Dictadura vírica

El 3 de Diciembre de 2001 entró en vigor la más afamada ocurrencia argentina para convivir con el desastre económico reiteradamente construido por ese pueblo de vivo ingenio condenado a vivir en uno de los países más ricos del mundo. Cada cuál lleva su cruz. Hizo fortuna el término, “corralito”, y fundó una nueva manera de ejercer la dictadura que viene causada por la necesidad de sostener la corrupción a cuyos lomos llegó no se sabe cuándo, ni si se fue de verdad alguna vez.

¿España?

Por supuesto. Es la Madre Patria de lo que estamos hablando. ¿De quién si no?

¿Acaso unos tiros y menudencias fisonómicas hicieron de la América Hispana otra cosa que una Nueva España de nobleza criolla y pueblo acampado en la supervivencia, llamada picaresca por nuestros compasivos genios de las letras? ¿Somos, son, algo más que ese conglomerado de felones y “vivan las caenas”? ¿Nos ha aventajado en algo dejar de ser pobres de solemnidad y orgullo gracias al irónico triunfo de lo más parecido que hemos tenido al liberalismo: el Plan de Estabilización de Ullastres y la Obra?

Sí. Ahora decimos “vivan los bozales”. Ese ha sido el gran adelanto, el pasmoso fruto que ha dado la prosperidad y la ilustración.

Terminó mal el corralito, por la sencilla aunque sorprendente causa de que no ha terminado. Y así, nuestra Argentina se alza hoy, digna hija de la Madre Patria, a la cabeza de la nueva instauración de esa vieja y eficacísima forma de manejar al ganado (humano) a la que denominamos “dictadura”. Siguen confinados en una representación de sí mismos que actualizan y estrenan cada poco.

El corralito de las personas. Tremendo invento de patente china que mostró al mundo para que los más propensos a sufrir de sumisión lo adoptaran alborozados, unos y otros, pastores y ganado, como fórmula perfeccionada con la que seguir viviendo, unos y otros, como corresponde. Fatal genética de lo indeterminado.

¿De qué quieres liberar a las ovejas? ¿De su condición de oveja?

Llegó el corralito. El de los dineros. Primero en forma de “tranquilos que nos van a rescatar” (¿de qué quieren rescatar a las ovejas?). Luego de “dame argo, primo”, aplausos para nuestro pedigüeño, que se vino de donde los señoritos con buenísimas promesas bajo el falcon. Un poco después se acabó el verano. Y llegó el frío a las entrañas, mientras se resistía el tiempo a cambiar de estación por miedo a lo que veía venir. De golpe, los pastores se pusieron serios y dijeron que por el bien de la patria estaban dispuestos a que realizáramos (nosotros, claro) los más altos sacrificios. “Son tiempos duros que superaremos juntos” (así van los pastores con sus perros y su ganado). “Ya hemos tomado el rumbo de la recuperación. ¿No veis los verdes brotes del nuevo pasto”

Llegó el corralito bancario, justo un poco antes que las cuentas vacías, los impagos, el miedo, la desesperanza, la rabia… y pasado el tiempo, no pasó nada, sino la pobreza de siempre de una mayoría que seguía en silencio, buscando con qué vivir para no enterarse de que sobrevivía, milagro que se obra aplicando la vieja máxima de no señalarse (“Haga como yo, no se meta en política”, dijo el General).

La banca va camino de la quiebra. ¿No lo sabían ustedes? Y, en el entretanto, fusiones y aplausos al criollo (ese moreno de plata bolivariana tan al pelo para la nueva normalidad) discurso alto y prosa baja para atender el reclamo del bancario: “Vamos a ponernos de acuerdo para salvarme el negocio, que ya le pagaré a usted, a ustedes también, señores de la oposición. Y, si no hay salvación, cóbrense del erario, que el pueblo invita.”

Llegó el corralito del bozal, con su miedo de manada y estampidas de ingeniería chica y zafia. Llegó luego la criolla revolución, casi sin enterarse ellos mismos, y los bronceados libertadores se casaron con la nobleza venida a menos desde España, esos tipos envarados y señoras dadivosas con derecha ambidiestra. Y apenas días después, porque todo pasa ahora en meses resumidores de décadas y aún siglos, llegó el desengaño de las arcas vacías, que los señoritos del norte, tras bellas palabras, no sueltan prenda.

¡Cabrones insolidarios!

¿Revueltas? ¿Guerra? No, hombre, no. Estamos en nuestra Argentina. Esto es la Madre Patria. Tranquilos, que no pasará nada porque ahora no hay potencias extranjeras (ese Hitler y ese Stalin con sus peleas de hermanos) malmetiendo. Sólo nuestros socios europeos apartándose de nuevo al comprobar, “dame argo, primo”, que África empieza en los Pirineos ¡y olé!.

Vamos a tener un corralito ya mismo. Y casi hambre, cuando no hambre, en más casas de las que imaginamos. Pero no sucederá nada de lo que sería propio, sino años y años de cautiverio sometidos por las “caenas” y los “bozales” que esa mayoría de minúsculos impone a la minoría inmensa para que nunca dejemos de ser Madre Patria, impronta de criollas caciquerías tras veranos de playa y otoños de corral. Postguerra sin guerra. Preludio y vaticinio de la nada que a la nada llega. Cuatro cacerolas retumbando y mucha reunión de pastores. Que avenirse fue siempre la mejor receta para el negocio de bandas. Y lo de antes pasó por no entenderse.

Avisados están, pues, todos los que desviven sus días en el afán por “hacer algo”, para salvar a la patria, al pueblo, al rey emérito fugado al emirato o a su corte de hierros “azul”, “rojo” y “amarillo” (bonito color para las discretas medianías). No hay revolución al ganadero modo. No hay salvación en la masa. Allí donde va el rebaño está el corral. Sólo solos podemos “hacer algo”. La Resistencia comienza ganando la guerra civil de uno con uno mismo y, luego, ya liberados, juntarnos con quienes vienen con su revolución hecha y, ahí, en esa junta, comenzar el futuro y escapar al presente continuo en el que ya nacemos atrapados y marcados. Mientras tanto, a vivir huyendo de la supervivencia, que no es poca cosa.

Ese es el reto. Salvarnos a nosotros mismos, a quienes tenemos al lado y a los que vengan ya salvados a nuestro lado. Esa es la única forma de Resistencia frente a la dictadura vírica y el corralito hampón.

Así ha sido siempre toda Resistencia. Y nosotros, los hispanos atípicos de uno y otro lado del Atlántico, los de monte y montera, lo sabemos hacer mejor que nadie. Nada de inventos, pues. Nada de grandes hierros de ganaderos “libertadores”. Guerrilla chica o grande, de uno solo o de familia y amigos. Con suerte, de una minoría inmensa con la que sumaremos, casi sin darnos cuenta, muchos más que los pastores, aunque menos de lo necesario para provocar una estampida que rompa las vallas del corral y las reemplace en el inconsciente del instante histórico con nuevas maderas, pastores y perros. Los perros que no falten. Ni los bozales.

¡Qué vivan los bozales!

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