La sombra del murciélago

Cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia” (Arthur C. Clarke)

De forma completamente inesperada y en apenas días el mundo se ha visto ante una convulsión cuya trascendencia aún no se vislumbra en toda su magnitud. Dependiendo de cómo reaccionen los actores de uno y otro lado de la línea que demarca con relativa claridad a los más perjudicados por los acontecimientos, EEUU y los países “occidentales”, especialmente Europa, y a los menos perjudicados, China, su entorno económico (Japón, Corea del Sur, Taiwán, Singapur…) y sus aliados ideológicos y estratégicos (Rusia, Corea del Norte, Irán…), asistiremos a un nuevo reordenamiento geoestratégico y, eventualmente, a un nuevo orden social y político.

Si China consigue imponer su plan, se convertirá súbitamente en el triunfador de una contienda que se desató con la llegada de Donald Trump a la Presidencia de EEUU, acostumbrado a la lucha empresarial y económica, que son los términos en los que, desde 1978, la dictadura neocomunista china basa su competencia por el liderato mundial. Porque, y no lo deberíamos de olvidar, las restricciones comerciales impuestas por USA mediante la llamada guerra de los aranceles, aún no siendo de gran magnitud, han causado a China un daño económico muy superior al que ha trascendido. La prueba inequívoca de que esto es la agresividad del contraataque chino para debilitar la economía del mundo occidental y, especialmente, conseguir que en Noviembre recupere la Presidencia algún político que regrese al planteamiento geoestratégico convencional que tan favorable se ha mostrado para los intereses de la potencia asiática.

Es suficientemente conocida la destrucción económica y el debilitamiento social y político del mundo occidental causado por la propagación del SARS-CoV-2, un virus sin ninguna duda retocado en laboratorio y con un potencial dañino que no reside principalmente en el propio coronavirus sino en la capacidad de su fórmula de propagación, también retocada artificialmente en un laboratorio geoestratégico para inducir una respuesta inmunológica social en determinados países y que conlleva graves efectos secundarios tanto desde el punto de vista económico como social y político.

La destrucción económica y el impacto en las libertades causado a ciertos países avanzados ha sido inexplicablemente desproporcionada con relación a la gravedad objetiva de la pandemia1 y, más aún, a la capacidad sanitaria de dichos países. Pero hay algunos aspectos que están pasando desapercibidos y que revisten una importancia muy especial.

El primero es la rapidez con la que se suceden unos acontecimientos que afectan a la práctica totalidad del planeta y conllevan cambios extraordinariamente profundos exclusivamente en un sentido: el de una mayor colectivización sustentada en la pobreza y la limitación de libertades.

El segundo, y en absoluto anecdótico, es la selectividad con la que la pandemia ha afectado a los diferentes países y la consecuente destrucción de sus economías. Resulta asombroso que, excepto la provincia de Hubei, China, que se encontraba en medio de la mayor migración humana del planeta, el Año Nuevo, haya tenido unas tasas de contagio y de muerte ridículas con relación a su población. Pero es que las naciones democráticas y plenamente integradas en el mundo económico occidental pero del entorno geográfico de China, como Japón, Taiwán o Corea del Sur, apenas han sufrido la pandemia y sus consecuencias económicas. Como tampoco Corea del Norte o Rusia. Mientras que quienes más han sentido los efectos a todos los niveles de la COVID-19 son, casualmente, los países democráticos más avanzados fuera del entorno geográfico/económico de China y de su órbita ideológica.

El tercero, la respuesta inducida que han reproducido estos países más afectados por la pandemia y que ha sido causa, a su vez, de una mayor destrucción económica. La imagen de la respuesta repentinamente desmesurada con relación al discurso tranquilizador que estaban inicialmente dando las autoridades chinas, el confinamiento medieval de la provincia de Hubei (y sólo de esa provincia), ha servido como pauta de comportamiento a todos los países occidentales, excepto a Suecia.

El cuarto es el desarrollo exponencial de los acontecimientos propio de un efecto “ala de mariposa”. Todo ha sucedido, la pandemia en sí y las consecuencias políticas, sociales y económicas, a un ritmo crecientemente acelerado por una serie de fuerzas, coincidencias o casualidades que proyectan una profunda y enorme sombra en los acontecimientos.

El quinto, la confluencia de muy diversos actores que se han sincronizado de forma perfecta para apoyar los objetivos de la ofensiva: desestabilizar a los países libres, especialmente la UE y EEUU, mediante un shock democrático de suspensión de libertades y bloqueo económico. Desde la OMS hasta conglomerados empresariales de diversa índole, especialmente en los medios de comunicación, así como grupos políticos de tendencia “progresista” han sumado sus fuerzas en la misma dirección contraria al interés de la libertad y de sus propios países.

Y el sexto el increíble proceso de medievalización de las sociedades más libres y avanzadas del planeta… con sistemas políticos democráticos y mayoría étnica blanca.

La masiva pérdida de empleos y las negras expectativas económicas que se ha proyectado desde casi todas las instancias públicas y privadas no ha desencadenado la conflictividad social con la rapidez e intensidad que se esperaba. Es por eso que dicha conflictividad se ha provocado mediante la amplificación de un incidente menor en una ámbito distinto al económico. Una ofensiva directa al corazón de EEUU mediante la propagación vertiginosa de revueltas sociales de una violencia extraordinaria que ha cogido por sorpresa, al igual que lo hizo la pandemia, a las autoridades norteamericanas y que se extienden a otros países que reúnen tres requisitos clave: Democracias liberales representativas con un régimen económico de libre mercado y mayoría de raza blanca.

Se ha desencadenado súbitamente una pandemia social con los mismos extraños elementos de la biológica: la rapidez de propagación con una curva de crecimiento exponencial, que selectivamente afecta a determinados países (democracias de libre mercado y raza blanca), respuesta inducida con efecto “ala de mariposa” a partir de unas primeras reacciones de extraordinaria violencia sin duda promovidas y publicitadas por la confluencia de los mismos agentes que participan en la ofensiva contra las libertades y la economía mediante la respuesta medieval ante la COVID-19 y el carácter marcadamente nacionalsocialista de las revueltas en torno al supremacismo (anti)blanco2.

El objetivo de esta ofensiva, que tiene la virtud de poner al descubierto el único movimiento racista a gran escala de la actualidad, promovido por el bloque colectivista, es evitar la reelección de Trump. A él se suma no sólo la potencia promotora, China, sino sus aliados habituales y accidentales, entre los que resalta la aristocracia política estadounidense de ambos grandes partidos y, también, dirigentes de países aliados, unos de forma discreta, como es el caso del núcleo dirigente de la UE, otros de forma descarada, como el Primer Ministro de Canadá3, arrodillado en el centro de un círculo de guardaespaldas, cuan señor feudal, lanzando el mensaje de “los blancos (de EEUU, por supuesto) son culpables”. ¿O es otra cosa lo que pretende? Fiel exponente del supremacismo (anti)blanco juega alegre y temerario con el fuego que todo racismo alberga en potencia: El de que una buena parte de los blancos decidan cumplir el guión que se les asigna y ejercer una verdadera supremacía racial justificados por la persecución en su contra alentada por todas las ramificaciones del colectivismo4.

Al neocomunismo no le interesa que la contienda se plantee en los términos reales entre las dos únicas razas (culturales), liberacistas y colectivistas, sino en los términos de un falso conflicto racial (biológico).

Pero hay un elemento más extraño aún: El hecho de que todos esos en sí mismos inexplicables fenómenos se hayan producido y sucedido de una forma tan perfecta. Ni en las batallas más emblemáticas y magistrales de todos los tiempos ocurrió nunca que cada uno de los pasos de la estrategia tuviera éxito y, además, se coordinaran y sucedieran entre sí de forma absolutamente precisa5. Hay aquí, en la pandemia biológica con sus secuelas liberticidas y empobrecedoras y en la pandemia racial del supremacismo (anti)blanco con su secuela específicamente electoral en EEUU, una maestría y una acumulación de “suerte” que supera todo lo razonable. Hay algo demasiado extraño como para aferrarnos a planteamientos convencionales. Algo que no sólo nos obliga a ser audaces a la hora de analizar lo que está sucediendo sino a ir más allá de lo “normal” para poder dar explicación a lo escandalosamente anormal. Lo contrario implicaría no querer ver las señales que nos avisan de una revolucionaria ventaja tecnológica del enemigo.

La definición de lo posible y lo imposible es el muro que deben saltar todos aquellos que traen el progreso y la victoria.

Algo revolucionario, fuera de lo común, lindando cuando no entrando de lleno en la ciencia ficción está cambiando el balance de poder mundial y causando un retroceso de las libertades y la prosperidad sin parangón en tiempos de paz. Quien se niegue a verlo es que no tiene absolutamente ninguna capacidad de perspectiva o está afectado por un realismo simplista incapaz de saltar el muro de lo posible. Sólo abriendo el abanico de posibilidades podemos encontrar nuevas perspectivas que arrojen algo de luz al momento histórico que estamos viviendo y descubrir lo que se esconde bajo la sombra del murciélago. Estas son las alternativas:

El azar. Sencillamente, todo o la mayor parte de lo ocurrido se explica como un asunto de suerte, en el que una serie de casualidades se han ido sumando en el orden adecuado y con la máxima efectividad posible hasta llegar al resultado actual. La suerte ha sonreído a China no en un acontecimiento sino en toda una cadena de acontecimientos y, por tanto, no hay que preocuparse de nada ni hacer nada excepto esperar que la suerte cambie de bando. Este sería el planteamiento medieval actualizado con un matiz laico que hace residir explicación en la estadística (el azar) como antes lo atribuía a Dios (la Providencia). Bueno, no explica nada sino que simplemente dice ha ocurrido así porque ha ocurrido así. Pero ¿es posible tal cantidad de casualidades concertadas en la dirección de un resultado que beneficia en todo al mismo? Cuando ha sucedido, es porque es posible.

Ejecución perfecta. Otras explicación “no fantasiosa” es la de que China y sus cooperadores han manejado los acontecimientos a la perfección, ejecutando un plan de una finura extraordinaria con una precisión sin parangón. Esto querría decir que China es la gran potencia de todos los tiempos, con una capacidad muy por encima de cualquier otro rival. Pero ¿Realmente es posible tal superioridad repentina sobre el resto de países, incluidos los EEUU, desarrollados? ¿No supone esta eficacia sobrevenida y excepcional un misterio igual o mayor que el que trata de explicar, el éxito completo y fulgurante de la ofensiva colectivista?

Nuevas tecnologías secretas: Entramos ya aquí en terreno resbaladizo para los defensores del realismo simplista. Porque estamos ante nuestro nuevo radar pero con una trascendencia aún mayor. ¿Es posible que China haya logrado un avance tecnológico espectacular. Por ejemplo, en computación cuántica y mecanismos de multipropagación? El efecto mariposa y su desarrollo exponencial estaría controlado por los mecanismos físicos de última generación (en realidad, de varias generaciones en el futuro) capaces de aprovechar fenómenos cuánticos como el entrelazamiento o la “materialización” de pequeños sucesos que generan cambios exponenciales en una dirección determinada6.

Viejas tecnologías secretas: Podría ser también, ¿por qué no?, que China hubiera logrado dominar las funciones parasicológicas que poseemos los humanos y que antes se englobaban en la categoría genérica y frecuentemente equívoca de “magia”. No podemos descartar esa posibilidad, independientemente de cuál creamos que puede ser la naturaleza de esas facultades paranormales. Desde ese punto de vista, sería posible que hubieran descubierto la naturaleza exacta y las leyes y fuerzas que la gobiernan hasta tal punto de poder realizar una suerte de “vudú” científico o tecnológico que se ajustaría perfectamente a la secuencia de los sucesos. Entre las diversas alternativas para explicar esos fenómenos paranormales hay una que enlaza con una corriente de pensamiento que ha seducido a numerosos científicos, especialmente en el ámbito de la física teórica.

El Universo Simulado. Es posible que nuestro mundo tenga una naturaleza algorítmica y que la magia sea en realidad una forma de acceder, como un hacker, al programa informático creando virus que con una mínima intervención generan cambios de gran magnitud en los acontecimientos que ese programa controla. Sería una respuesta sencilla y elegante no sólo al enigma de la magia y las funciones parapsicológicas, sino infinidad de cuestiones físicas y existenciales. Pero lo importante en lo que ahora nos ocupa es que, si vivimos en un mundo simulado por o en un ordenador, una vez encontrada la forma de acceder a su software, poseeríamos un poder inmenso sin necesidad de llevar a cabo acciones de gran magnitud y coste que, además, dejarían un rastro demasiado evidente. ¿Puede China haber encontrado ese acceso a la programación del ordenador en el que se desarrolla nuestra existencia?

La teoría transhumanista viene a decir, en términos simplificados, que la simulación en la que vivimos ha sido creada por los humanos del mundo real que se encuentran en un momento de evolución tecnológica más avanzado que el nuestro. Esa sería una buena razón de porqué hemos sido creados a imagen y semejanza de los humanos del mundo real. Y porqué los distintos “extraterrestres” que pueblan nuestra mitología tecnológica y, quizá, la realidad, tienen formas humanoides, como si fueran variantes causadas por el distinto devenir histórico en diferentes juegos de simulación. Otros mundos virtuales enlazados en un mismo superordenador o red informática, como universos paralelos a los que se puede viajar si se dispone de una tecnología algorítmica suficientemente potente. Siendo así, nada impediría que otras civilizaciones de mundos paralelos no sólo viajen hasta el nuestro sino que fueran capaces de controlar nuestras vidas y los acontecimientos históricos con total eficacia y, además, pasando completamente desapercibidos.

Quizá alguna de esas civilizaciones tiene interés “económico” en nuestro planeta y en nosotros mismos como una especie de ganado humanoide. Y, en ese caso, lo más razonable es pensar que esa civilización, tal y como haríamos nosotros en su caso, intenta imponernos el modo de vida más rentable para sus intereses, que no sería muy distinto al modelo neocomunista que encaja a la perfección con el funcionamiento de la granja global intensiva a la que se ajusta esa nueva normalidad confinada, de libertad restringida y de incremento de la población que se pretende imponer. Un nuevo orden mundial neocomunista de ganadería intensiva en el que la libertad individual y la disminución de la población hasta densidades demográficas compatibles con una alta calidad de vida sería lo que menos interesa a los exogranjeros. Pero también a los encargados locales, para quienes lo importante es incrementar al máximo el rebaño humano confinándolo en estructuras de masificación controlada y condiciones de mera subsistencia sin importar la calidad de vida de las personas convertidas en gallinas.

Esa es la verdadera división racial: los que quieren que seamos humanos disfrutando de todo lo que la tecnología actual puede ofrecer en condiciones de sostenibilidad demográfica y los que quieren que seamos animales de granja sostenidos en condiciones de máxima pobreza y hacinados en una inmensa estructura ganadera global que es más rentable cuantos más humanos tengan y menor sea el coste de su mantenimiento. Liberacistas contra colectivistas7.

¿Podemos desechar esta posibilidad? Claro que podemos. Pero no deberíamos dejarnos llevar por lo que a esos exogranjeros y sus encargados locales les interesa: que sigamos creyendo en casualidades de probabilidad imposible, en perfección para la planificación y ejecución de cambios sociales de alcance planetario en tiempo exponencialmente acelerado, en avances tecnológicos de ciencia ficción logrados en secreto y en exclusiva por un país que hace apenas cuarenta años vivía en el subdesarrollo, o que ese mismo país haya tenido éxito donde la URSS o los EEUU fracasaron: dominar las facultades y los fenómenos paranormales.

La sombra del murciélago nos impide ver todo lo inexplicable desde planteamientos realistas que esta sucediendo en vivo y en directo delante de nuestras narices. Por eso se intentará obstinada y torpemente disfrazar los hechos hasta ajustarlos a la “normalidad anodina” en la que se sienten tan cómodos los expertos que nunca predicen nada y, luego, dar una explicación descrita en términos cotidianos enlazados entre sí de forma completamente inverosímil a la que nos aferraremos para mantener intacto el muro de la imposibilidad con el que delimitamos la realidad de la fantasía. Ese mismo muro que mantenía a la Tierra en el centro del Universo y cuyo intento de saltarlo para escapar al Oeste llevó a Giordano Bruno a la hoguera tras afirmar, hace algo más de cuatrocientos años, que había planetas con vida inteligente a lo largo y ancho del Universo.

Nada de lo que ocurre es normal. Así pues, no busquéis entenderlo en la normalidad. No queméis a vuestro Giordano Bruno. Saltad el muro y escapad de la sombra del murciélago.

1¿Qué ocurriría en caso de una pandemia causada, por ejemplo, por un virus de Ébola o similar retocado convenientemente y expandido con la misma eficacia del SARS-CoV-2?

2Estudio aparte merece este fenómeno de ingeniería social que sirve como catalizador de otros movimientos que afectan casi exclusivamente a países avanzados, democráticos, de libre comercio y mayoritariamente de raza blanca: la invasión migratoria, la islamización, la tercermundialización de las condiciones laborales, la reducción de las libertades, la confiscación feudal del trabajo y la riqueza de los ciudadanos convertidos en siervos, el suicidio competitivo inducido por los dogmas del cambio climático y el impacto medioambiental o la renuncia a la autodefensa personal y colectiva por todos los medios tal y como sí hacen el resto de países y personas.

3¿Qué diría la propaganda neocomunista y sus aliados si fuera Donald Trump el que escenifica la payasada de arrodillarse rodeado por sus matones? Porque se les llamaría así y no escoltas. ¿Acaso podemos imaginar un ejemplo más patético de populismo?

4Curioso que muchos de los movimientos actuales, cuya semilla se plantó en Mayo del 68 y las protestas anti Vietnam, se han desarrollado y han sido abducidos por el neocomunismo, que es la versión china del nacionalsocialismo que Deng Xiaoping impuso cuando asciendió al poder: ecologismo, cambio climático, inmigracionismo, feminismo, islamismo radical “progresista”… y, ahora también, supremacismo(anti)blanco.

5Por poner algunos ejemplos, ni en Gaugamela ni en Austerlitz ni en Peral Harbor, siendo cada una en su época y categoría ejemplos notables de triunfo estratégico y táctico, las cosas salieron exactamente como estaban planeadas por los vencedores.

6Utilizando, por ejemplo, la propiedad cuántica puesta de manifiesto en el experimento de la doble ranura.

7Y, sin embargo, se ha logrado confundir a una inmensa proporción de humanos para que asocien calidad de vida con igualitarismo ganadero, pobreza identificada con sostenibilidad ambiental pero incremento de la población humana hasta límites insostenibles para un mínimo de calidad de vida. Gastad poco siendo pobres pero no siendo menos y tocando a más. Eso sólo es para los exogranjeros y para sus encargados locales. La clave para distinguir a unos y otros es la burbuja poblacional. Son colectivistas globales los que defienden la superpoblación humana. Son liberacistas quienes defienden la reducción de la población hasta límites compatibles con la máxima calidad de vida para el máximo de personas que nuestro desarrollo tecnológico pueda permitir.

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