Introducción

Y amó Isaac a Esaú, porque comía de su caza; mas Rebeca amaba a Jacob” (Génesis 25:28)

¿Tratan los padres por igual a todos sus hijos? Desde luego que no. ¿Favorecen a unos por delante de los otros? La inmensa mayoría de los padres responderán a esta pregunta con un rotundo no. Y, también en una mayoría de los casos, lo harán con sinceridad. Conscientemente, ningún padres o madre perjudica a unos hijos en detrimento de otros. Pero, de hecho, eso sucede en mayor o menor medida en todos los casos sin excepción. La única diferencia es el grado de favoritismo que cada uno de los padres siente por cada uno de los hijos. Desde prácticamente igual hasta situaciones en las que uno de los hijos es literalmente machacado en todos los aspecto por, al menos, uno de sus progenitores.

De hecho, todos hemos sentido que nuestros padres trataban mejor a alguno de nuestros hermanos que a nosotros. Y esto se debe a dos razones. La primera es que para nuestra supervivencia personal y para el éxito que tengamos en la vida resulta trascendental el apoyo de nuestros padres. Por eso, el conjunto de predisposiciones de comportamiento al que llamamos preprogramación filogenética, común para todos los individuos de una misma especie, otorga una importancia especial a lo que en lenguaje común llamamos celos y envidias entre hermanos. Pequeñas diferencias en el trato hacia los hijos determinan ventajas y perjuicios muy superiores a lo que puede parecer a simple vista. De hecho, las consultas de psicólogos y psiquiatras están llenas de personas que, sin saberlo, sufren los devastadores efectos de un trato discriminatorio por parte de sus padres. Porque no e trata de una simple cuestión de celos o envidias imaginarias.

Somos muy sensibles a las diferencias de trato por parte de nuestros padres. Y, además, esas diferencias de trato son reales. En algunos casos, brutalmente reales.

Pero ¿a que se deben esas conductas discriminadores de los padres? ¿Por qué, con más o menos saña y más o menos sutileza, los padres tratan de forma diferente a sus hijos? ¿Acaso unos son más “hijos” que otros? Veremos a lo largo de esta serie de artículos que, aun cuando conscientemente nadie considera a unos más hijos que a otros, inconscientemente y en la práctica sí lo hacen. Cada uno de los progenitores tiene sus preferidos y, además, luchan entre sí para favorecer a los “suyos”.

No a todos los hijos se les quiere igual.

Lo siento. Sé que esto no va a gustar a nadie. Pero es mucho más importante de lo que imaginamos que lleguemos a reconocer la realidad para poder afrontarla causando el mínimo daño posible. Ser humanos no significa tener la naturaleza genética que nos gustaría, sino conocerla y supeditarla a una naturaleza virtual que comúnmente llamamos moral, conciencia, voluntad… Saber cómo venimos diseñados de “fábrica”, cómo es el programa básico con el que nacemos y que está pensado para manejarnos en un entorno natural y no en el sofisticado ecosistema social humano, es esencial para poder comportarnos como esos seres ideales que creemos ser. Y esa es la mayor muestra de amor que podemos dar a nuestros hijos. Vencer nuestra naturaleza para hacerlos a todos iguales. O prácticamente iguales.

Nos creemos especiales porque dominamos el planeta como ninguna otra especie lo ha hecho nunca. La distancia intelectual, cultural y tecnológica con el resto de los animales es inmensa. A su lado, somos como dioses. Pero no debemos olvidar que estamos hechos de la misma materia que el resto de la fauna. Apenas nos diferencia de nuestros primos hermanos, los chimpancés y los bonobos, un escaso 2% de nuestro diseño genético. Y entre lo que nos une a ellos hay algo que generalmente olvidamos y que se encuentra en la base de buena parte de nuestro comportamiento, incluidas no sólo las cuestiones emocionales sino, también, las cognitivas. Aunque seamos intelectualmente muy superiores a ellos, la mayor parte de las habilidades de relación social, que requieren una fina inteligencia, se encuentran presentes en chimpancés y bonobos. La capacidad para simular y engañar es uno de los elementos más destacados en la común inteligencia social característica de los primates superiores. Pero en el hombre, esta capacidad de simulación y engaño ha adquirido una importancia trascendental. Tanto que en ella reside nada menos que el éxito de nuestra supervivencia.

Vivimos en un mundo virtual, repleto de entelequias, creencias, mitos y símbolos que constituyen una especie de gran juego de simulación, solo que infinitamente más realista que los mejores juegos informáticos. Un juego de simulación en el que somos, al mismo tiempo, los jugadores y los personajes. Y para poder llevar a cabo este juego de ordenador, constantemente mejorado tanto en calidad como en complejidad con cada nueva versión, necesitamos también incrementar la potencia del propio ordenador, el hardware, en el que jugamos a “humanos”: el cerebro. Un juego de ordenadores conectados en línea, en una red muchísimo más antigua y compleja que Internet: la cultura, la sociedad humana, que nos exige perfeccionar constantemente el software dado que el escenario en el que jugamos es real: el ecosistema, el mundo físico y biológico al que debemos controlar para que no nos afecten las leyes de la evolución que lo rigen. Un escenario, el ecosistema, para el que estamos completamente inadaptados y que, por tato, requiere de ese mundo artificial, el juego de simulación, para sobrevivir.

Inventamos y usamos garras y colmillos artificiales, pautas de comportamiento depredador, pieles de animal glacial… incluso modificamos el propio ecosistema mediante la agricultura y la ganadería hasta límites que comienzan a poner en peligro al mundo real, al propio juego y a los jugadores que dependemos de él para sobrevivir.

La especialidad humana, por tanto, no consiste en la inteligencia, sino que esta es un instrumento necesario para ejercer nuestro verdadero rasgo definitorio: el engaño, la simulación, la creación de un mundo virtual en el que vivir protegidos del mundo real, engañando a la evolución biológica.

Engañamos al mundo. Engañamos a los demás y nos engañamos a nosotros mismos.

Al mundo lo hacemos con más o menos éxito a la hora de protegernos de nuestra propia inadaptación biológica no ya a ecosistemas extremos como los desiertos o el polo norte, sino a los más benignos como la selva tropical, donde no podríamos sobrevivir sin la caterva de apósitos y trucos (instrumentos, armas y comportamientos aprendidos) De ahí que se imponga y sobreviva el software, la cultura, más eficaz para dicho engaño.

A los demás los engañamos de forma consciente y premeditada, siendo este comportamiento el grueso de las interacciones sociales que, definidas sin los eufemismos con los que nos gusta envolverlo todo (como buenos engañadores), consisten en engañar y simular, pero también descubrir los engaños y las simulaciones de los demás.

Y a nosotros mismos, sin embargo, nos engañamos inconscientemente. Aunque el procedimiento y el resultado es idéntico a cuando engañamos a los demás, independientemente de que se exprese con distintos sinónimos. Cuando engañamos a o somos engañados por otros decimos “mentira”. Cuando lo hacemos con nosotros mismos, decimos “error”. Y es en esos errores donde encontramos el objeto de esta serie de artículos. Concretamente en uno que afecta de forma dramática y decisiva a nuestras vidas, porque sucede en el ámbito social más elemental y trascendente: la familia.

En el hardware biológico ya viene instalado “de fábrica” un software común a todos los ordenadores de una misma marca y modelo. La etología lo llama “preprogramación filogenética”. Y en él vienen fijadas una serie de tendencias de comportamiento que tienen una importancia capital para la supervivencia. Desde conductas sencillas y concretas como puede ser el reflejo de succión o el miedo a las serpientes, hasta otras más complejas que establecen una predisposición a responder de determinada manera en situaciones de gran trascendencia como la organización social o los complejos lazos de relación maternofilial.

Incluso el propio diseño individual y colectivo del juego virtual en el que vivimos viene en gran medida determinado por las predisposiciones genéticas, de manera que nosotros mismos estamos condicionados, sin saberlo conscientemente, por ese paquete básico de software con el que construimos el juego de simulación en el que vivimos.

Esto tiene una importancia fundamental a la hora de engañarnos a nosotros mismos, porque podemos conocer la “verdad” de todo lo que ocurre en nuestra existencia simulada, pero desconocer las causas profundas de esos sucesos, de nuestros deseos, actos, opiniones y decisiones cuando estás vienen favorecidas por el paquete informático preinstalado.

Cuando explicamos no sólo el comportamiento de los demás sino, especialmente, nuestro propio comportamiento, lo atribuimos a una serie de causas, razones o motivos que no siempre se corresponden con la realidad. Ni con la del mundo real ni, tampoco, con la del mundo simulado.

¿Por qué abandonamos a alguien, por qué elegimos pareja… por qué tenemos tan mala suerte? Esas tendencias preprogramadas genéticamente para sentir, pensar y actuar de determinada manera en determinadas situaciones forman parte del gran mecanismo de toma de decisiones y construcción de opiniones que explica más del noventa por ciento de nuestra vida: el inconsciente.

Vivimos una vida consciente gobernada casi en su totalidad por la vida inconsciente. Sólo así es posible el funcionamiento eficaz de un ordenador tan potente en una tarea tan compleja como es el mantenimiento de un mundo virtual capaz de hacernos sobrevivir allí donde las condiciones del mundo real nos habrían condenado hace millones de años. La actividad consciente es un lujo excesivamente lento y caro para todo lo que no sean las tareas propias de un “espectador” de un “mirón”: establecer directrices y objetivos de actuación (“quiero ir al cine”) y construir opiniones, por ejemplo, sobre las causas y motivos que atribuimos a nuestro comportamiento y al de los demás (“he pegado a mi hijo porque lo quiero, para educarlo”).

No es difícil comprender que esta habilidad para explicar nuestro comportamiento y juzgar el de los demás atribuyéndole causas y motivaciones es una fuente de autoengaño muy difícil de detectar y admitir. Estamos seguros de por qué hacemos lo que hacemos, dado que somos nosotros los que lo hacemos y pensamos que tenemos el control total sobre dichas decisiones. Pero estas opiniones, más bien certezas, de por qué hacemos algo, vienen determinadas por el papel que desempeñamos en el gran juego virtual de cerebros conectados en serie y, por tanto, por lo que en el juego se especifica como bueno y malo, correcto e incorrecto, bello y feo. Aquello que se espera de nosotros.

Creemos que controlamos nuestros impulsos, deseos, motivos, actos y decisiones y, por esa razón, tratamos siempre de darles una explicación noble, admisible socialmente y acorde con los sentimientos que, según el juego simulación, debemos tener en cada caso y con cada persona. Y ahí residen buena parte de nuestros problemas personales y sociales: en que su causa y, por tanto, su solución o alivio viene oculta por la versión virtual de nosotros mismos y de los demás.

Los errores persistentes, la mala suerte, las desgracias y tragedias las atribuimos a los demás, al destino o, cuando mucho, al mundo oscuro de la psicología y la psiquiatría. Hemos convertido buena parte de las “discrepancias” entre el mundo virtual y el real en trastornos y enfermedades mentales, en errores de programación, de software cerebral, y tratamos de resolver esos problemas mediante la reprogramación de dicho software por parte de los técnicos informáticos, los psicólogos y los psiquiatras (los chamanes, los curas, los consejeros espirituales…) Pero esos técnicos no consiguen casi nunca resolver los problemas porque, sencillamente, no hay ningún problema que resolver. Los trastornos y buena parte de las enfermedades psicológicas tienen preponderantemente su origen en una descoordinación, por ignorancia y/o rechazo, entre ese paquete básico preprogramado y los posteriores desarrollos informáticos colectivos o individuales del juego de simulación. Entre lo que sentimos profunda e inconscientemente y lo que queremos sentir.

Si no tenemos en cuenta ese programa filogenético instalado “de fabrica” en nuestro ordenador, el cerebro, no podremos darnos cuenta de que muchos de esos problemas psicologizados o psiquiatrizados son simplemente cuestiones de interpretación que hacen que, por ejemplo, lo que en nuestro programa cultural o personal significa “amigo” en nuestro programa básico puede significar “enemigo” y que, por mucho que conscientemente, y guiados por lo que consideramos cultural o personalmente correcto, consideremos a otra persona como amigo, en el programa que condiciona inconscientemente nuestras decisiones, es considerado como enemigo.

La discrepancia entre lo que deberíamos hacer, tratarlo como amigo, y lo que realmente hacemos, tratarlo como un enemigo, se soluciona mediante el autoengaño. El conflicto que provoca esta disonancia cognitiva crea una explicación que adquiere un poder de verosimilitud, es decir, de engaño, suficiente para bloquear todo atisbo de autocrítica, lo cual explica la incapacidad para corregir nuestros comportamientos más problemáticos y persistentes negándonos a poner en tela de juicio los motivos que hemos inventado para justificar esos comportamientos descaradamente incoherentes.

¿Por amor a alguien se le puede menospreciar, insultar, pegar…? ¿Alguien tiene la culpa de que nosotros le hagamos daño? Evidentemente no. Pero esa evidencia queda comúnmente oculta tras la endiablada capacidad de autoengaño de nuestra especie. Oculta por la explicación, la teoría mediante la que atribuimos a unos determinados comportamientos, emociones y opiniones unas causas y motivos inventados, en la vana esperanza de que, al igual que tantas cosas de nuestro mundo inventado, podrán hacerse realidad y controlar al mundo real, haciendo que el problema desaparezca. Pero no es así. Como bien saben los psicólogos, los psiquiatras, los moralistas y los propios afectados, que comprueban una y otra vez cómo el mundo real no se amolda a sus opiniones y teorías. A pesar de lo cual, todos ellos persisten tercamente en el error.

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