Supremacismo afirmacionista

1 Agosto 2021

Siempre comienza igual. Con apariencia inofensiva. Negando la entrada a un autobús, a un restaurante, a una escuela. Comenzó igual en Sudáfrica, en Alemania y en el mundo Occidental allá por los años veinte del siglo XXI.

En la Sudáfrica de 1953, los negros no podían vivir en las zonas asignadas a los blancos, no podían entrar en ellas sin disponer del “carnet de pase”, no tenían derecho a voto, no estaban permitidos los matrimonios entre negros y blancos, los negros no podían adquirir tierras el trasporte público y el acceso a edificios públicos, a la educación y a los servicios sanitarios estaba separado por razas,. El proceso para instaurar esta política de apartheid racial no se llevó a cabo de forma inmediata sino a lo largo de cinco años, entre 1948 y 1953. Y empezó de forma leve, casi sin aparente importancia.

El proceso de apartheid racial contra los judíos en Alemania fue también un proceso en que paulatinamente se intensificó la segregación hasta incluir una persecución que culminaría con los campos de concentración y exterminio. A partir de 1933 fueron incrementándose las medidas de discriminación racial, comenzando por la exclusión de la función pública, las las escuelas, universidades, el desempeño de profesiones. En 1935 se les retiró la ciudadanía alemana y se prohibió el matrimonio entre arios y judíos. En 1938 se prohibió a los judíos asistir a escuelas y universidades públicas, a cines, teatros y otros recintos públicos. Se les obligó a llevar tarjetas de identidad que indicaran que eran judíos… y sus pasaporte fueron sellados con la letra “J”.

El comunismo, primo hermano del nacionalsocialismo, aplicó, y aplica, dos formas de apartheid. Una, la clásica, contra los disidentes. Otra, camuflada sobre eslóganes ideológicos, contra todo el pueblo segregado de las élites dominantes, que pueden acceder de forma exclusiva a servicios, bienes, derechos y libertades que determinan una calidad de vida abismalmente superior a la de la población inferior, el pueblo llano, uniformado y dominado.  

Los mecanismos para poder llevar a cabo cualquier tipo de segregación contra determinados grupos de población, mayoritarios o minoritarios, se sustentan en un principio básico: retirarles su condición humana. De este modo, los mecanismos filogenéticos destinados a inhibir la agresión entre miembros de la misma especie, desaparecen. De hecho, todo conflicto entre grupos implica la deshumanización del adversario, porque en la medida en que desaparezcan los controles “morales” que vienen en el paquete genético con el que todos salimos de fábrica, destinados a limitar el daño que hacemos a nuestros semejantes, la agresión será más contundente y eficaz.

Los trucos para transformar a un humano en miembro de otra especie dañina o ganaderamente provechosa son muy elementales, por más que en algunas ocasiones se revistan de una sofisticación que los hace difícilmente detectables. Y, curiosamente, todos esos procedimientos coinciden en un aspecto común: establecer que los otros, los diferentes, no responden a los mecanismos de inhibición de la agresión entre miembros de una misma especie y, por ese motivo, no hay obligación de comportarse “humanamente” con ellos. Son alimañas crueles que no respetan a nadie ni a nada. Por eso precisamente está, más que permitido, exigido, comportarse con ellos sin ningún límite o freno moral. La humanidad solo se reserva para los humanos.

La raza ha servido tradicionalmente como “zona de transición” para transformar a los demás en miembros de una “especie diferente” y, así, sortear los bloqueos genético-morales que nos impiden hacerles determinadas “brutalidades impropias de seres humanos” o, simplemente, discriminarlos, segregarlos, y perseguirlos. La raza sirve, entre otras cosas,  para establecer diferencias mayores (no es humano) obviando las semejanzas (aunque tenga aspecto y comportamiento humano). Las razas virtuales se construyen sobre este símil de especie distinta y peligrosa (o provechosa) no importa que las semejanzas entre unos y otros sean abrumadoras.

¿Qué diferencia a un alemán de otro o a un ruso de otro? Que sea de raza ideológica nazi o comunista en un caso o de raza disidente en el otro. ¿Qué diferencia a un canadiense, español o alemán de otro? Que sea de raza sanitaria afiramacionista o negacionista. En todos esos casos las diferencias son etéreas, virtuales, de “fe”. Se trata de razas ideológicas. Pero en el caso de los negacionistas sí que existe un elemento físico, objetivo, fácilmente identificable que los marca haciendo que esa ideología, esa fe, se encarne formando parte ya (o ausencia): estar o no vacunado.

Por supuesto, hay una diferenciación ideológica que se extiende más allá de negar o afirmar la gravedad de la pandemia (porque a eso se reduce todo en el fondo). Los negacionistas son muchas cosas más aparte de disidentes sanitarios, todas ellas perjudiciales para la sociedad. Se les supone una ideología o fe herética que abarca todos los aspectos de la vida. Es una cosmovisión distinta, errónea, peligrosa la que les ha llevado a negarse. Pero es sobre esta diferenciación “física”, perfecto sucedáneo racial, sobre la que se centra el proceso de segregación, persecución y “neutralización”. Son ya algo física, biológicamente amenazante para… los humanos. 

Neutralización. Desde el “simple” aislamiento social, laboral profesional, educativo, sanitario… pasando por el confinamiento domiciliario, hospitalario o en genuinos campos de concentración denominados eufemísticamente “centros de aislamiento sanitario”, “campos de reeducación”… “Arbeir macht frei”.

Sin embargo, la distinción discriminatoria, segregadora, persecutoria que los antiguos países libres occidentales, herederos de quienes ganaron la II Guerra Mundial y la Guerra Fría, están implantando contra una parte de sus propios ciudadanos no se basa en peligros objetivos. Esos ciudadanos proscritos no están poseídos por costumbres, ideologías o modos de comportamiento que supongan una amenaza real para los demás. No son asesinos, ni criminales, ni en su ideario se recoge la obligación de atentar contra la libertad, la prosperidad o la vida de los demás, como es el caso de muchas ideologías políticas y religiosas. Al contrario, defienden los mismos principios que sus antepasados, esos que murieron en las playas de Normandía, o saltando el muro de Berlín o defendiendo la igualdad de derechos en Sudáfrica. No son Torquemada ni Stalin ni Hitler. Son Mandela, Rosa Parks y, si las cosas no se detienen a tiempo, Ana Frank.

La discriminación se sustenta sobre sobre una farsa y, por tanto, necesariamente sobre una  “creencia”: La gravedad epidémica que los números, para todo el que sencillamente sepa leer y contar, no soportan. En Suecia, sin absolutamente ninguna medida medieval de restricción de derechos y libertades, sobrevive a la enfermedad el 99,986% de la población. Una enfermedad identificada por un instrumento, los PCR, con una validez y fiabilidad escandalosamente endeble. Y una protección contra esta enfermedad mitológicamente convertida en peligro para la Humanidad, basada en unas sustancias transgénicas experimentales que son las que, finalmente, funcionan como marcador “racial” sobre el que construir este nuevo régimen totalitario de apartheid.

Lo que distingue a los marginados del resto de la población es una sustancia no autorizada como vacuna, es decir, una subversión de las normas científicas justificada por una ocultación de las evidencias estadísticas. Los negacionistas, como grupo, no delinquen más que los demás, no defienden ideologías criminales, totalitarias e inhumanas… Y, pasar de eso, el apartheid sigue adelante con una fuerza y rapidez racionalmente inexplicables. 

Nos preguntamos cómo en una nación culta, avanzada, inserta en un entorno social, cultural y político como la Europa del siglo XX pudo alcanzar los límites dantescos de un proceso social, porque eso fue, como el nazismo. Cómo los alemanes pudieron no solo permitir sino, una mayoría inconfesable, participar sin ningún freno ni remordimiento moral en aquella monstruosa caza de brujas. ¿Acaso no vieron en sus inicios lo que se estaba gestando? Sí, lo vieron. Vieron cómo se iba convirtiendo a los judíos en una especie diferente, peligrosa, exterminable. Lo vieron cuando las cosas aún no eran tan graves, cuando aún era posible pensar que no se llegaría a las locuras a las que se llegó. Lo vieron perfectamente cuando, de hecho, ya se estaba segregando y persiguiendo a sus vecinos, a sus amigos, a sus familiares. Porque en la Alemania nazi se persiguió a la raza judía y a los disidentes, a los judíos virtuales… a los negacionistas no vacunados.

Empezó como todos los procesos de apartheid. Como está comenzando el apartheid sanitario en los mismos países que veneran la figura de Nelson Mandela, de Rosa Parks, de Ana Frank. Un simple comienzo que es ya en sí, sin necesidad de llegar a los límites del terror absoluto, algo tan repugnante y peligroso como aquellos otros apartheid que los “afrikaner segregacionistas” del antiguo mundo libre occidental denostan al mismo tiempo que lo aplican sobre sus compatriotas blancos, defensores de la libertad y la igualdad de derechos, pero que disienten de una creencia absurda (recuerden supervivencia del 99,986%) y se niegan a ser marcados físicamente con un producto experimental del que nadie se responsabiliza, para convertirse en parte de la raza superior. Porque, al final, siempre hay una raza, real o virtual, superior. De eso se trata. Sin eso no puede haber discriminación, segregación o neutralización.

Mandela, Rosa Parks, Churcill, Roosevelt y millones de antepasados se están revolviendo en sus tumbas al saber (todo se sabe) que la Historia ha comenzado a escribir este nuevo, siniestro y vergonzoso episodio de lesa humanidad cometida por los descendientes por sus descendientes. Viendo cómo, otra vez, una joven llora en silencio porque  no le permiten entrar al mismo lugar en el que sus amigas se divierten, estudian o trabajan.  

Sí. Sois igual de miserables que aquellos a los que decís despreciar. Sois los nazis, los comunistas, los afrikaner segregacionistas del siglo XXI. Y lo sabéis. Sois, líderes y pueblo, plenamente conscientes de lo que está empezando a suceder, de lo que ya es una vergüenza y , si no se detiene, será crimen. No sois inocentes. Ya nunca podréis serlo. Como ellos tampoco lo eran antes de ser derrotados. 

Vuestro admirado Nelson Mandela os escupe desde la tumba.

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