Ariernachweis

26 Marzo 2021

La libertad es lo más cerca que podemos estar de Dios.

El NSDAP (Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán), como el PNF (Partido Nacional Fascista) se ubicaban a sí mismos en una lejanía equidistante tanto del marxismo como del capitalismo. Exactamente igual que la socialdemocracia y sus allegados, entre los que se cuentan los democristianos (socialcristianos, en versión germana) y la Iglesia, cuya línea social fluctúa entre el marxismo y esa tercera vía socialdemócrata. También los movimientos “buenistas” surgidos como efecto secundario de la vida fácil y regalada de las nuevas generaciones occidentales y blancas, de los que hábilmente se han apoderado y reciclado en favor de sus intereses los que sueñan con ocupar el lugar de privilegio del que, por poco tiempo, disfrutan esas generaciones de niños de papá.

El gran problema de los idiotas es no tener ningún problema.

En absoluto es anecdótico y casual que uno de los dos partidos que vertebran la cleptocrácia instaurada en España tras la muerte de Franco se denomine Partido (nacional)socialista Obrero Español (PSOE). Como no lo es que, tras la última gran guerra, se promulgara de facto (todo es “de facto” fuera del estado de derecho) un decreto de impunidad que condenaba a la horca a uno reducido número de señalados chivos expiatorios (las masas se contentan con poco) y dejaba a la inmensa mayoría de los partícipes en una de las dos grandes masacres que ha sufrido la Humanidad (la otra es la del comunismo) a salvo de la justicia, cuando no reclutados y premiados para conformar la élite de lo que sería la Europa del bloque Aliado.

El espíritu del nazismo quedó perpetuado en lo que daría lugar a la actual UE, de donde acaba de irse la verdaderamente antinazi y anticomunista Gran Bretaña, incapaz de soportar el hedor que ese remedo de III Reich actualizado en las formas y, ahora, consolidado en el fondo desprendía. Tampoco es casualidad que sean los vecinos de aquél primer intento de “unir” Europa bajo la batuta alemana (hoy el país galo es de nuevo una Francia de Vichy), aglutinados en el grupo de Visegrado, los que, aún fresca la memoria de los dos socialismos, el nacional y el internacional, opongan una resistencia heroica a las huestes burocráticas y financieras de este segundo intento de “unión” con sede en otra “B”: Bruselas.

Tampoco es anecdótico ni casual que el “(nacional)socialismo(demócrata)”, agrupado en la Große Koalition, aúne el pensamiento único de una ideología atrozmente colectivista con la sangre y los genes. Antes fue el estigma racial. Ahora el viral. Axiomas sanguíneos que soportan con burda lógica la imposición del un régimen liberticida que, antes o después, deviene en asesino (no lo olvide nadie), que cada día que pasa se parece más a aquél contra el que lucharon los países libres, liderados y prácticamente reducidos a mundo anglosajón heredero de la Glorious Revolution y de la Revolución Americana, que terminó por extenderse y conquistar a la antigua metrópolis británica en tiempos de Margaret Thatcher.

Antes fue el ariernachweis. Ahora el pasaporte verde. Ambos con las mismas consecuencias: establecer dos clases no ya sociales sino humanas con diferentes derechos, libertades y, final e inevitablemente, nivel de vida. Pero esto no es un asunto improvisado sino un paso mas en la instauración totalitarismo que, al igual que su gemelo comunista, creíamos haber derrotado los que sí nos consideramos hijos de la libertad.

Ambos, ariernachweis y pasaporte verde, son una marca de sangre. La verdadera marca de la Bestia, ahora plasmada en un código QR.

Ambos, la raza aria y el PCRvirus, son un invento, una mentira, una farsa patética y risible si no fuera por las terribles consecuencias que deparó una y las que, si no lo remediamos, traerá sin la menor duda la otra. Toda la parafernalia pseudocientífica en la que se envolvió el supremacismo racial del III Reich es exactamente de la mismo índole que la que está arropando al nuevo proceso totalitario que hace estragos, muy especialmente, en los países occidentales de mayoría blanca.

La sangre. Todo vuelve a estar en la sangre en lugar de en la mente y la voluntad de las personas. Y, ante la sangre, sólo cabe el sometimiento. No podemos decidir quedar al margen de la raza o de la pandemia, porque el eje de la vida social y, para quien lo acepte, también de la personal, ha pasado a situarse en algo ajeno a la libertad individual y ahora depende de la voluntad de los amos respaldada por lo que llevamos dentro de forma inevitable, como una versión moderna del pecado original. Eso es que confiere el poder a nuestros tiranos, como a los de antaño era Dios. Instancias extrahumanas ambas, ante las que la resistencia es ceguera o maldad criminal contra la salud pública.

En el mundo comunista, el gemelo internacional del nacional(socialismo), la disidencia, la resistencia a la opresión y la miseria, era y, camufladamente sigue siendo, un problema de salud pública. Los disidentes eran (y son) curados (reeducados) de su enfermedad mental-ideológica causada por la infección de la pandemia liberal-capitalista. Se hacía en los gulag y en los campos de reeducación. O en los de exterminio para atajar la enfermedad eliminando los casos incurables.

El socialismo internacionalista, que no se sustentaba en la sangre, sino en la profesión de fe, ahora confluye con el socialismo nacionalista y el dogmatismo medieval en el PCRvirus, una entelequia encarnada mediante falacias y engaños ante la que sólo cabe creer o no creer, Afirmacionistas contra negacionistas. Curioso que nadie se haya planteado que estamos ante una cuestión de fe, religiosa o laica, pues esa (no darse cuenta) nos revela hasta qué punto ha cristalizado la Nueva Normalidad (de eso se trata). Sangre, fe, creyentes y herejes.

Los hierros ganaderos sólo nos indican una diferencia: la que existe entre los miembros del rebaño y los animales asilvestrados. Todo lo demás son luchas internas entre granjeros publicitadas para robarse el ganado unos a otros.

Guetos para encerrar a la población cuando y donde conviene. Controles de carreteras, aeropuertos y trenes para impedir la movilidad sin pasaporte verde. Acceso vetado a la educación, la creación de empresas o el trabajo, incluso la diversión. Censura de las opiniones desafectas y de las noticias perjudiciales. Limitación de los contactos sociales y disolución de la identidad individual. Cartillas de racionamiento por sostenibilidad ambiental, lucha contra el cambio climático y solidaridad multicultural. Confinamiento selectivo en centros de internamiento para, disidentes , negacionistas y contaminados por la impureza… Muerte civil y, finalmente, física mediante una soterrada eugenesia de ancianos y enfermos crónicos.

¿No está sucediendo todo esto delante de nuestras narices sin que, igual que ocurrió entonces, queramos darnos por enterados? ¿Acaso no existe ahora la misma presión social por parte de los que luego se derrumbaban al ser obligados a sacar los cadáveres de los campos de concentración que había junto a sus casas? ¿No se soporta la instauración del totalitarismo en las mismas masas de fanáticos dispuestos a seguir al pié de la letra las mentiras afirmacionistas que los medios del información y propaganda difunden mil veces para convertirlas en verdad?

No es una anécdota sin importancia ni, tampoco, una casualidad aislada que se haya aprobado en el Reichstag de Bruselas el nuevo ariernachweis, el pasaporte verde, el medieval estatuto de pureza de sangre. No es simplemente un paso más dentro de la lógica totalitaria que revirtió el triunfo aliado en Europa con el pretexto de la Guerra Fría y que instauró un neofeudalismo de señores y siervos a los que robar, exactamente igual que en el medievo, la mitad de su trabajo y fortuna, bajo el mismo pretexto de protegerlos y con la misma consecuencia de someterlos. El pasaporte verde no es una medida más, sino el límite sin marcha atrás entre una nueva normalidad y un régimen dictatorial perfectamente homologable a lo que sería un IV Reich o, todo es posible, una nueva URSS. Al fin y al cabo empezaron la II Guerra Mundial juntos y juntos la están terminando tras ese final en falso: Yalta.

Aún mucho peor. Gran Bretaña y toda su Commonwealth, junto a EEUU, en buena medida igual que ocurrió hace ochenta años, se encuentran seducidos por las ideas regeneradoras (reseteadoras) de la Nueva Normalidad de la pureza de sangre, los liberticidios salvadores, las vacunas estigmatizadoras, los hábitos de sumisión asentados en apenas unos meses y las supersticiones milenaristas. Quizá, cuando despierten, si lo hacen, ya no tengan tiempo ni fuerzas para repetir la hazaña de las playas de Normandía. Quizá sólo puedan inventar una versión propia, superficialmente distinta del Nuevo Orden Mundial de los mil años, segunda parte de la mayor monstruosidad causada por el peor invento humano: las ideologías. Y, dentro de estas, el nacional o internacionalsocialismo. Da igual.

Quizá no importe lo que hagamos, porque la inercia de los hechos consumados disipa todos nuestros esfuerzos. Quizá ya sólo podemos elegir entre llevar la marca en la sangre para obtener el PCRnachweis o negarnos y convertirnos en parias, en prisioneros de los nuevos konzentrationslager o miembros de una resistencia condenada de antemano a la derrota, porque nunca jamás luchó. Tal vez hemos sido preventivamente engañados por nuestros propios generales, que nunca tenían previsto dar esa titánica batalla. Tal vez todo estaba decidido desde hace muchos años y los conspiranóicos, voluntariamente convertidos en caricaturas de su verdad, tengan razón. Pero, aun así, hay algo que grita en nuestro interior. Algo todavía sano:

¿Que es esta locura? ¿Qué clase de inercia nos arrastra para que no veamos lo que ocurre… por segunda vez? ¿Cuándo se perdió la guerra?

Después de la decisión que acaba de tomar el Reichstag de Bruselas, y que seguirán los dirigentes del (único) partido, las únicas opciones son rendirse o luchar. Luchar de verdad, haciendo todo el daño posible al enemigo. O rendirse también de verdad y dejar de lloriquear en los abrevaderos de Internet, asumiendo, como están haciendo uno tras otro los que hace apenas unos meses clamaban contra la plandemia, que existe el bicho, que es una amenaza para la Humanidad, que sólo perdiendo la libertad y, los bancos occidentales, la prosperidad podemos salvarnos y salvar al planeta y que las vacunas que no quieren garantizar quienes las fabrican son una bendición y no el instrumento para separar a los humanos en dos categorías: Los convictos y los que gozan de libertad vigilada.

El IV Reich ha sido proclamado en Bruselas. Los pródromos de una invasión. Cuando lleguen las carabelas surcando el cielo, encontrarán manadas de corderos marcados con PCRnachweis, y algunos lobos enjaulados al otro lado de las barras del código QR que se negaron a obtener.

¿Exageración?

Mira a tu alrededor… y espera tan sólo unos meses.

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