Bioterrorismo

29 Noviembre 2020

Resulta evidente para cualquiera que una guerra generalizada entre dos potencias nucleares supondría, si no el fin de la civilización, sí una hecatombe de proporciones bíblicas. Un enfrentamiento así implicaría, en el mejor de los casos, un daño inasumible para ninguno de los bandos, incluido el vencedor. Y es por eso que, a no ser por error o locura, la posibilidad de una guerra nuclear aparece sólo como cuestión teórica en los tratados de estrategia militar. Tal es así que ni siquiera sirve ya, como se hizo hasta hace muy poco, para atemorizar a la población en los cada vez más sofisticados y frecuentes programas de ingeniería social.

El nivel tecnológico, con su capacidad de mutua destrucción o daños no rentables para ninguna de las partes, parece descartar cualquier conflicto que supere el ámbito regional de potencias de grado medio con relativamente poca capacidad nuclear, lo que invita a contemplar escenarios de futuro dominados por un relativo equilibrio mundial sustentado en la idea genérica y muchas veces mitológica de “globalidad” que lleva a las “élites” políticas, económicas y religiosas de los diferentes países, creencias y grupos empresariales a coordinarse bajo alguna forma de dominio planetario con objetivos y planes de actuación comunes, secretos y, por lo general, dañinos para la inmensa mayoría de los humanos.

El mundo postmoderno, que curiosamente se caracteriza por un retorno a la antemodernidad medieval, aparenta estar dividido, por un lado, en una élite más o menos bien avenida alrededor de unos acuerdos de mínimos y, por el lado, una inmensa masa de humanos ignorantes de la realidad y del destino que esa élite o gobierno mundial en la sombra le tiene reservado. Pero hasta qué punto sea esto verdad depende de la respuesta a una cuestión que hemos dado, precipitadamente, por contestada y superada: ¿Es posible alguna clase de enfrentamiento a gran escala entre grandes potencias de forma que permita una victoria rentable a alguna de ellas?

La respuesta es un rotundo sí.

Existen, al menos, tres fórmulas de enfrentamiento en las que no se produciría una destrucción incontrolable, indiscriminada e inasumible para todos los bandos: la guerra económica, la ideológica y la biológica.

Pero antes de eso, debemos recordar algo que, por la propia naturaleza del discurso geoestratégico actual, se olvida: toda guerra tiene por objetivo dominar o eliminar al adversario.

La guerra económica es un complemento militar que siempre se ha usado pero que ha ido adquiriendo mayor protagonismo a medida que los avances tecnológicos, que dependen primordialmente del desarrollo económico, se alzaban como elemento decisorio de los conflictos bélicos. Ahora supone en sí mismo un escenario bélico que podemos diferenciar en dos vertientes. Por un lado, las materias primas, que incluyen energía y mano de obra. Por otro, el comercio, porque quien lo controle puede asfixiar económicamente a sus adversarios haciendo inútiles todos sus esfuerzos y la superioridad de la que goce en otras apartados. El ataque económico implica una destrucción selectiva que preserva el conjunto de materia prima y calidad ambiental y limita el daño a los bienes materiales y humanos del enemigo, arrastrándolo, además a un declive que conlleva una autodestrucción militar en todos los órdenes.

La guerra ideológica también ha sido desde siempre un componente asociado a todos los conflictos bélicos. Pero, como en el caso de la guerra económica, en nuestros días adquiere un protagonismo determinante que se expresa de dos formas diferentes según la estructura política, social y cultural de las sociedades en conflicto. En el caso de las sociedades democráticas librecambistas y liberales (no es lo mismo) resulta fundamental el control de los medios de comunicación con los que se puede manejar la opinión pública que ha terminado sustituyendo a la mayoría crítica democrática como fuente de poder. En las sociedades totalitarias, librecambistas o no, es la propia asfixia económica o una intervención militar interna (golpe de estado) o externa (guerra regional) lo que puede derrocar al poder político mediante sublevaciones populares provocadas y dirigidas más o menos desde el exterior coordinado con la oposición interior o directamente mediante una derrota militar.

La guerra biológica, con sus variantes pandémicas y fisicoquímicas (“suciedad” radiológica sobre humanos y química con toxicidad sobre el medio ambiente o limitada a los humanos), es la tercera fórmula de enfrentamiento asumible y la que protagoniza el escenario geoestratégico actual. Estamos inmersos en lo que podríamos denominar como un conflicto de bioterrorismo global.

¿Cuál es la condición para que se produzca cualquiera estos enfrentamiento a gran escala sin que deriven en el uso de armas nucleares por alguno de los bandos?

Que se logre inducir un determinado grado de indefensión en el enemigo mediante el manejo de algunos o todos de los siguientes factores: La ocultación y el secreto, la escala de tiempo (hacerlo poco a poco), la limitación del daño (infligir sólo el daño suficiente como para revertir la inercia de los acontecimientos) y la debilidad del enemigo (la inferioridad militar, la dependencia de la opinión pública, la carencia de materia prima y espacio comercial)

Pues bien ¿Qué está pasando ahora mismo?

China ha optado por un ataque biológico con consecuencias económicas e ideológicas. ¿Qué factor ha aprovechado fundamentalmente para llevar a cabo este ataque? La debilidad de los países democráticos: su dependencia de la opinión pública. ¿Cómo lo ha hecho? Se ha aliado o alineado su estrategia e intereses aparentes con determinados agentes económicos occidentales que controlan la opinión pública tras haber invertido de forma directa o indirecta en medios de comunicación y en una serie de estructuras paralelas de influencia social: ONGs, Universidades, Arte (especialmente cine y TV), movimientos sociales emergentes (feminismo, ecologismo, indigenismo, igualitarismo, multiculturalidad, inmigracionismo…) ¿Cómo ha logrado esta alianza? Ofreciendo a esos agentes económicos (y políticos asociados) acceso preferente a su mercado interno actual y al potencial en un futuro en el que China logre tener un papel hegemónico. “Si se cumple vuestra profecía -dice el régimen chino- y somos la primera potencia mundial, vosotros podréis participar de forma preferente del pastel”. Al mismo tiempo, China guarda silencio en todos los temas emergentes (ecologismo, multiculturalidad…) pero los apoya discretamente para que los agentes del mundo occidental que los promueven crean que, una vez alcanzados esos objetivos, el nuevo mundo abierto (para ellos) y sin más controles que el poder fáctico (ellos y el partido comunista chino) se sustentará en una masa humana empobrecida y completamente dominada por la ingeniería social. Para lograrlo, hay que acabar el poder político de la ciudadanía libre sobre el que reposan las verdaderas democracias convirtiéndolas en demoscracias, es decir, en poder de mayorías desindividualizadas y controladas a distancia por élites mediante esa ingeniería social aplicada desde los medios de comunicación, información y opinión.

En suma, deben colaborar plenamente con la Operación Pandemia del ejército popular chino.

De una tacada, con una pandemia de bajo rango, es decir, con mínima incidencia sanitaria, logran desencadenar una inercia de destrucción ideológica y económica en las democracias europeas porque:

  • No superan el umbral a partir del cual esas sociedades perciben e identifican el origen de una amenaza vital para su libertad y prosperidad.
  • Por tanto, no se defienden utilizando todos los medios a su alcance y sin jugar al juego de la proporcionalidad que el enemigo más débil intenta imponer: “Usa sólo la misma fuerza de la que yo dispongo y con la que sí te he atacado. Renuncia a tu superioridad por el bien de la paz que yo he alterado”.
  • Y, además, cuentan con la imprescindible colaboración de sectores clave de la sociedad atacada para evitar una reacción defensiva de la misma porque controlan los medios de conformación de la opinión pública.

A partir de ese momento, al no producirse una respuesta total por parte del enemigo, en este caso las sociedades democráticas, la inercia de los acontecimientos empieza a trabajar a favor de China que, poco a poco, consolida su supremacía económica, tecnológica, militar e ideológica. De hecho, el PIB chino apenas ha sido afectado por la pandemia y, ahora mismo, se encuentra creciendo a un ritmo que le llevará a ser primera potencia mundial por delante de EEUU y la UE juntas en menos de 30 años.

¿Qué debía hacer China para desencadenar este ataque biológico de forma que no causara un daño excesivo e indiscriminado? Diseñar un agente infeccioso que cumpliera tres condiciones:

  • Ser fácilmente mimetizable con un origen natural.
  • Tener baja letalidad.
  • Producir una infecciosidad selectiva.

Y es sobre este último aspecto sobre el que debemos detenernos.

¿Y si la extraordinariamente baja incidencia en países avanzados y democráticos y, por tanto, no sospechosos de ocultar los datos reales, como Taiwan, Corea del Sur o Japón no se deba a su magnífico manejo sanitario y social de la pandemia sino a que su población estaba protegida por el propio diseño genético del virus?

¿Y si la baja incidencia de la pandemia en países africanos con unos sistema sanitarios muy débiles y sin ninguna medida de aislamiento social no se debe a la incapacidad para detectar la verdadera incidencia de la COVID-19 (otras enfermedades infecciosas sí que están perfectamente evaluadas) sino a que están igualmente protegidos por el diseño genético del virus?

Miren el mapa de contagio y mortalidad de la pandemia y observarán que esta se ceba de forma manifiestamente predominante en países con mayoría de raza blanca. Es tan evidente que sólo el control mediático y la implantación de medidas totalitarias de censura en las sociedades avanzadas puede explicar que este asunto no esté en la vanguardia del debate público. Eso y el profundo trabajo de ingeniería social para neutralizar determinadas ideas o descubrimientos mediante, en este caso, la etiqueta de racismo, negacionismo, conspiranóia.

¿Es casualidad esta incidencia selectiva sobre determinadas sociedades identificadas preponderantemente con factores genéticos?

La pandemia apenas ha tenido efecto sanitario ni económico en China. Wuhan, epicentro del COVID-19, tras apenas dos meses y medio de confinamiento y después de haberse permitido que la mayor movimiento migratoria estacional de la Tierra, el Año Nuevo Chino, diseminara el virus por toda la nación, ha vuelto a la completa normalidad sin que en esa provincia ni en el resto de China exista apenas el más mínimo brote infeccioso. ¿Es porque no dan toda la información? ¿Mienten? De ninguna manera sería posible ocultar todos los indicios de una alta incidencia epidemiológica. En China, como en el resto de países con gran afinidad genética a pesar de diferir en sus sistemas políticos y en sus alianzas internacionales, la incidencia de la pandemia es muy inferior a la de los países blancos occidentales.

Existe una correlación evidente, y significativamente ignorada, entre la persistencia y gravedad de la COVID-19 y el perfil genético de la población.

Desde luego, un agente biológico diseñado como arma debe ser suficientemente selectivo como para afectar de forma prioritaria al enemigo minimizando los daños propios. Y eso es sólo posible utilizando marcadores genéticos que estén presentes en unas determinadas poblaciones en mayor proporción que en otras.

¿Se puede hacer algo así con la tecnología actual conocida? Por supuesto. ¿Y con la desconocida? Mucho más “por supuesto” aún.

La negativa a permitir que se investigara en profundidad en su momento, con las pruebas aún frescas, el origen de la pandemia no tiene otra explicación que la de ocultar la manipulación artificial del genoma y el mecanismo de infección inicial y propagación.

Las amenazas a países como Australia que exigían esa investigación y las más recientes sobre el personal involucrado en el sistema sanitario de Wuhan y las instalaciones de “Guerra biológica” existentes en esa ciudad quedan eclipsadas como indicios menores de un ataque bioterrorista ante la evidencia que representa la selectividad genética del coronavirus asociada a factores étnicos.

Que esa correlación asociada a diferencias raciales se ignore como se está haciendo es la clave para comprender el actual enfrentamiento militar y las negras perspectivas para la libertad y prosperidad del mundo occidental si no se actúa de inmediato y se abandona la suicida actitud de indefensión.

Y tres últimas reflexiones.

  • Dado el éxito inusitado del ataque biológico para producir daños políticos en forma de retroceso en las libertades y derechos de la población occidental que han permitido instaurar hábitos totalitarios que facilitan el control informativo de las élites aliadas a los intereses chinos, cabe la posibilidad de que, habiendo aceptado la sociedad que se va a producir una tercera oleada más graves, esta llegue a producirse realmente gracias a la utilización de una cepa más virulenta cuyo aparente origen se encuentre en esos mismos países occidentales (se ha intentado ya con los visones daneses).
  • No se puede en absoluto desechar la utilización de vacunas como medio transmisor de agentes biológicos (modificaciones genéticas) o fisicoquímicos (debilitamiento del sistema inmunológico, agentes químicos nocivos o efectos secundarios que produzcan infertilidad, daños cerebrales…) Las vacunas se van a administrar con diferente sello en distintos lugares, países y capas de la población. Por tanto, sus efectos pueden ser también intencionadamente distintos. Por ejemplo, producir preponderantemente infertilidad en regiones con alta tasa de natalidad y ricos en recursos, como África, amplias zonas de Latinoamérica, Oriente Medio, India o Sudeste Asiático y daños neurológicos en zonas con alto nivel de formación y, por tanto, de capacidad crítica de su población, como Europa y países europeizados.
  • El destino de los países democráticos avanzados de Oriente, que han estado protegidos por el diseño genético del virus, es convertirse en protectorados chinos con todo lo que eso significa a nivel político y económico para su población. El de los agentes internos que colaboran con China es ver cómo sus intereses ahora concordantes dejan de serlo tan pronto como China no los necesite. Demasiado tarde comprobarán que están trabajando directamente en favor de su propia derrota como cooperadores imprescindibles de esta tercera y última guerra mundial que terminará con la implantación del Nuevo Orden Mundial que no es el de los iluminati, ni las élites del capitalismo financiero parasitario, ni del cristianismo, ni del liberalismo multicultural, ni de los masones… sino del Reich de los mil años: el nacionalsocialismo con características chinas que inventó e instauró Deng Xiaoping, ese verdadero Gran Timonel del imperialismo chino que puso en marcha el autocumplimiento de la profecía napoleónica:

China es un gigante dormido. Déjenla dormir, porque cuando despierte temblará el Mundo”.

Un gigante totalitario. Dueño absoluto del Nuevo Orden Mundial que ha comenzado con una ofensiva de bioterrorismo contra los países occidentales, democráticos y de mayoría racial blanca.

B LM

Un movimiento antiracista con el que encubrir el carácter racista de la Operación Pandemia.

¿Se entiende todo un poco mejor?

4 comentarios en “Bioterrorismo

  1. Madre mía cuantas paladas de mierda contra los chinos.

    Te inventas que el virus ha sido creado por el hombre, te inventas que específicamente lo han inventado en China, te inventas una tercera ola de virus mortífero abortada por la muerte de los visones daneses, presupones que las democracias asiáticas son mejores que las europeas u occidentales, te inventas un tercer reich chino!!!

    Según tu el supremacismo ario nazi converge en China, que es comunista, no socialista, y mucho menos aria.

    Luego hablas de virus que seleccionan a sus víctimas por raza, sabes que solo hay una raza?

    En fin, un conjunto de teorías conspiranoicas sin sentido de un racista blanco.

    Por añadir algo, recuerda que China es la fábrica del mundo porque el capitalismo quiso, sacó las fábricas de Europa y América para ponerlas en China que era más barato, ganado dinero los ricos, que se hicieron por supuesto, más ricos.

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    1. Gracias por leer el artículo y dar su opinión. Sólo, si me permite dos precisiones: Mis palabras no son contra los chinos, sino contra el régimen ahora nacionalsocialista (el comunismo no admite las inmensas diferencias de clases que hay en China, ni la propiedad privada de los medios de producción) Y mire el mapa de contagios, por favor y verá que el virus ataca con muchísima mayor gravedad a países occidentales, democráticos y de mayoría racial blanca (no a Japón, Corea del Sur, Taiwán…) ¡Qué le vamos a hacer, es la realidad! Luego, cada uno opina si esto es casual, es decir, natural o artificial. Lamento contradecir sus creencias ideológicas.

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      1. China es comunista, se te adapte a tus gustos o no, socialista vale, nacional-socialista no lo es, cuando ejecute judíos indiscriminadamente lo hablamos, el virus no ataca con muchísima más gravedad a países occidentales democráticos, eso es una falacia. Algunos países están más acostumbrados a realizar sacrificios individuales a favor del colectivo, en Europa no tanto, y pasa lo que pasa.
        Ejemplo:

        EEUU 16 millones de contagiados, 300 mil muertos, ratio por contagio de 1,64%
        China 80 mil contagiados, 4 mil muertos, ratio por contagio de 4,84%.

        Si EEUU tuviera un virus más peligroso (tan peligroso como el ratio que tiene China), los muertos serían como el porcentaje chino, casi cuatro veces más, de 300000 pasarían a 1200000 muertos.

        Casualidad no indica causalidad, tu razonamiento es una falacia.

        Las diferencias de número de contagiados entre países han dependido de sí se han aislado correctamente o no, y ahí China que es una dictadura comunista, decreto un confinamiento más largo y estricto que Europa, o EEUU y además mantuvo y mantiene (por la dictadura en sí), un control fronterizo mayor que el resto de países capitalistas.

        Esa es la diferencia. No teorías conspiranoicas.

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      2. Hombre, el nacionalsocialismo no lo es por matar judíos, sino por seguir un régimen político-económico que consiste en propiedad privada y libre competencia tutelada por un aparato estatal de partido único. Las cifras de China no se las cree nadie. Las de Japón, Corea del Sur, Taiwán, sí son creíbles porque son democracias. El confinamiento en China se hizo ´solo en la provincia de Hubei (capital Wuhan) en pleno año nuevo chino (he estado 6 veces en China) y créame que es la mayor migración humana del mundo, interna y externa, por eso se expandió la pandemia como lo hizo a todo el mundo comenzando por Europa. Y la muchísimo menor incidencia en esos países capitalistas (Japón, Corea del Sur, Taiwán) de mayoría racial no blanca (iguales en todo a los occidentales menos en la raza) y a pesar de estar al lado de China y con intensos lazos comerciales (Japón y Corea del Sur) no se explica por la cerrazón de fronteras. Me temo que no es una constatación conspiranóica mía sino de analistas objetivos que tienen la obligación de analizar todos los factores epidemiológicos. La correlación COVID-19 y raza es muy alta. Demasiado como para ignorarla. De hecho hay estudios genéticos que la relacionan a través de determinados genes: https://www.elconfidencial.com/tecnologia/ciencia/2020-10-01/coronavirus-grave-herencia-genetica-neandertales_2770735/

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