La Huella

Ves una huella en el único pequeño lugar donde el barro sustituye a la roca y te preguntas qué hace ahí, por qué precisamente alguien ha pisado donde no hay suelo firme. Los más realistas despacharán el asunto diciendo que se trata de una simple casualidad sin importancia. Los parapsicólogos, los conspiranoicos, los supersticiosos o los creyentes, analizarán todos los detalles de la pisada tratando de identificar a su misterioso autor así como las circunstancias que rodearon sus pasos y las intenciones ocultas y trascendentes que los guían. Y otros, darán un paso atrás y contemplarán las cosas, las huellas y las casualidades, con una perspectiva más amplia.

Los herbívoros, humanos o animales, mantienen la cabeza pegada al suelo sin dejar de comer hierba, que es lo más práctico y sensato que pueden hacer. O levantan los ojos al cielo para “descubrir” la gran verdad de que es la nube quien los alimenta porque, con las nubes, nace la hierba. Lo único que cambia es que unos mantienen la cabeza pegada al suelo y, los otros, a las nubes. Los depredadores, sin embargo, contemplan las nubes desde el suelo y el suelo desde las nubes. Toman distancia. Adquieren perspectiva.

Al cambiar de perspectiva y ampliar nuestra visión más allá de las limitaciones que convierten una situación con múltiples dificultades y oportunidades en un problema con respuestas limitadas y fijas descubrimos que esa sencilla huella en el barro marca la dirección hacia la que se dirige la persona que la hizo y nos ofrece un indicio de qué persigue. Unos ven simplemente casualidades sin utilidad. Otros, detalles de un mundo oculto. Otros, hacia dónde se dirigen las personas o los acontecimientos y qué pueden estar buscando.

Hay algo que se nos escapa en el COVID-19. Si nos metemos en las nubes, no lo vemos. Si nos pegamos al suelo, tampoco lo vemos. ¿Qué es lo que no estamos viendo al pegar la cabeza al coronavirus? Lo primero de todo es que perdemos el olfato, la intuición, el instinto, y sólo nos queda una vaga sensación de extrañeza. ¿Qué está pasando? ¿Cómo se ha generado en tan poco tiempo un movimiento que anuncia como inevitable el cambio de paradigma hacia un nuevo orden mundial basado en el colectivismo? ¿Por qué todo el mundo da por sentado que lo que se va a generalizar es la respuesta confinatoria y liberticida? ¿Por qué se silencia el éxito sanitario y económico de las respuestas que preservan la libertad? ¿Por qué incluso los más convencidos “liberacistas” dan por hecho que hemos caído fatalmente en una nueva realidad colectivista que debemos aceptar con resignación? ¿Es el coronavirus algo tan monstruosamente potente como para que decidamos meternos en la jaula? Algo se nos escapa.

El literalmente alucinante proceso de pérdida de libertades, que habría sido considerado como una fábula de ciencia ficción o de conspiranoia barata apenas unos meses antes, ha puesto de manifiesto cuán fácil es convertir en ganado humano a toda la Humanidad a pesar o gracias a que poseemos más medios que nunca para evitarlo. Esa es la dirección que marca la huella. Pero hay algo más. Una huella en el único sitio con barro indica que el cazador descubrió de repente una presa desvalida, cojeante, fácil de atrapar por ignorar su debilidad. Un cazador… o un pastor.

Un torrente de tendencias para instaurar la granja global ha irrumpido de repente, no en forma de zafia propaganda ideológica, sino adoptando el discurso de los que defienden la libertad y encajando en él las ideas básicas de la granja global, superpoblación, colectivización, tercermundialización, al tiempo que dirigen las sospechas sobre los que, precisamente, quieren evitar que se instaure esa granja global: “Los mismos que buscan reducir la población son los que tratan de imponer ese nuevo orden mundial en el que todos estaremos controlados y esclavizados en beneficio de la élite. La élite quiere reducir la población. Ellos son los enemigos de la Humanidad. Ellos son el gobierno en la sombra”.

Nos hemos dejado arrastrar por resortes propagandísticos muy burdos: El confinamiento total mostrado en el documental publicitario de Wuhan como única respuesta eficaz y la concepción de la plaga como algo absolutamente desconocido y sobrenatural.

Tras la pasividad inicial inducida por las informaciones que llegaban de China y ratificadas por la OMS, la sorpresa de una mayor gravedad en términos de contagio provocó una histeria colectiva que desencadenaría una respuesta puramente medieval: el confinamiento total. Exactamente el guion que nos presentaron en el escenario cinematográfico de Wuhan. Reaccionar tarde, minusvalorar la gravedad de la rapidez de contagio, caer en el colapso sanitario que genera una mayor mortandad, lo que da apariencia de epidemia apocalíptica y, finalmente, acatar el confinamiento medieval con el que se envía un mensaje de impotencia política y científica que, a su vez, retroalimenta y justifica reaccionar exactamente como se hacía en la Edad Media ante cada pandemia de peste negra, omitiendo el detalle de que la mortalidad de esta “peste” moderna es, una vez se conozca el verdadero número de contagiados, similar al de la gripe común. ¿No es esto suficientemente extraño?

El ocultamiento, la minusvaloración y la respuesta inducida de confinamiento, total o parcial, ante el que, sin lugar a dudas, es un virus natural manipulado por las autoridades comunistas chinas, ha generado un bucle medieval de respuesta magnificadora ante lo desconocido. Se amplifican las incógnitas normales de todo nuevo agente infeccioso hasta construir un ambiente de características casi sobrenaturales en el que proliferan las charlatanerías medievales, incluido ese milenarismo que predice el fin de un mundo y la entrada en otro más siniestro y apocalíptico en el que pagaremos por nuestros pecados contra la Madre Tierra, contra Dios o contra el igualitarismo solidario y colectivista. Proliferan las opiniones contradictorias en una verborrea compulsiva, los vaticinios basados en ocurrencias, los remedios milagrosos, se generaliza el síndrome de Estocolmo por el que las ciudades y naciones más castigadas por la incompetencia de sus gobernantes los justifican y se someten mansamente a sus designios caprichosos, surgen amagos de linchamiento de los presuntos portadores de la plaga, se aceptan sin más las persecuciones contra los herejes que propagan bulos y se enfrentan a la autoridad respaldada por los expertos, antiguamente doctores de la Iglesia, se alzan rezos en forma de aplausos y cánticos para expulsar al mal, usamos máscaras sin pico, se cierran pueblos y naciones, se improvisan hospitales en recintos feriales como antaño en iglesias, se deja morir a los más débiles y se les entierra en fosas comunes… Nadie reacciona con la normalidad propia del siglo XXI ante una epidemia que nunca debería haber desbordado los sistemas sanitarios de ningún país mínimamente desarrollado.

Nadie dice que, a no ser que los manipuladores del virus hayan incrustado en él sorpresas que aún no han dado del todo la cara, lo más probable, lo casi seguro, es que el virus, que está mutando con gran rapidez, vaya perdiendo fuerza hasta convertirse en otro más de los que, de forma crónica, tenemos perfectamente incorporados en nuestra vida cotidiana. Nadie dice que las enfermedades respiratorias relacionadas con la gripe estacional matan a unas 650.000 personas cada año en el mundo, mientras que a últimos de Abril, el COVID-19 ha matado a unas 200.000 personas. Todo es excesivo, grotesco, dramáticamente ridículo. Ahí está la huella en el barro.

¿Cómo es posible que estemos representando como actores de reparto una farsa medieval, supersticiosa, milenarista, apocalíptica, propia de tiempos precientíficos, desencadenada por una pandemia ridícula en comparación con la mortalidad de la peste negra y vergonzosamente impropia del nivel cultural de la población y los medios tecnológicos y científicos del siglo XXI? Una farsa sustentada en la magnificación de la gravedad de la epidemia, el confinamiento en mayor o menor grado y la histeria milenarista que lleva a imaginar un fin de los tiempos tras el que nada será ya igual. ¿Tan sencillo es controlar a la Humanidad, incluso cuando tenemos medios y conocimientos sobrados para evitar la manipulación?

Controlar un rebaño es muy sencillo. Hacerlo con humanos convertidos en ganado gracias a la educación y al sistema cultural, político y psicosocial que llamanos Civilización, es exactamente igual de sencillo. Al ganado se le controla administrando el miedo y el no miedo, que son las emociones básicas que gobiernan la vida de los herbívoros. La técnica pastoril consiste en provocar estampidas controladas con las que dirigir al rebaño a donde queremos que esté y evitar las estampidas descontroladas ocultando o minimizando las amenazas cuando el ganado está donde queremos que esté. Así de sencillo. Así de brutalmente eficaz. Tan sólo tenemos que hacer examen de conciencia sobre lo que nosotros mismos estamos haciendo, pensando, opinando y sintiendo en esta crisis del coronavirus. Porque el barro sobre el que se ha marcado la huella es nuestro propio interior. Ahí tenemos la prueba, la dirección, la pisada del pastor. Pensemos si estamos actuando como humanos del siglo XXI ante una epidemia de un virus normal y corriente, incluso aunque haya sido manipulado perversamente para sorprendernos y causar estampidas, o si nos comportamos como humanos de la Edad Media, como hombres y mujeres educados para pensar y sentir como ovejas. Porque eso es lo que está ocurriendo. Ese es el virus. Ese es el nuevo orden. El más antiguo desde el inicio de la Civilización: la ganadería humana.

Casi con toda seguridad la peste negra que asoló Europa comenzando por Italia se originó en China. Pero no se lo crean. El perro no va a morder ni, menos aun, matar a ninguna oveja. No es un lobo. Ni el SARS-CoV-2 es una yersinia pestis, ni el COVID-19 una peste negra. Es un virus normal y una enfermedad corriente que perderá fuerza y se hará crónica como tantas otras que no nos han obligado a encerrarnos en corrales domiciliarios ni aceptar el poder medieval de los nuevos pastores. Pero, si no fuera así y resultara que se trata de un lobo con piel de cordero, un virus manipulado para no perder fuerza, si fuera de verdad un peligro lo suficientemente grave como para justificar la reacción medieval que estamos sufriendo, entonces, habrá guerra. Y esa guerra será la que de verdad cambie al mundo.

Ahí está la huella en el barro. Eso es lo que tenemos pegado a la cara y no vemos. Florencia, año 1348, sin ciencia ni tecnología. Sobrevive sólo un quinto de sus habitantes. La brutal reducción de la población trajo unos cambios sociales, políticos, económicos, religiosos y culturales a Europa tras los que nada seria igual. El feudalismo dejó paso a un nuevo mundo dominado por los estados modernos, en el que la Iglesia perdió poder, la escasez de mano de obra liberó de la servidumbre a grandes capas sociales que vieron incrementada su posición social, se desató un desarrollo tecnológico que desembocaría en la revolución industrial, el poder de la Iglesia cedió paso al de la Razón y la libertad nos desembarcó en las playas de la democracia liberal representativa, la igualdad de la mujer, los derechos humanos, la universalidad de la educación y los conocimientos… La despoblada Europa, enfrentada a una Pequeña Edad de Hielo, escapó de su confinamiento medieval para conquistar el mundo con las armas, la imprenta, las máquinas de vapor, la electricidad… el descubrimiento de lo microscópico, de las vacunas y los antibióticos.

Hoy, la Florencia del año 2020, y con ella toda Europa y el mundo europeizado por el éxito militar, tecnológico, científico, político y cultural que surgió de la peste, el frío y el despoblamiento, renuncia a la modernidad y se dirige de vuelta a la Edad Media, al confinamiento de las personas y las mentes, asolada por una pandemia ridícula que alguien o algo ha disfrazado de pavorosa plaga. Quizá lo que el Apocalipsis anunciaba era esta farsa, esta absurda e incomprensible reacción de los hombres y mujeres más libres, cultos y poderosos de toda la Historia de la Humanidad por la que aceptan ser esclavizados de nuevo como siervos de unos nuevos señores feudales y de sus huestes para los que deben trabajar, gratuitamente, la mitad de su vida a cambio, como entonces, de protección, ahora llamada estado de bienestar. Volver a la Edad Media, esa es la dirección que marca la huella que algún pastor ignoto ha dejado en el barro de nuestras mentes.

Comportarnos como ovejas. Saberlo y no ser capaces de evitarlo. Esa es la verdadera y única plaga.

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