Pandora

8 Mayo 2020

La propaganda colectivista contra el capitalismo norteamericano se hizo realidad, no en los EEUU, cuna y pináculo de la revolución liberal, sino en un país con gobierno progresista recién estrenado. Porque no es en algún hospital de Nueva York donde niegan la entrada a los ciudadanos que no puede pagar su seguro médico, sino en Madrid, donde niegan la entrada y la atención a ciudadanos que llevan toda la vida pagando el seguro sanitario que nos obligan a todos a suscribir.

Primer puesto en muertes por millón de habitantes y en contagio de personal sanitario tras seguir el guion sugerido por la dictadura comunista china, y reafirmado por la OMS a manos del antiguo ministro de sanidad del Frente Popular Revolucionario Democrático de Etiopía en el que se restaba gravedad al virus para, una vez que se había expandido por el mundo gracias a la mayor migración estacional de la especie humana, el año nuevo chino, encerrar en sus domicilios a los 11 millones de habitantes Wuhan. Se construyeron dos enormes hospitales en una demostración de poderío tecnológico, mientras la OMS aún mantenía un bajo nivel de alerta. Italia, que recibió la primera avanzadilla del virus, aplicó al pié de la letra el guion trazado por China y ratificado por la OMS: Reaccionó de acuerdo al bajo nivel de alerta emitido por la OMS y no según mostrado en la práctica por China, sin aislar y proteger inmediatamente a la población de riesgo, proveerse de elementos de seguridad y reforzar con personal y material de cuidados intensivos sus hospitales, lo que llevó al colapso del sistema sanitario que, a su vez, hizo entrar en pánico a las autoridades y las llevó a encarcelar a toda la nación, como China sólo hizo con una provincia sin que, milagrosamente, la enfermedad hiciera estragos por ejemplo, en Pekín o Shanghái. El colapso del sistema sanitario y la histeria ante la propia incompetencia generó más incompetencia, más muertes y el efecto retardado más grave de este coronavirus: la ruina económica.

Cuando Italia ya estaba en pleno caos, el gobierno del Frente Popular Revolucionario Democrático de España en agraz, decidió seguir el guion original Chino-OMS. Se aplazaron todas las posibles medidas que habrían limitado el daño sanitario, democrático y económico a fin de no estropear el hito de propaganda política de las manifestaciones del 8M en las que los virus importados directamente desde China y reforzados por los que vinieron desde Italia encontraron su Edén y a partir de ese momento el guion colectivista siguió su implacable marcha de ineptitud, mortandad y ruina. Se decretó un estado de alarma por el que se confinaba a toda la nación en sus domicilios, conculcando derechos y libertades constitucionales en la mejor tradición y grosera forma de las peores dictaduras y dando inicio a un proceso revolucionario improvisado al ritmo de los acontecimientos, sin resistencia ciudadana e ignorado por la oposición política, que compró sin fisuras el guión de pandemia apocalíptica y eliminación de libertades.

Se destruye la economía prolongando el ilegal confinamiento como única fórmula admitida para responder a una desastrosa gestión sanitaria que copió con sorprendente exactitud los errores italianos: No aplicar ninguna restricción de actos multitudinarios, como las manifestaciones del 8M, dejar indefensa a la población de riesgo, especialmente las residencias de ancianos, carecer de material de análisis, protección y cuidados intensivos y, cuando se inician tardíamente las compras, estas vienen marcadas por una ineptitud y corrupción generalizada y un genocidio eugenésico aplicado a esos que habían pagado toda su vida el seguro sanitario solidario y obligatorio del comunismo 50% europeo llamado estado de bienestar: los ancianos.

Ante este desastre en la gestión y la deslegitimidad democrática de las medidas adoptadas, fracasan todos los mecanismos de control y contrapeso del poder normales en una democracia consolidada y regida por el estado de derecho: Los grandes medios audiovisuales en manos del gobierno, que se apresuró a comprar su favor con 15 millones de euros, la oposición política, aceptando el cierre de la sede de la soberanía nacional, el Parlamento, sin articular la más mínima crítica, cuando no directamente aprobando la aplicación fraudulenta de un estado de excepción bajo el epígrafe de alarma y el grueso de la llamada sociedad civil, el mundo empresarial, los autónomos y los que viven de su trabajo en el sector privado, sumisa y silenciosa ante la debacle sanitaria, económica y democrática. Hasta que se abrió la caja de Pandora y , entonces, cundió el pánico.

Si todo ocurre como la experiencia científica predice, la COVID-19 desaparecerá como pandemia antes de que acabe el verano, exactamente igual que ocurrió con los anteriores coronavirus, SARS-CoV-1 y MERS-CoV y no volverá a aparecer un nuevo coronavirus hasta dentro de unos diez años, siempre y cuando el actual SARS-CoV-2 no esconda sorpresas en su manipulada genética. Pasará, entonces, la pandemia, pero persistirán las consecuencias económicas, sociales, políticas y geoestratégicas de su utilización para implantar un modelo colectivista adaptado a las nuevas condiciones de superpoblación y desarrollo tecnológico. Una lucha de poder entre dos viejos contendientes: los liberacistas y los colectivistas, las democracias liberales representativas y las dictaduras nacional o internacionalsocialistas que no han sido derrotadas desde el inicio de la II Guerra Mundial en la que aún nos encontramos inmersos.

No se repite la Historia, se repiten las consecuencias de unos mismos o parecidos actos.

Si nada lo remedia, si no hay una rectificación que pocos esperan, una especie de milagro sobrevenido desde el exterior, todo se volverá desconcertante, amnésico, vergonzosamente ridículo e innecesario cuando comprobemos dentro de pocos meses que la pandemia atroz por cuya causa nos hemos arruinado desaparece sin dejar rastro y los acontecimientos desencadenados por esta magistral guerra de ingeniería social cobren vida por sí mismos y se conviertan en una crisis social, económica y política de consecuencias inimaginables hace tan sólo seis meses. Y, entonces, nada será igual gracias a que hemos seguido el guion de que “nada debe ser igual”.

La destrucción económica de España es ya enorme, pero aún puede alcanzar cotas históricas. La deuda pública, incrementada por todos los gobiernos de distinto signo desde la crisis financiera de 2008, no permite crear un colchón de seguridad. El aumento del desempleo y la destrucción del tejido empresarial hará que se desplomen los ingresos y las cuentas públicas entren en negativo. Será imposible, sin financiación exterior, asumir el pago de pensiones, sueldos públicos o prestaciones por desempleo en unos pocos meses. El malestar social dará paso a conflictos impredecibles que se verán incrementados por dos circunstancias agravantes: la inseguridad ciudadana y la desesperanza. Y además, esta vez la crisis inducida nos ha traído aparejado un daño en términos de prestigio como país y como pueblo que ya está dando sus amargos frutos.

Dado que la financiación interior, a pesar de la brutal subida de impuestos, apenas servirá para otra cosa que ahondar aún más la depresión económica y psicológica, necesitaremos urgentemente financiación exterior, y para conseguirla no hay más que dos caminos. El primero, acudir directamente al mercado financiero para que nos presten dinero con la sola garantía de país, es decir, sin el aval de nuestros socios europeos, lo cual implicaría dos escenarios: nos lo prestan a un precio inasumible a corto y medio plazo, lo que nos llevaría en ese lapso de tiempo a la quiebra, o nos lo deniegan porque, sencillamente, sin la garantía europea nadie confiará en España y, menos aún, en el contexto de una profunda recesión mundial.

El otro cauce para la financiación exterior es la ayuda comunitaria. Y aquí nos encontramos con la nueva normalidad: La UE no está dispuesta a regalar más dinero a España y, ya veremos, si tampoco a avales. Primero, porque el resto de países también están sufriendo, en mayor o menor medida, las consecuencias económicas de la pandemia china. Y, segundo, y más importante, porque en la opinión pública de la mayoría de estos países crece a pasos agigantados un profundo rechazo hacia la burda caricatura de los “irresponsables del sur”, entre los que ostentamos el primer puesto, seguidos de Italia.

Si la normalidad epidemiológica se cumple en este caso, como en los otros dos coronavirus recientes, una vez comprobada la inocuidad de la pandemia desde el punto de vista sanitario, la UE deberá enfrentar el problema español e italiano desde esa nueva y radical perspectiva: Nadie está dispuesto en Europa a seguir costeando los errores y las imprudencias ajenas. No habrá dinero gratis ni avales incondicionados. Tras el verano, se nos ofrecerá, si la situación política española se normaliza en una dirección sensata y confiable, un plan de intervención con unas condiciones extremadamente duras. Perderemos, como mínimo, un 30% de nuestro nivel de vida durante los próximos años. Y nos obligarán a realizar recortes, también, en el gasto político clientelar que sostiene la columna vertebral del régimen de la transición inacabada hasta la democracia. Y ahí es donde comenzarán los problemas de verdad, por si todos los anteriores no fueran bastantes.

El gobierno neocumunista no va a permitir que se le impida llevar a cabo el enorme trasvase de riqueza desde quienes la generan, los empresarios y los trabajadores, hasta quienes la consumen, que verán engrosadas sus filas con una pléyade de colectivos vulnerables, votantes afectos al régimen y, por supuesto, socios y asociados de la adjudicación digital y la comisión de sobre o maletín. El frente popular, tras el respaldo suicida que la inacción de la oposición política le ha regalado durante los meses claves en los que se decidía el futuro inmediato de España, va a movilizar de forma crecientemente violenta a sus seguidores y a utilizar los medios de comunicación a su servicio para crear un enemigo interior y otro exterior. El enemigo interior será esa misma oposición política que ha escoltado la estrategia de destrucción económica y democrática que tiene como objetivo la anulación de cualquier instrumento de control del poder: La opinión pública, la justicia y, muy especialmente, la oposición parlamentaria. Habrá una campaña relámpago de terror (ya ha comenzado contra el PP) al más puro estilo revolucionario que bloqueará toda resistencia y se construirá un rancio pero efectivo discurso de ataques y agravios con el que fabricar al enemigo exterior. Porque ese es el objetivo primordial, una vez anulada de facto la democracia y hundida la economía con una facilidad y rapidez digna de otros tiempos y otras latitudes.

Conseguir dinero gratis o salir de la UE. Esa es la última fase antes de instaurar formalmente una democracia simulada al más puro estilo venezolano. Una república federal y asimétrica con los Países Vascos (Vascongadas y Navarra) y Catalanes (Cataluña, Baleares y Valencia) como estados libres asociados, disfrutando de una independencia completa sin perder el coto comercial español. Una república bolivariana disparando el riesgo de voladura del euro y lastrando la recuperación económica del resto de países europeos o fuera de la UE y alineados con la multipolaridad emergente y progresista (China, Rusia, Irán, Venezuela…)

Salir de la UE si no nos regalan dinero a cambio de nada, es decir, sin recortes decididos por Bruselas, contará no sólo con la ayuda de los medios de comunicación, las movilizaciones populares crecientemente violentas, la parálisis de la oposición ante el terror revolucionario y la entrega de la justicia (nadie quiere ser héroe o mártir), sino también con la de multitud de personajes y proyectos que, en el río revuelto y fangoso en el que nos encontraremos nada más pasar el verano, remarán a favor de la corriente. El euroescepticismo brotará por doquier también en la derecha. La UE, que se niega a regalarnos el dinero de sus ciudadanos, será la culpable de todos nuestros males. Unos males que tendrían solución si saliéramos de la disciplina del BCE y volviéramos a la peseta, libres y prósperos gracias a un acuerdo comercial ventajoso que, suponen, la UE estaría dispuesta a regalarnos, ya que no su dinero.

No saldremos de la UE. Nos echarán.

Con España imposible de reconducir y salvar, la UE no podrá resistir la tentación y decidirá que es mejor que nos marchemos. Porque, llegados a esa situación límite de un país dañado a propósito por su propio gobierno entregado completamente a una deriva revolucionaria sin que se vea la más mínima oposición interna, que España salga de la UE salvaría a la UE.

Si en España se impone un gobierno de coalición suficientemente fuerte como para soportar los conflictos sociales derivados de un rescate con ajuste fuerte, la UE sufrirá un periodo prolongado de tensiones financieras y políticas que alimentarán los movimientos euroescépticos y, dependiendo de la profundidad de la crisis económica, nétamente separatistas o, incluso, neofascistas (conoceremos lo que es de verdad el fascismo y no el eslogan publicitario al que nos ha acostumbrado la izquierda), lo que obligaría, antes de lo que imaginamos, a establecer una nueva fórmula de unión que estableciera en la práctica dos entornos financieros pero una única dirección política controlada desde el núcleo germano-francés. A cambio, la Europa industrial mantendrá su protectorado comercial, paraíso de vacaciones y mano de obra barata. Una China trabajando en condiciones de tercer mundo sin que su competitividad laboral repercuta en su propio desarrollo industrial y tecnológico.

Pero, si la deriva política neocomunista del actual gobierno continúa su programa durante apenas unos meses más, es muy probable que España salga de la UE y, en ese caso, el euro, que todo el que tiene un mínimo de sentido común sabe que va a sufrir dentro de unos meses su mayor crisis, se fortalecerá, Italia escarmentará en cabeza española, los estados libres asociados, países vascos y catalanes, seguirán disfrutando de la intermediación comercial y del control remoto del gobierno de Madrid, los españoles asumirán sin rechistar su pobreza y falta de libertad, el neocomunismo apuntalará su poder sustentado, además de en el terror fiscal y judicial, en el estado de necesidad permanente, el dominio de los medios de comunicación y de los mecanismos de control político y judicial, en un nuevo alineamiento político internacional y un proceso de tercermundialización ideológica que se añadirá a la económica. Todo apunta a que no se va a aceptar un rescate que, los advenedizos euroescépticos y los neocomunistas, tildará de rescate salvaje y, por tanto, caminamos hacia un más que probable spainexit por expulsión inducida.

Esa es la tentación ante la que se va a ver la UE. Si España sale porque se haya consolidado un proceso político alineado con el bloque neocomunista, se salvará el euro y la propia unión tal y como ahora la conocemos, España no se convertirá en esa Corea del Sur que tanto temen las potencias industriales europeas, con Alemania a la cabeza, ni entrará en la órbita comercial, financiera y política del mundo libre anglosajón, que es el otro gran temor, especialmente de Francia. Y lo más importante: El coronavirus se habrá olvidado por completo dejando sólo como secuela una nueva normalidad: la de España, convertida por todos en bolsa de la basura de la pandemia de Pandora.

Pero ¿qué ocurriría si negociamos una salida parcial, un spainexit con un acuerdo comercial preferente, autonomía monetaria y libertad regulatoria para liberarnos de la asfixiante burocratización impuesta por Bruselas? Una asociación económica con independencia política y financiera. Pues, sencillamente, que tendríamos la oportunidad, si somos capaces de controlar a nuestros demonios interiores, de convertirnos en lo que el destino nos había deparado por nuestra posición estratégica a nivel geográfico y cultural unida a nuestro indudable talento y capacidad de sacrificio: Ser la Corea del Sur de Europa. Convertirnos en los hijos de Prometeo.

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