Rosa Parks

22 Septiembre 2021

El 1 de Diciembre de 1955 Rosa Parks se negó a levantarse de su asiento en un autobús público para cedérselo a un pasajero blanco. Hoy, 22 de Septiembre de 2021, Rosa Park es blanca.

Rosa Parks acabó ella sola y solo para ella con la segregación racial que obligaba a los negros a cederle el asiento en los medios de transporte públicos a los blancos. Fue una revolución mínima, solitaria, individual que terminó reventando un nauseabundo, cruel y estúpido sistema de apartheid establecido en la democracia más antigua de la era Moderna, primera potencia económica, militar y tecnológica, con un pueblo culto, informado y con unos valores morales, políticos y religiosos en las antípodas de lo que representaba crear dos clases de seres humanos con distintos derechos.

El movimiento por los derechos civiles en EEUU era, en sí mismo, un altavoz que gritaba a las buenas gentes de Norteamérica la atroz injusticia, la cruel realidad que estaban consintiendo, cuando no aplaudiendo. ¿Cómo no vieron el atroz rostro del apartheid con la misma nítida claridad con el que ahora vemos… los de antaño? Por la misma razón por la que ahora no vemos los de hoy mismo.

Hay personas y personajes públicos que desde su atalaya de la superioridad moral, desde sus púlpitos de libertad, democracia, derechos humanos… pregonan, arengan y traman contra otros seres humanos que tienen la marca de la disidencia. No contra los que buscan acabar con la libertad, la prosperidad y la igualdad de derechos de todas las personas sin distinción. No. Contra los que, haciendo legítimo uso de esa libertad, deciden disentir con lealtad. Ocurre, de forma inexplicablemente generalizada, con quienes pretenden segregar, incluso encarcelar, tal vez eliminar a quienes se niegan a inyectarse una sustancia transgénica experimental de la que se desconocen sus daños potenciales a medio y largo plazo para evitar una enfermedad, la gripe de Wuhan, convertida en pandemia de Covid gracias al uso fraudulento de PCR y a la propaganda de los medios de comunicación. “Los no vacunados matan”, claman los nuevos instigadores de este linchamiento en ciernes tratando de asustar a quienes se resisten y de mentalizar a los que no lo hicieron, los vacunados, para que, llegado el día no muy lejano en que los efectos de esa pócima transgénica obren sus males, culpen a los no vacunados en lugar de a quienes los engañaron para que se prestaran a ser los judíos de este nuevo Mengele que se esconde tras el rostro de los políticos (esa nueva nobleza feudal), los médicos, los periodistas…

Son una minoría silenciada y perseguida las bocas que se atreven a denunciar el apartheid que ya se ha instalado en la mayoría de los países occidentales de mayoría racial blanca (no en los otros) contra los llamados “negacionistas” para conculcar sus derechos civiles exactamente de la misma forma y por los mismos motivos por los que, ahora se ve con indignación y claridad, se hizo con los negros de EEUU o Sudáfrica. Un apartheid principalmente sanitario. Pero no solo sanitario.

En muchos países ya existe el delito de odio que no es más que un eufemismo para colar dentro de la ley los delitos de opinión. Y en algunos, como España, se rompe el principio de inocencia y el de igualdad ante la ley para discriminar por razón de sexo, estableciendo que ahora hay “ciudadanos” y “ciudadanas”, exactamente igual que en los EEUU había “ciudadanos negros” y “ciudadanos blancos”, es decir, “ciudadanos” y “negros”.

Mucha gente necesita la distancia cultural, la perspectiva del tiempo, para ver en toda su vergonzante, grosera, sobrecogedora realidad las injustificables discriminaciones entre personas. Por eso no ven las que tienen delante de sus narices, en vivo y en directo. O, cuando alguien se las señala, las minimizan, las justifican… ¡las defienden!

Hace pocos meses llegó a Canarias una oleada de inmigrantes ilegales. Los hoteles fueron desalojados para cederle el sitio a estos nuevos “blancos”, mientras hoy los nuevos “negros”, los ciudadanos españoles de La Palma afectados por la explosión de un volcán, son alojados en poco más que cocheras. Unos, los nuevos blancos, disfrutaron, aún lo hacen, de estancias de lujo. Otros, los nuevos “negros” no pueden ni soñar (I have a dream) con esas instancias reservadas, como los asientos en los transportes públicos de los EEUU de antaño, a los nuevos “blancos”. Esos EEUU en los que cuando un blanco cometía un crimen, especialmente si era contra gente negra, lo tapaban y, en muchos casos, lo amañaban para que los culpables salieran impunes o pudieran escapar. Como esta España, esta Europa, en la que cuando un “nuevo blanco” comete un delito, se esconde su origen, su nacionalidad, su religión, su nombre, su rostro… para poder conseguirle la mayor impunidad posible bajo el manto de la niebla de ese silencio que hemos visto en tantas películas americanas que denunciaban la segregación americana.

Un anciano “nuevo negro” español, sin antecedentes, pudriéndose en la cárcel por presuntamente matar a un “nuevo blanco”, joven inmigrante con antecedentes, cuando este entraba en su casa armado con una motosierra. Unos jóvenes “nuevos blancos” inmigrantes ilegales, puestos en la calle por presuntamente raptar, torturar y violar a una joven “nueva negra”. ¿Qué dirían ante esto los defensores de la igualdad de derechos en EEUU? ¿Qué dicen esos mismos defensores en España? Nada. ¿Por qué? Porque aquí no se acepta que existe segregación “racial”. Y, si la hay, es justa, benéfica, necesaria, solidaria, progresista…

La segregación de los españoles en su propia patria se extiende a toda una serie de derechos civiles que van desde poder salvar sus símbolos religiosos de una tradición como las Fallas, pasando por las ayudas sociales, la inserción laboral, el acomodo en centros de alojamiento y pisos gratuitos, la asignación de una renta económica… hasta esa sórdida trama de rigor en la aplicación de la ley , cuando no directamente impunidad. Una segregación tan escandalosa como la de aquellos EEUU y esa Sudáfrica de antaño, solo que hoy y con unos nuevos “blancos” y “negros”. Igualmente silenciada, tergiversada o justificada por los medios de comunicación.

Los españoles discriminados en sus propia patria. Y en silencio. Mucho silencio. Sin que nadie plantee las cosas como un caso de derechos civiles. Porque los nuevos negros no tienen siquiera la suerte de contar con blancos que los defiendan, que denuncien su situación, que pongan nombre a la ignominia… Porque todo son “exageraciones de racistas xenófobos que se niegan a ceder el asiento, el hotel, la paga, la impunidad a los “blancos”, a los “nuevos blancos” de las “nuevas alabamas”.

Pero las revoluciones siempre son individuales, siempre cosa de uno, siempre una simple anécdota que crece alimentada por la libertad hasta convertirse en Historia. Basta una Rosa Parks que se niegue a levantarse de su asiento, una Rosa España que salga del cuartel, del pabellón o de la cochera en el que la han alojado a ella y a su familia, entre el hotel de los “nuevos blancos” y se instale allí como si tuviera, que lo tiene, al menos, el mismo derecho que ellos.

Una Rosa Parks, una Rosa España, una Rosa Europa, tenga el color que tenga, corra por sus venas la sustancia que lo haga, que no se levante de su asiento. Solo necesitamos eso.

Que no se levante de su asiento.

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