Amish

20 Enero 2021

Os queremos encerrados en granjas, viviendo una vida sencilla, pobre y sumisa. Por eso debéis recelar de la tecnología y renunciar a la globalidad. Sois amish. Nosotros no. (La Élite)

Esto es muy sencillo de entender. Tanto que, cuanto más descaradamente lo hacen, más se aturde una inmensa mayoría de la población y no se entera de nada. Podríamos explicarlo de forma más elegante, usando sofisticados y eruditos términos sociológicos, filosóficos o religiosos. Pero no merece la pena. Quien sea capaz de ver la trascendencia para el resto de su vida y la de, con suerte, un par de generaciones de sus descendientes, no necesita más edulcorante. Y, los que no son capaces de verlo, no merecen verlo porque en nada les aprovecharía a ellos ni al resto de la Humanidad.

No hay recursos ni tecnología suficientes como para que este, cuando mucho, 20% de la población mundial que vive con cierta dignidad siga haciéndolo sin poner en riesgo la “paz social” que permite mantener con vida al 75% de la Humanidad por debajo de ese umbral, cuando no por el de la más atroz miseria. Porque, sin esa paz social, peligra el paradisíaco bienestar del 5% que controla el Mundo y disfruta una existencia como verdaderos humanos y no como ganado, siervos, esclavos o, en el mejor de los casos, ayudantes serviles. La paradoja es que, como no hay recursos suficientes. la población no deja de incrementarse y el planeta es cada vez más inhabitable en términos de calidad de vida humana, la única solución, por ahora, es igualar por abajo el nivel de vida del 95% de la población.

Todo lo que se está haciendo va encaminado a ese objetivo que, no obstante, es transitorio. A medida que la tecnología haga innecesaria la mano de obra barata necesaria para sostener al 5% de los humanos privilegiados, se irán implementando medios de eliminación de la población sobrante, más o menos traumáticos y rápidos en función exclusivamente de la capacidad de resistencia de la sociedad a dejarse eliminar. Y ese es el motivo por el que lo primero que debe hacer la minoría que atisba el feliz escenario de no necesitar ingentes masas humanas para mantener su paraíso terrenal es acabar con la capacidad de disidencia y eventual rebelión generada como subproducto del progreso económico y la libertad individual causadas por la reducción de la población europea que trajo la Peste Negra.

Menos personas, más valor de los individuos. Más libertad. Más desarrollo tecnológico… más disidencia. Una simple cuestión de mercado determinada por la escasez humana lleva a que no sea conveniente ni rentable para la Élite detener la burbuja poblacional. Así que no os engañéis. No quieren disminuir la población. Al menos por ahora. Sólo quieren eliminar la disidencia, que se concentra en los países avanzados, ricos, democráticos y, también, de mayoría racial blanca. Aunque eso no es lo importante.

Si una verdadera plaga hizo que el valor de los individuos se incrementara y, por tanto, su poder para decidir el destino de la sociedad, su bienestar económico, su acceso a la información y formación y, también, su resistencia a ser engañados, otra plaga, esta vez absolutamente falaz, está haciendo todo lo contrario: devolver a los individuos su antiguo valor como elementos de un colectivo abundante y prescindible, sustentado en el anonimato, la sumisión y el permanente estado de inseguridad económica, que les lleva a vivir en el miedo, a no confiar en su propia capacidad y a dedicar la mayor parte de su vida a buscar sustento, es decir, a rumiar física y mentalmente.

La falsa plaga china ha venido a devolver las cosas a su sitio. Una simple cuestión de mercado. Los europeos y europeizados a los que se cura de ese efecto secundario de la baja densidad demográfica pierden valor y, por tanto, poder, de manera que se pueden fácilmente colectivizar, neutralizando así la amenaza que supone la población de los países avanzados, libres y con elevado nivel de vida para quienes, por motivos económicos, ideológicos o ambos a la vez, quieren implantar globalmente un modelo social de ganadería humana cuya población, indiferentemente a cómo afecte a su calidad de vida, soporte incrementarse hasta el hacinamiento industrial a fin de maximizar el rendimiento económico del espacio físico y los recursos necesarios para mantener al ganado, o que se deje diezmar, con la misma mansedumbre que se ha dejado esclavizar y empobrecer, cuando no resulte rentable para los granjeros.

Y, esto, colectivizar, es lo que se está haciendo ya, de forma precipitada por el inesperado éxito de la falsa pandemia y la asombrosa facilidad con la que las sociedades más avanzadas están aceptando sin oponer la más mínima resistencia la pérdida de su libertad y bienestar económico.

¿Como?

Implantando globalmente un modelo de sociedad minoritario que reúne todos los requisitos para el manejo eficiente de las poblaciones reconvertidas, primero en siervos y, dentro de pocos meses, en rebaño:

El modelo amish.

Describir cómo son las comunidades amish supone un espeluznante ejercicio de clarividencia y profecía. Porque es ahí exactamente hacia donde nos llevan, cambiando algunos aspectos formales, como las creencias religiosas y morales, pero manteniendo la esencia de estas comunidades en lo que resulta más útil para el orden ganadero mundial y que podemos sintetizar en un concepto clave: Destruir la individualidad. Lo que explica todo el catálogo de ingeniería social que se lleva implantando de forma sublimimal durante años: La pobreza material, sumisión, indefensión, aislamiento físico, atraso tecnológico y científico…

En este contexto, la presión de la comunidad se vuelve decisiva. Una comunidad controlada mediante las ideologías y creencias que a pesar de sus diferencias formales tienen como denominador común la colectivización. Y aquí debemos hacer una reflexión de la que va a depender el futuro de buena parte de la Humanidad, cuando no el de toda ella.

Un nuevo colectivismo a venido a sustituir al viejo dogmatismo religioso vencido por la doctrina del Cristo liberador, madre del mundo moderno, del progreso humano y de la libertad y dignidad individual de los europeos y los europeizados. El mismo discurso, apenas diferenciado en la terminología, pero no en los objetivos, viene a instaurar de nuevo ese totalitarismo dogmático del que los propios cristianos escaparon a lo largo de doloroso y providencial proceso que duró 500 años.

Los mismos principios de feroz antiindividualismo, es decir, antihumanismo, perviven bajo la formas aparentemente opuestas en las que La “virtud” adquiere siempre su acepción colectivizadora: pobreza, uniformidad, sumisión, indefensión… Y el “pecado” se circunscribe a todo aquello que implica libertad individual: ambición propia, pensamiento propio, deseos propios, sentimientos propios… No importa la terminología que utilicen ni los principios, valores o verdades que invoquen, todos los colectivismos persiguen el mismo fin y obtienen el mismo resultado: la destrucción de la libertad individual en el nombre de… ¡qué más da!

El mismo afán para que la inmensa mayoría (no todos, claro) se resigne a la vida monótona, sumisa, laboriosa y gris de los herbívoros gregarios. Porque sólo así puede generarse un excedente de riqueza que puedan administrar y disfrutar los pastores, los líderes, los señores, los maestros… Porque sólo convenciendo a muchos para que vivan en la pobreza llamada con un bello y virtuoso nombre, es posible aplazar el estallido de la burbuja poblacional. Un Pekín de los años sesenta repleto de bicicletas y personas uniformadas que viven una vida laboriosa, sin lujos materiales, ambientalmente sostenible, alejada de las ambiciones terrenales, capitalistas, protegidos por su anonimato en medio de la masa, de la manada, del pueblo, de los creyentes… dan igual los nombres, los colores, los hierros ganaderos con los que se dejan marcar la mente los humanos convertidos en animales gregarios.

El problema es que los herederos de ese cristianismo liberador que es el verdadero instigador de su propia revolución y superación ha creado una iglesia de humanos libres a los que ahora hay que domar mediante una Nueva Normalidad.

¿Y qué es una comunidad amish sino el estereotipo perfecto de la Nueva Normalidad en la que se asignan nuevos formatos a los viejos principios del colectivismo ganadero, ecologismo, igualitarismo, multiculturalismo, tercermundialización… y, muy especialmente, el rechazo de la tecnología presentada como fuente de “deshumanización”, “esclavización” y daño para la salud conforman la esencia de la cosmovisión amish?

¿A quiénes va dirigida prioritariamente la ingeniería ideológica a la que ha allanado repentinamente el camino una oportunidad inesperada: la Operación Pandemia del Ejercito Popular de Liberación chino? ¿A quién hay que quieren convencer para que abandonen su fe en la libertad y regresen al mundo que dejaron atrás sus ancestros? Pues está claro: A los hijos del Dios del libre albedrío y la razón. A los europeos y a los europeizados.

No podemos describir aquí cómo es el mundo en el que los amish han decidido libremente vivir. Pero, por favor, lean y vean alguno de los muchos documentales y películas acerca de ese mundo, porque no es al de “Soy leyenda” o “Mad Max”, ni siquiera al de “Un mundo feliz” de Aldous Huxley o al de “1984” de George Orwell donde nos llevan, sino al de los amish (con dios o sin dios, da igual). Un mundo, un Nuevo Orden Global donde estaremos “protegidos” de la globalidad, de los adelantos tecnológicos, de las ataduras mundanas, materiales, terrenales, satánicas… viviendo en la pobreza ensalzada como virtud y en la sumisión e indefensión transformadas en liberación “verdadera”. De eso va la cosa. Eso es lo que realmente se busca: Que nos encerremos en aldeas físicas y mentales, que abominemos de la globalidad, que renunciemos a la inmensa libertad y felicidad que podemos encontrar gracias a los avances tecnológicos y científicos para conservar nuestra “humanidad” y poder alcanzar una felicidad espiritual, sin necesitar bienes materiales, ni propiedades… ni ideas, ambiciones, sueños y deseos propios. Una vida de “santidad” progresista, igualitaria, sostenible solidaria, multicultural…

Está claro. ¿Verdad? El mismo mensaje con palabras ligeramente diferentes: renuncia a ti mismo.

No nos dejemos engañar. Por ahora no hay ningún otro peligro que no sea la Nueva Normalidad Amish. Sólo cuando la inteligencia artificial, la robotización, la automatización y el resto de grandes avances tecnológicos se hagan realidad es cuando debemos temer el gran holocausto. Mientras tanto, no preocuparos de nada, porque nos van a mantener a salvo de todas esas cosas terroríficas, viviendo como amish en un mundo donde una minoría, la Élite, disfruta de esos demoníacos, insolidarios, dañinos, insostenibles y globalistas avances tecnológicos. La globalidad, la tecnología y el materialismo lo quieren para ellos solos.

Así que, tranquilos. Dispongámonos a disfrutar, lejos de la gasolina, la electricidad, el 5G… y la libertad individual, de la “verdadera felicidad” que nos ofrece el Nuevo Orden Mundial: la gran colectividad amish.

Lo otro, cuando llegue, está reservado para unos pocos.

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