Apocalipsis ahora

23 Octubre 2020

“Y vi otra bestia que subía de la tierra; tenía dos cuernos semejantes a los de un cordero y hablaba como un dragón” (Apocalipsis 13,11)

Caí en el sueño, mientras con los ojos abiertos contemplaba un horizonte de niebla que había surgido de repente ante mí como sobrevenido desde la nada. Y vi cosas que no pueden contarse por miedo a que, haciéndolo, se cumplan.

Perdió Trump y todos corrieron a felicitar al vencedor. Pekín se llenó de mandatarios, empresarios y subalternos deseosos de unirse al nuevo Eje multilateral liderado por la primera potencia económica del Mundo. La nueva normalidad comenzó de inmediato a implantarse en los antiguos países libres occidentales de mayoría blanca, mientras los de origen amarillo, vecinos del triunfante IV Reich, negociaban una coexistencia semiindependiente, reservándose cotas de libertad para sus ciudadanos que, a partir de ese momento, serían impensables para los que apenas meses atrás abanderaban la libertad y la prosperidad desde Europa y los países europeos de ultramares.

Una nueva ola de pandemia, menos letal pero propagandísticamente más contagiosa y efectiva, sirvió de razón para implantar de forma definitiva el estado de excepción, primero en los países que habían servido de cabeza de puente a la invasión biológico-mediática de la Wehrmacht oriental y, muy poco después, en el resto del antiguo mundo libre.

El pueblo de Lynch tomó las calles, las escuelas, las fábricas, las iglesias… y todo aquél marcado con la nueva estrella de David y quienes no manifestaban suficiente fervor afirmacionista, eran perseguidos con saña, insultados, vejados, expulsados de sus trabajos y apartados de la sociedad como leprosos transmisores de un ébola voluntario y culpable.

Nadie se atrevía a ponerse frente a los tanques Tiananmen de las divisiones en las que China había estado invirtiendo en secreto desde que se instituyó el nuevo Imperio Han, un 18 de Diciembre de 1978, cuando el primer emperador, Deng Xiaoping y su nuevo partido nacionalsocialista, el Socialismo con Características Chinas tomo el poder: Un ejército de medios de comunicación dirigido y financiado por los sueños comerciales de los grandes empresarios occidentales que buscaban obtener un lugar en el inminente paraíso del consumo chino. Todos los dirigentes se postraron ante la armada mediática Han proclamando con grandes alardes su lealtad a los principios de la nueva normalidad y jurando implantarla sin ninguna concesión a los diablos blancos, liberacistas y negacionistas, que se oponían al nuevo orden de la vieja tradición de ganadería humana modernizada con las nuevas tecnologías capaces de lograr cotas de hacinamiento y rentabilidad totalitaria sin parangón en la Historia de la Humanidad.

Eso fue antes de terminar el año maldito de 2020. Con el Nuevo año llegaron los campos de concentración, y la marca de la bestia “que habla como el dragón” se imprimió bajo la piel de todos los humanos, para distinguir a los buenos de los malos y someter a estos a la exclusión social, económica, sanitaria, laboral, educativa…

Comenzó la Primavera y los Expertos dieron a conocer las cifras de la pandemia. Un tercio “habían muerto o morirían”, esa fue la enigmática sentencia del oráculo, si no se adoptaban medidas urgentes y drásticas para proteger a la Humanidad, ahora unificada bajo el discreto pero omnipresente poder del lejano Imperio. Una reordenación de la deuda pública y privada liberó a muchos de su insolvencia a cambio de que todos entregáramos nuestro derecho de propiedad para que fuera administrado por los gobernantes. Y quien no accediera, sería, primero, apartado de la sociedad y, luego, encerrado para protegerla. Todo lo cual se consumó antes del verano.

Se implantó el dinero social, que recompensaba a las personas no por los frutos de su esfuerzo y talento sino por su virtud y adhesión política, moral y personal a los principios de la nueva normalidad, siendo puntuados por el resto de los ciudadanos, una “opinión pública popular” interpretada y manifestada por el poder que sustituyó a la libre competencia. Los padres perdieron la tutela de sus hijos, se limitó al mínimo imprescindible el contacto físico directo entre personas, las reuniones presenciales y los viajes fuera de los domicilios vecinales (barrios de grandes ciudades y pueblos pequeños). Las horas en que se podía ocupar el espacio público, el aforo del mismo y los medios y formas para desplazarse por él. Se implantaron controles policiales, militares y sanitarios para comprobar el pasaporte subcutáneo de la población en tránsito. Se instituyeron tribunales de la “Verdad” que perseguían en las redes sociales, en las calles, en los lugares de trabajo y hasta en el ámbito de la intimidad de familia y pareja a los disidentes negacionistas. Se anularos los derechos de inviolabilidad del domicilio, de presunción de inocencia, de defensa propia… de libre opinión y elección política.

Llegó el Otoño del primer año de la nueva normalidad y se implantó de facto el derecho islámico en todo el territorio de Europa y los países blancos europeos de ultramares. Los disidentes primero y, luego, el resto de población blanca no asimilada al multiculturalismo islámico y el mestizaje cultural, comenzó a disminuir secreta y rápidamente. La gente desaparecía y nadie preguntaba. Aquellos que lloraban y clamaban por los suyos era internados fulminantemente en centros de atención de los que sólo salían cuando habían sido recuperados para la sociedad.

Llegó el segundo año de la nueva normalidad y una inmensa mayoría de humanos vivía según los patrones de sostenibilidad climática y ambiental, de igualdad económica y de virtud anticonsumista. Las calles estaban llenas de viandantes y bicicletas disfrutando del alivio del toque de queda y la limitación de aforo en espacios públicos. Se generalizó de forma gratuita el acceso a las redes en locales públicos dotados de los más avanzados medios de comunicación online. Las nuevas clases medias surgidas de la competencia en la opinión popular y de su calificación en la escala de ciudadanía según el grado de cumplimiento de los principios de la nueva normalidad, comenzó a disfrutar de la nueva desigualdad solidariamente justa, disponiendo de espacios protegidos, urbanos y naturales, con baja densidad de población y elevados servicios y comodidades. Se les permitía acceso directo y personal a las redes sociales, amplia libertad de movimiento, autonomía para decidir cuestiones personales y familiares así como acceso preferente para sus hijos a los centros de élite educativos y de trabajo.

Llegó el tercer año de la nueva normalidad y una pandemia como nunca había existido diezmó el Mundo. La plaga acabó con cuatro quintas partes de la población. Apenas sobrevivieron las clases medias y altas y un número igual de ciudadanos comunes, entre los que no se encontraba ninguno de mis seres queridos, de mis amigos, de quienes algún día ya muy lejano habían pensado, como yo, que la vida, por culpa de haber nacido humano, no merece la pena vivirse si no es con libertad.

Cerré entonces los ojos y caí en el sueño despierto de la oscuridad interior en la que nos refugiamos para huir de cruel mundo de la Realidad. Y soñé, vana ilusión, que Trump había ganado, que declaró la guerra al nacionalsocialismo, que rehuyó la lucha replegándose sobre sí, perdiendo una a una todas sus divisiones mediáticas cuyo mando era asumido por generales leales, y que la Corporación Liberacista del Nuevo Occidente, que comenzó tres años antes como una semilla espontanea a la que se unía gente de todo el mundo para darle un sustrato sobre el que crecer, había creado desde la nada de los sueños un mundo libre y próspero en el que sus nuevos propietarios, los ciudadanos-accionistas, vivían como clase alta, cómo élite de un paraíso en la Tierra sostenido por la poderosa tecnología puesta al servicio de los humanos, de su felicidad.

Y no quería despertar, aferrado a un sueño en el que esperaba la llamada de otro que soñara lo mismo, Y otro. Y otro. Y así, hasta que el cruel mundo de la Realidad se desvaneciera como un oscuro, exagerado y fantasioso vaticinio que nunca se había cumplido. Pero he despertado en algún lugar del futuro, delante de unas siglas: CLNO (Corporación Liberacista del Nuevo Occidente), que aún no sé si las contemplo pintadas en la pared de un refugio de la Resistencia o en una estela luminosa que flota sobre el aire océano de la Estatua de la Libertad. Sólo sé que una bestia que habla como un dragón se extiende por la Tierra sin que nada ni nadie se alce contra ella… porque nadie cree que sea otra cosa que una nueva clase de normalidad.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s