Ciberlítico

1 Mayo 2021

La vida se sustenta en el carbono, pero el principal objetivo político de la Nueva Normalidad es la descarbonización.

El inconsciente colectivo es un fenómeno poco estudiado porque en él residen claves importantes para entender la facilidad con la que se pueden instaurar mediante ingeniería social casi cualquier idea o norma (normalidad) sin la más mínima oposición. Y ese inconsciente colectivo, que se expresa no sólo en las ideologías y consignas explícitas sino, también, en el cine, la literatura, los seriales…, nos habla de algo que todos saben, consciente o inconscientemente, y todos callan. Estamos a punto de entrar en una nueva era de la Humanidad que sustituirá al Neolítico: El Ciberlítico. Y el Ciberlítico consiste, en última instancia, en descarbonizar la vida humana, en sustituir poco a poco el soporte orgánico de nuestra conciencia, basado en el carbono, por otro tipo de soportes basados en diferentes elementos químicos.

Sí, el transhumanismo.

¿Esto es bueno o es malo? Ni una cosa ni la otra. Es inevitable.

Creced y multiplicaos.

Para una sociedad basada en la ganadería extensiva en terrenos inmensos y pobres, con una tecnología atrasada y una densidad demográfica extraordinariamente baja, el problema no es el impacto sobre el medio ambiente ni sobre la calidad de vida humana, sino ganar la batalla a la poderosa y cruel Naturaleza que los rodea.

Cuanto más ganado, más personas pueden alimentarse. Y cuantas más personas tenga un grupo humano, mayor es su poder para conseguir territorios y recursos con los que alimentar más ganado. Ese es el motor del Neolítico, la fuerza que aún controla nuestras vidas, nuestras ideas y nuestras creencias.

Todo, desde la religión a la moral, pasando por la posición de la mujer y de los individuos no reproductores, la política, la tecnología o la economía, viene condicionado por ese principio ganadero neolítico que genera, como producto final sin el cual se derrumba el sistema, una burbuja poblacional.

En cuanto las condiciones ambientales lo permiten, esa pulsión por el crecimiento ganadero y humano que se extiende al resto de la actividad económica (El progreso económico es sinónimo de “crecimiento”, no, por ejemplo, de calidad o felicidad), lleva a que esa burbuja poblacional se dispare, dado que desaparecen sus depredadores naturales, fundamentalmente climáticos.

Frio y calor. Sequedad y humedad. Escasez y abundancia. Esos son los términos que determinan la realidad de los humanos.

Cuando vivíamos conforme nuestro diseño anatómico, fisiológico, psicológico y social construido a lo largo de cientos de miles de años, como omnívoros depredadores de grupo, el control de la población humana estaba garantizado por los mecanismos naturales. La densidad demográfica dependía directamente de la abundancia de recursos alimenticios, especialmente de presas animales. Era imposible que se creara una burbuja poblacional porque la razón predador/presa no lo permitía. Los cazadores humanos, con la tecnología paleolítica, nunca podrían convertirse en una amenaza para ningún ecosistema abierto ni para su propia “forma de de ser”, es decir, para sus posibilidades de ser felices, algo que forma parte consustancial de la naturaleza humana.

Con el final de la última glaciación, los humanos cambiaron de paradigma y, aun conservando su diseño de cazadores de grupo, se convirtieron en pastores, primero de otras especies y, rápidamente, también de otros humanos, comenzando por las mujeres. El Neolítico no es fundamentalmente un sistema económico, social y cultural basado en la agricultura, sino en la ganadería. La agricultura forma parte de la tecnología necesaria para sostener un modelo de ganadería intensiva, como lo es la construcción de granjas intensivas (las ciudades) y los complejos sistemas de control del rebaño humano (las ideologías, las creencias, los sistemas políticos jerarquizados…) Todo esto lo cuento con detalle en https://www.amazon.es/Homo-Simulator-Rafael-Ortiz-Garcia-ebook/dp/B086Z38P2Z.

Conforme la tecnología se fue desarrollando impulsada por la necesidad de lograr cabañas ganaderas (humanas) mayores, se fueron creando ecosistemas artificiales, los tecnosistemas, que imitaban unas condiciones favorables para la vida y, por tanto, para el crecimiento de la burbuja poblacional. ¿Cuáles son esas condiciones que imitan nuestros tecnosistemas? Calor, humedad y altos niveles de CO2.

Nunca fue mal año por mucho trigo.

La abundancia de recursos deriva en un incremento de la biodiversidad y de la “cantidad” total de vida vegetal y animal. Y esa abundancia de recursos va unida, indefectiblemente, al calor, a la humedad y al CO2, que es en el principal alimento de las plantas, principio de la cadena de la vida basada en el átomo de carbono de la molécula de CO2. Esto es algo tan evidente que sólo la extraordinaria capacidad del sistema ganadero neolítico para conformar las creencias de la sociedad puede explicar que la opinión pública defienda lo contrario.

Un clima frío conlleva menor nivel de humedad, es decir, mayor sequedad y niveles más bajos de CO2, lo cual implica un menor desarrollo de la vegetación que, a su vez, permite un menor número de animales. La vida, en su conjunto, disminuye cuando las condiciones ambientales son frías, secas y con bajo nivel de CO2. Y eso no es bueno para ningún organismo vivo. Tampoco para los humanos.

Pero, si las épocas cálidas son, sin ningún lugar a dudas, más favorables para la vida y, por tanto, para los humanos ¿Por qué se intenta imponer la idea contraria? ¿Qué endiablado propósito se esconde tras ese empeño por limitar el principal alimento de las plantas y luchar contra el calentamiento global?

¿Un pastor que quiere reducir su rebaño?

¿Hay alguien que viva de la ganadería y quiera reducir su rebaño para que sus animales sean más felices viviendo libremente en un espacio abierto con recursos suficientes para alimentarse y sin depredadores que los amenacen? ¿En serio? ¿Eso es lo que decimos que quieren hacer esas mismas élites a las que acusamos de vivir nuestra costa, explotándonos; esos que cuantos más seamos nosotros mejor viven ellos?

No, hombre, no. Las élites de verdad no quieren quedarse sin negocio. Y su negocio somos nosotros, el ganado humano.

Y, sin embargo, el rebaño defiende que cada vez seamos más. “No permitáis que las diabólicas élites reduzcan la población. Defendamos la vida”. Los pastores encantados. Pero ¿de verdad les interesa a los noruegos que su país triplique su población, preferentemente con gente multicultural del Tercer Mundo? ¿Para qué? ¿Para tocar a menos (no seas egoísta)? Bueno, pues esa es la respuesta automatizada por los virus ideológicos con los que manejan a una mayoría de los humanos. Tocar a menos para que los granjeros ganen a más gracias a que cabe más ganado en la misma granja consumiendo la misma cantidad de comida y energía… Traducido, claro, a términos de ilusionismo moral: solidaridad, igualdad, humanidad… Recuerda: No seas egoísta. Comparte. Costea los hijos que otros han decidido alegremente tener porque sí o porque se lo mandan sus principios.

Pero la realidad, al final, manda. Y ya estamos en el final.

Las señales conscientes e inconscientes de que nos aproximamos a un cambio de ciclo determinado por el fin de las benignas condiciones climáticas del periodo interglacial y por el desarrollo tecnológico y científico, se ven oscurecidas por la inercia del sistema ganadero neolítico, que pretende mantener viva la burbuja, tratando a toda costa de que no disminuya la población.

¿Por qué dicen, entonces, que hay que evitar el calentamiento y el CO2 si eso permitiría tener una mayor cabaña ganadera humana? ¿Qué persigue esa inmensa y grotesca mentira? Pues, sencillamente, incrementar la rentabilidad del negocio y garantizar la supervivencia del mismo el máximo tiempo posible. No es salvar al planeta, es que aceptemos vivir con mayor pobreza, sin movernos mucho para no gastar energía improductivamente, hacinados en jaulas domésticas, aislados unos de otros para que no despierte nuestra naturaleza de depredadores de grupo y nos rebelemos, elevar al máximo la población con el mínimo de recursos y sin que ensuciemos mucho la granja.

Para los granjeros, es la cantidad. Para los humanos verdaderos, la calidad. ¿Qué elijes tú?

El bienestar económico se encuentra de tal forma ligado al crecimiento, que el control o, peor aún, la reducción de la población se considera una catástrofe económica. Pero el incremento de la población, brutal en las zonas más pobres del planeta, sólo puede ser sostenido por el desarrollo científico y tecnológico capaz de sostener una cabaña ganadera en crecimiento constante intensificando las instalaciones, lo que implica una serie de consecuencias para la inmensa mayoría de la población, el rebaño, que no afectan a la minoría, los pastores o granjeros.

Hacinamiento, inmovilidad, aislamiento y pobreza para reducir de las necesidades alimenticias, de bienes materias y de exigencias de libertad incompatibles con la intensificación ganadera. Hay que reducir el nivel de vida de los rebaños que gozan de unas mejores condiciones materiales y de libertad de movimientos, el primer mundo, para repartir entre todos (igualdad, solidaridad, justicia social) y que haya suficiente. La sostenibilidad, la salud alimenticia, la protección sanitaria… todo eso no son más que eufemismos para ocultar los principios de rentabilidad e intensificación de las instalaciones ganaderas humanas. Todo, menos atacar el problema de la burbuja poblacional que, se quiera o no, va a estallar en muy poco tiempo. De hecho, ya ha empezado a hacerlo, al unísono de los desesperados esfuerzos de los granjeros para implementar unas condiciones de ganadería intensiva global, concretados en la dictadura vírica, el cambio climático y la igualdad disfrazada de “normalización de las diferencias” para ocultar la imposición de la uniformidad del único aspecto que le interesa a un ganadero: la sumisión del rebaño.

El desarrollo de la automatización, la inteligencia artificial y la robotización, hará completamente innecesario el exceso de población humana tanto en términos económicos de producción/consumo como de seguridad y competencia entre grupos. No hará falta traer al mundo ni moldear seres humanos equivalentes a herbívoros domesticados para que los humanos verdaderos puedan vivir en las mejores condiciones para hacer lo que les es propias: buscar la felicidad libremente, sin ataduras materiales ni laborales, con todo su tiempo para ellos mismos, como hacen ahora las minorías dominantes que, cínicamente, defienden la necesidad de que siga incrementándose la población a costa de reducir su nivel de vida para mantener o incrementar el de ellos.

Pero mantener el crecimiento de la población, en lugar de reducirlo de forma no traumática, sólo va a ocasionar mucho más sufrimiento hasta que se llegue al estallido de la burbuja y, entonces, esa reducción se produzca de manera cruel y masiva. Y, mientras tanto ¿Qué es lo que se busca? ¿Una creciente masa de desempleados viviendo en condiciones de pobreza sostenible con rentas sociales equivalentes, como mucho, a clases bajas del Primer Mundo? ¿Importar burbuja poblacional del Tercer Mundo para sostener la estafa piramidal de las pensiones del Primer Mundo y que, finalmente, ese Primer Mundo se convierta en Tercer Mundo?

¿Cuál es la razón para no iniciar ya un programa con el que detener y reducir la población?

Motivos irracionales basados en creencias religiosas de unos pastores nómadas que vivían hace más de tres mil años en el desértico Oriente Medio, argumentos tautológicos creados por la misma dinámica piramidal en la que se sustenta la economía ganadera neolítica adicta al crecimiento para sostener la adicción a la calidad de los granjeros o, simplemente, razones de manada, automáticas, absurdas hasta la nausea como, por ejemplo, que los humanos sólo ocupan un porcentaje ínfimo del espacio disponible en la Tierra.

¿Cuál es la razón para traer al mundo a cuanta más gente mejor? ¿Defender la vida? El discurso ganadero ha identificado crecimiento demográfico sin control de ningún tipo, ni natural ni artificial, con la defensa de la vida. La vida ¿de quién? ¿de los que no ni siquiera han sido concebidos? ¿La vida de los no vivos a costa de la de los vivos?

¿Qué haremos con esos millones de máquinas humanas de carbono que hemos acumulado para evitar la “catástrofe demográfica” cuando las maquinas de silicio trabajen por nosotros? ¿Una pensión y a encerrarse en sus casas, sin salir de su condado, viviendo sosteniblemente en términos de rentabilidad ganadera traducidos a nobles ideales? Y así ¿Hasta cuánto? ¿10.000, 20.000, 100.000 millones de habitantes?

¿Quién quiere vivir hacinado como las gallinas o los cerdos en las granjas intensivas? Claro que caben muchos más humanos en el mundo. Pero, si a los pastores de Oriente Medio de hace más de tres mil años que defendían el “creced y multiplicaos” les dijeran si quieren vivir en las condiciones de hacinamiento a las que llevan sus creencias y valores, la respuesta sería que ni en broma. ¿Somos nosotros más tontos que ellos? ¿Tenemos un diseño psicológico distinto? ¿Somos como los herbívoros gregarios capaces de vivir en plenitud hacinados y confinados en una inmensa manada?

Este es el escenario al que nos dirigimos. Un mundo en el que las maquinas nos liberen del trabajo, sin necesidad de esclavos o rebaños humanos, viviendo como deseamos que lo hagan las gallinas y las vacas, en espacios libres y sin hacinamientos, igualados todos por arriba, en la riqueza y dedicados a la gran aventura de la vida humana: la búsqueda de la felicidad.

Este es el marco en el que se están desarrollando ya los acontecimientos. Ignorarlo implica dejarse engañar por la información interesada o la contrainformación de los diferentes grupos de poder, ideológicos o económicos. Y, también, desde un punto de vista colectivo, ir derechos a una tragedia mucho mayor de lo que debiera si implantamos ya las mismas medidas que han hecho que en China, con su política de hijo único, vivan mucho mejor que en la India. Porque allí, el freno a la explosión demográfica no ha significado una tragedia económica, sino al contrario. Y, quien no lo crea, que con el mismo nivel de ingresos tenga, en lugar de dos, cuatro, cinco o siete hijos como sucede, por ejemplo, en Níger.

El Ciberlítico, nos guste o no, ha llegado. Lo que ahora mismo se debate es cómo vamos a entrar en él. Si de la forma más ordenada y lo menos dañina posible o cebando la burbuja poblacional para que su explosión sea lo más dañina posible. Todo lo demás son historietas ideológicas, filosóficas, políticas, religiosas o económicas que dentro de nada, antes de que la mítica y milenarista Agenda 2030 se muestre como el mismo engaño supersticioso que el “fin del mundo en 2012”, se habrán olvidado. Lo único que podemos hacer es, o regresar a la Edad Media prohibiendo el desarrollo científico y tecnológico, o asumir ya lo que dicta la razón, esa que, dicho sea para los creyentes, nos dio Dios junto al libre albedrío para guiarnos por el principio de la paternidad responsable, que consiste en ajustar la natalidad a las condiciones actuales o venideras para garantizar la máxima felicidad de las personas vivas y no para cebar una burbuja que sólo tiene sentido en un sistema que convierte a las personas en pastores y rebaños.

El Ciberlítico no viene para exterminar a la humanidad, sino para liberarla de la necesidad de trabajar y explotar a los demás. Y el precio por haberlo hecho durante milenios es reducir la población. Resistirnos a pagar implica que el precio se incrementa. Empezar a pagar implica detener la explosión demográfica y hacer responsables de sus consecuencias a quienes la generan. No alimentarla con moralinas, inútiles obras de caridad o demagogia política.

¿Cruel?

Más cruel es la miseria. Y más aún lo será la realidad que está entrando por la puerta sin que nos permitan verla, porque saldríamos en estampida para recuperar nuestra verdadera condición humana, no importa si estamos hechos de carbono o de silicio:

La libertad.

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