Impfstoff macht frei

14 Noviembre 2021

Vinieron a por los no vacunados y no hice nada porque yo estaba vacunado…

Esta ocurriendo de nuevo, en el mismo lugar y la misma gente. Pero, esta vez, Hitler, Stalin y Neville Chamberlain son una misma cosa con aspecto humano. ¿Es eso en realidad ser «humano»? Un nuevo Noviembre, ochenta y tres años después, vuelve a escucharse, noche fría del alma colectiva de esa Europa tenebrosa y cruel, el ruido de cristales rotos. La persecución y segregación de quienes se niegan a inocularse una sustancia experimental aún no aprobada como vacuna, de la que se desconocen sus potenciales efectos dañinos, incluso mortales, a medio y largo plazo y que sus propios fabricantes se niegan a garantizar alcanza en Austria una cota solo igualada por los dos grandes colectivismos que iniciaron la II Guerra Mundial y ocuparon Europa con sus tanques y su propaganda. El Gobierno austríaco da un paso adelante en el apartheid contra los disidentes y anuncia el confinamiento (internamiento) de los no inoculados con la pseudovacuna.

Por supuesto, las razones para llevar a cabo esta nueva persecución y segregación de una parte de la población en la primera mitad del siglo XXI son tan inconsistentes como las aducidas por el nacional y el internacionalsocialismo de principios de la primera mitad del siglo pasado para ejecutar las suyas. No existe ninguna epidemia que suponga una grave amenaza para la salud pública, porque, incluso aceptando las cifras artificialmente infladas de muertes por covid con los muertos por otra causa pero con Covid, estamos hablando, en un lugar donde no se han adoptado absolutamente ninguna medida de aislamiento medieval, como es Suecia, de una mortalidad a lo largo de año y medio del 0,14%. Si depuramos las muertes para determinar las estrictamente causadas por la gripe de Wuhan, transformada por el descomunal proceso de ingeniería social en pandemia de Covid19, nos encontraríamos ante una gripe mucho menos letal que, por ejemplo, las de 1957 o 1968. Pero es que, además, se ha reconocido públicamente  que las vacunas aún no oficialmente reconocidas como tales, no evitan contagiar ni ser contagiados sino, tan solo, disminuir la gravedad de la afectación, algo que las actuales estadísticas de ingresos hospitalarios  y muertes también desmienten por completo. Más aún. Nadie, ni los fabricantes, ni los gobiernos aceptan la responsabilidad de los daños causados por las inoculaciones experimentales que son voluntarias y, ala vez, imprescindibles para ser libres. Este es el burdo nivel que alcanza la justificación.

Ochenta años atrás, las justificaciones eran igual de burdas que ahora mismo. La raza, la ideología, las creencias o la sangre. Todas ellas transformadas por la propaganda en mortales peligros para la sociedad y, sus «portadores», en chivos expiatorios a los que culpar de los males, en culpables contra los que descargar el miedo, la frustración, la impotencia, el fracaso o la propia culpa. Un linchamiento llevado a cabo por acción u omisión en el que participan las propias autoridades encargadas de velar por el estado de derecho junto a una inmensa mayoría, vociferante o silenciosa, de esos «buenos ciudadanos» que jamás cometerían crímenes tan atroces como los del pasado. Y lo están haciendo.

Hoy como entonces, las razones carecen de sentido y, por tanto, de importancia. Todo se realiza al amparo de la más zafia y evidente irracionalidad. Un sinsentido que solo se puede entender porque no se trata de una cuestión sanitaria sino política. Y la razón política es, siempre, bastarda. Necesita inventar padres y madres que le den un nombre, una apariencia solida, un derecho sobre el que fundamentar sus actos y limpiar sus culpas. Judíos, negros, reaccionarios… no vacunados. Ana Franc, Sozhenitsyn, Mandela, Rosa Parks… cientos de miles, millones de víctimas anónimas del mismo monstruo colectivista y totalitario que cambia solo de palabrería y armas. Pero ahora, con una notable diferencia: No tienen oposición, no existen los aliados, la resistencia, el movimiento por los derechos civiles de los negros (los no vacunados). Estamos ante una dictadura casi universal, una ocupación global sin voces de esperanza (Gandhi, Churchill, Luther King…). Nadie tiene un sueño y apenas ser escuchan unos pocos disidentes, algún héroe en el parlamento europeo, en las redes sociales, en las calles, ignorados cuando no denostados por el poder en la sombra (el poder siempre es una sombra) y, también, por los medios de comunicación, los profesionales, los intelectuales, los religiosos… Nunca ningún colectivo humano estuvo tan solo, tan indefenso, tan expuesto al capricho de una turba linchadora como los que se niegan a recibir la marca de bestia renacida de sus cenizas en el mismo lugar donde se prendió la hoguera.

Los marcados con la estrella de la bestia son, ahora, los buenos ciudadanos, los puros de sangre, el pueblo elegido.

Se comienza señalando unos culpables, privándolos de unos pocos derechos civiles,  expulsándolos de sus trabajos, impidiéndoles entrar a establecimientos y asistir a actos públicos, viajar sin pasar una prueba de inocuidad o sumisión… Todo esto ya está ocurriendo de nuevo. ¿Nadie se estremece? Se les prohibirá asistir a las mismas aulas que los normales, salir de sus domicilios, visitar pacientes hospitalizados… Tendrán que ceder el asiento en el autobús, no podrán asistir a ningún centro de enseñanza ni lugar de ocio, deberán portar un documento y/o marca visible que los identifique… Todo esto ya está ocurriendo. Después, no podrán tener propiedades ni cuentas bancarias, serán recluidos en campos de internamiento para garantizar la salud pública y morirán (oficialmente) a causa de su negativa a aceptar la nueva fe y ser bautizados (inoculados) con la pócima sagrada que renueva la sangre y la depura del pecado. Todo en silencio, con normalidad, sin resistencia ni defensa.

¿Imposible? Eso pensaban los judíos húngaros, alemanes, austriacos… Eso pensaban los disidentes de la Unión Soviética, de la República Popular China, de la Camboya jemer. Eso piensan los «negacionistas» australianos, canadienses, alemanes, italianos, franceses, austriacos… estadounidenses. A cada paso que nuestras sociedades antes libres y por ahora prósperas se adentran en el totalitarismo le sigue el silencio, la indiferencia, la sumisión… la comprensión. «No es tan importante». «Todo volverá a la normalidad». «No nos va tan mal». «Exageraciones». Luego: «Es por vuestra culpa». » Se lo merecen». «Deberíamos encerrarlos». «Deberíamos dejar que se murieran». Negar al vecino, al amigo, al hermano. Acusarlos. Insultarlos. Denunciarlos. Agredirlos. ¿Por qué no? «Ellos se lo han buscado».

Recuerda: Impfstoff macht frei. La vacuna hace libre.

No sabemos a qué límites se puede llegar. Y eso es, exactamente, lo más escalofriante del asunto, lo que debería causarnos verdadero pavor. Esa es la medida de esta locura, de este descenso a los abismos de una sociedad mundial sin pulso de conciencia, sin valor para defender a sus semejantes. Igual que ocurrió entre los judíos de Hungría, casi todos, «vacunados y no vacunados», aún piensan que no se superarán determinados límites, que todo volverá poco a poco a la normalidad, a la cordura, de la misma manera y al mismo tiempo que todo, poco a poco, se va adentrando más y más en la locura y la anormalidad. Poco a poco. esa era la clave de entonces y la de ahora. Hasta que, de repente, se supera un límite y, luego, ya no hay límites.

La patria de Hitler anuncia que confinará, en sus domicilios o en campos de internamiento, ya veremos lo que deciden las autoridades, a los que se resisten a «vacunarse» poniendo en peligro con ese acto de desobediencia, de insolidaridad, de herejía, a la sociedad, a la nación, a la clase obrera, a la raza, a la civilización, finalmente a la Humanidad y, en el mismo lote negacionista, al propio planeta. Australia, Canadá, Francia, Italia, Países bajos… La pandemia totalitaria, genocida (ya no hay límites) se extiende por el mundo propagada por los mismos que deberían combatirla. Sus mentes y las de sus seguidores han sido ocupadas, abducidas, por razones que ignoramos pero que, como sucede con todos los tiranos totalitarios y colectivistas, para ellos son justas, verdaderas, sagradas, incuestionables o, cuando menos, convenientes para el bien común dictado desde su opinión particular.

¿Cuáles son los motivos, los objetivos, los intereses bastardos o torpemente ennoblecidos para este pogromo? ¿Qué esconden las pseudovacunas contra la pseudopandemia que ha conseguido unir a la práctica totalidad de los lideres mundiales no importa su nacionalidad, opción política o religiosa en la mayor ofensiva contra la libertad y la prosperidad de, al menos y en principio, los blancos occidentales? ¿Cuál es el destino de estos trenes? ¿Y cuál será la recompensa para los que miran a otro lado y callan junto a las cercas de los campos de concentración que se están empezando a construir no con cemento y alambre sino con mentiras, propaganda, miedo y leyes?

Una vez superado cierto límite, ya no hay límites… para nadie. Tampoco para las víctimas. Recuérdenlo unos y otros, porque, después de dar ese paso, entraremos todos sin excepción en un reality de terror,  en el que, ¿por qué no? puede surgir de repente un Eisenhower que detenga a los carceleros y mande a los vecinos del campo enterrar con sus propias manos los cadáveres de quienes habían sido víctimas de su silencio. Pero también es posible que, mucho antes de lo que imaginamos esos vecinos felices de no ser «negacionistas antivacunas» descubran que ellos son igualmente prescindibles porque solo hay sitio en el nuevo Edén para…

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