Impunidad

10 Marzo 2021

Hace un año el mundo se adentró en una niebla medieval en la que las sociedades más avanzadas de siglo XXI aceptaron planteamientos políticos, y sanitarios completamente irracionales y precientíficos basados en métodos de lucha epidemiológica que se centran en el confinamiento, el oscurantismo (prohibición de autopsias, secreto de la composición de las vacunas…) y una persecución contra la disidencia racional y científica que ha servido, paradójicamente, como semillero de las mas variadas teorías de la conspiración. Todo envuelto en un ambiente apocalíptico caracterizado por lo inexplicable en términos de “normalidad lógica” de la mayor parte de los sucesos, entre los que cabe destacar:

  • La desproporcionada reacción hasta niveles de histeria colectiva ante una epidemia catalogada como “pandemia” por el mismo organismo internacional, la OMS, que auguró hace un año cientos de millones de muertos en todo el mundo. Una enfermedad producida por un coronavirus que nunca ha sido aislado ni secuenciado y que ha contagiado, presuntamente, hasta la fecha a un 1,5% de la población mundial y matado al 0,03%. Unas cifras epidemiológicamente ridículas por muy lamentable y dramática que resulte cada una de las muertes.
  • El tremendo poder que han mostrado los grandes medios de comunicación para manipular a la opinión pública de los países más avanzados, formados y libres del la Tierra.
  • El primer evento de censura a gran escala de las redes sociales llevado a cabo de forma coordinada por empresas del mundo libre exactamente igual que se venía haciendo en naciones totalitarias como, por ejemplo, China.
  • La insospechada facilidad con la que la población de la inmensa mayoría de las naciones democráticas ha aceptado una eliminación de derechos y libertades y un control y bloqueo de la actividad económica sin precedentes históricos en los últimos 100 años.
  • Y un último suceso que, sin duda, alimenta cualquier teoría conspirativa por muy extravagante que parezca: la práctica unanimidad de los lideres políticos, religiosos, económicos y hasta científicos sostiene la desproporcionada y, por tanto, falsa gravedad de una epidemia erigida en pandemia como pretexto para imponer un régimen liberticida con el que intentan sustituir a las antiguas democracias convertidas sigilosamente en demoscracias.

Es verdad que los acontecimientos han sido y siguen siendo de una envergadura y extravagancia (por decirlo con cierta moderación) impensable hace apenas año y medio. Pero también es verdad que no debemos dejarnos llevar por la histeria milenarista que ha dado soporte al disparate histórico al que asistimos en directo guiados por el relato subliminal, a veces groseramente evidente, de la nueva dogmática doctrinal, porque no todo es tan global ni trascendente ni, desde luego, todas las opciones pasan por asumir sin más el fatalismo, colectivismo y medievalismo en el que se pretende mantener enfocada la atención tanto de los creyentes afirmacionistas como de los herejes negacionistas.

¿Gran cambio Global? Para nada. La Nueva Normalidad se reduce a la estúpida ruina, pérdida de libertades y de poder geoestratégico del mundo libre occidental.

Quizá, con el transcurso de los años o, al ritmo frenético actual, de los meses, lleguen a materializarse algunas de las profecías interesadas que pululan por ahí. Pero, de momento, lo único que verdaderamente ha cambiado, a mucho peor, es la vida de los países libres, occidentales y de mayoría racial blanca. Pues en ellos se ha concentrado la pérdida de libertades y derechos (conquistados durante 500 años), de bienestar económico y de poder geoestratégico. El resto del planeta, incluidas las democracias “asiáticas”, las naciones del Tercer Mundo o en vías de desarrollo sin mayoría racial blanca y las naciones herederas del bloque socialista de la Guerra Fría, como Rusia o, especialmente, la gran ganadora de todo esto, China, siguen más o menos igual que estaban, si acaso habiendo acusado de forma indirecta, atenuada y con desigual suerte la crisis económica que el “occidente blanco” se ha autoinfligido sin absolutamente ninguna necesidad.

Las únicas víctimas, protagonistas, autores y cooperadores imprescindibles de esta brutal y estúpido cambio a peor hemos sido los europeos, los norteamericanos y algunas naciones de Iberoamérica. Nada más… Y nada menos. Así que, de gran cambio global, de nuevo orden mundial, de reseteo, nada de nada. Un simple, por muy descomunal y absurdo que sea, cambio de hegemonía política, tecnológica, militar y económica, cuya particularidad más reseñable consiste en que han sido los dirigentes de esos países los que los han autoderrotado, condenando a sus ciudadanos a un presente y un futuro que retrocede quinientos años hacia el pasado. Nuestros dirigentes, ayudados de forma decisiva por dos cosas: los medios de comunicación de masas y una mayoría de la población que, por lo que se ve, no estaba realmente inmunizada contra el totalitarismo, la irracionalidad y la sumisión. Y, ya se sabe: cuando algo no se merece, tarda poco en perderse.

Podemos darle muchas vueltas al asunto. Perfilar matices, ofrecer disculpas y justificaciones , ofrecer razones sacadas de la manga más ancha que podamos encontrar. Pero la realidad es esa: Ha sido demasiado fácil robar la libertad y prosperidad de los occidentales de raza blanca. Y aquí sí se debería de hacer alguna reflexión que aporte algo de humildad al larvado supremacismo de nuestras sociedades que, a lo largo de los años de posguerra, parecen haberse poblado de niños de papá y nuevos ricos que no saben valorar lo que les donaron sus mayores y, precisamente por eso, se lo dejan arrebatar.

Pero hay otra razón mucho más profunda para entender por qué naciones enteras se han dejado robar la libertad y la prosperidad a cuenta de una farsa tan burda.

Una inmensa impunidad recorre la Historia y el presente. La desproporción no importa en qué época, lugar o circunstancias entre los daños ocasionados a millones de personas y el castigo sufrido por los responsables resulta espeluznante. Si miramos hacia atrás o a nuestro alrededor veremos que es la impunidad lo que domina las sociedades humanas apenas excepciones.

De todos los que participaron, colaboraron o, simplemente, consistieron sin ninguna justificación de peso los millones de muertos por el nazismo ¿cuántos pagaron sus crímenes? Prácticamente nadie. Es decir, se decretó una impunidad general, un silencio inmenso, un olvido atroz que amparó a los, como poco, cientos de miles que deberían haber pagado por sus acciones u omisiones criminales.

Si contemplamos los crímenes de las dos grandes naciones comunistas, la URSS y China, los millones de muertos encarcelados, torturados… es aún peor. ¿En Camboya? Apenas unos docena de condenados. Y, así, a lo largo de todo el mundo y todas las épocas, ideologías, creencias religiosas y sistemas políticos, incluidas las democracias consolidadas y regidas teóricamente por el estado de derecho, pero, en la practica, por los hechos consumados y la impunidad de la que disfrutan los poderosos, no importa el noble título que se adjudiquen y en los que, al final, todo les sale gratis a la inmensa mayoría con tan sólo invocar bienes supremos, catástrofes apocalípticas (la pandemia, recuerden) o, simplemente, incinerando en la plaza pública de los noticiarios algún chivo expiatorio.

Los grandes latrocinios disfrazados de crisis económicas sectoriales o generales, con sus secuelas de sufrimiento y desesperación, han quedado completamente impunes con tan sólo apelar a esos viejos trucos de lo que ahora se llama eufemísticamente “ingeniería social”. Sucedió en el 2008, cuando en palabras de uno de esos charlatanes, se iba a refundar el capitalismo, sobre bases más sólidas y justas, claro, que consistían en lo de siempre: que paguen los siervos, esos que a los que les encanta creerse pueblo soberano, ciudadanos libres y no sé cuántas cosas más. Y está sucediendo ahora mismo de forma aún más descarada y dañina con ocasión de la falsamente grave epidemia que nos ha llevado (nos estamos dejando llevar) a los inicios de las terribles dictaduras que han jalonado el siglo XX buscando lo que parece que ahora es novedad: el poder absoluto sobre la globalidad iniciada por las flotas españolas y portuguesas hace 500 años.

Esa impunidad, que se pensaba desterrada del mundo democrático, es la que mantiene a los mismos dirigentes que se dejaron engañar (vamos a pensar bien) por China y la OMS ante la disyuntiva de, por un lado, encubrir su error con la contrafarsa de las vacunas para zafarse de su responsabilidad y. Por otro, mantener el engaño pandémico gracias al cual sus antiguos ciudadanos, transformados en sumisos siervos, les han regalado un poder inmenso. Una tentación irresistible que explica el caos y los vaivenes de las políticas políticas sanitarias, económicas y (anti)democráticas.

La inmensa mayoría de la sociedad ha aceptado, sin ofrecer la más mínima resistencia, que nuestros dirigentes nos roben la libertad, el bienestar económico y el futuro.

¿Por qué?

La respuesta no es simple, por cuanto muchos factores intervienen en distinta proporción para explicar o, las más de las veces, justificar un comportamiento tan absurdo como renunciar a un bien sin ninguna necesidad y, además, defendiendo a quienes nos lo roban. Pero podemos hacerla muy sencilla si nos centramos en el principal factor explicativo: el “Síndrome de Estocolmo Ampliado”.

No hace falta perderse en disquisiciones eruditas ni exhaustivas relaciones de casos y ejemplos. La vida cotidiana, las noticias y la Historia están llenos de ellos, y sólo hace falta desnudar los hechos de la retórica con la que los disfrazan de necesidad, amenaza o virtud.

Y el hecho central de este escenario “dadaista” es que una inmensa mayoría de la población está aceptando que se implante un régimen totalitario bajo la justificación de una falsamente grave pandemia por los mismos mecanismos que sostienen a las sociedades de primates más férreamente jerarquizadas y que podemos resumir como “Síndrome de Estocolmo”, que consiste en justificar, defender o colaborar con quienes nos roban la libertad o la propiedad. No hay más, porque no es necesario decir más para comprender la simple y deprimente realidad que subyace bajo un suceso tan absurdo como el de la Nueva Normalidad (liberticida y empobrecedora) que se está instalando allí donde no existía: en el mundo occidental, avanzado, rico, democrático y de mayoría racial blanca (lo siento, es así)

¿Cómo opera este síndrome vertebral de las sociedades humanas en los individuos?

– Haciendo que deprecies tu fuerza individual o próxima y que contabilices tus activos en el pasivo. Tus fuerzas (familia, dinero, trabajo, posición social, libertad…) las transformas en debilidades, en cosas que puedes perder y no en cosas que te ayudan a luchar, armas con las que puedes atacar a tus agresores y moral con la que puedes alimentar tu fuerza y la de quienes te rodean. Tener dinero, posición social, familia… no es un hándicap sino una ventaja.

– Haciendo que te dediques a buscar alianzas (mayorías) y o a incrementar tu fuerza o la debilidad de los superiores jerárquicos

– Ensalzando la fuerza (y la razón) de los superiores jerárquicos muy por encima de la que poseen realmente. Son personas como tú, de carne y hueso, en cuanto las dejas solas, es decir, en cuanto les impides que se protejan en el anonimato de las masa, de la manada, de lo “público”, de la administración. En cuanto decides no luchar, legal o ilegalmente, contra ese colectivo de poder sino contra esa sola persona. En cuanto te dices y le dices: voy a por ti personalmente. No importa quién seas ni lo que me pase.

– Ayudando a controlar y castigar a los demás.

– Manteniéndote aislado, escondido, inmovilizado o mimetizado entre la masa para no señalarte y evitar ser el blanco de los depredadores con los que identificas a los poderosos en cuanto se visten (con pieles-uniformes) de seres superiores.

– No reaccionando, no defendiéndote. Incluso abrazándote literalmente a quien te golpea, te roba, de explota, te encarcela…

– Cediendo voluntariamente tus bienes, tiempo, dinero y esfuerzo para preservarlos. Como el mono abrazado a su agresor. Pensando, que perder la libertad es lo que te hace libre.

Este es el cartel sobre la puerta del campo de internamiento de la Nueva Normalidad: Einreichung macht frei (La sumisión os hace libres)

Pero ni la ley ilegítima ni la perversión de la ley obligan. Ser ilegal en esas circunstancias es lo más legal que se puede hacer. Y, en esas circunstancias, es en ti mismo donde reside todo lo trascendente de verdad. El resto es pura inercia, completamente indiferente a tu sufrimiento o tu felicidad. La sumisión no te hace libre. El Mundo, tampoco. Sólo tú puedes liberarte o encarcelarte con cada decisión. Incluso contra la imposición, decidiendo contra la fuerza, usar la fuerza.

Se suprime el estado de derecho, se establecen dos varas de medir según la ideología, la raza, el sexo… y los que salen perjudicados siguen acatando las reglas del juego que sus oponentes se saltan con total impunidad. Ahí están las redes sociales, única parcela realmente global y libre que nos queda, repletas de comentarios victimistas, quejándose de ese doble rasero mientras, al mismo tiempo, defienden mantener la “legalidad pervertida” y las desventajas competitivas que ellos sufren al jugar limpiamente (nosotros somos mejores, no podemos rebajarnos a sus métodos…) contra quienes juegan sucio y, además, protegidos por el árbitro y los espectadores teledirigidos por el megáfono oficial.

Absurdo. Increíble pero, sin embargo, machaconamente cierto. Defender la misma ley y orden que permite su incumplimiento y ampara a los ilegales cuya estrategia consiste en sembrar el caos y la violencia para ganar lo que tendrían perdido en cualquier sociedad verdadera y firmemente democracia.

¿Usar la fuerza en todas sus formas? Por supuesto, siempre que se den dos circunstancias: que te encuentres sometido a un estado de necesidad, es decir, que no puedas obtener para ti y los tuyos unas condiciones de vida mínimamente dignas y, la segunda, que el estado de derecho haya sido conculcado.

Es groseramente palmaria la ilegalidad de suspender los derechos recogidos en el artículo 19 de la Constitución Española si no es, como recoge el artículo 55 de la misma, mediante la declaración del estado de excepción o de sitio. Nunca bajo el amparo de la declaración del estado de alarma.

Es grosera y escandalosamente palmaria la discriminación en la exigencia del cumplimiento de la ley por razones de raza, sexo, ideología, religión… Tal es la evidencia que constantemente las personas de los colectivos discriminados negativamente, a los que no se les tolera ningún tipo de ilegalidad, denuncian en los medios de comunicación o, infructuosamente (como no podía ser de otra manera) ante la justicia, los hechos amparados por la ilegalidad consentida, en materia de inmigración, violencia callejera o presuntos delitos cometidos por la clase política.

Un inmigrante puede vivir tranquilamente infringiendo la Ley de Extranjería sin que las autoridades obligadas a a hacer cumplir la ley hagan nada en absoluto y sin sufrir las consecuencias legales de dicha omisión. Todos incumplen la ley y ninguno responde ante ella.

Las manifestaciones callejeras de colectivos discriminados positivamente en las democracias occidentales (BLM, antifa, izquierdistas, feministas, inmigrantes, musulmanes…) pueden alcanzar niveles de violencia extrema sin que se produzca la contundente acción que reclama la ley para reprimir a los delincuentes y evitar que inflijan daños a las personas o las cosas. De nuevo, la inmensa mayoría de los implicados, manifestantes y autoridades, quedan impunes.

Y, mientras todo esto sucede de forma cotidiana y ostentosa, los colectivos discriminados negativamente siguen defendiendo y cumpliendo la ley que, de hecho, no les ampara y, además, pagando devotamente sus impuestos para sostener ese estado de cosas (ya no Estado) en el que ellos son las víctimas. Y lo hacen amparados bajo los mismos argumentos que todas las víctimas afectadas por el Síndrome de Estocolmo: Alguien (los raptores, los carceleros, los matones, los tiranos, los líderes) tiene que salvaguardar el (arbitrario) “orden” bajo el que únicamente puedo estar seguro y, además, no puedo hacer nada pare defenderme. Así, cuando se presenta la oportunidad de escapar, de no pagar, de protegerse o acabar con los agresores, no lo hacen sino que, al contrario, justifican, disculpan, protegen y perdonan a sus agresores -protectores.

¿No es eso lo que está ocurriendo con los responsables de nuestra ruina, sufrimiento y pérdida de libertad?

En unos tiempos en los que todo invita a dirigir nuestra atención a los grandes sucesos y movimientos colectivos, resulta que lo verdaderamente importante es centrarnos en lo próximo, en lo asequible, en aquello que podemos hacer porque depende absoluta y únicamente de nosotros.

Eliminar el Síndrome de Estocolmo de nuestras vidas. Dejar de anteponer los intereses de quienes no nos aportan nada. Dejar de pensar que nuestros intereses no son legítimos o que son más legítimas las razones de los dirigentes que se oponen a ellos. Dejar de colaborar con el robo de nuestra libertad y nuestro bienestar material. Imponer un régimen de guerrilla a nuestro alrededor. Vivir constantemente en rebeldía. Impedir por todos los medios a nuestro alcance, legales o no, que nos roben la libertad, la propiedad, el talento, el esfuerzo, la esperanza, los sueños, la felicidad… Ser el centro de nuestras vidas. Volver a vivir desde nosotros y no desde ese avatar teledirigido por los virus mentales de las ideologías, las creencias o cualquier otra cosa que decida por nosotros haciéndonos pensar que somos nosotros.

Parecen sólo bellas palabras. Pero son la clave del verdadero poder. Ejercer de nosotros mismos. Escapar de nuestro verdadero raptor: la sombra temerosa y mezquina en la que vivíamos. Resetearnos en la dirección contraria a la que intentan que nos dirijamos voluntaria y estúpidamente. Porque ese es el verdadero Nuevo Orden Mundial, la Élite Satánica, el Gran Dictador: la sombra de nuestro verdadero yo.

Sólo bellas palabras. Pero, ¿que es lo contrario, sino palabras de oscuridad y postración? ¿Qué es aquello que nos impide ejercer nuestra fuerza contra los que, al fin y al cabo, no son más que personas como nosotros? ¿No son, también, simples palabras? Pues, entonces, elijamos las palabras con las que mandar y ganar.

Es así de sencillo… para quien no viva en permanente Síndrome de Estocolmo.

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