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Contrainsurgencia

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2 Marzo 2021

La mejor mentira es la verdad que quieres escuchar… desprovista sólo de ese pequeño detalle que perjudica a quien te quiere engañar.

Aparentemente los métodos y tácticas para acabar con la disidencia son muchos, muy complejos y sólo al alcance de los poderosos. Pero no es así. Porque resulta pasmosamente sencillo manejar a los humanos como si fueran reses, autómatas o androides de esos en los que dicen que nos convertiremos si permitimos que el progreso científico y tecnológico se extienda por el mundo a todas las capas de población exactamente igual que sucedió con los libros, la electricidad, los automóviles, la medicina o internet. Tan sencillo como llevar a cabo con éxito “diabólico” un plan con el que hacer perder a la Humanidad (occidental, democrática, próspera y blanca) su verdadera humanidad (el libre albedrío. ¿Recuerdan?), para que lo dejen todo en pos de los virtuosos bienes del espíritu (contemplativo y sumiso) y de la vida sencilla (pobres como las ratas).

En apenas un año, lo que hace tan solo dos resultaría increíble, está sucediendo: Que una mayoría (quizá no tan abrumadora como pensábamos) no conciba creíble poder vivir de otra manera que no sea sometidos, unos en la pobreza, quizá asistidos por la beneficencia de los nuevos señores feudales, otros, los desafectos que no poseen la marca de la Bestia, directamente en la marginalidad y la miseria.

Con todo, lo sorprendente no es que se instale una dictadura, sino que se haga en apenas un año, sin el soporte de una crisis económica con su correspondiente desesperanza social, sin usar la violencia, con todos los poderes públicos y privados colaborando y, además, que este golpe totalitario se de contra las sociedades más avanzadas, cultas y críticas de la Tierra. Sí, es verdad, algo parecido ya sucedió en la misma Alemania que hoy lidera el proceso de Nueva Normalidad. Pero, entonces, el III Reich se implantó a lomos de una crisis económica brutal, la Gran Depresión, y, ahora, esta replica multicultural de IV Reich en agraz es la causa de la depresión.

Cuando a comienzos de 2020, China lanzó su burda y simplista Operación Pandemia con la inestimable colaboración de la OMS, nadie podía sospechar que tendría un éxito tan contundente sin conocer, como ahora sabemos, que la práctica totalidad los líderes políticos, empresariales, religiosos y académicos del mundo libre, ese que venció al nacionalsocialismo y al internacionalsocialismo, estaban comprados de una u otra manera por Pekín.

¿Hay otra explicación creíble para explicar tal grado de unanimidad a la hora de traicionar los intereses de sus pueblos?

¿Cómo, sin la disciplinada colaboración de todas las instancias de poder, una hipotética enfermedad causada por un virus nunca secuenciado que, en el peor (y también falso) de los escenarios ha contagiado a poco más del 1% de la población mundial y matado al 0.03%, ha logrado derrotar, esclavizar y arruinar al mundo libre, vencedor de la II Guerra Mundial y de la Guerra Fría?

Todo es brutalmente evidente. Los únicos responsables de que perdamos nuestra libertad y bienestar económico a manos de una opereta de la que se reirán los siglos son China y sus vasallos, los nuevos señores feudales políticos y empresariales.

Si analizamos las tácticas para imponer la sumisión, descubriremos que todas ellas se sustentan en simples argucias idénticas, aunque a diferente escala, que las de los timadores y estafadores de todo pelaje y condición.

Se han escrito multitud de ensayos diseccionando hasta la extenuación los mecanismos para imponer y sostener un régimen totalitario. La mayoría de ellos han ensalzado hasta cotas de complejidad y perfección tanto a las estratagemas liberticidas como a sus autores, convirtiendo los simples resortes que nos llevan a someternos (El síndrome de Estocolmo, la verdad goebbeliana de “una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”…) en sofisticados procedimientos de ingeniería social fuera del alcance de los simples mortales, cuando no en instancias y seres mitológicos a los que se sitúa en oscuros parajes casi sobrenaturales: La Élite Globalista, el Nuevo orden Mundial, el Estado Profundo… el Transhumanismo.

No resulta, por tanto, sorprendente que el discurso de la disidencia se construya en los términos de heterodoxia con aspecto absurdo y exasperado que sirven para mostrar la ortodoxia del poder al que intentan combatir como algo “omnipotente, sensato y sosegado”.

La Verdad Bastarda.

Es cierto. Resulta muy fácil engañar a la gente sencilla utilizando sus propias, debilidades y miserias. Pero ¿qué pasa con los más cultos y críticos? ¿Podemos embaucar a alguien informado desmontando sus sospechas con razones absurdas? ¿Se pueden utilizar con ellos las mismas simples estratagemas o, para engañar a un intelecto sofisticado es necesario utilizar una técnica igualmente sofisticada? No. Hay que usar otra técnica aún más sencilla si cabe.

Para engañar a alguien inteligente que está cerca de la verdad lo único que tienes que hacer es confirmar sus sospechas contándole toda la verdad… menos ese detalle que te perjudica.

“Es verdad lo que dices y, además, esto otro que no conocías y que yo te desvelo (para que confíes en mí). Pero…”

Contar la verdad te otorga un marchamo de credibilidad con el que puedes engañara quien sea en aquéllo que te interesa ocultar: los culpables y los verdaderos objetivos. Y algo más. Al confirmar todas sus sospechas das carta de veracidad al mito del poder invencible que el propio disidente ha creado alrededor de los poderosos, es decir, de los conspiradores (estafadores)

Te ganas su confianza. Desvías la atención hacia “cabezas de turco”, escondes tus verdaderas intenciones y, además, convences al disidente de que, efectivamente, tal y como él sospechaba, “nos enfrentamos a la conspiración de un poder invencible y, por tanto, lo único que podemos hacer es esperar a un salvador, a un líder, a un milagro”.

Neutralizar la disidencia inteligente y formada es así de sencillo. Pero, cuando algo tiene un diseño sencillo, la complejidad se traslada a la ejecución. La sencillez del arte exige la genialidad del artista. La ingeniería social es un arte exactamente igual que lo es la estafa. No hay complejos manuales en los que basarse. Sólo hay “escuela de la calle”.

La estratagema de la “Verdad Bastarda” se utiliza a través de los medios audiovisuales para llegar a la masa social y no sólo para neutralizar la disidencia “cualificada”.

La literatura, el teatro, las películas, las series… En todos esos “inocentes entretenimientos” se esconden con mucha mayor frecuencia de lo que imaginamos técnicas de manipulación (de engaño) basadas en el síndrome de Estocolmo y la verdad goebbeliana que pasan casi completamente desapercibidas para el gran público. Pero es la verdad bastarda la que consigue una eficacia casi absoluta entre las personas más formadas y con mayor capacidad crítica. Porque les confirma lo inteligentes que son.

Tras la sinceridad en el tratamiento de los temas que nos ofrecen muchas películas, series o documentales, se esconde una propaganda con final bastardo. Lejos de utilizar un maniqueísmo simplista a la hora de tratar temas históricos o de actualidad en el que se ensalza de forma burda a los “buenos” y se denigra a los “malos”, algo que delataría a los autores como parte de alguno de los bandos, se ofrece una visión ecuánime, realista, neutral, con la que se gana la confianza de los espectadores y se les predispone a creer todo el contenido, incluido ese maniqueísmo partidista que aparece al final como parte de la revelación de la verdad y no como propaganda interesada.

Se desvela la trama, se relatan y confirman todos los elementos que llevan a la sospecha o, incluso, se desvelan algunos más que eran desconocidos hasta ese momento y, al final, los “culpables” quedan desenmascarados, blanqueando así a los verdaderos autores y sus intenciones. Se adjudican los perversos objetivos a unos terceros reales o imaginarios.

Películas, series, documentales… falsos disidentes y, también, falsos líderes.

De repente, después de un buen rato contándote con detalle la verdad oculta que los poderosos no quieren que sepas, resulta que, por ejemplo, quienes buscan colectivizarte no son los colectivistas, sino los liberacistas agrupados bajo el epígrafe de “élites financieras liberales”. O los que quieren diezmar a la Humanidad y reducir la población son, precisamente, los que ganan dinero con cuanta más gente mejor. Y te cuentan toda esa “verdad final” por boca de arrepentidos, agentes dobles, fuentes bien informadas.

He escuchado a famosos disidentes de los muchos que pululan por los medios alternativos y semiclandestinos denunciar que los intentos de la “plandemia totalitaria” para acabar con la libertad individual no son obra de quienes la han diseñado y ejecutado sino de los “liberales financieros parasitarios”. El capitalismo, que es el pseudónimo con el que los colectivistas denigran al liberacismo, dicen que se encuentra tras la trama globalista, empobrecedora, deshumanizadora, destructora del planeta y genocida, que el complot contra la libertad, en realidad lo están ejecutando secretamente (y tanto, pues no hay ninguna prueba de ello) los herederos de quienes derrotaron al totalitarismo. Un complot totalitario contra el que luchan ¡asómbrense! los colectivistas totalitarios de la Pax Multilateral herederos del nacional y el internacionalsocialismo.

La mayoría de quienes han desvelado de buena o mala fe las entrañas de la gran conspiración antiTrump, ¿han señalado a los verdaderos culpables? Y, lo que es más importante ¿alguien se ha dado cuenta de para qué ha servido toda esa revelación de la verdad oculta?

China es el único Imperio no por ser la primera potencia sino porque un único hombre controla toda su potencia.

El gran poder al que nunca se nombra, desviando la atención hacia actores secundarios o hacia sus aliados de conveniencia, es China. Y para lo que ha servido todo ese movimiento aparentemente “trumpista” es, precisamente, para que nadie haga absolutamente nada contra China.

La trama se ha descubierto hasta el más mínimo detalle… al mismo tiempo que se consumaba con absoluto descaro y total impunidad. Hasta que, finalmente (la verdad con final bastardo), el silencio más absoluto se ha adueñado del escenario donde hasta hace poco vociferaba la (¿falsa?) disidencia, logrando que los millones de personas de todo el mundo que podrían estar ahora mismo plantando cara al totalitarismo de la Nueva Normalidad, se sientan completamente derrotadas y desesperanzadas. Para eso ha servido esa gran revolución, esa gran verdad revelada, esa escenificación: Para hacer encallar a la verdadera disidencia en la arena de una playa desierta, de la que inmediatamente han desaparecido todos los actores, tanto los conspiradores como los falsos disidentes.

Al final, todo desvelado para nada. Porque esa era la intención y este el resumen:

Sabemos que hay un plan. Sabemos en qué consiste. Sabemos que se ha cumplido y que hemos sido engañados para, sutilmente, hacernos cumplir con nuestra parte del guion: no hacer nada para evitarlo, creyendo que alguien lo estaba haciendo.

Absolutamente todos los discurso, también el de los propios disidentes, se confinan dentro de los planteamientos y la terminología bastarda de la Nueva Normalidad: racismo, antiracismo, sostenibilidad, pobreza, capitalismo, igualitarismo, justicia social, neoliberalismo salvaje, multiculturalidad, supremacismo blanco o negro, pragmatismo amarillo, humanidad como sinónimo de colectivo aglutinado y conformado bajo un mantra ideológico… Lo de siempre con palabras renovadas.

Nos contarán en series y en películas cómo se llevó a cabo la trama… pero cómo los verdaderos muñidores fueron gente de Trump, caricaturas de los liberacistas transformados en siniestros personajes que quieren imponer el pensamiento único de la “libertad de pensamiento”. Ya lo han hecho en series como, por ejemplo, “El Cuento de la criada” donde quienes someten a la mujer a un estado de sumisión y discriminación brutal no son los musulmanes sino los occidentales que, como todo el mundo sabe, son o están en trance de convertirse en peligrosos integristas cristianos. La gran amenaza para las sociedades libres no es la islamización, sino la cristianización.

Series y películas que nos presentan un mundo dividido entre una minoría rica, egoísta y explotadora y una mayoría pobre, solidaria y justa. Separadas por un muro que, finalmente, debe ser derribado para que… Se omite el final. Porque, obviamente, lo que sigue a esa invasión tercermundista es la universalización de la pobreza, la tiranía y la desesperanza. Series en las que una minoría cruel quiere impedir el derecho a tener los hijos que cada uno quiera, porque los recursos de un mundo finito no son ilimitados. Hasta que, finalmente, algunas buenas personas de ese mundo de ricos se dan cuenta de su error moral y deciden frustrar el plan para limitar el número de hijos, tras lo que… De nuevo se omiten las consecuencias. Lo único claro es que los culpables son Suiza, Japón, Finlandia, Canadá… República Dominicana. Y que, para redimirse, deben acoger y mantener a los hijos que libremente han decidido tener en Níger, Senegal, Bangladés, Guatemala… Haití. Pero, un momento. Algo no encaja. La única nación que ha hecho eso ha sido la innombrable China. Que es, también, una de las muchas naciones que no acoge a ningún refugiado o inmigrante.

Documentales, películas, series. El universo audiovisual de los países del mundo libre rezuma de “verdades bastardeadas”, de revelaciones de tramas con autores escondidos tras cabezas de turco o, incluso, con las propias víctimas de la trama convertidas en culpables.

“Es verdad -pensamos-. Hay una trama. Todo lo que dicen ahí es cierto”. También la conclusión, el veredicto, los culpables y los consejos de lo que se debe hacer, que es, siempre, nada contra los verdaderos culpables.

Parece que nos encontramos ante una trampa perfecta para manipularnos. Pero resulta igual de sencillo desenmascararla. Basta con diferenciar los hechos conocidos de las suposiciones. Por ejemplo, quiénes de verdad han sido detenidos y condenados por pederastia y a qué organizaciones pertenecen. Qué organizaciones defienden el igualitarismo, el reparto de la riqueza, la libertad de emigración, la instauración de un mismo y sólo credo moral para todo el mundo, la imposición de una dictadura de clase (la democracia popular), la desigualdad de derechos entre sexos o creencias… la suspensión de derechos fundamentales por una epidemia menos letal que, por ejemplo, la gripe asiática de 1957.

Quién detenta el poder. Cuál es el negocio de cada uno y, muy especialmente, a quien benefician los hechos.

Xi Jinping manejaba directamente todo el PIB chino: 14,9 billones de dólares. Trump no manejaba ni a su propio partido. Ha ganado el más poderoso, el más rico, el más discreto. ¿De verdad alguien esperaba que sucediera otra cosa? Y, más importante aún: ¿Hay algo que defina mejor lo que es una Élite secreta?

La corporación empresarial que más ha ganado con la Covid-19 ha sido, de largo, China. Y, luego, sus ayudas de cámara (nunca mejor dicho): las grandes corporaciones tecnológicas y de comercio online. Sin olvidar los señores feudales políticos que han visto su negocio, la extorsión fiscal (todo termina en esto), consolidado hasta límites insospechados gracias al poder ilegal que sus ciudadanos convertidos en siervos les han convalidado de facto.

Quién esté detrás de todos estos y de todo esto pertenece ya al inventario del que se nutre la quinta columna de falsos disidentes dedicados a construir verdades bastardas que reconduzcan a la verdadera disidencia hacia objetivos, en el mejor de los casos, secundarios, y/o la neutralicen convenciéndola de la inutilidad de cualquier tipo de resistencia, individual o colectiva.

Por supuesto, ese inventario es elegido de forma cuidadosa para que confirme las “sospechas” de los disidentes, o creando otras nuevas en la dirección que les interesa y que vienen autentificadas con el sello de la “revelación obtenida mediante fuentes ocultas desde dentro del sistema”. Todas ellas con una cierta base de verosimilitud. Y todas ellas, casualmente, destinadas a desviar la atención de los hechos y autores probados, de los beneficiarios reales y contrastados y de quienes detentan de verdad el poder desde el que se toman las decisiones y que, en cualquier caso, es contra los que deberíamos ir, no importa si son los responsables últimos o las marionetas de los verdaderos dueños del poder. Porque, si acabamos con esas marionetas, sus dueños pierden todo su poder, que está basado en la farsa.

Y ya, por fin, a un nivel superior, la misma argucia. De repente, encuentras documentales, libros, vídeos y artículos que te hablan del gran poder que tenemos los humanos, derivado, completamente gratis, de nuestra conciencia, de nuestra libre voluntad individual. La revelación, el gran secreto. Lo que visualizas se cumple. El experimento de la doble ranura, el mundo cuántico, la realidad virtual en la que vivimos. Tenemos un gran poder. Te lo cuentan todo, con detalle. Cómo ejercer ese poder de la visualización para atraer cosas beneficiosas para ti, para hacer realidad tus deseos, pero… No utilices esa capacidad para hacer el mal, es decir, para defenderte de otros o vengarte de quienes te han hecho daño y, tampoco, para cosas egoístas. Porque el ejercicio de esa potestad está reservado al Destino, al Karma, a Dios o a los dioses. Más aún: Visualiza en blanco, quédate meditando en el vacío, en la ausencia de cualquier pensamiento, emoción o deseo (que es el origen del sufrimiento). Enciende el proyector y deja que sean otros los que lo utilicen para conseguir sus propios deseos, sus intereses, su beneficio que es superior al tuyo, más noble, más beneficioso para ti. Pon tu conciencia al servicio de otras conciencias.

Siempre el egoísmo como trampa moral para que no persigas tus propios intereses con todas las fuerzas y habilidades que posees. El mantra, ese electrodo ideológico implantado en la mente para, como hizo el Dr. Rodríguez Delgado con un toro bravo allá por los años 60, detenernos en cuanto nuestros intereses topan con los de quienes poseen el control del “Stimociver”: “Cuidado. Estás siendo egoísta”. Un mecanismo de castración que se encuentra en casi todos los procesos de ingeniería social, especialmente en el mundo cristiano occidental, sensible como ninguno a ese sentimiento de culpa asociado a la indefensión, la sumisión, el igualitarismo y la pobreza no importa con qué eufemismo se disfrace (sostenibilidad, salud alimentaria, felicidad “espiritual”…)

El egoísmo es el límite implantado a lo largo de la educación y el aleccionamiento ideológico para que juegues en desventaja con los que, curiosamente, buscan por todos los medios y sin limitación alguna su propio interés expresado, obviamente, con eufemismos implantados, también, a lo largo de la educación y de los programas de ingeniería social: interés social, salvación del planeta, tu seguridad, la ley y el orden.… el Bien.

Cuando topes con el egoísmo, indaga un poco y descubrirás que es una perfecta estratagema de verdad bastarda para robarte. Porque aquello a lo que te hacen renunciar es lo que se llevan otros… sin ningún tipo de remordimiento moral, sino al contrario, convencidos o convenciendo de que ejercen una excelsa virtud.

Que salten todas tus alarmas cuando escuches, dentro o fuera de ti, “egoísta”. Porque, junto a “no puedo-no puedes”, es la clave de los fracasos individuales y colectivos. Di “sí, tengo (tenemos) derecho a defender con todas mis (nuestras) armas mi (nuestra) libertad y mi (nuestro) interés personal (deseos, ambiciones, bienestar económico…)”.

La Verdad Bastarda es el instrumento más sencillo y eficaz para controlar a los más incontrolables. Es la fórmula maestra de la contrainsurgencia. Es el enemigo disfrazado de amigo. El falso disidente que te lleva a luchar contra los tuyos. Finalmente, contra ti mismo. Es el profeta, el revelador, el maestro… el cooperador necesario, consciente o inconsciente, del verdadero poder, ese que siempre esconde su rostro para alimentar tus sospechas hasta convertirlas en dudas paralizadoras o en certezas disparatadas. Ese cuyo rostro, autoría y beneficio están perfectamente claros con sólo mirar la realidad, los hechos, lo que de verdad hay… aunque pueda que haya algo más.

La verdad bastarda es, exactamente, la que tú te cuentas para sustentar las películas en las que te han enseñado a vivir. Por eso, cuando te las cuentan desde fuera, las tomas como algo tuyo.

Como “La Verdad” (sin bastardear)

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