Neofeudalismo

4 Octubre 2020

La sorprendente propagación de una pandemia artificialmente construida por la desinformación, en los tiempos de la información y la globalidad, ante la que se ha reaccionado de forma espeluznantemente medieval en la muy avanzada Europa y en los países europeizados (Australia, Iberoamérica, Canadá… los propios EEUU), con medidas tan absurdas y dañinas en todos los ámbitos como el confinamiento, el aislamiento social, la utilización irracional de mascarillas, la prohibición de hacer autopsias para conocer la verdad, la persecución de los disidentes, la conversión de buena parte de la sociedad en agentes represores cuando no linchadores… Todo ello, visto con la perspectiva de apenas unos años, quizá unos meses, causará espanto e incredulidad en amplias capas de la sociedad que participan atemorizadas y, a la vez, fanáticamente convencidas de este aquelarre atávico que ha despojado de dignidad a buena parte de la Humanidad que se creía a salvo de semejantes miserias morales, intelectuales y políticas.

Cuanto más repaso en mi mente las imágenes (son peores que las palabras) del atroz espectáculo de ignorancia medieval en el que aún siguen inmersas muchas de las naciones más ricas, mejor formadas y más libres del mundo, más rápidamente desaparecen los argumentos y las explicaciones que intentan, inconscientemente, aliviar mi cerebro de un sinsentido tan escalofriante, buscando, en el fondo, comprender lo que está sucediendo como un accidente, un fortuito y pasajero caso de mala suerte, de locura transitoria colectiva, de mal viento que se llevará como ha traído este regreso a la edad más oscura que ha conocido Europa. Y, entonces, un abatimiento me sacude tratando de sacarme del shock en el que vivimos con un grito atroz: Despierta, porque no es un sueño.

Releí ayer un capítulo de “Homo Simulator” que ahora cobra todo su sentido. Trata del feudalismo. En realidad del neofeudalismo que invadió Europa y buena parte del mundo europeizado con ocasión de la Guerra Fría, que fue la continuación en el escenario ideológico, de la inacabada II Guerra Mundial contra el otro iniciador, el internacionalsocialismo. Todo se entiende con una nitidez punzante, dolorosa, desesperanzada. Y para entenderlo, sólo es necesaria una precisión que, sin el contexto del resto de los capítulos, llamaría a equívoco y a injusto rechazo previo.

Distingo dos cristianismos. Uno, el del Viejo Testamento. Otro, el del Nuevo, que es una vanguardia moral que florece en Europa arraigada en los viejos valores de una civilización que fue capaz de armonizar mágicamente la disidencia y la lealtad, la libertad individual y la defensa, muchas veces heroica, de la sociedad. Héroes rabiosamente individualistas, disidentes, herejes, que son capaces de dar la vida por los valores de una sociedad que ofrece las mejores condiciones para alcanzar la felicidad… o la desdicha. Una sociedad que convierte al hombre (a la mujer) en dueño de su destino y responsable último de sus actos. Una sociedad construida por ese otro cristianismo que aún lucha por sobrevivir en el corazón de los mejores mediante la fórmula corregida de las palabras de Jesús: “Una única ley os doy: que os améis los unos a los otros”. Hecha esta salvedad, todo el mundo, y no sólo los cristianos del Dios del libre albedrío, del milagro de la disidencia en lealtad, puede leer ese y los restantes capítulos sin verse secuestrado por un repentino y previo rechazo. Y, quizá, contemple las cosas desde una perspectiva nueva que le invite a disentir y a buscar el espacio común que debe gobernarnos: la libertad.

Homo Simulator. Feudalismo

La Segunda Guerra Mundial la iniciaron la Alemania nacionalsocialista y la Unión Soviética internacionalsocialista atacando conjuntamente a Polonia. Enseguida se unieron al bloque nazi la Italia fascista y Japón. Poco después, y debido a que las ideologías carecen de cualquier otro objetivo que no sea sobrevivir y propagarse, el nazismo atacó al comunismo soviético en cuanto tuvo el más mínimo indicio de que podía vencer.

El mecanismo de acción de esta vacuna es muy simple: disminuir las desigualdades sociales, para lo cual es imprescindible restringir la libertad. El problema vino cuando esta ideología de diseño que debía protegernos comenzó a hacer lo que toda ideología: infectar el cuerpo social evitando activar sus defensas. O lo que es lo mismo, no parecer una ideología sino un sistema (social) de libertades. Y en ese “social” de aspecto inofensivo residía el fin de las libertades tan sutil y eficazmente ejecutado que aún hoy pasa desapercibido o es tajantemente negado por la inmensa mayoría de la población.

Los síntomas de la ideología que surgió para proteger la libertad de los europeos se manifiestan en todos los órdenes de la existencia a tal punto que nos resulta muy difícil identificarlos como lo que realmente son: signos de vasallaje. Pero hay un hecho que por sí sólo ya nos debería hacer sospechar de que algo muy parecido a lo que sucedió durante la época feudal está ocurriendo de nuevo: Debemos entregar a los señores feudales, los políticos (antes los nobles), cuando menos, el 50% de nuestro trabajo y del fruto de nuestro patrimonio, algo que sólo ha ocurrido en dos ocasiones a lo largo de toda la Historia de la Humanidad (perdónenme los eruditos alguna otra salvedad): Durante la Edad Media y ahora, especialmente en Europa y en las naciones europeizadas.

El enemigo en la Guerra Fría no era tanto un pueblo o un reino, sino una “raza virtual” que invadía las sociedades exactamente igual que, como se temían los romanos, hizo el cristianismo. El problema fue que para frenar esa amenaza no se utilizó el antídoto liberal, al considerarlo contraproducente, sino que se construyó una ideología que sirviera como vacuna. Un comunismo atenuado: la socialdemocracia.

La socialdemocracia es una ideología diseñada expresamente para detener la infección socialista en su versión internacionalista.

La servidumbre no es una virtud cívica o social.

En la UE, así como en algunos países europeizados, somos siervos obligados a entregar el 50% de nuestro trabajo y patrimonio a los señores políticos a cambio de protección. Exactamente por el mismo motivo que en la época feudal. Pagamos para que los señores garanticen nuestra seguridad que, adaptada a la terminología del ficticio mundo libre, llaman estado de bienestar.

El estado de bienestar consiste en limitar las desigualdades para protegernos de la ideología de la igualdad.

La socialdemocracia nos obliga a vivir bajo un régimen comunista al 50% para evitar caer en el comunismo 100%.

Sufrimos un control sobre nuestra vida cotidiana para el que resulta difícil encontrar parangón en los últimos 500 años.

Una normativa asfixiante que determina hasta límites nunca conocidos por los europeos cómo y qué se puede hacer, se une a la autorización previa de los señores para ejercer casi cualquier actividad que no quede confinada en la estricta intimidad del hogar o escondida tras la clandestinidad de las relaciones personales sin dimensión pública. La autorización previa y el sometimiento a la reglamentación bajo la implacable vigilancia de las huestes burocráticas y policiales de los señores políticos alcanza un nivel de servidumbre medieval.

Se restringe hasta límites de semiesclavitud la libertad personal en el ámbito profesional y público y, también en el íntimo.

No sólo se aplica la presión de la opinión pública, de cuya representación se apropian y manipulan los señores políticos y sus vasallos gracias a los medios de comunicación, sino que la propia legalidad asume negro sobre blanco los dictados morales recogidos implícitamente en la doctrina de lo políticamente correcto, prohibiendo y ¡castigando penalmente! determinadas opiniones bajo los más variopintos epígrafes legales, el más común de los cuales es el “delito de odio”.

Existen muchos ejemplos en distintos ámbitos del pensamiento, desde la revisión histórica a las cuestiones raciales o a la plenamente medieval “ofensa contra los sentimientos religiosos”. Pero hay un ejemplo que, aun cuando todavía no ha entrado en el ámbito penal (todo se andará), dibuja un nítido y estremecedor retrato del dogmatismo medieval: El “negacionismo”.

La imposición de determinadas opiniones en el ámbito genérico de la ecología como una verdad irrefutable ascendida a categoría de fe convierte a quienes no la aceptan en negacionistas, un término con unas reminiscencias medievales y dogmáticas que creíamos olvidadas en el fondo más oscuro de la Historia. Han vuelto los herejes descreídos, aquellos que niegan la Verdad revelada, en este caso, por la Iglesia Científica.

Resulta espeluznante el paralelismo. Pero más aún lo es el hecho de que personas cultas y con probada capacidad crítica no se den cuenta de lo que sucede 400 años después de la retractación forzada de Galileo y apenas 28 años después de que la Iglesia lo rehabilitara. Auténticas persecuciones mediáticas desde los mismos púlpitos donde se pregona la Verdad del “cambio climático antropogénico”, que hace poco era “calentamiento global” y antes de esto “destrucción de la capa de ozono”. Pero no sólo eso, sino ajusticiamientos académicos ejercidos por tribunales inquisitoriales contra los científicos y pensadores negacionistas, que son desterrados al ostracismo, expulsados de los canales de divulgación académica y del circuito de subvención pública cuando no directamente de sus empleos.

El término “negacionista”, equivalente al de hereje o ateo, no ha sido escogido inocentemente, sino que se ha tomado de una de las opiniones que más concitan rechazo entre la población y que, por supuesto, está penalmente castigada en la actual democracia donde ocurrieron los hechos: los negacionistas del Holocausto. La palabra “negacionista” tomada directamente de ese contexto atroz, trae consigo unas connotaciones morales difíciles de ignorar y que llevan al automatismo mental de considerar que quienes niegan el cambio climático no solamente son unos herejes o ateos descreídos, sino también unos miserables. Pues bien, yo creo que el Holocausto existió, que quienes no lo creen tienen derecho a opinar y manifestarse libremente, y que quienes no creen en el cambio climático antropogénico hacia un calentamiento global y con destrucción de la capa de ozono tienen no sólo el derecho sino la obligación de decirlo sin sufrir la más mínima represalia.

Antes Roma no permitía a los pueblos gobernarse por sí mismos, pero sí ser ellos mismos. Ahora, Bruselas les permite gobernarse por sí mismos pero no ser ellos mismos. Travestida en nueva Roma cristiana, permite a los estados gobernar a sus siervos de forma autónoma, pero siempre regidos por la doctrina y la auctoritas del nuevo Vaticano que establece los principios morales emanados de un dios sin rostro que dicta la monovisión de la que nadie puede escapar sin sufrir las consecuencias de una máquina de represión tan sutil como destructiva, con la que colaboran los medios de comunicación, las nuevas dinastías nobiliarias (los partidos políticos) y, finalmente, todos los estamentos de la sociedad si no quieren verse excluidos de la vida económica, académica, laboral…

¿Exageración? Recordemos lo que ocurre con los delitos de opinión, que han vuelto con toda su crudeza o con los dogmas que proliferan y se imponen en los más variados ámbitos de la existencia, desde la relación entre sexos hasta el clima, que vuelve a ser un castigo divino por los pecados (ecológicos) de la Humanidad. Se han recristianizado con palabrería laica las conquistas europeizantes del Renacimiento hasta la revolución Industrial. Todo de forma aceptable para los actuales europeos, es decir, inaceptable para los de hace apenas 50 o 60 años.

El principal enemigo del régimen feudal es, hoy como antaño, el estado moderno. Por eso los llamados nacionalismos identitarios son denostados y perseguidos.

Los reinos medievales, tras el extraordinario experimento renacentista, se transformaron en estados modernos que serían la base, una vez eliminados los regímenes monárquicos absolutistas, de los estados contemporáneos divididos, a su vez, en democracias liberales por un lado y colectivistas por otro. Surgieron los aparatos administrativos y burocráticos que hoy se erigen como el verdadero poder. Los políticos, aquellos funcionarios de los incipientes estados, se han organizado en dinastías hereditarias, los partidos políticos, apoyados por huestes de seguidores, y han construido un mundo feudal bajo la sombra de la Guerra Fría donde los feudos quedan ocultos tras los neolatinajos de la autorictas político-moral y una jerga leguleya que, como los oráculos, necesita ser interpretada por los sacerdotes-jueces, haciendo que no haya ley sino jurisprudencia, es decir, voluntad arbitraria. En la Edad Media nadie, o casi nadie, veía entonces el régimen feudal como algo innecesaria e injustamente opresivo. Nadie o muy pocos ven ahora al estado del bienestar europeo como un régimen explotador y tiránico, sino todo lo contrario: más libertad gracias a más igualdad que se logra mediante la entrega de la mitad de nuestra vida en forma de impuestos y el sometimiento a una reglamentación señorial que nos dice, incluso, cuánta azúcar podemos tomar y qué verdades no podemos negar.

Vivimos mejor que el resto del mundo. ¿Mejor que podríamos vivir sin esta servidumbre?

Vivimos en un mundo neofeudal y no se trata de una exageración impropia o pedagógica. Estamos sometidos a señores que deciden sobre nuestras vidas y no sólo sobre los asuntos públicos. Señores reales de siervos reales que previenen la disidencia gracias a un endiablado mecanismo de ingeniería social que impone una monovisión dogmática y totalitaria disfrazándola de tolerante y abierta gracias al control de los medios de comunicación y a un aparato burocrático capaz de quitarnos el 50% de nuestro esfuerzo, talento y patrimonio “para garantizar nuestro bienestar”.

En la época feudal del Medievo la opinión y la comunicación estaban controladas por la Iglesia. Ahora, los medios de comunicación audiovisuales, concentrados en unas pocas manos, controlan la información y la opinión de forma equivalente a lo que sucedía entonces. Incluso Internet, esa inmensa planicie virtual por la que campan libres los nómadas contemporáneos, está siendo ocupada por las huestes burocráticas de los señores neofeudales y dentro de poco será controlada igual que controlan nuestras vidas y nuestro patrimonio.

Lógicamente, los defensores del neofeudalismo europeo nunca van a reconocer verdadera naturaleza de ese régimen al que presentan como lo más cercano en la Tierra al Reino Celestial o, en terminología contemporánea, el menos imperfecto de los sistemas, porque garantiza la máxima libertad dentro de la igualdad. Dentro de la igualdad…

¿Pero de verdad existe alternativa a este régimen neofeudal?

Por supuesto. Seguridad sin servidumbre. La antigua disidencia-lealtad. El ideal del europeo ancestral. La no ideología. Dar plenitud al proceso de liberación que comenzó hace 500 años.

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