El Abismo

17 Julio 2020

Nostradamus hacía previsiones ambiguas al estilo del oráculo de Delfos y que, además, estaban situadas en un futuro indefinido, siempre más allá de la vida del autor. Negocio redondo. Pero, además, inútil. ¿De qué vale pronosticar lo que no viviremos ni nosotros ni nuestros nietos? Bueno, son profecías sencillas de fabricar y, también, de hacer que se cumplan con tan solo versionar la ambigüedad en los términos concretos de lo que finalmente suceda. Vaticinios difusos y lejanos cuya responsabilidad recae en los futuros interpretadores que adivinan el pasado y pronostican lo que está ocurriendo delante de sus narices con desparpajo de “experto”, que es sinónimo de los antiguos doctores de la Iglesia, que tampoco acertaban una ni falta que les hacía.

Vaticinar a corto plazo es, sin embargo, mucho más difícil. Y no porque requiera de especiales dotes de clarividencia, sino porque sólo es necesario abrir bien los ojos y ver lo que realmente está sucediendo. Casi nada. Lo más difícil que hay en la vida, además de saber lo que queremos y lo que nos conviene es vaticinar la actualidad, porque para eso se requiere ejercer el sentido común, ignorar lo que los protagonistas dicen de sí mismos (el mejor sistema de salud pública del mundo, por ejemplo) y contarnos las cosas con palabras sencillas, claras y, preferiblemente, mal sonantes, por aquello de despertar del sueño de la matriz cateta que resume la vida en: Eso nunca podría pasar aquí y en estos tiempos.

Ha pasado.

Primer país del mundo, los más pobres y atrasados incluidos, en muertes/habitantes por coronavirus y eso sin contar las otras miles de muertes causadas por el colapso de la sanidad pública. Primer país del mundo en contagio de personal sanitario, en homicidio por abandono de los más débiles, en destrucción económica, de derechos y de libertades.

¿Suficiente? No. Ahora mismo, con ese fracaso apoteósico a nuestras espaldas, somos el único país de Europa que obliga a usar mascarilla en espacios abiertos y todos obedecemos sin rechistar.

Tamaña vergonzosa catástrofe debería haber provocado una convulsión social y política que se llevara por delante al régimen de la Transición (ese es el eufemismo para este engendro cleptocrático). Pero no ha sucedido nada porque, como decíamos en un artículo anterior (98 de 2020) la sociedad entera, con pocas excepciones, se encuentra en estado de shock postraumático sin capacidad siquiera para ver la realidad, cuando menos para reaccionar con dignidad y sensatez ante ella. Una ceguera que nos convierte en campeones de la postración y la sumisión y que, en el pecado va la penitencia, nos lleva al borde de un abismo que, desde el juego de fantasía en el que creemos vivir, imaginamos de todo punto imposible en la España del siglo XXI, dentro de la UE y del grupo de naciones más avanzadas del planeta. Recordemos otra vez la brecha entre la fantasía y la realidad aunque sólo sea como un ejercicio de profilaxis psicológica: Primer país del mundo en muertes/habitante.

¿Un abismo? Sí. ¿Pero de qué profundidad estamos hablando?

De una profundidad que nuestra prepotencia de nuevos ricos (apenas hace 80 años vivíamos como en el peor Marruecos de hoy) califica, sonrisa de desprecio mediante, como absolutamente exagerada.

Pero las profecías son así, increíbles hasta cuando ves venir ya el tren a toda marcha contra el coche en el que estás con tus amigotes oyendo música tras otra noche de juega.

Esta es, dicha en términos crudos, la profundidad de la situación económica: Hambre en amplias capas de la sociedad que ni soñaban verse algún día en esa pesadilla.

¿Cuándo? Primer semestre de 2021.

Tras la gira por Europa del patético personaje que hace las veces de jefe del consejo de bandas políticas con el pomposo título de Presidente del Gobierno, y tras haber confirmado, como sabían y saben todos y cada uno de los miembros de esas bandas políticas, que los europeos no van a regalarnos su dinero para sostener chiringuitos clientelares y corruptos, sobreviene el silencio y se incrementa la catatonía del shock postraumático, el síndrome de Estocolmo adquiere nombre local y una niebla invisible nos impide ver más allá de la próxima semana. Viene el tren, nos va a arrollar. ¿Y qué sucede? Nada. Todos en su asiento, escuchando música y haciendo planes para mañana, después de haber dormido la mona.

El conductor sabrá.

Pero los conducator de una y otra mano piensan que ellos sí se salvarán y, por tanto, siguen pendientes de su negocio político de gobierno y oposición, aguantando el tipo a ver qué pasa, asumiendo unos y otros nuestro sacrificio “por el bien de todos”, dispuestos a “ejercer la gobernanza” si las cosas salen peor de lo que ya se sabe. Prestos a exiliarse si hay tragedia, a escribir memorias y frases ingeniosas con las que escarnecer a los españoles, que ya se sabe cómo las gastan, y que la Historia eche tierra sobre el asunto. Ya pasó otra vez y no pasó nada… a ellos, claro.

Cada vez que te dan una bofetada, no se repite la anterior. Pero es ya la segunda, muchacho.

Un derrumbe económico sin precedentes traerá (qué si no) la pobreza extrema a grandes capas de la población, y otra vez, como tantas ya, nos veremos ante esa memoria histórica de la que nuestros padres y abuelos huían, hasta encontrarse de bruces con otra masacre, la del genocidio eugenésico del mayor fracaso histórico colectivo desde la guerra civil. Aquella vez en la que el hambre sólo necesitó que una camarilla de líderes de parecido nivel a los de ahora permitiera con su moderación o alentara con su radicalidad el odio y el enfrentamiento entre la borregada de una y otra cuadra política.

Había hambre, había odio, y hubo guerra. Pero, tranquilos. Eran otros tiempos.

Quien sea capaz de ver con claridad el tono que está tomando la dinámica social, y eso que aún la pobreza no ha enseñado sus patitas, podrá imaginarse, si tiene valor para tal ejercicio de fantasía siniestra, qué puede pasar cuando andado el Otoño entremos en el hambre con unos protagonistas sectarios exactamente iguales que los que ya hubo cuando la otra vez. Porque eso es lo que va a pasar si nadie lo remedia. Y ese alguien que podría remediarlo se resume en el pueblo español o la comunidad internacional.

¿El pueblo español? ¿El mismo que ha aceptado y acepta sin mover un músculo de la cara la mayor mortandad/habitantes del mundo, siendo ahora mismo los únicos ciudadanos (grande viene el nombre) de Europa con obligación de usar bozal al aire libre? El pueblo español está aceptando el peligroso guion de criar odio y amasar hambre. Y con esa misma indiferencia antes se enfrentará entre sí que se unirá para acabar con la escoria política, social, empresarial y mediática responsable de lo que está ocurriendo y de lo que, sin milagro que lo remedie, va a ocurrir.

¿La comunidad internacional? Pero, hombre, si la más cercana, la UE, acaba de decirnos a las claras que está harta de niñatos nuevos ricos y de su régimen de bandas mafiosas políticas, instaurado tras la muerte de Franco bajo la capitanía emérita de quien ahora, por fin, todo el mundo sabe que ha sido uno de los mayores golfos de los últimos 40 años. ¿Esa es nuestra esperanza para no repetir tragedias pasadas? ¿Que no hay hambre y que Europa no lo consentiría?

¿En serio?

A ver, que no queremos enterarnos. Tras el mayor fracaso colectivo que nos ha llevado a la vergüenza de ser el número uno en muertes/habitantes, en destrucción económica, de libertades y derechos, habiendo dejado morir sin atender a quienes pagaron durante toda su vida los hospitales de la sanidad pública universal que creíamos era de las mejores del planeta, estamos a las puertas de ver en directo el mayor empobrecimiento que ha conocido España desde la guerra civil. ¿Qué creéis que significa eso? ¿Qué esperáis que traiga?

Dos vaticinios. Uno al nostradámico modo:

En Noviembre, ganará Trump o ganará Xi Jinping.

Y, otro, desde el coche parado sobre las vías del tren:

España saldrá de la UE en dos tiempos. Primero y de forma urgente, inmersos en graves conflictos sociales gestados a finales de Otoño, nos aislarán en una especie de corral adyacente disfrazado de durísimas condiciones para un rescate que consistirá, ya en el segundo tiempo, en una salida del euro y el inicio de una fase transitoria bajo la tutela normativa y comercial de Bruselas (Berlín), con la disimulada invitación a que veamos conveniente salir del todo y acogernos a un estatus comercial preferente. Será el aviso y, a la vez, el ensayo de una Europa unida mediante dos velocidades: la UE propiamente dicha a ritmo germánico y, al otro lado del océano virtual que delimita al nuevo continente, países heterogéneos y periféricos.

España se disgregará poniendo fin no ya al régimen pestilente de la transición sino culminando un proceso histórico que se inició cuando nos convertimos, aún con imperio en nuestras manos, en un protectorado francés administrado por pepes botellas. Y, justo en ese tristísimo momento, brillará una luz de esperanza en las profundidades del abismo. Algo nuevo surgirá de las cenizas de lo viejo para retomar el camino perdido.

¿Los plazos?

Apenas tres años y medio a partir de hoy, día en el que nace la era de la libertad individual para unos pocos escogidos, después de haber sido rescatados de la ficción de un colectivo imaginario que se ha derrumbado sin estrépito y a escondidas de la conciencia de millones de españoles que no saben que España dejó de existir hace muchos años y que lo único que hay en realidad es un puñado de españoles en potencia y, el resto, inmigrantes ilegales venidos en pateras chinas desde el país de “Vivan las caenas”.

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