Corporación Liberacista

21 Octubre 2020

Unidos en la Libertad. Fuertes en la Lealtad.

Los estados modernos comenzaron su declive con la Revolución Industrial, cuando la libre competencia y la iniciativa individual tomaron las riendas de la dinámica social y las sociedades mercantiles y manufatureras comenzaron a asumir buena parte de las funciones públicas que antes estaban encomendadas en exclusiva al Estado.

La desigualdad social se diversificó, ampliando la estructura jerárquica que, hasta ese momento, contaba con una minoría privilegiada y una inmensa mayoría de clase baja. Pero la novedad trascendental que trajo la Revolución Industrial no residía propiamente en esa multiplicidad de estamentos sociales y económicos, sino en el fundamento de la desigualdad, que pasó a residir de forma decisiva no en la cuna sino en la libre y justa competencia, donde “justa” es sinónimo de desigualdad establecida en función del mérito personal derivado del esfuerzo, el talento y la suerte de los individuos.

Paralelamente al proceso en el que el Estado Moderno fue perdiendo poder social allí donde más prosperaba la Revolución Industrial con su modelo de “desigualdad justa”, se produjo un movimiento contrario que pretendía reaccionar ante el descalabro del “Antiguo régimen” mediante la creación de un nuevo absolutismo igualmente fundamentado en la “desigualdad de cuna” y el control de la libre iniciativa individual a manos de una camarilla aristocrática, pero que adoptaba la retórica revolucionaria a fin de evitar la revolución de la libertad individual.

Sobre el sustrato de ese nuevo absolutismo de aristocracia popular y no, al menos inicialmente, sobre el de las masas de “campesinado urbano industrial” excluidas de la libre competencia por carecer de formación, medios y oportunidades y, por tanto, condenadas a la condición servil, surge una variante de “Antiguo régimen”, el “Colectivismo Socialista”, caracterizado por reducir de dos a una las clases sociales en base a imponer un igualitarismo populista. Frente a este, y en constante conflicto, evoluciona el modelo liberacista, sustentado en el principio de la desigualdad justa.

La alternativa colectivista (socialista) al ocaso del mundo moderno consiste en una antemodernidad, es decir, en un regreso no a las monarquías absolutistas sino a un nuevo absolutismo colectivista que adquiere la forma de feudalismo de Corte en la que diferentes dinastías políticas compiten por el poder, hereditario, por supuesto.

La alternativa liberacista (liberal) por el contrario, consiste en una posmodernidad que busca incrementar la libertad individual surgida en el Renacimiento, gracias a la cual la gente común dejó de estar sujeta al yugo de la servidumbre, el aislamiento, la inmovilidad y el anonimato gregario.

La primera opción, la colectivista, es deudora de la Revolución Francesa, en la que las clases populares no derrumbaron los fundamentos del “Ancien régime”, sino que universalizaron los privilegios de la nobleza extendiéndolos a todos por igual. Prueba de ello es que a esa revolución le sucedió un imperialismo colectivizador (napoleónico) que pretendía, entonces como ahora, imponer por la fuerza a todos los países y pueblos la ideología antemoderna de los antiguos privilegios nobiliarios universalizados en forma de derechos del hombre.

El esquema de este imperialismo internacionalista es sencillo: Todos somos nobles. Pero, para lograrlo, hay que reducir las desigualdades a fin de que, con sus limaduras, pueda financiarse la igualdad. Un sistema ineficaz económicamente que genera sucesivos y reiterados fracasos, tras los cuales se entra en una dictadura exactamente igual a la del Antiguo Régimen, controlada por una clase minoritaria, en este caso, de aristócratas políticos.

Es el afán aristocrático el que mueve al colectivismo socialista. Todos los hombres nacen de noble cuna, con privilegios garantizados de por vida. Eso fue la revolución francesa. Eso son sus secuelas. Una universalización de los derechos nobiliarios, un Ancien régime globalizado. La igualdad de la uniformidad y el anonimato del colectivo erigido como único individuo con capacidad para decidir a través de su cabeza: la nueva monarquía y su corte. Porque no se trata de derribar a la realeza sino de ocuparla. No es un representante de los ciudadanos quien asume el gobierno de la nación, sino un emperador que se lanza a la conquista de otras naciones.

La segunda alternativa, la liberacista, es deudora de la Revolución Americana que, a su vez, tiene como antecedentes la Glorious Revolution y el liberalismo británico. En ella no se universalizan los privilegios nobiliarios del viejo mundo, sino que directa y limpiamente se eliminan. Nadie nace con otro derecho vitalicio que no sea la propia vida y la justa competencia en términos de igualdad como única fuente de desigualdad social en la que cada uno sea dueño y responsable de su propio destino. El Estado se constituye en un mero gestor-garante de la libre y justa competencia, un arbitro del juego limpio entre individuos y empresas y, al mismo tiempo, en el legítimo defensor de ese espacio de libertad.

En la Revolución Americana (y sus posteriores secuelas) todos querían acabar con la aristocracia universalizando un único derecho: a no tener sino lo que cada uno merezca gracias a su esfuerzo, talento y suerte. Esa fue la verdadera revolución, porque acabó con los privilegios del viejo régimen y no, simplemente, los popularizó. La Revolución Francesa instauró la injusticia de la igualdad: todos nobles, todos con los mismos derechos(privilegios) de nacimiento, todos sin libertad para labrar el propio destino… excepto los cortesanos: los políticos y sus socios beneficiarios de la intervención estatal en la economía. La Revolución Americana instauró la justicia de la desigualdad: todos innobles, todos dueños de su destino y deudores de sí mismos. También los aristócratas, que debieron descender al ring de la libre competencia para mantener su posición social.

Hemos llegado a la fase final de un ciclo iniciado en el Renacimiento, en la que los estados modernos serán definitivamente sustituidos por la nueva normalidad del Antiguo Régimen o por un modelo de sociedad que avance en el camino consagrado por la Revolución Americana. La respuesta colectivista, antemoderna, se plasma actualmente en el naconalsocialismo. La liberacista, sin embargo, está labrando sobre la marcha el modelo con el que debe hacer frente al viejo enemigo absolutista en este Rampjaar (año desastroso) de 2020.

El nacionalsocialismo limita o aplaza su deficiencia económica permitiendo la libre iniciativa controlada por la clase dirigente, la nueva aristocracia político-empresarial, mediante la intervención estatal de la economía. Una libre competencia de individualidad castrada por el arbitrio de unas reglas de juego amañadas y por la confiscación fiscal. Un monopolio de libre competencia tutelada. Un régimen absolutista cuyos siervos disfrutan de un oligopolio populista en el que creen ser libres y, a la vez, estar “protegidos” al modo feudal por el Estado de Bienestar que les garantiza ciertos derechos de cuna.

El populismo es hacer creer que todos han nacido igualmente afortunados, bendecidos por unos privilegios nobiliarios que les otorgan derechos gratuitos y vitalicios sostenidos por… el pueblo.

El modelo de libre competencia del nacionalsocialismo es, por tanto, engañoso, porque supone una situación muy parecida al mercantilismo oligopolístico de las compañías de indias, que disfrutaban de privilegios aristocráticos sobre el trasfondo de un incipiente libre mercado. De hecho, el Estado nacionalsocialista se constituye, en mayor medida de lo que a primera vista puede parecer, como una copia de la Compañía de las Indias Orientales. Una corporación estatal de empresas aglutinadas por una corte de aristócratas políticos. Exactamente el mismo modelo adoptado por China tras el fracaso económico del régimen internacionalsocialista soviético.

Las empresas “nacionales” del III Reich o de la República Popular China, controladas por una oligarquía político-empresarial, son los tentáculos del actual Antiguo Régimen renovado, adaptado específicamente para compensar su debilidad frente a los estados liberacistas surgidos, precisamente, del fin de esas compañías coloniales que se asentaron en la América británica y de los antecesores de Robber baron (Barones ladrones) que las gobernaban. Unos gobernadores de las compañías coloniales cuya sombra ha persistido hasta nuestros días en el imaginario épico de los actuales “Sons of Liberty” (hijos de la libertad) como “Élites globalistas”, identificadas con una nueva aristocracia que se resiste a perder sus viejas costumbres oligopolísticas, y que actúan en la práctica como vasallos del emergente imperio nacionalsocialista chino, al que sirven convencidos de que el Nuevo Orden Mundial les garantizará los privilegios nobiliarios mediante los que pretenden jugar con ventaja en el nuevo “mercantilismo” caracterizado, como el de hace cuatrocientos años, por una omnipotente intervención del Estado en la economía.

La Antemodernidad del nuevo régimen absolutista, el nacionalsocialismo, consiste, precisamente, en regresar a unas condiciones medievales para, a partir de ahí, imponer el absolutismo del Estado Moderno como nueva y única normalidad mediante la que salvarnos del caos representado por la Peste del 19. Y es precisamente en Europa donde existe el caldo de cultivo más favorable para el regreso a la Edad Media.

El neofeudalismo europeo actual se inició en la Guerra Fría con la utilización de la socialdemocracia como vacuna de “comunismo atenuado” con la prevenir el contagio masivo del virus comunista. Se evitó la propagación de la pandemia ideológica internacionalsocialista, pero los efectos secundarios de la vacuna socialdemócrata constituyeron, vía “pecado original antígeno” y debilitamiento inmunológico del organismo social europeo, la base para la instauración de un régimen nacionalsocialista bajo diferentes fórmulas político-sanitarias: socialdemocrácia, democracia cristiana, liberalismo social, cristianismo progresista (protestante y católico)… así como los nuevos preparados comerciales del principio activo colectivista: migracionismo, ecologismo conservacionista, feminismo asimétrico… islamismo.

Bajo las condiciones medievales establecidas con la coartada de la nueva Peste (permiso de los señores feudales para salir de nuestras ciudades aldeanizadas, para reunirnos, para acercarnos a los demás, despojados de contacto personalizado, con atención médica online tras la rejilla del confesionario, toques de queda y cierre de negocios, caza de brujas y disidentes…) la mayoría de la población quedará infectada de comunismo atenuado (la vacuna es, finalmente, la enfermedad) en su forma más indetectable, asintomática, una vez que las evidencias del mal totalitario quedan ocultadas por los analgésicos y antiinflamatorios de los medios de comunicación. Mientras, buena parte de la minoría disidente será controlada de forma sutil mediante dos procedimientos de ingeniería social extraordinariamente sencillos y efectivos:

  • Haciendo que los resistentes rechacen el uso (en su provecho) de los avances tecnológicos y científicos, convenientemente envueltos en un aura medieval satánica (conspiranóica) y, de este modo, logrando que se autoconfinen en sus “aldeas mentales y físicas medievalizadas” y renuncien a luchar con las nuevas armas, de las que disfrutarán en exclusiva las “autoridades” colaboracionistas y la potencia ocupante.
  • Haciendo que enfoquen sus ataques sólo contra una parte del conglomerado colectivista, el de los aristócratas, los nuevos “Barones ladrones” a los que se les atribuye (y sólo a ellos) el plan de reinstaurar el oligopolio mundial y someternos a la servidumbre de sus nuevas compañías coloniales. Queda así a salvo el poder del Imperio Han, sus compañías coloniales y sus élites empresariales.

Un regreso a la Edad media que no se explica sólo por los efectos psicosociales de la vacuna socialdemócrata, sino porque al frente de esta sociedad se encuentran pequeños señores feudales conscientes de su mediocridad y limitado poder.

Los padres fundadores de los EEUU sabían que su destino estaba unido al de sus conciudadanos. Por el contrario, los hijos bastardos de la socialdemocracia en sus múltiples versiones están convencidos de que ellos y sus familias podrán salvarse, aunque los demás, el “pueblo”, se condenen. Esa es la razón más sólida e inmediata para explicar el comportamiento de la mayoría de los dirigentes político-empresariales de Occidente ante la ofensiva relámpago del nacionalsocialismo liderado por China. Esa es la última y decisiva razón por la que nuestros dirigentes permiten y colaboran con el engaño masivo que nos lleva de regreso a la Edad Media.

El neofeudalismo ha puesto en manos de mediocres funcionarios el poder feudal unificado por la corte de Bruselas. Esos son nuestros pastores y esas sus varas. Ha instaurado una nueva clase social que, dependiendo de la calidad del pueblo al que gobierna, sólo está preocupada y ocupada en sus intereses particulares. Actúan así por debilidad. Porque piensan que ellos y sus familias tienen asegurado un lugar en las lanchas de salvamento del Titanic al que dan por perdido. Y lo piensan porque están comprobando, estupefactos, que la inmensa mayoría de los electores/contribuyentes aceptan resignados el destino que les aguarda como pasajeros de tercera, mientras escuchan la música tranquilizadora de los medios de comunicación.

Un motín, por pequeño que sea, de pasajeros que no aceptan su destino de tercera clase y nuestros líderes tomarían conciencia de que o todos nos salvamos o ellos tampoco. Y, entonces, y sólo entonces, se pondrían al frente de la revolución para detener la invasión colectivista con la que ahora colaboran.

Pero saben que nada de eso ocurrirá mientras todos pensemos, al modo colectivista y gregario, que sin una masa, sin una mayoría ya formada y lealmente dirigida no es posible torcer el destino con nuestras solas manos. Que es mejor colaborar, no resistirse, no señalarse, dejarse arrastrar por la marea humana procurando que el espíritu de Lynch no ponga sus ojos en nosotros. Aunque en el fondo sepamos que nada de eso puede salvarnos de las frías aguas de la pérdida de libertad y la prosperidad.

No habrá salvación sin revolución. No habrá revolución si no recuperamos la fe en el poder de nuestra individualidad.

Olvidémonos de las mayorías. Actuemos sin esperar a nadie y, cuando encontremos a otros como nosotros, unámonos a ellos. Ocurrió en el Motín del Té. Y, luego, en cada una de las batallas que, pareciendo condenadas a la derrota, terminaron con la gran victoria de la independencia, la libertad y la prosperidad.

No somos pasajeros de tercera. Nos convertimos en pasajeros de primera simplemente dándonos cuenta de que el billete con el que nos embarcaron es un puto papel que se rompe sin esfuerzo y que, en situaciones como la que estamos viviendo, la fuerza individual de cada persona vale su peso en plomo y pólvora precisamente porque enfrente hay sólo una minoría cobarde escondida tras una masa ignorante.

Lo que está por fraguar, a pesar de que casi nadie lo vea, es una nueva alianza de individuos en forma de corporaciones. Una Orden como la de los templarios. Un estado virtual no restringido a un territorio (aunque posean patrimonios territoriales), que funcione como corporaciones empresariales guiadas por el único fin de garantizar la mayor libertad y prosperidad para sus ciudadanos-accionistas. Las nuevas compañías de indias sometidas a la soberanía del pueblo de individuos libres, que compiten entre ellas para ser los mejores ámbitos de libertad y prosperidad. Una Orden Liberacista con sus médicos, maestros, abogados, guardias…

O esas corporaciones liberacistas, o el nuevo absolutismo global nacionalsocialista, con su antiguo régimen y sus barones ladrones. No hay ningún otro lugar al que ir desde hace unos 15.000 años: o al Imperio colectivista o a la Corporación Libertad. O de regreso al Viejo Mundo anteposmoderno o más allá del horizonte del Nuevo Mundo que descubrieron los ciudadanos fundadores.

El 3 de Noviembre nos jugamos todos los liberacistas, los de una y otra orilla, ganar algo de tiempo. Pero, en cualquier caso, ocurra lo que ocurra en esa batalla, no tenemos más remedio que poner en marcha la Nueva Revolución y crear las bases de la Corporación Liberacista del Nuevo Occidente. No importa si comience con unas pocas personas o con un conjunto amplio de ciudadanos, instituciones y empresas. Hay que plantar ya esa semilla o seremos todos confinados en la Edad Media de los mil años.

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