Objetivo Trump

4 Junio 2020

Una sola chispa puede incendiar la pradera” (Mao Tse-Tung)

La tremenda crisis económica desatada en los países occidentales, también en EEUU, es el objetivo principal que ha buscado la dictadura china con la propagación de la pandemia. De hecho, las secuelas en forma de desempleo alcanzarán su máxima intensidad antes de que se puedan apreciar mejoras con anterioridad a las elecciones presidenciales. Y esto nos invita a centrar la atención en un objetivo secundario, pero no por eso menos importante: Que Donald Trump no consiga la reelección en las próximas presidenciales de noviembre.

Las consecuencias de la desproporcionada reacción ante la pandemia, provocada intencionadamente por China y su cooperador necesario, la OMS, en términos de desempleo suponen un grave contratiempo para la reelección de Donald Trump al crear un caldo de cultivo en el que es muy fácil propagar conflictos sociales que perjudiquen aún más al actual Presidente. Y esto es exactamente lo que está ocurriendo.

Asistimos en directo a una nueva ofensiva de guerra no convencional por parte del antiguo bloque internacionalsocialista reconvertido en nacionalsocialismo chino. Las protestas raciales amplificadas de forma completamente artificial implican la complicidad de medios de comunicación y conglomerados empresariales-financieros. Pero estos actores secundarios no deben distraer nuestra atención del principal beneficiario de la nueva pandemia de la violencia callejera, que reside en el mismo lugar desde el que partió la pandemia biológica envuelta en una gran manipulación con la que coger por sorpresa a los países políticamente contrarios a la dictadura neocomunista china.

El hecho diferencial de Trump no consiste en las anécdotas, sino en algo mucho más trascendente. Su formación y actitud empresarial le lleva a aplicar una estrategia simétrica a la que ha seguido China desde la revolución neocomunista iniciada en por Deng Xiaoping en Diciembre de 1978 con su Reforma y Apertura, un movimiento político y económico “Socialismo con características chinas” pero que, en la práctica, supone en lo esencial una copia del modelo político-económico del nacionalsocialismo alemán. Una economía dirigida por el estado, controlado de forma absoluta por el partido, que permite la libre competencia y el libre mercado siempre bajo la tutela estatal y primando el ascenso económico de los afines y los cuadros del partido.

El neocomunismo es un nacionalsocialismo de amplio espectro que se apropia y utiliza los más diversos movimientos políticos, culturales, religiosos y sociales, desde el bolivarismo al ecologismo, el feminismo, el antifascismo o el islam, transformándolos en piezas de destrucción soterrada de su principal y casi único enemigo: el liberacismo o, dicho en términos convencionales, las democracias liberales representativas. Su objetivo directo no es la destrucción del enemigo, sino la destrucción de la libertad. Un objetivo aparentemente ideológico con una carga práctica demoledora: El fin de la libertad supone, a igualdad de todas las demás circunstancias, un empobrecimiento económico que es equivalente, en el actual escenario de imposibilidad de guerras generalizadas a gran escala, a la destrucción mediante armamento convencional que, además, propicia el sustrato social en el que pueden instalarse dictaduras tuteladas o estados títeres.

El planteamiento tradicional en la política americana, que es al que China busca desesperadamente que vuelvan los EEUU, dicta lo siguiente: Hay que enfrentarse con dureza a China, pero manteniendo unas relaciones comerciales amplias a fin de que nuestros agricultores estén contentos porque pueden dar salida a sus productos. Una especie de armisticio parcial que tiene como consecuencia decisiva permitir que China pueda disfrutar de un mercado mundial abierto y no se vea obligada a aislarse.

Ese es el guión que las autoridades chinas esperan que siga un eventual ganador demócrata al frente de la Casa Blanca, y todo lo que está sucediendo viene marcado por ese plan: pandemia, destrucción económica y desempleo en su punto álgido justo antes de las elecciones presidenciales, violentos conflictos sociales que marcan subliminalmente la idea de asociar a Trump con el caos y, la tercera jugada que ya se ha puesto silenciosamente en marcha: el bloqueo a las compras de productos agrícolas americanos.

El partido comunista chino entendió que no era posible ganar la guerra contra los aliados del mundo libre planteando conflictos tradicionales. No es posible porque no poseen una superioridad tecnológica capaz de asegurarles la victoria en un enfrentamiento nuclear a gran escala. Y no es posible porque la carrera armamentística la llevaría a un colapso económico con la amenaza de una revuelta generalizada que obligaría al cambio de régimen, tal y como ocurrió con la URSS.

La clase política de los EEUU aprendió esa lección a medias, por lo que mantuvieron la estrategia convencional de integrar a China en el comercio mundial con la vana ilusión de que el tigre neocomunista terminaría aburguesándose lo suficiente como para aceptar las reglas del juego democrático. Una ilusión respaldada por el poder militar de EEUU y la fuerza imbatible de su moneda.

Con la llegada de Donald Trump a la Presidencia las cosas cambiaron radicalmente, porque tras esa aparente inconsistencia de magnate populista se esconde un planteamiento alternativo que consiste en dar la batalla con las mismas armas que China pero en el terreno más favorable para EEUU. Es la economía. Es el comercio. Son los aranceles lo que ha hecho daño de verdad al expansionismo amable del nuevo imperio chino. Y es en ese momento cuando China decide poner en marcha su ofensiva: Pandemia sorpresa con destrucción económica del mundo libre, desempleo como caldo de cultivo para la desestabilización política y daño comercial selectivo sobre los productos agrícolas de la América profunda que sostiene con sus votos esta nueva forma de enfrentarse al imperialismo comercial chino sustentado en el dumping laboral y el control estatal de los recursos generados por la iniciativa privada.

Que nadie se engañe. La ofensiva del neocomunismo no es contra Trump sino contra la nueva forma de enfrentarse al viejo enemigo colectivista; y no se limita a EEUU. La OMS ya está advirtiendo de otra oleada de coronavirus aún más devastadora que la primera. ¿Saben algo que el resto del mundo ignora, tal vez que el SARS-CoV-2 tiene escondida alguna sorpresa en su genoma o que están ya listas para su propagación nuevas cepas más letales? ¿O es un engaño más? Los conflictos a cuenta del racismo banco contra los negros, que se están propagando de forma sorprendentemente intensa y extensa, casi tanto como la COVID-19, no se van a limitar a EEUU y, además, van a servir de punto de movilización para crear una tensión social en todo el mundo occidental que involucre a todos los movimientos de los que se ha apropiado el neocomunismo: El antiracismo, el ecologismo, el cambio climático, el feminismo… Y algo más.

Se están cocinando ya las condiciones para una oleada migratoria sobre Europa y, si México sucumbe a la tentación china, también sobre EEUU. Una “propagación” migratoria de la que España sufrirá las primeras y mayores consecuencias al ser el eslabón más débil de la cadena europea y estar en manos de un gobierno de frente popular que persigue la implantación de una dictadura neocomunista sobre el sustrato de la destrucción del tejido económico, especialmente en el sector que puede generar mayor desempleo: el turismo.

Estamos inmersos en una ofensiva a gran escala desencadenada por el nacionalsocialismo chino mediante una guerra no convencional que sólo puede triunfar si el mundo libre responde con una estrategia convencional, algo que con toda seguridad ocurrirá si Donald Trump pierde las elecciones presidenciales.

La alternativa es tan sencilla de plantear como difícil de implementar y consiste en llevar a cabo un enfrentamiento simétrico al que sigue China, potenciando al máximo las fortalezas propias y las debilidades del enemigo. El modelo de “tensión y condición”. EEUU tiene superioridad militar/tecnológica que debe utilizar no para imponer una supremacía militar que, en sí misma, sirve para muy poco en las actuales circunstancias, sino para alcanzar el dominio comercial.

Crear tensión militar como parte de una estrategia para un nuevo orden comercial del que China quede excluida gracias a dos circunstancias: la primera, que se vea obligada a aislarse para evitar la contaminación exterior y el descontrol político interior favorecedores, en condiciones de recesión económica, de revueltas sociales. Exactamente lo que ella está haciendo ahora mismo contra EEUU y el resto del mundo occidental. La segunda, que el resto de países tengan que elegir, en el contexto de una fuerte tensión internacional, a qué bloque se unen: liberacista o colectivista.

Hay que crear urgentemente una nueva zona comercial condicionada: comercio contigo, te vendo lo que necesitas, abro mi mercado y te incluyo en el territorio de relocalización como si fueras EEUU a cambio de que cortes toda relación comercial con China y sus aliados. Una Nueva Alianza.

En el mismo paquete de relación comercial condicionada debe entrar la asistencia para la defensa exterior y la seguridad interior de los países aliados. EEUU debería utilizar la superioridad militar no como elemento disuasorio sino como parte del activo comercial que ofrezca a quienes acepten bloquear económicamente a China a fin de neutralizar de una vez por todas sus dos principales ventajas: la alta competitividad en la producción lograda por una brutal economía de escala que le han regalado las empresas del mundo libre llevando allí su producción y el señuelo de un enorme mercado en potencia que nunca terminará realmente de abrir a sus aliados.

No nos dejemos engañar. Nada de lo que está sucediendo es casual sino que forma parte de una ofensiva brutal del neocomunismo para implantar una granja humana global regida por los principios colectivistas, para lo que es necesario neutralizar la única fórmula que puede frustrar sus planes: Una respuesta simétrica por parte de EEUU y sus aliados que prive a China del oxígeno del comercio exterior. Punto. No es Trump. Ni siquiera el trumpismo. Aunque en este momento, como nos está diciendo el enemigo nacionalsocialista chino mediante sus actos, todo pasa por impedir la reelección de Trump.

No es momento de distraernos en cuestiones personales. Como no lo fue cuando el mundo libre ni siquiera reparó en personajes como Stalin, un auténtico asesino de masas, para lograr el objetivo prioritario de vencer al nacionalsocialismo alemán. Se trata de elegir entre Donald Trump o Xi Jimping, entre libertad o colectivización, entre la pobreza que impulsa el anhelo de revolución tal y como defendía Mao Tse-Tung y la prosperidad que hace innecesaria la revolución. Hay que elegir antes de que sea demasiado tarde entre los viejos aliados o el nuevo nacionalsocialismo en el que se ha convertido el internacionalsocialismo chino tras la muerte de Mao.

¿Exageración? ¿Alarmismo injustificado?

Acabamos de tener una experiencia iluminadora: la nueva normalidad neocomunista vivida en carne propia. Se han recortado nuestras libertades en base al terror y nos han empobrecido. Ahora mismo la violencia contra los gobiernos de las naciones más libres de la Tierra y sólo contra ellas campa a sus anchas causando aún más destrucción económica, terror y muerte (de gente blanca, por supuesto). Y, si nada de esto nos sirve para reaccionar y defendernos de la propaganda masiva de los colaboradores del nuevo nacionalsocialismo, dentro de muy poco nos lamentaremos con las mismas palabras de Martin Niemöller, actualizadas en “Primero vinieron por los liberales, y yo no dije nada, porque yo no era liberal (como Trump)…”

¿Qué hacer? Lo mismo que haría el neocomunismo:

Volver la pandemia contra China. Propagar la idea de que no es seguro depender de los productos chinos y hacer que el rostro menos amable del imperialismo neocomunista sirva como catalizador de una nueva alianza de países libres.

Desvelar la revuelta como un caso de guerra contra la independencia y la seguridad de EEUU y el resto del mundo libre promovido por China y sus imprescindibles colaboradores internos.

Tratar la producción agrícola de EEUU como un bien estratégico apoyado mediante ayudas y subvenciones estatales y condicionando los intercambios comerciales con el exterior a la compra prioritaria de productos agrícolas estadounidenses.

Iniciar de forma urgente una política de alianza en la que prime el bloqueo comercial a productos chinos y a empresas que tengan deslocalizada la producción en ese país.

Y lo primero, más sencillo, barato y efectivo: marcar en letras grandes a los grupos empresariales y financieros que controlan desde la sombra a los medios de comunicación al servicio de los intereses colectivistas. Libertad de información para todos. Sólo con esto está ganada la mitad de la batalla.

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