de densidad, como muchos otros, debe ser modificado. Las constelaciones sinonímicas, a pesar de su naturaleza lineal, nos pueden servir como figuras de aspectos de la realidad puntual que evoquen, pero no definan (es decir, despojadas de su sinonimia, de la necesidad lógica de su secuencia) lo que sean las cosas unidimensionales. Y, con esta evocación, superar el desfase y la ambigüedad con la que nuestro perplejo delirio lineal (racional, sinonímico) contempla un mundo (unidimensional) para él imposible.

Las constelaciones sinonímicas de definición, determinación, cifra y valor adquieren un significado más propio del espaciotiempo puntual desde la perspectiva de la mecánica de intervalo.

La definición y la cifra hacen referencia a la delimitación y valoración del “exterior” de una cosa. Por tanto, cuando definimos o ciframos algo estamos haciendo una estimación de sus 22pp. De igual modo, cuando determinamos o valoramos algo hacemos una estimación del interior de la cosa, de su composición.

La definición es lo que vemos desde fuera, incluso cómo nosotros mismos nos vemos desde fuera, mientras que la determinación es el adentro lo que imaginamos a las demás cosas o a nosotros mimos expresado mediante el “cómo nos sentimos”. Pero estas dos vertientes, tomadas desde la perspectiva lineal, describen sólo la invariabilidad de los 11pp y la regularidad de los 22pp. La noción lineal de cosa éntica y ámbito relacional disgrega a la cosa puntual, al suceso, en dos vertientes “rellenadas” de inmutabilidad, como dos fotos una junto a la otra que no dejan ningún espacio en medio, constituyéndose ese no espacio en (teórico) intervalo cerrado. Sin embargo, la cosa puntual es como un vértice entre dos películas que se afectan la una a la otra a través de ese vértice o espacio “vivo”, que se constituye como un (real) intervalo abierto.

Hemos visto cómo la redefinición de la constelación sinonímica de “densidad” desde la perspectiva de la mecánica de intervalo ofrece un punto de vista radicalmente nuevo, transversal tanto a los planteamientos convencionales como a las vanguardistas propuestas de la física teórica. Pero la mecánica de intervalo permite, también, representar de forma muy sencilla el modelo shukultiano de Universo ortogonal.

Encontramos complicado el esquema general de la ortogonalidad del universo porque requiere hacer compatibles, dentro de un planteamiento diferente, conceptos que son para nosotros incompatibles o contradictorios según el esquema lineal.

Nuestro universo de sucesos es una singularidad y, por tanto, unidimensional. Pues bien, esa unidimensionalidad conlleva en sí misma la incomposición. El espaciotiempo puntual no tiene más que el instante. No hay extensión ni duración tal y como comúnmente las concebimos. Sin embargo, hemos dicho también que es un mundo “fase”, es decir, que tiene fecha de inicio y de caducidad, que pese periodo entre el principio y su fin describe un proceso que podemos asociar con la idea de evolución (redefinida puntualmente). El mundo unidimensional en el que vivimos está aquejado, paradójicamente, por una temporalidad mutable.

La paradoja lineal desaparece en cuanto la describimos en términos de mecánica de intervalo. Nuestro Mundo, como no podía ser de otra manera, es un suceso y, por tanto, se ajusta a la representación matemática no contable de alfa. Es un instante sin composición interna (0+0) relacionado (ortogonalmente) con otra cosa que al valor de 0, en (0+0)=0, le dota de una cifra . Esa cifra depende de la totalidad en la que se relaciona con otras partes (Mundo Nada y Protomundo Denso). Y esta cifra es la que la que “va disminuyendo” a medida que se extingue el Mundo Puntual y deviene en Mundo Denso. Su cifra (sus 22pp) es finita (tiene caducidad), su valor (sus 11pp) es “afinito”.

El Mundo Denso se va creando con la secreción del ser del suceder de nuestro Mundo Puntual que no puede ser absorbido ni por el Mundo Nada ni por el Intermundo. Pero ese Mundo Denso no existe para nosotros, para el unidimensional Mundo Puntual donde sólo hay instante, unos 11pp que describen la incomposición (los 11pp con valor compositivo de “incomposición”). Para llevar al límite la situación podemos representarla (GRÁFICO 7) en un momento en el que el Mundo Denso aún no está constituido plenamente como tal, sino que se encuentra en un estado embrionario.

GRÁFICO 7

  • El Mundo Puntual es un intervalo abierto.

Lo único que vemos (y sucede) en nuestro Mundo Puntual queda encerrado dentro de los límites de su circunferencia. Sólo vemos los efectos del cambio de los 22pp de nuestro mundo40. El Protomundo Denso permanece completamente oculto en el futuro inexistente de nuestro mundo. Lo que sí vemos son los efectos puntuales de la densidad, es decir, los cambios en los 11pp de nuestro mundo que se corresponden con los cambios en los 22pp de nuestro mundo. Esos cambios son percibidos como distorsiones, cada vez mayores conforme nos acercamos al Protomundo Denso.

Todo este esquema produce la impresión, desde el virtual espaciotiempo lineal, de que el mundo fluye desde un inicio, la Creación, hasta un final, el Mundo Denso o, en un planteamiento de universo pulsante, un nuevo Big Bang41. Pero lo que nos interesa es describir esos efectos de la relación con el Protomundo Denso (los cambios en los 11pp de nuestro mundo debidos a los cambios en sus 22pp) desde una perspectiva puntual.

Si observamos con más detalle lo que ocurre en ese punto de transición entre el Mundo Puntual y el Protomundo Denso, veríamos algo parecido al GRÁFICO 8.

Los agujeros negros, que son un aspecto linealizado de la distorsión producida por la excreción de ser hacia el Intermundo donde precipita como Protomundo Denso, expresan esa perdida de ser (de entidad, de masa) de la que sólo percibimos dos distorsiones paradójicas. Por un lado, el efecto gravitacional, manifestado de forma extrema por el horizonte de sucesos, representado en el gráfico como la flecha de “perdida” del ser del suceder. Por otro, el efecto representado por la radiación de Hawking, que forma parte del conjunto cambios en los 11pp originados en los 22pp de nuestro mundo. Algo parece salir a través de una interiorización (efecto gravitacional) y ese algo que atrae sucesos (el ser del suceder) altera los sucesos (distorsiones) de manera que parece salir hacia nosotros (efecto de radiación).

Resulta curioso que en el caso de la gravedad, que forma parte de la misma distorsión que los agujeros negros, aunque sin alcanzar valores extremos que muestren la extracción de ser de nuestro mundo, sólo apreciemos la atracción, el efecto gravitacional, pero no el efecto de radiación. Sin embargo, no puede crearse una cosmológica sólida si excluimos este efecto de radiación, en las múltiples formas (fenómenos físicos) en que se manifieste, de la teoría gravitacional.

Dentro de este mismo rango de distorsiones debemos considerar las producidas por el proceso paralelo a la secreción de ser del suceder: la “no existencia”, ese vacío puntual de los sucesos que terminan y regresan a la Nada alimentando la anticausa. La no existencia produce una distorsión que sirve de soporte, entre otros, al concepto lineal (o constelación sinonímica) de “expansión” del Universo. Es fundamentalmente ese vacío de muerte el que mejor percibimos para crear la sensación de expansión real, aunque esta venga determinada como un aspecto linealizado del aparente movimiento secuencial “desde el nacimiento de los sucesos hasta su final”. El balance entre los sucesos que llegan al Mundo Puntual desde el Mundo Nada y los que regresan a él tras la “muerte”, presenta un desequilibrio debido a la pérdida de ser de ese suceder (de esa existencia) que no puede regresar a la Nada. En el Mundo Puntual se crea un exceso, el ser del suceder, que precipita en forma de Protomundo (o Mundo) Denso. Pues bien, ese desequilibrio como tal (pero no la pérdida de ser) se linealiza como hiperinflación. La teoría de la hiperinflación se sustenta en este aspecto de desequilibrio. Debemos tener en cuenta que la mayoría de las teorías físicas orbitan alrededor de los límites del mundo y se centran no en sus características “normales” sino en las distorsiones producidas en esos límites como si en ellas estuviese encriptado el orden que explica la “normalidad” de los sucesos del mundo.

Pero, como hemos visto de forma reiterada, los problemas no pueden ser resueltos mediante una física convencional de las distorsiones, sino mediante un planteamiento puntual de la normalidad del mundo, incluida en esa normalidad, como sucesos extraordinarios o, simplemente, curiosos, las distorsiones.

La materia oscura es un aspecto linealizado de la distorsión producida por el “peso” del ser secretado hacia el Intermundo y precipitado en Protomundo Denso. Esa “entidad” se percibe como masa pero, al estar ubicada fuera del mundo, no podemos identificarla. Hay un efecto de materia sin materia. Pues esa materia, representada en el GRÁFICO 8 como una bola de densidad (Protomundo Denso), se encuentra fuera de nuestro Mundo, de nuestro instante. Este extraño “peso” de la materia oscura se relaciona con el fenómeno de la radiación de Hawking que, a su vez, forma parte del mismo suceso de “perdida” de ser de los agujeros negros. Resulta extraordinariamente sugerente pensar que la materia oscura, el peso, la masa, el efecto gravitacional extremos de los agujeros negros y su efecto radiación, se encuentra íntimamente relacionados en el mismo grupo de distorsiones causadas por la pérdida de ser y lo que esta pérdida significa en el modelo cosmológico shukultiano: la relación con el inexistente (para los 11pp de nuestro mundo) y venidero (para los 22pp) Protomundo o Mundo denso.

La multidimensionalidad que tanto gusta a la física teórica y que parece encontrarse tras algunos fenómenos de distorsión, no es más que la continuidad del espaciotiempo denso (que no es dimensional) percibida como aspectos que, rápidamente, son convertidos en constelaciones sinonímicas que, como estos aspectos muestran una multiplicidad derivada de la continuidad no dimensional del espaciotiempo denso, las percibimos y conceptualizamos como “dimensiones”.

La propia ortogonalidad entre los planos espaciotemporales puntual y denso, aunque conceptualizada como perpendicular, genera ilusiones multidimensión como si se tratara de una aurora boreal entre mundos. Esos distintos colores de la aurora boreal los consideramos no como frecuencias del espectro lumínico, sino como diferentes espectros de luz.

Las distorsiones en sí mismas, por el simple hecho de delatar otros mundos, conllevan este aspecto de diferentes dimensiones, que se corresponden con distintos espaciotiempos de distinta dimensiones o, como es el caso del Mundo Denso, espaciotiempos no dimensionales. La constelación sinonímica de “dimensión” confundida con espaciotiempo impide concebir ámbitos espaciotemporales de ninguna dimensión o no dimensionales, en los que ese espaciotiempo está constituido por otra “materia” distinta a las dimensiones y, por el mismo motivo, impide concebir que en un espaciotiempo unidimensional puedan existir diferenciaciones tal y como las construidas por varias dimensiones. El problema es que nuestra constelación sinonímica de “dimensión” tiene como elemento primordial los ejes o puntos de referencia. Las dimensiones las consideramos prácticamente un sinónimo de referencia lineal.

Pero si la mecánica de intervalo nos muestra los grandes fenómenos cosmológicos desde una perspectiva puntual, donde las dos vertientes de 11 y 22pp son concebidas dinámicamente y no como invariaciones y regularidades lineales, también nos puede mostrar el mismo vértice entre las vertientes, el propio intervalo abierto en el que se encarna la cosa puntual.

Aunque ese intervalo parece escapar del alcance de la mecánica de intervalo, que sólo habla de 11 y 22pp, realmente las dos vertientes de 11 y 22pp son los verdaderos límites mediante los que enmarcamos a intervalo (al límite abierto) en el que se constituye la cosa puntual. El problema es que, una vez enmarcado el intervalo por las vertientes hacia las que se abre, resulta muy difícil traducirlo a términos lineales de racionalidad convencional.

Intervalo abierto, vivencia y suceso individual están íntimamente relacionados. No podemos hablar del intervalo abierto (la cosa puntual) sin complementar la idea con la vivencia debido a que la única experiencia directa de cosa puntual que tenemos es la conciencia, nuestro propio suceso.

Cuando tenemos que hablar de la cosa puntual como intervalo abierto, se hace imprescindible recordar el concepto de aspecto y la diferencia con su contrapunto lineal: la constelación sinonímica.

Los aspectos no están prefigurados, ni arbitraria ni objetivamente, como sí lo están los conceptos lineales. Los aspectos son constelaciones vivas y cambiantes nacidas de las diferentes perspectivas de una realidad unidimensional y, por tanto no definen al concepto, sino que tan sólo nos lo evocan, mostrándonos “trazas” de él a partir de cuyas figuras debemos evocar la realidad de la que parten. Sin embargo, las constelaciones sinonímicas sí definen una realidad (virtual) y establecen una necesidad de ser y suceder derivada del (simplista) “orden” secuencial basado en la igualdad tautológica de los sinónimos, de diferentes cosas convertidas en sinónimos de una misma realidad.

Las constelaciones sinonímicas, no obstante, pueden servirnos como figuras o representaciones de aspectos puntuales con los que evocar, y no ya explicar, la realidad.

El modelo digital

El modelo digital es un ejemplo magnífico de cómo se puede expresar una compleja variabilidad y diferenciación en el espaciotiempo de una única dimensión.

La secuencia lineal establece una causalidad continua basada únicamente en valores “1” cuyos sinónimos (2,3,4,5…) describen distintas posiciones. La casualidad es lineal y de único sentido, de manera que 1 causa a 2 y 2 a 3, etc.

La secuencia digital establece una causalidad transversal o de “lectura” basada en dos valores: 1 y 0, cuya alternancia causa una honda de lectura que, al igual que la secuencia lineal es de sentido único, pero no lineal. Es lo de arriba (leyéndose en un único sentido de atrás adelante) lo que causa a lo de abajo (también leyéndose en sentido único).

La secuencia puntual es de un solo valor “1” y establece una causalidad notacional (o casual) en la que los espacios ocupados en la digital por los valores 0, no existen como tales espacios (por eso se da la superposición). Establece una secuencia causal sin dirección ni sentido que sólo puede expresarse mediante la mecánica de intervalo en términos de 11 y 22pp.

La causalidad de notación crea cosas puntuales que son intervalos abiertos. Esa es la superposición o desfase del espaciotiempo unidimensional. Así, tenemos los alfas a1, a2, a3, a4, a5, cuyos 11pp son (0+0), que vienen representados por | lo que expresa que están incompuestas y, por tanto, su valor vale siempre “0”. Y tres cosas que no son alfas (sus 11pp no son (0+0)) y, por tanto, están compuestas: A,B,c. y, por tanto, su valor y su cifra son distintos a cero y diferentes entre sí. Esa diferencia valor-cifra “encierra” (expresa sin nombrarla linealmente) a la cosa puntual como desfase. Por ejemplo, tenemos a los alfas (0,1), (0,2)…. Donde el primer número expresa su valor (11pp) y, el segundo, su cifra (22pp). Y las cosas no alfas A, B y c a los que asignaremos los siguientes valores A=(91,3), B=(8,6) y c=(2,12). Pues bien, la cosa puntual son las comas, ese “espacio” que está definido en función de los valores a los que separa.

1 El único aspecto de la totalidad que la agota es la teoría del Todo. El Todo, al menos en este momento de Universo, es un estado de cosas, una función que se pliega, al unísono, con su variable, pues en él se convierte la casualidad en causa de sí y él no es otra cosa que la casualidad convertida en causa de sí, es decir, la igualdad entre función y variable.

2 DE hecho, el mismo Platón sólo ofrece representaciones artísticas o racionales, metáforas, al fin y al cabo, evocadoras de esa idea inefable de perfección. Bellas palabras para disfrazar el misterio con los ropajes de lo desvelado.

3 Viendo sombras suponemos seres (o ideas perfectas) que las proyectan. Si en lugar de ver sombras vemos la realidad evanescente, huidiza y ambigua que nos rodea y en la que vivimos, podemos crear figuras evocadoras de esa realidad inaprensible a la que siempre llegamos tarde.

4 Como la tauromaquia, el arte más efímero, el que muestra que somos un simple suceso, un instante al que no podemos atrapar. La vida, puro suceso sin entidad, representándose a sí misma no en la belleza (que la tiene) sino en la burla del miedo y la soledad que nos empuja a comprender y no a explicar.

5 Es también, por tanto, una forma de conocimiento costosa e inútil en términos cognitivos convencionales, pues esos términos consisten, precisamente, en prescindir de una nítida visión de la ambigüedad consustancial a nuestro mundo.

6 Esta trascendencia, como veremos, puede describirse en los sencillos términos de la mecánica de intervalo como “segundos principios”, es decir, aquello que nos convierte en parte de otra cosa.

7 Dice la tradición que dijo Arquímedes: “Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo”.

8 La decisión en cuanto tal es absolutamente ininteligible desde el orden físico. No es que no se pueda explicar satisfactoriamente, sino que ni siquiera se puede imaginar o concebir. Nada en el orden físico puede sugerir algo como la decisión.

9 Entiéndase “plano” como algo parecido a lo que comúnmente entendemos por “dimensión” o ámbito espaciotemporal.

10 Tratamos de predecir los casuales sucesos no mirando a esos sucesos, sino al espacio oscuro entre ellos.

11 Ni la ortogonalidad del Universo puede resumirse en esa rudimentaria tridimensionalidad, que, como veremos, no existe realmente.

12 Veremos que la simple sinonímia es la esencia de la lógica racional lineal.

13 En comparación con una nube, el Everest es inmóvil y, en ese sentido, no es un suceso. Pero, como veremos, lo consideramos un no-suceso por su cambio relativamente más lento en comparación con otro suceso. Y ese no-suceso lo establecemos directamente como sinónimo principal de “ser2. Un ser, un ente, es un no-suceso. Y un no-suceso es un suceso comparativamente lento.

14 Veremos más adelante que estos “intervalos de invariación” son una apreciación lineal de las cosas puntuales definidas en la mecánica de intervalo.

15 Están ajustados s sus propios términos concretos de ocurrencia. Las funciones son determinaciones de una indefinición, como las variables son definiciones de una indeterminación.

16 Es mas, 3 y 5 no sólo pueden dar un resultado distinto a 8, por la misma razón puntual por la que “3+5” no es igual a “4+4”, aunque linealmente den ambos el mismo resultado.

17 Para decir algo “lineal” de un sujeto y crear un retrato robot del mismo mediante una combinación de estereotipos que, finalmente, da la impresión de que estamos describiendo la idiosincrasia de dicho individuo, lo particular, único, espontáneo y multiforme de su individualidad.

18 Lo único que necesita el perro de Pavlov es ver una bata azul para anticipar que llega la comida. Todo lo demás le trae sin cuidado. El objetivo de su red neuronal (mental) no es conocer el laboratorio ni a las criaturas que lo pueblan. Nosotros hacemos exactamente igual, solo que con mayor complejidad.

19 Aunque como hemos visto, la existencia es cualquier valor distinto a 0 y 1.

20 ¿Quién quiere ser Ptolomeo?

21 Acabamos de cerrar un círculo tautológico con lo dicho en los párrafos iniciales d este capítulo.

22 ¿Absurdo? Pues esto es lo que echemos. Este es el mecanismo de nuestra lógica lineal. Así lo ven los inhiek.

23 ¿No es esto magia?

24 Efectivamente, para ser coherentes, si la nada es tal ausencia absoluta no deberíamos siquiera concebirla y permanecería completamente ignorada. Desde el punto de vista lineal, esto representa una contradicción irresoluble que sólo puede disolverse (ignorarse) convirtiéndola en misterio, donde “misterio” no es sinónimo de “contradicción” sino de “nuestra limitada capacidad no es capaz de comprender y salvar la contradicción que realmente no existe”. Pero, como veremos, desde la cosmovisión shukultiana Dios es algo incognoscible. La Nada es ausencia conocible y, por tanto, no es absoluta e inerte.

25 Sobre esa desconexión se asienta la Ciencia, imposibilitada así de poder sustentarse en sobre fundamentos cuerdos, basados en el principio de que vivimos en un mundo unidimensional que no está predeterminado por ningún orden natural unívoco y fijo.

26 Un universo que se enfriaría hasta una nueva explosión, un nuevo Big Bang, una vez llegado a un punto en el que el enfriamiento alcanzara un valor absoluto, infranqueable y equivalente al valor absoluto (infranqueable) de calor y presión. La máxima frialdad se correspondería con la máxima calidez, por lo que nos encontraríamos con una bella representación de la dicotomía inicial que, no obstante, mantiene la unidad. Y no sólo eso, Este escenario se correspondería con el planteamiento shukultiano de “1=0” que vimos más arriba.

27 Esa fe es la que convalida como “razonables”, pues aún no puede confirmarlas como teorías contrastadas con la realidad, las fantásticas y apresuradas hipótesis que intentan taponar las vías de agua creadas por las anomalías físicas: la materia oscura, la expansión acelerada del Universo, la imposibilidad de la teoría unificada de campos…

28 Ni siquiera la mecha de la singularidad primigenia basta para prender el modelo cosmogónico del Big Bang. Se propone la densidad (una densidad con valores infinitos, como sinónimo de inconcebibles por extraordinariamente altos) para explicar la expansión-explosión inicial. Pero nos encontramos con un problema derivado directamente del concepto de densidad. Las condiciones iniciales de la singularidad describen una estructura interna de la misma en la que, al menos, podemos conjeturar que existía una homogeneidad absoluta (esta “homogeneidad absoluta” es mejor punto de partida que la presión infinita). La presión debería, pues, establecerse con relación al medio (o sistema) en el que se encuentra. Pero ese medio o sistema es vacío; y en relación con él (en contraste con él) podríamos pensar que se establece esa “infinita densidad”.

29 Como veremos más adelante, ese Intermundo no posee naturaleza alguna. Ni existe, ni es ni es nada.

30 Donde lo “ignoto” no es sinónimo de “incognoscible”, es decir, de algo que, aun teniendo naturaleza o esencia, esta no puede ser conocida.

31 Sólo la nada como ausencia absoluta puede ser simple. Pero esa nada requiere que se dé el Ser Absoluto, el Dios Perfecto. Si no existe el Ser Absoluto no puede darse la nada como ausencia absoluta.

32 Tanto los dioses sumerioacadios como los egipcios desaparecen en un determinado momento legendario. Pero esta desaparición cobra especial importancia en el caso de Enlil, el Dios del viento. Hacia el 2.100 a.C. aparece en Uaset (Tebas) el dios Amen (nombre helenizado como Amón), entre cuyos epítetos figura “el oculto” y “el padre de todos los vientos”. Con la derrota de los hicsos por parte de Ahmose I Amen se convierte en el Dios supremo de Egipto.

33 Desde un punto de vista biológico, lo que deseamos es sobrevivir para que sobreviva el mayor número de descendientes, no sobrevivir para perpetuar nuestra identidad individual.

34 Esta sinonimia es, en el fondo, el sustento de toda certeza (y duda) lineal.

35 Donde “nada” es aquí sinónimo de “ninguna cosa”, pues no separa o delimita cosas o seres, sino sucesos.

36 Si viajamos dentro de la cuerda nunca descubriremos un nudo ni ninguna otra cosa en el continuo indiferenciable de la cuerda. Hay que salir fuera de ella, a otro mundo, para poder encontrar nudos y diferenciaciones. La cuerda y los nudos son mundos que habitan un universo ortogonal. Desde la lógica de los nudos no podemos llegar ni explicar a la cuerda, y viceversa. Pero nunca podemos estar en el universo común, sino en uno de sus mundos. Por eso ese entorno universo permanece ignoto.

37 La variabilidad como distinción no hay que confundirla con la variabilidad lineal como posición y posibilidad (como variable). Precisamente, lo único que describen los términos concretos (los sucesos) en función de los cueles se constituyen los hechos son una distinción (una función)

38 Los fenómenos son sinónimos de hechos.

39 O, como veremos más adelante, “|(“, pues, en el caso de hechos de conciencia como nosotros, “)( = |(”.

40 Los 22pp, como los 11pp están en constante cambio. De hecho, ese constante cambio es el que permite la existencia de cosas puntuales como intervalos abiertos. Si esos principios no estuvieran en constante cambio, establecerían intervalos cerrados que delimitarían entes y relaciones (o sucesos).

41 O, sencillamente, la muerte fría del universo arrastrado por una expansión incontenible.

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