El Emperador está desnudo.

10 Febrero 2022

La imagen de Putin en el Estadio nacional de Pekín, rodeado de asientos vacíos y un halo de preocupación mezclada con enfado, decía algo muy claro para quien observara la escena con la sencillez de un niño: Sus planes se habían frustrado. Unos planes ambiciosos, trazados por la euforia del triunfo espectacular de la Operación Pandemia lanzada por el ejército popular chino para revertir los daños que la guerra de los aranceles, lanzada por el único presidente de los últimos tiempos que no debía su fortuna a nada ni nadie: Donald Trump. Unos daños que estaban siendo mayores de lo que trascendía para lo que de verdad preocupa al Partido Comunista Chino, dueño y señor, con su emperador rojo sentado en la cúspide de una pequeña pirámide cortesana, el politburó: mantenerse en el poder.

Si la máquina del crecimiento económico aminoraba su marcha, el descontento popular, los conflictos sociales y las revueltas palaciegas pondrían al emperador y sus más allegados, las veinticinco personas más poderosas de China, varones en su inmensa mayoría, al borde de una purga para salvar al régimen y, tal vez, estos tiempos que vivimos son impredecibles, sustituirlo por otra regido por la democracia y el estado de derecho. Ese es el talón de Aquiles el régimen neocomunista chino instaurado por Deng Xiaoping, el verdadero genio político del país desde la victoria del comunismo. Sin crecimiento económico, el seguidismo de pueblo languidecería hasta transformarse en frustración, ira y ansias de libertad. Porque la libertad, aunque lo ignoren incluso los barones capitalistas de Oriente y Occidente herederos del Imperio Británico sustentado en el sistema corsario, es la fuente de la prosperidad duradera, y no al revés.

Oportunidad de oro la que se presentaba para esta nueva alianza infame tras la de la Alemania nazi y la Unión Soviética.

EEUU debilitado más que nunca por la división interna causada como efecto colateral de la Operación Biden, mediante la que se robó, con la ayuda inestimable de esos barones capitalistas corsarios, el triunfo a Donald Trump, solo o, peor aún, fría y falsamente apoyado por la mayoría de su partido. Unos EEUU sin pulso, sin ansia de poder, sin la estrella polar de una libertad de hierro que se defiende con todos los medios disponibles, sin complejos y sin rendirse a la estrategia colectivista ensayada con éxito portentoso en la Marcha Verde de Marruecos para conquistar el Sáhara Occidental usando la debilidad del enemigo, la España en decadencia postfranquista que prosigue su descenso al abismo despedazándose a sí misma.

Alemania, víctima de sí misma, de la vacuna socialdemócrata inventada para detener la expansión del comunismo y que ha devenido en puro neonacional socialismo, de los mantras progresistas disfrazados con los mejores valores del mundo libre europeo y europeizado, descubridora de que esos mantras ecológicos y solidarios la han colocado y, con ella, a su UE de Vichy, ante la absoluta dependencia energética del exterior y la ya irresoluble invasión tercermundista e islámica interior que no resuelve la carencia de mano de obra sino que, al contrario, ha creado un problema político y social que terminará carcomiendo, antes de lo que los peores vaticinios auguran, las bases de las sociedades más libres, prósperas y justas del planeta.

Estas son dos de las tres claves principales para comprender el escenario actual: EEUU, el IV Reich escondido tras dos letras, UE, y los barones capitalistas corsarios, dueños de la opinión pública que, tras la minuciosa y persistente ingeniería social del colectivismo (algunas religiones incluidas), ha sustituido a la soberanía popular en las democracias liberales hijas de la revolución americana que, con tanta saña combatió el Imperio Británico propiedad de esos barones corsarios y la aristocracia nobiliaria trasformada en oligarquía empresarial y financiera.

Con el Nord Stream 2 terminado, apenas a un golpe de botón para solventar la dependencia energética de los ilusos progres europeos, llega Rusia el momento de la reconquista de Ucrania, cuando menos, del Dombás. EEUU solo tiene fuerza para fanfarronear. Alemania, por supuesto, no participará en ninguna aventura para defender al régimen ucraniano, un espantajo de bandas mafiosas políticas, que pondría en peligro el suministro energético que necesita de forma vital. Pero hay algo más. China se suma al plan con el objetivo de reconquistar Taiwán o, cuando menos, imponer un gobierno títere que, en una segunda fase, procedería a su integración plena en la China de Den Xiaoping, garante de la prosperidad de los taiwaneses. A cambio, Rusia garantizaría el suministro de petróleo y gas a China. Además de permitirle suficiente espacio de impunidad militar para expandirse comercialmente a fin de mantener su crecimiento económico y evitar la caída del régimen neocomunista o la perdida del poder de Xi Jinping y sus cortesanos.

Todo perfecto. Pero Putin, muñidor de este audaz plan, se encontró con una sorpresa. Siempre hay sorpresas con las que nunca cuentan los poderosos. El emperador rojo está desnudo. Nadie se atreve a decirlo. Pero cuando Putin viaja e Pekín, con sus ojos de niño intrigante, lo descubre. Y a partir de ahí, los planes cambian y todos salen perjudicados, excepto los más débiles. EEUU no tendrá que echar un pulso para el que no tiene pulso. Y Alemania podrá inyectarse el gas ruso para aliviar la dependencia causada por sus políticas de niños consentidos que olvidaron cómo sus padres los rescataron de la ruina.

El problema imprevisto es que el poder de Xi Jinping y su grupo no es tan sólido como parece. Muchos dentro del propio aparato del partido son conscientes de que la gran oportunidad para que China se convierta en la protagonista de un nuevo Renacimiento que servirá de transición al nuevo mundo, el Ciberlítico, puede malograrse, de hecho, lo está haciendo, por el inmovilismo de Xi y su camarilla, que amenaza con encerrar de nuevo a China dentro de sí misma, rechazada por el resto de naciones que aspiran a la prosperidad por la única vía sostenible: la libertad.

El Emperador Rojo está desnudo de poder.

Una aventura militar en Taiwán, independientemente de los riesgos militares que conllevara si los EEUU y sus aliados en la región decidieran responder con algo más que bravatas y sanciones imposibles, supondría la oportunidad para que la oposición interna, silenciosamente acechante, pusiera en marcha el derribo de la cúpula dirigente del partido comunista chino. EEUU ayudó a esta disidencia interna y fraternal, lanzando un mensaje: retiraré al personal de mi embajada en Pekín porque pensamos responder a lo grande. Y esa respuesta daría a los enemigos de Xi Jinping la oportunidad para iniciar una purga apoyados por los grandes empresarios chinos, deseosos de incorporarse al Nuevo Imperio Británico llamado Agenda 2030, Davos y Nuevo orden Mundial que tan hábilmente ha promocionado el régimen necomunista y esa Gran Ucrania llamada Rusia.

Xi le dijo a Putin que no contara con él, que no podía, que realmente era Rusia la interesada en conseguir un cliente estable, China, para llenar sus arcas con el petróleo y el gas. Y que Pekín no tenía necesidad de aventuras militares, porque Occidente y sus aliados orientales caería como fruta madura en los brazos del gigante asiático gobernado con mano de hierro por el Neocomunismo, aliado provisionalmente con el Nuevo Imperio Británico de barones corsarios.

Putin se encontró solo en el Estadio nacional de Pekín. Y aún más solo en el Waldorf Astoria Beijing, donde se refugió tras rechazar los mucho más deslumbrantes hoteles oficiales y en el que varios de sus guardaespaldas se contagiaron de COVID-19 y algunos clientes murieron en extrañas circunstancias. Solo, asustado y enfadado. Ese niño intrigante, Vladimir, se volvía a Moscú tras nueve horas en la capital del Imperio Rojo, sin agotar el plan inicial de veinticuatro horas con su amigo, Xi Jinping, el último emperador de la dinastía neocomunista.

¿Y ahora? Nadie descarte una jugada desesperada de Putin. Un audaz envite con Alemania como esposa dependiente y sumisa. Un ataque de falsa bandera contra la indefensa población rusoparlante del Dombás que justificaría una intervención humanitaria del ejército ruso, no una invasión, claro.

Solo quedarían por desvelarse dos incógnitas. Por un lado, la profundidad de la debilidad del equipo Biden y de los barones corsarios. Porque, si se sienten amenazados, su reacción podría ser aún más peligrosa y desesperada que la de Putin: la invasión de Crimea y/o la instalación de armas nucleares en Ucrania. Por otro, la fuerza de la oposición interior y exterior al régimen de Xi Jinping. Porque, si como parece, el Emperador Rojo está desnudo, solo haría falta un niño que lo proclamara. Y ese niño está apunto de hablar. Quizá ya lo ha hecho, aunque nadie se atreva a escucharlo, como no se atreven a señalar la desnudez del mayor poder colectivista del siglo XXI.

China debe ser liberada para que la Humanidad conquiste el futuro.

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