98 de 2020

25 Junio 2020

Más se perdió en Cuba y vinieron cantando.

Pero las coplas se acabaron nada más arribar a la patria. El autoengaño apenas duró los días del tránsito hasta la nueva normalidad de un país fracasado, que sólo retuvo de aquél imperio en el que no se ponía el sol lo malo, la podredumbre de lo público y común. Por eso no hubo consecuencias, excepto que a cuatro intelectuales mal contados les dio por llorar tinta sobre papel. Tinta sublime y anecdótica.

Una especie de resignación mezclada con escepticismo asistió al pueblo español como bálsamo contra el abatimiento, la indignación y la acción. Algo que va en los genes culturales de un pueblo acostumbrado a soportar y sobrevivir por sí mismo, uno a uno, o en grupos lo suficientemente pequeños como para llamarse familia y amigos, porque en todo lo demás, en esas bellas palabras de nación, solidaridad, democracia, estado de bienestar, servicios públicos… sólo creen de verdad unos pocos entusiasmados. Un mecanismo psicológico colectivo nos protege contra los efectos de las catástrofes y los fracasos estrepitosos. Quizá, un neurotóxico trasmitido subliminalmente a través del aire y secretado por los poderosos caciques que constituyen la columna vertebral de lo hispano. Una mezcla de shock postraumático y síndrome de Estocolmo ha hecho presa en el pueblo español, el mismo que, cuando el rey felón (y van ¿cuántos?) acabó con la esperanza de subirnos al barco de la modernidad liberal, salió a las calles para gritar ¡vivan las caenas!.

Entonces, cuando la esperanza de libertad y prosperidad murió fusilada en una playa de Málaga o cuando se perdió el último palmo de imperio americano no pasó nada de lo que debiera haber sucedido. No hubo revueltas, nadie rindió cuentas… Es más, ni siquiera había clara y general conciencia de que las clases dirigentes, esos que mandan, eran responsables de dañar la libertad y la prosperidad, que van juntas o no van. Hoy está ocurriendo lo mismo: Nada. Es igual de fácil manipularnos ahora que cuando éramos más pobres, incultos y desinformados. O, al menos, eso indican los hechos desnudos del dulzor anestésico del autoengaño.

Un shock postraumático unido a un peculiar síndrome de Estocolmo mantiene a la sociedad española en estado de letargo mantenido por un inmenso caudal de información del que resulta extraordinariamente difícil protegerse. Un holograma de realidad ficticia se ha insertado en el subconsciente colectivo para reforzar la negación de los hechos, trivializándolos cuando no negándolos: “No se ha producido un fracaso colosal del sistema público de salud… y de todo lo público sin apenas excepción”.

Acabamos de asistir a uno de los mayores fracasos colectivos de toda nuestra Historia. ¿Y que ocurre? Nada. Una inmensa mayoría de la población ni siquiera es consciente de la envergadura del fracaso ni, por tanto, de lo que implica. Tampoco de las consecuencias que va a tener apenas arribemos a puerto este Otoño después de la travesía con cánticos en los balcones a través de esa mar chica fantasmalmente engrandecida por nuestra socorrida inventiva épica. Pero ese mar del COVID-19 está plagada de cieno y sangre:

Primer puesto mundial en muertos/habitantes.

País con mayor proporción de sanitarios contagiados.

Primer puesto mundial en hundimiento económico (lo acaba de ratificar el FMI)

Primer puesto mundial en conculcación de libertades fundamentales.

Primer país del mundo en genocidio eugenésico…

Los hechos son estremecedores. Por eso estamos en shock incapaces de valorarlos en toda su magnitud. Quizá nunca vamos a querer hacerlo y prefiramos, como es costumbre, cubrir la realidad con un manto de héroes y fatalidades sin culpables ni responsables. Echar tierra al asunto, mirar para delante y linchar a cuantos se atrevan a mostrar la crudeza de los hechos.

Escribimos un cómic ridículo para todos menos para nosotros mismos y nos aferramos a él para no ver la realidad en los términos en los que el resto del mundo la ve: Medalla de oro en muertos/habitantes… Una leyenda rosa no para contrarrestar la negra sino para no salir nunca de ella.

El fracaso de España ha sido, está siendo, histórico. Nada o casi nada ha funcionado para salvaguardar nuestra salud, nuestra vida, nuestra libertad, nuestra prosperidad. Ninguna institución pública ha cumplido con su función al nivel que se exige, no ya a un país desarrollado y democrático del primer mundo, sino a uno en vías de desarrollo o ¿qué digo? ni siquiera el que se espera de cualquier país no importa cuál sea su nivel económico, político o sanitario. Porque eso exactamente y no otra cosa significa ser el primer país del mundo en muertos/habitantes, hundimiento económico, conculcación de libertades… aunque una inmensa mayoría piense que no es así, que son exageraciones, a pesar de haber sufrido en sus propias carnes la debacle de incompetencia sanitaria y de que, ahora, sufrirán las de la incompetencia económica.

Echar tierra (nunca mejor dicho), quitar hierro, justificar, incluso ensalzar a los responsables de este desastre que son muchos más de los que estamos dispuestos a reconocer. No importa. La realidad siempre termina imponiéndose.

No sólo se ha alcanzado un nivel de fracaso que debería hundirnos en la vergüenza y forzar a las bandas políticas responsables por acción u omisión a disolverse o a refundarse sobre unas bases verdaderamente democráticas y no sobre acuerdos mafiosos que aseguren su impunidad y la continuidad del negocio. Además del fracaso, algo profundo y sórdido está sucediendo de forma casi invisible cuando una sociedad entera es incapaz de reaccionar al nivel que demanda la gravedad de los hechos, afectada por un shock traumático y neutralizada por un síndrome de Estocolmo que, quizá, debería cambiar el nombre por el de alguna localidad del sur de Europa.

Esta sí es la gripe española. Somos el país en el que más daño ha hecho la pandemia. Y lo somos porque ha fallado absolutamente todo. Un récord que parecía imposible. Por eso estamos sonados, como los boxeadores tras un KO en el primer asalto contra un contendiente muy inferior sobre el papel. ¡Ah! Pero es que los papeles eran mentira. Corrupción, caciquismo, enchufismo, ineptitud, desidia, clandestinidad para protegernos del poder… Todo eso ha emergido en el primer embate que ha puesto a prueba la nave del estado. Y hemos cosechado lo que llevábamos sembrando desde hace demasiados años. Así de sencillo y de triste. Por eso no queremos ver la realidad, lo que nos dicen los hechos: “Los peores del mundo”. No vale de nada engañarnos. Teníamos un país de mierda. Lo seguimos teniendo porque nos negamos a dar un chasquido y acabar con toda esta podredumbre.

¿Exageración?

Hagámonos un favor. Cuando nos descubramos minimizando lo ocurrido y lo que está por suceder, cuando justifiquemos esto a aquello, a estos o aquellos, repitamos en nuestra cabeza, en silencio, para no ensanchar más la vergüenza: “primer puesto mundial en muertos/habitantes”. Y, luego, repitámonos que ese estado de cosas es el que estamos permitiendo que sobreviva para que, ¿alguien espera otra cosa?, vuelva a dejarnos completamente desamparados quizá en una situación más grave y mortífera.

Sí, vivimos en un estado fallido controlado por bandas mafiosas políticas, que “protegen” y cobran la protección contra sí mismas a un pueblo secularmente educado en el escepticismo y la resignación. Incapaz de reaccionar ante la tremenda realidad de estar viviendo, no el fin de un imperio, sino algo peor, el fin de un sueño. Al despertar encontraremos una puerta enorme con un letrero en lo alto: Sálvese el que pueda. Las bandas políticas se pondrán de acuerdo y aumentarán su poder. Y ese atávico instinto de desconfianza en la posibilidad de una sociedad mejor tomará las riendas de nuestras vidas. En el pecado llevaremos la penitencia. La realidad nos alcanzará a todos menos a esas bandas políticas, a sus socios empresariales y a sus clientes.

El peor hundimiento económico desde, al menos, la guerra civil no será fácil de trivializar, esconder, justificar o cantar. Y eso está a la vuelta del verano, cuando la vacuna española contra las pandemias de fracaso y miseria deje de hacer su efecto placebo. Entonces, sabremos (y nos lo callaremos) que vivimos un 98 de 2020. Caeremos en la desesperación violenta o en el completo abatimiento. Y esa será la nueva normalidad que acepta sin más la sociedad española, incluida la llamada oposición política, la intelectualidad, el mundo empresarial y todos los que cobran sueldos de primer mundo por conseguir resultados del peor tercer mundo.

Una “nueva normalidad” como eufemismo tras el que esconder la realidad, que es la tradicional respuesta española ante las consecuencias de la podredumbre pública que consentimos entre todos y que Antonio Machado retrató con la maestría de aquél otro 98 en el que aún había pulso en las venas de la patria:

Hoy es siempre todavía.

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