IV Reich, capital Beijing

30 Agosto 2020

El neocomunismo es un nacionalsocialismo disfrazado con la parafernalia del rancio internacionalsocialismo.

El internacionalsocialismo chino, ante la evidencia del apoteósico fracaso de la Unión Soviética, dio un cambio a su estrategia ideológica en la dirección del otro polo colectivista que inició la II Guerra Mundial: el nacionalsocialismo. Formalmente todo siguió igual: una dictadura comunista. Pero en la práctica, el giro que Deng Xiaoping imprimió a China supuso nada menos que convertirse en el IV Reich.

¿Disparate?

El nacionalsocialismo se diferencia del internacionalsocialismo exclusivamente en un aspecto: compagina el libre mercado y la propiedad privada con un control férreo aunque velado de la economía y de los agentes económicos. Una dictadura política librecambista. Un capitalismo tutelado que, por una parte, necesita zafarse del corsé ideológico del marxismo para permitir la libre competencia, el libre mercado y la libre iniciativa y, por otra, debe limitar el poder resultante de esa máquina de riqueza y desarrollo para que sus protagonistas, los agentes económicos, las grandes empresas y los nuevos multimillonarios no tomen el poder. Algo que sólo se logra mediante un estado poderoso convertido en la única y verdadera empresa multinacional.

Para evitar que los agentes económicos, las empresas y los empresarios, expandan la defensa de sus intereses hasta el terreno político, se les debe impedir actuar como verdaderas multinacionales que campan a sus anchas protegidas por la legislación, de manera que su existencia y su futuro quede indisolublemente vinculado al interés y los dictados del partido que, identificado con el estado, conforma el órgano de dirección de la nación convertida en holding empresarial de toda la iniciativa privada. Eso ocurría con las grandes empresas alemanas y ocurre actualmente con las grandes empresas chinas.

La multinacional china, como la alemana en su momento, se constituye en un imponente conglomerado empresarial coordinado por un único poder político que designa al consejo de administración supremo que dispone en última instancia de los ingentes recursos proporcionados por la libre competencia, inalcanzables en un modelo internacionalsocialista como la URSS, Corea del Norte o la China maoista. Y lo hace para alcanzar el principal objetivo de su estrategia empresarial: extender el imperialismo nacionalista.

Huawei no tiene una política empresarial independiente de la política nacional china. Como no la tenían las grandes empresas alemanas, para las que el beneficio económico estaba supeditado al objetivo político del estado nazi convertido en multinacional. Las empresas chinas sólo tienen autonomía para decidir cómo van a obtener más beneficios económicos sin salirse del marco que establece el gran consorcio empresarial nacional.

Por eso resulta imposible enfrentarse con garantías de éxito al nacionalsocialismo chino sin la mentalidad de un empresario que sabe que tiene enfrente a un megaconsorcio empresarial y no a un estado al uso. Y es por eso que no se ha detectado el verdadero peligro de China sino que, al contrario, se ha ayudado a que logre una ascensión meteórica hasta el primer puesto mundial en PIB.

¿Se entiende por qué Trump es el objetivo a batir por la dictadura China?

El enorme daño que la guerra de aranceles desatada por Trump está infligiendo a China explica con total claridad los atípicos términos geoestratégicos en los que se debe inscribir la respuesta china a la ofensiva arancelaria, la Operación Pandemia, cuyo objetivo primordial es puramente empresarial: dañar la competitividad de la competencia. Porque China no sólo actúa como un megaconsorcio empresarial sino que responde a sus adversarios políticos no como estados nacionales sino como empresas competidoras. De ahí que los pilares sobre los que fundamenta su actuación estén regidos por los principios del marketing adaptados a la peculiaridades políticas de sus adversarios.

¿Se entiende por qué quieren a un político siguiendo el tradicional guion geoestratégico y no a un empresario en la Presidencia de EEUU?

En este contexto es fácil comprender que la ideología forma parte, como en toda empresa, de una estrategia de marketing al servicio y en función de los resultados, y no es el principio rector de las decisiones. Y que la propaganda no se rige por los patrones tradicionales de la teoría política sino por las técnicas publicitarias que rigen el mercado.

No se puede luchar contra lo que parece propaganda mediante réplicas ideológicas, sino en términos de marketing, ingeniería social, política de alianzas y de sobornos/coacciones. La ideología es un elemento más de sus tácticas publicitarias con las que conseguir fidelidad indirecta, subliminal, que aprovecha los movimientos sociales y las inquietudes de amplias capas de población en las democracias representativas liberales para que, fieles a esos ideales, trabajen sin saberlo para el objetivo de una nación gestionada como sociedad mercantil.

Es por eso que el nacionalsocialismo, no el viejo internacionalsocialismo, se apropia, modula y utiliza movimientos sociales y culturales que de forma espontánea o inducida surgen en el mundo democrático: ecologismo, feminismo, antiracismo, migracionismo… Y lo consiguen mediante una flexibilidad ideológica que no se acomoda a principios inmutables, como ocurría con el antiguo comunismo, sino amoldándose a lo que va surgiendo en cada momento y que más dañe al poder político de los estados democráticos, cuya principal debilidad consiste en no estar gestionados como empresas cuyo único objetivo es la rentabilidad en términos de libertad y prosperidad de sus ciudadanos-accionistas.

China goza de una ideología oportunista que, precisamente porque responde a tácticas empresariales, aglutina a un buen número de agentes económicos del mundo libre seducidos por el espejismo de que sus intereses coinciden parcial o momentáneamente con los del holding nacionalsocialista y, por tanto, saldrán favorecidos a la hora de repartirse el botín.

Grandes empresas del mundo libre y agentes económicos destacados unen sus esfuerzos con las campañas de expansión del nacionalsocialismo porque creen que van a obtener un beneficio neto de tal asociación directa o indirecta. El mismo error que cometieron las multinacionales que buscaban aprovecharse de la mano de obra barata y de la estabilidad política china sin darse cuenta de que no estaban tratando con un fracasado régimen comunista que buscaba sobrevivir a costa de esclavizar a sus súbditos sino con un holding empresarial que jugaba en los mismos términos que ellas con la ventaja de tener de su parte al poder político.

¿Se entiende por qué toda la maquinaria de propaganda china intenta centrar la atención del mundo libre en una supuesta élite que quiere implantar un nuevo orden global?

El libre mercado mundial estorba los planes imperialistas de un estado que funciona como holding empresarial y que persigue el objetivo de acabar con el globalismo, es decir, con la libre y justa competencia. Y ahí es donde importantes conglomerados empresariales occidentales vuelven a caer en la trampa al pensar que asociándose a la estrategia nacionalsocialista podrán disfrutar de un oligopolio mundial.

Ayudan al nacionalsocialismo chino a lograr lo que ellos piensan que es su objetivo: la multilateralidad, el oligopolio global. Pero, si triunfa el holding nacionalsocialista van a encontrarse con un monopolio en el que ellos no tienen cabida. Son cómplices, sí. Cómplices estúpidos y dañinos. Pero no son los que mandan. Son los tontos útiles a los que su presunto socio utiliza como cabezas de turco al presentarlos como la élite globalista que quiere implantar un nuevo orden mundial.

El globalismo implica la existencia de una multiplicidad que se relaciona y compite en términos de igualdad. Pero lo que quiere imponer China es un monopolio de poder político identificado con el poder económico que establezca las reglas de mercado tutelado exactamente igual que haría la mafia si dispusiera de un estado propio. Y sin embargo, quienes defienden su derecho a la libertad, a la diferencia, a la identidad propia como individuos o pueblos, se oponen al globalismo multiforme, que no es posible sin la independencia real de los individuos y los pueblos y sin unas reglas justas de competencia que excluyan el dumping económico, social, laboral, sanitario, ecológico… y colaboran inconscientemente con la implantación de un monopolio global nacionalsocialista.

No es sorprendente que “agentes comerciales” encubiertos tanto del nacionalsocialismo chino como del ruso, se encuentren detrás de movimientos identitarios y antiglobalistas fomentando teorías conspiranóicas que señalan a oscuras fuerzas surgidas del tenebroso capitalismo financiero y jugando al doble juego de alertar contra los objetivos colectivistas del conglomerado empresarial nacionalsocialista pero adjudicando la autoría de estos planes a esas élites indeterminadas.

Son estos agentes encubiertos, estas gargantas profundas de falsa bandera, junto a los grandes medios de comunicación, la columna vertebral del complejo y eficaz trabajo de ingeniería psicosocial y de las campañas de propaganda (el maestro Goebbels) que sostienen el mito de la élite globalista (antes era “sionista”) en la que incluyen a los propietarios directos o indirectos de esos medios de comunicación, a los grandes multimillonarios occidentales, pero no a los chinos (tampoco a los rusos), convirtiéndolos en una especie de secta satánica que busca un gobierno mundial cuyas características son, sin embargo, idénticas a las del modelo nacionalsocialista chino.

Nadie mira a China ni a sus grandes empresas ni a su política y social colectivista ni a sus abismales diferencias sociales ni a su ausencia de libertades. El grueso de la población liberacista, conservadora, identitaria, de derechas o de izquierdas, anda entretenida contra quienes, en el pecado les va la penitencia, aparecen como grandes enemigos de la libertad, de la prosperidad, de la Humanidad entera: las élites empresariales occidentales, el estado profundo, los monstruos parásitos del capitalismo financiero.

¿Se entiende el fulgurante triunfo de la Operación Pandemia?

Trump o Xi jinping. Eso es lo que se juega el mundo en las elecciones de Noviembre. Olvídense de Biden, Gates, incluso Soros. Sólo hay una élite perfectamente unida, con unos objetivos claros, una estrategia coordinada y un poder inmenso: el consejo de administración de la República Popular de China. La misma multinacional que ha convertido una epidemia estacional en pandemia destructora de la prosperidad y libertad del mundo libre. La única gran nación que ahora mismo está incrementando su PIB. La única gran empresa y los únicos grandes multimillonarios que tienen suficiente poder económico y capacidad de gestión como para mover los hilos de los descomunales cambios políticos, económicos y culturales que se están produciendo en el mundo libre, occidental y blanco.

Trump o Xi Jinping. Eisenhower o Hitler. Nacionalsocialismo o democracia. Todo lo demás son espejismos propagandísticos y frutos del desconcierto ante una blitzkrieg de ingeniería social que está convirtiendo al mundo libre en una inmensa Francia de Vichy. Y nosotros persiguiendo molinos de viento, entelequias, élites globales constituidas por la vanguardia económica y tecnológica del mundo libre, distanciados los unos de los otros, aislados en nuestros gulags domésticos, derrotados anticipadamente por el miedo, amordazados con mascarillas, hincados de rodillas, luchando unos con otros mientras el verdadero enemigo consigue que nosotros mismos le entreguemos la victoria y, además, nos encerremos voluntariamente en lo que será un mundo sin globalidad monopolizado por la verdadera élite: El consejo de administración de China Corporation.

Una gran corporación empresarial que garantice nuestra libertad y prosperidad. O varias y que podamos elegir la mejor. Ese es el futuro. O ser el ganado humano de una granja global regida por pastores con criterios fría y eficazmente empresariales. Ser accionistas o ser materia prima.

Trump o Xi Jinping. Un empresario contra otro empresario. Esa es la elección. Todo lo demás son tonterías… extremadamente peligrosas.

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