Revelación

15 Noviembre 2020

Estamos al final de un modelo, el Neolítico, que se sustenta en la burbuja poblacional, la cual lleva a una expansión en todos los órdenes que culmina en la globalidad resultante de la destrucción de las barreras entre ecosistemas biológicos y culturales. Un modelo basado en superar los límites que la razón predador/presa (somos cazadores) impone al incremento de la población humana mediante el sencillo truco de convertir a un número crecientemente mayoritario de humanos en una especie virtual “herbívora” gregaria, que es pastoreada por una minoría que conserva sus características depredadoras en la forma de pastores de ese rebaño virtual. De este modo, se puede incrementar la población humana porque el número de depredadores (humanos), los Homo predator, no supera el umbral de la disponibilidad de presas (humanas), los Homo ceres. Una eficaz trampa cuyos efectos secundarios más importantes son el complejo procedimiento de conversión en especie herbívora gregaria llamado “civilización” y la burbuja poblacional resultante de saltarnos las reglas del equilibrio natural entre presas y depredadores. (Se cuenta todo detalladamente en “Homo Simulator” https://www.amazon.es/Homo-Simulator-Rafael-Ortiz-Garcia-ebook/dp/B086Z38P2Z)

El vertiginoso desarrollo tecnológico iniciado con la Revolución Industrial nos ha llevado al final del viejo modelo, el Neolítico, y a las puertas de uno nuevo, el Ciberlítico, que estará sostenido por una especie, el Homo machina, que hará innecesaria la existencia de ganado humano. La inteligencia artificial, la automatización y la robotización permitirán la existencia de una población de humanos “verdaderos”, sin que la razón predador/presa se rompa. Los Homo predator ciberlíticos gozarán de una alta calidad de vida en condiciones de baja densidad demográfica, sin hacinamiento ni deterioro del medio ambiente. La enorme masa de Homo ceres que arrastran una vida mísera y consumen de forma insostenible los recursos naturales se convertirá en algo no sólo innecesario sino prejudicial.

La burbuja poblacional, como todas las demás, explotará. La única cuestión es cómo, en qué medida y cuándo. El Nuevo Orden Mundial depende de quién controle esa explosión. Ahí está la clave de todo lo que ocurre y ocurrirá en un futuro mucho más cercano de lo que imaginamos.

China, el país más poblado de la Tierra, está compuesto, como todas las sociedades neolíticas, por una minoría dominante y una mayoría dominada. La actual élite, adaptó estratégicamente su ideología comunista (internacionalsocialista) para transformarla en un característico nacionalsocialista de libre mercado tutelado por un poder político unificado. Pero la transformación del régimen comunista liderada por Deng Xiaoping, a pesar de sustentar su poder sobre el progreso económico derivado de la propiedad privada y la libre competencia, al igual que la de Mussolini o Hitler, no ha abandonado los principios colectivistas del socialismo tal y como ingenuamente pensaban los líderes políticos y económicos del mundo libre. Hasta ahora, los afanes imperialistas propios del nacionalsocialismo no han embarcado a China en un enfrentamiento bélico como el que acabó con la Alemania nazi, ni con un enfrentamiento político-ideológico como el de la Guerra fría, que puso fin a la Unión Soviética y, de alguna manera, a la China maoísta. Gracias al trato “amable e integrador” deparado por la administración norteamericana, y por las grandes multinacionales del mundo libre, China posee ahora un poder económico, militar y tecnológico inmenso que cuenta, además, con la decisiva ventaja de estar controlado por una reducida élite política, militar y empresarial aglutinada en torno al partido comunista chino. Nadie controla directamente más poder que esta élite y, sin embargo, apenas nadie la señala como “el” poder en la sombra. El estado profundo chino es tan visible como inadvertido.

Un inmenso poder sin controles democráticos y con afán globalista. El prototipo perfecto del Nuevo Orden Mundial totalitario. Y, sin embargo, esa élite china, mucho más unida y poderosa que cualquier otra, se encuentra excluida del bestiario de los antiglobalistas. ¿Por qué? Pues porque el colectivismo controla de forma hegemónica el sustrato cultural conformado por las ideologías, las creencias, los valores y los dogmas morales desde el que se establece la “Realidad” que sirve de modelo para, dominando el “factum”, imponer la dictadura de la Nueva Normalidad. Ellos son el verdadero gobierno en la sombra que está actuando “desde el futuro” escrito en los sótanos del presente.

¿Hay algo más globalista que la “Internacional socialista”?

Universal, global, de pensamiento único y guiada por el mandato ganadero de “creced y multiplicaos”, propugna la igualdad y la pobreza disfrazada de consumo sostenible (ecológica y espiritualmente) el anticonsumismo y el desapego de los bienes materiales, la resignación, la obediencia (sumisión) y la indefensión (poner la otra mejilla), la solidaridad incondicionada (aceptad a todos los inmigrantes que quieran venir) ¿Alguien cumple más y mejor con los rasgos descritos en el moderno Malleus Meleficarum de la conspiranóia antiglobalista?

¿De quién estamos hablando?

El colectivismo, fiel al modelo neolítico de ganadería humana, tiene como uno de sus pilares fundamentales salvaguardar la burbuja poblacional, al mismo tiempo que defiende una mejora en la calidad de la vida humana. ¿Un mundo superpoblado, controlado por el pensamiento único de una élite dominante colectivista, creyente o atea, que, sin embargo es compatible con la libertad individual y con una elevada calidad de vida? ¿Y todo eso de forma ecológicamente sostenible? ¿Cómo? Porque las cuentas no salen. O sí salen, pero repartiendo, como veremos, la pobreza entre muchos para salvaguardar la opulencia de las élites.

Todo está sustentado en un inmenso engaño. No hay ni habrá recursos suficientes como para que la inmensa mayoría de una Humanidad en constante crecimiento pueda vivir con un bienestar económico equiparable, siquiera, a las clases medias de los países en vías de desarrollo. Y este engaño tiene unas raíces muy profundas y antiguas.

El colectivismo de la granja global es el plan de quienes se han apropiado, religiosa y políticamente, de la revolución cristiana, un fenómeno netamente europeo, sustentado en el modelo de disidencia-lealtad, libre albedrío y una sola ley, “que os améis los unos a los otros”, es decir, que impongáis sólo la no imposición y establezcáis la norma de la armonía que permita la máxima libertad individual para todos. El código de la circulación que ordena el tráfico para que todos puedan ir sin riesgo y de forma armónica a donde libremente decidan ir. Un plan que consiste en mantener a toda costa y todo el tiempo posible el modelo neolítico basado en el incremento de producción y consumo sostenido por la burbuja poblacional como criterio económico… Hasta que una nueva especie, el Homo machina, mucho más eficiente, que no consume recursos de gran impacto ambiental ni compite en el escenario social humano, hará innecesaria la masa ganadera humana y, entonces, se producirá inevitablemente una brutal eliminación de la población sobrante por la sencilla razón de que los “pastores”, las élites, no necesitaran ya al rebaño humano.

El modelo neolítico, en sus más variadas y sofisticadas formulaciones, ha convertido en monstruos inhumanos a quienes propugnan que hay que llevar a cabo una reducción traumática y brusca de la población antes de que el problema se agrave y la solución sea más traumática. Son los demonios que quieren exterminar a la Humanidad, después de esclavizarla y torturarla Y esto lo dicen los que defienden continuar incrementando la población y ofrecen como solución el reparto de los cada vez más exiguos recursos del planeta. Una quimera milenaria para sostener el tremendo sufrimiento de las masas convertidas en ganado del mismo Tercer Mundo superpoblado y mísero que se está exportando a Europa y a los países europeizados para acabar con la libertad y el bienestar económico de sus habitantes y, así… ¡hacer un mundo más justo! ¿Pero quiénes son estos demonios del imaginario colectivista? Pues, sorprendentemente, los mismos que están están haciendo el trabajo sucio de implantar la nueva normalidad colectivista y tercermundista en los países europeos y europeizados blancos:

La aristocracia liberal.

Bill Gates, Soros, Bezos… las grandes familias de la banca, los capos del “capitalismo financiero parasitario”, los masones, los “iluminati” y hasta los extraterrestres reptilianos están siendo utilizados para ocultar a las élites colectivistas religiosas o laicas, creyentes o ateas.

La aristocracia liberal no es colectivista, pero quiere implantar una sociedad postneolítica en la que una reducida población de humanos disfrute de la libertad y calidad de vida que permitirán los Homo machina (la robotización, la automatización y la inteligencia artificial) haciendo el trabajo duro que ahora hacen las masas de Homo ceres. Con una salvedad: Ese bienestar económico no se repartirá como resultado de la competencia en esfuerzo y talento de los individuos bajo unas mismas normas iguales para todos, sino que la desigualdad vendrá determinada por una libre competencia tutelada por el poder de la clase dominante, ellos, claro, que tendrán privilegios inherentes a su posición social. Una competencia sin juego limpio, desleal, mediatizada por el dumping social de los poderosos. Exactamente el mismo esquema del nacionalsocialismo que explica que la aristocracia liberal y la élite china unan sus esfuerzos para eliminar la libertad y prosperidad de los países europeizados a fin de que, cuando llegue la nueva era, el Ciberlítico, no haya una masa de población crítica que se oponga a su modelo de oligopolio.

Lo único que diferencia los planes de los colectivistas y los aristócratas liberales es que, los primeros, quieren preservar al máximo la burbuja poblacional aplazando su explosión y posponiendo la inevitable reducción de población, mientras los aristócratas liberales quieren precipitar esa brutal reducción de población para acceder cuanto antes al paraíso Ciberlítico de la Humanidad dividida en clases sociales sostenidas por el trabajo de los Homo machina. Por su parte, los nacionalsocialistas chinos se diferencian de los aristócratas liberales en que, cuando llegue el Ciberlítico, quieren ser ellos los que dominen esa sociedad que estará compuesta, mayoritariamente, por chinos.

La tercera vía: El liberacismo.

Para que siga incrementándose la población mundial sin romper la razón predador/presa en términos globales de sostenibilidad ambiental es necesario eliminar el nivel de vida del Primer Mundo de manera que se universalicen las condiciones del Tercer Mundo y esa redistribución de la riqueza libere los recursos necesarios para que una reducida élite de “pastores” pueda disfrutar de un nivel de vida muy superior al resto de la población. Pero esta tercermundialización no se puede lograr sin robar antes la libertad y la capacidad para defenderse a los habitantes del Primer Mundo, comenzando por Europa y los países europeizados. Y a ese plan se apuntan las llamadas elites capitalistas, la aristocracia liberal, para lograr que, tras el genocidio eugenésico que precipitará la entrada en el nuevo mundo Ciberlítico, no haya una masa crítica de personas libres que puedan cuestionar su hegemonía como clase dominante, sino los restos de una humanidad empobrecida y sumisa que aceptará lo que se les conceda.

El objetivo del liberacismo es llevar a cabo una transición lo menos traumática posible hasta el Ciberlítico, deteniendo el incremento de la población e implantando un modelo político y social liberacista de la única forma en que ya es posible: renunciando a ganar la batalla de las masas y poniendo en marcha el proyecto “Arca”: liberar a los individuos de los programas virales en forma de ideologías, creencias, valores y principios que se imponen a la conciencia individual, para que sean capaces de crear células de supervivencia en las que aislarse y protegerse de los planes colectivistas/aristocráticos y propagar en lo posible los cambios que permitan a otras personas incorporarse al mundo libre protegido.

Los colectivistas buscan prolongar el sistema neolítico de ganadería humana pensando que gracias a la tecnología y al reparto equitativo de la riqueza podrá sostenerse la burbuja poblacional sin que estalle y sin que destruya el ecosistema global. Para eso quieren implantar una dictadura colectivista de clones ideológicos controlados por una élite de pastores. La Nueva Normalidad es el escenario en el que confluyen los intereses de todos los colectivistas (más los aristócratas liberales) no importan sus diferencias ideológicas.

Los aristócratas liberales quieren precipitar ya la transición al Ciberlítico para, una vez establecido este, controlar la sociedad jerarquizada en la que ellos, como élite dominante, gozarán de una serie de privilegios independientes de los méritos de la libre y justa competencia en talento y esfuerzo. Apoyan la implantación de la dictadura colectivista de la Nueva Normalidad porque les permite neutralizar a las sociedades del primer mundo, especialmente a las occidentales de mayoría blanca, porque poseen una larga tradición de libertad de pensamiento, poder económico, militar y tecnológico, con el que podrían frustrar, si mantienen su libertad y prosperidad, el genocidio eugenésico para reducir la población hasta un máximo de 750 millones de personas en los próximos 10 años. Esperan poder controlar la sociedad futura junto a las élites chinas reconvertidas a los principios de la aristocracia liberal.

Los liberacistas quieren implantar un programa mundial para detener primero y reducir después de forma no traumática el incremento de población para lograr una transición al Ciberlítico con un mínimo exceso de población que haga innecesario el genocidio. Si, como todo parece indicar, esto no fuera posible porque la densidad demográfica ha alcanzado cotas incompatibles con una transición no traumática que, además, ni los colectivistas ni los aristócratas liberales están interesados en perseguir, el objetivo prioritario de los liberacistas debe ser el de implantar células de supervivencia, arcas sociales en las que protegerse y desde las que tratar de salvar al mayor número de personas que no estén infectadas por programas mentales liberticidas.

¿Quién está ganando?

Sin ninguna duda, el nacionalsocialismo chino. Ellos son la élite y serán la élite dominante de la sociedad ciberlítica que esperan implantar antes de que acabe el siglo y que, según sus planes, estará compuesta por, como mucho, unos 1.500 millones de personas, mayoritariamente chinos.

¿Porqué están ganado?

– Los colectivistas de ideología formalmente contraria a la del peculiar nacionalsocialismo chino están colaborando en su ofensiva imperialista protagonizada por la ingeniería social que redirige todos los movimientos ciudadanos hacia su visión del mundo y la implantación de la dictadura del Nuevo Orden Mundial. Todos los colectivistas han sido abducidos por la ideología “progresista”, que es el formato mediante el que China exporta e impone su dominio cultural, político, económico y étnico (sí, también será un dominio étnico). Todos, incluidos los que formalmente están en las antípodas de esa ideología, están siendo transformados en clones de una misma mente colectiva controlada desde Pekín.

– Los aristócratas liberales están ayudando a destruir de forma decisiva a las clases medias y altas de las sociedades libres occidentales (especialmente de mayoría blanca) pensando que con eso evitan que se frustren sus planes de genocidio eugenésico y que una masa crítica de ciudadanos que conservan su libertad les impida controlar la sociedad del futuro. Sin la colaboración de ellos, de sus ramificaciones mediáticas, financieras y políticas, no podría implantarse la dictadura de la Nueva Normalidad ni destruirse el bienestar económico sobre el que se sustenta la libertad del mundo occidental.

– Los liberacistas, herederos de la Revolución Americana, no han sabido unirse en un proyecto común que construya los elementos sociopolíticos y culturales del nuevo mundo para poder controlar el tránsito al Ciberlítico y establecer una sociedad cuyo ámbito público y común no esté dominado por ninguna clase de ideología sino por una normativa regida por normas que posibiliten la máxima libertad individual para todos. Y, concretamente, no han utilizado el poder de las estructuras, instituciones y medios actuales para detener la fulgurante, decisiva y triunfal ofensiva de la alianza entre colectivistas y aristócratas liberales liderada por el nacionalsocialismo chino de nuevo cuño. Trump, y ese ha sido su inmenso error, se ha dejado llevar por las estrategias y tácticas del marketing político convencional y no ha hecho lo que un liberacista del Nuevo Mundo, un continuador de la Revolución/Independencia debería haber hecho: Utilizar su poder al máximo, sin ninguna limitación, para que China detuviera su ofensiva y paralizara las acciones mediáticas, políticas y extralegales de sus socios.

Estamos a las puertas de un diluvio. No podemos evitarlo, pero tampoco debemos agravarlo. Sólo podemos protegernos construyendo un arca. Y sólo podemos construirla si aplicamos los principios del poder de la libertad individual. Solos o unidos a otros. Esos que no ha usado D. Trump engañado por los consejos de la quinta columna que le ha rodeado durante todo su mandato. Esos que todavía tiene tiempo de utilizar, porque tiene en su mano el poder de la primera potencia mundial. Esos de los que se ha apropiado la Alianza de colectivistas y aristócratas liberales para, aunque gane, no dejarle ganar. Porque ellos han impuesto su escenario, sus reglas, sus tiempos… Ellos controlan los mecanismos que han convertido la democracia en “demoscracia” (el poder de la demoscopia). Y lo hacen sin tener que someterse a las reglas democráticas y legales. Dominan el “factum”.

Por eso, la única estrategia viable consiste en crear un terreno en el que vivir y desde el que dar la batalla. Un espacio de poder. Una corporación que cuente con medios de comunicación, partidos políticos adaptados a los diferentes escenarios, organizaciones profesionales, empresariales y sindicales, lobbies, asociaciones ciudadanas de amplio espectro, y una eficaz red de servicios equivalente a la de cualquier estado moderno que incluya educación, sanidad, protección personal y jurídica, servicio de información, inserción laboral, sistema de pensiones y cobertura de desempleo…

Hay que olvidarse del viejo mundo y funcionar ya con las instituciones y mentalidad del nuevo mundo en el que primará la libertad individual o, si ganan los aristócratas liberales y/o los colectivistas, el poder de una élite dueña de todo el sistema económico, productivo, político, legal y moral. Una libertad individual que debemos proteger ya, porque todo lo público se ha convertido en propiedad de los colectivistas y la aristocracia liberal. Por eso lo hacen fracasar cuando y donde les interesa.

Cada uno de nosotros debemos crear nuestra propia célula de supervivencia incorporándonos , cuando llegue el momento, a la corporación liberacista que, con tan sólo aglutinar como miembros a un 10% de la población mundial se convertiría en un formidable poder dedicado exclusivamente a la defensa, por todos los medios a su alcance, de la libertad y la prosperidad de sus miembros-ciudadanos-accionistas.

Muchos políticos verdaderamente comprometidos con la Humanidad, con su bienestar y su libertad, empresarios, intelectuales, militares, ciudadanos normales que gozan del inmenso poder de su libertad individual deberían ponerse ya en marcha hacia el Ciberlítico construyendo escenarios, instituciones y medios propios de ese mundo… o seguir perdiendo el tiempo tratando inútilmente de ganar una batalla que se libra bajo las normas del enemigo y contra el reloj de una inevitable debacle humana a la que los intereses de la alianza entre colectivistas y aristócratas liberales (entre absolutismo y colonialismo) nos lleva sin remedio. No se puede luchar contra el Imperio Británico utilizando la estrategia imperial porque no disponemos de los medios del Imperio. Y, además, porque luchando como él no se llega a otro sitio que no sea un nuevo Imperio.

La revolución va indisolublemente unida a la independencia y, esta, no es otra cosa que la libertad individual.

Los liberacistas somos mucho más poderosos de lo que imaginamos a condición de que nos olvidemos de la batalla de las masas y nos centremos en utilizar al máximo y por todos los medios el poder del que disponemos. Si Trump, Elon Musk y todos los que de verdad están comprometidos con la ideología de la libertad y no con la libertad de las ideologías para infectar y dominar a las personas, deciden crear ese gran Arca de Noé, podremos hacer realidad la profecía de una inmensa minoría dueña de su destino. Si no, una granja global y, tras el Diluvio, un nuevo Dominio. Porque jugando a su juego nunca nos dejarán ganar. Y creando nuestro propio mundo, nunca podrán esclavizarnos.

Ha comenzado la cuenta atrás. Si no se da ya, cuando aún hay tiempo, la batalla del factum, nada podrá evitar el holocausto. Nada ni nadie, porque los verdaderos triunfadores, ocultos tras su propaganda ideológica, no se oponen al genocidio eugenésico, sino que quieren administrar su forma, su alcance y su momento. Lo único que estará en nuestras manos, y no es poco, será evitar formar parte de ese destino tenebroso que han marcado para la inmensa mayoría de los humanos a los que sus ídolos, ideologías y creencias han convencido para que entreguen su libertad de pensamiento y acción, su voluntad y su conciencia y, así, quedar convertidos en clones de una mente colectiva que dicta sus mandamientos, sus verdades, sus leyes y normalidades. Y para clones, nada mejor que las máquinas. Sobran, pues, los clones humanos, los personajes no jugadores, los Homo ceres, la inmensa mayoría.

Eso o el triunfo de la corporación liberacista.

IHT

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