La batalla de Wuhan

15 Abril 2020

Primer acto: II Guerra mundial.

Uno de los peores errores del mundo libre es creer que la II Guerra Mundial terminó en 1945, cuando en ese año sólo se produjo la derrota militar de uno de los dos contendientes que iniciaron la guerra.

El 1 de Septiembre de 1939 la Alemania nacionalsocialista invadió Polonia. El 17 de Septiembre se le unió la Rusia internacionalsocialista. Comenzaba un conflicto que aún persiste hasta nuestros días y que ha pasado por tres fases muy diferenciadas entre sí.

La primera fue el enfrentamiento militar abierto, al que se incorporó EEUU cuando Japón cometió el error de precipitar la incrustación de su expansión asiática en el escenario de la guerra europea. Una expansión iniciada en 1931 con la invasión de Manchuria y, posteriormente, en 1937, la de China. Otro error de cálculo, en este caso de Alemania, que al precipitarse en su búsqueda del petróleo y las tierras rusas obligó a su aliado a unirse con los aliados siguiendo el principio de “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”.

La guerra del pacífico se vio incrustada en la dinámica de la conflagración europea. Pero, una vez derrotado Japón, se convirtió en un aliado fiel del mundo libre tanto desde el punto de vista político como militar y económico. Sin embargo, el contrincante internacionalsocialista chino, continuó su enfrentamiento a lo largo de la segunda fase del conflicto, la Guerra Fría para convertirse, tras la derrota de la Unión Soviética, en la potencia que lidera en la actual tercera fase de la contienda al enemigo no derrotado, el comunismo o internacionalsocialismo.

Segundo acto: Guerra Fría.

La siguiente fase de la II Guerra Mundial comenzó justo el día en que Alemania fue derrotada. El nacionalsocialismo cayó por la fuerza de las armas, pero el internacionalsocialismo no. Sin embargo, la percepción generalizada fue la de que ambos bandos se encontraban en un nuevo escenario y no en una continuación por otros medios y modos de la guerra que creían haber dejado atrás.

La derrota de la Unión Soviética iluminó a China que aprendió la lección de que no se puede derrotar al mundo libre sin usar su arma más potente: el capitalismo, la libre iniciativa y competencia. Y así, tras la muerte de Mao Zedong, el verdadero héroe de la China contemporánea, Den Xiaoping, inició el 18 de Diciembre de 1978 el camino que permitiría al régimen comunista sobrevivir y, tal y como ahora mismo está sucediendo, aspirar a la victoria final del conflicto iniciado en 1939.

Tercer acto: Weichkrieg.

La Marcha Verde fue el primer y exitoso ensayo de una nueva forma de proseguir la guerra por otros medios que no fueran los del enfrentamiento militar abierto. Una guerra de baja intensidad. Más aun, sin formato de enfrentamiento. Una guerra floja. Una Weichkrieg completamente distinta a la Blitzkrieg pero con los mismos demoledores resultados.

Fueron “voluntarios civiles desarmados” los que forzaron a España a autoderrotarse y entregar el Sahara Occidental a Marruecos sin que se produjera un sólo disparo. Y sin que ese hecho causara ningún tipo de enfrentamiento soterrado entre los dos bloques, como solía ocurrir en los distintos escenarios de la Guerra Fría.

China moviliza en esta fase de la guerra todos los recursos y medios a su alcance junto a la inestimable ayuda de un aliado insospechado: la creencia del enemigo de que no está inmerso en una guerra ni, mucho menos, que esta debe enmarcarse en el conflicto iniciado en 1939. Y utiliza la misma estrategia que siguieron los aliados para lograr el fin de la Unión Soviética, tras el que Rusia adquirió la forma de un estado fallido consolidado. La forma más eficaz de derrotar militarmente a Occidente no es con la fuerza de las armas, sino con la de la economía.

Dejar heridos, no muertos. El mínimo ataque con el máximo daño. El “efecto mariposa” propagado en el océano del caos. Pero ¿en qué se sustenta la efectividad de ese mínimo ataque? ¿Como se amplifica súbita y desproporcionadamente el aleteo de una mariposa en Wuhan para crear una tempestad en Nueva York?

Los civiles que ocuparon el Sahara Occidental lo hicieron armados con la debilidad social de España. Una debilidad coyuntural, debida a la muerte de Franco y las sombrías incógnitas que despertaba en el futuro de la nación, que se convierte en consustancial en el mundo libre debido a que el poder en las democracias liberales representativas depende de la opinión pública que, a su vez, puede otorgar a la oposición política una oportunidad inesperada para alcanzar el poder.

Opinión pública, lucha partidista, incapacidad para responder al ataque.

Esta alta dependencia de una opinión pública fácilmente manipulable es la causa de otra de las desventajas del mundo libre: la incapacidad para modular una respuesta graduada y variable ante una amenaza. El “botón defensivo” de las sociedades europeizadas es de “todo o nada”. Se responde con toda la fuerza y explícitamente, o no se responde en absoluto, excepto mediante declaraciones formales o actuaciones diplomáticas en la sombra, como si aún estuviéramos en un escenario de guerra fría.

China actúa de otra manera.

Desde el 17 de Noviembre de 2019 en que apareció, según información facilitada por el South China Morning Post, el primer contagiado, hasta el 31 de Diciembre en que las autoridades chinas comunicaron a la OMS la aparición de casos de una “nueva neumonía”, pasaron más de cuarenta días. Un día antes, el 30 de Diciembre, saltó a la opinión pública la noticia involuntariamente difundida por el doctor Li Wenliang de una cepa aún desconocida de un virus semejante al SARS. El 5 de Enero de 2020 la Comisión de Salud Municipal de Wuhan informaba del primer caso, indicando que había sido diagnosticado el 12 de Diciembre. Y, por fin, el 23 de Enero se decretó el confinamiento de Wuhan, un día antes del fin de año chino, cuando millones de personas ya habían abandonado la ciudad, 42 días más tarde de diagnosticado el primer caso oficial y más de dos semanas después de comunicar oficialmente la epidemia. Dos semanas claves para que el virus se esparciera por toda China y por el extranjero.

En Wuhan existe un laboratorio de microbiología que trabaja con coronavirus de las mismas características que el que se propagó desde esa misma ciudad a todo el mundo. El COVID-19 es de la misma familia que un coronavirus hallado en murciélagos a los que el Instituto de microbiología de Wuhan había capturado en 2003 y cuyas muestras guardaba desde 2013. El General Chen Wei, máximo experto del ejercito popular en guerra biológica, fue enviado a finales de Enero a Wuhan.

Tenga el origen de la epidemia una causa natural y fortuita, ayudada o no mediante un “empujoncito”, o artificial debida a un error o a un acto intencionado, la importancia de la propagación del COVID-19 no reside en su origen sino en cómo ha sido manejada por las autoridades chinas, cómo han reaccionado el resto de países y en sus consecuencias políticas y económicas.

La inteligencia situacional.

Podemos enfrentarnos a un problema siguiendo fielmente un guión preestablecido, que establece las leyes que rigen cualquier problema y las fórmulas para obtener los mejores resultados no importa cuáles sean los términos concretos de ese problema. Esto es lo que hacen los manuales de estrategia y táctica militar. La premisa de esta modalidad de acción se centra en los aspectos que diferentes casos tienen en común, de manera que se simplifican las posibles respuestas en la medida en que todas ellas se dan para un suceso tipo. Otra forma de enfrentar los problemas es centrarse en descubrir cuáles son las leyes o particularidades clave que rigen cada caso concreto, adaptando las tácticas a las debilidades/dificultades de cada situación y descubriendo las oportunidades que se esconden en esas peculiaridades que las normas generales, la lógica preestablecida, desprecia. Esta forma de afrontar los problemas se basa en la inteligencia situacional, adaptativa, que analiza cada caso concreto en busca no de trazar un plan complejo sino una actuación mínima que obtenga la máxima rentabilidad. Esto es lo que ha hecho China y lo que todavía no ha hecho el mundo libre. La batalla de Wuhan no se dio allí y en el inicio de los contagios. Tampoco importa si ha sido un acto fortuito o intencionado. La batalla de Wuhan se está dando ahora. Y no es un acto de guerra biológica, sino económica. Porque el gran efecto militar de esta pandemia reside en la destrucción masiva de la economía de las sociedades del mundo libre. Y en algo más concreto y efectivo.

EEUU, bajo la presidencia de Donald Trump, un empresario fajado en los ardides de la competencia económica, respondió a la estrategia china de utilizar el capitalismo y la libre competencia para protegerse de un final como el que acabó con la Unión Soviética mediante un sencillo acto que ha desencadenado unas consecuencias mucho más graves en el gigante asiático de lo que ha trascendido a la opinión pública. El juego de mezclar capitalismo y comunismo se sustenta en el filo de una navaja que depende del constante crecimiento económico para evitar que una población ya “occidentalizada” en términos de nivel de vida no sienta la necesidad de occidentalizarse también en términos políticos exigiendo una democracia liberal representativa. La urgencia del gobierno comunista no viene determinada por la necesidad de detener el declive económico que en absoluto es ni será en sí mismo lo suficientemente grave como para detener el camino hacia la hegemonía mundial. Esa urgencia viene determinada porque una ralentización del crecimiento del PIB o, incluso, una recesión, aunque sea leve, podría desatar el suficiente malestar social como para crear un efecto mariposa de contestación política que creciera hasta desatar una masiva exigencia de mayor libertad. Esa es la debilidad China derivada directamente de su exitoso modelo de capitalismo comunista. Que la brecha del descontento social, una vez probada la miel del progreso, sólo se puede contener mediante un crecimiento económico alto y constante.

El mejor acto de guerra en términos de inteligencia situacional, escapando por primera vez al modelo de botón de todo o nada y siguiendo una estrategia de enfrentamiento no convencional, aunque explícito, ha encontrado en la propagación mundial del COVID-19, intencionada o fortuita, la situación que permite a China responder al “ataque” de los aranceles en términos de inteligencia situacional, aprovechando las oportunidades y explotando las debilidades del enemigo. Y, además, sin hacerlo de forma explícita.

Unos “voluntarios civiles desarmados”, los coronavirus, han invadido el territorio enemigo para destruir su economía lo suficiente como para generar una ventaja relativa para la inexplicablemente poco dañada economía del país donde se originó la epidemia y crear en el campo enemigo un caos donde el aleteo de mariposa se amplifique lo suficientemente rápido como para que los aliados, que no acostumbran a usar la inteligencia situacional, respondan como pollos sin cabeza colapsando sus sistemas sanitarios, provocando muchas más muertes de las que deberían haberse producido y generando una autodestrucción económica sin precedentes desde hace más de 70 años.

La crisis económica será muy superior a la que debería y, además, dañará de forma más intensa a los principales enemigos de la China internacionalsocialista. Pero hay un efecto secundario que puede, a medio y largo plazo, ser más dañino que la crisis económica. Se está generando una inercia milenarista que amplifica sin absolutamente ninguna necesidad real el efecto de la pandemia o, más exactamente, de las sobreactuaciones ante ella, en el sentido de causar un cambio radical en nuestra forma de vida. Una especie de profecía que tiende a autocumplirse y que va en la línea de limitar las libertades, reproduciendo a nivel mundial el modelo chino de capitalismo comunista.

Allí donde se produzca una mayor destrucción económica existirá un mayor riesgo de caer en una dinámica liberticida envuelta en la retórica de la seguridad, en este caso sanitaria. Luego, el cambio social y político se alimentará a sí mismo ahondando en la conculcación de la libertad como sucede en todos los procesos totalitarios. ¿Y dónde se está produciendo una mayor destrucción económica aparejada a una mayor mortalidad? Allí donde la respuesta a la pandemia consiste en una sobreactuación que lleva a implantar un confinamiento de la población como estrategia fundamental sobre la que giran todas las demás. Exactamente como sucedía en la Edad Media. Y lo más sorprendente es que esas respuestas medievales, asociadas a caos, superstición (fake news) incompetencia y manipulación del poder político se producen primera y principalmente en países desarrollados: Italia y España, que pasan de la confianza inicial propiciada por la información difusa que viene de China a una réplica a nivel nacional de la respuesta-muestra diseñada por las autoridades comunistas para que sirvan de ejemplo en el exterior. Pero China no ha llevado acabo el aislamiento y confinamiento total de toda la nación, a pesar de que los millones de personas que salieron de Hubei durante el éxodo del año nuevo propagaron la infección por todo su territorio. Ha habido países con respuesta medieval y, otros, con respuesta inteligente y proporcionada al peligro real sanitario y una mortalidad muy baja.

Envueltos en el aturdimiento provocado por el caótico escenario, hemos perdido de vista lo inmediato. Atentos a las ensoñaciones que produce la exaltación morbosa de la pandemia, que en realidad de nuestra histérica sobrerreacción ante la misma, hablando de los grandes cambios que se han iniciado, de la tremenda recesión económica, etc. hemos perdido de vista la campo de batalla actual. No es sólo una destrucción selectiva de las economías de los países con mayor debilidad social (opinión publica y oposición política), ni ese pretendido cambio global y casi apocalíptico que estamos construyendo exactamente igual que hicieron los europeos del año 1000, todo ello en beneficio de quien mantiene la cabeza fría y, sorprendentemente, la epidemia controlada, sino que la carta más importante para ganar la batalla de Wuhan y, con ella, la II Guerra Mundial inacabada que está jugando China es la de, habiendo cogido por sorpresa a EEUU al minimizar la capacidad de contagio y la efectividad del cuadro clínico para colapsar el sistema sanitario, con la consiguiente alarma social, la destrucción del tejido empresarial y su secuela de desempleo puede minar seriamente las posibilidades de una reelección del presidente que ha tocado la fibra más débil del gigante asiático al jugar la baza de los aranceles.

La respuesta de los aliados, acostumbrados a usar una inteligencia de manual y no situacional y a modular la respuesta mediante un botón de todo o nada (la mitología fílmica presenta siempre ese momento dramático de pulsar y arrasar o no pulsar y no hacer nada), está siendo, por ahora, no hacer nada. Contemplar la destrucción que el creciente efecto mariposa en el caos de su debilidad social (nunca lo olvidemos: opinión pública manipulada y oposición como enemigo interno aliado con el externo) sin hacer absolutamente nada es la respuesta que busca el bloque internacionalsocialista. Pero la capacidad de reacción, además de esa debilidad intrínseca a las democracias liberales representativas, viene limitada por otro factor al que no se le ha dado la importancia que merece porque no se quiere ver cómo es en realidad.

Economic lebensraum

El gran problema con el que se encuentra el mundo libre, además de su debilidad social, es Alemania. Todas las acciones moduladas, convencionales o no y rápidas que los aliados podrían tomar, pasan por causar un daño económico a China suficiente para desencadenar un proceso de cambio político en el país o la firma de un armisticio con condiciones equivalentes a una rendición. Alemania es un país pobre en recursos naturales pero con una gran riqueza en innovación y desarrollo tecnológico para el que es vital la exportación de productos industriales. Es, por tanto esencial mantener el acceso a esos territorios de expansión, entre los que se encuentra de forma preeminente China. Cualquier estrategia para detener el desarrollo económico y tecnológico chino, conlleva una reducción de su propio desarrollo.

¿Y si Alemania no hubiera aceptado la derrota y no se hubiera incorporado plenamente al mundo libre? ¿Y si la UE fuera, en la práctica, un IV Reich con su Francia de Vichy? Se entendería, así, por qué la estrategia de EEUU (y del mundo anglosajón en general) pasa por destruir esta UE. Cobraría sentido el enfrentamiento visualizado en la cuestión ucraniana entre Alemania, protegiendo su territorio de expansión, Rusia, para garantizar su provisión energética, y EEUU, intentando cortar el suministro energético ruso (la II guerra mundial inacabada) y la expansión del pueblo económico alemán, el economic lebensraum, por los mismos territorios del este que hace 80 años, y con la misma débil alianza con una Rusia sin perfilar, anómica y sujeta por el ancestral caciquismo vestido de blanco, de rojo o de Putin.

Alemania es la cuna de un híbrido ideológico bajo el que se esconden los fundamentos del viejo socialismo: la socialdemocracia. ¿Casualidad? ¿Hay algo más revelador que la defensa de los intereses nacionales de Alemania en cada una de las decisiones comunitarias? ¿Es eso un nacionalismo encubierto como la socialdemocracia es un socialismo encubierto, clandestino, quintacolumnista? ¿Y no componen ese nacionalismo y socialismo un modo de supervivencia del viejo espíritu en la forma de un nacionalsocialdemocratismo? Ocultar el pasado para protegerlo. Proteger sólo la condena del oprobioso holocausto, incluso con prisión para los negacionistas, para esconderse de la Historia y lograr revertirla.

Que nadie olvide que Alemania, tras la derrota de 1945, sufrió un armisticio de condiciones aún más duras a las de 1918: Quedó completamente arrasada. Y eso es más difícil de olvidar que el holocausto o la propia derrota militar.

Las playas de Normandía

Aún con todas esas desventajas, China, gracias al éxito de su inteligente manejo de la crisis, ha dado al mundo libre la mejor (quizá la última) oportunidad de aplicar todo su poder para conjurar la inmensa amenaza que pesa sobre el mundo, incluido el pueblo chino: que una dictadura comunista se haga con la superioridad tecnológica, militar y económica mundial. Tras perder la batalla de Wuhan, hay que presentar por sorpresa una nueva y decisiva batalla con tres objetivos principales: Aislar a China. Someterla a la inercia de su Historia. Hacer que vuelva a encerrarse en sí misma. Algo para lo que tienen una intensa propensión. Ofrecer economic lebensraum alternativos y recíprocos a Alemania. Y dejar Rusia a solas con China.

Iniciar una gran alianza económica y tecnológica al unísono de la emocionalidad colectiva desatada por la propia reacción ante la pandemia en las sociedades libres. Utilizar la corriente de opinión dispuesta a aceptar los cambios que se propongan, por muy radicales que sean, para conjurar los mortales peligros del coronavirus. Centrando la atención en el más importante a medio y largo plazo y que podemos resaltar con un ejemplo dramático desde todos los puntos de vista: Todo el mundo compra a China la protección contra el virus originado y exportado por China.

Utilizar el proceso social que ha paralizado la economía de los países occidentales para difundir la necesidad de crear un proteccionismo abierto sólo para los aliados. Recuperar la capacidad de producción, relocalizar empresas y puestos de trabajo. Un economic lebensraum abierto a todos los aliados. Una nueva alianza que establezca un espacio en el que se recompense la relocalización industrial para evitar que la batalla de Wuhan se convierta en el primer acto de una exitosa blitzkrieg económica sustentada hoy en una pandemia y, mañana, en cualquier otro incidente que la superpoblación, el tremendo desarrollo tecnológico y la globalización permitan convertir el aleteo de una mariposa en un huracán. Un espacio capaz de crear las condiciones para que el pueblo chino pueda incorporarse un mundo libre donde la multilateralidad no encubra la nueva unilateralidad del internacionalsocialismo alimentado por el peor capitalismo.

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