Tras las sombras

29 Septiembre 2021

Forma parte de la naturaleza humana construir realidades ocultas. Ocurre con todos los animales diurnos. Sobreviven a la oscuridad imaginando monstruos y peligros escondidos tras las tinieblas. Viven atemorizados cuando llega la noche, interpretando los ruidos, las sombras y los olores desde un prisma que el psicologismo patológico que se adueñó del humanismo renacentista para convertirlo en narcisismo solipsista y mórbido denominaría “paranoia”. Es verdad que en la inmensa mayoría de los casos, esas paranoias de los animales diurnos, cegados por la noche, son simples invenciones que no responden a una realidad oculta y profunda que conspira para arrebatarle la vida, la comida, la salud o la libertad. Pero en algunas ocasiones esa sospecha patológica se convierte en una ventaja evolutiva porque esa amenaza en la sombra es real y logran esquivarla. Solo con que una vez en toda la noche les salve de lun peligro cierto, aunque invisible, la conspiranoia de los animales diurnos se convierte en algo no solo real sino vital.

Los animales diurnos y arborícolas tienen otra razón para potenciar su conspiranoia. La espesura del bosque, la frondosidad de las copas de los árboles, se convierte en un entramado perfecto para ocultar formas, figuras, presencias… Descubrir la silueta de un depredador en el difuso paisaje de una nube, un enjambre de hojas y ramas, una muchedumbre o un aluvión de noticias determina la diferencia entre vivir o morir, ser rico o pobre, libre o cautivo, sano o enfermo.

Pero en el caso de los primates superiores que viven en sociedad, entre los que nos encontramos, hay otra razón más para la conspiranoia: Nuestra existencia, como la de los bonobos o los chimpancés, se sustenta en la relación con los demás. Y esa relación viene determinada por los juegos de poder mediante los que se asciende o se desciende en la jerarquía social. Unos juegos que, a su vez, se sustentan en el engaño. Y el engaño es otra forma de oscuridad, de entramado de ramas y hojas, de realidad difusa, equívoca, interpretable. Ese es el mundo en el que vivimos. Un mundo interior que proyecta el orden y la nitidez al exterior, determinado por la preprogramación filogenética con la que todos los modelos de Homo sapiens salen de fábrica para incorporarse a un mercado en el que ellos son, a la vez, vendedores y productos.

Al menos, tres razones válidas para poseer y usar las artes conspiranoicas sin las que nos sería muy difícil, si no imposible, sobrevivir y, menos aún, ser felices en este mundo en el que el día lo hemos convertido también en noche de ramas y hojas, engaños y camuflajes. Una noche perpetua que impone una realidad equívoca, difusa, incierta contra la que los más débiles, los que se rinden, prentenden luchar inventando un certeza fanática: la de las ideologías, las creencias, las verdades inmutables… Triste neurosis que, finalmente, no es sino una conspiranoia más.

En esa realidad difusa nos movemos construyendo hipótesis, realidades imaginarias, entre las que figura esa fantasía de verdad, de certeza a la que muchos se aferran fanáticamente durante toda su vida porque vivir en el constante temor, en el presagio del mal, en la terrible incertidumbre, tiene un coste “psicológico” superior a la ventaja que ofrece en términos de supervivencia.

La tensión se transforma en neurosis y la neurosis en verdadera paranoia. Y en esa paranoia encuentran, paradójicamente, la paz.

Las fantasías mediante las que construimos rostros en las nubes, en las sombras de la hojarasca o en el entramado de engaños de la vida social están ahí para mantenernos alerta. Pero no para que vivamos constantemente aterrorizados por ellas ni, tampoco, para que vivamos en ellas. Creerse todas las fantasías, las conspiranoias, y no desecharlas en cuanto nos llegan desde esa realidad difusa indicios suficientes para hacerlo supone una desventaja para la supervivencia y, además, implica una infelicidad innecesaria y estúpida. Esas fantasías, esas construcciones mentales del rostro de un depredador a partir de unas pocas líneas o de las intenciones de los demás descubiertas a partir de gestos, tonos de voz, incongruencias o trazas de pequeñas mentiras, deben ser resueltas lo antes posible para desecharlas o confirmarlas. Tenemos que decidir y abandonar cuanto antes ese mundo de cábalas y conjeturas porque vivir en él resulta tan nocivo como vivir sin él.

Una vez confirmada o desechada la presencia del depredador o las verdaderas intenciones de los demás, tenemos que actuar en consecuencia. Seguir jugando a la conspiración o la inocencia, ambas cosas, es la mejor forma de no sobrevivir o de vivir infelices. Hay depredador, huimos. No lo hay, nos relajamos y disfrutamos. Exactamente lo mismo con los engaños. Exactamente lo mismo con los demás, con los otros humanos convertidos en depredadores de estatus social, poder, dinero o libertad ajena.

Todo es incierto, difuso, equívoco. Pero estamos dotados para vivir en esa realidad ambigua y abierta. Y eso nos permite algo divino: la creación. Podemos crear realidades, transformar la realidad, ser como dioses. De hecho, para bien y para mal, lo llevamos haciendo desde que el primer humano engañó a las leyes darwinianas inventando, creando unas garras y colmillos de piedra, unas largas patas coceadoras de hueso, unos halcones afilados (lanzas, flechas, balas…). Ese conjunto de circunstancias que nos han llevado a vivir en una oscuridad permanente son las mismas que nos permiten construir realidades virtuales en las que estamos a salvo de la cruel Naturaleza. Eso es ser humano. Interpretar y crear la realidad. Que no se nos olvide nunca, porque ahí está nuestro pecado y nuestra salvación.

Vivimos en tierra de nadie. Esas tres oscuridades, la noche, el bosque y la vida social, nos mantienen a salvo de la dura realidad que ya nos habría exterminado hace cientos de miles de años si no fuera porque hicimos realidad nuestras conspiranoias, nuestros sueños, nuestra realidad inventada: las armas, la ropa, el fuego… los medicamentos y las vacunas.

Es inexplicable la explosión demográfica a la que aún asistimos sin dos productos de la fantasía humana: los antibióticos y las vacunas. Y es impensable la supervivencia humana, tal y como la concebimos, sin poner límite a esa explosión demográfica. Porque la existencia humana, como la de cualquier depredador (no así los herbívoros), no consiste simplemente en sobrevivir sino en ser felices. Sin felicidad, un león, un oso, un chimpancé o un humano están muertos. Muertos en vida.

Atribuimos los cambios y los sucesos físicos y sociales a fuerzas o intenciones más allá de lo visible. Ese es nuestro diseño de fábrica. Unas veces acertamos y otras no. La habilidad crucial no consiste en construir hipótesis o fantasías, incluida la de una realidad “verdadera”, unívoca, diáfana e indubitable que nos “convence” de que no existe la noche, el bosque o los engaños. La clave de la existencia reside en tomar lo más acertada y rápidamente una decisión acerca de si esos rasgos entre las sombras o las hojas se corresponden con un verdadero depredador o con las intenciones que albergan los demás.

No se trata de ser conspiranoico o crédulo, sino de encontrar los engaños, los trazos y las señales, interpretarlas, confirmarlas (o desecharlas) y actuar en consecuencia. Tampoco sirve adoptar un punto intermedio, porque de ese modo nunca se llega a ninguna decisión y, por tanto, nunca se actúa con relación a la realidad “real” subyacente o evidente, sino ante el constructo de una realidad ficticia a la que llamamos “sensatez” “mesura” o “realismo” para que nos sirva de ansiolítico. La realidad oculta siempre corresponde a dos extremos: O hay algo o no hay nada. Y si hay algo, un depredador, una trampa, un timador, un enemigo… ya no necesitamos sospechar, sino, simplemente, actuar. Correr, esconderse, atacar, decir no, engañar…

Todos los acontecimientos desatados por la gripe de Wuhan, convertida en pandemia por una operación de guerra atípica en la que la ingeniería social ha cobrado un papel sorprendente (como la blitzkrieg en la II Guerra Mundial) y ante la que se ha reaccionado en el mundo libre y desarrollado occidental (no así en países como Japón, Corea del Sur o Taiwán) imitando la respuesta incitadora que China presentó en una sola de sus provincias, la suspensión derechos fundamentales, y cayendo en una espiral que, finalmente, ha conducido al intento de implantación de regímenes totalitarios de apartheid, unidos a un cambio de modelo social que se resume en neocomunismo o neofeudalismo (ambos equivalentes). Esta espiral súbita, generalizada, inesperada e inexplicable con la visión del mundo que manejábamos ha construido un escenario de oscuridad, ambigüedad, incertidumbre y amenaza que dispara nuestros mecanismos adaptativos en dos direcciones: una, la de construir y persistir en la búsqueda de señales de esa amenaza oculta. Los conspiranoicos. Otra, la de aferrarse a la certeza ansiolítica de que no hay ninguna amenaza. Los realistas. Pero hay que estar muy “drogado” para no ver Rarezas” y hacerse preguntas.

¿Por qué esa desenfrenada compulsión entre los líderes políticos, religiosos, económicos y culturales, especialmente el mundo blanco occidental, para inyectar a toda la población una sustancia experimental de efectos desconocidos contra una simple gripe convertida por la propaganda en una pandemia que, en el peor de los casos, tiene una letalidad del 0,2%?

Muchos animales acuden al río cuando llegan los salmones. ¿Se han puesto de acuerdo? ¿Tienen un plan común con unos mismos objetivos trazados bajo la batuta de un mismo interés? En absoluto. Todos esos animales de diferentes especies, incluidos los salmones, están ahí movidos por “intereses convergentes”. Cada uno va a lo suyo, persiguiendo su propio interés y guiados por su propio plan. Las actuaciones de unos y otros coinciden en el tiempo y el espacio. Pero los osos no están compinchados con los zorros o con los cuervos, aunque lo parezca. Conforme se suceden los acontecimientos surgen nuevas oportunidades que favorecen o perjudican a unos animales y perjudican a otros. Oportunidades que unos aprovechan mejor que otros, Y esto es exactamente lo que está sucediendo en este repentino río lleno de salmones que la Operación Pandemia China ha creado… para beneficio de quien quiera, sepa y pueda obtenerlo.

El negocio, el interés, el objetivo de las empresas farmacéuticas es vender remedios para nuestra mala salud y, sencillamente, eso es lo que hacen. Están ganado mucho dinero al aprovechar las oportunidades, jugando hábilmente con los intereses de los distintos actores. ¿Por qué inocular una sustancia experimental a la mayoría de la población? Pues porque ganan mucho dinero con las llamadas “vacunas. Pero, sobre todo, porque piensan ganar mucho más y de forma sostenida con los efectos dañinos de esas “vacunas”. Es el paraíso de un negocio que se sustenta en la enfermedad. Debilitar el sistema inmunológico significa sembrar una cosecha de enfermos crónicos que dependan cada vez más de sus “sustitutos de las defensas naturales destruidas”. Y esa oportunidad de negocio que han visto y están explotando las farmacéuticas, presenta a su vez oportunidades para otras “especies” con distintos pero convergentes objetivos: los políticos incrementan su poder, los neocomunistas imponen su modelo de sociedad, los islamismtas disponen de un inesperado territorio indefenso donde expandirse, los llamados “globalistas de la agenda 2030” ejecutan su genocidio eugenésico como siniestra y cruel solución final contra la superpoblación, China debilita a sus competidores/enemigos… ¿Pero por qué principalmente en el mundo blanco occidental? ¿Hay una conspiración racista oculta en las sombras? No necesariamente. Basta una maraña de intereses convergentes para entender de forma sencilla lo que está ocurriendo. Es en el mundo blanco occidental donde más se está sufriendo los efectos dela Operación Pandemia, porque es donde más dinero hay para el negocio de las farmacéuticas, dinero que los solidarios blancos occidentales estarán dispuestos a poner para sufragar ese negocio en el tercer Mundo,. Para China, el occidente blanco ese es su principal, casi único competidor. Para el neocomunismo esas son las sociedades más libres, críticas y prósperas que pueden oponerse a su plan de expansión global y así, uno a uno, para todos los demás animales del bosque que se han apresurado a coger su parte en el festín de ese río súbita, insospechadamente lleno de salmones gordos, tontos e indefensos.

Esta es la figura real que se esconde tras las sombras, la hojarasca y los engaños: Las farmacéuticas consiguen dinero, reparten dinero (a políticos y empresarios, los carroñeros del río) y colaboran con la estrategia de China y el neocomunismo satélite, utilizando todos al islam como tsunami totalitario, en la medida en que esa colaboración favorece su propia agenda. Pero no porque sean neocomunistas, masones, o globalistas ocultos. Sencillamente sus intereses, también los de las sectas y marionetas ideológicas globalistas, masones, sionistas o iluminatis, convergen en unas mismas actuaciones: pescar cuantos más salmones mejor. Aprovechar la oportunidad. Y ahí están todos, sin que nadie los coordine ni los gobierne, ni persigan una misma agenda, sea la que sea. Cada uno a lo suyo en esta imprevista, inmensa y desconcertante oportunidad que se les ha presentado: un río lleno de estúpidos salmones que van, también, a lo suyo: morir y servir de alimento a sus depredadores/pastores/estafadores.

O no.

Los sucesos son de tal magnitud, encierran tantas casualidades imposibles, tantos cambios impensables, que nuestro instinto de animales diurnos, arborícolas y sociales nos dice que ahí puede haber un gran depredador escondido tras las sombras, la maraña de hojas, información y opinión, engaños, certezas y muchedumbres. Un depredador venido de fuera. O que siempre estuvo ahí, esperando su momento, con la paciencia de los grandes cazadores, para atrapar a su presa y devorarla. Tal vez, mientras todos van a lo suyo en el río, unos seres impensables, incomprensibles y, por el momento, invisibles para los osos, los zorros, los cuervos y los salmones, están a punto de iniciar la cacería mediante la que conseguir lo que en realidad quieren: quedarse con el río, con las montañas y con los valles limpios de alimañas y de muchedumbres. Nuestra muchedumbre. Y, como siempre, cuando surja esa figura nítida tras la sombra, ya no habrá tiempo de reaccionar. Es lo que tiene ser un animal diurno que viven en un bosque sumido en la oscuridad causada por una estructura social que se basa en el engaño, la desconfianza y la credulidad inducida por ansiolíticos ideológicos: Cuando llega el depredador nadie lo ve porque unos se niegan a desconfiar, otros viven en sus desconfianzas y los terceros, las farmacéuticas y demás poderosos, no sienten necesidad de mirar tras ellos, en la oscuridad, porque ellos, mejor que nadie, conocen los verdaderos motivos, las tramas, las alianzas, la baja, prosaica y trivial realidad: dinero y poder.

Todo está claro. Todo adquiere sentido. Las farmacéuticas están asegurando su negocio destruyendo los que se les opone: nuestro sistema inmunitario. Y, alrededor, una nube de oportunistas. La vieja realidad de siempre emerge con su rostro ruin y mezquino. Las sospechas se desvanecen. Las conspiranoias se agotan. Todos nos relajamos. El mundo vuelve a ser lo bueno y malo que siempre fue. La riqueza y la felicidad cambian de barrio, de ciudad, de nación y continente. Nada más.

Y, sin embargo, ahí, tras las sombras, hay algo.

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