Un nuevo Pearl Harbor

19 Abril 2020

Las formas son importantes. Por eso toda la aparente contrarréplica occidental se centra en aclarar el origen del COVID-19. ¿Fue intencionado o fortuito, natural o artificial? El modo tradicional de iniciar una guerra consiste en hallar o fabricar un casus belli. Los actos de guerra tradicionales tienen tres características fundamentales: se ataca la soberanía nacional (territorio y ciudadanos), intencionadamente y a traición. Rasgos que reúne al completo un hipotético inicio de la epidemia causado directamente por el Gobierno chino. Pero no es el inicio de la batalla de Wuhan el casus belli fundamental al que debemos prestar atención, sino algo mucho más grave: Un nuevo Pearl Harbor.

El acto de guerra de China es la propagación de la pandemia, con la colaboración de la OMS y de un conglomerado de medios de comunicación y corporaciones empresariales/ideológicas movidos por distintos intereses que confluyen en un mismo resultado: conseguir la expansión mundial del COVID-19 cogiendo por sorpresa a las sociedades más inoperantes del mundo libre, eslabones más débiles de la cadena que han resultado ser ¿sorpresa? Italia y España. Ahí está el casus belli. China es, en cualquier caso, responsable de lanzar una flota naval y aérea de virus con el objetivo de dañar gravemente la economía de los aliados. La tregua ha terminado. Ha llegado el momento de contraatacar o sufrir resignadamente los catastróficos efectos de este ataque masivo, inesperado y a traición.

No. El casus belli no reside en la autoría de la epidemia, sino en convertirla de forma premeditada en una pandemia que está asolando al mundo. Un ataque equivalente al que se produjo sobre Pearl Harbor con la única diferencia de que, ahora, el enemigo destruye a traición nada menos que la flota económica de los aliados, uno de sus pilares fundamentales para la supervivencia como sociedades libres.

Buscar un casus belli tradicional implica que se ha entrado en una estrategia tradicional. Y eso es un tremendo error. Hay que seguir las leyes de la propia dinámica que marca el desarrollo atípico de esta nueva guerra de los 100 años a la que hemos llamado en cada momento con un nombre diferente pero que deberíamos denominar, para no autoengañarnos y dar ventaja al enemigo, como “II Guerra Mundial”.

La inteligencia situacional nos dice que cada suceso está gobernado por el contexto interno, es decir, por las características únicas de su propio suceder. Los acontecimientos construyen leyes que, por no ser abstractas, no las identificamos como reglas de juego a las que deberíamos prestar toda nuestra atención. Todas las leyes y reglas militares son completamente inútiles en cuanto nos vemos en un escenario demasiado diferente al “convencional” para el que esas reglas habían sido confeccionadas. Algo que vale tanto para la guerra como para cualquier otra situación personal o colectiva de la vida. Nos fiamos demasiado rígidamente de “lo esperable” en una mayoría de las situaciones, de lo que hemos aprendido que varía poco en cada una de ellas, de las regularidades. Pero la clave de cada acontecimiento, del éxito y el fracaso, es algo muchas veces tan diminuto como esa pequeña diferencia, esa particularidad, esa nota al margen en el manual de cómo actuar en esta vida para obtener el éxito. Los sucesos imponen sus propias reglas de juego personalizadas. Quien se desentiende de ellas suele fracasar. Pero no podemos olvidar el contexto de los acontecimientos próximos. Porque, en ese caso, nos enredaríamos en los detalles transformados por la urgencia del momento en claves sobre las que tomar decisiones.

Distinguir la anécdota de la idiosincrasia.

Cuando en el transcurso de la llamada “Guerra Fría” los países aliados derrotaron a la Unión Soviética, lo hicieron utilizando su mejor arma, que era al mismo tiempo la principal debilidad del enemigo: la aplastante superioridad de la economía de mercado, libre iniciativa y competencia sustentada en la propiedad privada y la libertad colectiva y personal. China tomó nota de esa debilidad y, nada más alcanzar el poder, Deng Xiaoping inició la construcción de una gran flota económica que llevaría a su país a convertirse en la segunda potencia económica, militar y tecnológica del planeta. Un rotundo éxito que lleva aparejado, como veremos, un grave peligro.

Ante el ataque arancelario de EEUU, China, más dañada de lo que ha trascendido, probablemente inició de forma directa la epidemia y, lo que es más importante, con total seguridad propagó la pandemia aprovechando el clima de confianza que se había ido cimentando al unísono de los intereses económicos de muchas naciones y grandes corporaciones accidentales. Aunque el Gobierno comunista chino no sea el creador de la epidemia, lo que es difícil de creer, sí que lo es de la pandemia. Y es esa pandemia, como hemos dicho, el verdadero acto de guerra, el casus belli ante el que hay que responder o, en caso contrario, aceptar la derrota del conflicto iniciado en Septiembre de 1939 por las fuerzas combinadas del nacional y el internacionalsocialismo, Alemania y Rusia.

¿Cual puede ser la respuesta adecuada en una situación bélica atípica?

Del enemigo el consejo. ¿Qué ha hecho China? Atacar la economía de los países aliados. ¿Qué debemos hacer? Atacar su economía. ¿Cómo?

Desde luego, la opinión publica mundial es crecientemente hostil a China. Un ambiente adverso que, sin duda alguna, va a ser alimentado tanto por la propaganda aliada como por los propios actos defensivos en los que va a caer el régimen de Pekín. El rechazo al “made in China” se va a generalizar entre la población, acompañado de una creciente percepción por parte de los agentes económicos de que el gigante asiático ha dejado de ser un país seguro para producir y garantizar los suministros comerciales, lo que generará, mucho antes de lo que se imagina, una huida de la producción que se había trasladando a China y la búsqueda de nuevos proveedores en naciones emergentes que ofrezcan mayor fiabilidad y en los países desarrollados que consigan una reducción de los costes de producción suficientes suficientemente rentables.

Todo esto se va a dar en mayor o menor grado dependiendo de la eficacia de la propaganda aliada. Pero hay otras acciones tremendamente eficaces para precipitar los acontecimientos y neutralizar el ataque chino. Una de ellas consiste en generar una escalada de la tensión militar que presione al entorno vital chino económico o territorial o ambas cosas a la vez: El Mar de la China Meridional, las islas Senkaku… Sin olvidar Venezuela, Irán o Corea del Norte. La otra, desmantelar los regímenes políticos filocomunistas o con fuertes vínculos con China en zonas vitales para su abastecimiento energético y alimenticio y para su expansión comercial. África, Oriente Medio y Latinoamérica.

El incremento de la tensión militar (atención especial al Mar de la China meridional y a Irán), creará un estado de riesgo general que dificultará las acciones de China e, incluso, Rusia, para proteger a sus regímenes amigos y garantizar los recursos energéticos de los que China sufre una dependencia vital. Pero hay un aspecto en el que este incremento de la tensión militar obtendrá una rentabilidad decisiva: el autoconfinamiento.

La reacción de las democracias liberales representativas ha amplificado el daño de la pandemia. La reacción de la dictadura China amplificará el daño de la tensión militar, porque, como es tradicional en su Historia, volverá a encerrarse en sí misma. China sigue siendo una dictadura comunista que necesita aislarse del exterior para protegerse del peligro que viene asociado al fulgurante éxito del modelo de Deng Xiaoping: el Comunismo capitalista.

China sigue siendo una dictadura que reaccionará, como todas, aislándose para evitar que desde el exterior se manipule su opinión pública, aplicando la represión del pueblo y ejerciendo un control total sobre la economía. Así han sobrevivido dictaduras como Corea del Norte, Cuba o Zimbabue. Pero, frente a estas, China tiene una debilidad derivada directamente del éxito del modelo de comunismo capitalista. La sociedad china está demasiado occidentalizada. Ese era el precio a pagar por conseguir un aparato productivo eficaz sobre el que consolidar la supervivencia del régimen internacionalsocialista que había sucumbido en la URSS por la ineficacia del modelo económico comunista. Un capitalismo tutelado que implicaba un incremento del nivel de vida de la población peligrosamente por encima del umbral de pobreza que permite la aplicación de una dictadura colectivista sólida y sin oposición interior capaz de generar conflictos sociales que pongan en peligro al régimen.

Este precario equilibrio basado en el capitalismo tutelado, o comunismo capitalista, se sustenta sobre algo inédito en los regímenes comunistas: el progreso económico que permite crear las condiciones propias de una clase media burguesa. Y esto es sumamente peligroso en tanto en cuanto la libertad de competencia e iniciativa y la propiedad privada acostumbran a la población a un nivel de crítica que no existe en los regímenes comunistas basados en el colectivismo económico.

Un círculo vicioso se desatará con la escalada de la tensión militar unida al desplome del comercio exterior haciendo que la ralentización del crecimiento económico o, incluso, la recesión se vean agravados por el aislamiento del exterior y la represión interior, creando un ambiente extremadamente favorable al estallido social que, a su vez, provocará un menor crecimiento económico, con más tensión política sobre el régimen que reaccionará incrementando la represión y el aislamiento.

El gran invento invento chino del capitalismo comunista ha creado su mayor enemigo dentro de sus propias fronteras: un pueblo culto, avanzado, con un buen nivel de vida y que sólo aplaza sus demandas de libertad mientras no se frustren sus esperanzas de prosperidad. El Partido Comunista Chino ha creado un monstruo capitalista, su propio pueblo, al que ahora, al dejar de alimentarlo, les resultará muy difícil controlar si no es matándolo, es decir, regresando al estado de necesidad en el que prospera cómodamente el virus ideológico internacionalsocialista. Pero ese viaje de regreso a la dictadura total tiene un peligro añadido: el mundo global, la interdependencia y la enorme capacidad de los aliados para explotar la debilidad del momento de tránsito hacia lo peor por parte de una nación sustentada en el opio de la libre competencia y el progreso económico tras cuarenta y dos años de mejora ininterrumpida del nivel de vida.

Aislarse para proteger el régimen frente a los conflictos sociales supone para China un equivalente a hundir su propia flota. El poder chino se sustenta en el comercio exterior y, lo que hasta ahora ha sido un arma formidable, puede convertirse en un bumerán que derribe al equilibrista que se balancea sobre el filo de la espada. El Comunismo capitalista puede pasar en un instante de gozar de las ventajas de los dos sistemas a sufrir las desventajas de ambos. Y eso es lo que parece que está a punto de ocurrir.

¿Por qué, si conocían los enormes riesgos de este ataque, lo ha llevado a cabo? Sencillamente, porque no podían hacer otra cosa. El modelo chino se basa en un delicado equilibrio que la más mínima contrariedad puede romper. Por eso se han mantenido en un perfil muy bajo a nivel internacional a pesar de su enorme protagonismo económico. Pero el cambio en la presidencia de EEUU, con la llegada de un presidente atípico, descabalgó ese discreto equilibro chino al iniciar la guerra de los aranceles. Bastó ese simple ataque para que el daño en la economía de China hiciera sobrerreaccionar a sus dirigentes estando como están mucho más sensibilizados al peligro de los conflictos sociales de lo que imaginamos. Y esa reacción presa del pánico los ha llevado a cometer con exquisita perfección el mayor error de los últimos 40 años.

El autoconfinamiento defensivo chino tendrá, no nos engañemos, un efecto depresor del comercio mundial que afectará a todos los países, especialmente a los más dependiente de dicho comercio, como es el caso de Alemania. Pasaremos días muy difíciles mientras conseguimos que se traslade la producción hasta nuestros países y, también, después a causa del incremento en los costes de producción. Pero ¿acaso no estamos ya en un momento difícil? ¿Hay otra salida de la grave crisis económica en la que nos ha sumido China con el COVID-19 más rápida y sólida que relocalizar los puestos de trabajo? De hecho, no hay mejor momento para conseguir la relocalización industrial que este en el que la gran fábrica del mundo se ha vuelto un lugar poco fiable. Pero, además de esa oportunidad de oro con la que podemos transformar el ataque demoledor en una recuperación de los puestos de trabajo perdidos hace años, la recesión inducida por la pandemia servirá para facilitar el regreso de la producción a casa si somos capaces de encontrar la oportunidad que hay en toda crisis por difícil que parezca.

La recesión económica rebajará el coste laboral al disminuir notablemente los salarios, sin el desplome del empleo que se produciría si no se llevara a cabo la relocalización de la producción. El nivel de vida no bajará tanto en el conjunto de la sociedad, lo que suavizará el desplome de la calidad de vida al mantener unas buenas expectativas de futuro. La relocalización incentivará un desarrollo tecnológico con el que suplir el desfase de competitividad que implican los costes laborales más elevados con relación a China aunque menores con relación a la situación de no recesión en la que hemos vivido hasta hace poco y que, junto al bajo perfil de su política exterior, ha salvaguardado su crecimiento económico.

Los países desarrollados son ahora mismo el mayor mercado de consumo mundial. Pueden crear un espacio de consumo “interno común” abierto de forma condicionada a los países en desarrollo y a los del tercer mundo que se alineen con las posiciones del mundo libre. Lo que haría que el desplome comercial fuera menos dañino para los países aliados más dependientes de su sector exterior, como es el caso de Alemania, especialmente vulnerable a la crisis económica china.

La clave es sencilla: Incremento de la tensión militar, aislamiento exterior y autoconfinamiento defensivo chino, relocalización de la producción , creación de un espacio comercial común abierto de forma condicionada a terceros países, desarrollo tecnológico para incrementar la competitividad, así como de los sistemas online para ampliar la comunicación y libertad de las personas y no para facilitar la aceptación de su confinamiento.

No me cabe ninguna duda de que la tensión militar va a comenzar de inmediato. Albergo más dudas de que el mundo libre sea capaz de responder al desafío lanzado por el régimen comunista chino de forma inteligentemente situacional, es decir, diseñada para convertir las dificultades en oportunidades. Ignoro la capacidad real que tendrá la sociedad china para defenderse del agravamiento de las políticas represivas y provocar cambios políticos que permitan a ese gran pueblo incorporarse al mundo libre. Creo que es muy posible que la situación alcance un momento “crisis de los misiles” previo a un desastre que se nos vaya de las manos o a un armisticio forzado por una demostración contundente de la fuerza militar de EEUU, por ejemplo, con un ataque demoledor sobre Corea del Norte con utilización de armas nucleares que convenza a China de que la primera potencia de la Tierra está dispuesta a usar todo su poder. Pero de lo que no tengo absolutamente ninguna duda es de que no habrá verdadera paz hasta que la libertad no conquiste el último centímetro de China.

Y si, finalmente, se descubre que China originó la epidemia de forma intencionada y que tenía preparadas las estrategias sanitarias más adecuadas para su rápido control o que, incluso, disponía de vacuna y/o antivirales que ahora, dado el cariz que están tomando los acontecimientos, no se ha atrevido a ofrecer como salvación del mundo, entonces, tendremos un casus belli convencional, además de la infamia de un nuevo Pearl Harbor.

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