Gueto

11 Octubre 2020

El gueto de Varsovia se creó bajo la coartada de luchar contra una epidemia de tifus. Acabó la pandemia pero el gueto continuó.

Madrid ha sido confinado a la fuerza por el gobierno del frente popular (socialistas y comunistas), el primero en Europa desde la II Guerra Mundial, tras anular el Tribunal Superior de Justicia de Madrid el confinamiento establecido por el consenso forzado entre ese gobierno y algunas sucursales regionales, aquí denominadas “autonomías”. Madrid ha sido convertido en un gueto, con la policía impidiendo la salida de los ciudadanos antes de que tuviera fuerza legal la medida, anticonstitucional, por supuesto, ya que no se había publicado aún en el BOE. El orden de la orden sin ley, las imágenes evocadoras de regímenes totalitarios nacional o internacionalsocialistas grabadas en un país dícese que democrático y libre de una UE que permite en su seno lo que condena fuera. Una Venezuela (nuestra triste, amada y olvidada Venezuela) en el Caribe europeo tras la valla pirenaica que dentro de poco marcará el inicio de una África virtual más allá de la cuál navega en libertad y prosperidad la isla de Portugal.

España empieza a parecerse a un estado fallido, en el que no sólo los mecanismos e instituciones que en toda democracia digna de tal nombre moderan y corrigen los excesos del poder, sino también los más elementales pilares de cualquier estado moderno, han colapsado y están arrastrando a esta nación, la cuarta con mayor PIB de la UE, la que debió ser potencia industrial emergente en la Europa de los ochenta, la que puede tumbar esa UE desnortada si no consiguen levantar a tiempo una valla que nos segregue hasta el territorio ignoto del regreso al pasado más sombrío.

¿Palabras?

Mira alrededor sin la anestesia de la burda propaganda y te quedarás sin palabras.

Madrid es un gueto. Una ciudad medieval sometida a la peste. Una aldea feudal aislada en su descomunal magnitud.

¿Y qué es una dictadura sino un gueto donde los ciudadanos son confinados? ¿Qué es un gueto sino un corral de humanos?

Aislamiento, Eso es el gueto. Mansamente encarcelados dentro de nosotros mismos, aislados unos de otros como están los herbívoros en una manada, sin relaciones personales, despersonalizados, solo conectados de forma indirecta a través de las órdenes de los pastores o, ahora, en el anonimato clandestino de un mundo online desde el que se atisba la costa de un nuevo continente al que no quieren que arribemos convenciéndonos de que las naves para esa travesía, los avances tecnológicos, son un peligro satánico. Edad Media.

¿Por qué Europa y las naciones europeizadas caen en la atroz dinámica del gueto?

Es en Europa donde se ha ido imponiendo desde el inicio de la guerra fría y a ritmo de camuflaje un régimen neofeudal como efecto secundario, ahora objetivo prioritario, del antídoto anticomunista: la socialdemocracia, el comunismo al 50% (Neofeudalismo). Un proceso colectivizador, que nos convierte en “sociedad” como sinónimo-equivalente de manada de herbívoros gragarios, confinables a voluntad por unos pastores escondidos tras sus ropajes burocráticos o sus púlpitos de “experto” desde los que nos dicen qué es bueno para nosotros y hasta para el planeta y qué es pecado. Edad Media en la que todos somos judíos confinados en guetos por las autoridades de un totalitarismo seglar que empieza a constituirse en religión de dogmas infalibles, fuera de la cual sólo hay herejes negacionistas que persisten en preservar su error y expandir su “libertinaje” a toda la sociedad, al rebaño del nuevo Dios, buen pastor de mansos corazones y mentes entregadas.

Los guetos se instalan en las ciudades convertidas en extramuos de sí mismas por vallas invisibles que delimitan un campo de concentración amable tras el que los mismos colectivistas de la Deutsche Demokratische Republik, la URSS, o la Alemania nazi, “protegen” a sus siervos de nombre “ciudadanos” o aíslan las ciudades controladas por liberacistas que aún resisten al nuevo orden totalitario que, como todos los que han asolado la Historia, desea ser global y único.

Nadie se acordaba del pueblo judío. Era invisible. Nadie recuerda al pueblo chino. Es invisible. Recluido en un gueto transparente bajo una dictadura postmoderna, es decir, antemoderna, medieval, porque eso es la Posmodernidad, ha desaparecido en el seno de una dictadura nacionalsocialista de libre competencia tutelada políticamente por un partido único, que ha encontrado nuevas vías para infectar de internacionalsocialismo a sus competidores, utilizando la debilidad de las democracias representativas: el poder de la opinión pública confundida con la soberanía ciudadana que es, de este modo, secuestrada por la soberanía popular. Un internacionalsocialismo al 50%, la socialdemocracia, el progresismo, que deviene de forma espontánea en cleptocracia, en estado fallido en gobierno de bandas políticas disfrazadas de alcalde y sus honestos funcionarios. Un gueto cristalino, digitalizado, de mente colmena, que se sustenta sobre un portentoso y, a la vez, endeble pilar: el incremento constante del bienestar económico utilizado para crear una ilusión de libertad o, mejor dicho, para ocultar las señales de confinamiento.

Expandir el socialismo. Esa es la estrategia china. Invadir Polonia y encerrar en guetos a los nuevos judíos.

El confinamiento del pueblo chino se produce mediante sofisticados sistema tecnológicos que sólo sus dirigentes quieren controlar… y disfrutar. Por eso propagan la idea de unas élites capitalistas satánicas que pretenden dominarnos, confinarnos en guetos, mediante los diabólicos inventos que, desde la Antemodernidad, se contemplan como instrumentos para la construcción de una futura granja global que no es la que que ya existe en la China nacionalsocialista, sino una tiranía liberal, democrática, occidental… Los avances tecnológicos que ellos utilizan para dominar a su pueblo, nos los presentan como amenaza para nuestra libertad y prosperidad si los tiranos (blancos, capitalistas y occidentales, por supuesto) consiguen implantar esos adelantos tecnológicos y científicos a los que debemos renunciar, nosotros, no ellos, si queremos evitar que nos confinen en el gueto en el que ya nos están confinando a cuenta de una pandemia, como en aquella Varsovia de aquél otro nacionalsocialismo.

Es la misma inducción propagandística que intenta que Occidente se convierta en tercer mundo, renunciando a liderar y controlar los avances tecnológicos y científicos, aceptando el empobrecimiento económico (y alimentario) para salvar al planeta, que es la justificación favorita de todo sacrificio humano que se precie, la mansa convivencia con la inseguridad personal y patrimonial de las bandas privadas y públicas y la conversión a la nueva fe revelada por los profetas/sabios/expertos cuyo fin último es que el mundo libre, occidental y democrático disminuya voluntariamente la competitividad de su economía.

El mundo occidental, especialmente Europa, ha estado financiando la innovación y el abaratamiento de las energías alternativas, de las que ahora se sirven naciones como China para disminuir su dependencia energética, mientras esas mismas naciones hacían uso masivo de los derivados del petróleo y del carbón, completamente ajenos al destino del Planeta y de la Humanidad.

Nosotros, y sólo nosotros, los ciudadanos del gueto socialdemócrata, progresista y solidario hemos salvado al Mundo con nuestro sacrificio ecológico. Enhorabuena.

Europa es un gueto al que se le impide utilizar energías baratas como el petróleo o el carbón que, si embargo, usa sin restricciones China. Un gueto en el que se obliga a costear a sus habitantes los artilugios energéticos propios de una situación de carestía, de emergencia postbélica o de nación derrotada y ocupada. Nuestros cachivaches para calentar la sopa con luz solar y viento de la tarde ahora son mejores y más baratos, gracias a lo cual, el nacionalsocialismo no dependerá del petróleo para mantener la fábrica de crecimiento económico con el que su pueblo camina en dirección contraria a la pobreza hacia la que se dirigen iluminados por la fe de la nueva normalidad, de los nuevos ideales sostenibles, los antaño bienaventurados primermundistas.

Sostenibilidad energética (traducido: lo que los pobres por voluntad pueden costearse) y, también, “frugalidad alimentaria”. Restricción energética orgánica. El planeta no puede sostener los insalubres manjares de la comida de los ricos.

Mediante un sutil proceso de ingeniería social se convence a la población para que elimine de su dieta alimentos con alto poder calórico y nutricional, como la carne. Porque la carne es insostenible para un planeta superpoblado. Y, además, o especialmente, es incompatible con sostenimiento de la mente colectivizada del gueto de humanos herbívoros gregarios. La carne, la grasa, todos esos nocivos alimentos que han permitido el desarrollo del portentoso cerebro humano, arquitectos de nuestra anatomía y fisiología durante, al menos, el último millón y medio de años, resulta que son nocivos para nuestra fisiología. Por eso los expertos/sabios/profetas han descubierto en el oráculo de sus “investigaciones” y “estudios” que lo más sano para nosotros y para el Planeta (la Diosa Madre) es comer hierba y pienso (cereales).

En el gueto de Varsovia apenas había otra cosa que verdura y cereales para comer.

Europa y los países europeizados, a excepción de los de Oriente Lejano, son un gueto que se inunda de refugiados, de masas procedentes del Tercer Mundo con las que incrementar exponencialmente el carácter de gueto, el tercermundismo, el fanatismo ideológico y cultural, el totalitarismo y la desigualdad en derechos y obligaciones, la mentalidad de la pobreza, de la sumisión, de la delincuencia, de la la insolidaria ley del más fuerte. Una ley que conforma el núcleo duro de lo natural, lo ecológico, lo sostenible. Un gueto, ahora ya, con creciente aspecto de gueto.

Un gueto donde la fuerza es ejercida por un estado totalitario y sus colaboracionistas contra los disidentes, contra los menos tercermundializados, contra los que aún conservan alguna dignidad y aspiran a la libertad. Una fuerza que no se aplica sobre quienes participan de esa violencia de supervivientes ni contra los resignados o entusiastas afirmacionistas. Una fuerza represiva que empieza a no sentir vergüenza ni culpa porque actúa “para preservar la multiculturalidad, la sostenibilidad, la igualdad, los valores solidarios y progresistas… la fe”.

Un gueto en el que se roba la mitad de su trabajo y su patrimonio a los confinados a cambio de “protección”, ese estado de bienestar que acaba de fracasar sanitariamente en los países occidentales como en ningún otro lugar del mundo, el mismo que aconseja a las mujeres europeas, blancas, no caminar solas a ciertas horas y en ciertos lugares. “Por su bien, por su seguridad, limiten su libertad”. Y todo esto se acepta con resignación, perdida por completo la orgullosa mentalidad de los europeos que derribaron los muros del Eje y del Telón de Acero.

Un gueto del que se han llevado las fábricas, los medios de producción, todo aquello que no es trapicheo, menudeo, asistencia pública, economía virtual… tras convencer a los pobres confinados de que la verdadera calidad de vida (sostenible, es decir, que nos permite, y sólo eso, sobrevivir) es lo que antes llamábamos “pobreza”, bajo consumo, ausencia de ambición. Eso es el gueto.

El nacionalsocialismo chino, diseñador y financiador en la sombra de esta gigantesca operación de ingeniería social ha ido comprando, con el dinero de sus víctimas, la colaboración política de los capitalistas occidentales, vendiéndoles el humo del mejor negocio de sus vidas: el acceso, controlado políticamente, al mayor mercado mundial… en potencia. Pero, China sólo se convertirá en ese gran mercado cuando haya conseguido la hegemonía mundial y, entonces, no ya tendrán necesidad de compartir con nadie su riqueza.

El nacionalsocialismo chino dejó atrás las miserias del comunismo y arrancó su andadura con con el señuelo de un campo de trabajo inmenso y completamente disciplinado. Luego, vendió boletos para el mayor mercado mundial en potencia a cambio de tecnología y permiso para operar en pie de igualdad en el libre mercado. Ahora, el último acto ha comenzado con una ficticia pandemia medieval que ha instaurado la Antemodernidad en el corazón de sus antiguos patronos: el gueto de las ciudades, las naciones y las mentes en el que sentirse felices de poder vivir una nueva Edad Media, regidos por las verdades infalibles de la nueva Iglesia que les guía en el camino de la santidad colectivista: más pobres, más sumisos, más solidarios, más aislados, más ecológicos, más puros, más herbívoros, más gregarios. Ese es el gueto.

La atroz sonrisa de los pobres de Calcuta. La mueca de la desesperanza disfrazada de sostenibilidad solidaria. La insulsa felicidad de los herbívoros ante la hierba. Pekín 1978, todos en bicicleta, con la misma ropa y el mismo nombre: Siervos. Pobres espectros que deambulan por el gueto sin lo que nos separa del animal: el ansia de libertad. Ahí es donde quiere recluirnos el nacionalsocialismo chino, en lo que para ellos es su tenebroso y mísero pasado. En esos trenes estamos entrando los que sabemos a donde vamos y los que no quieren saberlo: a un gueto, no al rápido final de un matadero industrial. “Un alivio, sin duda”. Eso es vivir confinado: pensar que no es tan malo, que hemos tenido suerte, que es por nuestro bien. Que todo son exageraciones alarmistas.

En el gueto de Varsovia aún andan por la calle vestidos con sus trajes y sus sombreros, el rostro sombrío pero todavía no demacrado por el hambre. “Es provisional. Pronto habremos dejado atrás el mal suelo y despertaremos en una mejor nueva normalidad.

Antemodernidad. Ensalzamiento de la pobreza. Sumisión. Miedo. Edad Media… Normalidad.

Eso es el gueto.

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