Crónica 2020

2 Enero 2021

“El mundo es improductivo y estéril cuando no está lleno de alegría ni estimulado por la práctica de la libertad” (Stefan Zweig)

“Matar a un hombre no es defender una doctrina, es matar a un hombre”. Cuando Sebastian Castellion arremetía en estos términos contra los ginebrinos que, liderados por Calvino, habían quemado vivo a Miguel Servet, Europa iniciaba el camino hacia la hegemonía mundial aupada por la puesta en valor del individuo a causa de la brutal disminución de la población causada por la Peste Negra. Pero no lo hacía sólo contra los vecinos de esta ciudad, sino contra el atroz modo de pensar y vivir que se había adueñado de la Europa del medievo. El mismo que pensábamos haber dejado atrás para siempre, hasta que 2020 puso fin al Mundo Moderno poblado por “hombres libres que tienen ideas” y no por “hombres sumisos que tienen ideologías”.

¿Tal es el abismo por el que caemos?

Los hechos desnudos de propaganda, ideología, creencia, prejuicio y, también, o especialmente, la inercia del automatismo (¿en qué medida somos ya androides?) pasan completamente desapercibidos cuando mayor es la trascendencia del cambio.

Hemos venido desmenuzando el fenómeno de las vacunas con ideas contrarias a la verdad oficial y, al final, como en todo análisis racional de lo irracional, sólo podemos llegar a la conclusión de que no hay ninguna conclusión que merezca la pena excepto relatar esos hechos invisibles bajo la magia de la propaganda. Y son tan contundentes que sólo se pueden rebatir o tergiversar si los ignoramos.

Wuhan, una ciudad de 11 millones de personas, alberga un laboratorio que investiga con agentes patógenos. Es allí donde surgió una nueva cepa de coronavirus que las autoridades chinas ocultaron durante muchas semanas y allí a donde se trasladó en Enero de 2020 el general Chen Wei, máximo experto del ejército popular en guerra biológica.

Un nuevo coronavirus, como el que en la temporada de 1957-58 ocasionó 2.000.000 de muertos, o el de 1968-69, la llamada gripe asiática de Hong Kong, producida por el H3N2 (que aún siguen entre nosotros sin que sea motivo de histeria político-sanitaria), que infectó a más de 30 millones de personas en todo el mundo, colapsando los servicios sanitarios de países avanzados como UK y obligando a almacenar cadáveres en el metro de Berlín.

La gripe de Hong Kong afectó especialmente a los EEUU, donde murieron a causa de la epidemia más de 100.000 personas, justo cuando se encontraban en una delicada situación política condicionada por una alta conflictividad social catalizada y promocionada por las protestas contra la guerra del Vietnam.

Desde luego, era ya entonces absolutamente sencillo, cuando menos, seleccionar y propagar una determinada variante vírica como el H3N2. Quizá también era factible inducir las mutaciones apropiadas para “ayudar” a la aparición de una nueva cepa vírica. Pero, independientemente de que el patógeno hubiera sido obra de la naturaleza o de la intervención humana, si las autoridades estadounidenses se hubieran dejado arrastrar por la histeria, la precipitación y la irracionalidad, habrían llevado al país hacia una espiral de autodestrucción democrática y económica que, teniendo en cuenta el poder del adversario, la URSS, habría provocado un giro imprevisto y trascendente de la Historia. Imaginemos cuál sería ahora el presente desde la óptica de que, aquello que pudo suceder con la gripe de Hong Kong, ha ocurrido, 41 años después, con la COVID-19.

¿Por qué entonces no y ahora sí?

La Comedia China

Tras ocultar los datos el tiempo suficiente como para que la enfermedad se expandiera por su territorio y el resto del mundo a lomos de la mayor migración estacional de la especie humana, el Año Nuevo, China escenificó una representación medieval confinando la provincia de Hubei, y sólo esa provincia, como medida sanitaria fundamental, en absoluta contradicción con lo que defendía la ciencia desde hace 200 años hasta hace apenas unos meses.

Sorprendentemente, nadie denunció el retraso ni el absurdo argumento de que, en pleno Año Nuevo, con millones de personas moviéndose por toda China (también por el extranjero, por ejemplo, Italia), bastara con encerrar en un inmenso gueto medieval a una sola provincia para que en el resto del país la pandemia estuviera controlada. Nadie se preguntó por qué el confinamiento de Hubei había logrado que, por ejemplo, en Pekín o Shanghái apenas se produjeran casos.

Tampoco nadie reparó en que países vecinos como Taiwán, Corea del Sur y Japón, tampoco impusieran unas medidas tan drásticas y dañinas como las del modelo de confinamiento medieval de Wuhan y su provincia y, al igual que el resto de China, apenas tuvieran contagios y muertes. Desde luego no más que las causadas por la gripe común.

La escenificación de Wuhan duró apenas lo justo como para servir de modelo “histeria medieval” a los mediocres dirigentes occidentales, que se apresuraron a destruir los derechos y libertades de sus pueblos, su prosperidad y, además, logrando unas cotas de contagio y muerte agravadas por las respuesta “Año 1347”. Un logro sin precedentes de la nueva ingeniería militar china.

Pero para producir esa reacción histérica, irracional y totalitaria no era suficiente con ocultar la enfermedad hasta que en plena dispersión del Año Nuevo se expandiera por todo el mundo y mostrar un modelo de lucha epidemiológica propio de la Edad Media, sino que era y es necesario reproducir fielmente las circunstancias que presidían la época medieval: Oscurantismo, ignorancia, superstición y sumisión.

La colaboracionista OMS

¿Cuál ha sido el papel de la OMS en esta ofensiva de ingeniería social sustentada por un ataque bioterrorista de baja intensidad y amplio espectro destructivo?

– Retrasó la alerta y exageró el peligro. La OMS ocultó los primeros avisos de la enfermedad permitiendo que en pleno Año Nuevo Chino (Recordemos: la mayor migración estacional humana del planeta) se expandiera por el Mundo de forma completamente descontrolada y vertiginosa para, posteriormente, y al unísono de la comedia china de Wuhan, difundir la imagen de una terrorífica enfermedad que, finalmente, apenas ha contagiado al 1% y causado la muerte al 0,03% de la población mundial. Esas son las cifras sobre las que se ha causado y justificado la mayor destrucción económica, de derechos y libertades desde la II Guerra Mundial. Un retroceso democrático como no se conocía desde la implantación del internacionalsocialismo (comunismo) y el nacionalsocialismo (nazismo), que ha sido especialmente intenso en los países con mayor arraigo de la socialdemocracia de derechas o izquierdas, religiosa o laica.

– Prohibió realizar autopsias, que es la fórmula más efectiva y rápida para conocer la naturaleza y los tratamientos adecuados contra una enfermedad desconocida. ¿Resultado? El único que cabía esperar: Un daño sanitario muy superior al que habría producido si se hubieran realizado autopsias. Un exceso de letalidad producido por la mala praxis medica inducida directamente por la OMS, sin la cual no habría sido posible generar la caótica espiral que nos ha llevado hasta la depresión económica y democrática de la Nueva Normalidad?

La OMS, actuando como agente propagador y amplificador del daño de la COVID-19, ha resultado y aún lo sigue siendo, un cooperador imprescindible de los daños sanitarios, económicos y políticos de esta falsamente grave pandemia.

El poder de la información

El refinado diseño psicosocial de la Operación Pandemia sería imposible de implantar de forma generalizada y sostenida en el tiempo sin otro elemento clave: El poder de los medios de comunicación para manipular la opinión pública.

El pueblo, como tal, sólo ejerce el poder un día cada cuatro años. El resto de esos 1.459 días el poder lo detentan las modernas dinastías, los partidos políticos, sometidas a un juego de contrapoderes más o menos efectivo y, fundamentalmente, a las perspectivas electorales plasmadas en la “opinión pública”, que es el verdadero ente de poder en las democracias de la era de la información global controlada en exclusiva por un oligopolio empresarial y político.

Los grandes adelantos tecnológicos han traído un alud de información que se trasmite de forma cerrada a un enorme número de personas que se encuentran aisladas unas de otras y, por tanto, sin posibilidad de debatir, contrastar y conformar una opinión “comunicativa”. La información transmitida por los grandes audiovisuales trae ya incorporada la opinión de forma indistinguible con los hechos. El proceso de creación de opinión mediante el contraste y el debate queda cortocircuitado aún más por el creciente aislamiento social y sólo a través de las redes sociales se puede obtener información alternativa que ocultan los grandes medios y contraste de opiniones, por lo que serán controladas y censuradas a fin de ampliar el aislamiento social incluso en el caso de interacciones donde la identidad individual y el establecimiento de lazos personales se encuentran muy limitados.

La técnica es sencilla: aislar a las personas y permitirles un sólo vehículo de comunicación que viene cargado de información banal entre la que se camufla la verdaderamente importante, incorporando una valoración de los hechos indistinguible de los mismos y que da como resultado la conformación de una opinión presentada como de consenso social. Una opinión en la que las personas sólo participan de forma pasiva como espectadores del proceso de “información-contraste-debate-opinión” del que antes eran protagonistas activos.

De este modo, se neutraliza la capacidad de los “disidentes” para influir en los demás porque estos ya han completado el proceso de formación de opinión que le han “inyectado” por vía telemática.

La sociedad como ente vivo con capacidad para proteger al individuo de la manipulación y el control queda destruida, mientras la minoría disidente sigue intentando inútilmente utilizar este ámbito social sin percatarse de que no existe, perdiendo así el tiempo y la confianza no sólo en lograr una mayoría para el cambio sino en su fuerza individual, por lo que ellos mismos se anulan y no buscan estrategias alternativas para neutralizar el poder de quienes, en última instancia, son también una minoría que sí ha sabido utilizar medios alternativos para no depender de la opinión mayoritaria sino, sencillamente, conformarla.

La mediocridad de los dirigentes.

Una magistral ofensiva de nuevas tácticas militares de amplio espectro y baja inducción, sustentadas en el “efecto mariposa” amplificado y propagado mediante instrumentos baratos, simples y eficaces, como la OMS y los medios de comunicación de masas. Pero, aún así, resulta imposible un retroceso histórico como el que están sufriendo los países más libres, avanzados y ricos de la Tierra sin la imprescindible la participación de un tercer colaborador: el poder político.

No podría lograrse nada de lo que está sucediendo si el poder político no cediese a la presión de la opinión pública para proteger sus intereses personales, electorales, a costa del interés general. De otro modo, sencillamente habría sucedido lo mismo que ante la gripe Asiática de 1957-58 y la de HongKong de 1968-69: Un mínimo daño político, sanitario, económico y social. Y para lograr la colaboración del poder político de Occidente sólo ha sido necesario que el proceso de ingeniería social puesto en marcha tras la II Guerra Mundial por el bloque colectivista impusiera un criterio de mediocridad creciente en la selección de los líderes políticos occidentales.

Resulta abrumadoramente evidente que allí donde los gestores políticos muestran una mayor independencia de la opinión pública manipulada o de cualquier otro poder fáctico la respuesta a la COVID-19 ha sido más racional y menos destructiva en todos los órdenes, también en el sanitario, que en los países gobernados por mediocres o por quienes, directamente, obedecen a una ideología colectivista no importa el color político de la misma.

Una mediocridad recompensada en forma de impunidad y mayor poder sobre la sociedad que, raptada por los medios de comunicación, se muestra incapaz de organizarse para neutralizar el totalitarismo que la conduce a una pérdida de libertad y prosperidad haciendo gala de un Síndrome de Estocolmo colectivo y colectivizador.

El resultado de todos estos factores es una descomunal involución política, cultural, social y económica especialmente en los países libres occidentales. Un denso olor a medievo que pasa desapercibido para la inmensa mayoría. Un reseteo de la Historia que va mucho más allá de lo que las más fantasiosas teorías conspiranóicas pueden imaginar.

Reset Zeng He

A principios del siglo XV, el emperador Yongle organizó una inmensa flota que realizó diversos viajes que alcanzaron el Mar Rojo y la Costa Este de África. Estaba comandada por Zeng He, un eunuco de origen musulmán que, entre otros objetivos, tenía la misión de establecer una extensa red diplomática y comercial. Las circunstancias políticas llevaron a que esta colosal empresa fuera finalmente cancelada, devolviendo a China a su milenario aislamiento. Si no hubiera sucedido así, habría sido esta nación quien controlara los mares y, casi con total seguridad, habría descubierto América. Los europeos no habrían logrado el papel hegemónico del que han disfrutado hasta nuestros días si la empresa iniciada por la Flota del Tesoro hubiera tenido continuidad. Pero China perdió su gran oportunidad a favor de Europa, y ahí quedó sellado el destino de los siguientes 5 siglos, en el intervalo de los apenas 87 años que transcurrieron entre el primer viaje de Zhen He y el de Cristóbal Colón. Una oportunidad que ahora vuelve a presentarse de forma casi idéntica aunque el intervalo temporal es de meses y el resultado previsible apunta en la dirección contraria.

La Nueva Normalidad es un reseteo de la Historia que nos devuelve a unas condiciones similares a las de esa gran encrucijada de los tiempos. No solo ha vuelto a navegar la gran flota comercial de Zeng He sino que todo el contexto mundial reproduce aquel instante decisivo en el que, entonces, unos países y culturas (China y el Islam) quedaron anclados en la Edad Media, mientras otros (Europa) tomaron el camino del Renacimiento. Un reset a golpe de teclado de ordenador que nos ha desplazado hasta una realidad paralela en la que la flota de Zeng He conquista los mares, corrige la Historia y envía a Europa de regreso a la Edad Media, mientras el otro gran poder de aquél momento, el Islam, aprovecha la oportunidad para, esta vez sí, culminar la invasión del Viejo Continente sin necesidad de lograr la victoria militar.

China enmienda su error y el Islam intenta un nuevo y definitivo asalto a Europa. Estamos exactamente en la misma encrucijada del final de la Edad Media, ahora aquejados por una falsa pandemia, el COVID-19 frente a la Peste Negra, y una falsa crisis climática, el Cambio Climático Antropogénico frente a la Pequeña edad de Hielo.

El escenario global recuerda de forma asombrosa al siglo XV, intercambiados los papeles entre europeos y chinos y con un Islam que ahora sí contempla hacer realidad su viejo sueño de conquistar a la decadente Europa. Pero el escenario regional en el mundo occidental es, si cabe, aún más sorprendentemente similar al de aquélla época:

  • Un estado de servidumbre por el que los súbditos deben entregar a los nobles señores políticos la mitad de su trabajo y beneficio a cambio de protección.
  • Un régimen de apartheid. Persecución feroz contra los negacionistas para que se conviertan al afirmacionismo y acepten el bautismo de la vacuna sin el cual se les privará de los derechos y libertades que disfrutan los fieles creyentes. Unas vacunas de las que ni las farmacéuticas que las producen se fían y por eso se niegan a garantizar.
  • Inmovilidad en guetos o prohibición de abandonar el feudo o la aldea sin el permiso de los nuevos señores de la nobleza política.
  • Potestad de los nobles señores políticos para prohibir, regular o cerrar determinadas actividades profesionales, empresariales o laborales.
  • Tribunales especiales para determinar la ortodoxia de las ideas y sancionar a los herejes. Tribunales de la Verdad y delitos de opinión.
  • Los gremios son convertidos en instrumentos de control y represión de la disidencia, dotados del poder para determinar quién puede y quién no ejercer un determinado oficio, profesión o actividad empresarial.
  • Prohibición o limitación del derecho de reunión.
  • Imposición de ley marcial y estado de excepción democrática convertido en regla, con toque de queda, suspensión de actividades profesionales por gremios y feudos, con prohibición de movimientos sin el debido salvoconducto.
  • Aislamiento social, físico y psicológico mediante la prohibición de contactos personalizados, imposición del niqab o máscara anti identidad y el arresto domiciliario.
  • Eliminación de servicios públicos básicos como la sanidad primaria presencial o la atención administrativa personalizada y presencial.
  • Privilegio de la clase dominante para incumplir impunemente la ley mediante el uso de una legislación diferente y una jurisprudencia ad hoc amparada en la razón de estado.

Los rasgos de la realidad que presentan un paralelismo escalofriante entre nuestro tiempo y el siglo XV cuando no con épocas anteriores, son tan extensos que no es posible describirlos en pocas líneas con el detalle que merecen. Pero hay uno sobre el que merece la pena detenerse.

Hemos dicho que habría sido imposible convertir la COVID-19 en un simulacro creíble de Peste Negra si se hubiera permitido conocer la naturaleza real de la enfermedad mediante, entre otras prácticas científicas, la realización de autopsias. Una prohibición “eclesiástica” de la OMS y refrendada por las autoridades laicas de todo el mundo, especialmente las de naciones neofeudales de la renacida Vieja Europa, que ocasionó, como no podía ser de otra forma, un exceso de letalidad por mala praxis médica que ha resultado decisivo para corroborar la falsa gravedad de la pandemia y crear un ambiente oscurantista sobre el que ha florecido la irracionalidad normalizada y extendida a todos los ámbitos de la vida privada y pública.

Pero lo más significativo, con todo, no son los estamentos del poder coordinados súbita, casi mágicamente, para llevarnos de regreso a la Edad Media, sino los focos de resistencia, disidencia y clandestinidad. Los Erasmos, Descartes, Copérnicos, Spinozas… Todos esos personajes que, desde los medios alternativos, las redes sociales, las “publicaciones clandestinas”, perseguidos por la maquinaria propagandística y represora de la nueva iglesia, enfrentados al ostracismo, las campañas de desprestigio, la persecución profesional, académica, laboral o, incluso, judicial, luchan exactamente por lo mismo que aquellos: Iluminar con la Razón y la Ciencia esta vorágine de superstición, totalitarismo y manipulación.

Lo verdaderamente significativo no es la inexplicable unanimidad para devolvernos a la Edad Media, que en eso consiste el Nuevo Orden Mundial, sino la milagrosa resistencia de una minoría selecta y perseguida que lucha, 500 años después, por el mismo ideal: el Humanismo.

Porque esto es exactamente lo que está ocurriendo. Quieren devolver al mundo libre, moderno y humanizado a la oscuridad medieval. Mientras quienes perdieron su gran oportunidad intentan reescribir la Historia para frustrar lo que significó el Renacimiento y la Edad moderna.

Desobedeciendo los mandatos de la Iglesia-OMS y las autoridades políticas, médicos italianos realizaron autopsias, gracias a lo cual descubrieron la verdadera naturaleza de la enfermedad, sus mecanismo de acción y el tratamiento científico adecuado. Momento a partir del cual, la letalidad de la falsa Peste Negra quedó reducido a la de una gripe como la de 1957-58: 2.000.000 de muertes en todo el mundo, ahora, 1.830.000.

Las semejanzas son tan grandes y esclarecedoras que producen, a la vez, vergüenza y espanto.

Es en Italia donde, de nuevo, surge este Renacimiento de heterodoxos y disidentes que, guiados por la Razón y la Ciencia, deciden investigar la verdad prohibida por las autoridades “religiosas” y laicas que reaccionan ante este descubrimiento prohibido de la misma forma que hace 500 años: ignorando su significado y persistiendo, cuando no incrementando, la propagación de la fe en la falsedad, la campaña de terror, la persecución contra las voces disidentes que denuncian el engaño, ratificando las medidas que sustentan el totalitarismo, apropiándose de los normales picos estacionales para convertirlos en oleadas epidémicas e imponiendo mediante la coacción política, social y económica el auto de fe de unas vacunas sin las mínimas garantías que la Ciencia prescribía apenas unos meses atrás.

Sí. Alguien ha apretado un botón y, en cuestión de meses, hemos sido trasladados a un nuevo siglo XV en el que se abre la misma encrucijada: Seguir adelante, hacia el humanismo renacentista, o hacia atrás, de regreso al colectivismo feudal. Es así de sencillo. No hay que darle más vueltas. Ese es el Gran Reset y no el que quieren hacernos creer con las leyendas de personajes oscuros, pócimas mágicas y conspiraciones demoníacas.

Las élites globales son hoy exactamente lo mismo que fueron aquellas élites medievales. Señores feudales dueños de territorios físicos y virtuales, dedicados a sus juegos de tronos y a ponerse de acuerdo para mantener a sus siervos sometidos por el miedo, la pobreza, la superstición y el engaño.

Ahí estamos. De nuevo a punto de descubrir la América del Ciberlítico, quemando de nuevo a Miguel Servet, mostrando los instrumentos de tortura a Galileo y persiguiendo a herejes negacionistas empeñados en usar la Razón y la Ciencia para contrastar la verdad de “la Verdad” y liberar a esa mayoría que, cruel y paradójicamente, los odia o los desprecia.

Calvino, usando la misma clase de poder demagógico que nuestros líderes democráticos, impidió que se publicara el libro en el que Castillion lo desenmascaraba como un farsante totalitario. Ahora, otra vez la misma disyuntiva: Calvino o Castillion. La Edad Media o la Moderna. Que China lidere en esta segunda y mágica oportunidad un Renacimiento diferente, colectivista y sumiso, condenando a los habitantes de la Europa extensa al servilismo de la Nueva Normalidad Feudal o que el humanismo de nuestros héroes y mártires, el de los hijos de la libertad siga marcando el rumbo hacia la nueva era. La de la verdadera Humanidad.

Eso es lo que nos jugamos. Todo lo demás son supercherías medievales.

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