Colapso final

25 Abril 2020

Extracto de Homo Simulator. El fin del mundo neolítico en vivo y en directo, ante nuestros ojos aun incrédulos de estar viviendo tiempos profetizados que no se ajustan a lo que nuestra grandilocuente épica milenarista imaginaba. Un final, en todo caso, que es principio de algo más temible o de un paraíso de humanos libres. Eso es lo que estamos decidiendo sin atrevernos a saberlo.

La avenida Chang An del Pekín de 1979 estaba atestada de bicicletas conducidas por hombres y mujeres vestidos casi de uniforme que sorteaban sin mucha dificultad los pocos autobuses que se interponían en su camino. La capital de China contaba entonces con 5.600.000 bicicletas y 77.000 automóviles. La tasa de pobreza en China superaba el 90% y las emisiones de CO2 estaban sobre 1,5 toneladas métricas per cápita. Tan solo treinta y nueve años después, en 2018, esa misma avenida se encuentra colapsada por el tráfico rodado y sus viandantes visten de forma perfectamente homologable a los de cualquier otra ciudad del mundo desarrollado. El número de automóviles se ha multiplicado por más de 100, ascendiendo a 8.540.000, mientras que el de bicicletas ha descendido hasta los 2.000.000. La tasa de pobreza en el conjunto del país no supera el 5% y las emisiones de CO2 superan las 7 toneladas métricas per cápita.

Si aplicamos los criterios del ecologismo conservacionista, Pekín, y con ella todas las ciudades del mundo, incluidas las de los países desarrollados occidentales, deberían parecerse a la imagen de 1979, con valores de emisiones de CO2 cercanos a los de la China de hace 39 años. Por supuesto, para cumplir con el dogma de la economía sostenible, también el consumo de ropa debería limitarse hasta ofrecer una imagen de sobriedad y uniformismo cercana a la de aquél Pekín paupérrimamente sostenible.

¿Pero qué es la economía sostenible?

Para la ideología ecologista, porque en eso se ha convertido, consiste en ajustar el consumo hasta unos niveles que no pongan en peligro el medio ambiente. Aunque no sabemos si para lograr este difuso objetivo sería suficiente con la calidad ambiental propia de la pobreza china de hace 40 años o habría que ajustar más hasta alcanzar, por ejemplo, el nivel de los primeros neolíticos o, incluso, el de hace 15.000 años. Lo que sí sabemos es cuál es, en la práctica, el modelo de economía sostenible que se nos está presentando:

La pobreza gestionada por el comunismo. Mínimo consumo y máximo dirigismo.

El ecologismo conservacionista ha sido poseído por una ideología colectivista que bebe directamente del comunismo. Y no debemos olvidar que el neofeudalismo europeo consiste en un 50% de comunismo y otro 50% de librecambismo tutelado por una ciclópea normativa. ¿Por qué ha sido raptado el movimiento ecologista? Pues porque el comunismo, como toda ideología, trata de sobrevivir mutando en lo accesorio para no ser reconocida por los anticuerpos del modelo europeo ancestral y poder propagarse al máximo número de personas. Y ese traje ecológico es perfecto para engañar a los europeos.

¿Paranoia?

¿Dónde residen los grandes problemas para el ecologismo conservacionista? En el consumo y en la libertad individual. Consumimos demasiado y, para ajustar el consumo hasta límites sostenibles, debemos adoptar nuevos hábitos que suponen una pérdida de libertad individual. El transporte colectivo, la alimentación herbívora, los productos biodegradables… Por supuesto nada de aviones. Y, otra cosa, los productos alimentarios de proximidad y temporada, porque realmente no se necesita salir de la comarca para ser ecológicamente felices. El sueño húmedo de la Edad Media feudal. Pero, curiosamente, no se dice nada de la superpoblación humana. Al contrario, el mensaje profético del ecologismo conservacionista que sólo tiene verdadero predicamento en Europa y, algo menos, en los países europeizados de origen cristiano, se complementa con nuevas versiones del “creced y multiplicaos”, y acoged el exceso de natalidad al que tienen derecho en el tercer mundo, señalando la baja natalidad como el gran peligro para las naciones desarrolladas, para las pensiones necesitadas de nuevos trabajadores y para el desarrollo económico necesitado de más consumidores.

Es la superpoblación lo que convierte en insostenible el consumo.

Se pone todo el acento en el consumo para esconder la burbuja poblacional. Y eso nos muestra quién y para qué se ha apropiado de los planteamientos ecologistas: ¿A quien le interesa que no disminuya la población aunque haya que reducir el consumo y el nivel de vida? Está claro: a las ideologías colectivistas y a los grandes pastores. Y, así, de las dos fórmulas para lograr que el medio ambiente no se degrade hasta límites insoportables, la restricción de la población o la restricción del consumo, los europeos ancestrales siempre elegirán la primera y los pastores neolíticos, junto a todo su rebaño de Homo ceres, la segunda.

Reducir la población, no el consumo y la calidad de vida de la población.

Vivir con un alto nivel de vida (Berna 2019), ajustando la población hasta densidades soportables, o con un bajo nivel de vida (Pekín 1979) sin reducir la población sino aumentándola. Esa es la cuestión.

La reducción del consumo y del nivel de vida transforma a la Humanidad en plácidas manadas de herbívoros guiadas por los pastores del mínimo impacto ambiental. Pero, si tomáramos como problema principal la superpoblación, podríamos implementar una sociedad global de mínimo impacto en la que la razón predador/presa se mantuviera en límites sostenibles sin necesidad de reducir el nivel de vida de los humanos.

El ecologismo conservacionista, alineado con los movimientos colectivistas, no busca salir del sistema neolítico ni compatibilizar la calidad de vida de los humanos con la sostenibilidad del medio. No habla de reducir la población sino de colectivizarla y dirigirla. Identifica consumo con consumismo para poner el acento en algo que oculte el verdadero y único problema, la superpoblación. Porque, si esta no disminuye, sencillamente no hay recursos para que todos podamos vivir como en el Primer Mundo. Por tanto, todos viviremos como en el Tercer Mundo, previamente convencidos de que esa pobreza es necesaria. Siempre la necesidad guiando al rebaño.

Es mentira. Consumo no es igual a consumismo.

No se busca la felicidad humana sino la del “planeta”, que en realidad no es sino un sinónimo de “granja global sostenible” que, a su vez, es un eufemismo de “máxima rentabilidad”: máximo número de animales con los mínimos costes.

Si se buscara la felicidad humana y el fin de la conversión en Homo ceres bastaría con reducir la población hasta un límite soportable por el ecosistema global. Si elimináramos la superpoblación, el impacto ambiental se minimizaría con relación a un máximo nivel de vida y libertad del mayor número posible de humanos. Ese debería ser el criterio: la razón predador/presa o humano/ecosistema. Un ecosistema intervenido no para proporcionar el máximo de población humana no importa en qué condiciones de vida sino, todo lo contrario, para proporcionar las mejores condiciones de vida al máximo de personas. Un ecologismo intervencionista, creacionista, constructor de edenes, de ecosistemas optimizados. Transformar el Sahara en un vergel y no simplemente dejar que la Naturaleza construya y mantenga desiertos.

No es el desastre medioambiental el protagonista del fin del mundo, como quieren hacernos creer los infectados por las ideologías colectivistas y dirigistas. No está en juego el planeta ni la Humanidad, sino la granja global sostenida por la burbuja poblacional. El fin no será una cuestión ecológica porque, antes, estallará la cuestión humana en forma de conflictos generalizados y violentos que destruirán la civilización, no al mundo ni a la Humanidad. Eso es lo que tratan de evitar las ideologías colectivistas y los grandes pastores: el fin de la burbuja poblacional y la pérdida de su negocio ganadero.

Defienden el negocio, su granja, no al planeta ni, menos aún, a las personas.

El desastre se desatará antes de que alcancemos el límite absoluto del ecosistema planetario y devendrá no porque hayamos provocado una extinción masiva de la vida en la Tierra, ni tampoco por haber deteriorado las condiciones para la vida hasta el punto de requerir un periodo de tiempo de centenares o miles de años para su recuperación. El equivalente a gran crisis climática que detenga el motor neolítico sobrevendrá en un escenario con una inmensa mayoría de Homo ceres con un nivel y calidad de vida ínfimo y, por tanto, consumiendo muy pocos recursos, mientras una minoría de Homo predator disfruta de una calidad de vida extraordinaria. Será un punto límite poblacional no para el planeta sino para el mismo tecnosistema neolítico, incapaz de superar sus contradicciones. Un colapso del tecnosistema precipitado y agravado por una verdadera crisis climática de enfriamiento global o por un simple incidente amplificado por la superpoblación, el enorme desarrollo tecnológico y la globalización. Una simple pandemia, una erupción volcánica, apenas un año o dos de malas cosechas… Una guerra estúpida.

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