Libertad Liberada 2020

Con el título de “La Libertad Liberada”, comencé a escribir, allá por mediados de 2008, un libro extraño (al menos para mí) sobre política y economía, ambas cosas, especialmente la segunda, de las que ni tenía mucha idea ni tampoco ganas de tenerla. Es verdad que la tremenda crisis que nos había cogido por sorpresa (a la inmensa mayoría de “algunos”) creó el ambiente psicológico propicio para meterme en esos vericuetos político-económicos. Pero durante los aproximadamente dos años que duró su redacción nunca tuve claro porqué lo escribía ni, menos aún, porqué me había metido en aquél laberinto completamente ignoto para mí de la economía. Aún hoy sigo sin entender casi nada de lo que escribí al respecto. Y lo que plasmé sobre política me parecía, y aun hoy sigue pareciéndome, algo obvio y, por tanto, gratuito. Hasta que llegó la (por ahora) gran crisis y recordé aquello de la economía asociada a la política.

Todas las defensas que debían preservar nuestra libertad y nuestra prosperidad han fracasado estrepitosamente con ocasión de una pandemia propagada desde una dictadura comunista bajo el amparo de la OMS dirigida por un antiguo ministro del Frente Democrático Revolucionario del Pueblo Etíope. Y lo hacen no sólo ante la propia pandemia por la ineptitud, corrupción e, incluso, estrategia política de los responsables, sino ante un frente popular que, de forma ya absolutamente impensable para cualquier régimen democrático del mundo libre, está instaurando una dictadura sin que ninguna de las instituciones y resortes del estado de derecho le haga la más mínima oposición.

Como en casi todas las grandes ocasiones de nuestra Historia, es el pueblo español, movido por su propio espíritu, tan grande y tan poco valorado, el que está haciendo frente a fuerzas que se antojan ciclópeamente superiores. Encarcelados ilegalmente en nuestros hogares convertidos en impúdicos gulags, irrumpiendo en domicilios sin orden judicial para detener protestas desde los balcones, persiguiendo en las redes a los disidentes como en las más siniestras dictaduras o impidiendo que los españoles vayan por la calle con la bandera de su país, saboteando la economía para crear una miseria sobre la que edificar la administración del terror, la pobreza y la servidumbre que se llama comunismo, negándose a aplicar las medidas no liberticidas de los países que menos muertos por la pandemia han sufrido y aplicando sin misericordia ni remordimiento un genocidio eugenésico escondido tras el palabrejo de “triaje” al que han obligado, por su incompetencia y algo peor, a nuestros ejército de sanitarios que, como casi siempre, han suplido con coraje la inferioridad de medios con la que luchan contra ese enemigo llegado del frío colectivista.

Hoy, 14 de Mayo de 2020, quiero rendir un homenaje a ese pueblo que se ha levantado, a esa resistencia democrática que busca defender la libertad y la prosperidad y que, a pesar de estar confinados y aislados cada uno delante de nuestro ordenador, de nuestro móvil, o por una burbuja de seguridad cuando andamos por la calle en horario permitido por nuestros carceleros, donde está uno estamos todos. A ese pueblo que yo creía dormido o rendido y que se levanta, como en un nuevo Mayo en el Madrid de siempre, le dedico mi homenaje. Y no encuentro mejor forma de hacerlo que reproducir la introducción de ese libro entonces incomprensible e injustificado para mí, pero que ahora ha encontrado un sentido que, entonces, ni siquiera imaginábamos: luchar por nuestra libertad y nuestra prosperidad contra quienes nos está llevando a la servidumbre y a la miseria. Con la muy importante aclaración de que cuando hablo de capitalismo y capitalistas me refiero a los que especulan con el patrimonio ajeno sin correr ningún riesgo para su propio patrimonio ni sus personas y no a los que invierten, comercian y crean riqueza arriesgando su propia persona y patrimonio.

La Libertad Liberada, Febrero de 2012

Introducción

El inicio de la crisis del año ocho me llevó a escribir un ensayo, tan emotivo como riguroso, en el que, perplejo ante el mayor robo a los ciudadanos cometido por los más poderosos Estados del planeta para salvar de la ruina a los bancos desde que hay memoria histórica, ensalcé hasta la máxima categoría satánica a los intermediarios financieros.

Era tal la sacudida de aquél increíble espectáculo en el que los políticos, todos sin excepción, se abalanzaban sin ningún rubor para salvar a la banca del inevitable destino al que estábamos condenados el resto de los mortales -pobreza, sufrimiento, desesperación-, arropados en el muy mafioso argumento de que dicha quiebra traería la ruina al resto de la sociedad, que se forjó automáticamente en mi cabeza la idea de que estábamos contemplando, en una de esas raras ocasiones en que la Historia muestra sus tripas, el interior del Sistema.

Ante nuestros ojos quedaba al descubierto una alianza entre dos oligarquías en cuyo seno, y sólo dentro de él, compiten las bandas económicas y políticas ahora urgente y provisionalmente unidas para preservar los fundamentos del Sistema. Unas bandas caracterizadas en nuestro democrático mundo no por su imposición directa sobre el resto de la sociedad sino por la intermediación desde los ciudadanos hasta esos mismos ciudadanos en una pirueta posible sólo gracias a la creación y mantenimiento de una realidad económica y política virtual.

¿Y cuál era el interior de ese Sistema?

Un negocio.

Pero no un negocio cualquiera, sino el más rentable, fácil y seguro negocio que ha inventado la humanidad: el Estado. Era tan evidente, tan sencillo, que resultaba casi imposible de aceptar.

En la versión de Estado más actual y efectiva los intermediarios financieros cogen nuestro dinero –nuestra propiedad- y, luego, nos lo prestan obteniendo un beneficio y adueñándose, además, de nuestro patrimonio presente y futuro como garantía de que ellos, en cualquier caso, nunca dejarán de ganar. A su vez, la intermediación política se apodera de nuestra soberanía –individual- gracias a una sola decisión –las elecciones- restringida por unas condiciones que ellos mismos establecen para, a continuación, decidir por nosotros durante los siguientes cuatro o cinco años.

No es que seamos libres de elegir a nuestros representantes, es que, precisamente porque elegimos representantes y no mandados, nos roban la capacidad para decidir durante los siguientes cuatro años.

Son nuestros representantes ante nosotros mismos. Nos dicen lo que “hemos decidido”. Median entre nuestra decisión y… nuestra decisión, para salvarnos de nuestra indecisión o nuestra ignorancia o de ambas cosas a la vez. Son los que, además de gestionar nuestro ahorro –vía fiscal-, gestionan nuestra voluntad. Nos gobiernan, como un poder surgido de la nada y sustentado en nada, en lugar de administrar los medios de un Estado sólo legitimado para garantizar nuestra seguridad personal a fin de que seamos libres y, gracias a esa libertad, la soberanía resida en nosotros constante y directamente, en los individuos convertidos en ciudadanos, y no en ninguna otra instancia impuesta o interpuesta como esos representantes de la soberanía “popular”, que no “ciudadana”.

Los intermediarios políticos y financieros se lanzaron conjunta e histéricamente a representar un numerito de cumbre planetaria en la que “refundar” el capitalismo. Es decir, salvaguardar los fundamentos del Sistema –el más rentable, fácil y seguro negocio…-. Una histeria que desapareció en cuanto comprobaron, incrédulos y alborozados, que la sublevación ciudadana ni siquiera había hecho ademán de aparecer.

La gran mentira de que el Mundo se hundiría si lo hacía el sistema financiero había colado y respiraron con alivio, hasta que se dieron cuenta de otro problema: habían quedado demasiado estrechamente asociados unos y otros en ese mensaje mafioso o terrorista, da lo mismo, por el que pretendían justificar la salvación de los prestamistas ante su crisis financiera con una amenaza: “si morimos os arrastramos con nosotros”¿Nos decidimos por “mafia” o por “terrorismo”?

Tan evidente fue la farsa que elevé el papel de los intermediarios financieros, la banca y afines, por encima de los intermediarios políticos de las democracias representativas. “Deben estarlo –me dije- pues corren todos los gobernantes a salvarlos”.

Pero no es cierto. No están por encima, sino cogidos del brazo. Y esa vergonzosa y descarada camaradería entre unos y otros me convenció de que la esencia práctica del Sistema consiste en esa verdad tan sencilla –quizá demasiado sencilla- de que el Estado, cualquier forma de Estado convertido en poder en sí mismo, es el mejor negocio, el más seguro y rentable que nadie puede imaginar.

¿Una simplificación demagógica?

Todas las motivaciones, desde las más descaradamente económicas, hasta las más sutiles psicológicas relacionadas con el poder –sadismo, vanidad, delirios mesiánicos…- confluyen en ese concepto de mejor y más seguro negocio: el poder. Y poder es, sencillamente, robar parte o toda la libertad a los demás. El poder expresa siempre lo que no es de uno. El poder mide directamente la cuota de libertad que no nos corresponde por el simple hecho de nuestra individualidad. El poder implica siempre un reparto injusto de la libertad personal.

Y esa evidencia de que el poder en el que se basa el Estado consiste en la enajenación de derechos emanados de la propia y sola individualidad de las personas –la libertad, la propiedad, la integridad física y psíquica- es la lección más importante, aunque menos evidente, de este espectáculo -la Historia lo juzgará en toda su profunda miseria- en el que las “poderosas” bandas políticas y económicas se han unido para que no nos libremos de ellos y podamos recuperar la parte de libertad que nos han robado.

El poder, la enajenación –por usar términos asépticos- de los derechos de los demás para aumentar los propios, o se hace a la fuerza o se hace por engaño. Y el mejor engaño inventado hasta ahora para conseguir poder, que no sea mediante el miedo, es el perfeccionado por las democracias representativas o capitalistas: la intermediación política… asociada a la intermediación financiera.

Si se hubiera permitido que el mercado actuara libremente, muchos bancos, como le está sucediendo a muchas otras empresas y ciudadanos, irían a la ruina. Y ese desmoronamiento pondría de manifiesto la burbuja sobre la que se fundamentan los estados capitalistas: la burbuja financiera –bancaria-. Y, entonces, esa evidencia llevaría inevitablemente a una revolución que segara de raíz los fundamentos del poder político. Por eso han corrido a salvar a la banca, porque estaban salvando su propio pellejo.

Pasa la crisis financiera. Pasará la crisis económica, con su secuela de dolor. Y seguirá el engaño. No en balde hemos refundado el capitalismo y los contribuyentes podemos dormir tranquilos, los políticos, esas histriónicas vedette, orgullosos y los banqueros, esos genios de las finanzas ajenas, arrepentidos.

Adivinen de qué.

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