Moción de esperanza

No se puso a lo loco la moción de censura, en un arrebato de optimismo. O sí, pero no es una iniciativa insensata y estéril. Muy al contrario. Desde luego, no va a servir para desbancar al gobierno del frente popular escoltado en directo por Cs y, tras bambalinas, por el PP que es moderado (ojo al dato). Nadie pensaba en esa posibilidad cuando se anunció su advenimiento para algún día de Septiembre. Tampoco para escenificar una especie de adhesión de la sociedad civil con VOX en la figura de una personalidad independiente y de reconocido prestigio que defendiera la moción en nombre de la mayoría silenciosa que ejerce la oposición sin señalarse ni señalar. Entonces ¿para qué podría servir?

Mucho nos tememos que, movida por la inercia de la lógica política de un partido que aún conserva cierta aureola de antipolitiqueo, para nada. O bueno, sí. Para desvelar que esa ausencia de polítiqueo responde no a un afán ciudadano por la libertad y la prosperidad sino a intereses ideológicos de otra índole distinta a la política como negocio de representación. Intereses centrados en valores muy superiores, a tenor de quienes los defienden a capa y espada, de índole espiritual. Pero no tendría por qué ser así. Hay una alternativa: La de abanderar de verdad ese valor común de la libertad y la prosperidad. Punto. Sin más apellidos ni letra pequeña de morales particulares.

La moción la defiende Abascal. Y lo hace defendiendo esa sociedad con la que estaríamos de acuerdo una inmensa mayoría. ¿Cuál? El imperio de la ley que sólo interviene para salvaguardar la libertad de los ciudadanos y, por tanto, su seguridad frente al matonismo en todas sus formas; y la prosperidad, es decir, que las diferencias sociales se establezcan mediante la justa competencia del talento y el esfuerzo y no por el juego sucio que llamamos poder. Eso y algo esencial: no hay libertad bajo un estado de necesidad. Un mínimo digno debe estar garantizado para todos los ciudadanos que respetan la ley y se esfuerzan por no necesitar la ayuda que sólo se presta ante la mala suerte.

Un programa de país y sociedad, no uno de gobierno. Los pilares de la regeneración y el progreso en libertades y calidad de vida para todos en función de lo que cada uno se gane. Con pocas ideas sencillas y potentes. Por ejemplo, sólo se dan ayudas a aquellos inmigrantes legales, comunitarios o no, que sus países de origen aporten la mitad de dichas ayudas. Algo justo y eficaz para que algunos países, sociedades y culturas no exporten gratis sus errores y sus fracasos protegidos por el chantaje de la insolidaridad y el racismo. Una solidaridad responsable, que condicione las ayudas al esfuerzo de los ayudados para superar su situación de carencia y postración. Y sí, un apostolado de los principios de libertad y prosperidad que han convertidos nuestras naciones en el sueño de esa inmensa Humanidad que se debate en la pobreza, la tiranía, y la explosión demográfica que los condena a repetir la misma rueda de sufrimiento y desesperanza día tras día. ¿Recuerda alguien eso de la paternidad responsable?

Un programa de vida social, de futuro, de convivencia más libre, más justa, más segura con el fin de proteger al débil del matonismo del fuerte, pero no para limitar la libertad y el limpio ejercicio de la competencia. Y, también, una plataforma abierta a todos los movimientos, personas, organizaciones y partidos políticos que luchan, casi desde la clandestinidad y con el miedo a las represalias del poder que controla todos los resortes del estado que deberían servir para limitar ese poder temporal, una colectividad para defender la individualidad y evitar que se imponga una dictadura entre medieval y orweliana, sustentada en la represión y el control de la opinión y en la ingeniería social con la que convertir a buenas personas en linchadores fanáticos que apagan la disidencia sin que los poderosos tengan que mancharse las manos con el estiércol de la tiranía.

Un paladín que sostiene, sin forzar ni coartar, a una plataforma ciudadana unida por los valores de la libertad y la prosperidad, que unifique los esfuerzos para resistir a esta invasión de sombras gigantes con diminutos cuerpos que viene envuelta en un pérfido aroma de vieja miseria, sumisión, miedo, violencia y sufrimiento, por mucho que desde los nuevos púlpitos del más soez adoctrinamiento venga vocifereda como verdad incontestable. Una réplica atronadora en el feroz silencio que devora el ánimo y el juicio de los buenos ciudadanos dispuestos a seguir a jarramantas disfrazados de profetas, de expertos, finalmente de burdos tiranos. Una brisa de aire fresco sin miedo a perder el favor del chorro putrefacto de la corrección política que los mantiene en la bonanza del poder, de la regalía, de los escaños y las prebendas.

Suba a la tribuna, Sr. Abascal, preséntese como el candidato a una nueva y mejor España, abra los brazos y diga que ahí entra todo el que quiera libertad y prosperidad sin más condiciones que ser leal a esos principios y no a ningunos otros fruto de ideologías legítimas pero particulares que suelen esconderse tras esas dos palabras que son las únicas que merecen el respeto unánime de quienes desean comportarse como verdaderos humanos. Desde luego, el mio. Así de simple. Anuncie un programa de vida, un sueño español y un colectivo de hombres y mujeres libres contra la colectivización, que de cabida, protección y voz a todos. Aunque no sean de VOX ni de nada, ni de nadie. Marque la diferencia, juegue a lo grande, haga Historia. No ganará. Eso es seguro. Ganaremos. ¿Hay triunfo mayor?

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