TIRANICIDIO

6 Enero 2023

Sic semper tyrannis

No es Juan de Mariana ni, tampoco, la Escuela de Salamanca, el origen de una concepción política que arranca en la antigüedad clásica y que defiende el derecho de los gobernados a oponerse a la injusticia de los gobernantes hasta el punto, llegado el caso, de resultar no solo legítimo sino moralmente obligado el tiranicidio, es decir, la muerte del tirano. Pero es Mariana un punto de inicio para la reflexión tan bueno como cualquier otro y, además, cercano a nuestros días aun cuando medien entre estos y los suyos más de cuatrocientos años.

Muestra de la actualidad rabiosa y desalentadora de sus ideas es la definición de tirano que, groso modo, es aquel que gobierna para su propio beneficio y engrandecimiento a costa del trabajo y el sufrimiento del pueblo. Y sobre esta definición, tan certera como esclarecedora, hablaremos un poco más abajo. Baste añadir que en 1599 y sin que la censura de la época opusiera la más mínima reserva, Juan de Mariana publica su obra “De rege et regis institutione”en la que defiende el tiranicidio con una frase no menos escueta y clara: “Es justo matar al tirano”. No solo es justo y legítimo, aun cuando necesariamente ilegal, resistirse al tirano y la tiranía, sino también matarlo.

¿Permitiría algo así la censura de nuestros tiempos? Esa es la primera e inquietante reflexión.

Solo en una tiranía puede ser ilegal resistirse de acción u opinión a la tiranía. Esa es la segunda reflexión.

La desigualdad ante la ley, sea en su redacción o en su aplicación, constituye en sí misma y sin necesidad de ninguna otra consideración política, una injusticia que sustenta a la tiranía. Esta es la tercera reflexión.

¿Pero cuáles son esas leyes injustas dictadas y aplicadas por gobernantes tiránicos?

Primera pista: Servidumbre.

“A costa del trabajo y del sufrimiento del pueblo”

Solo han existido dos momentos en toda la Historia de la Humanidad en la que un pueblo no sometido por las armas extranjeras ni sujeto al estado de esclavitud ha sido despojado de la mitad de su patrimonio y los frutos de su talento y esfuerzo para beneficio y engrandecimiento de sus gobernantes: La época feudal y hoy mismo en nuestra misma tierra. En ambos casos, bajo el pretexto de la protección (mismo argumento para la extorsión que utilizan las bandas mafiosas). Entonces y ahora, simple robo por el que esos gobernantes nos obligan a la fuerza a trabajar para ellos la mitad de nuestra vida y que nos reduce, independientemente de los eufemismos con los que se intente disfrazar, a la condición de siervos.

¿Es esto tiranía? Yo así lo creo. Y, si los súbditos de su Majestad por aquél año 1600 pudieran ver cómo son sometidos los de su Majestad de la misma España del ahora año 2023, dirían, sin lugar a dudas, que así es. Y prueba de que no estarían ellos y yo errados es que, como buenos siervos, casi nadie se atreve a denuncia tal condición ni, la mayoría, a siquiera percibirla como tal.

Segunda pista: Estado de derecho.

El estado de derecho implica que todos los ciudadanos de un mismo país están igualmente sujetos a la ley, sin que pueda prevalecer entre ellos ninguna discriminación “por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social” (artículo 14 de la Constitución Española), tampoco, obviamente, por pertenecer a la clase gobernante o a sus funcionarios.

Es tan escandalosa la discriminación no solo en la aplicación de las leyes por estas razones que la Constitución expresamente prohíbe, sino también en su propia redacción, que resulta ofensivo tratar de demostrarlas cuando la simple mostración, como corresponde a una tiranía, no es suficiente para demostrarlas.

Discriminación legal, normativa y de facto por razón de sexo y, como veremos más abajo, por razón de la raza, el lugar de nacimiento e, incluso, la condición de ciudadano español.

Discriminación cuya denuncia, como es propio de toda tiranía, es así mismo perseguida de (injusto) derecho y hecho, amparada tal persecución bajo epígrafes como “delito de odio” que no esconden otra cosa sino la inquisitorial persecución de la disidencia, la libre opinión y hasta la libertad de conciencia.

Tercera pista: Liberticidio.

¿Qué es si no liberticidio suspender ilegalmente derechos constitucionales? ¿Y que es sino tiranía este liberticidio? ¿Qué detentar el control sobre las propiedad privada estableciendo cuáles pueden ser sus usos y exigiendo la autorización de los gobernantes para estos usos? ¿Qué ejercer el control sobre la propia vida de las personas determinando lo que es bueno o malo para ellas, lo que deben desear o rechazar? ¿No es esta la más alta expresión de liberticido, aquél que impide el libre ejercicio de la propia vida y del disfrute de la propiedad? ¿Y es, nuevamente, esta nuestra época la única en la que tal execrable forma de tiranía se aplica además de en la denostada época feudal?

Cuarta pista: Apartheid

Nunca se había dado el caso de que una mayoría social, cultural, racial y política fuera sometida a un apartheid y discriminada con relación a las minorías, por el simple hecho de serlas y a manos de sus propios gobernantes. ¿Puede existir mayor injusticia que la que se ampara en el apellido “positiva”? ¿Es justo sufrir un trato inferior en base a normas ilegales o, en cualquier caso, ilegítimas tal y como corresponde a cualquier discriminación no importa las razones bajo las que se proteja, o por acciones u omisiones de los gobernantes y las autoridades por ellos habilitadas? ¿Y, si no es justo, resulta legítimo oponerse por todos los medios a dicha injusticia?

Los españoles de origen, especialmente de raza blanca, están sufriendo la discriminación y el apartheid no solo de los medios sociales sino de las propias autoridades, incluidos la mayoría de los partidos políticos, las antiguas bandas cortesanas, frente a personas de otras nacionalidades, orígenes y razas con relación a las ayudas y subvenciones sociales, la libre expresión de sus ideas y creencias, la acción u omisión administrativa, policial y judicial y el trato recibido por los medios de comunicación de masas que, en su inmensa mayoría por no decir en casi su totalidad, se sostienen gracias a los favores de los gobernantes y sus cómplices empresariales con el dinero de todos los españoles, especialmente con el de esa mayoría sometida a apartheid en su propia nación.

Tiranicidio

La condición de siervo conlleva la de lerdo. Quien cede a la estúpida y cínica lógica de la tiranía y acepta su condición de idota desvalido sostiene la tiranía y justifica su propia postración bien mediante el sometimiento resignado, bien mediante la disidencia taurina, aquella que embiste el señuelo que los tiranos le muestran para que sigan la senda por la nunca harán daño a estos ni lograrán, por tanto, destruir la tiranía sino, antes al contrario, fortalecerla.

Los resortes del poder se han plegado cuando no entusiásticamente unido a la tiranía que dicta leyes injustas y aplica injustamente aquellas que defienden la libertad y la dignidad de los ciudadanos. Plantearse acabar con la tiranía siguiendo las leyes y las órdenes de los tiranos es, para no ahondar en inútiles divagaciones, una solemne estupidez. Querer obtener la mayoría en un sistema corrupto que permite que simplemente tres de cada diez ciudadanos con derecho a voto gobiernen de forma minoritariamente absoluta y que se sostiene en la injusticia, con las reglas de juego cambiantes a favor de los poderosos y el árbitro comprado por estos (con nuestro propio dinero), es una solemne estupidez a la que, de buena fe y cortas luces, se entrega la mayoría de la disidencia que, incitada por el capote de la tiranía, ocupa su tiempo en luchar contra molinos de viento convertidos en gigantes por la propia propaganda mitológica del poder, contra agendas, élites, ricachones extranjeros y otras lejanías inalcanzables, mientras deja tranquilos y a salvo a quienes debería perseguir por medios legales o legítimos, a esos que permiten y sostienen la tiranía, la servidumbre, el liberticidio, el apartheid: Los funcionarios y, al mismo tiempo, a sus señores neofeudales, los políticos.

Está legitimado el tiranicidio y el uso en general de la fuerza y la violencia, especialmente en las mismas formas y por los mismos medios que utilizan los tiranos, para resistirse a la tiranía. Denunciar a los que por acción u omisión permiten la injusticia. Perseguirlos a ellos por los mismos medios que se permite a otros perseguir a los honrados y discriminados ciudadanos españoles. Denunciar, señalar y negarles nuestro dinero a quienes, empresas o individuos, sostienen la tiranía, propagan sus ideas discriminadoras, liberticidas y empobrecedoras. Dañar por todos los medios a quienes colaboran con la tiranía. Defender por todos los medios a nuestro alcance, sin ninguna limitación, nuestra libertad y nuestro patrimonio cuando sean injustamente limitados.

Crear una Resistencia de las de verdad. De esas que hace 400 años nuestros antepasados no solo decían que era legítima sino obligada. Y dejarnos de tonterías, síndromes de Estocolmo y masoquismos disfrazados de sensatez, prudencia o principios morales y religiosos.

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