29 de Mayo de 2024
En geopolítica, como en muchas otras regiones de la existencia, tanto colectivas como individuales, los tópicos se establecen como automatismo sustentados en la propaganda. Así, las perspectivas desde las que se analizan los diversos temas geopolíticos no logran salir de ese marco propagandístico bidireccional que intenta apuntalar la información tendenciosa y sesgada de un bando siempre que logre, al mismo tiempo, desmotar la del bando contrario. Es decir, solo se habla de aquello que afirma las propias versiones y que, a la vez, desmonte las del enemigo/adversario/competidor. Los planteamientos de los problemas varían solo en términos de complejidad y pedantería, cifrando así el nivel de los expertos analistas que rara vez difieren en el enfoque general y, cuando lo hacen, es siempre mediante el artilugio de ensalzar alguno de los puntos menores, hasta ese momento, para ensalzarlos como claves decisivas para entender tal o cual problema. Pero, cuando vamos más allá de los límites marcados por la disputa propagandística de los bandos, nos encontramos con algo sorprendente: los hechos desnudos.
¿Pero hay hechos objetivos, sencillos y esclarecedores en el panorama geopolítico? ¿Los hay en cualquier aspecto de la vida?
Los hay. Pero para encontrarlos debemos volvernos sordos a la verborrea propia y ajena ignorando eso que desde la verborrea ensalzada hasta el pináculo de la inteligencia llamamos “matices”.
La realidad siempre es sencilla. Otra cosa es que no nos convenga esa sencillez.
China es la nación/civilización viva más antigua de la Tierra. La otra nación que se sustentaba en una cosmovisión fue el antiguo Egipto. Aunque si al término “nación” le damos la suficiente anchura, debemos contar con dos ejemplos aún vivos caracterizados por singulares y extraños rasgos: la dispersión y la evanescencia. Uno es la Iglesia Católica, cuya esencia viene marcada por la dispersión globalista y el dominio de lo intangible sobrenatural. El otro, la diáspora judía (llamémosla así intencionadamente) ¿sustentada en qué? En la dispersión y el dominio de o intangible financiero. Ambos casos mínimamente anclados a la realidad “material” y la fijación a un territorio físico, en cualquier caso mínimo e intrascendente para su existencia.
Esa nación/civilización más antigua de la Tierra ha pasado por múltiples ciclos de buena y mala suerte, de ascenso y descenso, de prosperidad y pobreza que, hasta ahora, no han logrado poner fin a su Historia. Una Historia que, en el caso de Egipto, récord mundial, contó con más de 3000 años y, en el de China, va ya, oficialmente, por 2.200 años, desde el final e las guerras de unificación hasta nuestros días atendiendo al doble criterio de unidad política y cultural para definir la nación/civilización.
No estamos hablando, por tanto, de una más de las naciones/estado o los reinos/estado o, incluso, las multiformes grandes culturas ancladas a cosas como la localización geográfica (regiones continentales), la tradición histórica compartida en términos de conflictos/alianzas o los grandes colectivismos religiosos e ideológicos (cristianismo, islam, comunismo, liberalismo…). No estamos hablado de algo directamente equiparable al resto de grandes identidades colectivas sino de una rara excepción que genera su propia dinámica en todos los órdenes de la existencia. China no es un simple estado moderno más. Tampoco es una (extensa) localización regional de un determinado modelo ideológico, político y económico que podríamos definir con el término “Zhōngguó tèsè shèhuìzhǔyì” o “socialismo con características chinas” establecido por el verdadero padre de la actual China, Deng Xiaoping. Y es en este contexto, fuera de las disputas ajenas a esta nación/civilización cargadas, alimentadas y condenadas por la propaganda de unos y otros, donde debería enmarcarse y limitarse el problema de la separación entre la China continental y Taiwán.
El hecho decisivo, si lo que se busca es superar el enfrentamiento y abandonar la dinámica de lucha entre bloques aglutinados en torno a intereses geoestratégicos, no reside en una disputa ideológica, política o económica, mucho menos de nacionalismos enfrentados. No es la China comunista contra la China liberal, la dictadura contra la democracia, Oriente contra Occidente… Se trata de algo mucho más sencillo. Un aspecto que encierra en sí mismo la mayor dificultad para el entendimiento y, a la vez, la única posibilidad real de entendimiento. Basta con reconocer un hecho, tan sencillo como negado por unos y otros mediante una dinámica propagandística que ha terminado por situar el conflicto en unos términos imposibles de reconciliar: la lucha entre dos bloques geopolíticos para mantener o alcanzar la hegemonía mundial. Una hegemonía que, dese el mismo momento en el que se construyó la primera bomba atómica, es un mito, una leyenda, una quimera inalcanzable para nadie, por la sencilla razón de que antes que esa hegemonía única fuera alcanzada por cualquier entidad sobrevendría el fin de la Humanidad.
¿Acaso EEUU puede ejercer esa hegemonía siquiera frente a una diminuta nación como Corea del Norte?
El sencillo y trascendental hecho que centra el planteamiento de la cuestión en el marco de los muy especiales términos que impone una nación/civilización, la única que existe actualmente, es que China continental y China insular (Taiwán) son producto de una guerra civil que aún sigue vigente. Una guerra que, tras el armisticio entre 1927 y 1946, llega hasta nuestros días tras casi ochenta años. Una guerra que, aún no tiene vencedor y que, si todo se resuelve en el marco de esa nación/civilización, no puede tenerlo, porque nada puede vencerse a sí mismo.
Taiwán es parte de China. Y la República Popular China es parte de China. Fuera de este planteamiento no hay solución, porque una imposición acabaría con esa realidad milenaria como la “cesión a instancias externas” acabó con la nación/civilización Egipcia.
La solución, por tanto, no pasa por integrara Taiwán en la República Popular China sin más o, incluso, aceptando periodos de transición semejantes a los de Hong Kong. Tampoco estableciendo una suerte de autonomía, por muy amplia que fuera. La solución solo es posible si el fin de la guerra civil y la reunificación da lugar a un nuevo modelo político en Pekín, una reanudación de la normalidad china, de esa China milenaria capaz de crear su propia Historia incluso sin necesidad, como ahora es el caso, de aislarse del mundo. La solución es un nuevo Deng Xiaping, un creador y no un vencedor. Quizá un nuevo Huangdi. Un mito, pues, como corresponde a la única nación/civilización de la Tierra. Tal vez más de lo que la Tierra puede dar en estos convulsos tiempos del gran tránsito entre el Neolítico y el Ciberlítico. Un tránsito que esa China ancestral abierta al mundo podría liderar sin caer en la hegemonía ni, por tanto, provocar el único y verdadero reseteo: el holocausto nuclear.
Taiwán solo será reintegrada bajo una nueva soberanía con sede en Pekín. Usando todos los artificios formales que permitan a unos y otros salir invictos conservar sus peculiaridades y aportar riqueza sin perderla. Respetando el poder de la mayoría renovada en forma de integración. Poniendo las apariencias al servicio de un mayor bien común. Y, sobre todo, silenciando los tópicos y los intereses ajenos, sean internos o externos, a esa nueva China, un continente cultural abierto por fin al resto del mundo como nunca antes lo había estado.
Este es el reto de China. Regresar a sí misma. Una prueba que los cielos, siguiendo los dictados de su sencilla exopolítica, marcan con el signo de lo imposible. ¿Integrar Taiwán en una nueva China milenaria? ¿Reconstruir ese espacio común de liberad y unidad, esa rareza histórica, ese milagro adelanto del futuro utópico que está llamando a nuestra puerta, a la de cada uno de nosotros? ¿Una nación sustentada por una cosmovisión con anchura suficiente como para albergar todas las disidencias transmutadas, cual piedra filosofal, en lealtades?
Los tópicos condenan a los hechos a repetirse, encadenados por ficciones que les impiden hablar y entender a los hombres entre sí. ¿El primer paso? Ni la peligrosísima derrota de los intereses extranjeros que mantienen viva la guerra civil sin nombrarla, usada como artilugio propagandístico, ni un acuerdo de anexión pactado entre esos intereses extranjeros y los de la clase dirigente (sin autodenominarse como tal) del bando guerracivilista más poderoso. Un sencillo armisticio que ponga formalmente fin a la guerra civil más larga de la Historia contemporánea. Un sencillo papel con dos firmas. Y una palabra preámbulo de todas las demás y símbolo de toda nación/civilización que desee sobrevivir “eternamente”: Paz.
