La marca de la Bestia

6 Junio 2021

...y que ninguno pueda comprar o vender, sino el que tenga la marca, o el nombre de la bestia, o el número de su nombre (Apocalipsis 13:17)

Proteínas magnetizables, nanopartículas magnéticas, tatuajes subepidérmicos o cualquier otra fórmula con la que implantar un marcador orgánicamente compatible con el que emitir y recibir información. En tal supuesto se basa la negacionista y conspiranóica explicación a lo inexplicable: el universal y fanático empeño en vacunar a toda la población mundial con unas substancias que no evitan el contagio de una enfermedad que ha causado, en año y medio, menos muertes que la gripe asiática de 1957 o más o menos las mismas, si nos creemos los datos de las PCR, que la gripe de Hong Kong de 1968.

Absurdo, ¿verdad?

¿Pero qué es el apocalipsis sino pura conspiranóia? ¿Qué el anuncio del fin de los tiempos con su juicio final y sus pocos elegidos entre los muchos llamados que sobrevivirán al holocausto final que llevará consigo, como toda guerra, el Armagedón entre las fuerzas del mal y del bien? ¿Acaso no era conspiranóico Churchill para sus adversarios políticos, cándidos seguidores del buenista Neville Chamberlain? ¿No eran afirmacionistas los que creían que la Tierra era plana y que el Universo giraba a su alrededor o, más recientemente, los que pensaban que cerrando las ciudades y las casas o tapándose la cara podían vencer a la Peste Negra? ¿No era, en fin, negacionista de las doctrina médica universalmente aceptada la opinión de un tal Robert Koch? ¿Acaso no lo era la de toda la ciencia médica anterior a 2019 que desechaba como medio de lucha contra epidémica el confinamiento masivo de la población o la necesidad de cumplir los plazos de comprobación de nuevos medicamentos y vacunas por muy grave que fuera la enfermedad?

¿Por qué no se permite usar medicamentos experimentales en enfermos desahuciados por gravísimas enfermedades como el cáncer y, sin embargo, se autoriza el uso masivo en toda la población de unas vacunas experimentales para una enfermedad con una mortalidad del 0,026%?

Es algo tan demencial lo que está ocurriendo que sólo podemos explicarlo racionalmente apelando a la racionalidad negacionista, crítica, escéptica… conspiranóica que ha presidido todos los grandes avances de la Humanidad desde que se abandonó la senda de la superstición medieval, esa de los confinamientos, los guetos la persecución de los herejes, los linchamientos, los autos de fe, la Inquisición veladora de la verdad… Porque esa actitud minoritaria, selecta, clarividente es la que ha salvado a la Humanidad del terror de la Madre Naturaleza, máxima expresión de la crueldad, la inhumanidad y el globalismo, que los años treinta del siglo pasado reprodujeron con espeluznante eficacia: nazismo, comunismo, persecuciones, holocaustos, gulags, guetos, ariernachweis… estrellas de David.

Es imposible entender el sinsentido científico de las vacunas sin contemplarlas como un simple instrumento para lograr un objetivo de ingeniería social de proporciones equivalentes a la inaudita unanimidad de los diferentes poderes de distinto signo político o profesional a la hora de imponer por medios absolutamente dictatoriales lo que quiera que hay en esas llamadas “vacunas”.

Un marcador para detectar quién verdaderamente se ha vacunado. Una especie de código QR para detectar los falsos pasaportes verdes (nunca antes ese color fue símbolo de sumisión, pobreza y terror como ahora). Un método infalible para localizar y, eventualmente, castigar a los negacionistas que adquieren y emiten falsos salvoconductos con los que poder disfrutar de los derechos fundamentales del hombre, esos que la ONU ensalza en sus púlpitos digitales y persigue en las calles. Un certificado de pureza sanguínea para separar (eso es el apartheid) de la sociedad a los falsos conversos a la fe afirmacionista de la Nueva Normalidad, esa que ya, a lomos de la inercia social, del poco a poco no duele, del goebbelsiano y eficacísimo truco de “una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”, se ha implantado sin que se produzca la más mínima oposición. Como en la Alemania Nazi, en la Unión Soviética o en Corea del Norte. Exactamente igual.

Un mecanismo emisor mediante el que se puede captar un amplio rango de información de las personas, desde su localización hasta su estado emocional, sus constantes vitales, sus características genéticas… sus conversaciones o. por qué no, sus opiniones.

Un electrodo subcutáneo que hagas las veces del electrodo que el Doctor Rodriguez Delgado implantó en el encéfalo de un toro bravo allá por los años sesenta y con el que fue capaz de detener a la bestia con sñolo apretar un botón. Un Stimociver incorporado con las vacunas y mediante el que se pueda cambiar el estado de salud, anímico o, incluso cognitivo de las personas. Un perfecto mecanismo de control global oculto bajo la piel y, lo más importante, bajo toneladas de ingeniería social aplicada mediante los medios de comunicación de masas, las redes sociales… y el chantaje político, social y laboral.

Pensaba que las vacunas obedecían a un objetivo político de las clases dirigentes occidentales blancas que habían caído, y sólo ellas, en la trampa de la falsamente grave pandemia extendida por China con la imprescindible colaboración de la OMS y de los grandes medios de comunicación. Unas vacunas placebo para detener la ruina y la dictadura a la que había sometido a sus ciudadanos, ahora súbditos y siervos, sin tener que reconocer su error: “La pandemia era realmente lo suficientemente grave como para justificar las medidas que tomamos, pero ahora todo volverá a la (nueva) normalidad con las vacunas” (https://ozyesite.com/2020/09/09/hipotesis-b/). Yo creía que era un simple truco político para que nuestros ineptos (ahora veo que, también miserables) líderes obtuvieran impunidad y, de regalo, más poder. Pero tengo que reconocer que cada día que pasan sosteniendo esta infame, medieval y, ahora ya, dantesca farsa, me veo en la racional obligación de aceptar la posibilidad de una hipótesis absolutamente conspiranóica, crítica, heterodoxa… científica: Las vacunas son la marca de la Bestia. Y la bestia que ha puesto de acuerdo a todos los poderes de este mundo casi sin excepción no puede ser de este mundo. Al menos, no del mundo tal y como lo conocemos. Tampoco, necesariamente, de un mundo sobrenatural.

Tal vez sí de un mundo paralelo en el que la Bestia tiene forma de dragón y del que nuestros poderosos no son más que simples encargados de la granja en la que están marcando a sus reses humanas para algo.

¿Para matar a su ganado? Eso no lo hace ningún granjero. Luego, sólo puede ser para todo lo contrario: para multiplicarlo y encerrarlo en granjas intensivas, hacinados, aislados, inmovilizados, privados de todo excepto de pienso, agua, dedicados sólo a producir con el mínimo coste lo que sea que obtienen de nosotros.

O, tal vez, sí, Tal vez sea el instrumento del juicio final. Quizá sea lo que parece: Un brutal sistemático, eficaz y limpio holocausto. Idéntico en sus principios básicos al de los trenes y los campos de exterminio. Por eso hay naciones en las que apenas se vacunan y, otras, en el que la presión para vacunar a la gente alcanza límites totalitarios impensables hace pocos meses.

Cara o cruz: granja global viviendo en instalaciones tercermundistas como las gallinas y las vacas o campo de exterminio. Esa es la única incógnita. Todo lo demás es de una certeza espeluznante, visto con ojos racionales, científicos… conspiranóicos.

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