La vista

Una de las primeras tareas a las que se entregan los leones que acaban de vencer a los machos de otro grupo consiste en asesinar a todos los cachorros de corta edad que encuentran. La escena resulta a nuestros civilizados ojos de una crueldad extraordinaria. El macho o los machos vencedores buscan a los hijos del derrotado, que son completamente abandonados por sus madres, y los matan con la misma saña que poco antes mostraron ante su desafortunado padre. No es perdonado ni uno solo de los pequeños, cuyos gritos desesperados se pierden en el más absoluto vacío.

Con este comportamiento, a parte de garantizar que no prosperan las estirpes de los antiguos “dueños”, la masacre provoca la entrada en estro de las hembras, esposas y madres de los difuntos aún calientes, las cuales a los pocos días se aparean con los conquistadores. Es un ejemplo extremo o, si se quiere, tan solo un dramático ejemplo de lo que significa la estirpe, la descendencia propia y los afanes por garantizar su supervivencia. Las características de los triunfadores deben reproducirse y, en justa correspondencia, desaparecer las de los fracasados. Los hijos de los vencedores deben disponer de todos los recursos posibles. No tiene sentido despilfarrar tiempo, trabajo y bienes en criar perdedores. Hay que apostar por los que cuentan con más probabilidades de ganar, por los que tienen futuro. Los hijos de los perdedores deben morir con sus padres.

A cada padre o madre el interés evolutivo de la especie le trae sin cuidado. Únicamente les interesa el éxito y, por supuesto, la supervivencia de los “suyos”, independientemente de que sean o no los mejores.

Los humanos no tenemos un comportamiento tan brutal como el de los leones. Sin embargo, es una constante biológica intentar favorecer a la propia descendencia y perjudicar a la extraña. El éxito biológico se mide directamente por el número de descendientes que llegan a la edad adulta y que, a su vez, se reproducen. Para humanos, chimpancés y bonobos, sexo y poder social se encuentran estrechamente unidos como claves del éxito biológico medido en términos de expansión genética. Dos factores, el poder social y el sexo, que explican algo fundamental para estas tres especies: las luchas sucesorias.

Los leones, dada su estructura social y familiar, lo tienen fácil. Todos los cachorros del grupo son suyos (o de su hermano). Todos los cachorros del grupo de otro macho al que han derrotado no son suyos. Por tanto, eliminan a la estirpe contraria y protegen a la propia. Pero, ¿qué ocurre con los humanos?

Los grandes avances en la primatología han puesto de relieve no pocas sorpresas con relación al mito sobre el que se asentaba la visión que tenemos de nuestros parientes más próximos, los chimpancés y los bonobos. Tanto la imagen de inocentes y juguetonas criaturas como la de torpes animales movidos por instintos elementales se vienen abajo conforme descubrimos su verdadera naturaleza. Entre lo más destacable que hemos aprendido de ellos destaca una complicada vida social para la que, necesariamente, han desarrollado una inteligencia “social” muy superior a lo que imaginábamos.

También ellos se pasan el día engañando, conspirando y luchando por el poder político de su grupo. Y, al igual que ocurre entre nosotros, una de las estrategias fundamentales, si no la principal, para conseguir poder está basada no en la fuerza bruta sino en la habilidad para establecer alianzas. Los chimpancés pueden llevar a cabo terribles guerras de exterminio, sobre todo contra grupos desgajados, pues, al igual que nosotros, toleran muy mal la traición y es difícil que la olviden. Practican el canibalismo contra las crías de madres de rango inferior y atacan ferozmente a las hembras de otros grupos que deambulan con crías en las cercanías o el interior de su territorio. Pero también son capaces de la compasión, de adoptar huérfanos y defender a las hembras del grupo contra los machos que tratan de agredirlas. Mantienen unos lazos familiares muy intensos de por vida, sobre todo entre madre e hija, y establecen vínculos de amistad que, en muchos casos, perduran tanto en los buenos como en los malos tiempos, haciendo gala de una lealtad extraordinaria. En suma, presentan un comportamiento muy complejo que, a grandes rasgos, coincide con el de los humanos.

La herencia filogenética común es tan estrecha entre ellos y nosotros que estaría perfectamente justificado unirnos en un mismo grupo biológico compuesto por tres especies: “Pan Troglodites”, “Pan Paniscus” y “Pan Sapiens”. Y es precisamente este gran parecido genético lo que facilita la comprensión de muchos comportamientos humanos nítidamente manifestados en los chimpancés y bonobos sin los prejuicios y eufemismos con los que nos observamos a nosotros mismos. Algunas de estas similitudes nos ayudarán a responder a una de las cuestiones fundamentales que trataremos en esta serie de artículos: ¿Cómo reconocemos a nuestros hijos o, por decirlo de otra manera, en qué nos basamos para averiguar “dónde” hay más genes propios y, por tanto, quién es “más” descendiente nuestro?

Sólo en el caso de la poliginia, es decir, cuando un único macho tiene acceso sexual a las hembras de su grupo, y en el de la monogamia, cuando un solo macho tiene acceso a una hembra determinada, los machos tienen razonable seguridad de que todas las crías de sus hembras son hijos suyos. Entre los chimpancés y los bonobos, sin embargo, no sucede nada de esto, pues todos los machos tienen acceso sexual a todas las hembras. Por tanto, los hijos lo son de sus madres (¿no solemos decir esto mismo de los humanos?), mientras que los machos quedan en una situación de incertidumbre, relegados a una posición de parentesco de segundo grado, como tíos o padrinos. De hecho, para un chimpancé o un bonobo, su familia tal y como la entendemos está formada por su madre y sus hermanos1.

Los machos sólo están integrados en lo que vendría a ser una familia de segundo grado: El grupo2. De ese segundo nivel familiar surgen variantes humanas como la tribu, el clan o la familia extensa, tan importantes en muchas culturas.

¿Cómo se las arreglan los chimpancés y bonobos para saber cuál de todas esas crías es suya?

Existen diferentes mecanismos por los que un macho chimpancé, bonobo o humano puede tener algunas garantías de que “ese” es su descendiente: Una es el control de la actividad sexual de la mujer. Entre los chimpancés existe una costumbre por la que algún macho se lleva a una hembra en celo y pasa varios días con ella lejos del grupo, asegurándose de que sólo el tiene acceso sexual mientras dura el estro. Otro de los mecanismos para persuadir a los machos de su paternidad real o, en todo caso, para que asuman el papel de padres adoptivos lo constituye la sutil facultad de persuasión de las hembras puesta de manifiesto, tanto en el caso de los humanos como de los chimpancés en un amplio catálogo de comportamientos entre los que sobresale la alianza política y sexual con un determinado macho. En nuestro caso el emparejamiento y la fidelidad sexual son la pauta central de estas conductas de “fomento de la paternidad”.

Pero hay un mecanismo fundamental en el establecimiento de la paternidad que es común a las tres especies y que, en el caso de los chimpancés y los humanos, tiene una trascendencia dramática en términos de estatus social y desarrollo psicológico y físico de las crías: El parecido físico entre presuntos hijos y padres. En nuestro caso, como veremos, también el parecido entre la madre y sus hijos.

Cuando nace un chimpancé o un bonobo todo el grupo se acerca para conocer al recién nacido. Existe entre estas especies un fuerte impulso que les lleva a reconocer físicamente al bebé. Así mismo, para toda madre es de vital importancia que su hijo sea aceptado por los componentes del grupo, incluidos, por supuesto, los machos. En caso contrario, el futuro de la cría se vería seriamente comprometido. Pero hay más: si la madre logra que uno de los machos adultos “apadrine” a su hijo, este tendrá un mejor porvenir.

La principal estrategia mediante la que una madre puede encontrar un buen padrino para su hijo es su propia relación con ese macho. Como quiera que los machos tienen especial empeño en mantener una sólida relación de amistad con las hembras3, a fin de tener acceso a ellas en exclusiva cuando entran en celo, lo cual les garantiza una mayor probabilidad de descendencia, ellas intentan consolidar esta amistad que les depara protección por parte del macho para ella y para sus hijos.

Las hembras chimpancés suelen elegir como compañeros no a los machos más cariñosos, que es como nosotros entendemos el comportamiento paternal, sino a los que mejor puedan protegerlas a ellas y a sus hijos. Buscan no un buen padre, sino un buen padrino. Lo atraen y lo mantienen mediante su fidelidad sexual, si es que podemos hablar en estos términos cuando nos referimos a animales extremadamente promiscuos como son los chimpancés, los bonobos y los humanos.

Pero existe otro mecanismo de convicción paternal, en este caso de autopersuasión, que no depende en absoluto, al menos entre los chimpancés y bonobos, de las habilidades de la madre: El parecido físico entre la cría y el macho. Recordemos, en este punto, que los chimpancés son capaces de reconocer su imagen en un espejo, o en las tranquilas aguas de una charca o un remanso. Reconocen sus rasgos en los demás y tienden a sentirse “identificados” con sus semejantes. No obstante, en el caso de los machos chimpancés y bonobos, el reconocimiento físico de las crías tiene menor peso que entre los humanos por una razón fundamental: el comportamiento paternal de los machos de nuestra especie, que implica una gran inversión en tiempo y recursos, es más acusado que en el caso de nuestros parientes.

Para un macho humano resulta, por tanto, más importante reconocer a sus descendientes por la sencilla razón de que en el caso de chimpancés y bonobos las responsabilidades paternales recaen en mayor proporción en la gran familia, en el colectivo de machos, que no en cada uno de ellos en particular. Así pues, están más interesados en el acceso restringido de las hembras, que les asegure más probabilidad de procrear y, por tanto, de expandir su acervo genético, que de cuidar su “inversión” biológica de forma individualizada.

Los chimpancés no compiten individualmente por la exclusiva sexual tan intensamente como lo hacen, por ejemplo, los gorilas. Pero no pierden la ocasión de conseguirla. Para ello tratan de ganarse los favores de una hembra en celo, primero por las buenas y, luego, si es necesario, utilizando la violencia, para “raptarla” y alejarla del grupo, lo que constituye el equivalente de nuestra costumbre del viaje de bodas. Los chimpancés y los bonobos delegan la competición sexual en sus espermatozoides. Como quiera que normalmente todos los machos adultos del grupo gozan más o menos del acceso a las hembras en celo, serán los espermatozoides más aptos los que lograrán fecundarla. Y la fórmula para tener mayor probabilidad de éxito es producir más espermatozoides que los demás. Por ese motivo, los testículos de los chimpancés son dos veces y media más grandes que los de los humanos de forma absoluta y, con relación al peso corporal, cuatro veces y media mayores.

Pero todas estas estrategias para asegurarse la procreación tienen un último y definitivo episodio: si un macho puede identificar a sus hijos entre el grupo de crías de la gran familia, podrá ayudarle a crecer sano y fuerte, enseñarle, servirle de modelo y darle la oportunidad de adquirir un alto rango social. De este modo, el progenitor convertido en padre puede incrementar aún más su éxito biológico, el de su linaje, al conseguir esa pequeña pero definitiva ventaja para su descendencia que consiste en tenerle a él como protector. Exactamente lo mismo que desean hacer los machos y las hembras humanas. Y todos sometidos al mismo problema: Averiguar quiénes son sus descendientes. Los leones y los gorilas lo tienen fácil. Pero los chimpancés, los bonobos y también los humanos lo tenemos mucho más difícil.

La vista. Esa es la clave.

Cuando nace un bebé humano todo el mundo se arremolina a su alrededor para observarlo. Los congregados estudian sus rasgos faciales y, finalmente, emiten un veredicto: se parece al padre, a la madre o a ninguno de los dos. Exactamente igual ocurre entre los chimpancés y los bonobos. Porque identificar y aceptar al recién nacido como miembro del grupo y determinar su filiación es algo muy importante para todas estas especies. Pero es en la nuestra donde, por razones que más adelante veremos, esta impronta de estirpe resulta de una importancia capital.

Tanta trascendencia tiene en nuestra especie al reconocimiento de rostros que disponemos de un centro neurológico dedicado específicamente a dicha función. Cuantos más rostros identifiquemos más fácil nos será aumentar y conservar nuestra posición social. Las personas más populares, las que consiguen más poder, necesitan recordar muchos rostros para mantener una gran red de relaciones personalizadas con los miembros de su grupo. Pero esa especialización cerebral tiene también, como hemos dicho, una importancia determinante en la relación de los bebes y los padres. En los primeros, porque al reaccionar de forma selectiva ante cualquier rostro humano logra crear un vínculo con los adultos y asegurarse, de este modo, los cuidados necesarios para sobrevivir. En condiciones precarias, un poco más de atención y cuidado por parte de los adultos puede significar la diferencia entre la vida y la muerte. En el caso de los padres con relación a los hijos, la especial habilidad para reconocer rasgos faciales es fundamental a la hora de establecer el parecido genético. Pero, ¿por qué los rasgos faciales y no el carácter, las aficiones, el olor, la constitución corporal o cualquier otro aspecto?

Muchos dicen: “Me parezco a mi madre, pero soy como mi padre”. Sin embargo, la razón de porqué aceptamos como propios o, si se puede decir así, como “más” propios a los niños cuyos rasgos faciales se parecen a los nuestros y no a los que tienen una gran similitud psicológica con nosotros son claras y sencillas.

La primera razón es porque estamos constitucionalmente preparados para ello. No sólo somos animales eminentemente visuales, sino que, además, contamos con una zona cerebral especializada en el reconocimiento de rostros humanos. La segunda razón es que el primer indicio de similitud genética que podemos observar es el rostro del recién nacido, pues para reconocer rasgos de carácter hay que esperar mucho más tiempo. Y no olvidemos que la decisión de aceptar a la cría, en un fenómeno inverso aunque muy parecido al imprinting, se da en los primeros días de vida. Después, como veremos, las cosas pueden suavizarse o extremarse, pero la estirpe a la que pertenece el recién nacido habrá quedado marcada para siempre desde el nacimiento.

Hoy en día existen medios casi infalibles para determinar la paternidad. Los humanos, en muchas culturas, hemos intentado establecer pautas de comportamiento basadas en la moral y las costumbres, que minimicen la incertidumbre de la paternidad, como son todas aquellas que refuerzan la fidelidad de las mujeres tanto en las sociedades monógamas como en las poligínicas. Se trata, en ambos casos, de piruetas culturales que sin duda han aportado ventajas prácticas de cara al éxito biológico. Pero los machos humanos no confían del todo en esas artimañas y el principal y definitivo marcador de paternidad es el parecido físico del rostro del recién nacido con el supuesto progenitor. Sólo si nuestros ojos nos lo dicen en los primeros días de vida del recién nacido, lo consideraremos nuestro hijo.

Desde ese momento y para toda la vida queda grabado en nuestro cerebro si esa criatura pertenece o no a nuestro linaje, aunque ese mismo cerebro se encargue de ocultárnoslo para aliviar la angustia del conflicto entre lo inconsciente “no es mi hijo” y lo consciente “es mi hijo”.

1 Esto también ocurre entre nosotros, aunque en menor medida dado que los machos humanos hemos incrementado notablemente nuestro comportamiento paternal. Para el inconsciente programa preinstalado, la familia humana está formada por la madre y los hermanos, de manera que el padre, a pesar de todo, es visto por las crías como un tío o, en el mejor de los casos, como un padrino. Sólo en circunstancias excepcionales, como también ocurre entre los chimpancés, adquiere el verdadero papel de padre (más exacto sería decir de “madre sustituta”). Un ejemplo de lo dicho lo tenemos en el respeto, o mejor dicho, el miedo que en su inmensa mayoría sienten de forma espontánea los niños hacia sus padres, pero no así hacia sus madres, las cuales suelen quejarse de que a ellas, por más que gritan, amenazan y castigan, no consiguen que los hijos les obedecen como a los padres. La razón de esto es muy sencilla: de la madre no temen ninguna agresión seria, pero de los padres, es decir, de los tíos o padrinos, al fin y al cabo individuos ajenos a la familia nuclear, sí.

2 Un impresionante ejemplo de cómo se reproduce este esquema familiar en los humanos lo constituyen los Moso, que habitan entre el Tibet y China y que conforman una sociedad matriarcal y matrilineal, donde los padres biológicos no viven con su mujer y sus hijos, sino con su madre y hermanas, y en la que los tíos maternos adquieren un papel muy superior con relación a la crianza de los niños que sus verdaderos padres. Tal parece una copia exacta de la sociedad bonobo, pues mujeres moso, además de ostentar un alto rango social, gozan de una extraordinaria libertad en todos los aspectos, incluido el sexual. No se casan, y desde que se desarrollan como mujeres adquieren una habitación propia en la casa familiar en la que pueden recibir a sus amantes.

3 Sobre esta costumbre de establecer alianzas o vínculos de amistad entre un macho y una hembra, se asientan nuestras relaciones de pareja, noviazgo y matrimonio.

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