Europeo Ancestral

5 Diciembre 2021

Aunque lo ignoren, muchas personas, no importa el color de su piel, comparten una herencia cultural superior al resto: Son europeos ancestrales. De ellos es el futuro. Ellos son la esperanza.

La imprenta supuso uno de los grandes hitos en la Historia de la Humanidad. Fue posible y, al mismo tiempo, necesaria, cuando el Renacimiento movió el centro de gravedad de la sociedad europea desde las instituciones feudales y sus secuelas absolutistas de “pensamiento único” hasta el hombre concreto, su conciencia y libre albedrio. La cultura, la formación y la información dejaron de ser patrimonio exclusivo de unas élites dominantes que entregaban a sus dominados el formato final de todo proceso de pensamiento: las conclusiones. Así, determinadas opiniones se imponían a la masa anónima, ignorante y sumisa como verdades incuestionables, negándoles el acceso a la información, a los datos sobre los que cada uno debería ejercer su propio análisis y, tras debatirlos con los demás, alcanzar una opinión propia, individual, y una opinión pública sobre la que construir la verdad aceptada, la ley, el acuerdo social.

La imprenta posibilitó a un número creciente de personas ajenas a esas élites dominantes el acceso a las fuentes y, por tanto, a la información desnuda y objetiva, sin ninguna mezcla de opinión disfrazada de “datos” objetivos. Y esa gran revolución, la del humanismo renacentista y el libre pensamiento, el triunfo de ese “otro” cristianismo sepultado por siglos de manipulación y construcción de una ideología de poder disfrazada de verdad histórica y fe religiosa, abrió las puertas a lo que ha sido, sin lugar a dudas, el mayor proceso de liberación humana de, al menos, los últimos cuatro mil años.

El Renacimiento fue, tras el oscuro paréntesis feudal, la culminación del humanismo clásico, un fenómeno netamente europeo fruto del choque entre el modelo neolítico importado desde Asia y el modelo paleolítico del europeo ancestral (https://www.amazon.es/Homo-Simulator-Rafael-Ortiz-Garcia-ebook/dp/B086Z38P2Z). Grecia y, luego, Roma, crearon y difundieron una forma de sociedad inédita, una civilización alternativa fruto de ese poso cultural representado por el “europeo ancestral” que mantiene su impronta hasta nuestros días y se sustenta en una especie de milagro psicosocial que consiste en hacer no solo compatible sino imbatible el binomio “disidencia-lealtad”. Una civilización en la que los humanos siguen siendo personas y no han perdido su identidad y libertad individual para convertirse en elementos anónimos y despersonalizados de un rebaño o manada gregaria.

El poder del pueblo, en la peculiar civilización europea, significa la impredecibilidad de la opinión pública conformada en base al debate de las opiniones individuales. El poder del pueblo mide la legitimidad un régimen en la medida en que la opinión pública se resiste a ser manipulada. Y esta resistencia depende, directamente, de la independencia efectiva de los individuos para construir su propia opinión en base a la información desprovista o desnudada de toda adherencia valorativa, propagandística, manipuladora.

Información-opinión-decisión. Separados cada uno de estos pasos por murallas infranqueables. Sí, también la decisión final, que puede y debe liberarse del análisis previo y de la opinión triunfadora. Esa es la diferencia sustancial entre la sociedad “deficientemente neolitizada” por culpar del clima y del poso ancestral de ese invento mágico que consigue compatibilizar y potenciarse entre sí a la disidencia y la lealtad, haciendo que la cohesión del grupo pivote en algo tan aparentemente alejado y contrario como es la individualidad. E individualismo sólo es posible donde la cohesión del grupo se sustenta en la destrucción de la libertad individual, finalmente de la identidad que construye núcleos soberanos llamados “personas”.

Pero el transcurso histórico que iba cimentando la libertad individual sobre la que se construye la cohesión social, la lealtad para con el grupo y sus normas libre y democráticamente aceptadas, ha terminado creando una situación límite en el que la densidad de población despersonalizada y, sobre todo, de información en la que el proceso de independencia personal ha comenzado a revertirse de forma desapercibida para una mayoría. El triunfo del modelo de civilización europea, híbrido entre el Paleolítico y el Neolítico, ha devenido en monstruo que se devora a sí mismo para terminar varado en las playas de la civilización colectivista asiática, genuina y puramente neolítica, sustentada en una minoría dominante y libre que controla ganaderamente a una mayoría transformada en humanos herbívoros gregarios, cohesionados por el binomio miedo-seguridad.

El siglo de la información (todo confluye en este factor: electricidad, libertades publicas, universalización de la formación, informática, libre competencia, mercado global…) da paso al siglo de la recolectivización. Porque esa información, a pesar de la formación, se sustrae a las masas convirtiéndola en saturación perceptiva y en adoctrinamiento encubierto bajo la forma de datos.

Los medios de comunicación se convierten en voceros de las antiguas élites dominantes, que transmiten información manipulada para encajar con las opiniones adjuntas de forma subliminal, indubitable, vestidas con la misma apariencia de los datos objetivos a los que acompañan.

Se impide el debate interno, individual y la crítica implacable de ese sujeto soberano que construyó Europa desde el renacimiento y que ha exportado, con éxito diverso, a distintas partes del mundo que se han europeizado en mayor o menor medida. Y, al impedir este debate interno, esta capacidad de disidencia, esta crítica implacable, tildada por el propio mensaje de información/opinión como fruto de la sospecha insana, de la paranoia, cuando no de intereses antisociales y mezquinos, se impide también el debate social de proximidad, el que se realiza en grupos funcionales donde existe un conocimiento personal o, lo que es equivalente, una personalización del desconocido al que se accede de forma remota por redes sociales.

No hay, por tanto, contraste de pareceres, aporte de opiniones, sospechas y, por qué no, paranoias. Los individuos quedan aislados dentro de sí mismo incapaces de defenderse de esas opiniones que vienen envueltas en el mismo formato de las informaciones, de desenmascarar la manipulación y las mentiras por muy obvias que sean. “Esto no es opinión. Es, como el resto de lo que le hemos contado, hechos, verdades objetivas” firmadas por los expertos, por los sabios, por los mediadores con la nueva divinidad “científica”, los sacerdotes de siempre los transmisores de la información/formación/opinión de las élites dominantes actualizadas como pináculos de la democracia, el progreso y la razón. Una razón absoluta, única. Un nuevo absolutismo ilustrado que dirige sus pasos no hacia la liberación del pensamiento y las conciencias sino de retorno al Antiguo Régimen.

No hay, tampoco, posibilidad de opiniones alternativas, disidentes, claramente diferenciadas de los datos, caracterizadas de forma inequívoca como opiniones, hipótesis, sospechas. No se puede someter la información al debate social de pares libres, en el crisol de la disidencia-lealtad, donde descubrir perspectivas que completen esos datos y les den un sentido distinto al que tienen ya incorporado. Nada, pues, ni dentro ni fuera del individuo, puede desenmascarar la propaganda, el engaño sutil o grosero, la manipulación de un alud de información que incapacita aún más, por aturdimiento, el análisis de los datos, la crítica, el debate, la conformación de una opinión propia y de una decisión.

La democracia, entendida como el poder de la mayoría conformada por libres opiniones individuales, deviene en demoscopia, en conformación, cuando no en invención o usurpación de la opinión pública como elemento político decisorio que transforma las elecciones en expresión final de esa opinión pública preconstituida. Más aún, que admite como procesos soberanos no sólo o, incluso, no principalmente, la consulta popular sino cualquier otro medio de “expresión” de la opinión pública, siempre interpretada por el propio poder que emite la información/opinión con la que esta se construye al margen del debate interior y exterior de los individuos. La calle, los colectivos, las instituciones internacionales, los movimientos sociales minoritarios generalmente masivos y/o violentos, se convierten en incontrovertibles expresiones de la voluntad popular capaces de anular la voluntad de las urnas y el propio estado de derecho.

La “gente”, las mayorías demoscópicas construidas simplemente en base a sondeos de opinión mínimos o inventados, da igual, se constituyen en refrendos de la verdad transmitida previamente como irrefutable, indistinguible de los hechos descubiertos, interpretados y probados por los expertos y las autoridades. Basta simplemente con decir que una mayoría acepta esto o aquello para que se produzca un golpe de estado en el que los derechos fundamentales, las constituciones y las leyes se infringen por parte de las autoridades sin que los controles democráticos puedan hacer otra cosa que callar y/o justificar tales ilegalidades. “Es necesario”. “Debido a la emergencia..” Y cualquier derecho fundamental se puede suspender con la colaboración pasiva o activa del poder judicial, aplicado en su tarea de legislación paralela, llamada “jurisprudencia”, que termina bendiciendo la ilegalidad en base a los hechos manipulados y las opiniones vestidas de verdades incuestionables por los mismos poderes que legislaron para impedir exactamente eso que ahora sucede.

Y un rescoldo de disidencia, de genes culturales del europeo ancestral, clandestino, encapsulado en su propia individualidad, incapaz de tomar conciencia de su poder porque la nueva realidad de civilización asiática colectivista y pastoril dicta que el poder está en las masas, en las mayorías… manejadas por minorías intocables, unidas en torno a su poder inalcanzable, casi sobrenatural para el rebaño humano y, también, para quienes viven dentro de él amenazados por el dedo acusatorio, las fauces de los perros o el linchamiento de la manada en estampida dirigida por los granjeros contra esos lobos que amenazan la seguridad de la sociedad reducida a esa masa unánime regida por un cerebro virtual que reside en la élite, los poderosos, los expertos, las autoridades… la Verdad.

Un rescoldo que puede crecer a medida que la manipulación queda al descubierto y quienes habían sido abducidos por el viejo régimen del nuevo “absolutismo ilustrado” adquieren conciencia de sí mismos y activan sus genes culturales de europeo ancestral.

Ningún poder absolutista, colectivizador y ganadero está salvo en Europa y el mundo europeizado. Ni siquiera en épocas oscuras en las que la ausencia de información y formación parecían hacer imposible una opinión propia, disidente, revolucionaria. Ningún poder despótico, no importa su disfraz, nunca estuvo ni estará seguro entre europeos ancestrales, no importa el color de piel que estos tengan. Hoy, tampoco. Basta con que esos millones de activistas decidan unirse para que, con la misma vertiginosa celeridad con la que se está reimplantando el viejo régimen, sea derribado por ese silencioso estado dentro del Estado compuesto por disidentes ocultos en la clandestinidad. Una simple chispa. Una manifestación, un motín del té o una línea de opresión sobrepasada. Exactamente igual que sucedió en Norteamérica o en Francia. De la misma manera y con el mismo rictus de sorpresa y terror en el rostro de los confiados y soberbios aprendices de pastor de humanos aparentemente domesticados que siguen siendo pastores de sí mismos y leales defensores de la libertad. Seres cultural y humanamente superiores. Se alzarán y vencerán.

No importa si enfrente tienen a Ciro el Grande o a la Agenda 2030.

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